"Un hermano es un amigo que Dios te ha dado; un amigo es un hermano elegido por tu corazón."

Proverbio

4 – Un hermano elegido por tu corazón

Watson

Mi arduo regreso a la consciencia no fue una tarea grata ni sencilla. Luché desesperadamente por abrirme paso a través del confuso caos en que la medicación había sumido mis sentidos, intentando elevarme sobre la túrgida oscuridad de los calmantes.

Mientras pugnaba inútilmente por moverme, por escapar de la nube negra de la inconsciencia, fui vagamente consciente de que algo presionaba suavemente mis hombros contra el colchón y de una voz familiar (¿dónde la había oído antes?) que me decía que me quedara quieto, que todo iba bien.

Un dolor agudo traspasó mi pecho y lancé un gemido de agonía. Mi embotada mente intentó comprender qué estaba pasando, y la voz se hizo más intensa. La severidad con la que me rogaba que no me moviera era tan familiar… ¿De dónde provenía?

Intenté moverme hacia la voz, pero apenas lo hice aquella nube negra se arremolinó una vez más alrededor de mis sentidos y oí cómo la voz se desvanecía en la nada.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que finalmente abrí los ojos y descubrí que mi mente se había despejado un poco: aquel brumoso caos por fin comenzaba a retroceder.

Las primeras sensaciones de las que tomé consciencia fueron el intenso dolor en mi pecho al intentar respirar hondo y un latido sordo en mi cabeza. Una de mis muñecas, al parecer inmovilizada de alguna manera, me dolía bastante.

La segunda cosa de la que me percaté fue de que Sherlock Holmes estaba sentado en una silla junto a mi cama, sujetando mi mano libre entre las suyas, mirándome con ansiedad.

—¿Holmes? —susurré con una voz bastante ronca.

—¿Cómo se siente, Watson? —me preguntó, soltándome la mano y sentándose al borde de la cama para que yo no tuviera que girar la cabeza hacia él.

—Yo… no lo sé —dije. El aire obstruyó mi garganta y me hizo toser—. ¿Qué ha ocurrido?

—Esperaba que usted fuera capaz de decírmelo, querido amigo —dijo Holmes, con sus preocupados ojos grises clavados en los míos.

Intenté recordar… pero todo estaba borroso. Por más que me esforcé, no logré recordar lo que había pasado… ¿cuándo? ¿La noche anterior?

—¿Qué hora es, Holmes? —susurré.

—Más de las cinco de la mañana, Watson —respondió, y el inusual temblor que percibí en su voz me dejó perplejo—. Ha estado inconsciente casi ocho horas.

—¿Ocho?

Intenté desesperadamente procesar la información. La niebla que rodeaba mi cerebro se iba aclarando poco a poco.

Respiré profundamente cuando los eventos de la noche anterior regresaron repentinamente a mí, y un relámpago de dolor atravesó mi caja torácica.

Mi tenso jadeo hizo que Holmes se inclinara hacia mí, con la preocupación profundamente marcada en cada línea de su rostro, y me diera una suave palmadita en el hombro.

—Relájese, Watson. Es suficiente. Ahora debe descansar.

—¡No, Holmes!

Los acontecimientos volvían ahora a su lugar con increíble rapidez y empecé a sentarme, recordando repentinamente lo que mis atacantes habían dicho: ¡Andrew! ¿Qué tenía que ver mi hermano en todo esto?

Al incorporarme, me empezó a dar vueltas la cabeza y me sentí extremadamente mareado. Holmes me sujetó rápidamente por los hombros e intentó empujarme hacia la almohada.

—¡Watson, túmbese, por el amor de Dios! —exclamó con voz ahogada mientras yo aferraba su brazo con mi mano libre, intentando hacerle comprender…

—Holmes… Andrew… Ellos… ellos dijeron… —Intenté comunicarle las palabras de mis atacantes, pero la habitación, incluyendo su preocupado rostro, se negaba a permanecer en su sitio, provocándome una inmensa confusión.

—¡Watson! —oí decir a Holmes con voz frenética justo antes de que todo girase tan deprisa que sentí como si estuviera cayendo en un interminable agujero negro.

Cuando la oscuridad desapareció y mi visión empezó a aclararse, vi el rostro petrificado de Holmes cerca del mío.

—Watson, sin duda posee usted un talento innato para darle a un hombre un susto de muerte —resolló, enderezándose un poco; él sabía cuánto detestaba que la gente se inclinara sobre mí.

—Lo siento… Holmes —susurré, sinceramente avergonzado de mi debilidad.

—Shhh, querido amigo… Todo va bien. Ahora tiene que descansar —dijo, con una gentileza que nunca antes había oído en su voz.

—No —protesté débilmente—. Tengo que… contarle…

—Ahora no —replicó con suavidad, estirando las sábanas revueltas de la cama—. Todo eso puede esperar. Sus heridas son muy serias, Watson. Ahora debe descansar.

En efecto, me dolía todo el cuerpo, además de las obviamente anormales e intensas punzadas en mi pecho y mi muñeca, que pude ver descansar sobre mi cuerpo envuelta en un prieto vendaje.

El dolor pulsante en mi cabeza persistía, y al intentar moverme di un respingo y fui incapaz de contener un leve jadeo.

Pero Holmes lo oyó, y su macilento rostro se mostró aún más preocupado.

—Voy a ponerle más morfina, Watson —dijo cuando mis ojos se concentraron una vez más en su pálido semblante.

—No, Holmes.

—¡Sí, Watson! —replicó con énfasis.

—Déjeme hablar primero, y luego podrá ponérmela —protesté débilmente; la intensidad de su voz reverberaba en mi dolorida cabeza.

—Watson —dijo con severidad.

—Holmes —dije con voz ronca, recordando retazos de la conversación—, debo decirle… Yo… necesito que usted….

Lanzó un suspiro y volvió a sentarse en el borde de la cama.

—No debe hablar mucho —me advirtió.

—¿Debo recordarle que el médico soy yo? —susurré con una débil sonrisa, intentando iluminar la sombría expresión de su rostro.

—¡¿Y debo recordarle yo que anoche pudo haber muerto?!

Su voz, anormalmente intensa, se estremeció sin el más mínimo rastro de ligereza, y me quedé mirándolo. Allí estaba, sentado, contemplándose las manos apoyadas en su regazo para disimular el hecho de que en realidad temblaban inconteniblemente, y comprendí que realmente le había dado un buen susto.

Intenté moverme, darle una palmada en el brazo y asegurarle que todo iba bien, pero el movimiento provocó otro ramalazo de dolor en mi pecho (debía tener las costillas rotas) y cerré los ojos con un siseo.

—Watson, por el amor de Dios, déjeme ponerle…

—Aún no, Holmes, por favor, escúcheme —supliqué, abriendo los ojos una vez más para clavarlos, con expresión ligeramente insegura, en su ansioso rostro.

Asintió en silencio e intenté contarle todo lo acontecido cuando regresaba a casa la noche anterior.

Me escuchó atentamente, dándome de vez en cuando palmaditas en la mano cuando tenía que detenerme para tomar aliento porque mi cabeza giraba horriblemente, y le conté que habían mencionado el nombre de mi hermano.

—¿Está seguro de eso, Watson?

—Bastante… bastante seguro, Holmes —dije, cerrando la mano convulsivamente cuando tomé una bocanada de aire demasiado profunda que produjo un doloroso estertor en mis pulmones.

Respirando con dificultad, cerré los ojos una vez más. Oí que Holmes se levantaba y, momentos después, el tintineo de unas botellas.

—Ahora debe descansar, Watson —dijo un instante después.

Me sentía demasiado débil para discutir mientras me administraba la morfina (desgraciadamente, era bastante eficiente en el arte de inyectar sustancias), así que intenté acabar mi historia enseguida, antes de que la medicina hiciera efecto.

—Andrew murió el invierno pasado, Holmes —susurré—. No… no sé cómo; no me contaron los detalles, porque él estaba en Escocia en esos momentos.

—Escocia. ¿En qué momento del invierno, Watson?

—Enero —dije, luchando desesperadamente por impedir que mis ojos se cerraran.

—En enero de este año, entonces —repitió Holmes, mientras mis párpados caían, agotados.

—Enero —repetí. Mi respiración se volvió ligeramente más ardua mientras pugnaba por respirar sin distender mi caja torácica—. Andrew… Averígüelo… por favor, Holmes.

—Lo haré, Watson, se lo prometo. Ahora duerma, mi querido amigo —respondió en voz baja, subiendo la colcha hasta mis hombros.

Me sentía demasiado contento para quejarme, tranquilo, sabiendo que Sherlock Holmes sería capaz de resolver aquel asunto y descubrirlo todo; en sus capaces manos, era más que seguro.