—4—
De la que huye del pasado y del que acepta sus consecuencias.
Salieron a la playa, con un calor asfixiante. Les tomó un largo rato poder orientarse, estaban perdidos y era irónico, pues, estaban en una isla, todo estaba rodeado por agua y arena. Iban en silencio, Taichi intentaba entablar una conversación cotidiana, pero Sora simplemente no respondía, salvo con unos: «Ujú, sí, ok, lo que digas». A Taichi le resultaba incómodo, además de que la actitud de Sora le parecía muy infantil y estúpida. Sentía que no se merecía aquella 'ley del hielo', él solo quería que el viaje no se estropeara con un beso de borrachos —o casi borrachos— no como aquella vez, no como lo que pasó luego de su fiesta de graduación, un error que les hizo pensar que nunca más volverían a ser mejores amigos otra vez. Aquella vez fue un error que él juró no volver a cometer, más que todo por ella, ella no merecía vivir con otro cargo de consciencia, muy en el fondo existía la posibilidad de que ella y Yamato se reconciliaran, él no se interpondría, no otra vez. Debía poner sus sentimientos a un lado.
Sonrió con una mueca de dolor mientras continuaba cavilando.
Siempre era lo mismo con Sora: cuando creía que había olvidado lo que sentía por ella ocurría algo que le hacía volver a amarla, aunque, si se detenía a pensarlo dos veces, puede que nunca la olvidó, simplemente reprimió aquel sentimiento que le obligó a pensar que su amor 'adolescente' estaba en el fondo de los cajones, lleno de polvo y olvidado. ¿Acaso no podría nunca ser feliz?
«Algún día, amigo, algún día». Se animó a sí mismo.
Al poco tiempo encontraron un camino en la larga curva de arena blanca que, partiendo del pueblo, se extendía a lo largo de casi dos kilómetros. La playa estaba casi desierta, no había nadie en todo el perímetro. Debía ser porque aún era muy temprano.
Por otro lado Sora no podía dejar de enrojecerse a causa de su sueño tan vívido. Era una tontería que no le permitía articular frases más largas para con Tai, se sentía humillada y avergonzada, era como si él en cualquier momento pudiera leerle la mente y saber lo que había soñado, además, también estaba enojada con él, pero no porque no le besó en la pista de baile, sino porque se atrevió a invadir sus sueños y hacerle desear, aún más, aquel beso que nunca nació y algo más que eso. Ella desde hace mucho no pensaba de esa manera en Tai, de hecho, nunca lo pensó. A sus trece años, cuando creía estar enamorada de él, la idea de tener un encuentro sexual con Taichi era totalmente delirante e imposible. Nunca tuvo lugar pensar de esa forma en su mejor amigo, jamás, bueno, solo una vez, pero no podía contarlo, habían hecho una promesa de jamás hablar sobre ése tema y ella estaba intentando olvidar aquel incidente, esperaba que él también. No sabía por qué su mente jugaba tan feo con ella, era una tramposa sin reparos, ¿por qué soñaría así con él? Seguro fue por el alcohol, pero era una excusa demasiado débil y no serviría como prueba pujante ante ningún jurado en toda Asia.
¿Existirían juicios para mujeres pecaminosas y lujuriosas? Se preguntó Sora.
«Necesito un baño con el agua fría del mar, pronto». Pensó, pero sabía que aquel sueño iba más allá de una simple lujuria.
Cuando al fin encontraron un sitio en la playa, que reuniera los intereses de ambos, lanzaron sus toallas sobre la arena y se tumbaron sobre ella. Taichi hizo un comentario al aire y al azar que causó que Sora riera sin poder evitarlo e hizo que el ambiente pesado se alivianara un poco. Eso era lo que necesitaban para volver a ser los buenos amigos que siempre fueron. Era sorprendente como sus discusiones, molestias y riñas —aunque sus causas lógicas podrían considerarse inexistentes— pasaban rápido, casi siempre.
Llegó el momento de desvelar las prendas de baño. Después de darle muchas vueltas –tal vez demasiadas– a qué bañador se pondría, Sora se había decantado por uno negro y sin adornos. Al empezar a quitarse el vestido, se preguntó si a Taichi le parecería una cobardía no llevar biquini, como si un bañador de una pieza hiciera juego con las gafas, las botas de gamuza y los cascos de ciclista que las chicas sexis usaban en las revista para hombres. Ella era más como algo mojigato, cauteloso y no del todo femenino. Tampoco le importaba, pero sí que se preguntó, al sacarse el vestido por la cabeza, si Taichi acababa de mirarla de reojo, o se lo inventaba ella. En todo caso, fue una satisfacción observar que él se había decidido por el look bermudas anchos. Tenderse dos semanas junto a Taichi con bañador tipo slip habría sido más incómodo de lo que podía aguantar. Y de nuevo aquellos pensamientos. Ella negó con fervor, no podía pensar así en él.
—Perdone —dijo Tai sonando casual y algo coqueto—, ¿no es usted la Chica de Ipanema?*
—No, soy su tía —bromeó, mientras pensaba ¿Cómo podía saber sobre canciones súper viejas e internacionales?, si lo suyo era el rock moderno, algo de AC/DC y John Lennon.
Taichi ladeó sus labios, Sora no supo cómo interpretar aquella sonrisa que no acababa de ser divertida ni seria. Sin embargo, el moreno no dejó desvanecer aquella mueca de inmediato, se sentía como un cerdo echándole una mirada de reojo a su mejor amiga para ver cómo le quedaba el traje de baño. Suspiró de manera reservada y miró cómo Sora se untaba crema protectora en las piernas.
—¿Qué es eso? —preguntó él, sabiendo de qué se trataba. Echarse bloqueador no era algo que él hiciese, eso no se veía para nada cool.
—Factor treinta —respondió como si nada ni siquiera le miró a la cara, tampoco era necesario, ya sabía qué tipo de expresión tenía él.
El tema del bloqueador le parecía muy ñoño, a él no le gustaba parecer un pedazo de carne cubierto de algún tipo de aderezo blanco y pegajoso, no obstante, le daba lo mismo si Sora lo usaba o no, pero, para evitar pensar en lo sexi y hermosa que lucía con ese bañador y el baño de sol que doraba su piel y le hacia ver más hermosa que de costumbre, prefirió discutir acerca de lo tonto que era usar aquello. Cualquier tema que le evitara pensar en Sora en más que una simple amiga, era bienvenido.
—Para eso te podrías poner debajo de una manta —continuó él.
—No quiero pasarme, solo es el segundo día.
—Es como pintura de pared —Hizo una mueca de desagrado.
—No estoy acostumbrada al sol. No como tú, ¿quieres un poco?
—No me sienta bien la crema para el sol.
—Mira que eres terco, Tai.
Él sonrió y siguió mirándola desde detrás de sus gafas oscuras, fijándose en que su brazo, al subir, levantaba el pecho contra la tela negra del bañador viendo sobresalir la carne suave y clara en la goma del escote. El propio gesto tenía algo: la cabeza ladeada, la manera de apartar el pelo al ponerse crema en el cuello... Sintió las agradables náuseas vinculadas al deseo.
«¡Por todos los cielos!» pensó, «ocho días más así». Era una tortura.
Por detrás, el bañador tenía un corte bajo. A lo máximo que llegaba Sora era a darse toquecitos poco eficaces en la parte inferior de su espalda.
—¿Quieres que te la ponga yo allí atrás? —dijo él. Brindarse a poner crema era un truco barato de toda la vida y que no estaba a su altura, francamente. Consideró que lo mejor era disfrazarlo de preocupación médica—. No sea que te quemes.
Ella le miró, no estando muy segura de querer sentir las manos de Tai sobre su piel. Pero, si quería hacer parecer que el sueño no significó nada, debía de ser valiente y demostrarlo, ¿qué mejor forma que esa? Ninguna.
—Bueno, ok —Sora se acercó sin levantarse y se sentó entre las piernas de Taichi con la cabeza apoyada en las rodillas.
Taichi le empezó a poner crema, con la cara tan cerca que Sora casi percibía su aliento en la nuca, mientras que él sentía rebotar el calor en la piel de ella hacia él. Los dos ponían todo su empeño en dar la impresión de que era un acto de lo más cotidiano, no una clara contravención de la Regla dos, la que prohibía tontear y llamaba al pudor.
—Es muy bajo este corte, ¿no? —dijo Taichi, muy consciente de estar tocando la base de la espalda.
—¡Menos mal que no me lo he puesto al revés! —dijo ella. Intentado parecer casual y chistosa.
Siguió un silencio, en el que pensaron ambos: «Mierda, mierda, mierda».
Por un lado, Sora no podía dejar de pensar en que Taichi acariciaba su espalda, en que, desde Claro oscuro Bar, ella no paraba de sonrojarse por las cosas que él decía, o como cuando se sorprendió pensando que no sería capaz de compartir una cama junto a él sin hacer algo que ella quisiera hacer también, aparte estaba su deseo de besarle en la pista de baile y aquel sueño diabólicamente lujurioso. Por el otro, Tai estaba concentrado en su labor como "echador de bloqueado solar" aun así, su mente no dejaba de pasarle imágenes de lo bella y suelta que Sora estaba últimamente, de que en Claroscuro bar, si hubiese tomado una copa más, esa misma noche, la hubiese besado, o en cómo se maldijo la noche pasada cuando ella se inclinó para besarle y él fingió no darse cuenta y le quitó el rostro para evitar que sucediera.
Estaban torturándose y les era placentero a la vez.
Ella, para distraerse, le puso una mano en el tobillo y estiró la piel. Justo allí vio un tatuaje, paso su dedo pulgar por su lengua, mojándolo así y luego lo restregó sobre aquella figura que estaba en el tobillo de Taichi.
—¡No se quita! —dijo sorprendida.
—Me lo hice hace mucho tiempo, es el ying y el yang.
—Ya sé lo que es, ¿por qué nunca me lo mostraste? —Ahora sonaba más molesta que asombrada.
—Hm, es que… —meditaba sus palabras. ¿Cómo decirle a Sora que ese tatuaje representaba un momento en su vida que no quería recordar? Fue su forma en la que él, de alguna manera u otra, pudo tenerla tatuada para siempre. Representaba dos personalidades diferentes que se complementaban, como el ying y el yang, como el blanco y el negro, como Sora y Tai. No podía existir el uno sin el otro, tampoco podían estar separados por mucho tiempo, era algo divino y natural, eran ellos dos—. Es algo, personal —prefirió sentenciar aquella conversación.
Hay cosas que son preferibles no decir en voz alta.
—Ya —dijo ella, sonando algo seca.
—¿Te molesta que no te lo haya dicho?
—No lo sé.
Taichi se rió y le puso las manos en la espalda, alineando los pulgares con los huecos de los omoplatos.
—Fue después de navidad, en el 2002 —comenzó a relatar—. Agumon es el único que sabe de él, Kari también, aunque ella se enteró por casualidad.
Sora no le dijo nada al instante. Era raro encontrar secretos en Taichi. Su estúpido Tai no era lo suficientemente transparente como ella pensaba.
—Hace unas semanas —habló al fin—, te ofendiste porque no te dije lo de Matt… pero tú tienes años con un tatuaj…
—Tú me mentiste cuando te pregunté qué te pasaba —interrumpió de forma abrupta—. Yo omití no decirte lo de mi tatuaje, ahora me preguntaste y yo te contesté con toda sinceridad. No te he mentido.
Sora no dijo más.
—¡Ya está! —espetó alegremente Tai—. Ya tienes la primera mano. ¡Ahora a nadar!
Y así, despacio, fue pasando un día largo y caluroso. Nadaron, durmieron, hablaron sin silencios incómodos, sin el ambiente tenso, sin riñas ni miradas lascivas. Cuando ya no hacía un calor tan brutal y se empezó a llenar la playa, quedó de manifiesto un problema. A Taichi le pareció raro cuando notó como una chica se paseaba sin la parte de arriba de su traje de baño, luego pensó que en Europa esa era una moda, tal vez se trababa de una turista, sin embargo, lo que realmente llamó su atención fue otra cosa.
—Oye, ¿veo mal o...? —soltó, dejando las demás palabras en el aire.
Sora estaba acostada, boca abajo, con sus pulgares moviéndose a una velocidad inhumana, enviando mensajes de texto a su mejor amiga que vivía en Estados Unidos.
—¿Qué? —respondió sin abandonar su posición.
—¿En esta playa están todos desnudos? —Parecía una pregunta, pero era un hecho.
Sora levantó la mirada:
—Ah, sí. —Siguió enviando mensajes, restándole importancia al hecho de que todos andaban paseándose como Dios los trajo al mundo—. No te quedes embobado, Taichi —regañó.
—No me quedo embobado, observo. ¿No te acuerdas de que soy diplomático titulado? Es mi trabajo observar las relaciones humanas.
—Dices tonterías, eso nada tiene que ver con tu trabajo.
—Ya, olvídalo. Mira a aquellas personas.
Eran Mía y Diego. El chico estaba a veinte metros, en cuclillas, pálido y desnudo junto a una bandeja de aluminio de la que salía humo, como si tuviera frío; en cuanto a la chica, los saludaba de puntillas: dos triángulos blancos y uno negro se podían ver, a pesar de la distancia.
Taichi le devolvió el saludo con animación:
—¡Que no llevan nada enciiiima! —gritó con semejante sonrisa en sus labios.
Sora apartó la mirada:
—Mira, yo eso no lo podría hacer —dijo con las mejillas ardiéndole.
—¿El qué? -Taichi giró a verle.
—Barbacoa desnuda.
—Es que eres tan convencional, Sora —Canturreó.
—Eso no es convencional, es salud básica. Es higiene alimentaria.
—Yo sí que haría barbacoa desnudo.
—Es la diferencia entre los dos, Tai, que tú eres tan suelto, tan descomplicado...
—No sé si deberíamos ir a saludar —ignoró los reproches de su amiga. Estaba más fascinado con el hecho de que estaban en una playa nudista, podía deshacerse de la reglas tres con toda confianza, no era su culpa estar allí, además, sería una lástima no aprovechar esta pequeña aventura nudista.
Pero la voz de Sora le hizo pegar un pequeño brinco. Lo alarmó de sobremanera.
—¡No! —chilló tomando la mano del moreno y dejando caer el móvil a la arena. Él la miró boquiabierto, parpadeando por la impresión.
—Solo vamos a decirles cuatro cosas, nada más —habló como si nada. Como si fuera la cosa más normal de la vida.
—¿Con un muslo de pollo en una mano y el pen… pe… ¡sus partes sueltas en la otra!? No, gracias —Le soltó y tomó su teléfono—. Además, ¿no es infringir el protocolo nudista, o algo así?
—¿A qué te refieres?
—Hablar con alguien desnudo y no estarlo nosotros.
Era fácil de observar, Sora era una desquiciada del orden y algo ñoña. Reglas, protocolos… ¡Veía cosas en donde no las había! Era una playa nudista, es obvio que ¡Deben estar desnudos! Cosa que no sucedería porque ella no era así. Pao sí que sí, ella no hubiese dudado en quitarse la ropa e irse a pavonear por la isla. Por suerte, Sora no era Pao. Daba gracias a que alguien tuviera un poco de pudor y no le permitiera seguir cometiendo tonterías ¡Ya era un adulto, por Dios!
—Tú concéntrate en tomar el sol, ¿bien? —escuchó como Sora le daba el ultimo pare a su idea de hacer cosas locas y atrevidas.
Sabía que tenía razón, pero eso no le impedía resoplar y sentirse desilusionado.
Sora se giró hacia la línea de los árboles, pero los años le habían dado tal grado de confianza con Taichi que oía entrar las ideas de él en su cerebro, como cuando se tira una piedra al barro. En efecto:
—¿Qué?, ¿qué te parece? —soltó él. Era terco, su sentido común le decía, "quédate quieto, ya, perdiste esta batalla, ella tiene razón" pero, por su parte, él no tenía ni el más mínimo interés de querer hacerle caso.
—¿Qué cosa? —La verdad, no quería saber.
—¿Lo tendríamos que hacer?
—¿El qué? —Ya sabía lo que vendría. Estaba preparando su "NO" rotundo.
—Quitarnos la ropa.
Tan previsible como cabezota.
—¡No, no tendríamos que quitarnos la ropa! —respondió con la voz alterada. Suspiró pidiendo paciencia, ¡que no tenían cinco años!
—¡Pero si se la ha quitado todo el mundo! —Taichi le miraba y hablaba con un tono tan inocente que por poco Sora caía en el truco de la mirada de cachorro abandonado y triste.
—¡No es ninguna razón! —Pero su terquedad sobrepasaba los límites— ¿Y las Reglas?
—Reglas no —dijo Tai, pareciendo un niño que le explicaba algo obvio a sus padres—, pautas orientativas.
—No, regla.
—¿Y qué? Pues nos tomamos algunas libertades.
—Si te tomas libertades, ya no es una regla.
Él se dejó caer otra vez en la arena, malhumorado.
—Es que no me parece de muy buena educación —prosiguió hablando, hacia pucheros—. Solo lo digo por eso.
—Perfecto, pues tú haz lo que quieras. Intentaré apartar la mirada.
—Si solo lo hago yo, ya no tiene sentido –masculló, chasqueando su lengua al final de la frase.
Sora se tumbó otra vez y echó un sonoro suspiro:
—Taichi, ¿se puede saber por qué estás tan desesperado porque me quite la ropa?
—Es que he pensado que sin ropa podríamos estar más relajados.
In-creíble. Francamente increíble. Sora dejó caer su mandíbula, no paraba de pensar en que Taichi era, en efecto, un desvergonzado. Mira que decirle a una mujer que quitarse la ropa le haría sentir más tranquila. ¿Qué rayos le sucedía? ¿Acaso pensaba que ella era Pao, o alguna de sus exnovias que no dudaban en quitarse la ropa en plena avenida? Era, con exactitud, un estúpido. ¿Qué no la conocía bien?
—¿Tú no crees que estarías más relajada? —continuó hablando él.
—¡NO! —gritó estridentemente. Ya no había reparo, perdía la paciencia.
—¿Por qué no? —preguntó con un deje de inocencia.
—¡Da igual por qué! Además, no creo que le gustase mucho a tu novia.
Él curvó su boca, dándole a entender a su acompañante que sabía algo que ella no. Pao no era una chica introvertida ni tradicional, ella era amplia de miras. Si por ella fuera sería capaz de quitarse la parte de arriba de sus ropas en el puesto de prensa y libros del aeropuerto. Mucho menos le importaría saber que él y Sora anduvieron juntos en la playa, desnudos, ni siquiera le importó saber que dormirían juntos en una misma cama cuando él se lo comentó esa mañana desde el teléfono del Yate.
—Mira, Sora, siento decepcionarte, pero sabes que eso que acabas de decir es ridículo, conoces a Pao.
—No me decepcionas, pero hay una diferencia —Luego hizo una pausa larga.
Él parpadeó rápidamente, sin entender a lo que Sora se refería:
—¿Qué diferencia? —preguntó.
—Pues para empezar, que Pao ha sido modelo.
Tai se encogió de hombros:
—¿Y qué? Tú también podrías ser modelo.
No era algo que decía para salir del paso, era cierto, Sora podía ser quien quisiera, incluso una modelo consagrada, ante sus ojos, ella era la mujer más bella del mundo. Sin embargo, ante aquel comentario Sora se rio estridentemente.
—¿Lo dices en serio, Taichi? —Inquirió.
Fue allí cuando se dio cuenta de lo comprometedor de sus palabras. Podía decirle lo que pensaba, pero eso no iba al caso, mejor aminorar aquel comentario que dejaba en evidencia su fascinación por ella.
Entonces dijo:
—De catálogos, o algo. Tienes muy buen tipo.
—«Muy buen tipo.» Válgame Dios —Rodó sus ojos y los puso en blanco.
—Todo lo que digo es objetivo al cien por cien. Eres una mujer muy atractiva...
—¡... que se va a dejar la ropa puesta! —aseguró—. Si tantas ganas tienes de ponerte más morenas las partes, por mí perfecto. Bueno, ¿podemos cambiar de tema?
Taichi se giró y se tumbó al lado, boca abajo, con la cabeza apoyada en los brazos y el codo en contacto con el de Sora que volvió a oír el ruido de sus pensamientos. Él le clavó un poco el codo.
—Claro, que tampoco es nada que no hayamos visto antes.
Ella dejó lentamente el celular, se subió las gafas por la frente y apoyó la cabeza en los antebrazos, como un reflejo de él.
—¿Perdón? —dijo recelosa.
—Solo digo que ninguno de los dos tiene nada que no haya visto el otro. En términos de desnudez. —Se quedó mirándole—. ¿No te acuerdas de la noche aquella, después de la fiesta de graduación en la universidad? Nuestra única noche de amor —No supo cómo aquellas palabras salieron de su boca, tal vez estaba harto de tener que fingir que entre ellos nada pasaba o tal vez era el enojo porque Sora era aguafiestas.
—¿Taichi? —inquirió con la cara enrojecida e hirviendo.
¡No podía estar pasando, no podía estar pasando! Sora enloquecía. ¿Cómo podía recordarle eso? ¡¿Cómo se atrevía a hacerle recordar ese momento que ella tanto había querido olvidar?!
Él sabía que estaba infringiendo una promesa, que no debía remover demonios del pasado. Aun así, su lengua viperina hablaba sin escuchar los gritos que su consciencia le echaba.
~•~
Todo había empezado luego de la fiesta de graduación. Casi todos sus amigos habían ido a reunirse con ellos, a celebrar los triunfos de Sora y Tai, incluso Mimí y Davis habían ido a festejar dejando por un momento su vida en Nueva York. Ambos jóvenes, pese a estudiar diferentes carreras, se estaban graduando de la Universidad de Tokio., uno como diplomático y la otra como diseñadora de modas. Decidieron que debían de hacer las dos fiestas juntas, reunirse con los viejos amigos y fraternizar con los nuevos que hicieron durante su estancia en sus respectivas Facultades, también la familia Takenouchi y Yagami se unieron a la fiesta, todos estaban allí, salvo Yamato, que vivía en Estados Unidos por su entrenamiento como futuro astronauta. Sora había discutido con él, no era justo que Matt le prometiera estar allí y un día antes de la graduación él dijera que no podía viajar, que al otro día haría una simulación espacial y que requerían de él. Ella también requería de él, con urgencia lo necesitaba. Se veían pocas veces. Era un amor a la distancia.
Takenouchi Sora se caracterizaba por su personalidad temperamental, pero lo que hacía que Sora fuese Sora, era aquella complejidad que había adoptado con el pasar de los años: su complejo de sentir que nadie la amaba. Resolvió los problemas con su madre, sin embargo, con Yamato volvió a aparecer, creciendo cada vez más y más. Eso se debía a la poca atención que recibía por parte de éste. A pesar de todo y, del consuelo de Taichi y sus amigos, aquella noticia no dejó que su noche se echara a perder: Tomó, rió, bailó, se soltó el cabello y encendió la fiesta con su entusiasmo y alegría. Al finalizar las tres primeras horas de la madrugada, en el salón que habían alquilado, solo Taichi y Sora se encontraban. Sora insistió en quedarse a ordenar, no tenía sueño ni ganas de volver a su apartamento, Taichi decidió acompañarla, pese a su entusiasmo y aparente diversión, sabía que por dentro de ella el eco de Matt retumbaba. Además, no la dejaría sola, en algún momento debía regresar a casa y él quería estar seguro de que llegaría a salvo.
La última botella de Sake se abrió, entre risas y anécdotas recibieron el alba, por un instante Sora pareció que se había quedado dormida, Taichi la miró como el sueño más bonito e inalcanzable de su vida, la luz que se colaba por una de las ventana, ésta le cubría el rostro y daba la sensación de que ella pertenecía al tercer cielo, era como se imaginaba a los ángeles. Estaba ebrio y sus sentidos completamente hechos añicos. Comenzó a recordar que con esos ojos la había visto alguna vez, antes de que Matt decidiera que ellos no deberían tener un final feliz, como los cuentos de princesa a que Mimí le encantaba contar.
Las ganas de querer rosar sus labios con los de Sora le invadió, sintió el incontenible deseo de saber cómo era estar en el puesto de Matt por unos segundos. Se acercó con parquedad, el miedo le quemaba la garganta, temblaba de tan solo pensar en lo que estaba por hacer, estiró sus labios y dejó caer aquel ósculo en aquellos finos y agrietados labios, estaban un poco fríos, eso hizo que el contacto fuese más placentero. Se separó tan pronto sintió aquel primer beso con sabor vodka y whisky. Los ojos de Sora comenzaron a moverse, luchaban por abrirse, como lo describían aquel cuento de La Bella durmiente, aquel despertar luego del roce de labios.
Ella comenzó a despertar y, cuando sus orbes se abrieron definitivamente, no dejaron de verlo. No había sido un sueño, él la había besado, algo en aquellos ojos cafés, que se cargaban de culpa, le decía que lo había hecho. En medio de su estado de embriaguez se levantó como pudo, vaciló un poco, casi cae de bruces contra el piso, pero mantuvo el equilibrio y llegó hasta él. Lo tomó por ambos extremos de su cabeza y, luego de mirarlo por unos segundos, lo besó.
Llegaron al departamento de Sora, tropezaron con cuanto mueble se les atravesó por el camino. Sentían necesidad el uno por el otro, necesitaban beber el contenido de aquellos besos, palmar aquella piel, hundirse en las sensaciones que su cuerpo y mente les hacían sentir. Era rico, era delicioso, se sentía tan bien... Respiraban de forma agitada y Taichi se deshacía con cada jadeo que Sora soltaba.
—Espera un segundo —dijo ella—, debo ir al baño —dicho eso dio grandes zancadas hacia el pasillo y se perdió del campo visual de Taichi.
El moreno quedó con su camisa de botones abierta hasta la mitad, su pecho estaba agitado, temblaba sin poder disimularlo, no había pensado en lo que hacía, solo se había dejado llevar, pero… Y como si de un rayo se tratara, aquel momento de lucidez, que no quería que llegara, llegó. No podía hacerle eso a Yamato, mucho menos a Sora. Tapó su rostro con ambas manos y se lanzó sobre la cama. «Esto está mal» cavilaba «Yama es mi mejor amigo, Sora igual. ¿Acaso no había borrado ya este sentimiento de mi cuerpo? ¿Y si nos descubren y todo se va al escusado?».
Mientras, Sora tomaba con su dedo índice la comisura de su bluma, comenzó a deslizarla lentamente por sus muslos a medida que se sentaba en el escusado. No podía creer lo que estaba pasando, Taichi estaba semidesnudo en su cama. Le estaba besando. A diferencia del moreno, Sora estaba tan ebria que no sentía algún tipo de remordimiento en su consciencia, ni se acordaba del nombre de Yamato Ishida.
Se asomó por la entrada de su habitación, asomó una pierna que meneaba como aquellas mujeres de cabarets, segundos después su cuerpo se mostró, llevaba puesta la toga y el birrete y su rostro vestía una mirada y una sonrisa llena de picardía.
Taichi estaba mirándola, sonriente, encantado.
~•~
—Solo digo que tampoco es que nos reservemos ninguna sorpresa, hablando de desnudos y esas cosas. —continuó él.
Sora estaba al borde de la vergüenza absoluta:
—Creo que voy a vomitar —Hizo el gesto de querer devolver el desayuno.
—Ya me entiendes.
El ligero temblor en el labio de Sora, su rostro hecho un lienzo en blanco por la palidez, pintado, cuidadosamente, de un rojo-vergüenza por la zona de las mejillas; el tiritar de sus manos, su cejo fruncido, su nariz recogida en una mueca de enfado, todo apuntaba a que Sora explotaría en cualquier momento, no obstante, para sorpresa de Tai, ella le miró fijamente, con decisión, y continuó con el juego que Tai, sin querer, había iniciado. Eso hizo que se desatara una reacción en cadena.
—De eso hace mucho tiempo —respondió Sora sin más, pareciendo como si el tema no le importara o como si la promesa de Tai no hubiese sido de sal y ahora la diluía en agua, haciéndola nada, despareciéndola.
—Tampoco tanto. Si cierro los ojos, aún puedo verlo —comenzó a molestar.
—No lo hagas.
—Sí, eres tú...
—Estaba oscuro.
—Tampoco tanto.
—Yo estaba borracha.
—Eso dicen todas.
—¿Todas? ¿Quiénes?
—Y tampoco estabas tan borracha.
—Lo bastante como para bajar el listón. Además, que yo recuerde no pasó nada.
—Bueno, tanto como 'nada' no diría yo, al menos desde la perspectiva que tengo.
Y así continuaron. Ella dijo:
—Yo era joven, y no me enteraba de nada. De hecho, lo he borrado de mi memoria, como un accidente de coche.
—Pues yo no. Si cierro los ojos —Cerró un ojo, e hizo el ademán de pensar en aquella noche—, te veo ahora mismo recortada en la luz de la mañana —cerró el otro orbe—, con el peto provocativamente tirado en la alfombra india de Hábitat... —terminó abriendo ambos marrones y echando una sonrisa burlona.
Sora le dio un buen golpe en la nariz con el teléfono, más que todo en forma de broma. Estaba enfada, pero con Tai esa era una emoción que podía durar muy poco, aunque ella no quisiera. Sus discusiones siempre perdían seriedad ante las palabras que él expedía.
—¡Ay! —chilló, llevando sus manos hacia la zona golpeada.
—Oye, que no me voy a quitar la ropa —Sentenció, parecía más relajada—, ¿ok? Ni llevaba peto, no creo que alguien a estas altura use uno.
Volvió a coger el móvil y empezó a reírse sola, en voz baja.
—¿Qué te hace gracia? –preguntó él. Confundido. ¿Acaso no estaba molesta?
—Lo de la alfombra india de Hábitat. A veces me haces reír.
—¿Ah, sí? —Inquirió sugerente.
—Muy de vez en cuando. Deberías salir por la tele.
Él sonrió, complacido, y cerró los ojos. Era cierto que conservaba una imagen mental y muy nítida de Sora aquella noche, tumbada en la cama individual, sin más ropa que la falda arremangada, levantando los brazos sobre la cabeza mientras se besaban. Aunque nada pasó, podía imaginar que sí.
Pensando en ello, acabó por dormirse.
[*]
Volvieron a la habitación a media tarde, cansados, pegajosos y escocidos por el sol, y allí seguía: la cama. Sora no pudo evitar pensar en aquel sueño que había estado olvidado por casi todo el día, pero nada lo hacía más real que ver aquel mueble que le aseguraba una proximidad un poco íntima con Tai y ella no lo deseaba o, tal vez, lo deseaba tanto, que le hacía tener miedo por como su mundo temblaba debajo de sus pies al pensar respecto a ello.
Tai echó su bolso sobre una mesa e ignoró por completo la cama, aunque a primera vista le removió viejos demonios por dentro, sin embargo, podía darse el lujo de no pensar en ello, si pudo quitarle el rostro a Sora cuando esta le quiso besar, si pudo evitar que sucediera algo más la noche de su graduación, podía evitar que algo más sucediera esa noche y las restantes, además, si algo más llegaba a pasar sería bienvenido. No podía seguir superponiendo los sentimientos de Matt sobre los suyos, él, en algún momento, tendría que superalo, así como Tai alguna vez lo hizo; en cuanto a Pao, bueno, ella era alguien con quien pasar el rato, podía sonar cruel, pero era cierto. Pao era de las mujeres que no podían tomárseles en serio, no por su pasado o la lista de chicos que se han enrollado en sus sábanas —que es extensa—, sino porque a ella le gustaba de esa forma, nunca quiso formalizar las cosas con Taichi, decía que ser llamados novios era muy del siglo pasado. Teniendo en cuenta todos esos factores, lo único que podía impedirle que algo más pasara entre él y Sora era la misma Sora y su forma tan preocupada de ser, además de que su consciencia no le permitía hacer nada malo o algo que causara daños a terceros, a Matt, incluso a la misma Pao, que de nada se enteraba.
Se miraron por un instante, ambos ajenos a los pensamientos del otro. Rodeando la cama, salieron al balcón con vistas al mar, que ahora estaba brumoso, bajo un cielo que pasaba gradualmente del azul al rosado del anochecer.
—Bueno, ¿quién se ducha primero? —rompió con el silencio.
—Empieza tú —respondió ella—. Yo voy a sentarme afuera.
Sora se arrellanó en la tumbona descolorida, en la penumbra del crepúsculo, oyendo correr el agua e intentando concentrarse en aquel paraíso costero, el viento le besaba el rostro, su piel quemada por el sol le agradecía por aquella sensación tan agradable. De repente se puso de pie y fue a la neverita que habían llenado de agua y de cerveza. Al coger una lata, se fijó en que la puerta del baño se había abierto sola.
La ducha no tenía cortina. Vio a Taichi de pie, bajo el agua fría, cerrando los ojos contra el chorro, con la cabeza hacia atrás y los brazos levantados. Se fijó en sus omoplatos, en su espalda larga y morena y en los dos hoyuelos de encima del su trasero blanco y pequeño. Pero...
«¡MIERDA, él se está girando!».
La lata de cerveza se deslizó entre las manos de Sora y, en una efervescente explosión de espuma, se propulsó ruidosamente por el suelo. Sora le echó encima una toalla, como si capturase algún roedor salvaje. Después, al levantar la mirada, vio a Taichi, su amigo platónico, desnudo, pero aguantándose la ropa por delante.
—¡Se me ha resbalado! —dijo, fingiendo que no lo había estado viendo, recogiendo la espuma de cerveza con la toalla a la vez que pensaba: «ocho días y noches así, y me incendiaré yo sola».
Era un hecho que ya no podía escapar a lo que sentía. Taichi le regaló una de sus sonrisas que dicen mucho y a la vez nada. Nada más pasó.
Luego le tocó a ella ducharse. Cerró la puerta, se limpió las manos de cerveza e hizo contorsiones al tratar de desvestirse en aquel baño minúsculo y húmedo, que aún olía a la loción para después de afeitar de Taichi.
La Regla tres obligó a Taichi a salir al balcón mientras Sora se secaba y se vestía, pero, Tai, después de experimentar un poco, descubrió que si se dejaba puestas las gafas de sol y giraba la cabeza en un determinado ángulo, la veía reflejada en la puerta de cristal, untándose dificultosamente crema en la parábola inferior de su espalda recién bronceada.
Vio como las caderas de Sora se agitaban cuando se puso las bragas. Vio la curva cóncava de su espalda y el arco de los omoplatos que se exponían más al abrocharse su sostén antes de que los brazos levantados y el vestido azul de verano bajasen como un telón.
Tragó pesado al darse cuenta de lo que hacía. Sin duda, tener a Sora aún más cerca durante estas vacaciones en otoño hizo que un lado de él que desconocía saliera a flote. Nunca antes había deseado tanto algo, o a alguien. Inclusive el deseo en la misma Sora, en un pasado, era cosa de niños en comparación a lo que hoy sentía. Estaba hasta las metras, enamorado, deseoso, urgido y necesitado de ella, de su tesoro, de su Sora, su amada Sora que lo estaba convirtiendo en un cerdo, en un mirón sin remedio.
Al poco rato Sora se reunió con él en el balcón. Ella se paró a su lado y miró hacia el océano lúgubre de la noche que roncaba con ferocidad cada vez que una ola rompía en la superficie de las grandes piedras de las costas, la luna expedía su luz plateada encima de todo el puerto, Piyomon solía decir que, cuando la luna estaba en su fase menguante parecía a una uña, Sora no supo nunca por qué la comparación, aunque a veces su camarada le decía que también se parecía al 'dibujito' blanco en semicírculo que se formaba debajo de la uña, cerca de la cutícula de los dedos.
Sora quedó en silencio, le gustaba la noche costera.
—¿Te sientes bien? —inquirió Tai luego de unos segundos en silencio.
—Bueno, me noto la cara como un tomate a la parrilla, pero aparte de eso...
—Déjame ver —dijo inconscientemente.
Sora se giró hacia él, cerrando los ojos y levantó la barbilla con el pelo mojado y peinado hacia atrás, dejando la cara despejada, brillante y limpia. Era Sora, pero distinta, luminosa. Taichi pensó en la expresión "besada por el sol", y luego en: «Dale un beso. Cógele la cara y dale un beso».
Sin embargo, ella abrió los ojos de golpe y él sintió el sabor amargo de la decepción.
«Con que así se sintió Sora anoche, eh» Se dijo desde su fuero interior
La pelirroja habló:
—¿Y ahora?
—Lo que quieras —respondió sin vacilar.
—¿Una partida de Scrabble? ¿Puzzle? —Tanteó su suerte.
—Tengo mis límites —rió, rodeándola con su brazo y atrayéndola hasta su pecho.
Inconscientemente, ambos, inhalaron el aroma del otro, embriagándose en él y obligándolos a desglosar cada fragancia que componían sus aromas:
—«Mezcla fresca de flores delicadas, heliotropo, acentos almendrados y una estela de pasto recién cortado. Huele a Sora, huele deliciosamente a ella». Pensó Taichi.
—«Menta fresca de su loción para afeitar mezclado con el dulzor terroso de su perfume que crea una perfecta armonía con el pachulí, maderas blancas y con la pisca del ámbar. Pero es el olor de él, su aroma característico que se superpone ante los demás. El olor de mi Taichi». Pensó Sora.
Permanecieron en silencio un largo tiempo. No supieron cuanto pasó o, si en realidad fue un breve momento que pareció una eternidad. Fue ella quien decidió romper con el momento y dejar de embriagarse de él:
—O-ok, pues, ¿qué te parece si cenamos? —soltó ella, manteniendo el abrazo que pretendía ser fraternal, pero que causaba más emociones, muy distintas a las que pretendía dar—. Se ve que hacen una cosa que se llama Pad Thai, suena delicioso.
Taichi rió por lo bajo, una risa burlona que Sora no pudo descifrar.
—Sí, no sé qué tal es el Pad, pero sé de primera fuente que el "Thai" es muy delicioso, puedes probarlo cuando quieras —movió las cejas sugerentemente.
Ella le lanzó un codazo para disimular sus sonrojos. Cuando leyó acerca del plato característico de la zona, no pudo asociarlo con el nombre abreviado de Taichi, tal vez por el significado distinto de ambos, o porque se escribían diferente. Sea cual sea el motivo ahora pagaba su error «Suena delicioso» se remedó internamente a la vez que rodaba sus ojos. ¿Habría sido una situación inconsciente? Pues, olía súper bien, tal vez podia saber aun mejor…
«Cállate, Sora. Comportate». Se obligó desde su interior.
—Vamos —volvió a hablar Tai, ésta vez más serio—. Yo invito.
Sora asintió.
*Ipanema: es una canción brasileña muy vieja.
Holis, "sé que fallé, que he sido infiel, que me entregue a otros fics, eso pensé, me enamoré, pero fue solo un sueño" xD Esa es una canción de un cantante de Salsa: Maelo Ruiz. No me gusta ese genero, pero pensé que iría bien con mis notas de autor,porque llevo tiempo siéndole infiel a esta historia, no la he corregido y necesito hacerlo, pero no podía procrastinar más este asunto de actualizar, me gusta mucho la historia, fuera de la parte lemonosa. Ayer leí el ultimo capitulo, hay errores menores, pronto los arreglo. Oye, me he ruborizado, la escena del Lemmon de mentirita me hizo sonrojar y todo, casi que pienso que la que escribió eso no fui yo. No tengo tabues, sé que es normal, pero, ¡valgame Dios! No sé, lo sentí fuerte. Parezco una pecaminosa peor que Sora xD.
Ya, me dejo el desvarío. Aquí lo tienen, he actualizado, me salió más larguito, creo que el otro será más largo aun, también siento que habrá más capítulos de los previsto, aunque máximo 7, y siento que seria mucho. Se vale dejar review, de hecho, si me animé en actualizar fue porque me puse a leer sus lindos comentarios.
Ciao, bellezas y bellezos ;)
