Disclaimer: todos los personajes que aparezcan de la Saga Crepúsculo, son obra de S. Meyer. Los demás y la trama, son mías.


Este capítulo ha sido beteado por Verónica Pereyra (Beta FFAD)

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Capítulo 3

La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces.

—Proverbio persa—

Cinco días habían pasado desde su llegada a aquel lugar. Todos se habían acostumbrado relativamente bien a aquella situación, incluidos Laurent y Rosalie, ganándose así un nuevo mote: los ex—reticientes. La relación entre la rubia y Esme seguía igual de tensa, evitaban cada vez que podían hablarse, pero cuando era necesario, Bella temía que la sangre se derramara.

Los vestidos de Madame Clémentine llegaron justo a tiempo para su marcha, los cuales quedaron preciosos, había que agregar. En cambio, los trajes del señor duque se ganaban la risa de todas las mujeres. El pantalón —maya, más bien— beige era de lo más ajustado, que hacía que se le marcara todo, completamente todo. Pero claro, el material que faltaba en las piernas se le había añadido a la parte superior del torso. El pobre Laurent estaba enfundado en una camisa, una chaleco blanco de grandes solapas y numerosos botones enfrentados; por encima una elegante redingote[1] de corte militar marrón, que por suerte le cubría hasta las rodillas, y con igual número de botones que el chaleco, pero con un corte en V que dejaba entrever lo que había debajo. El cuello de Laurent estaba escondido completamente, por un pañuelo blanco enrollado a su alrededor y con un simple nudo donde se encontraba la manzana de Adán. Todo el conjunto era acabado por un gracioso bastón terminado en una calavera, un sombrero muy a lo caballero inglés y unas relucientes botas Hessian —las mejores, según Madame Clémentine.

Bella observaba los gestos en la cara de su amigo. Estaba realmente guapo, pero incómodo, muy incómodo. Recto, apoyado en una de sus piernas, mientras que la otra estaba ligeramente separada y estirada, con las manos sobre el trozo de madera, y con un rictus indescriptible en su cara. Ellas usaban vaporosos vestidos imperio de muselina, de vistosos colores, con hermosos y largos lazos debajo del pecho e intrincados bordados a todo lo largo de la falda. Alice estaba danzando de un lado al otro, moviendo con las manos las faldas. Por fuera eran las cosas más bellas del mundo, pero habían tenido que soportar una verdadera tortura para ponerse eso. ¿Quién en su sano juicio habría pensado que un simple vestido, que no marcaba las formas, llevara debajo una camisa, pololo, corsé, cubrecorsé y enaguas? Desde luego, Bella no podía respirar de lo que apretaron los malditos cordones del corsé.

De cualquier forma, todos estaban preparados para su partida. Laurent había conseguido unos espaciosos camarotes en el barco con el que irían.

Ataviadas con pañuelos, abanicos y grandes sombreros, las mujeres tuvieron un agradable viaje. De vez en cuando hacían alguna gracia al hecho de que Laurent no quisiera quitarse el redingote, aunque pareciera que se estuviera asando.

—Se lo digo con todo el conocimiento que poseo, milord —le decía juguetonamente Alice—. Le va a dar una apoplejía como no se desvista un poco y nos alegre la vista.

—Sí, milord —la secundó Bella —. Con esta vestimenta marca usted todos sus tonificados y fuertes músculo —a medida que hablaba iba señalando las partes del cuerpo de hombre y, una vez acabó, imitó un desmayo —. Es demasiado para mi frágil cuerpo.

Se encontraban en la popa del barco, sentados en unas incomodísimas sillas, sintiendo las miradas de las demás personas sobre sus espaldas. Bella se giró sutilmente y pilló a una muchacha rubia, de agradables y redondas facciones, con los ojos muy abiertos. La morena le sonrió y palmeó la silla a su lado. La mirada verdosa de la muchacha se dirigió insegura hacia el lugar que Bella le indicaba.

—No seas tímida, querida —le envió una deslumbrante sonrisa, mezclada con su espectacular mirada.

—No quisiera molestarles a usted y a sus amigos, milady —titubeó la muchacha, observando como las demás mujeres que acompañaban a la morena estaban tumbadas con desgana, abanicándose, y al hombre de color, de pie, contemplado el mar.

— ¡Molestia ninguna! —Bella hizo un gesto con la mano para que le quitara importancia y volvió a señalarle la silla—. Nos alegraría conocer a tan hermosa muchacha.

—Gracias, milady —la muchacha se levantó mientras un creciente sonrojo teñía su cara, y con una gracia envidiable, se sentó a la vera de Bella. Alice la miraba con diversión y una sonrisa en la cara.

— ¿Cuál es tu nombre, querida? —Preguntó la duende.

—Tanya Masen, milady —los ojos de las otras mujeres que no habían participado en la conversación hasta aquel momento, brillaron con conocimiento, y sus espaldas volvieron a ponerse erguidas.

—Mucho gusto Tanya —Rosalie esbozaba una sonrisa de oreja a oreja, parecía que su mal humor había desaparecido por completo y deseaba ayudar. Bella sospechaba que le gustaba todo aquel rollo de damas respetables con vocabulario refinado e igual comportamiento —. Y por favor, llámanos por nuestros nombres. Yo soy Rosalie, la que te ha invitado a unirte a nosotras es Isabella, la enana que hay a su lado es Alice, el apuesto hombre aquí presente es mi querido prometido, el conde de Penthièvre.

—Por supuesto —Tanya imitó la sonrisa de la otra rubia.

A nadie pasó desapercibido que Rosalie no había nombrado a Esme, así que esta, con una envidiable compostura, se echó hacia adelante y se presentó.

—Yo soy Esme —una de sus manos enguantadas cubrió su boca, sin embargo se la entendía perfectamente—. Disculpa a Rosalie, es tan corta de mente que a veces se le olvidan las cosas.

Tanya soltó una risilla baja y miró divertida a Rosalie, la cual tenía el ceño fruncido. Esme se volvió a colocar en su posición inicial y le enarcó una ceja a la rubia de su lado cuando esta la fulminó con la mirada.

Así, entre risas, anécdotas y sutiles preguntas, descubrieron que se trataba de la hermana del tal Edward, no de una simple pariente, como supusieron al oír su apellido. Suerte, no nos abandones cuando lleguemos; rogaba en su interior Bella. Habían logrado una invitación a la casa de la muchacha. Resultó que iba a cumplir la mayoría de edad en una semana y el gran duque organizaba una fiesta a comienzos de la temporada, para que así fuera tanteando sus posibilidades de matrimonio. Laurent, aún en su postura rígida y tensa, miró con desprecio a la idea de que las mujeres de aquella época se convirtieran en unas caza fortunas/caza hombres a tan temprana edad. Pero tampoco podía negar que la muchacha era toda una belleza y que tendría muchos pretendientes.

Cuando por fin el barco entró en puerto inglés, todos suspiraron aliviados, habían pasado muchas horas allí metidos y todavía les esperaba un largo viaje en carruaje. Por lo menos esperaban poder dormir a pesar del traqueteo del vehículo. Tanya aún seguía con ellos cuando estaban bajando la rampa hacia tierra firme, seguida por tres doncellas.

— ¿Por qué no viene con nosotros, querida? —Le ofreció Laurent. La joven, dándole una mirada tímida, sonrió ligeramente.

— ¡Excelente idea, milord! —Secundó Alice dando unos saltos de alegría, haciendo que algunos rizos escaparan del elaborado recogido.

—Sería un placer, milord —el rubor volvía a aparecer en las pálidas mejillas de la muchacha. Laurent se acercó a ella y le susurró al oído, provocando un mayor sonrojo.

—Puede llamarme Laurent, mi querida Tanya —el hombre oyó las risitas de las demás pero las ignoró. Parece que el gran conde está ligando, rió Bella en su interior.

El camino resultó ser más corto de lo que habían esperado. Claro está, el hecho de que Tanya estuviera con ellas y que mantuvieran una conversación continua y entretenida, ayudó. A diez kilómetros de Londres, Bella se estaba removiendo incómoda en su asiento, tirando del corsé, y abanicándose furiosamente. Notó la mirada de la muchacha sobre ella y le sonrió.

— ¿Te puedo hacer una pregunta? —La muchacha estaba retorciendo sus dedos sobre su regazo, y el color había vuelto a nacer en sus pómulos.

—Claro —con un suspiro resignado, se dejó caer sobre el respaldo y siguió dándose aire. Cerró los ojos para disfrutar la sensación de relativo frescor.

— ¿Cuántos años tienes? —Su voz era un pequeño susurro avergonzado. ¿Por qué quería saber su edad?

—Veinticuatro —sonrió sin fuerzas. Todavía estaba en la flor de la vida.

— ¿Y estás casada? —Percibió que Tanya mantenía el ceño fruncido, y al mirarla, acertó.

—No hagas eso, querida, o te saldrán arrugas —eso lo había visto en alguna película, y le resultaba gracioso —. ¿Por qué quieres saber eso?

El silencio llenó el pequeño carruaje, sólo interrumpido por sus rápidas y asfixiantes respiraciones. Bella la miró más atentamente e intuyó que su cabecita había ideado alguna idea.

—No, no estoy casada —contestó en un final y con extrañeza, vio como los ojos de la muchacha se iluminaban. ¿Era lesbiana y quería enrollarse con ella? No lo creía muy factible.

—Es sólo que... —Empezó a decir—. No bueno, da igual, olvida lo que he dicho.

La morena miró a las demás chicas extrañada. ¿Era ella la única que se había dado cuenta de que la cuestión iba con doble intención? Alice la miraba de igual manera, ella lo sabía. Bien, no estaba loca, menos mal.

Al poco tiempo, el carruaje entró en Londres, pero ni Bella ni sus acompañantes tuvieron ganas de mirar por la ventana. Antes de que emprendieran camino, Tanya les había dicho su dirección, por tanto no fue difícil encontrar la enorme mansión y dejar que ella y sus doncellas bajaran. Con un saludo de mano y un "la fiesta es el jueves, le diré a mi hermano que os apunte en la lista aunque no tengáis invitación", se marchó.

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Al otro lado de la ciudad, en un mugriento y vacío callejón, se encontraban dos hombres, uno amenazando al otro. Los gritos se escuchaban por todo aquel barrio, pero al duque le daba igual, el inepto que había contratado en Francia no había sido capaz de llevar una carga hasta su destino. La cucaracha decía haber sido atracado y robado por un grupo de mujeres y un negro, pero el duque estaba seguro de que la mitad lo habría imaginado por tremenda borrachera que habría tenido. Esta es la última vez que vuelvo a hacer negocios con estúpidos franceses, no hacen nada bien; se repetía una y otra vez en su cabeza.

Tras el telegrama que había recibido, le ordenó al francés que se embarcara en el primer barco a Inglaterra y, cuando el hombre estuvo delante suyo tartamudeando, todo su mundo cayó. Aquella carga no estimaba ni la cuarta parte de su riqueza, pero era una parte de las dotes que debía proveer a sus hermanas, que eran de todo, menos pocas.

— ¿Recuerdas a alguien? —Preguntó mientras se pellizcaba el puente de la nariz e intentaba tranquilizarse.

—S-sí, milord —Emmanuel sudaba más que un cerdo en verano, sus manos removiéndose inquietas y con la cabeza gacha—. La mujer que me amenazó, la que quiso saber de quién eran las cajas...

— ¿¡Le dijiste mi nombre, estúpido!? —Los gritos volvían a llenar el ambiente, sobresaltando a Emmanuel, cuyo acento se volvió más pronunciado.

—Tenía una pistola, milord —se excusó y continuó—. Era una muchacha muy hermosa, con el pelo liso y muy, muy largo, milord. De un color castaño oscuro.

Emmanuel calló por unos segundos pensando en el rasgo que más le habían chocado, aquellos penetrantes ojos. El duque lo zarandeó. Levantó la mirada y vio el odio y desprecio en los ojos del depredador que tenía delante. Iba a matarlo, en el mejor de los casos.

— ¿Eso es todo? —Cuestionó en voz ronca y baja, amenazante.

—N-no, milord —Emmanuel tragó con dificultad—. Tenía unos ojos fuera de lo común, milord. Los tenía de un color grisáceo tan claro que parecían blancos. No podré olvidarme de esa mirada ni aunque muera, milord.

— ¿Fuera de lo común, dice? —El duque se cogió de la barbilla y reflexionó—. ¿Te dijeron algún nombre?

—Me... Me preguntaron por un... Un conde que… —Volvió a tragar y cogió aire rápidamente —, había muerto en la Revolución, decían que el negro era su sobrino.

— ¿Y el conde se llamaba...? —Estúpido mentecato, pensó el duque.

—No me acuerdo, milord, pero el hombre era negro, algo que también está fuera de lo común.

— ¡James! —Rugió.

— ¡Espere, milord! —Emmanuel levantó las manos a modo de defensa —. Cuando les estaba llevando a la posada, una de ellas llamó a la de los ojos, Bella.

— ¡James, llévatelo! —El duque dio media vuelta y caminó hacia la salida del oscuro callejón, la furia llenando cada maldita célula de su cuerpo—. ¡Enciérralo hasta que encontremos a la puta!

— ¡Es una mujer peligrosa, milord! —El deje de miedo no pasó desapercibido por el duque, sin embargo, le entró la risa cuando oyó aquellas palabras. ¿Una mujer peligrosa? No lo creía, y menos sabiendo lo cabeza-huecas que eran todas.

Y aquella rata que se había atrevido a robarle al duque de Westminster, no se iba a salir con la suya, la encontraría, le arrancaría esos ojos y se los daría de comer a los cerdos. Que así aprendiera a no poner los ojos en lo que no era suyo.

Una vez divisó a Blackjack, silbó y el gigante corcel negro salió de la oscuridad trotando hacia su dueño. Edward se subió rápidamente a la montura y espoleó al caballo saliendo al galope al instante.

El viento azotaba su cara, quitando algo del estrés anterior, y de paso, algo de su enfado. Era una sensación única de libertad que, en aquella época, muchos tenían la oportunidad de disfrutar, sin embargo, pocos lo hacían realmente. Los cascos del caballo resonaban fuertemente por las abarrotadas calles de Londres, alertando a los transeúntes de que abandonaran su camino. Lo único que Edward deseaba en aquel momento era que la tierra le tragase.

Desde muy pequeño le habían inculcado que debía ser el hombre de la casa, que debía cuidar de la familia, del patrimonio que sus antepasados le habían dejado. ¿Pero cómo se suponía que debía hacerlo si los inútiles de sus empleados dejaban que putas le robaran la carga? Ya no era simplemente el hecho de que la mitad del dinero de aquella caja fuera la dote de su hermana Kate, la cual estaba a punto de comprometerse con un marqués; sino que había perdido también las joyas de su familia, las que su madre le había regalado para que sus hermanas pudiesen usarlas en sus debuts, el valioso anillo de compromiso que su padre le había dado a su madre...

— ¡Diablos! —Maldijo entre dientes. Sólo entonces recordó sobre el anillo, anillo que debía estar en el dedo de María antes de que la fiesta de Tanya se produjera.

Recuerdos sobre la pedida de mano de María vinieron a su mente. No fue romántica, fue bruta y fría, ella sentada al lado del fuego, mirándose las uñas, y él con un coñac en la mano contemplando los pastos a través del cristal de su estudio. Un "cásate conmigo" dicho entre sorbo y sorbo fue seguido de un "¿por qué no?", igual de insípido que la situación entera. Obvio era que ninguno de los dos lo hacía por amor, intereses era los que le unían, los de él por engendrar un heredero, y los de ella por ocultar su falta de virtud. A Edward le daban igual aquellas tonterías, cada cual era dueño de lo que hacía, y si aquella simple mujer podía darle un hijo, todo lo demás no importaba. Como su padre solía decir, las esposas sólo tenían ese único fin, las amantes eran las que proporcionaban el verdadero placer a un hombre. Sabía de buena mano que eso a María no le importaría en lo más mínimo, ya que ella ya poseía una buena cantidad de enamorados a sus pies. Sólo esperaba que no apareciera con un bastardo ante él, esa era la única regla que le había impuesto.

Y lo último que le faltaba era que sus planes fallaran por niñerías. Mandaría a Sam y su banda a por aquellos ladrones, no podía haber muchos negros nobles por el mundo, ¿verdad? Si aquella puta le había sacado el nombre a Lefrevre, habrían llegado a Londres por aquellos días, sin duda. Edward sonrió en la oscuridad, con un brillo loco surcando sus ojos.

Cuando giraba la calle, un caballo blanco entró en su campo de visión, haciendo que Blackjack parara de sopetón y se pusiera sobre sus patas traseras. ¿Dios quiso que aquel día fuera el peor de su vida? Dio gracias a sus habilidades para montar, sino, habría salido disparado. Pero al mirar hacia el dueño de aquel caballo, vio que él sí había caído.

— ¡Estúpido gilipollas de mierda!

Frunció el ceño. ¿Era una mujer? Mejor dicho, ¿una mujer que hablaba como un borracho?

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Laurent había ido a crear una cuenta al banco británico, y así poder depositar el dinero, y Bella había vuelto a tomar un largo baño rejuvenecedor, como lo había apodado Esme. Ahora estaba tirada en la cama, con una mano sobre su cara, queriendo echarse una siesta, pero el calor no la dejaba. Enfurruñada, se puso de pie y se quitó toda la ropa que tenía encima, pero no parecía suficiente. Lo que le faltaba a aquel magnífico hotel era un aire acondicionado, o mejor, dos hombretones con sus cosas bien puestas, que la estuvieran abanicando.

Se dejó caer sobre las mantas otra vez, y las quitó de un manotazo, no quería algo que le diera más calor todavía. ¿Acaso no llovía todo el día en Inglaterra? Ella había nacido y criado allí, y no conoció otra cosa. No creía que el clima hubiera cambiado.

— ¡Dios, danos una tormenta! —Gritó mirando al techo y juntando las manos—. Una con truenos y relámpagos, con viento y con toda esa parafernalia. Pero que llueva, por favor, ¡que lo haga!

Esperó unos momentos en silencio y de repente oyó que las puertas de las ventanas se abrían y golpeaban las paredes por una fuerte corriente de viento. Bella se sobresaltó y recordó, antes de que el miedo hacia lo paranormal la invadiera, que habían estado abiertas durante toda la plegaria. Se levantó y cogió algo para cubrirse, no quería ser acusada de exhibicionismo, y cerró los ojos de puro éxtasis cuando sintió el frescor que entraba. Se apoyó sobre el marco y mantuvo los ojos cerrados.

Aquello días no habían estado nada mal, eran una especie de vacaciones, una nueva experiencia, y de lo más interesante. ¿Quiénes podría decir que habían viajado al pasado y habían sido nobles asquerosamente ricos? Sólo ellos. Rió levemente. Y qué decir sobre la actitud de los demás ante la situación. ¡Estaban más que encantados! Raro, pero cierto. Como diría una psicóloga, mejor tomárselo así que pudrirse en la miseria y en pensamientos oscuros. Alice estaba enamoradísima de la moda y de los vestidos. Había encargado varias decenas de rollos de tela de Madame Clémentine, y ahora estaría fabricando ella misma unos preciosos y seductores vestidos. Conocía el gusto de la enana: elegante, sobrio pero atrevido. Negó con la cabeza y volvió a reír. Y por supuesto, Esme la estaría ayudando.

Rosalie, una vez pasó la fase "no voy a sobrevivir en este mundo", se lo tomó bastante bien. Riendo y haciendo bromas incluso. Lo más posible era que ahora se encontrara en su habitación, inspeccionando todas y cada una de las joyas que habían robado.

Y como se suele decir, hablando del rey de Roma, por la puerta asoma. Una cabeza rubia estaba mirando por la puerta de su habitación, con la mayor ilusión que había visto Bella en días, comparable al brillo de cuando veía un motor.

— ¿Puedo pasar? —Un brazo apareció y le enseño un pañuelo sujetado en forma de bolsa—. No te vas a creer lo hermosas que son estas cosas.

— ¿Desde cuándo Rosalie Hale dice que algo es hermoso? —Se burló Bella mientras se daba la vuelta y avanzaba hacia ella—. Pasa y enséñamelas.

No tuvo que esperar cinco segundos, porque su amiga ya estaba sentada a su lado, abriendo el trozo de lino y desparramando su interior sobre la cama. Bella observó anonadada. Eso eran esmeraldas, rubíes, zafiros y… ¡Diamantes! Y podía jurar que eran los más grandes que había visto en su vida. Al levantar la mirada, Rosalie la contemplaba expectante. Una sonrisa se empezó a formar en los rasgos de la morena.

—Ese tipo sí que tiene dinero.

—Yo voy a vestirme y a salir a investigar sobre el duque —Bella vio como la rubia se relamía los labios y se carcajeó con ganas. La Rosalie avariciosa y enamorada del dinero salió a la luz, ya la había estado extrañando.

—Sólo no le dejes muy mal parado, Rose —la miró con advertencia, ahora sin rastro de humor—. Todas conocemos tu historial, nena.

—Ah, sí, tú tranquila —la tranquilizó la rubia con un movimiento de mano. Recogió las cosas y se dirigió hacia la puerta. Pero cuando estaba a punto de salir se dio la vuelta y le tendió algo a Bella —. Toma esto, creo que te quedará genial.

La morena se acercó a ella y abrió la palma de la mano, recibiendo un hermoso anillo de oro. Su estructura era fina, con pequeños surcos que cubrían toda la circunferencia, rellenos de pequeños y brillantes diamantes. Pero lo que más llamaba la atención era el centro, en el cual se encontraba una enorme esmeralda ovalada, situada en una placa de la misma forma, pero más grande, acabada en sus bordes por una banda de otras esmeraldas más pequeñas, y completado en su interior con más diamantes. Era simplemente impactante, una joya que expresaba pasión, belleza, y dolor, mucho dolor. No supo porqué, pero sintió una extraña atracción por aquel anillo, como si aquella fuerza que les había llevado hasta allí, clamara furiosamente que se lo pusiera en el dedo anular de la mano izquierda. ¿De quién habría sido? ¿Sería acaso un anillo de compromiso? Sin poder controlar sus manos, Bella se lo puso y sintió como algo le recorría el cuerpo de pies a cabeza. Era una sensación extraña pero muy agradable y gratificante.

Sintió que una cuerda tiraba de ella y la volvía a llevar hacia la ventana, y movía sus ojos para enfocarlos hacia un establo. ¿En aquel hotel había un establo? Claro que sí, los garajes todavía no habían sido inventados.

A ella le encantaban los caballos, su abuelo era americano y tenía un rancho en Texas. En los años en los que su rebeldía había llegado a un nivel máximo, sus padres la habían mandado a que el abuelo Jack la metiera en vereda. Y cómo lo había hecho, obligándola a levantarse a las cinco de la mañana para limpiar la mierda de los caballos. Todavía se acordaba como uno de ellos casi le salta encima y como otro le mordía las manos cada vez que le daba de comer zanahorias. Recordaba aquella época con una sonrisa en la cara, fueron buenos tiempos aquellos. Ella empezó a trabajar más duro, y dejar las niñerías a un lado al ver que no hacían efecto alguno con el abuelo. Después de un mes, Jack la llevó a que conociera a una yegua que "tenía mucho en común con ella", según decía él. Se llamaba Shooting Star[2] y poco después entendió porqué la nombraron de aquella manera, era la yegua más escurridiza y la que menos escuchaba de todo el rancho. Sólo hacía lo que ella quería. El abuelo Jack pretendía que Bella la domara. Primero le enseñó a montar con otro caballos, unos menos peligrosos y muchísimo más tranquilos que Shooting Star, y después de que los cabalgara incluso mejor que muchos de sus empleados, se puso manos a la obra con la yegua. Fue obstinada, fue difícil y fue frustrante, pero lo consiguió y nunca estuvo más orgullosa de sí misma. Qué decir del abuelo Jack, que cuando vio a Bella montada triunfante sobre Shooting Star, y que la yegua avanzaba obedeciendo las directrices de su nieta, su mandíbula tocó el suelo.

Bella dio la vuelta sobre sus talones y corrió hacia la puerta. Antes de salir se aseguró de que ningún huésped hubiera decidido hacer su aparición y, al no ver a nadie, salió corriendo hacia dos puertas más a la derecha, la habitación de Alice. Entró y cerró de un portazo, haciendo que su hermana y la enana gritaran.

— ¡Oh mierda, Bella! —Se quejó Esme metiéndose el dedo índice en la boca—. Me he pinchado el dedo por tu culpa.

—Se te pasará —contestó velozmente.

A paso rápido llegó al lado de las mujeres y observó lo que estaban haciendo. Hizo un sonido aprobatorio y fue a mirar qué más telas tenían.

—Te podemos ayudar en lo que sea que estés buscando —sugirió Alice mirándola divertida. Bella se giró decidida pero se quedó pensando, ¿podrían hacerle un pantalón en un cuarto de hora?

—Quiero irme a montar a caballo —dijo simplemente. Alice parecía descolocada.

— ¿Y?

—Que necesito una indumentaria apropiada —el cejo de Bella se frunció, recordando el vestido que le había hecho Madame Clémentine—. No pienso ponerme el vestido ese. No se montar a lo amazona.

—Quiere que le hagamos unos pantalones —aclaró Esme mientras rompía el final de un hilo con los dientes. Alice se quedó pensativa y la miró como hizo la costurera francesa.

—Sí, creo que en cuarenta y cinco minutos está —le tendió un vestido —. Ve abajo, di que preparen un caballo y vuelve a que te tomemos las medidas.

— ¿Y por qué no voy y arreglas uno de los pantalones/mayas de Laurent? —Sugirió Bella esperanzada. Alice se encogió de hombros.

—Como quieras, sólo tráemelo…

La frase no había terminado cuando se dieron cuenta de que Bella ya no estaba en la habitación. Cinco minutos después, la morena portaba las mayas y Alice y Esme sujetaban las partes que le quedaban grandes con agujas. En la parte de la cintura tuvieron que repararlo mucho, y qué decir de la zona de la ingle.

—Quítatelos y baja de una vez a que preparen tu montura —cuando lo hubo hecho, se puso un vestido por la cabeza, sin preocuparse de ponerse corsé y las demás cosas, cogió a su mejor amigo el señor abanico, y bajó saltando las escaleras.

Anduvo con paso decidido hasta la recepción, pero el chiquillo que atendía, estaba ocupado. Un hombre musculoso y más alto del promedio medio de aquella época, estaba apoyado sobre la encimera, dándole una vista privilegiada de su culo a Bella. Esta le miró descaradamente de arriba a abajo. El hombre no usaba el redingote y con aquel chaleco de color oscuro se le marcaban todos y cada uno de sus músculos. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta baja, más sexy imposible, bombón, apremiaba en su interior Bella.

Se esforzó por escuchar de qué estaban hablando, pero casi no oía nada, así que se fue acercando cada vez más y más. Sólo llegó a atinar a escuchar un "buscaré al vizconde en otro lado" cuando de repente se vio cara a cara con aquel dios griego. A punto estuvo de pisarle los pies, pero él paró antes de que eso pasara. Los ojos grises de Bella estaban fijos en el pecho de aquel tipo, ¿qué tendrían aquellos trajes que los hacían ver tan jodidamente atractivos? Compuso una sonrisa seductora en su cara y le miró por entre sus pestañas. Sus facciones eran duras y bien formadas, y con unos ojos chocolate que la miraban socarronamente.

—Discúlpeme, milord —levantó la barbilla en un gesto arrogante y atrevido. No estaba totalmente segura de que fuera noble, pero por si acaso—. No le había visto.

La sonrisa del hombre cayó un poco, aún estando ellos a menos de cinco centímetros de distancia, algo inaudito en aquella época. Bella podía sentir el calor que emitía el cuerpo de aquel hombretón, y se le hacía la boca agua. Él se separó levemente y la cogió de la mano, besándosela manteniendo el contacto visual durante todo el tiempo. La morena sintió que sus rodillas fallaban, ¿qué les costaba a los hombres del S. XXI ser así? Era tan estimulante...

—Mía es la culpa —se levantó lentamente y Bella lo siguió con la mirada. Cuando él soltó su mano, la morena abrió el abanico que traía colgando de la muñeca, ocultando así la sonrisa de triunfo que tenía en la cara—. ¿Permitirá a este humilde caballero conocer su identidad?

— ¿Debería? —Cerrando el artilugio de un solo golpe, lo colocó sobre sus labios y lo contempló en todo su esplendor, dejando claras sus intenciones. Al volver a llegar a los ojos chocolate que la miraban entrecerrados, dijo, pronunciando cada sílaba con el mayor puterío que era capaz, pero siempre siendo elegante. Qué incongruencia, pensó: —Isabella, milord.

El hombre tragó en seco y volvió a sonreír.

—Vizconde de Severn a su servicio, mi damisela en apuros —el hombre hizo una leve reverencia y se colocó un sombrero que Bella no sabía que tenía—. Pero puede llamarme James.

El vizconde pasó por su lado derecho, haciendo que ella también se girase. Antes de que él saliera por la puerta, le guiñó un ojo y la morena volvió a abrir el abanico y se dio la vuelta con desdén. Cuando lo hizo, notó la mirada sorprendida y cotilla de todos los presentes, pero se dirigió decidida hacia el recepcionista.

Tras haberle ordenado preparar un caballo, con montura de hombre, por supuesto, se marchó escaleras arriba otra vez. Al llegar a la habitación, las chicas ya tenían preparado su pantalón y habían vuelto a su trabajo. Bella se los puso sin prisa y le quedaban perfectos, marcando cada parte de sus magníficas y trabajadas piernas. Aunque no le resultara cómodo, decidió ponerse una camisa de lino muy fina y el corsé, no quería que sus pechos se vieran por la falta de sujetador. Por encima se colocó una camisa blanca de hombre, con mangas anchas y con cuello de barco. Por último, se puso las botas de agua que Alice había utilizado en el robo. La enana era un poco excéntrica, incluso a la hora de vestirse para el trabajo, pero ella decía que, al ser tan anchas, le servían para esconder armas.

Con un simple "adiós", Bella salió al pasillo, rumbo hacia los establos. Pero recordó algo, dando media vuelta, entró a la habitación de Rosalie y guardó un mini machete y una linterna dentro de cada bota. Nunca se sabía qué peligros se podían presentar.

Lista por fin, caminó hacia los establos y encontró que el mozo le había preparado un hermoso y elegante caballo blanco, el cual descubrió que se llamaba Star. Rió en su interior y deseó que no fuera tan alocado como lo era su yegua.

— ¿Has asegurado bien la montura? —Preguntó Bella mientras se agachaba y se aseguraba de que así fuera. Cuando se levantó vio que el muchacho observaba su escote. Apoyándose sobre el caballo en una posición sexy, empezó a mover el cuello de la camisa—. ¿Te gusta lo que ves, muchacho?

No contestó. Bella se le acercó moviendo las caderas de manera provocativa. Al llegar a su lado, se agachó tan rápida como la luz y el muchacho se vio con un cuchillo amenazando su cuello. Este dio un grito asustado e intentó retroceder, pero de poco le sirvió, ya que Bella le siguió hasta que él se topó con la pared.

—No, milady, no me gusta —contestó desesperado y asustado. Bella rió al ver que temblaba como un gatito recién nacido bajo la lluvia, un chico de unos diecinueve años, que casi se meaba en sus pantalones.

—Mientes —aseguró dándose la vuelta y subiendo a la silla. Una vez colocada, volvió a guardar el cuchillo y miró divertida al chico—. Espero que esto te haya servido de lección para que aprendas a tratar a las mujeres con más respeto.

La indignación en la voz de Bella era tan falsa que se olía a leguas, pero a ella le resultó divertido el miedo del chico. No había tenido ni un poco de acción en más de tres días y estaba ansiosa por una buena pelea. Su cuerpo le pedía sangre y aquella fuerza volvía a tirar de ella mientras salía del establo.

Así estuvo durante una hora. El sol ya se había puesto y las calles de Londres se habían vaciado notablemente. Si era sincera consigo misma, no sabía hacia dónde iba. Parecía que estaba buscando algo, pero ¿el qué? Por el camino había descubierto cosas interesantes, una chocolatería que debía visitar con urgencia, una perfumería, un par de restaurantes... Pero el lugar que más le llamó la atención fue Severn's. Le sonaba aquel nombre, ¿de dónde? El tipo de la recepción le dijo algo parecido, pero, ¿cuán posible era la posibilidad de que él fuera el dueño del lugar? Al parecer bastantes, ya que, después de una leve inspección a lo lejos, advirtió que se trataba de un club de apuestas de caballeros. Según había leído en sus novelas rosas, sólo hombres podían pasar, y estaba segura que el duquecito pasaría largas noches por aquellos salones. Tendría que entrar a como diera lugar. Bella memorizó el lugar en el que se encontraba el sitio, y siguió su camino.

La calle estaba desierta, sin luces que iluminaran su camino. Espoleó a Star para que galopara más fuerte. Le encantaba aquella sensación de poderío que obtenía por medio de cabalgar y en cierto modo descargaba todas aquellas ganas de pelea que no había tenido desde que llegó. El caballo relinchó y Bella empezó a perder el control sobre él. Star movía la cabeza desesperado por librarse del agarre de la amazona. Se dirigía haciendo eses por todo el camino y de un momento a otro Bella oyó que otro caballo se acercaba a paso rápido. Intentó estabilizar a Star pero era una tarea imposible y pronto se vio en el suelo, por culpa tanto del otro jinete como de su propia montura. Y estaba enfadada con el maldito caballo. ¿Qué coño le pasaba? Parecía como si un fantasma se hubiera presentado en su cara y lo hubiese espantado. ¿Y el otro hombre? ¿Tampoco sabía controlar a su caballo? Tanta locura con que ellos eran los mejores jinetes del mundo y no sabían parar a tiempo.

Había caído bocabajo. Cuando se dio la vuelta contempló horrorizada que el caballo negro y peligroso de su contrincante estaba sobre sus patas traseras, meneando en el aire las delanteras mientras relinchaba sin parar. Bella se puso de pie tan pronto como pudo, notando que su pelo se había soltado de las pinzas y que le colgaba por todos lados.

— ¡Estúpido gilipollas de mierda! —Le gritó. La morena no oía nada más que las fuertes respiraciones de los caballos y tampoco veía.

Se agachó y sacó la linterna, que por suerte tenía pilas, y apuntó directamente a la cara de tipo, pero no había nadie allí. Un frío estremecimiento recorrió su espalda, aquello le daba muy mala espina. Aquella fuerza que la había traído allí, la que la había obligado a ponerse el anillo, la que la llevó hasta la ventana a que viera los establos era la que había guiado y espantado a su caballo, estaba segurísima. Pero ¿dónde estaba el otro jinete? Un rápido vistazo al corcel negro le confirmó que era de pura raza, no se podía haber perdido.

Y de repente sintió unos brazos a su alrededor y una respiración fuerte y entrecortada en su oído. Su instinto, el mismo que había estado buscando pelea, salió a la luz y con el codo le golpeó en el abdomen, pero el tío ni se inmutó. El dolor más bien lo tuvo Bella. ¿Eso era una coña, verdad? Estaría soñando aquello por el calor de la habitación, seguro. Pero un breve y fuerte pellizco en su pierna le dejó bien claro que no era cierto, que todo lo que estaba pasando no podía ser más real. Volviendo a intentarlo, le dio un pisotón, seguido de una patada en sus partes nobles junto a otro codazo de su estómago y lo remató con un puñetazo en la nariz. Por fin pareció que el tipo reaccionaba y se encorvó, signo de que le había dolido su segunda estocada, bien, por algo se empezaba. Pero Bella no tuvo tiempo a sacar el machete, ya que el hombre le dio la vuelta, reteniendo tanto sus brazos como la linterna entre ellos. La luz le daba en plena cara a Bella, privándola de poder ver a su contrincante. Oyó que él daba un grito ahogado.

— ¡Tú! —El rugido de su voz resonó por todo su cuerpo, llenándola de extraños sentimientos. Era la voz más atractiva que nunca había oído, pero algo oscuro había en ella que hacía que su instinto de supervivencia le dijera que se marchara corriendo, y cuando más pronto mejor—. ¡Eres la que la cucaracha que Lefrevre me dijo!

¿¡Lefrevre!? El botón de alarma se encendió escandalosamente dentro de la cabeza de Bella. Aquel había sido uno de los maleantes. Y si el hombre que la retenía con tanta fuerza, que no dejaba paso a sus intentos de huida sabía de él, la única razón sería porque... Porque… ¡Él era el duque de Westminster!

Con más desesperación Bella se intentó zafar de su agarre, dejándose llevar más por el miedo que por su inteligencia a la hora de pelear. Respiró un par de veces para calmarse y, cuando lo hubo conseguido, saltó hacia arriba y se dejó caer con todo su peso hacia abajo. El hombre la siguió y los dos cayeron al suelo, dejándola por fin libre. Bella rodó por el suelo para lograr algo de distancia y sacó el machete de su bota. Vio como el tipo se volvía a levantar e iba hacia ella. Retrocedió y se giró para intentar levantarse, pero el hombre la cogió de la pierna y tiró de ella hacia atrás. Impulsándose con las manos, y consiguiendo que la hoja del machete se le incrustara en la palma de la mano derecha, volvió a rotar y lanzó su pierna libre contra el hombre, logrando golpearle sólo los brazos. Olvidando el dolor y escozor que sentía, fue corriendo hacia su caballo, pero había desaparecido.

— ¡Tu puta madre de caballo! —Chilló invadida por la furia.

—Menuda forma de hablar —oyó que decía el hombre, más cerca de lo que había previsto. Siguió corriendo y divisó al corcel negro del tipo que la perseguía—. ¡No te atrevas, puta! ¡Ya suficiente me has robado!

Bella no hizo caso a su amenaza y subió al caballo, trepó más bien. Notó que la volvían a agarrar del tobillo. Con el machete, le hirió en los brazos. Mal movimiento, ya que su mano empezó a gritar por auxilio. Sentía que la sangre emanaba sin cesar, pero tenía que huir o se ganaría algo más que un simple corte.

Espoleó al caballo y este salió al galope sin dudarlo.

— ¡Te encontraré! —Oyó que la amenazaba con un oscuro y feroz rugido—. ¡Suplicarás por tu vida!

Cuando ya no podía oír sus gritos de amenaza, se maldijo por meterse en problemas, no sólo eso, por haberse metido en la boca del lobo. Debería haberse quedado en el hotel. ¿Cómo se suponía que iba a seducir a un hombre que quería matarla? Simplemente no le entraba en la cabeza la idea de acercarse a él a menos de cien metros. Ese tipo estaba demente.


[1]Redingote: capote con poco vuelo y con mangas ajustadas.

[2]Shooting Star: Estrella fugaz.


Buenas a todas!

¿Qué os ha parecido el primer encuentro entre Bella y Edward? ¿Y nuestro queridísimo bombón, James? *babas* jajajaja

Quería agradecer a mi beta Verónica por mejorar este capítulo, y a todas las que habéis dejado un poquito de vuestro tiempo en dejarme un rr. Por supuesto, también a las que me habéis dado en favs y alerts. ¡Sois todas una amor de mujeres!

Ahora os dejo con el adelanto y ya no me embrollo más que no me gustan las notas de autor largas jeje.

Muchísimos besitos a todas,

Valentine :3


Adelanto Capítulo 4:

Con un esfuerzo sobrehumano, intentó andar más rápido. ¿Por qué tenían que hacer esa cosa tan grande? Con un gemido de dolor siguió adelante con aquella marcha, sintiendo como el líquido se volvía a acumular y resbalar por la pierna. Justo cuando apreció con claridad la conversación de aquellos dos hombres, empezó a correr. Le quedaba poco, un metro para llegar. Sin embargo, su pierna no estaba preparada para soportar tal magnitud del esfuerzo, ya que cayó sobre el suelo, sintiendo como la herida se desgarraba más si cabía. La garganta de Bella profirió un grito estremecedor cuando esto sucedió. La conversación cesó y sólo oyó pasos rápidos acercarse hasta el lugar.

- ¡Oh, Dios mío! – exclamó uno de ellos. Parecía el recepcionista -. ¡Oh, Dios mío!

El tipo parecía repetir aquella mantra como si estuviera rezando. Bella tenía los ojos cerrados y el labio mordido fuertemente, intentando menguar así el dolor que se colaba desvergonzado por todo su ser. Intentó levantarse, y pronto sintió unos brazos a su alrededor. Unos no tan fuertes como los del gilipollas que le había hecho aquello.

- ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!

- ¡Charles, deja de repetir eso de una vez y ayúdame! – gritó en susurros el otro hombre, con voz dura y baja.


¡Menuda pelea, eh! Nos vemos el lunes que viene amores míos ;)