4.


Cuando peleaban, al menos en esos momentos Haymitch tenía que admitir que eso le gustaba.

Le gustaba ver como la cara de la mujer se ponía rojo de rabia, hasta que pensaba que explotaría. Esperaba el momento en que ella estallase de furia al final, y o bien le sacaba los ojos, o bien le gritaría tal insulto que incluso Haymitch se escandalizaría.

Y eso no era fácil: Haymitch conocía todos los insultos de este mundo.

Pero Effie nunca explotaba. Lo único que llegaba a hacer era levantar el tono condescendiente que utilizaba continuamente con él.

Pero en esos instantes, Haymitch vislumbraba el verdadero ser de Effie, aunque fuera un resquicio, débil y breve, pero solo por ese instante, él sonreía. Y sonreía de puro gozo.


Cuando Haymitch era odiosamente malvado, era cuando se empeñaba en hacer cosas que a ella le molestaban. Cuando se servía alcohol, se empañaba en manchar todo a su alrededor. Cuando se servía la comida no tenía el decoro de intentar no manchar esas mesas tan caras que el Capitolio compraba. Y de nada servía que ella le dijese que eran de caoba. ¡De caoba, por dios! ¿Es que ese hombre no respetaba nada? Había algo que en los genes de ese ser que le obligaba a burlarse de ella. Tenía que ser eso.

Ese molesto hombre conseguía poblar su mente con su imagen a cada minuto del día. Era especialmente malvado. Y solo con ella.