Me encantaría poder decir que Star Trek me pertenece, pero lamentablemente todos sabemos que no es cierto, ¿verdad?
James Tiberius Kirk no creía en engañarse a sí mismo. No tenía ningún problema en usar una mentira bienintencionada cuando era necesario ni en engañar conscientemente por causas de fuerza mayor, pero consigo mismo prefería ser completamente sincero. Incluso si eso significaba aceptar verdades dolorosas.
Algunas cosas eran imposibles de negar y, cuatro horas más tarde, tumbado en su cama con las luces reducidas al veinte por ciento, con la botella de carísimo brandy para emergencias que había comprado durante su último permiso sobre la mesita de noche y un vaso vacío en la mano, Jim no podía negar que tenía miedo.
La cuestión era que siempre había considerado a Bones un hombre atractivo. ¡Joder! Era más que atractivo. El hombre era sexi como un demonio y Jim no hubiera tenido ningún problema en meterse en sus pantalones cinco minutos después de conocerlo en la lanzadera de los reclutas. El divorcio y su ex mujer, sin embargo, se habían encargado de que en aquel momento Bones no estuviese dispuesto a compartir más que una botella de whisky. O varias.
Entonces aquello no había supuesto ningún problema para Jim. Era agradable tener a McCoy alrededor. El sarcasmo con el que diseccionaba todo lo que lo rodeaba resultaba francamente divertido. Además, estaba bien tener cerca a alguien que aguantase la bebida por lo menos tan bien como él. ¿Para lo demás? La Academia estaba llena de cadetes que todavía no habían disfrutado del placer de conocerle y si eso no era suficiente, San Francisco era lo suficientemente grande como para que no corriese el riesgo de aburrirse. No. Definitivamente Jim no había tenido prisa por arrastrar a Bones a su cama.
Hacia la mitad de su segundo año en la Academia, McCoy había dejado atrás lo peor de su divorcio. Cierto, todavía fruncía el ceño cada vez que se cruzaba con una morena de pelo largo subida en unos tacones de aguja. Aún se emborrachaba después de cada conversación con su ex. Y si las pocas veces que conseguía hablar con su hija el hombre desaparecía en su propio mundo durante unas horas... Bien, eso no era algo que Jim pensara reprocharle.
A pesar de todo, Jim había decidido mantener su relación en un nivel estrictamente platónico. No porque hubiese dejado de encontrarlo atractivo, sin duda Bones era una de las pocas personas que conseguían resultar sexis llevando el horroroso uniforme de los cadetes, sino porque para entonces McCoy se había convertido en el mejor amigo que había tenido nunca.
Para ser sincero, probablemente era el primer amigo de verdad que había tenido jamás. No estaba acostumbrado a aquel tipo de apoyo incondicional. Jim todavía no sabía qué había hecho para merecerlo, pero desde que habían bajado juntos de aquella lanzadera, McCoy se había mantenido a su lado. Daba igual lo mucho que gruñese y protestase o cuantas veces amenazase con meterle sentido en la cabeza a base de hiposprays si era necesario. Lo cierto era que a la hora de la verdad, daba igual lo absurdo, arriesgado o alocado que fuera el plan de Jim, Bones siempre estaba allí para vigilar sus espaldas y echarle una mano cuando lo necesitaba. O simplemente para arreglarlo y dejarlo como nuevo después si no podía hacer nada más.
Aquella sensación era simplemente demasiado nueva, demasiado buena para echarla a perder por una noche de sexo. Porque ya entonces Jim sabía que Bones no era de los que mantienen aventuras pasajeras. Bones era un hombre de relaciones y Jim no estaba listo para una relación cuando tenía todavía tantas cosas nuevas y excitantes por explorar.
Luego había llegado la Enterprise y Jim se había visto obligado a madurar de prisa y a cambiar muchas de sus costumbres. A crecer. Por un lado, ahora era responsable de la vida y la seguridad de más de ochocientas personas y eso era algo que no se tomaba a la ligera. Por otra parte, la Flota Estelar tenía normas muy estrictas sobre lo que se consideraban relaciones apropiadas entre los miembros de una tripulación. Normas que limitaban las opciones de vida social, léase sexual, de Jim a las pasajeras que pudieran viajar ocasionalmente a bordo de la Enterprise, a quien pudiera conocer durante sus breves y escasos permisos y, dentro de la nave, a Montgomery Scott, Spock y Leonard McCoy. Scotty quedaba directamente fuera de cuestión, Jim no conseguía imaginar al escocés en una situación ni siquiera remotamente sexual, y eso que siempre había tenido una imaginación más que desbordante. Uhura le arrancaría la piel a tiras si se atrevía a acercarse a Spock y Bones... Bones seguía estando fuera de los límites.
Sorprendentemente, aquello no le había molestado tanto como esperaba. Sobre todo los primeros meses había tenido demasiado que aprender, demasiado que hacer, había estado demasiado cansado para poder pensar en algo más que en dormir cuando por fin conseguía meterse en la cama por las noches.
Bones no había estado menos ocupado que él y al principio a Jim le había preocupado que los cambios afectasen a su relación, pero no habían tardado en adaptarse. Se encontraban en el comedor cada mañana para desayunar antes de dirigirse el uno al puente y el otro a la enfermería. McCoy había adquirido la costumbre de entregar su informe diario personalmente en el puente, en lugar de enviarlo a través de una enfermera o directamente al PADD del capitán, y si las cosas estaban tranquilas en la enfermería no dudaba en quedarse un rato. Jim había seguido su ejemplo y había incluido los dominios de McCoy en su lista de visitas diarias. Tal vez no fuese parte de la rutina de la mayor parte de los capitanes de la Flota Estelar pero, ¿qué demonios?
Había docenas de cosas que los mantenían ocupados incluso cuando no estaban de servicio, pero se las arreglaban para cenar juntos por lo menos dos o tres noches por semana. No estaba mal, pero seguía sin ser ni de lejos tanto tiempo como el que pasaban juntos en la Academia, así que desde el principio Jim había abusado desvergonzadamente de su rango para asegurarse de que sus días libres coincidiesen siempre que era posible. Jim estaba convencido de que Spock se había dado cuenta, pero no parecía importarle. Al menos hasta el momento no había dicho nada al respecto y, cuando había sido él el encargado de establecer los turnos, se había ocupado también de que Jim y Bones disfrutasen juntos de su día libre. Eso era algo por lo que Jim le estaba agradecido.
No era que hiciesen nada especialmente excitante en aquellos días fuera de servicio. La mayor parte del tiempo se limitaban a pasar el rato juntos, a ponerse al día sobre los cotilleos de la nave, a hablar de todo y de nada, a beber la horrorosa cerveza sin alcohol del replicador mientras veían holovídeos de terror del siglo XXII. Clásicos, los llamaba Jim. Bones juraba que eran la peor basura en la que jamás se hubiese desperdiciado una cámara, pero al final siempre encontraba una nueva que añadir a la colección del capitán.
Por mucho que lo intentaba, Jim no conseguía recordar cuándo habían empezado a cambiar las cosas, pero lo habían hecho. En algún momento a lo largo de su segundo año en la Enterprise se había dado cuenta de que cada vez le costaba más dejar que Bones volviese a su camarote después de una de aquellas noches juntos, que sus habitaciones parecían terriblemente vacías e insoportablemente silenciosas cuando la puerta se cerraba detrás de McCoy. Y si de pronto estaba más interesado en pasar sus permisos con Bones en vez de desaparecer con cualquier desconocido, realmente no era asunto de nadie más que del médico y no lo había oído quejarse.
La situación era una especie de callejón sin salida. Ahora sí estaba listo para empezar una relación. Tenía todavía cientos de cosas que experimentar, cierto, pero cada vez le resultaba más atractiva la idea de explorarlas con Bones. Hubiera sido perfecto, si no fuese porque McCoy nunca había mostrado el más mínimo interés en otros hombros.
Había momento en los que Jim estaba dispuesto a arriesgarse y decirle a Bones lo que quería, lo que sentía, pero al final siempre acababa mordiéndose la lengua, porque conocía a McCoy lo suficiente como para estar casi seguro de que, aunque no estuviese interesado en Jim de la misma manera, no permitiría que eso afectase a su amistad. Casi. Era ese casi lo que aterraba a Jim. Prefería tener a Bones como amigo a no tenerlo en absoluto. No era la mejor opción, pero sí la menos mala y Jim había estado dispuesto a contenerse hasta que los dos Spock habían aparecido y lo habían vuelto todo del revés.
Si tenía que creer al embajador, en su universo McCoy había estado abierto al menos a la posibilidad de mantener una relación con otro hombre. Cabía la posibilidad de que Bones fuese completamente diferente al otro McCoy, pero los dos Spock parecían convencidos de que lo fundamental de la personalidad de una persona en ambos universos era idéntico, por mucho que las circunstancias que los habían moldeado hubiesen modificado muchos de sus rasgos accesorios y exteriormente pudieran parecer completamente distintos. Si eso era cierto, entonces la situación era completamente diferente a como Jim la había visto hasta entonces.
Aún así, tal vez hubiera seguido conteniéndose, si no fuera porque ahora sabía que había una posibilidad, tal vez muchas, de que Bones llegase a sentirse atraído por Spock. O aún peor, de que Spock también se sintiese atraído por él.
La simple idea hizo que Jim se sirviese un tercer vaso de whisky y vaciase la mitad de un golpe. Apreciaba a Spock. Era un excelente primer oficial y, una vez que llegabas a conocerlo, un buen tipo, pero no tenía nada que hacer con Bones. Bones era de Jim y Jim no iba a dejarlo marchar sin luchar. Es más, tenía toda la intención de asegurarse de que la pelea acabase antes de que Spock se hubiera enterado siquiera de que había algo por lo que pelear.
Podía hacerlo, se aseguró a sí mismo, vaciando su copa de un trago y dejándola sobre la mesilla de noche. Todavía no se había dado el caso de que James Kirk no hubiese podido seducir a alguien en quien estuviese interesado y bien sabía dios que estaba más que interesado en Bones.
- Computadora, luces fuera,- ordenó cerrando los ojos y acurrucándose bajo las sábanas. Por la mañana, en cuanto estuviese descansado y con la mente fría, pensaría en el mejor modo de asaltar a Bones.
