CUERPO DE MUJER, BLANCAS COLINAS:
SEVMIONE
Advertencia: Esta historia ficcional no es apta para menores de edad, suponiendo que la sociedad considera que éstos no tienen nada que ver con el sexo y que éste aparece mágicamente en sus vidas recién cuando cruzan la barrera de edad. Frente a lo que la sociedad les diga, yo les propongo una historia de amor. Sí, tiene lemon, rating mature y todo lo que quieran, pero es porque estas cosas pasan en la vida real en un amor real. Yo no propongo un amor perfecto, ni amantes perfectos ni sexo de ensueño; propongo un amor basado en la atracción química y la afinidad intelectual, una relación que debe construir su intimidad emocional a diario y en permanente impulso.
CAUTION! Poetry
May be Hazardous (1) to Your
Health
(1) Can Seriosly Damage (it
was determined so later than
the statement quoted supra)
Como los versos de Rodrigo Lira en Ars poetique, deux (arriba), confieso que la poesía es peligrosa y de ella está plagada esta historia. Disfruta con responsabilidad. Producto para mayores de edad.
DISCLAIMER: Yo no poseo los derechos de autor como sí lo hace J. K. Rowling y mis poetas amados que son Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y Óscar Hahn. La imagen de la portada fue especialmente hecha para la historia por la talentosa KIDOREC. Sin embargo, la trama y la fábula y hasta el más mínimo adjetivo empleado me pertenecen, no lo duden.
Disfruten su Sevmione con tranquilidad y háganme saber si les gusta.
Mrs. Helen Lansberry
Capítulo 4
Fantasma
Cómo surges de antaño, llegando,
encandilada, pálida estudiante,
a cuya voz aún piden consuelo
los meses dilatados y fijos.
Sus ojos luchaban como remeros
en el infinito muerto
con esperanza de sueño y materia
de seres saliendo del mar.
De la lejanía en donde
el olor de la tierra es otro
y lo vespertino llega llorando
en forma de oscuras amapolas.
En la altura de los días inmóviles
el insensible joven diurno
en tu rayo de luz se dormía
afirmado como en una espada.
Mientras tanto crece a la sombra
del largo transcurso en olvido
la flor de la soledad, húmeda, extensa,
como la tierra en un largo invierno.[1]
La única explicación posible para tantas coincidencias se hallaba en otros versos del mismo libro, pensó Severus. En Arte Poética estaba dicho: "las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio, /el ruido de un día que arde con sacrificio /me piden lo profético que hay en mí". Sí, Severus se sentía viviendo en una larga profecía cumplida, incierta aún, pero dulce mientras tanto. El eximio vate había predicho su deliciosa aventura de amor, el último consuelo para "la flor de la soledad, húmeda, extensa" que le había brotado tras una vida amarga, meses dilatados y fijos, altura de los días inmóviles…
¿Cómo podía ser una mera coincidencia? Cómo surges de antaño, llegando, encandilada, pálida estudiante…
Su deleznable pasado le había hecho creer en profecías, pero una tan agradable estaba casi fuera de su comprensión. El reloj tronó; medianoche. Afuera caía la llovizna como un lamento silencioso, desganado. No recordaba que en Residencia en la tierra hubiesen poemas de amor, sólo lo había cogido de la estantería en un impulso impreciso; pero, claro está, ¿acaso la poesía de Neruda no era el canto de amor universal, la epopeya de un amor latente en cada sustancia y ser del pequeño planeta azul? Buscando distraerse de esta pasión ilícita pero tan largamente deseada era que había sacado del doble fondo de la estantería el libro de cantos dorados, casi hacia al principio entre sus más de treinta y ocho hermanos igualmente ornados.
Había descubierto a Neruda hacía muchos años por una casualidad fortuita, en un viejo libro casi chamuscado que se había salvado de la purga de su padre. Era una tonta antología de poemas de amor, pensó con desdén, pero al hojearlo descuidadamente sus ojos quedaron atrapados en la belleza dolorosa de unos versos. Faltaban algunas estrofas, así que Severus maldijo en voz alta y lo dejó, pero tiempo después caminando por Londres hacia el callejón Diagon, vio una librería muggle en bancarrota, de cuya vitrina el nombre de Neruda lo llamaba con letras doradas. Entró en la tienda, pidió ver un ejemplar, lo leyó durante unos minutos, y luego exigió la colección completa de sus obras, las cuales la librería estaba rematando en una edición de lujo. Severus salió cargando dos estuches de madera con una veintena de libros en cada uno, todos encuadernados en cuero y oro, con sus nombres garabateados con esmero en los elegantes lomos. Los redujo bajo su capa, y siguió su camino hacia los suministros para nuevas pociones, pensando en que quizás sus advenideras noches de tedio en el castillo tendrían algún nuevo paliativo. Y vaya que sí lo fueron; habían provocado en él una nueva y severa adicción…
La puerta de su despacho resonó, débilmente. Volvió de su ensoñación con todos los sentidos en alerta, escuchando hasta el silbido del aire. No volvieron a golpear, pero percibió una respiración acelerada tras la puerta de madera. Con un estremecimiento en el pecho, Severus fue a abrir con la varita en la mano.
Hermione miraba al suelo, el rubor tiñendo sus mejillas de marfil. Parecía que todo el valor Gryffindor la había abandonado en este instante, pero Severus no prolongó su agonía y levantó su barbilla para que le mirara. Un solo fulgor de sus ojos de miel le bastó.
La primera en salir volando fue la capa negra del colegio, con la insignia de prefecta prendida en la solapa; luego lo hicieron prontamente la blusa y la falda. Severus la llevó a su habitación sin dejar de besarla salvajemente; tenía tantas ideas en mente…
- Dijiste que estabas dispuesta a hacer lo que yo quisiera – le recordó después de succionar y mordisquear su labio inferior, agazapado sobre ella como un gato tras su presa.
Ella gimió y luchó por recuperar el hilo de sus pensamientos:
- Sí, es verdad. ¿Acaso no se lo he demostrado ya? – preguntó desafiante, a pesar de sólo estar en ropa interior bajo él, los brazos aprisionados por sus brazos, las piernas inmóviles bajo el peso de las rodillas de él.
Él se rió socarronamente en su oreja y murmuró: "entonces autorizas lo que va a pasar a continuación". Ella se estremeció de excitación contenida y Severus soltó sus brazos. Se desvistió en un solo movimiento de magia sin varita, dejando al descubierto su miembro palpitante y erguido en dirección a Hermione.
Ella suspiró, mirándole sin tapujos. Severus se regocijó en la mirada anhelante de su joven amante, no tan desconocedora pero aún inexperta de las lides de la pasión. Lentamente, acercó hacia ella su sexo vivo, hasta que sintió cómplice la mirada de la muchacha, y se posó suavemente en sus labios. Ella lo rozó con su lengua, y él gimió de placer. Un poco más envalentonada ante su positiva reacción, Hermione envolvió la cabeza de su miembro con sus labios y succionó. Oyó al profesor maldecir en voz alta, y suplicarle que continuara con los ojos entornados. Hermione hundió la protuberancia ardiente en su boca, succionándola como si fuera una pluma de azúcar de Honeydukes, lo cual pareció enloquecer a Severus, quien introdujo aún más su sexo en la boca de su alumna.
Hermione sintió un sabor diferente en su lengua, una leve sustancia cálida y un tanto salada que no había probado antes, y que provenía del sexo de su profesor. Sin embargo, el miembro no se acomodaba bien por completo en su boca y temió atragantarse. Inmediatamente, Severus retiró su miembro y la miró con preocupación; ella asintió azorada, sintiéndose torpe, pero él sobaba su sexo con una mano y con la otra acarició su mejilla con un gesto no exento de ternura. Luego, retrocedió un poco y liberó los senos juveniles de la prisión de encaje, para posicionar su miembro humedecido entre ellos.
Hermione jadeó mientras su profesor se montaba sobre ella y comenzaba a rozar una y otra vez su sexo endurecido contra los tersos pezones, pellizcándolos mientras abría un desusado canal entre sus senos para darse placer. Los testículos de Severus se sentían hinchados y sólidos contra la base de sus senos, mientras que su miembro se extendía aún más con cada embestida ante la mirada de Hermione, quien pronto empezó a rozar con su lengua la jugosa cabeza que se ofrecía ante ella. Snape estaba sentado sobre su estómago, y con una mano dirigía su miembro sobreexcitado entre los dulces montes de Hermione, la otra soltó sus pezones para hundirse en la entrepierna húmeda de la chica, y entonces Hermione gritó.
Severus no pudo soportarlo, no veía el anillo por ningún lado, así que cabalgó salvajemente entre los senos y gemidos de Hermione hasta que perdió el control. Con el rabillo del ojo observó cómo su simiente se derramaba en oleadas sobre aquel cuerpo adorado de la mujer de blancas colinas, muslos blancos…
Volvió en sí tras unos instantes de haber sido arrebatado por un orgasmo enceguecedor, sólo para ver a Hermione encandilada con su miembro acuoso, observando sus propios senos brillantes por una pátina cálida. Salió de entre sus blancas colinas con cuidado y ella gimió de frustración.
Él volvió a esbozar una sonrisa socarrona.
- No creas que hemos terminado – le advirtió con malicia, y sin aviso hundió sus labios y su lengua entre los blancos muslos extendidos frente a él.
[1] Pablo Neruda, Residencia en la Tierra I , 1932.
