¡Hola de nuevo! Ya estamos con la actualización. Lamento haberme tardado tanto, debido a líos de trabajo y también personales. Además, una vez puesta a escribir, ha sido dificilillo, pero espero que satisfaga vuestras expectativas.

Estoy muy contenta de que tanta gente se haya interesado por el fic. Agradezco un montón a mis amigas Inesika y masg sus ánimos y sus comentarios que me han empujado a empezar este fic, y a dos nuevas lectoras que, sin conocerme de nada, están invirtiendo mucho de su valioso tiempo a contarme sus impresiones y a darme los consejos que tanto necesito. Gracias a vosotras también, Ade-AndaRio y Ladyascar, intentaré seguirlos lo mejor que pueda. Igualmente, gracias a Gemma, a LovelyHarley, a Kenka1804, a MM, a AlbaGht, a Cirze, a Xymee, a spilled y a Verjuben por vuestros amables reviews, vuestro apoyo, vuestras críticas constructivas y por tomaros interés en el fic, intentaré mantener el nivel para que sea de vuestro agrado.

Por cierto, también he hecho un pequeño fanvídeo basado en esta historia (aunque con diferentes giros para no spoilear demasiado el argumento). No se ve muy bien, pero si tenéis curiosidad, hallaréis el enlace de youtube en mi perfil.

Ahora sí, la historia. Como en otros fics, me ha quedado un poco largo, así que, para no hacer un capítulo superlargo, lo he cortado en dos.


Capítulo 4: La sonrisa del payaso

Tedio. Un tedio horrible, total y absoluto.

Así habría definido el Joker, de haber querido, su impresión acerca de sus últimos días en Arkham.

Su detención y condena habían estado bien, sin embargo. Durante esos días, había sido el protagonista absoluto de los noticiarios y de gran parte de las conversaciones de la gente de la calle. Sus ganas de hacerse notar se habían visto sobradamente satisfechas. Eso, y el sentimiento de triunfo que le había quedado tras ganarle la partida a Batman con respecto a Dent, bastó para tenerle contento por mucho que tuviera que estar entre rejas.

El juicio también fue muy entretenido. Nunca había tenido una audiencia tan interesada. Se lo pasó en grande haciéndose el chiflado (fingiendo sólo a medias), delante del juez y de todos aquellos borregos del tribunal. Vale, a lo mejor había sobreactuado un poco, sólo un poquito, para ver qué caras ponían. Sólo les había dado lo que esperaban de él, y no habían quedado defraudados; ni él tampoco, por cierto. Saber que podía provocar terror tan sólo con un gesto o una mirada era una idea maravillosa. Le daba control, poder; y además era divertidísimo… ¿qué más podía pedir?

Pero después, lo encerraron allí.

Al principio no había estado mal. Incluso cargado de cadenas, seguía disfrutando de esa sensación de superioridad que le provocaba la idea de ser el interno más célebre y temido de todo Arkham, y ver cómo todo el mundo, tanto el personal como los otros internos, le miraban con terror o con odio o ambas. Después, ese subidón, ese sentimiento de victoria, se fue bajando. Eso era lo malo en él, que se aburría de las cosas muy rápidamente.

Dos o tres veces, un par de celadores, amigos de los policías muertos, lo llevaron a una celda apartada y lo sacudieron un poco. Dejaron de hacerlo porque les ponía nerviosos que, durante las palizas, él se riera sin parar y no parara de provocarles. Después cambiaron de táctica y decidieron dejarlo sin comer durante días, pero eso también se la trajo bastante al fresco.

Lo peor era que la vida allí se había vuelto rutinaria. Y, si había algo que él no podía soportar, era la rutina. El hambre, las palizas, incluso la tortura de haberla sufrido, tenían su gracia porque suponían algo nuevo. Pero la rutina era algo intolerable.

Permanecía en su celda todo el día, le drogaban con regularidad (o eso creían, ya que escupía las pastillas sin que se dieran cuenta y los inyectables tampoco le hacían demasiado efecto), y no hacía nada más, aparte de dormir, comer y pensar, pensar mucho. Y, si los médicos creían que de ordinario estaba loco, deberían saber cómo se ponía cuando no tenía otra cosa que hacer más que pensar. Él necesitaba estar activo, hacer cosas, o deshacerlas, que tanto daba. Pero allí no tenía nada.

Se moría de fastidio.

En muchas ocasiones se vio tentado a fabricar algún objeto punzante y pillar al primer celador que viera para salir usándolo de rehén, pero, además de que era una forma muy sosa de huir (sin provocar daños y destrozos a su alrededor), también era bastante inviable teniendo en cuenta el nivel de seguridad en Arkham, superior al de la UDM. Podría llamar a alguno de sus contactos en el exterior y pedirle que lo visitara llevando escondida una bomba o algo así, pero después de lo de la UDM, escanearían de arriba abajo a cualquiera que viniera mencionando su nombre. No, nada de bombas: ahora quería algo nuevo, algo que superara su hazaña de la UDM. El "más difícil todavía" circense.

Claro que, al no poder depender ya de nadie de fuera, tendría que tener algún tipo de ayuda dentro. Sus antiguos "payasos" estaban descartados: a los que habían podido capturar los habían encerrado en otro ala, una de mínima seguridad, lo que imposibilitaba cualquier tipo de contacto con él. En cuanto a él, estaba en el "zoo", donde metían a los verdaderamente peligrosos, a los asesinos, violadores y demás psicópatas. Mala gente, en resumen, de ésa de la que no te podías fiar. ¿Entonces...?

Para lo único que lo sacaban de su celda de vez en cuando, además de para las palizas, era para darle duchas de agua fría (poco delicadas pero estimulantes), y para meterlo en otra sala para que uno de aquellos loqueros le hiciera preguntas sin parar.

Durante las primeras sesiones, como no tenía otra cosa en qué entretenerse, contestó a aquellas preguntas sin problemas. Claro que, a su particular estilo. Le contó alguna que otra cosa interesante, pero el noventa por ciento de sus "confidencias" no fueron otra cosa que ir mareando la perdiz. El loquero se emperraba en preguntarle cosas sobre su padre, y él, obviamente, se lo inventó todo. Y añadió alguna historia más sobre sus cicatrices. Ésas no podían faltar en ninguna de sus actuaciones.

Sin embargo, incluso esos únicos momentos de expansión le acabaron cargando. Aquel psiquiatra parecía tener una idea preconcebida de él e intentaba forzar sus conversaciones para que sus respuestas se ajustaran a esa idea. Empezaba a estar harto de que le preguntasen sobre su infancia, sobre sus padres y sobre sus gustos sexuales, porque aunque nunca se cansara de inventar, le molestaba tener que limitarse a responder una y otra vez a lo mismo.

Aburrido, aburrido, aburrido.

Así que, durante la quinta sesión, se le ocurrió hacer algo nuevo. Por probar, empezó a contarle ciertas cosas, cosas muy especiales que nunca había contado a nadie y que encerraba en su mente, retorciéndose como gusanos en podredumbre. Le hizo enfrentarse a la miseria de la existencia, de su propia existencia. Le habló del pasado que recordaba, y del futuro que imaginaba, ¿o tal vez había sido al revés?

Ni siquiera él supo nunca cuál fue el detonante, la mecha que encendió la bomba autodestructiva en aquel desgraciado. Pero fuese lo que fuese, logró su objetivo de convencerle de lo absurdo que era que el ser humano continuara respirando, empezando por él; y logró dicho objetivo demasiado bien. En realidad no pretendía matarle, aún no al menos; sólo quería jugar, traumatizarle un poco. Pero, al parecer, fue demasiado lejos para el pobre hombre. Qué pena, pensó con una risita. Tanto que fardaba de estar de vuelta de todo y no le duró ni un asalto de los de verdad.

Aunque, para ser justo con él, también le hizo pasar un buen rato. La cara de espanto que puso y su palidez estaban de lo más logradas, y cuando ya se cayó de la silla y comenzó a convulsionarse ya fue la repanocha. Desde sus "amistosos" encuentros con Batman, que algo no le divertía tanto y de forma tan inesperada.

A él se lo llevaron enseguida a Aislamiento, y volvieron a vapulearle. Esta vez sin motivo, y sin importarles si él se reía o las cosas que les dijera; pero le daba igual. Estaba claro que allí no tenían el menor sentido del humor. Cuando por fin se cansaron de pegarle y se marcharon, pensó que el rollo de las preguntitas se le había acabado, y mejor. Ya estaba bien, coño. Había tenido su gracia hasta cierto punto, pero también se había vuelto monótono, y sólo le hacía perder el tiempo.

Pero no, no se había acabado. Esa mañana habían vuelto a sacarlo de su celda, volvieron a pegarle uno de esos deliciosos manguerazos, y lo habían subido de nuevo a una de esas salas, con un deprimente y sucio color crema. Eso significaba que de nuevo le ponían a contestar preguntas, aunque esta vez de otro listillo (a menos que el bueno de Chuck hubiera resucitado). Estaba seguro de que le endosarían a otro pomposo cretino igual de engreído que él, pensamiento que ya colmaba su paciencia desde el principio. En fin, jugaría otro poco más y después se desharía rápido de él, ya pensaría cómo. Tal vez, si esos jefazos de Arkham veían que estaba diezmando a su personal, se pensaran el seguir importunándolo.

Se volvió en su asiento (bastante dificultosamente debido a todo el metal que impedía su movilidad), y sonrió a uno de los dos enormes celadores que esperaban junto con él, con una sonrisa afable, de circunstancias. Éste no le devolvió la sonrisa, sino que apretó los dientes como un pitbull. Su mirada decía: "Tú pásate lo más mínimo, que te vamos a machacar muy a gusto". Y lo haría, desde luego. Era uno de los que le habían golpeado en ocasiones anteriores, aunque la diferencia era que esta vez lo haría en público, y sin remordimientos.

El Joker se volvió de nuevo para recuperar su postura normal, indiferente. Qué se le va a hacer, te encuentras gente antipática en todos los sitios.

Por fin, la puerta se abrió y los celadores se envararon; él no. Durante unos segundos no entró nadie, aunque a él, que tenía un oído muy fino, le pareció oír una voz femenina susurrando: "Suerte, Harley". Después, su nuevo psiquiatra entró en la sala.

O mejor dicho, su nueva psiquiatra.

No había esperado que fuera mujer, aunque eso tampoco lo sorprendía tanto; había muchas mujeres ejerciendo la psiquiatría, aunque ya no tantas que se atrevieran a encararse con él. Lo verdaderamente chocante era que era muy joven, tanto como parecer una estudiante. Y atractiva, además, pese a su aspecto de severa institutriz. Rubia, menuda, con el aspecto de un ángel… que desea inconscientemente ser pervertido. Podría haber sido peor.

Él no movió un músculo, pero se quedó contemplándola de arriba abajo sin ningún disimulo, mientras observaba su reacción. Era bueno juzgando a las personas; nada más mirarlas sabía si eran valientes, leales, cobardes o estúpidas, impresión que solía confirmar cuando usaba su navaja en ellas. Cuando vio que las mejillas de la joven se ruborizaban un poco ante el descarado examen, supo que, al igual que a su estancia en Arkham, a ella también podía definirla con una sola palabra.

Manejable.

Aquello le hizo cambiar de idea. Aún no la asustaría, procuraría que le durara un poco más que el viejo. Quién sabía… tal vez ya se le había acabado el tiempo de aburrirse.


Harley se dio perfecta cuenta de que su nuevo paciente la estaba examinando como si fuera un espécimen zoológico recién descubierto, pero intentó disimular con todo el aplomo del que fue capaz. Sólo suplicó que no pudiera oír los latidos de su corazón, que golpeaba tan fuerte en su pecho que tenía la impresión de que todo el mundo de la sala podía oírlos, como en el cuento de Poe.

Tras unos segundos, también se percató de que mantenía sus carpetas y sus cosas para la sesión fuertemente apretados entre sus brazos; y recordó que así la sensación que transmitía era la de sentirse indefensa (algo no muy alejado de la verdad), por lo que se apresuró a dejarlas en la mesa y a ocupar el asiento en la mesa justo enfrente de él, de su paciente.

Éste permanecía sentado, encadenado de manos y pies, con esposas y cadenas tan pesadas que parecía difícil creer que pudiera andar cargado con todo ese peso, o siquiera levantar las manos. No hablaba y, extrañamente, tampoco sonreía, limitándose a contemplarla con un interés que podía tener muchos significados, pero que a ella le erizó el vello de los antebrazos, haciendo que le rozara la cara interna de las mangas de su camisa.

No podía creer que ya lo tuviera allí, tan cerca, como tantas veces había deseado. Así, pudo confirmar la impresión que tuvo de él la primera vez que lo vio. Sin maquillaje, podían verse plenamente aquellas horribles cicatrices que partían de las comisuras de sus labios y desfiguraban sus mejillas, más impresionantes aún por la consciencia de que no eran parte de ninguna caracterización, como habría podido parecer cuando estaban pintadas de rojo. No eran exactamente simétricas: la de la derecha era la que tenía propiamente forma de sonrisa; la de la izquierda era más recta, más abultada… y ambas estaban llenas de irregularidades, sobre todo la izquierda. Desde luego, esas heridas no se habían hecho limpiamente, las cicatrices dejadas contaban en silencio una historia terrible.

Exceptuando las espantosas cicatrices, no parecía haber nada anormal en el físico de aquel hombre. Al contrario: si se hacía un esfuerzo por olvidarlas, era fácil ver que sus rasgos eran agradables, incluso… incluso hermosos. Tenía una mandíbula cuadrada y enérgica, una nariz regular y los labios llenos y rojos, aun sin pintura, aunque parte del inferior aparecía también hendido por otra pequeña cicatriz que no se le notaba de lejos o cuando tenía puesto el maquillaje. Su cabello, ondulado, largo hasta la nuca y de aspecto grasiento, aún conservaba restos de tinte verde en algunos mechones, cubriendo, cada vez más pálidamente, el tono castaño oscuro del resto de la melena. Y, sus ojos…

Los ojos del Joker eran oscuros, de una profundidad insondable. Harley se dio cuenta de que su mirada ya no era la amenazadora del leopardo como había visto en la grabación que le mostraron Arkham y la doctora Leland; ahora tenían algo del magnetismo mortal de los ojos de una cobra. Aquellos ojos hicieron presa de la joven psiquiatra hasta que, con un esfuerzo, ella parpadeó y bajó la vista, rompiendo el hechizo.

Tragando saliva y con el corazón aún latiendo rápidamente, Harley pulsó el botón que ponía en marcha la grabadora, la misma que había sido testigo mudo de la muerte de su predecesor.

– Doctora Harleen Quinzel. Primera entrevista con el paciente número 482, conocido como Joker. Expediente 2569, 24 de septiembre.

Pero volvió a apagar la grabadora, frunciendo el ceño extrañada y acercándose un poco para ver mejor. Había creído ver… Sí, efectivamente había unos débiles moratones en el rostro de su paciente, prácticamente imperceptibles a menos que uno observara bien, pero que estaban ahí. Aunque los celadores que se "descargaban" con él solían tener la precaución de no pegarle donde pudieran quedar marcas visibles, de vez en cuando alguno se descuidaba un poco. Ella miró al jefe de celadores, un tipo grandote llamado Aaron Cash, con expresión acusadora.

– ¿Qué le ha pasado?

– Ha estado golpeándose contra las paredes, doctora. – contestó él con voz firme, sin vacilar lo más mínimo.

– ¿Cómo ha podido lesionarse así en una celda acolchada? – Cash se encogió de hombros y Harley entrecerró los ojos, desconfiando. Tenía una más que ligera sospecha de lo que le había pasado, ya que tales prácticas no eran infrecuentes (un remanente de la gestión del doctor Crane en Arkham), pero ninguna prueba. En adelante, se dijo, tendría que estar vigilante para evitar que volviera a ocurrir. Ahora él era su paciente, y tenía que protegerlo.

Con un bufido de disgusto, volvió a encender la grabadora. Ya se ocuparía de ello más tarde. Ahora tenía que empezar, o quedaría como una imbécil.

– Buenos días, soy… – le falló la voz y se aclaró la garganta antes de repetir con mayor firmeza – Soy la doctora Quinzel. Llevaré a cabo el resto de sesiones que quedan hasta completar su evaluación psiquiátrica, en lugar del finado doctor Cavendish.

Él no contestó, sino que se limitó a seguir contemplándola a placer. Ella deseaba continuar, pero por alguna extraña razón no podía; de repente, se había quedado muda. En su presencia y bajo su mirada hipnótica, todas las preguntas ingeniosas que había planeado para él parecían carecer de sentido, esfumándose en la nada, y haciéndola sentirse como si estuviera navegando en un barco en medio de aguas turbulentas. Insistió, intentando obtener una reacción, la que fuera:

– ¿Le disgusta ese cambio… o le agrada?

Entonces, tras un silencio que le pareció eterno, el Joker sonrió y se inclinó, apoyando los codos de la mesa, y le habló por primera vez:

– Siempre estoy a favor del cambio.

Oír su voz, por fin, cara a cara, hizo adquirir a Harley la conciencia de que todo aquello era auténtico, no un sueño. En persona, su voz, ya inconfundible de las cintas, tenía un timbre distinto, más ronco, más… real.

– Me encantan los cambios. Y a usted deben gustarle los retos, cuando está aquí después de… todo. – continuó él – Además, siendo usted más… agradable a la vista, todos salimos ganando.

Harley, que había abierto la libreta para anotar cualquier incidencia o impresión que se le ocurriera al margen de lo registrado por la grabadora, levantó los ojos sorprendida. ¿Acababa de piropearla? Eso no lo había esperado. Apretó los labios, fingiéndose disgustada por el cumplido. Recordó que debía esperarse cualquier cosa de él.

– Dudo que el doctor Cavendish piense lo mismo. – replicó, mordaz.

– ¡Ah, el buen doctor! – exclamó él, con una especie de humor nostálgico. – Me extrañaría que pensara nada en este momento. Mmm… uno no puede pensar gran cosa cuando los gusanos se le están comiendo el cerebro, ¿no cree?

Ella se sintió asqueada con la imagen, y sobre todo con la expresión de complacida satisfacción con la que el Joker la había expuesto, pero se esforzó en no dejar traslucir la menor emoción.

– Es posible. Sólo quería aludir a que él no salió ganando.

– No, él no. – admitió él – Pero no fue mi culpa. Ya sabe lo que les pasa a los que se empeñan en jugar con fuego… – levantó las manos esposadas y le mostró sus dedos, agitándolos como un prestidigitador – Se queman los dedos.

Harley observó el movimiento de sus dedos y sus manos, ya que por primera vez tenía oportunidad de verlas de cerca. Eran bonitas, nervudas y de estructura fina para tratarse de un hombre, aunque estaban muy estropeadas. Tenía las uñas largas, alguna de ellas rota; y la piel estaba llena de pequeñas manchas, restos de heridas, o tal vez señales de quemaduras. Recordó el informe del dossier donde había leído un resumen con sus antecedentes. "Frecuente contacto con explosivos y materiales inflamables", pensó. "¿Tendencia a la piromanía?" (1)

Él debió malinterpretar su mirada inquisitiva, porque sonrió maliciosamente.

– ¿Le ponen nerviosa mis cicatrices? – preguntó, y sin esperar respuesta añadió – Lo siento. No puedo evitarlo. ¿Quiere que le cuente cómo me las hice?

Harley entornó los ojos. "Oh, allá vamos otra vez", pensó resignada.

– Claro, adelante. – dijo, no obstante, acompañando sus palabras con un gesto de su mano invitándolo a hablar. Ya que se ofrecía… dejarle que se explayara a su gusto en ese momento era una forma de romper el hielo como cualquier otra.

El Joker arrugó la nariz, en una mueca que pretendía parodiar una expresión triste.

– Verá, yo me crié en la calle… ¿sabe? Pequeños hurtos, nada serio. Era como uno de esos tiernos golfillos de las películas de Chaplin. Había una chica, muy joven, poco mayor que yo. Nos criamos juntos. Era… oooh, preciosa. Tenía el pelo rubio y muy largo, y los ojos azules, como una virgen de Boticelli. Tan inocente...

«Pero la calle… es dura. Ella tampoco tenía nada, y se vio obligada a vender su cuerpo – soltó una risita aguda – Su chulo… era un bestia, un cerdo sin escrúpulos. Una noche, ella se negó a satisfacer las demandas de un cliente particularmente pervertido, y su chulo… ya sabe… quiso darle una lección. Sacó una navaja para rajarle la cara, una costumbre bastante extendida entre los proxenetas de barrios bajos. Pero yo no podía permitirlo, así que me adelanté para impedírselo.»

«Me cogieron entre unos matones, y él se partió de risa ante mis insultos y mis esfuerzos por soltarme. Me dijo: "No estés tan serio. Veo que estáis muy unidos y habéis compartido muchas cosas… así que no tendrás problemas para compartir esto también", y me rajó la cara, delante de ella. Así. – con los dedos, se recorrió las cicatrices de las comisuras. – Luego me dejaron allí en aquel callejón, desangrándome como un cerdo.»

Hizo una pausa mientras abría y cerraba la boca un par de veces, para humedecérsela. Después, añadió:

«¿Y sabe lo mejor de todo? Lo realmente gracioso. A ella no la rajaron, nunca tuvieron intención de hacerlo. A ella sólo la utilizaron de cebo para hacerme bajar la guardia porque su chulo quería deshacerse de mí, pues mi presencia molestaba a los clientes; y de paso que ella fuera obediente, ya sabe, para que escarmentara en cabeza ajena. Y ella colaboró, vaya si colaboró. Le dieron a elegir entre rajarla a ella o rajarme a mí, y ella no vaciló un instante. Esa zorra… – siseó lleno de odio. – Al parecer no era tan inocente después de todo. Cuando me enteré, me puse a reír, y desde entonces no he parado.»

«A ella nunca volví a verla. Lo último que supe fue que estaba de mantenida de un tío lo bastante mayor como para ser su abuelo. ¿Capta la ironía? La inocencia, como la piel, es fácil de desgarrar; y una vez rota, siempre queda la… – dejó pasar unos segundos, fingiendo que buscaba el término adecuado –…cicatriz. Más visible o menos visible, pero siempre está ahí. Siempre.»

Tras su monólogo, Harley dejó de apuntar y, de forma escéptica, levantó los ojos hacia su paciente.

– Una historia conmovedora.

Él soltó otra risa nerviosa ante el sarcasmo.

– ¿No… no me cree?

– ¿Por qué habría de creerle? Ya ha explicado unas cuantas veces cómo se hizo las cicatrices, y nunca repite el mismo relato. Al doctor Cavendish, ¿cuál le tocó? Veamos… creo que le contó que fue durante un viaje al Amazonas, donde estuvo conviviendo con una tribu de la selva profunda y ellos le hicieron esas heridas como una forma de rito iniciático.

El Joker sacudió la cabeza con una sonrisa como diciendo "me rindo, eres demasiado lista para mí", y replicó:

– Sólo intento emocionar a mi público. ¿No ha sido enternecedor el cuento del golfillo callejero y la traición de su amor de la infancia? La verdad es que no recuerdo exactamente cómo me las hice, y unas veces lo recuerdo de una forma, otras de otra… Quién sabe, puede que alguna de esas historias sea cierta. Lo he pensado muchas veces, ¿sabe? Tendría gracia. Pero si he de tener un pasado, prefiero que sea múltiple. – lanzó una carcajada.

– Pues yo creo que tiene esa desusada, eeeh… costumbre de relatar historias relacionadas con sus cicatrices porque las verdaderas circunstancias en las que se le causaron le suponen algún tipo de trauma relacionado con su comportamiento actual. – Él no pareció tomarla muy en serio, empezando a mover los dedos como remedándola. El significado era muy claro: consideraba todo aquello palabrería inútil. A Harley no le sentó muy bien la burla directa, pero no lo dejó traslucir. – Yo tengo una teoría sobre la verdadera historia que hay detrás de esas cicatrices.

Sorprendido, él dejó de burlarse para observarla con interés.

– ¿Y cuál es?

Ella guardó silencio unos segundos antes de contestar con otra pregunta:

– ¿Sabe lo que es "la sonrisa del payaso"?

– Seguro. – contestó él ufano, siguiendo con los dedos sus cicatrices pero sin llegar a tocarlas. – ¿Ve? – Harley, indiferente, continuó explicando:

– Es una leyenda urbana muy popular. Consiste en que un grupo o tribu urbana, que cambia cada vez que se cuenta la historia, cogen a una chica, o un chico, que eso poco importa. Le dan a elegir entre una paliza, que le rompan los dientes, que sea violada si es chica, o que le hagan la "sonrisa del payaso". Justo lo que tiene usted.

Él la miró con suficiencia.

– ¿Cree que fui víctima de un grupo de radicales? ¿Que me dieron a elegir y elegí eso? – En su tono había aún más sarcasmo del que había empleado ella para burlarse de su historia de las cicatrices.

– No. Como dije, no es más que una leyenda urbana. Pero… – añadió – en múltiples ocasiones las leyendas urbanas sirven de inspiración a gente verdaderamente cruel. Desde luego, quien le hizo eso, fuera quien fuera, se basó en esa leyenda, aunque ignoro con qué objetivo.

Joker se encogió de hombros, tan despreocupado como si estuviera hablando del tiempo.

– Es una explicación muy simplista.

– Es lo que me dice mi sentido común.

– Es aburrida. Y además, no aporta razones ni circunstancias, pensaba que tendría algo más que eso. Una leyenda urbana… qué previsible. Me decepciona, doctora. – gruñó, y sin saber bien por qué, Harley se sintió mal al oír eso. Deseaba tanto estar a la altura de un paciente tan complejo, que ahora la más mínima insinuación de lo contrario la afectaba más de lo que había podido imaginar. Aunque seguramente lo había dicho para molestarla… y qué fácilmente lo conseguía – Ademásss… no todo lo que nos dicta el sentido común acaba siendo cierto. Podría ser verdad, y podría no serlo. Podría habérmelas hecho yo mismo.

– Podría, desde luego. Pero, no sé… – pareció reflexionar – No veo que usted sea del tipo que se automutila. – Él alzó las cejas, y ella añadió – Usted parece ser del tipo de los que se lo hacen a los demás.

– Dígame, doctora… ¿usted se considera buena juzgando a las personas?

– ¿Significa eso que me equivoco?

Él lanzó una carcajada, y, cerrando un ojo, le apuntó con un dedo, sin confirmar o desmentir en uno u otro sentido, así que Harley se dijo que, por el momento, la cosa se tendría que quedar como estaba. Ya profundizarían sobre el tema en alguna sesión posterior… si él se dejaba.


(1) Gracias a Ade-Andario por advertirme sobre las marcas de las manos del Joker y lo de la tendencia a la piromanía; al igual que lo de la asimetría de las cicatrices. Lo de la cicatriz en el labio inferior me lo señaló Ladyascar... ¡gracias a ambas por prestarme vuestra excelente capacidad de observación!