Nota: Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen si no a Masami Kurumada , esto es sin ningún fin de lucro.

Capitulo 4 El ultimo aliento.

Después de arribar al Santuario y explicar al nuevo Patriarca el motivo de su ausencias que en realidad eran excusas continuo con sus notas convertidas en melodías aunque Orfeo no dejaba de mirar al horizonte esperando que sus presentimientos no fueran otra cosa mas que eso.

Y mientras notaba la cara de severidad del gran Patriarca, no podía dejar de pensar en Eurídice.

La chica inocentemente camino entre el pastizal con las cosas que había comprado pero estaba vez decidió ir mas allá de los recintos cercanos ya que por rumores escucho que las mejores flores crecían en esos lugares, en cada paso sintió la brisa en su rostro y se lleno de momentos mágicos al respirar el aire del Santuario que en cada bocanada le entregaba parte de su notaba el tramo que avanzaba, solo se dejaba impresionar por el paisaje.

Entonces llego a un lugar parecido al Eliseo, un montón de florecillas de diversos colores y aromas la sorprendió decidiendo dejarse confortar por el ambiente y descansando un momento entre las flores.

Dormito unos minutos entre la fauna hasta que la tarde se aventuro con las nubes negras opacando la alegría del sol haciendo que despertara, era tarde.

Al levantarse las cosas habían cambiado, sintió la presencia de unos ojos a su alrededor entre los arboles y escuchaba una respiración agitada que quería pasar desapercibida. Su instinto le indico que apresurara sus pasos y sin perdonarse por ningún motivo mirar hacia atrás tanto a cada paso que daba, ese ser daba uno igual.

No entendía el porque le seguía el paso pero algo era seguro, ella era su próxima presa.

Entonces sus piernas temblaron, sintió que el pánico venia a su mente y empezó a correr sin parar y tirando sus alimentos en su huida, percibiendo en cada momento que seria alcanzada para escuchar segundos después una voz que le dijo:

—Serás mia, no escaparas.

La voz jadeante le helo la piel entonces solo pensaba en Orfeo, deseaba que Orfeo le quitara ese miedo de encima pero lo sabia no llegaría jamás hasta el.

Fue cuando al seguir corriendo una mano le tomo el hombro, la había alcanzado. Cayo al piso y grito hasta que sus fuerzas le permitieron descargando terror en ello, sin embargo, inmóvil de susto sintió como un animal se montaba en su pierna, su escamosa piel se rozaba con la suya y sin querer apreció la mordedura del animal que se encontraba estresado por los gritos.

El animal se arrastro lejos después de haber atacado y ella se ahogo en dolor, la punzada del veneno inicio con el sufrimiento. No entendía que era lo que había hecho mal para recibir semejante castigo pero simplemente era el destino.

Entonces supo que era el ultimo momento ¿Si tan solo le hubiera hecho caso a Orfeo?.

Orfeo ahora era su dolor, no volvería verlo ni a decirle lo mucho que lo amaba, su mente sé lleno de recuerdos de lo maravilloso que fue el tiempo a su lado. Aun recordaba su mirada tan intensa de la primera vez, sus palabras y sobretodo su música.

Sus ojos empezaron a llorar era la forma mas sencilla de olvidar, sabia que no volvería jamás a escucharlo tocar en una tarde de verano o que ella no estaría ahí par darle ese apoyo que necesitaba en sus momentos tristes.

Su cuerpo empezaba a relajarse, poco a poco sus piernas dejaron de sentir y el frio llegaba en su piel, sus labios se secaban y su respiración se volvió entrecortada. Tantos sueños juntos y ahora no podría verlos realizados, sin embargo no quería dejarlo solo pues el siempre estuvo para ella y agradecía a su suerte por haberlo conocido. ¿A donde iré, acaso al lugar perfecto de utopía, amor y libre de miedo del que Orfeo me ha hablado?

—Orfeo... Orfeo no te olvidare incluso mas allá de la muerte—sollozo suavemente la rubia.

Su cuerpo se canso, lentamente cerro sus ojos y espero el momento en que su aliento se desvaneciera. Pasaron algunos segundos y sintió como una suave brisa le golpeaba en la frente, un calor diferente se incorporaba en su cuerpo y se encontraba frente a frente con la misma voz jadeante que le decía:

—Bienvenida...

Orfeo se impacientaba cada minuto que pasaba entre su recital y las pláticas con el Patriarca, se había demorado demasiado y sus nervios crecían como un infierno.

Al despedirse del Patriarca, sintió su corazón angustiado tanto que decidió correr hacia el lugar que compartía con Eurídice.

Llego a la cabaña extrañado, parecía que ella no había regresado desde hace mucho tiempo pues todo se encontraba intacto aumentando su angustia.

Corrió afuera a todos lados gritando su nombre, pero tal parecía que hablaba a la nada ahora nadie le respondería

Continuo hasta llegar a un lugar que en sus andanzas jamás conoció del Santuario entre los caminos escambrosos y entonces vio la rubia cabellera en el suelo inmovil,su corazón se quebranto:

—Euridice, aquí estas—dijo tanto la tocaba, y su primer roce le dijo todo, se había ido.

Su blanca piel helada y sus labios morados de frio no le quitaban lo hermosa, no existió rastro de aliento de la joven, abrazo su cuerpo al de ella como la primera vez y empezó a desbordar la ira y la tristeza sobre de ella. ¿Porque a ella, que no había sufrido ya bastante?

—Todo es mi culpa Eurídice, perdoname—gemía de dolor el caballero.

Ella era lo único bueno que le sucedió y la había perdido, la tomo en sus brazos junto con la noche y camino al lugar donde planearon tantos sueños, su hogar.

Tomo su cuerpo y se encerró junto con ella por unas horas hasta el anochecer, llorando su perdida con ganas de olvidarlo todo y pidiéndole al los dioses que se la devolvieran, entonces se topo con su arpa y la aventó lejos haciendo que esta partiera una cuerda volviéndolo a la realidad. Minutos después la levanto y la miro fijamente regresando a sus recuerdos junto con ella.

Entonces tomo una decisión no la dejaría y si tenia que morir a su lado lo haria, llevo su cuerpo al mar junto con su arpa, se adentro a el y lo dejo caer en el agua clara del mar, soltando lentamente sus dedos hasta que ella desapareció en el fondo.

—Te juro que te volveré a ver Eurídice—dijo al mar el músico.

No podía continuar, sus pies flaqueaban pero así regreso a la orilla y siguió caminando, paso horas perdiéndose entre la nada y la oscuridad de la noche, olvidando su deber con su diosa.

El cansancio lo apreso y se detuvo por un momento a cerrar sus ojos depositando su cuerpo en el suelo, para después ser deslumbrado por una la luz que provenía de un lugar parecido a una cueva, entonces recordó lo que sus antepasados le contaron que en medio de la desesperación el dios Hades se apiada de los seres sin esperanza.

Y sin miedo, se levanto con su pena y se adentro hasta encontrar un camino y a un gran rio llamado Estigia donde la misma voz jadeante que llevo a la muerte a Eurídice le ofrecía llevarlo con Hades.

Fin por fin.

Gracias a quien se tomo un tiempo para imaginar conmigo nos vemos pronto.