Choque, parte 1

*Notas de Star Swirl el Barbado acerca de la cosmovisión de las antiguas civilizaciones que poblaron las tierras ecuestrianas.

*El androceo del sol*

"Siempre me fascinó estudiar la cultura de pueblos mucho más antiguos que el nuestro. Explorar el pasado de nuestras raíces, conocer qué pensamientos poblaban la mente de aquellos que vivieron antes que nosotros, aquellos que sentaron las bases de lo que sería nuestra sociedad, que dejarían un importante legado a estas generaciones. He tenido la suerte de visitar las lejanas ruinas de Marecenas, y las de Akatenas, con su impresionante acrópolis situado en el monte más alto de su península, en cuya punta se encuentra lo que yo considero la estatua más antigua del mundo. La que, a mi parecer, retrata al primer alicornio que existió, y esto lo digo con la autoridad que me dan mis largos años de estudio de las civilizaciones pre-ecuestrianas.

"Es increíble la cantidad de huellas de la antigüedad que hallamos en este suelo al mudarnos; apenas son la punta del iceberg de las magníficas comunidades que vivieron y desaparecieron aquí, perdidas en la memoria de Cronos. A este respecto, Clover teoriza que anteriormente había un fuerte patriarcado, que a pesar de su progreso intelectual y cultural, en gran parte era muy belicoso y violento, y que posiblemente esos rasgos hayan hecho que mucho de esos pueblos entraran en una sangrienta guerra por el poder, o que desataron la ira de los dioses y por tanto éstos los castigaron con un terrible cataclismo. Aunque ella prefiere hablar de un cataclismo que se haya producido de forma natural por la propia tierra. Quizá por eso, pocas especies civilizadas son las que sobreviven hoy en día, se sabe que, además de las razas ponis, la de los grifos data de muchos milenios atrás, lo mismo que la de las cebras.

"Una de las características más destacables de Marecenas y de Akatenas son sus concepciones sobre el universo y todo lo que lo conforma, así como el origen de las estrellas y los planetas. Es fascinante interpretar sus descripciones sobre el movimiento de los astros y su incidencia sobre la tierra, relacionada al paso de las estaciones y de los años. Eso sí, no ha sido sencillo traducir los manuscritos que hallamos en las ruinas e interpretar su sentido, o más bien sentidos, ha sido un trabajo arduo.

[…]

"Lo que me ha sorprendido sobremanera es su teoría sobre las estrellas. Para nosotros el término es femenino, siempre hablamos de la estrella, pero es una constante en los primigenios filósofos referirse a ellas en masculino, y en otros casos en femenino, pues varía con la palabra que utilicen para denominarlas. Esto no es algo arbitrario, ya que está fundamentado en la teoría que mencioné más arriba. Para ellos, las estrellas, los astros, tienen un ανδρισμός, un lado masculino, o androceo, y al mismo tiempo poseen un θηλυκός, un lado femenino, o gineceo. En Akatenas se habla de los cuerpos celestes en general, en Marecenas sólo lo aplican a las estrellas. En la antigüedad los sabios akatenienses daban los dos géneros a las esferas cósmicas por su posición superior, y además se las vinculaba a divinidades hermafroditas porque regían tanto a machos como hembras y conocían profundamente sus deseos, pasiones, etc. Tanto machos como hembras estaban sujetos a los designios del orden superior, por ende representaban ambas caras de la vida mortal. De aquí nace la idea de dioses/as andróginos, ya que en las pocas representaciones pictóricas que han llegado hasta nuestros días muestran seres cuyo sexo no se puede determinar.

"Pero hay más. En Marecenas, androceo y gineceo tienen sus correlativos con lo que han llamado βίαιο πνεύμα, el espíritu violento, y ειρηνικό πνεύμα, el espíritu pacífico. Estas ciudades definían tajante y rigurosamente lo que correspondía a cada género: lo masculino estaba impregnado de violencia y agresividad, pero también de lógica y razón, el móvil del alma masculina es la razón; lo femenino se asocia a lo sentimental, a lo pacífico, a lo dulce, a lo suave, a lo bello, el móvil del alma femenina es la pasión. A raíz de esto se encuentran obvias diferencias con la sociedad actual, ya que bien sabemos que sementales y yeguas no son como los que vivían en estas ancianas ciudades, que mantenían un estricto control sobre sus habitantes.

"Entonces, planetas y estrellas son tan masculinos como femeninos porque reflejan la cualidades de ambos géneros, y por todo lo ya dicho. Los astrónomos akatenienses explicaban que ya los astros nacían así, pero en el caso de las estrellas hacen un paréntesis importante con respecto a ciertos fenómenos, lo que los diferencia de los marecénicos. Creían que las estrellas podían sufrir un διαίρεση, una división de su androceo y su gineceo. La explicación es un poco intrincada, pero las rústicas ilustraciones me han ayudado a comprenderla. Los akatenienses hablaban de un tipo especial de estrellas, que nacían con una bipolaridad inestable, ya que uno de sus espíritus pretendía ser más fuerte que el otro o imponérsele, y por ello se producía una gran escisión en la esfera, dando origen a otras dos, un solem y un moles. En solem permanecía el gineceo, por eso adquiría un brillo deslumbrante, mientras que moles conservaba el androceo, volviéndose completamente opaco. Ambas partes, una vez separadas, se alejaban, más bien era el moles el que se alejaba, porque toda la fuerza gravitacional se la quedaba el solem, y esto era lo que hacía que se conformara como núcleo alrededor del cual empezaban a girar unos cuantos planetas.

"Es decir, que así nació el Sol, según los astrónomos de Akatenas. Actualmente sería muy difícil comprobar que su teoría fuese cierta, pero no significa que no se le pueda otorgar un cierto valor de verdad. Cada determinado período, hemos observado a una estrella roja que se posiciona exactamente por debajo del sol, o por arriba, y es curioso que sólo se la puede ver por la incidencia de la luz solar en ella. Los akatenienses postulaban que ése era el molem desprendido del sol, que regresaba cada tanto como si viniera a comprobar cómo se encontraba su gineceo

[…]

"…esa comunidad aislada de ponis es conocida como el Séquito del Sol Rojo, como lo llaman los de Akatenas, mientras que en Marecenas se los conoce como Seguidores de la Estrella Carmesí. No he podido recoger muchos datos de esta comunidad, porque son ponis muy celosos de sus tierras y con razón, pues ellos no prestan respeto al sol y a la luna y saben que los extranjeros sí. Aunque sí encontré un fragmento anónimo de un filósofo marecénico que relata la siguiente profecía: cuando la estrella roja eclipse a la amarilla, ellas engendrarán al nuevo orden del mundo […]"

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He salido algo desorientado de las ruinas, pero con una firme decisión.

A cada paso que daba sentía que conocía más el camino, el bosque, como si ya hubiera estado allí. Es difícil entenderlo. Pero así era mejor. Una vez que me retire de esta frondosidad verde y me encuentre con mi pueblo seguidor, habré de prepararme para mi conquista.

Sin embargo, hay una parte de mí que no se siente cómoda con esta idea.

Hallé un sendero por el que me conduje fuera del bosque, y a partir de allí se dio una cadena incesante de acontecimientos, relacionados a mis primeros encuentros con los terrestres. Al principio, me topé en el camino con una criatura muy distinta de la "mantícora". Era mucho más pequeña y caminaba sobre cuatro extremidades, al igual que yo, pero todo su cuerpo presentaba curiosas rayas blancas y negras, y sus ojos azules adquirían un aire diferente al que había visto en mi anterior oponente. Cebra. Nuevamente el lexicón anexo a mi mente me brindaba una palabra con la que dirigirme a una criatura de este mundo. Sobre su lomo llevaba unas alforjas con hierbas, y venía en dirección opuesta a mí.

Reconocí el temor en su mirada, a pesar de la prudente distancia que mantenía de mí. Permanecía boquiabierta, pero pronto adoptó una postura más firme, pensando con cuidado su forma de proceder ante mi presencia. No tenía motivos para atacarla, pues no representaba ninguna amenaza, por sus características. Estuve a punto de poder indagar en su mente, pero repentinamente volvió sobre sus pasos para echarse al galope.

"Espera…"

La persecución se inició de inmediato, y hubiera alcanzado a la cebra de no haber sido por mi falta de habilidad con el trote. No obstante, tras algunos tropezones pude dominar excelentemente mis movimientos. Además debía agradecerle a la cebra el haberme mostrado la dirección que debía seguir para arribar a un nuevo escenario, y así continuar mi exploración en busca del camino que me lleve a mis seguidores.

Había un gran establecimiento fuera del bosque. El desborde sufrido anteriormente me proporcionó una increíble cantidad de información acerca de este conjunto de viviendas y sus pobladores, y sabía que debía llamarlo "Ponyville". Aquí se encontraba un conglomerado de las tres especies equinas que reinaban en la tierra: terrestres, pegasos y unicornios, descubriendo así que yo era de esta última raza, o más bien, que mi cuerpo se había constituido con base en la fisonomía de estos seres, pero aún así se sentía extraño. ¿Realmente era esta mi verdadera forma? ¿Podría adquirir otra si quisiera?

Hubiera iniciado otro de mis monólogos acerca de esta incógnita, mas debí dejarlo para otro momento. A mí corrieron seis ponis, de las cuales cada dos representaban una especie distinta, con excepción de una unicornio que además poseía alas. Era una alicornio. Cada una de ellas emanaba un aura diferente, algo que las hacía resaltar sobre el resto. Noté que venían a confrontarme, por sus semblantes decididos, a excepción de una, que se había echado a temblar en el suelo.

Sentimientos contradictorios dilataron mi reacción, porque sin saber a ciencia cierta quiénes eran estas hembras, les tenía rechazo y ¿afecto? al mismo tiempo. No puedo explicarlo. Los impulsos violentos regresaron con más virulencia que con la mantícora, y me sentía más seguro en el uso de mis poderes como para hacerles frente. Además, eran claras sus intenciones, y hubiera tomado la primera ofensiva de no ser porque algo me retenía, como si en el fondo no debiera o no quisiera hacerles daño.

La alicornio lavanda me dirigió algunas palabras, intercaladas con órdenes que les daba a las otras. Ella quería saber mi identidad y mi propósito, y no iba a responderle porque aún no sé quién soy y porque mi propósito no les concernía en verdad. Sin embargo, quería hablarles pero mis palabras no eran accesibles para ellas. De alguna forma, no hablaba su mismo idioma.

La pegaso azul, la más impaciente por comenzar el combate, abrió sus alas y decidió embestirme sin obedecer a su líder. Ésta, más que enojarse por la falta cometida, la siguió, al igual que el resto. Evidentemente no se podía ser amigo, no quedaba más opción que dar pelea.

Me desplacé de mi lugar para ponerme a resguardo de su ataque. Debo decirlo, fue un enfrentamiento entretenido. Cada poni desplegaba diferentes y curiosas estrategias de combate, la una con su vuelo ejecutaba increíbles destrezas, la otra, con la fuerza de sus cascos y su lazo, no se le quedaba atrás, otra era capaz de sacar un ancho cilindro el cual lanzaba partículas de colores, a mi gusto un ataque muy ineficiente. La que más sorprendía sin embargo era la alicornio, conocedora de hechizos a los que me costaba esquivar, por las intromisiones de las demás. Hasta el momento yo me encargaba de evitar sus ataques, saltando de un sitio a otro del asentamiento, provocando destrozos allí, usando mis poderes mágicos para contrarrestar los de las ponis.

Ellas parecían ser las protectoras del pueblo, pero sin embargo algo dentro de mí me indicaba que eso era un error, como si debiera esperar que fuera otro tipo de equinos quienes cumplieran ese papel. No tenían el aspecto de ser verdaderas guerreras, mas no podía comprobarlo ya que es la primera vez que desciendo a un planeta.

Mi gran inconveniente para dejarlas fuera de pelea era eso que mermaba el grado de mis ataques, ese contradictorio sentimiento. La rosada de crines disparatadas llenó el suelo de una sustancia pegajosa, que me dificultó galopar, mientras la pegaso de crines coloridas velozmente me propinó una coz, dejándome algo aturdido. La que llevaba un raro objeto sobre su cabeza enlazó mis cascos, causando que me arrodillara. Había dos que no eran capaces de hacer mucho. Esta vez probé un nuevo tipo de ataque, formando con mi magia un campo de fuerza que repelió a mis oponentes. No las lanzó muy lejos, y éstas no demoraron demasiado en levantarse. Para ser criaturas con un aspecto tan frágil, mostraban una interesante resistencia, y no estaban dispuestas a rendirse ni mucho menos se intimidaban por mí.

Efectué algunos hechizos con esferas de fuego, iniciando incendios con la esperanza de obligarlas a retroceder con paredes de altas llamas. Sentía por ese elemento ígneo una obsesión muy grande, de modo que cada ofensiva llevaba una carga de fuego o adquiría alguna de sus características. Me fascinaba ver las flamas crepitando y alzándose al cielo, enrojecido por la presencia de mi astro, emitiendo chispas que se dispersaban unos metros más arriba.

No obstante, el enfrentamiento me mantenía ocupado, y comenzaba a irritarme un poco. Por eso ensayé una ofensiva más fuerte, estampando mis cascos delanteros contra el suelo, provocando que se formara una ola de tierra que lo cubrió todo. Sólo quedó la potranca color lavanda, sostenida en la altura por el aleteo de sus alas, y ya furiosa, cargó su cuerno con una importante cantidad de energía y la apuntó hacia mí. Inmediatamente convoqué un escudo para repeler su rayo, el cual ella mantuvo un tiempo más prolongado del que hubiera creído.

Yo ya estaba cansado por todo el esfuerzo invertido en la pelea, por lo que la fuerza de la poni, al ser retenida por mi escudo, me arrastraba hacia atrás. Eso significa que o me ladeaba rápidamente hacia un costado, o sería golpeado por el rayo cuando éste atravesara mi defensa mágica. Pensé en aquellos que me aguardaban y anhelaban mi presencia. No debía dejarme vencer si yo era realmente leal a ellos, y si tal era así, debía obligar a mi voluntad a ser más fuerte, a pesar de que eso implicara dañar a esta poni.

Entonces una manifestación inesperada vino a ayudarme, y fue cuando presentí que mis seguidores me invocaban, completamente conscientes de mi llegada. Su fuerza espiritual mancomunada llegaba hasta mí, como una conexión extraordinaria, la cual me inspiraba aún más presentarme ante ellos. De este modo toda la magia fluyó en mí, envolviéndome y desprendiéndome, sobrepasando a la energía enemiga. Desde lejos oí una especie de chillidos mientras el proceso llegaba a su auge, y volví a sentir esa impresión de desarraigo de la realidad.

Fue cuestión de segundos que semejaron mucho más, y al despertar, me descubrí en un lugar sumamente distinto del que había estado. Me hallaba parado sobre una elevación en un rocoso suelo, desde el cual pude apreciar a la única comunidad de este planeta que me había sido fiel en largas centurias. El ambiente era agradablemente cálido y rústico, los resplandores rojos del firmamento se lucían en las decoraciones de las casas y las calles, todo lleno de un trabajado arte alusivo a mi planetoide y a mí; muestras de una memoria guardada por siglos. Toda la población allí congregada volvió sus ojos a mí, maravillados y expectantes, callados y sumisos, esperando a la menor señal del líder, o mía.

Había conseguido con éxito mi primera meta.