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Capítulo 2
¡Fiesta!
Parte 2/2
La noche había caído sobre Londres, sin embargo, la calma y la negritud propia de ese momento del día, eran completamente relegadas por el rumor de los autos, las voces de la gente y la luz y la música que provenía de los bares y las discotecas. Luego de aliviar el mal rato y aturdir tanto sus tímpanos como su cerebro con rock pesado; y engullir un par de las barras de chocolate que le regaló Kate, Harry ya estaba preparado para disfrutar una más de sus interminables juergas. Si al día siguiente debía dejar el país, no estaba dispuesto a irse sin una digna despedida. Las conjeturas de Sirius no le pesaban, bien podían ser ciertas, pero estaba dispuesto a arriesgarse una última vez.
Harry no podía usar su magia para trasladarse fuera de la casa, había un hechizo de protección que lo impedía. Para no delatar sus intenciones, salió por la ventana de la habitación, montado sobre su escoba, envuelto en la capa de invisibilidad. El viaje no se prolongó por mucho. Cuando pisó la superficie sólida del tejado de una casa abandonada – lugar que, en el último tiempo había dispuesto como zona de aterrizaje – se deshizo de la escoba y comenzó a girar sobre sí mismo. Su cuerpo translucido apareció en el lugar del encuentro media hora más tarde de lo acordado. Volteó en ambas direcciones antes de cruzar la calle; quien lo esperaba, lo hacía en la vereda del frente. No quiso que su cuerpo se hiciera visible aun, tenía pensado darle una sorpresa a su incauto amigo. Caminó cuidadosamente por el costado y justo cuando se preparaba para lanzarse encima, George Weasley dio media vuelta y estirando sus brazos a ciegas, logró detener el cuerpo de Harry.
- Tus pies te delataron – soltó el muchacho, riendo de manera burlona.
Asintiendo amablemente y sin razón a los muggles que caminaban por la vereda, agarró a Harry del brazo y lo arrastró hasta un pasaje ubicado a pocos metros.
- Ser más discreto, eso te falta querido amigo.
- No exageres George – se defendió, quitándose por fin la capa, dejando a la vista su atuendo: saco denim, una camisa azul holgada, un jean negro ajustado y el típico y vistoso cintillo que usaba para cubrir su cicatriz. George ahogó una risa al detenerse en su facha.
- Este tipo de cuestiones siempre me hacen pensar que no es correcto juntarme contigo – sus cejas subieron y sus labios se sellaron en horizontalidad.
Harry no supo si era una broma o si lo decía en serio, de todas formas, el comentario no le hizo mella. La hora de los sentimentalismos aun no llegaba. La risa de un tercero reverberando en la parte oscura del pasaje, llegó a romper la falsa tensión, haciendo que Harry sonriera.
- ¡Años sin verte Potter! – exclamó otro pelirrojo para luego apretar a Harry con un abrazo sentido – George me dijo que habías cambiado, pero no pensé que tanto, ¿seguro que es Harry? – preguntó, volteándose hacia su gemelo.
- A veces yo también lo dudo – Harry entornó los ojos siguiéndoles la broma y se levantó el cintillo para lucir su cicatriz.
- Si, efectivamente es Harry – soltó Fred, empinándose una pequeña petaca para tragar un sorbo de un líquido viscoso – tu turno – estiró la mano ofreciéndole la botellita a su hermano, quien no tardó en beber su contenido.
- ¡Lo que hacemos por ti! – el cuerpo de ambos había comenzado a asumir la forma de otra persona (si, era posición multijugos).
- ¿Vale la pena, no? –George asintió convencido, Fred miró con curiosidad. No tardaría en comprender la razón. Harry dio media vuelta y se preparó para iniciar la marcha, Fred, ahora convertido en un muchacho de pelo castaño y cuerpo atlético, lo tomó del hombro para que se detuviera.
- Antes de que se me olvide – metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó un sobre tan grueso como un libro – esto te lo envía mamá, Ron, Ginny y Hermione – dijo, estirando el paquete. Harry lo recibió, pero no supo bien qué responder. George se golpeó la frente a medida que cerraba los ojos, lamentando la indiscreción de su hermano.
- ¿A ti te dicen el bocón?
- No mi amigo, ese eres tú – lanzó Fred, señalándolo de manera contundente.
- ¿Qué te dije sobre nuestra reunión? – Ambos ignoraban por completo que Harry estaba ahí.
- Al diablo George, sabes que mamá puede ser muy persuasiva. Hermione no lo hace mal…
- Y tú caes tan fácil… Eres un… – se detuvo para utilizar el argumento correcto – él, esta persona que está aquí – dijo, dibujando con el dedo un círculo alrededor de Harry – es un prófugo. Nadie, menos nuestra querida familia puede saber que lo estamos viendo, ¿cuál es la parte que no entiendes?
- George, despreocúpate – intervino Harry, restándole importancia al asunto. La verdad es que le hubiera gustado agradecer el gesto, pero se abstuvo. Hace mucho que no recibía correspondencia de los Weasley, ni de su amiga… Hace años también que no los veía. La emoción lo invadió de un momento a otro y sus ojos se enrojecieron, para suerte suya, el callejón estaba lo suficientemente obscuro como para que George y Fred pudieran disimular.
- ¿Ahora si? – guardó el paquete en el bolsillo interior de su saco, giró nuevamente y le hizo una seña a los gemelos para que lo siguieran, ambos sonrieron en respuesta y comenzaron a caminar tras sus pasos. La noche los esperaba.
Para George, ir de fiesta a establecimientos muggles, no era algo nuevo, para Fred tampoco. Sin embargo, cuando entraban a los bares o a las discotecas, pese a la costumbre, a ambos les costaba trabajo disimular la sorpresa al escuchar la música, al detenerse en las luces o al tomar un trago. Harry era el más adaptado de los tres, la razón era obvia: tenía más recorrido nocturno. La primera vez que salió con George, fue por absoluta casualidad. Hace unos cuantos meses, luego de reconocerse a la distancia en una discoteca e intercambiar saludos, se hicieron compañeros de juerga. La única condición que Harry le impuso a George, fue que no le contara a nadie; el pelirrojo aceptó. Una de las reglas de Sirius, le impedía tajantemente ver o mantener contacto con sus cercanos del mundo mágico. Puede sonar autoritario y cruel a la vez, pero en realidad, era una medida de protección tanto para ellos como para el resto. En el transcurso de los últimos cinco años, sólo en una oportunidad Harry pudo ver a Hermione, a Ron y al resto de los Weasley. A la escases de visitas, se sumaba también la escases de cartas: un resumen acotado de los hechos relevantes del año, lo suficiente como para que cada uno supiera qué era de la vida del otro. Al principio, prácticamente todas las cartas que recibía, tenían por objetivo convencerlo de que regresara; con el tiempo, ya todos se dieron por vencidos y se preocupaban nada más que de hacerle saber que recordaban su existencia…. El lazo con George, significó para Harry un alivio en medio de la soledad y la añoranza de su pasado. A través de él, podía recordar a todos los que había dejado atrás.
Las andanzas de George en el mundo muggle, si bien, en estricto rigor, no sugerían faltas a la ley mágica, casi bordeaban el actuar ilícito. Dedicado a los negocios, junto a su hermano gemelo, comenzaba a hacer prosperar una tienda de artículos de broma. Un par de acuerdos con ciertas tiendas muggles que comercializaban algunos de sus productos (los más inofensivos y menos fantasiosos, pero no por eso desprovistos de magia) lo hacía deambular por las calles de Londres y conocer ese universo; con el tiempo le tomó el gusto, a las calles, y también a las chicas muggles.
Sólo un par de cuadras los separaban del bar de siempre. Llegar no les tomó más de dos o tres minutos. El olor a tabaco, los murmullos de la gente y el roce de las copas chocando entre sí, podía sentirse a la distancia. Al entrar caminaron directo hacia la barra y pidieron la primera ronda de cerveza. Tras unos cuantos brindis, las cosas comenzaron a fluir, lo suficiente como para que Harry se relajara.
- Mañana me voy – soltó de pronto.
Los gemelos se miraron como buscando explicaciones, ninguno de los dos entendió bien.
- ¿Qué? – George preguntó primero.
- Si, quería que lo supieran.
Un gesto de incomodidad se posó en el rostro de Harry, pensó que tal vez no había sido correcto empezar así la noche.
- ¿hay algún motivo? – inquirió Fred, suspicaz. Harry respondió con un suspiro – ¿ah?
- Sí, pero prefiero no hablar de eso – se defendió – no sé por qué lo dije.
Los gemelos volvieron a mirarse, pero esta vez con serios signos de preocupación.
- Si piensas que podemos ayudarte en algo, sólo dilo – ambos parecían decididos. Harry sonrió.
Las bromas, fiel al estilo de los pelirrojos, hicieron que la conversación posterior se distendiera. Entre gestos coquetos y piropos a la distancia, no les tomó más de cinco minutos invitar a unas chicas a tomar un trago y luego a bailar. Mientras se dirigían a la discoteca, a Harry le pareció advertir una presencia extraña alrededor suyo. Una sombra había atravesado fugazmente su espacio inmediato; George y Fred también lo notaron. Se deshicieron en excusas y se despidieron de las chicas, alejándose lo más rápido que pudieron para asir sus varitas.
La sombra negra volvió a aparecer, pero esta vez no parecía una sombra, era algo así como una nube de humo negro. Los transeúntes circundantes se quedaron paralizados, y producto de una emoción que se dividía entre la sorpresa y el terror, clavaron los pies al suelo y los ojos en la escena. La nube de humo se convirtió en un hombre; llevaba puesta una capa negra interminable y una máscara metálica. Harry supo inmediatamente que no se trataba de Voldemort. Su cicatriz no ardía. Sin importarles que hubiese muggles viendo, cuando el hombre empezó a atacar, los chicos no dudaron en usar su magia para defenderse. Rayos de distintos colores iban y venían en todas direcciones. Tras un par de movimientos fugaces que Harry hizo con su varita, un hechizó impactó de frente al enemigo y cayó de bruces. En el momento en que George se inclinaba para quitarle la máscara, una terrible sensación de desolación se hizo presente. Harry cerró los ojos entendiendo inmediatamente lo que sucedía. Una decena de dementores comenzó a desfilar alrededor de los tres magos, inundándolos en una profunda tristeza. Harry escudriñó en su interior en busca de un recuerdo feliz para invocar su patronus, pero la luz incandescente de su ciervo esta vez no lo salvó. El muchacho comenzó a caer lentamente, sintiendo la presión de las garras en su cuello.
- ¡Expecto patronum! – Antes de que perdiera por completo el conocimiento, pudo oír a lo lejos cómo alguien más pronunciaba el hechizo mágico; luego, arrastrado por otro mago, comenzó a girar sobre sí mismo. Ese fue su último recuerdo de la noche.
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Desde la azotea de un edificio, la muchacha de ojos purpuras saltones, el enano y el hombre de barba y pelo negro, observaron todo sin mover un dedo. En sus caras no había signos de sorpresa, ni de espanto, ni de nada. En esta oportunidad, ella decidió no intervenir, quería ver cómo se las arreglaba.
- Me parece que no lo hace tan mal – opinó, con gestos de suficiencia.
- Su majestad, qué sea un buen mago no significa nada – se apresuró a añadir el enano, rascándose la cabeza con nerviosismo.
- Yo no creo que sea un buen mago, ni siquiera pudo con esas bestias debiluchas – intervino el hombre barba y pelo negro.
- Nuestra magia no es igual a la suya – la mandíbula de la reina hacía ver su molestia. Su tono era resolutivo – no podemos juzgarlo con nuestros parámetros.
- Si no es más poderoso que nosotros, no entiendo qué hacemos aquí –. Algo ajeno a la situación lo nublaba, ella lo sabía. Lo ignoró. Dio media vuelta para darle la espalda y se dirigió sólo al enano.
- ¿Sabes a qué se debe lo que acabamos de ver?
- Su vida nunca ha sido muy tranquila, majestad… puedo presumir que nuestra visita tampoco ayuda.
Cada uno posó su mirada en el otro, conectando ideas al instante.
- Hay que actuar rápido. Haré lo que sugeriste.
- ¿Está segura?
- No completamente, pero es la única opción que tenemos. La más real.
Ella inspiró profundo; al exhalar, una débil humareda se escapó de su boca. Instintivamente, levantó una de sus manos para buscar el colgante de su collar. Lo apretó con fuerza, dirigiendo sus pensamientos hacia el otro extremo del mundo; hacia el sur, donde estaba su reino.
