Capítulo 3: Aro Vulturis
El cumpleaños de Harry Cullen ya estaba a dos días de espera. La familia Cullen aún seguía en Londres, pero la próxima mudanza ya se avecinaba. El día era lluvioso, pero no demasiado, no como aquel día en que encontraron al pequeño Harry, al ahora Harry Cullen… El miembro más pequeño de la familia… y el único humano.
Alice, Jasper y Edward seguían en la secundaria, Rosalie y Emmett estaban en casa con el pequeño Harry. Carlisle estaba trabajando en el hospital y Esme también estaba en casa. Todos en la casa hacían algo, ya sea en el interior o en el exterior de la casa. Emmett cazaba solo a los alrededores de la casa, Rosalie hacía de maestra jardinera con Harry y Esme preparaba la merienda del más pequeño de sus hijos.
La casa estaba tranquila, todo en orden. Rose había puesto música para niños en el equipo de música que estaba instalado en el cuarto que Esme había dedicado como un saloncito para que Harry tuviera sus clases. La familia no quería que el pequeño fuera a colegios con otros humanos. Durante una de las noches en las que el pequeño dormía, habían tenido una reunión y decidieron que no sería bueno para él. Así que tomaría todas sus clases en casa con algún familiar… Cosa nada difícil, dado que todos habían pasado por las distintas etapas escolares. Esos días, Rosalie había tomado el puesto y el pequeño estaba feliz por ello… Ella era su favorita.
Rosalie cerró el libro de cuentos que estaban leyendo suavemente, levantó la vista y sonrió con dulzura.
- Creo que es todo por el momento –le dijo con voz melosa.
Harry frunció el ceño, claramente en desacuerdo.
- No, quiero más. Léeme más, por favor –le dijo haciendo un puchero.
Ella moría de ternura cuando Harry hacía eso. Era un niño precioso con sus grandes y brillantes ojos verde esmeralda, su cabello negro azabache indomable, su piel pálida, hoyuelos y mejillas rosadas. Ese día parecía un muñequito si se le sumaba la vestimenta elegida por Alice. Llevaba puesto un pantalón de jean azul, una chomba de manga corta verde que combinaba con sus ojos con un perrito estampado, en los pies llevaba medias blancas lisas y zapatillas rojas.
- No, cariño. Tienes que merendar y yo necesito cazar –le dijo con tono indulgente.
Harry parecía querer protestar, pero la miró bien. Los ojos de Rosalie estaban negros y él ya sabía lo que significaba: estaba sedienta.
Ser criado por una familia de vampiros como aquella lo hacía especial, diferente a los demás humanos. Sí, Harry ya sabía que su familia era una familia de vampiros. Sabía que no eran humanos y más. De hecho, una parte de su educación y su crianza se trataba de eso. Harry tenía que saber todo lo posible del mundo sobrenatural porque se movería más en ese mundo que en el humano. Su familia había decidido que debía saber las cosas a edad tan temprana para poder convivir con ellas. Cada miembro de su familia le había enseñado algo de su naturaleza y seguía aprendiendo.
Edward le había enseñado la velocidad llevándolo a pasear y mostrándole cosas que le habían encantado. Emmett había tomado la tarea de enseñarle la fuerza moviendo cosas de la casa y rompiendo cosas afuera. Rosalie se había encargado de la belleza poniéndose ropa de cualquier tipo y comparándose con hasta las modelos más bellas que veían. Alice le mostraba su don diciéndole las cosas que iban a pasar. Jasper le había prometido enseñarle a pelear cuando sea más grande, para que se pudiera defender, lo que implicaba a la lucha entre vampiros. Esme la había mostrado lo de las signos vitales y el hecho de que no necesitaran ni pudieran dormir, vigilando sus sueños y aparentando ser una estatua. Carlisle se encargaba de las reglas, las diferentes formas de vida y de las cosas importantes que no le podían enseñar con demostraciones. Lo de la sed lo había ido aprendiendo solo observando y preguntando.
Harry asintió con la cabeza decidiendo que era mejor si Rose iba a cazar, él se quedaría con su madre Esme que ya lo estaba esperando en la cocina con su merienda lista.
A Harry le encantaba la comida de su madre, era deliciosa. Esme siempre le hacía las comidas deliciosas, variadas, saludables y abundantes. Carlisle también participaba en ello. Él era el que hacía la dieta del pequeño, le había elaborado una dieta rica en nutrientes y en todas aquellas cosas que el niño necesitaba.
Rosalie lo tomó de la mano y bajaron juntos para encontrarse a Esme en el comedor colocando la merienda del niño en la mesa. La mujer sonrió dulcemente cuando los ojos verdes de su hijito brillaron al ver la merienda que le había preparado en la mesa. Había un vaso de jugo de naranja exprimido, una taza de chocolate con leche y galletas recién horneadas. El aroma de las galletas se había extendido desde la cocina hasta el comedor dándole a la casa un ambiente más hogareño y haciendo que el pequeño olvidara su deseo de leer más a cambio de esas galletas.
- ¿Qué esperas, cielo? –preguntó Esme con una sonrisa divertida.
Harry no se lo pensó dos veces. Le levantó los brazos a Rosalie para que lo llevara a velocidad vampírica a la mesa y ella así lo hizo. Feliz, el niño se sentó en su silla y empezó a merendar deleitándose con su comida. Las dos mujeres lo observaban con idénticas caras de ternura y sonrisas maternales, luego se miraron y fueron al salón para hablar sin que el niño escuche nada de nada. Se acomodaron en los sillones.
- ¿Cómo sabes que es el cumpleaños de Harry dentro de dos días, Esme? –le preguntó una intrigada Rosalie.
- Carlisle lo revisó y decidió que le niño no llegaba a los dos años cuando lo encontramos… Además, el 31 de julio pasado estaba extrañamente alegre y estuvo expectante hasta que se durmió, era como si fuera un día especial para él y esperaba algo –le dijo ella. Rosalie frunció el ceño, aún recordaba ese día… con tristeza.
- Sí… me acuerdo. Jasper dice que el pequeño se había dormido sintiéndose triste y desilusionado.
Jasper les había hecho sentir las sentimientos de Harry y todos habían quedado de acuerdo en que había algo extraño ahí… Entonces fue cuando Rosalie y Esme se dieron cuenta de algo. Harry había estado igual que Emmett esa vez que le habían hecho creer que habían olvidado su cumpleaños. Aquellos eran sentimientos que no se fingían, mucho menos los fingiría un bebé que ahora se acercaba a cumplir tres años.
- Carlisle y yo hemos hablado mucho de esto y… Hemos tomado una decisión que podría no gustarte ni a ti ni a tus hermanos –dijo Esme, cautelosa.
- ¿Cuál es?
- Hemos decidido hacer a Aro partícipe de esto.
- ¿Qué? Pero, mamá…
- No, Rose, escucha. Su don es esencial para saber de Harry. Carlisle me contó que puede leer todos los pensamientos y recuerdos que uno pudo haber tenido alguna vez, a través de sus manos. Sólo debe tomar una de las manitos de Harry entre las suyas y sabremos cosas que puedan ayudarnos en el futuro –le decía Esme mientras le tomaba las manos para tranquilizarla.
Dándose cuenta de que Carlisle y ella tenían razón en eso, se resignó. No tenía caso discutir si era cierto de que en realidad no sabían nada de ese bebé que rescataron y que ahora era parte de la familia.
Aro Vulturis iba a conocer a Harry Cullen… Lo que significaba la presencia de los Vulturis en la vida del pequeño humano desde ese momento en que el antiguo lo conociera.
Una figura cubierta por una capa caminaba con paso firme y elegante hacia la puerta de la casa de los Cullen. Cuando llegó al porche se bajó la capucha y se empezó a desabotonar la capa en el cuello. Una vez que se quitó la capucha se dejó ver a un hombre tan pálido como los Cullen, de melena negra, no muy alto ni muy musculoso.
Se trataba de Aro Vulturis. Él era el antiguo que Carlisle Cullen había llamado, el líder de un gran clan de vampiros no vegetarianos que imponían sus leyes sobre los demás vampiros. Junto a sus hermanos Caius y Marcus gobernaba, debatía y tomaba decisiones.
No tuvo necesidad de llamar. Esbozó una sonrisita cuando oyó los sonidos provenientes del interior de la casa que indicaban que alguien ya estaba en camino de abrirle la puerta. No se equivocó.
- Carlisle, amigo mío –dijo a modo de saludo.
- Buenas tardes, Aro –le saludó el anfitrión con una sonrisa amable-. Pasa –le invito y se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Aro observó el lo que podía ver: el vestíbulo, el salón que estaba a la izquierda y el que estaba a la derecha. Las escaleras las pasó por alto, no importaban ni interesaban para nada, según él. En su rostro, la sonrisa se amplió convirtiéndose en una de apreciación y agrado. Cuando Carlisle cerró la puerta se giró hacia él tendiéndole su capa que fue colgada en un perchero ubicado en un rincón.
- ¿A qué se debía tu llamada? No me anticipaste nada, pero sí me dijiste que viniera solo y en persona. Espero que sea por nada malo.
- No, Aro. No es por nada malo.
- ¿Y entonces? –le preguntó confundido.
- Necesitamos tu ayuda –le dijo tranquilamente haciéndole un gesto con una mano para que pasara al salón de la izquierda.
- ¿Sí? ¿Para qué? –preguntó Aro, frunciendo el ceño. Para estar pidiendo ayuda, Carlisle se veía muy tranquilo.
- Necesito que me escuches. Te contaré una historia muy breve que incumbe a mi familia y que prefiero que sepas… por si acaso.
Carlisle se sentó en un sillón y Aro en el sofá, a la espera.
- ¿Recuerdas el día lluvioso en el que vinimos? –le preguntó el patriarca Cullen al líder Vulturis. Cuando éste asintió, siguió:- Encontramos a un bebé humano en la puerta principal de la catedral Saint Paul, un humano completo. Estaba muy poco abrigado, resfriado y abandonado.
- Y… ¿qué pasa con él… o qué pasó?
- Lo adoptamos –le dijo Carlisle directamente. El Vulturis se enderezó.
- ¿Adoptaron a un bebé totalmente humano? ¿Ustedes… un gran aquelarre de vampiros? –levantó una ceja desconcertado. Carlisle asintió- Y yo… ¿en qué se supone que debo ayudarte?
- Hemos visto algunas reacciones suyas ante ciertas fechas que no sólo nos han llamado la atención, sino que también nos tomó desprevenidos y sin saber cómo manejar la situación.
- Y eso nos lleva a… -le animó.
- Necesitamos que uses tu don con él. Edward no puede hacer nada, su don no sirve de ayuda en este caso. Siendo un bebé, sus pensamientos y recuerdos están en lo más profundo. Tú podrás revisar su cabecita. Podrás ver sus recuerdos –le explicó con el tono de una petición.
- Oh –dijo Aro, entendiendo todo-. Claro –se quedó meditabundo un momento que pareció una eternidad hasta que volvió a hablar, para dar su respuesta-. De acuerdo, lo haré. No le causará ningún daño y si les ayuda… ¿Dónde está el niño, viejo amigo?
Carlisle sonrió y lo condujo, claramente aliviado, hacia el comedor. Esme estaba poniendo el almuerzo del pequeño en la mesa: un cuenco pequeño con sopa de verdura. La mujer lo saludó con una sonrisa y una inclinación de la cabeza, Aro le devolvió las dos cosas. Emmett, Jasper, Edward y Rosalie estaban sentados en la mesa.
Todo estaba en silencio hasta que una risita infantil, pero con un toquecito varonil, descendió desde el primer rellano de las escaleras. Cinco segundos después dos personas bajaban alegremente. Alice llevaba al pequeño de la mano y lo ayudaba a bajar, parecían contentos. Aro puso la vista en ellos y sonrió amablemente.
El niño era obviamente humano del todo. Sus ojos grandes y brillantes verde esmeralda, el leve rubor rosado de sus mejillas, su piel no era tan pálida, su corazón latía y el olor de su sangre era agradable. Aro tenía los ojos negros porque tenía sed, pero podía controlarse perfectamente. El niño llevaba impregnado en la piel el olor vampírico de todos los habitantes de la casa, cosa que ayudaba en gran medida. No había ningún peligro.
Alice fue con el pequeño hasta Aro y le hizo una inclinación con la cabeza saludándolo, él la saludó con un ademán de la mano. El niño se lo quedó viendo como a un extraño, dudoso, pero curioso también. Aro se agachó hasta quedar a su altura y le sonrió sin mostrar los dientes para no asustarlo.
- Hola, pequeño. ¿Cómo estás? –le saludó. El niño frunció el ceño y puso sus ojos en Carlisle que estaba detrás de Aro para luego ponerlos en Aro de nuevo. Estaba inseguro y eso era comprensible, muy comprensible siendo tan chiquito… parecía rondar los tres añitos a pesar de tener cuerpo pequeño.
- Hola –le respondió tímidamente-. Bien, gracias –agregó.
Aro decidió pasar a lo importante. Le tendió la mano.
- Estréchamela, así se saludan los caballeros y caballeritos –le dijo.
El niño se lo pareció pensar dos veces hasta que accedió. Cuando las dos manos estuvieron en contacto, Aro puso la otra y se quedaron quietos.
Algo en la habitación pareció cambiar.
Edward se envaró en su silla, abrió los ojos como platos y respiró profundo. Jasper pasaba la vista por Aro, el niño y Edward una y otra vez. Sentía emociones que no le gustaban, venían de Edward: dolor, furia, odio, compasión, incredulidad, furia y dolor. Todo en ese orden.
Edward veía las escenas que la mente del pequeño le transmitía al antiguo y leía la mente de Aro ante ellas. Ahora entendía el por qué de los sentimientos, pensamientos y actitudes de ese pequeño. Todo tenía una explicación y todas esas explicaciones eran de un pasado imposible, pero posible… Eso lo podía ver a través de Aro.
Los demás Cullen lo observaban, pero no se impacientaban ni nada parecido… no hacía falta. Él ya les explicaría y contaría todo.
Cuando el proceso terminó, el ambiente volvió a cambiar. Edward había ido recuperando la compostura con ayuda de Jasper, por lo que pudo respirar con normalidad nuevamente. Aro dejó al pequeño tranquilo y le hizo una señal a Carlisle para que pudieran hablar en privado. Una vez que se fueron, Edward pudo recuperar el habla.
- Ay, Dios.
