Capítulo 4: Victoria agridulce

Lyla Stevens, hermana mayor de la víctima, los esperaba en la sala de descanso visiblemente afectada por la noticia de la repentina muerte de su hermano. Cuando Castle y Beckett se sentaron frente a ella y le dieron el pésame, las manos de la mujer todavía temblaban. Haciendo un esfuerzo por detener los sollozos, Lyla les dijo que haría todo lo que pudiera para ayudarles a encontrar al asesino de su hermano.

- No entiendo quién puede haberle hecho esto – decía retorciendo el pañuelo que sostenía entres sus temblorosas manos –. Mark era un buen chico. Muy listo además, habría sido un magnífico ciruja…

Un nuevo sollozo interrumpió la frase de Lyla Stevens. Castle y Beckett esperaron pacientemente a que la mujer se recuperara, antes de reiniciar la entrevista.

- Lyla, ¿tiene idea de cómo podía Mark costearse su forma de vida?

- ¿A qué se refiere? – inquirió la hermana de la víctima, confusa.

- Bueno, Mark tenía un bonito apartamento en la zona alta de Manhattan, y según la universidad no tenía ningún pago pendiente.

- ¿Y qué?

- Que Mark no tenía ningún contrato, no trabajaba. No de forma legal, al menos…

- ¿Está insinuando que mi hermano era un criminal? – inquirió la mujer, ya completamente a la defensiva y sumamente alterada – Porque le aseguro que se equivoca. Mark era un buen chico. ¡Nunca estuvo implicado en nada ilegal!

- Señora Stevens – intervino Castle, usando su tono más suave para tratar de tranquilizarla –, ¿le contó Mark alguna vez a qué se dedicaba?

- N-no… Mark era una persona muy reservada… - dijo ella, recuperando parte de la serenidad – De verdad… ¿De verdad creen que estar metido en algo ilegal? – la posibilidad de que aquello pudiera ser cierto parecía aterrorizar a la pobre mujer, cuyo mundo empezaba a desmoronarse.

- No sabemos nada seguro – respondió Beckett –, por eso nos sería de gran ayuda si pudiera decirnos algo más sobre la vida de su hermano.

- No, ya le he dicho que no me contaba gran cosa de su vida. Pero quizás Miranda pueda ayudarles.

- ¿Miranda?

- Miranda Brown. Una chica con la que Mark estuvo saliendo.

- ¿Sabe dónde vive?

- No, pero es muy probable que la encuentre en el hospital dónde hacen las prácticas. Ella también es estudiante de medicina. Ella y Mark están, estaban, en el mismo grupo de estudio.

- ¿Podría decirme el nombre del hospital?

- El Mt. Sinai Hospital

- Oh, por supuesto… - dijo Castle, poniendo cara de aborrecimiento.


- Si tan incómodo estás con esto, ¿por qué te has empeñado en venir? – preguntó Beckett, aprovechando un semáforo que acaba de ponerse en rojo.

- ¿Incómodo? ¿Quién está incómodo? ¿Estás de broma? Yo no estoy incómodo – dijo Castle, mirando por la ventana.

Beckett suspiró devolviendo la vista al tráfico de Manhattan y decidió concentrar sus esfuerzos en llegar al hospital y acabar con aquello cuanto antes.

Finalizada la conversación con Lyla Stevens, Beckett decidió que lo mejor era entrevistar a los compañeros de la víctima cuanto antes, hecho que implicaba visitar el hospital en el que su exnovio Josh ejercía como jefe de cardiocirugía.

Idea por la que Castle no sentía demasiado entusiasmo, teniendo en cuenta los acontecimientos que habían tenido lugar en un pasado que él todavía consideraba cercano. Sin embargo, por poco que le atrajera la idea de encontrarse cara a cara con Josh, menos le atraía la posibilidad de que fuera Beckett, sin compañía, la que lo hiciera. Así pues, Castle y Beckett pusieron rumbo al hospital, dejando a Ryan y Esposito a cargo de los vídeos de seguridad que el señor Andrews acababa de mandarles por correo electrónico.

Dejaron el coche en el parking para las visitas y se encaminaron hacia la entrada principal, respetando el tenso silencio que había nacido entre ambos. Beckett trataba de preparar mentalmente su reacción por si se encontraban a Josh, cuando su teléfono móvil sonó en el bolsillo derecho de su chaqueta.

- Beckett. Ah, hola Meredith – respondió, captando la atención de Castle, que se detuvo junto a ella observándola con curiosidad –. Sí, lo siento, es que hemos estado muy ocupados con el caso y… La verdad no creo que yo sea la persona indicada para… No, no, no es eso pero…

La cara de impotencia de Beckett arrancó una sonrisa al escritor, que sabía exactamente cómo iba a terminar aquella conversación telefónica.

- Está bien. Sí, sí lo haré – dijo Beckett, lanzando una mirada llena de odio a Castle, que apenas podía contener la risa –. No, pero eso debería consultarlo con Castle y… Mira, ¿sabes qué? – dijo mientras dejaba escapar una sonrisa que no presagiaba nada bueno para el escritor – Me parece una idea genial. Sí, estupendo. Nos vemos esta noche.

- ¿Y bien?

- Seré su dama de honor. Oh, no estaría tan feliz Castle… – dijo Kate, cortando la danza de la victoria que el escritor había iniciado.

Meredith era una persona a la que era imposible decir que no, y Beckett acababa de comprobarlo en sus carnes, para gusto de Castle, que pensaba recordárselo durante el resto de sus vidas. Sin embargo, no estaba preparado para lo que venía a continuación.

- Como dama de honor debo estar al tanto de todo lo relacionado con la boda, así que le he dado permiso a Meredith para que convierta tu loft en su cuartel general.

Una súbita sensación de vértigo se apoderó de Richard Castle en aquel preciso momento. Sin duda alguna, la peor parte de haber estado casado con Meredith fue el tener que planear la boda. Ya en aquel tiempo, a pesar de que ambos eran poco más que unos críos, la intrépida pelirroja había demostrado tener mucha imaginación en lo que asuntos nupciales se refería. Para Rick aquello había sido una pequeña muestra de lo que le esperaba en el infierno y la certeza de tener que revivir algo parecido hizo que agradeciera encontrarse frente a las puertas de un hospital, porque estaba bastante convencido de que iba a desmayarse.

- Por cierto – dijo Beckett, antes de reanudar su marcha hacia el interior del edificio –, sus padres llegan mañana.