Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes
Caminaba por los pasillos en busca de alguien. Nadie le dijo que saliera de su habitación, nadie le preguntó sí había terminado de comer. Sólo dejó la bandeja con el plato medio lleno al costado de la cama y luego decidió salir a trabajar, buscando a su hermano Yuugi.
Kaiba no le había contestado dónde estaba su hermano, no le dijo que lo había enviado a trabajar, o que lo echó de la habitación por ruidoso; ya que, posiblemente, Yuugi estaba causando mucho lío cuando vio que su hermano se desmayó.
Ahora Atem lo recordaba un poco, se sentía demasiado mal para caminar o respirar siquiera, y al intentar salir de la cama, sólo se encontró con su cabeza rebotando en el suelo, perdiendo la consciencia. La debilidad de su cuerpo fue más fuerte que su testarudez, hacía días que no había comido adecuadamente y su estómago le estaba pidiendo misericordia, devolviendo la falta de atención con las náuseas y vómitos incontrolables.
La tensión no lo dejaba comer, incluso ahora le había costado tomar de esa sopa, pero saber que Bakura realmente estaba vivo, lo aliviaba un poco y sentía que podía hacer un esfuerzo.
Aunque, algo lo detenía de su alivio, y era que no podía creer ciegamente en las palabras de Seto Kaiba, pues detrás de ellas podía haber intenciones muy oscuras, quien sabía. Sin embargo, se repetía a sí mismo, ¿qué ganaría Kaiba al decirle eso? Sólo arruinaría su tortura, su juego de culpa.
Al menos que, esperara que Atem se sintiera esperanzado con esas palabras, entonces, en cualquier momento él se encargaría de acabar con esas ultimas y renovadas esperanzas y así la voluntad del joven de cabello tricolor quedaría destrozada. Esta idea lo hacía temblar, Kaiba no tenía buenas intenciones ni tampoco compasión, eso estaba seguro.
No podía evitar recordar a ese muchacho que golpeó y lo llamó asesino en el comedor. ¿Habrá sido todo parte de un plan perverso de Kaiba? Quizás él lo obligó a insultarlo de esa manera para provocarlo, pero todavía no comprendía bien la razón de este plan.
Estaba demasiado preocupado, su relajación ahora era parte del pasado. Las dudas comenzaban a caminar por su cabeza, sintiendo un sudor frío recorrer su espalda llena de cicatrices. Era incapaz de leer la mente de Seto Kaiba, sus gestos, sus acciones. Sus sentimientos se interponían en medio de su razonamiento, pues deseaba que Kaiba fuera más o menos una persona con buenos sentimientos, aunque sean pocos, sino su esperanza acabaría en la basura.
No, no debía pensar de esa manera. Sí a su alrededor había oscuridad, él debía ser su única luz, él mismo y su hermano, nadie más. No podía confiar en Seto Kaiba, no iba a confiar en ese tal Jounouchi, ni mucho menos se iba a preocupar por Bakura.
Sólo importaba él y su hermano Yuugi.
En las duchas estaba Yuugi, limpiándolas como corresponde según su horario, ya que era la tarea que le asignaron a ambos hermanos. Atem se atrevió a observar la ventana que había roto para poder escapar, la misma estaba ahora cerrada con una tabla, quizás aún tenían pendiente arreglarla. ¿La arreglarían los sirvientes? Seguramente.
Le sorprendía que Kaiba no les haya pedido a los gemelos que la arreglaran por su cuenta. Ignorando ese pensamiento, suspiró. Dijo que no se iba a preocupar por Bakura, pero ¿a quién iba a engañar? Aún tenía el amargo sentimiento de culpa e inseguridad, nada le mostraba que el albino seguía con vida, pero quería creer ciegamente en eso.
¿Cuáles eran las pruebas? ¿Qué significaba que Bakura estuviera vivo?
Caminó lentamente hacia su hermano, recordando cada detalle de su intento de escape, y ya no lo recordaba con orgullo, sino con angustia y vergüenza. Yuugi estaba inclinado, mojando un trapo en el balde. Sólo se escuchaban las gotas de agua caer con insistencia mientras Yuugi escurría el trapo húmedo.
—Yuugi… — Atem llamó suavemente, tratando de tener la atención de su hermano, quien se volteó bruscamente, como sí le hubiera dado un buen susto. Dejó caer el trapo dentro del balde, el chasquido rebotando por todo el lugar.
Las pisadas apuradas resonaron en los oídos de Atem, sintiendo la fuerza del abrazo de su hermano gemelo, quien corrió hacia él como sí no lo hubiera visto por años. Sintió las manos húmedas sobre su espalda, dejándole sentir un extraño e incómodo frío que vagamente le molestó.
Yuugi suspiró, demostrando la preocupación que estuvo manteniendo en silencio, trabajando a solas y soportando la tristeza. Por alguna razón, Atem sintió culpa por ello.
—¿Estás bien? – Fue lo primero que Yuugi dijo, con su voz ahogada en el hombro de su hermano, quien le devuelve el abrazo con suaves caricias en la espalda.
—Sí, no te preocupes. — Al decir esto, Yuugi lo soltó ligeramente, sólo para poder mirar su rostro, tomando sus mejillas entre sus manos, moviendo sus ojos como sí lo estuviera analizando.
—Ya no te ves tan pálido. ¿Comiste algo? — Ante la pregunta de su hermano, Atem llegó a la conclusión de que Yuugi se fue de la habitación segundos después que Kaiba llegó. Lo echaron, y entonces Kaiba se hizo cargo de su sirviente desmayado. Por lo tanto, Yuugi no sabía sí Kaiba le dio de comer o no, y no le informaron nada tampoco.
Atem asintió levemente, no quería decir que el castaño le dio una sopa, le confundía demasiado pensar en ello y decirlo era bastante extraño.
Yuugi volvió a abrazarlo con fuerza, antes de eso, su hermano notó que sus ojos comenzaban a brillar como si estuviera a punto de llorar. ¿Era de alegría? ¿Impotencia? Como sea, Atem no quería ver llorar a Yuugi.
—Tienes que alimentarte, mantenerte sano, ya que nadie nos cuida aquí, debemos cuidarnos entre nosotros. — Atem quiso reír ligeramente, pero lo mantuvo, pues Yuugi tenía su voz quebrada, demostrando que estaba llorando. Aun así, no dejó escapar el detalle de que Yuugi estaba repitiendo los consejos que Atem le dijo alguna vez.
—Prometo cuidarme. — Eso fue lo que dijo, sintiéndose inseguro por dentro, era una promesa, pero por alguna razón no estaba seguro de cumplirla, aunque haría todo lo posible por proteger a Yuugi y eso significaba cuidarse a sí mismo también. Sí él no estaba sano, entonces no sería capaz de cuidar de su hermano.
Luego de esta conversación, Atem se vio obligado a ponerse al día con su trabajo, Yuugi había estado haciendo la tarea que les correspondía en la mañana, ahora tocaba hacer la que estaba asignada para la tarde. Aquella que interrumpieron aquel día para escapar.
A Atem le dolía demasiado el cuerpo y trataba de ignorarlo, pues el dolor se había convertido en una parte más de su ser. Sí no lo superaba, entonces volvería a perder la cordura.
De nuevo trabajaba en silencio junto con su hermano, aunque no era incomodo ni angustiante, simplemente era un silencio lleno de comprensión. Atem necesitaba reflexionar sobre demasiadas cosas, especialmente sobre Seto Kaiba y esa personalidad tan peculiar.
Sus intenciones eran desconocidas, Atem no podía dejarse llevar por lo primero que se le viniera a la mente, sino así se equivocaría de nuevo y la vida de Yuugi correría riesgo. No podía permitir que un error se escapara de entre sus manos. Quería tener de nuevo el control sobre sus acciones, iba a ponerse a prueba.
Llegada la noche, se reunieron todos en el comedor para cenar. Como siempre se podía oír y ver la gran cantidad de sirvientes que había en el comedor. Los gemelos se mantenían juntos para no perderse entre toda la gente. Atem no pudo evitar tomar la mano de Yuugi para llevarlo a la mesa más cercana y vacía, lamentablemente para él, tuvieron que sentarse en la mesa donde estaba el tal Jounouchi, quien hizo sonreír a Yuugi en cuanto se miraron.
Atem seguía con la idea de no confiar en nadie, con todo lo que había pasado, ya era definitiva la desconfianza, pero Yuugi parecía no querer entender eso, pues sus deseos por no tener que llevar este dolor solo, lo obligaban a depender de quienes sufrían lo mismo que él.
La mesa estaba apartada del centro, por lo tanto, Seto Kaiba estaba lejos de ellos, quien siempre se posicionaba en el pequeño pasillo que había entre las mesas, y tardaba en acercarse a las mesas que estaban arrinconadas; como en la que estaban Atem y Yuugi ahora.
Además de Kaiba y los guardias que lo acompañaban, había unos dos sirvientes que se ocupaban de servir la comida a cada una de las mesas. Con la gran cantidad de sirvientes que había y platos por servir, Atem se preguntaba sí ellos alcanzarían a comer antes de que tocara el timbre.
—Oigan. — La voz del rubio interrumpió los pensamientos de Atem, tratando de resistir un suspiro frustrado mientras se voltea a mirarlo. – Lamento lo que sucedió con Honda, el chico que los insultó ayer. Quedó alterado por lo que pasó con Bakura, era muy sobreprotector con él. – Jounouchi se disculpó por el muchacho castaño que los había llamado 'asesinos', Atem se sintió enfurecido, ¿acaso no era tan valiente como para disculparse en persona?
—¿Eres su mensajero? – Atem preguntó secamente.
Jounouchi mordió ligeramente su labio, apartando su mirada. – No, ni pienso serlo, pero él es demasiado orgulloso para disculparse y me pareció apropiado hacerlo. Sé que ninguno de los dos quería que esto pasara. – Las últimas palabras las dijo con cierta tristeza, que Yuugi no pasó por alto.
Atem se mantuvo en silencio, pensando de nuevo en Kaiba, la disculpa de Jounouchi no parecía algo que Kaiba haya calculado, ¿o sí? Lo que significa que ese tal Honda no fue enviado por él, sino que fue sólo una coincidencia, un amigo cercano que se sintió muy dolido por perderlo. Eso aumentaba la culpa de Atem y disminuía sus sospechas.
Tratando de ignorar esa culpa, reflexiona con respecto a Kaiba. La pregunta sigue siendo la misma.
¿Cuáles son sus intenciones?
Y otra se sumó a la lista. ¿Debería decirle al resto que Bakura no murió?
No, no podía hablar con demasiada libertad, sobre todo cuando no sabía sí esas palabras eran ciertas. Tampoco debía decirle a su hermano, aunque sea una mentira para llenarlo de esperanzas. ¿Qué tal sí en realidad es Yuugi quien cae en la trampa? Atem quería dejar guardado todo lo que estuvo viviendo en un ancho cofre para así después abrirlo y reconocer qué era necesario decir y qué no, qué era verdad y qué no.
Nada estaba seguro, debía manejarse con cuidado.
Aunque, había algo que, si podía hacer, e iba a pasar desapercibido. —¿Qué opinas de nuestro jefe? Me imagino que nada bueno. – Atem cambió el tema repentinamente, con una torpe disimulación. La pregunta iba dirigida al rubio, quien simplemente aprieta su puño y frunce el ceño, mostrando un claro enojo y resentimiento por el ojiazul.
—Es un miserable. —Murmuró, como sí quisiera escupir esas palabras, para liberar el odio que le tenía. –No me trata muy distinto que, a ti, pero debo admitir que admiro tu fuerza. No he visto tus cicatrices, aun así, puedo imaginar que son profundas. Y nunca he sido capaz de trabajar o levantarme de la cama siquiera con semejante dolor. – Jounouchi confesó mirando fijamente a los ojos a Atem, quien mantenía sus ojos con incredulidad.
Por fuera mostraba indiferencia, y por dentro, reflexionaba cada palabra. Él sabía que sería peor desobedecer aun cuando la sangre chorrea por toda la espalda, su motivación era no causarle problemas a Yuugi y no reflejar cierta debilidad.
No iba a mostrarse débil en un lugar como este, ni frente a los ojos azules del castaño. Podría estar desangrándose y de esa misma forma se iba a mantener en pie.
Cuando sonó el timbre, era momento de levantar los platos y llevarlos a la cocina para que los mellizos los limpiaran. Dos sirvientes se ocupaban de hacer eso, dos sirvientes limpiaban las mesas. Esa era la formación, dos sirvientes por cada tarea, y ninguno se quedaba sin nada que hacer.
A Atem le llamaba la atención que casi nunca tenían que lavar los vasos, pues siempre utilizaban botellas para beber el agua. Era más recomendable así no tenían que depender de una jarra para servir en un pequeño vaso que podría vaciarse con rapidez, le molestaría mucho tener que pedir a alguien le pasara dicha jarra o levantarse de su asiento y caminar por el comedor, cerca de cualquier otro sirviente que le guarde resentimiento, o estar cerca de … Seto Kaiba.
No le tenía miedo, pero cuanto menos tenga que cruzar mirada con él, mejor.
Sin embargo, no pudo evitarlo, sus dudas volaban demasiado por su cabeza y la impaciencia lo obligaba a querer preguntar. ¿Kaiba no iba a creer que él no saltaría a hacerle preguntas? Estaba equivocado, Atem sentía que tenía el derecho de preguntar y de obtener una respuesta.
Se encontraron en el comedor, mientras el muchacho de cabello tricolor caminaba hasta la cocina. Sus ojos se enfrentaron, el joven pálido de ojos azules contra los ojos amatista del pequeño sirviente. Era como una competencia.
Hasta que Atem decide acercarse, a punto de hablar, pero fue el más alto quien interrumpió toda oportunidad, alzando su voz. — ¿Qué quieres, sirviente? – La voz de Kaiba hizo eco por todo el salón, causando que los que estaban presentes miraran por unos segundos, aunque pronto la apartaron ya que temían interrumpir sus tareas, o involucrarse en sea lo que sea que esté sucediendo con el jefe.
—Quiero respuestas, saber por qué tú… — Sorprendentemente, Atem no se esperó que sus palabras sean interrumpidas por un fuerte golpe en su cara, escuchando un intenso latido en sus oídos y su mejilla golpeada ardiendo. Aun así, no quiso detenerse. — ¡Tengo que saber por qué me dijiste…! – De nuevo, su voz llena de indignación fue callada por una bofetada más fuerte y dolorosa que causó que cayera al suelo de madera. Inevitablemente, pasó su mano por su boca, viendo como sus dedos estaban manchados con un líquido rojo.
Estaba sangrando. Ni siquiera lo dejó terminar lo que estaba por decir, ¿acaso sabía lo que iba a preguntar? Sí es así, ¿por qué evitar semejante tema de conversación que él sacó a la luz?
Detuvo sus pensamientos cuando la mano firme de su jefe lo sostiene del brazo y lo arrastra lejos del comedor. –Vendrás conmigo. – Kaiba sonaba furioso, y Atem quiso golpearse a sí mismo ahora. Cometió un error, otra vez.
Miraba a su alrededor, sintiéndose un poco mareado por el golpe, pero notando como todos los estaban mirando. Incluso Yuugi, quien tenía sus ojos brillando por las lágrimas.
Sí iba a sufrir por esto, estaba bien, incluso sí moría; estaba bien. Pero sí Yuugi siquiera lloraba por esto, no se lo iba a perdonar jamás; ni a Kaiba, ni a él mismo.
Fue llevado por el ojiazul hacia otro camino distinto al que recordaba que llevaba a su despacho. ¿Hacia dónde lo llevaba ahora?
El agarre de Kaiba era firme y doloroso, ardía como una llama que envuelve su brazo. Trataba de no gemir de dolor para no mostrar ningún tipo de debilidad. Aunque, ¿importaba ahora?
Llegaron a una puerta común de madera, un rojo demasiado oscuro. ¿Un salón de tortura?
Kaiba abre la puerta, sin soltar el brazo de su sirviente, revelando una habitación que a Atem se le hacía conocida.
En la misma, había una cama muy amplia, prolijamente tendida. Una ventana con cortinas blancas que cubrían la vista al exterior, debajo de esa ventana había un mueble, una especie de escritorio largo y fino, con una pequeña lámpara que iluminaba el lugar.
Al otro costado, un sillón, no muy ancho, pero se notaba cómodo para sentarse. Cerca de ese sillón había un ropero y a su lado una cajonera muy sofisticada.
El suelo era de madera bien lustrada, que Atem sentía que podría patinarse.
Recordaba esta habitación, era la habitación de Seto Kaiba.
—¿Por qué me trajiste hasta aquí? – Fue lo primero que dijo Atem, sonando ligeramente desesperado. Su respuesta fue un empujón junto con la puerta azotada al cerrarse bruscamente. Un puño golpea dicha puerta mientras se siente acorralado por el brazo de quien tenía en frente ahora.
Su rostro pálido, sus ojos azules denotaban furia. — ¿¡No sabes cuándo cerrar la boca!? – Kaiba ignora la pregunta de Atem, para sonar mucho más desesperado. Golpea de nuevo la puerta al recibir silencio. — ¡Te dije que me tenían vigilado! – Estas palabras hicieron eco en la cabeza de Atem.
Sí estaba vigilado, entonces, ¿cómo pudo hablar con tanta libertad esta mañana y la noche anterior? Quizás había unos pocos lugares donde él podría moverse libremente, sin estar atento a las cámaras o sea como sea que lo vigilen.
Atem quería sonreír, sin querer había comprobado un detalle que le mostraba que lo que Kaiba dijo posiblemente sea verdad. Aun así, se hizo el tonto. – No lo comprendo, ayer y hoy dijiste muchas cosas que podrían haberte perjudicado, y ahora pareces muy nervioso. – Dijo tratando de sonar confundido. Sintió como Kaiba apretaba su puño con más fuerza.
En serio, Kaiba tenía un temperamento muy descontrolado.
—Hay lugares, y hay momentos, sólo yo sé cuándo puedo hablar y cuando no. Espero que lo tengas en cuenta, no mentí cuando dije que tu hermano podría sufrir las consecuencias de tu estupidez. – Kaiba explicó, con su voz un poco más calmada, pero demostrando una furia muy notoria.
Atem tragó saliva ante la mención de Yuugi, quería preguntar sí lo había arruinado, qué iba a pasar, pero su orgullo fue más fuerte e intentó no mostrarse desesperado. Sin embargo, es como sí Kaiba pudiera leerle la mente, cuando añadió: — Es una suerte que te haya callado a tiempo, los días aquí seguirán pasando tanto para ti como para tu hermano. Resumiendo, por ahora están salvados. – La palabra 'salvados' causó que Atem quisiera reír, aunque se resistió.
Le sorprendía como Kaiba podía notar enseguida cuando está pensando en su hermano, como sí la preocupación de Atem fuera tan grande, que no pudiera ocultarla con una máscara de frialdad. Esos ojos azules de verdad penetraban en lo más profundo de su mente y corazón, como sí se conocieran de hace muchos años, como sí de alguna forma, Kaiba lo entendiera.
Ese pensamiento era una locura, pero así parecía.
—¿Cómo puedo confiar en ti? – Esta pregunta salió en forma de susurro de los labios del joven de cabello tricolor.
Kaiba inclina su cabeza con un resoplido. – Esto no es un juego de confianza. – Respondió con firmeza. – Sí quieres obedecerme, hazlo, si no, ya veremos. – Al decir esto, sonrió levemente, y Atem no pudo evitar pensar que le parecía un poco perversa.
El castaño deja de apoyar su puño sobre la puerta, para comenzar a caminar por la habitación, cómo sí pensara profundamente en algo. Atem quería preguntar o aprovechar la oportunidad para irse, pero otras palabras salieron de su boca. – Gracias. – Miró a su alrededor cuando dijo eso. Quería saber sí fue él quien le agradeció.
¿Por qué? ¿Por qué hizo eso? Ni siquiera se sentía realmente agradecido, ¿verdad?
Kaiba se mantuvo en silencio, y ni siquiera se volteó a mirarlo, sólo le dio la espalda. — ¿Por qué me agradeces? – Preguntó con su voz baja, mostrando una clara confusión.
Atem quiso dejar de hablar, sus labios temblaron incontrolablemente, su mente se puso en blanco. Ni siquiera él sabía por qué había dicho algo así, ya que no eran sus sentimientos. Tuvo que meterse profundamente en su corazón para averiguar de dónde salió ese agradecimiento, pues algo tenía que decir.
No había nada para agradecer. Kaiba maltrató a su hermano, amenazó a su familia y casi lo mata varias veces, dejándolo desangrando en el suelo esperando que al rato trabajara con ese dolor.
Miente con respecto a proteger a sus sirvientes. Nadie que tenga un corazón cálido podría dejar desangrando a alguien.
Aunque, tal vez esté atado de pies y manos, con temor a no cumplir con su trabajo porque alguien saldrá herido. Eso es exactamente lo que le sucede a Atem, pero ¿le sucederá lo mismo a Kaiba?
Él dijo que estaba siendo vigilado, por su padre, a quien él se refiere con un odio bastante notorio.
¿Qué era verdad? ¿Qué era mentira?
Le reveló que Bakura estaba vivo, ¿era eso cierto? Aun así, fue capaz de darle una esperanza después de muchos días sin tenerla, viviendo en una profunda oscuridad, con un dolor intenso. Su odio hacia sí mismo se calmó en esos pocos minutos en los que creyó en esas palabras.
Sus palabras fueron capaces de hacerlo sentir bien, aunque hayan sido por unos pocos minutos, y no miraba fijamente a quien se las dijo, sólo apreciaba que se lo hayan dicho, sea cual sea el motivo. Quizás por eso, le estaba agradeciendo.
—Por haberme dado unas pequeñas esperanzas, aunque haya sido sólo por diez minutos. —Las palabras cayeron de sus labios nuevamente, pero ya no se sintieron tan sorprendentes, debido a la profunda reflexión que había hecho; no le agradecía a Seto Kaiba, sino a las palabras. El silencio volvió a ser su respuesta, Atem no temía por su reacción, sólo se sentía ansioso.
Una carcajada hace eco por la habitación, su risa era interminable mientras su cuerpo caía sentado sobre el colchón, cubriendo su rostro sin tapar su amplia sonrisa. Atem no pudo desvanecer su humillación, se rebajó demasiado por alguien que no merece ninguna oportunidad de vida. Y ni siquiera tenía claro el motivo.
Cerró sus ojos, apretando sus dientes, intentando recuperar de nuevo el orgullo que se tragó al dejar salir esa palabra a esa persona que no se lo merecía.
Su odio incrementaba, no había perdón, no había reflexión alguna que lo hiciera calmar su furia. Seto Kaiba se estaba burlando de su pequeño alivio, cómo sí no significara nada. ¿Por qué le dolía tanto que alguien como Kaiba se burlara? Atem ya conocía cómo era él, tan insensible, indiferente a los sentimientos de los demás.
—No puedes hablar en serio. —Kaiba murmuró, agachando su cabeza mientras calmaba su risa. Luego de unos segundos de silencio, añadió. – Soy la última persona a la que deberías agradecerle por algo así. – Dijo con su voz calmada, a pesar de la fuerza que hizo con su garganta, al reír sin perdón.
—Tienes razón, ni siquiera sé por qué lo hice. – Atem dijo con total sinceridad y firmeza.
El silencio entre ambos era constante, como sí ninguno supiera realmente qué decir. Y Atem no iba a negar que estaba sorprendido y a la vez, intrigado por esta privacidad que está teniendo con Seto Kaiba, y que, en cierta forma, están intercambiando palabras y no golpes.
Atem se había imaginado que, al entrar a esta habitación, sería tirado al suelo y golpeado hasta gritar y quedar sin voz, con amenazas rozando sus oídos mientras el ardor de las heridas presionaría contra su espalda. Pero no fue así, Kaiba sólo se puso a… razonar con él, sí es que esa era la palabra.
—Hagamos un trato. – Fue así como Kaiba rompió el silencio, llamando la atención de su sirviente, quien aún se mantenía parado en su lugar frente a la puerta cerrada, cómo sí esperara el momento para abrirla y escapar. –Déjame hacerte saber que le encontré un beneficio a tu maldita persistencia. Le daré un buen uso. – Al decir esto, miró a esos ojos amatistas que ya lo estaban apuntando con odio. Sonrió internamente, era obvio que no aceptaría de inmediato, pero sí recibía algo a cambio, podría funcionar. –Tú también saldrás beneficiado de todo esto. Tú y tu hermano. –
Atem alzó una ceja, sin saber sí esto era otra especie de juego. Se desesperaba internamente cuando Kaiba lo ponía a prueba de esta manera, dejándolo con la terrible duda de sí tomará la decisión correcta o no. Hasta ahora, ¿Kaiba estuvo diciendo la verdad? ¿Debería confiar en él?
Aunque, esto no era un juego de confianza, era como una apuesta. Ambos apostaban algo, y luego podrían utilizarlo a su favor, dejando vulnerables a los dos. Así que, Atem podría utilizar lo que Kaiba apueste a su antojo, así como Kaiba manipula el bienestar de su hermano.
—Haremos apuestas. —Atem habló repentinamente. – Así sí alguno de los dos falta a su palabra, tiene algo valioso que perder. – Explicó, con una leve sonrisa. –No me engañarás con facilidad. —Dijo en su cabeza.
Kaiba se vio pensativo ante esto. –No tengo nada valioso que perder, excepto mi vida. – Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro. –Sí falto a mi palabra, podrás matarme. – Dijo con tanta ligereza que Atem sintió escalofríos.
Nada le garantizaba que podría hacerlo, sí Kaiba faltaba a su palabra, ¿sería tan fácil matarlo? No sólo por el peso que eso implica, sino porque Kaiba es capaz de defenderse de cualquier manera y atacarlo por la espalda. Eso estaba seguro.
Tal vez no fue buena idea hacer lo de la apuesta.
—Sí tú me desobedeces de alguna manera, serás sirviente de Gozaburo. – Las reglas las puso Kaiba, para variar, y Atem lo miró con incredulidad. Había pensado que usaría a Yuugi como amenaza o incluso su vida misma, pero, ¿ser sirviente de Gozaburo? El castaño se dio cuenta enseguida de la confusión que su sirviente sentía, así que se tomó la molestia de aclarar. – Es peor que morir, créeme. –
Entonces, un error y terminaba con supuestamente una persona peor que Seto Kaiba, dejando solo a su hermano y con su vida amenazada constantemente. Al menos con Kaiba pudo llegar a un acuerdo, sí es que esto no formaba parte de un juego perverso.
A decir verdad, morir no sonaba como una mala idea, hubiera apostado su vida y no sería tan terrible. Vivir con esta continua sospecha y temor, sólo causa que caiga en la locura. Aunque trató con todas sus fuerzas de mantener la calma.
Kaiba se levantó de la cama y se posicionó de nuevo frente a su sirviente. Lo pensaba, y lo seguía pensando, una, dos veces. No sabía sí estaba haciendo lo correcto, pero él ya apostó. –Me ayudarás a terminar con Gozaburo. –
Las palabras resonaron en su cabeza. Sentía que su mandíbula caía ante la sorpresa, cuando todo su cuerpo recibe un viento helado que le hace temblar por unos segundos. —¿Terminar? —Repitió con su voz casi quebrada. Entendía a lo que se refería, pero quería saber sí había escuchado bien. Ni siquiera sabía quién era Gozaburo, cómo se veía, ni sí era como Kaiba lo describía. ¿Iba a obedecer y matar a una persona ahora?
Está bien, había pensado en matar a Seto Kaiba antes, pero no porque se lo habían ordenado, simplemente sus sentimientos llenos de odio y rencor lo habían obligado a tomar ese camino, y ahora pensar en ensuciar sus manos con sangre porque alguien le dijo que lo hiciera, era siniestro.
—¿Matarlo? ¿De qué forma quieres que lo diga? —Kaiba respondió con impaciencia. Atem sintió que sus rodillas se debilitaban y se sentó inevitablemente en el suelo, cubriendo su rostro con sus manos.
—No me puedes pedir algo así. – A pesar de lo quebrado y vulnerable que estaba, esto lo dijo con su voz llena de rabia.
—Alguien que intentó matarme no puede decirme eso. – Eso fue lo único que Kaiba le contestó. Y Atem dejó salir una risa histérica; lo había pensado, y de todas maneras no hubiera sido capaz de matarlo sin sentir algo de remordimiento.
—No es lo mismo, no mataré cuando eres tú quien me lo está pidiendo. ¿Cómo sé sí no es un juego perverso que tú quieres jugar? – Atem arañó el suelo lustrado, apretando sus dientes, tratando de enviar todo su odio con sólo sus ojos brillantes y ardientes.
—¿Quieres que te envíe con él y lo averiguas? – De nuevo esas amenazas que a Atem ya lo tenían como loco. El pequeño se levantó del suelo, harto de mirar al castaño muchísimo más alto que él, cómo sí fuera de alguna manera superior.
—¡Hazlo! ¡Haz lo que quieras! ¡Deja de hacer amenazas y cumple con alguna de ellas! ¡Atrévete! ¡Estoy listo para recibir lo que sea! – Su sirviente gritó con desesperación, extendiendo sus brazos, demostrando que abría el paso a su mejor golpe. No mataría a nadie bajo sus órdenes.
Kaiba pareció perder la paciencia ante sus gritos, encerró en sus puños el cuello de la camiseta que su sirviente llevaba puesta y lo empujó de nuevo contra la puerta, sintiendo una furia ardiente recorrer su brazo hasta sus nudillos, con sus respiros pesados lo miraba fijamente.
Al ver profundamente ese color amatista, ese brillo lleno de dolor, por alguna razón, comenzó a respirar de manera más calmada, tratando de disminuir su ira. Cerró sus ojos y aflojó su agarre.
No iba a llevarlo con Gozaburo.
Yuugi estaba demasiado preocupado por su hermano, ya era la segunda vez que su jefe se lo llevaba de esta manera tan brutal. ¿A dónde se lo llevaba? ¿Y qué hacían con él? La última vez que lo vio regresar luego de haber estado con Seto Kaiba no se lo veía tan adolorido, pero sabía que Atem era capaz de fingir muy bien con tal de no preocuparlo.
¿Por qué las cosas tenían que funcionar de esta manera? Se sentía impotente, su hermano estaba en este lugar, sufriendo solo, tratando de luchar y salir adelante. ¿Y él que hacía?
Sólo lloraba la ausencia de su hermano, incluso cuando estaba a su lado lo sentía demasiado lejos. Aun lo sentía de esa manera.
Al menos había cumplido con su palabra y había comido, aunque eso ya no importaba porque ahora él estaba con Seto Kaiba haciendo quien sabe qué; algo era seguro, estaba sufriendo y mucho. Yuugi se sentía desesperado al saber esto, cumplía con sus tareas, no podía convencer de alguna manera a Atem para que obedezca y se mantenga vivo.
En definitiva, Yuugi se estaba sintiendo inútil.
Caminaba por los pasillos, en busca de su habitación, luego de haber terminado su tarea; no iba a tomarse el atrevimiento de ir por otro camino y buscar a su hermano, no podría salvarlo de las garras de su jefe. Pasaba por una puerta que estaba a medio abrir y un sonido le llamó la atención.
No, una voz, era una voz suave y levemente aguda.
—Me cuentas historias sobre el mar, y sobre los que has dejado atrás. – Sonaba como una melodía, era una joven muchacha que cantaba con su voz baja y triste, Yuugi no se asomó para averiguar cómo se veía, sólo se limitó a escuchar su hermosa voz. – Adiós a las rosas en tu jardín, adiós a las pinturas en tu pared, adiós a los niños que nunca tendremos; y a los que hemos dejado atrás. – La letra de la canción le llegaba a su corazón como una filosa daga que se clavaba profunda y dolorosamente, llevándolo a viajar por sus memorias que contenían alegría. Su familia, sus amigos, las risas que compartía con su hermano. Todo eso ya se perdió. –Estoy en alguna parte; y tú en otro lado. Estoy ningún lado; tú tampoco. Tú estás en algún lado, en algún lado; podría ir ahí, pero no lo haré. – Después de esto, vinieron ligeros tarareos, que casi hipnotizan a Yuugi con la belleza de la tonada.
Ahora sí quería verla, ver esos labios de donde salía tan hermosa y triste canción, aquellos ojos que tal vez reflejen demasiada soledad. Quería verla.
Con su mano descansando sobre el picaporte, mueve ligeramente la puerta hasta revelar completamente la pequeña habitación de la chica que era parecida a la suya sólo que un poco más amplia. La muchacha estaba abrazada a sus rodillas, con un vestido negro, revelando sus rodillas y pies desnudos; era pálida, con sus ojos color café brillando con angustia. Su cabello castaño le rozaba los hombros, se movía suavemente cuando voltea bruscamente su cabeza ante el ruido de la puerta abriéndose, viendo que alguien había entrado a su espacio.
En la habitación había dos camas, una que parecía ser la de ella, pues estaba sentada sobre aquel colchón, con sus sabanas desarregladas y caídas hacia el suelo. Frente a esa cama había otra, bien tendida, casi sin tocar; como sí nadie durmiera ahí. Sólo una mesita de luz mostraba la poca distancia que había entre ambas camas. Luego, una ventana abierta enrejada, el viento frío golpeaba con fuerza, trayendo el delicioso aroma de las flores que provenían del jardín.
Yuugi quedó perdido en sus pensamientos, repitiéndose en su cabeza que la persona a la que tenía en frente era una belleza, aun con sus ojos mostrando susto y desconfianza.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿¡Qué haces aquí!? – La desesperación de la chica hizo despertar a Yuugi, quien mostró una sonrisa nerviosa, levantando su mano para saludar tímidamente.
— ¡Perdón! No quería interrumpirte, es sólo que tienes una voz grandiosa y no pude evitar… — Yuugi consiguió terminar lo que estaba por decir ya que la chica frente a él comenzó a gritarle histéricamente.
— ¡Vete! ¡Déjame en paz! —Yuugi sintió que la luz que había crecido en su corazón por aquella melodía se desvaneció con esos gritos de tristeza, caminaba hacia atrás para salir de la habitación como ella había pedido, pero algo lo detuvo.
Entre las delgadas manos de la joven había una navaja. ¿Qué iba a hacer con ella? ¿Cortarse? ¿Callar esa voz que podría darle esperanzas hasta al hombre más miserable? No podía permitirlo, tenía que sacarle ese objeto filoso de sus dedos tan delicados.
Tragó saliva y se preparó para hablar de nuevo. – Discúlpame, no vine a causar problemas. Llegué hace poco a este lugar y tu voz fue la única luz que me dio esperanzas. No quiero que la apagues. – La chica sólo se le quedó mirando al muchacho que le rogaba, para entonces quebrar el silencio con una risita histérica.
—A nadie le importa lo que quieres, a nadie le importa lo que Anzu quiere. —La chica dijo sin borrar su sonrisa quebrada. Yuugi la miró con confusión.
— ¿Quién es … Anzu? – Temía preguntarle, pero sentía que debía hacerlo o sino no la comprendería. Quizás cometió un error al entrar aquí.
— ¡Ella es Anzu! – El grito fue ensordecedor, parecía que las ventanas se romperían con aquello tan desgarrador. El corazón de Yuugi se paralizó cuando vio que la chica llevaba la navaja a su cuello apretando el filo sobre su piel.
Ella era Anzu, y ella ya no aguantaba.
Yuugi se abalanzó sobre ella en intentó sacarle la navaja, viendo cómo sólo había quedado una pequeña marca sobre su cuello, que mostraba que no había conseguido cortar siquiera la piel. Sin embargo, Anzu tenía mucha fuerza, Yuugi no podía simplemente alejar su brazo o sacarle la navaja, además, la muchacha amenazaba con cortarlo a él o morderlo incluso. Esta situación superaba al joven de cabello tricolor, y se preguntaba qué hubiera pasado si no entraba a la habitación. ¿Habría vivido? ¿Estaría muerta? ¿Ahora vivirá? ¿Será capaz de salvarla?
Unos golpes que sonaban apurados en la puerta, causó que ambos se sobresalten. Kaiba tomó del antebrazo a Atem bruscamente para que se alejara de la puerta, así abrir la puerta y dejar pasar a dos de sus guardias en sus típicos trajes negros, con sus ojos tapados por los oscuros anteojos. Estaban sudando y agitados, como sí hubieran corrido una maratón.
—¿Qué sucedió? – Kaiba preguntó con impaciencia.
—Es la chica. – Sólo eso tuvieron que decir para que el castaño comenzara a moverse, aun tomando del brazo a Atem, quien no perdió oportunidad para poner en manifiesto sus dudas.
— ¿A dónde me llevas? ¿De qué chica hablan? – Las constantes dudas de su sirviente irritaban a Kaiba, lo que causaba que este apretara su brazo con más fuerza, haciendo que este gimiera de dolor.
—Te necesito para esto, no tiene nada que ver con la apuesta que hicimos. – Kaiba se explicó a sí mismo, y ni él ni Atem supieron por qué. Sólo caminaron en silencio.
Atem trató de alcanzar la misma rapidez que el castaño que lo llevaba, no tuvo tiempo para desconfiar, ni la oportunidad para soltarse, pues la mano del ojiazul era más fuerte. Esta verdad humillaba al pequeño de cabello tricolor.
Cuanto más caminaban, más se daba cuenta Atem a dónde estaba siendo llevado. El pasillo lo reconocía, era el camino hacia las habitaciones de los sirvientes. Al acercarse, escuchaba algunos gritos agudos y desgarradores, y a alguien suplicando. ¿Qué estaba pasando? ¿Una pelea?
Llegaron a una puerta que estaba abierta, revelando la habitación de uno de los sirvientes, que Atem pensó con alivio que no era la suya, sin embargo, su corazón se detuvo cuando vio un peculiar cabello tricolor. Su hermano Yuugi estaba encima de alguien, forcejeando; ese alguien era una mujer. ¿Qué rayos estaba haciendo?
—¡Yuugi! – Atem gritó sin poder evitarlo, pero Yuugi no consiguió escucharlo. Kaiba rápidamente lo acorraló contra una de las paredes y le cubrió la boca.
—Necesito que me escuches. – Atem no iba a negar que Kaiba sonaba desesperado y quizás preocupado, cómo sí supiera lo que estaba pasando, sí era así, entonces lo escucharía. –Esta muchacha intentará suicidarse, pero tú eres capaz de darle una esperanza. – Al decir esto, lleva su mano al bolsillo de su pantalón y saca un sobre que parece ser de una carta bien protegida. ¿Algún mensaje de un familiar? –Tienes que entregarle esto, dile que es de parte de Bakura; no sabes qué es porque él te dijo que era una sorpresa que sólo ella debe saber. ¿Entendiste? – Atem parpadeó tratando de procesar por unos segundos lo que Kaiba desesperadamente le estaba pidiendo, el oír el nombre de Bakura lo tenía sorprendido. ¿Qué tenía que ver con todo esto?
Aun así, esto era por la muchacha a la que Yuugi posiblemente estaba tratando de controlar, así que iba a obedecer. Asintió moviendo con firmeza su cabeza, tomando el sobre sellado. Vio cuando Kaiba y los guardias entraron a la habitación, alejando a Yuugi de ella y sosteniendo los brazos de la chica, quien no dejaba de gritar.
Kaiba hizo lo que pudo para mirar a Atem y darle la señal de que se acercara. El joven se sintió bloqueado por unos segundos, a pesar de su fuerte convicción, no pudo evitar sentirse nervioso, tragando saliva antes de dar el primer paso. Escuchó vagamente como Kaiba le decía a la chica. – Cálmate, tenemos algo para ti. – Se dio un espacio para pensar que Seto Kaiba se veía como otra persona en ese momento.
Atem se acercó un poco más a la muchacha, viendo sus mejillas rojas y húmedas por las lágrimas, su cabello castaño despeinado, ojeras profundas y ojos sin brillo; era la epitome de la desesperación y la tristeza. Aun así, la chica no dejaba de moverse, sólo se detuvo por unos segundos, pero luego trató de liberarse de las manos de los guardias y de Seto Kaiba, hasta que Atem decidió levantar la voz. - ¡Tengo algo de Bakura! – Al gritar esto, todos se quedaron quietos, mirándolo como sí hubiera dicho una locura.
—¡Mientes! ¡Mientes ¡Mientes! – La joven repetía sin descanso, sacudiéndose sobre la cama con las lágrimas cayendo de sus ojos. —¡Bakura está muerto! – Ella gritó. Y por un segundo, Atem sintió que se estaba viendo a sí mismo, que toda esa desesperación era la que él sentía, pero no tuvo la oportunidad de caer en la desesperación de esta manera. Quizás esta chica tenía un vínculo importante con él.
—¡Bakura no está muerto! – Atem le respondió sin vacilar, esas cuatro palabras fueron las que le dieron esperanza, quizás eran ciertas, quizás no. Sólo el contenido del sobre demostraba qué era verdad y qué era mentira, y ella era la única que debía saberlo. Extendió el sobre aprovechando que la muchacha se había quedado quieta. La joven se lo sacó de las manos en cuanto los guardias la soltaron para que tomara el sobre, la curiosidad y la confusión eran los sentimientos que predominaban en su corazón ahora. Con desesperación arañó el sobre con su uña para abrirlo, sin caer en la profunda frustración, rompe el papel del sobre y consigue abrirlo, sacando de allí una foto de una mujer que era realmente hermosa, y un moño rosa. Los labios de la muchacha temblaban al ver lo que sus manos sostenían.
—Bakura…— Susurró con la voz quebrada, cerrando sus ojos mientras abrazaba la foto, encerrando el moño en su puño. Las lágrimas quizás eran de tristeza, alivio, nostalgia, lo que sea, pero ya no estaban llenas de desesperación.
Atem quiso sonreír, y no pudo, sólo dejó salir un suspiro de alivio cuando vio que la muchacha soltó la navaja de su mano. Lo primero que hizo fue mirar a Yuugi, quien estaba sudando y jadeando, le sonrió débilmente a su hermano. Luego, se volteó a mirar a Seto Kaiba, quien se mantuvo inexpresivo, pero fijaba sus ojos en él.
No supo por cuanto tiempo el color amatista se mezcló con el azul, sólo supo que en ese tiempo estuvo mirando a otra persona.
En cuanto se aseguraron de que la chica estuviera calmada y dormida, la dejaron sola en su habitación. Yuugi fue enviado inmediatamente a dormir, él esperaba a que su hermano lo siguiera, pero este estaba demasiado distraído siguiendo a Seto Kaiba. Yuugi conocía esa mirada en Atem, significaba que buscaba respuestas, sin embargo, esto le hizo sentir alterado. La última vez que su hermano buscó recibir respuestas concretas, fue golpeado y apartado de su lado, Yuugi quería evitarlo. ¿Pero cómo? No podía intervenir.
Aun así, Atem no se veía tan mal, aún tenía pequeñas heridas en la cara por las bofetadas que recibió, pero fue capaz de ayudar a Anzu, y eso lo alivió. Sí hubiera sido herido gravemente, no tendría las energías para intervenir. ¿No es verdad?
Llevó su mano a su pecho. ¿Qué debía hacer?
De pronto, su pregunta fue respondida inmediatamente cuando ve que Atem se voltea a mirarlo y le guiña el ojo con confianza, levantando el pulgar ligeramente. Como sí le dijera, "todo está bien". Quería sentirse seguro con esas palabras.
Cerró sus ojos e intentó relajarse. Su objetivo ahora era cumplir con lo que se le ordenó, ir a su habitación y fingir que dormiría en paz.
Kaiba sentía las pisadas insistentes de su sirviente, sabía lo que le preguntaría, estaba contando los segundos que faltaban para que Atem hablara. Primero, hablaría de Bakura.
—Entonces, ¿Bakura está vivo? –
—Eso dije. – Contestó fríamente. Segundo, preguntaría por Anzu.
—¿Qué relación tiene con esa muchacha? —
—La joven es tu compañera de trabajo, se llama Anzu Masaki, tiene tu edad y compartió la habitación con Bakura desde que llegó, tenían un vínculo muy fuerte y Bakura al escapar pudo conseguir las dos cosas que ella deseaba. – Explicó, aun caminando. – Sus esperanzas se derrumbaron cuando yo anuncié que Bakura había muerto, pero ahora que le disté aquello, ya no estará tan triste. Esto también te sirve para ver que no te había mentido. – Las últimas palabras resonaron en la cabeza de Atem, quien detuvo sus pasos pensando en lo que escuchó.
Kaiba no le mintió, de verdad Bakura estaba vivo, se lo dijo con la intención de que se calmara, así como hicieron con Anzu Masaki. El ojiazul parecía tener múltiples personalidades, quiso reír ante esta idea. La razón estaba clara frente a sus ojos.
Kaiba Seto estaba siendo vigilado por su padre, Gozaburo, quien es su jefe, de alguna manera lo tiene amenazado, le repartió un grupo de sirvientes para que los tratara como él le mandó y sí no cumplía pagaría las consecuencias, pues este lo observaba cada segundo, así que sería fácil darse cuenta sí Kaiba desobedecía. Entonces, él protegía a sus sirvientes de la manera en que podía, vivía delante de las cámaras de la forma en la que su padre lo obligaba, y cuando estaba a solas, quien sabe lo que hacía o pensaba.
A pesar de este razonamiento, Atem seguía observando detenidamente a Seto Kaiba, como si fuera un complicado rompecabezas. Pero, algo estaba fuera de lugar.
—Kaiba. —Llamó su atención, quería ir a un lugar sin cámaras, sí es que ese problema realmente estaba presente. El ojiazul sólo se volteó y asintió levemente con la cabeza. De verdad parecía que podía leerle la mente.
—Vendrás conmigo. – Dijo con firmeza.
Fue llevado de nuevo a la habitación del castaño, quedando a solas como habían estado antes, sin embargo, la tensión en el pecho de Atem se había desvanecido. Lo único que quedaba es esa leve sospecha y muchas preguntas por hacer, pero ahora tenía una decisión que tomar.
En cuanto tuvieron su privacidad, Atem fue el primero en hablar. - ¿Gozaburo sabe todo esto? –
Kaiba lo miró fijamente, como si estuviera sorprendido. – Sabe que Anzu tuvo varios intentos de suicidio, pero sólo me ordenó que evitara que se mate. Con respecto a Bakura sólo cree que lo mandé a matar en cuanto puso un pie fuera de la mansión. – Respondió con simpleza, aunque se notaba bastante el odio con el que se refería a su padre.
—¿Aquí no hay cámaras? ¿En la habitación no había cámaras? – Atem preguntó con insistencia.
—Aquí no hay cámaras, ni micrófonos. Podrías matarme y nadie se enteraría. – Atem no podía creer lo que oía, tenían que haber al menos unos guardias para proteger al jefe, y aquí lo tenemos confesando que tiene la oportunidad de matarlo. ¿Esto no era un juego de confianza? – Y en el resto de la mansión tienes suficientes cámaras como para contar todos los pasos que diste en el día al caminar. Pero, a veces a Isono le toca vigilar esas cámaras, y él es el único en quien confío. Sí piensas hacer una alianza conmigo, tendrás que confiar en Isono también. –
Atem se quedó pensativo, Kaiba tenía una respuesta para todo. ¿Cuántos años tuvo que trabajar en esto? De alguna forma se las ingenia para hacer las cosas a espaldas de Gozaburo. ¿Era eso cierto?
Sólo tenía una manera de averiguarlo, y había tomado la decisión, en cuanto vio esos ojos azules tan distintos a los que penetraban sobre sus heridas. La palabra alianza le daba escalofríos, pero sonaba tentadora, con toda la información que había recolectado. No confiaba en él, aunque sin duda lo que vio hoy fue algo para tener en cuenta.
De nuevo, en su mano izquierda tenía la maldad de Kaiba, y en la derecha la bondad. ¿Kaiba era puramente malo? ¿Un torturador? ¿O tenía una pequeña luz en su corazón?
En momentos así, se preguntaba más que nada, cómo era el corazón de Kaiba. Sí pensaba hacer una alianza con él, debía conocerlo, analizarlo de pies a cabeza. Esta era su oportunidad de hacer más y tal vez, de cambiar las cosas y poder proteger a su hermano, pues no lograría nada simplemente cumpliendo con sus tareas.
Iba a arriesgarlo todo en esta decisión.
—Te ayudaré a acabar con Gozaburo. – Dijo firmemente.
El silencio fue su única respuesta, Kaiba ahora apuntaba hacia el suelo, era obvio que lo había escuchado pues eran los únicos en la habitación y la voz de Atem sonaba claramente.
—¿Estás seguro? – De esta manera, el ojiazul rompió el silencio, tomando a Atem por sorpresa, quien tragó saliva.
Se hizo la misma pregunta, debía estar seguro. Se prometió a sí mismo que no volvería a fallar, su instinto le decía que tenía que aceptar esto. No fallaría.
—Estoy seguro. –
—Entonces, tendrás que hacer todo lo que yo te diga. —
Yuugi despertó en la mañana con demasiado dolor de cabeza, soñaba con la voz de Anzu, la cual lo había dejado tan intrigado y lleno de emoción, que pronto eso decayó cuando sus sollozos fueron más fuertes que su melodía.
Su pecho dolía al recordar esas lagrimas recorrer sus mejillas pálidas, sus labios finos quebrarse ante el llanto, su cabello lacio alborotado por la locura. ¿Cómo se curaba de la angustia a una persona tan bella?
Pues, su hermano le entregó un sobre que adentro contenía fuertes esperanzas. ¿Qué significaba ese sobre? ¿Era algo que Bakura le dio a Atem antes de morir? ¿O tal vez Bakura estaba vivo?
No, era una locura, Kaiba ya había anunciado la muerte de este, y nada cambiaría esa determinación, quien desobedezca sufrirá las consecuencias. No pudo evitar mirar a su hermano, quien dormía en la cama que tenía al lado, se veía tan relajado cuando dormía. No reflejaba tensión, ni frustración, como siempre.
Atem era de esas personas inexpresivas que con sólo una mirada podían ahuyentar a cualquiera, de esa manera protegía a su hermano Yuugi, como si fuera su hermanito menor. Yuugi nunca se había quejado realmente, cuando eran pequeños sus padres trabajaban demasiado y no tenían tiempo de llevar a sus hijos al colegio o atender los problemas que tenían allí. Así que Atem buscaba la manera de evitarlos, protegiéndolo a su hermano, quien recibía más abuso que nadie.
Tiempo después se mudaron con su abuelo para ayudarlo con la tienda de juegos, pero eso no los alejaba de los problemas. Atem se metía en constantes peleas con matones, ya no solamente para defender a su hermano sino a su orgullo mismo. Atem nunca confió en nadie, no tuvo ningún amigo en todos estos años y parecía que dedicaba su vida a cuidar a su hermano y nada más. No lo había visto llorar jamás, a veces cuando discutían solía decirle que era un insensible, ni una lágrima caía de esos ojos amatistas y Yuugi nunca supo el por qué.
Nunca le tomó importancia, ni lo analizó como estaba haciendo ahora. Había dejado solo a su hermano por tanto tiempo, que la culpa comenzaba a ahogarlo.
El timbre sonó ruidosamente, como todas las mañanas, causando que Atem abriera los ojos instantáneamente. Sí el contexto fuera distinto, Yuugi se hubiera reído por aquella escena, sin embargo, sólo se limitó a levantarse de la cama.
Volvieron a su rutina, ducharse, realizar sus tareas. La semana pronto terminaría y tendría que cambiar aquella rutina, o al menos, sólo las tareas asignadas. ¿Qué les tocará hacer? Eso se preguntaban los mellizos.
Aunque ahora, Atem tenía un nuevo objetivo, ya no sería nada más que el sirviente que finge obedecer. Estuvo al menos una hora hablando con Kaiba, y poniéndose de acuerdo con lo que debía hacer.
Obedecer, vigilar y soportar. Esas tres palabras no las iba a olvidar.
Durante el receso, Yuugi se separó de su hermano, queriendo ver a Anzu, sin poder evitar la intensa preocupación que ardía en su pecho. Nunca la había visto, para ser honestos, es como sí ella se mantuviera encerrada en su habitación, o saliera cuando nadie pueda verla. Tal vez su existencia era tan pequeña, que ni siquiera la notaban. Como a él le sucedía.
Pero, él la notaba, demasiado para su gusto. Escuchó su voz y de pronto ella entró a su corazón, causando que la mitad de sus pensamientos estuvieran invadidos por aquella muchacha de ojos color café.
La puerta estaba cerrada, él sabía que ella estaba ahí, podía oírla tararear una melodía más animada. Con un temblor en su mano, la apoyó sobre el picaporte y se atrevió a abrir la puerta. Atem no estaba para darle un empujón en su decisión, estaba solo ahora.
La habitación se notaba distinta, con la luz del sol iluminando ambas camas que ahora estaban bien ordenadas. Aun así, sus ojos sólo apuntaron a la bella figura de la joven que lo miraba con sus ojos brillantes. Tenía un vestido floreado, su cabello perfectamente peinado. ¿Cómo podía ella verse como un ángel cuando alrededor tenía las llamas del infierno?
Cerró la puerta detrás de él, quedando a solas con ella.
Él no supo qué decir, Anzu no se veía alterada, sino un poco más calmada. —¿Crees que deba colocarme este moño? – Yuugi se sobresaltó cuando escuchó su voz, ella estaba mirando a sus manos ahora que sostenían el moño rosa que recibió ayer.
Yuugi no sabía qué contestar, ni por qué ella le preguntaría algo así. –Creo que te quedaría bien. – Le dijo sin poder evitar tartamudear.
—Entonces, debes tener razón. —Aquella respuesta lo tomó por sorpresa. ¿Ella confiaba en su opinión? ¿Por qué?
—¿Confías en mí? – No pudo evitar preguntar, aunque se sintió nervioso al hacerlo, sentía que cada cosa que diga podría desencadenar algo terrible.
—Porque sí tú no hubieras evitado que me cortara el cuello, entonces no hubiera podido ver la carta que Bakura me dio. A pesar de todo, estoy feliz. – Cuando hablaba aun parecía que sus ánimos no estaban del todo altos, pero se la escuchaba más suave y relajada.
El silencio los acompañó, mientras la muchacha comenzaba a recoger su pelo y lo ataba con el moño, dejando un bello rodete en su cabeza, con el moño rosa resaltando sobre su cabello castaño.
Yuugi sonrió, sin poder evitarlo. – Tenía razón. – La chica levantó la mirada al escucharlo, mostrando una notoria confusión. –Te ves hermosa con ese moño. – Confesó, sin sentir ni un poco de vergüenza.
La joven se ruborizó ligeramente, dibujando una muy pequeña sonrisa en su pálido rostro.
Atem no sabía por qué Yuugi estaba tan interesado en esa chica, seguramente se había quedado preocupado ya que él fue quien trató de evitar que acabara con su vida. Un acto muy valiente de parte Yuugi. Su hermano tenía ese coraje, Atem lo reconocía y quería que Yuugi se diera cuenta, que pudiera mirarse al espejo y decirse a sí mismo que no era un debilucho, como muchos le hicieron creer.
Siempre que se trataba de defender a alguien, sabía que Yuugi sería el primero en hacerlo. Nunca pudo ponerlo a prueba consigo mismo, ya que Atem nunca le pidió ayuda a nadie, ni tampoco se consideró estar en peligro como para ser defendido. Aun con espalda sangrando, era capaz de levantarse.
Hablando de eso, en el receso, caminaba hacia la habitación de Kaiba, pues tenía la oportunidad de hacerlo y el ojiazul no se lo prohibió. No sentía confianza, seguía dudando de su decisión, con temor en su corazón, pero intentaba evadirlo, pues la inseguridad no iba a ayudarlo a tener éxito.
Recordaba el camino hacia esa habitación, la misma en la que despertó el primer día. Su herida en su espalda había sido tratada por primera vez por Seto Kaiba, ahora eso tenía más sentido. Si él buscaba la protección en sus sirvientes, por eso había curado su herida. Aunque de haber sido así, no lo hubiera atacado en primer lugar.
Tanto que pensar, y analizar, que su cabeza comenzaba a doler. No podía simplemente decir podía hacer una alianza con Kaiba, sin pensar en traiciones, engaños y heridas. Y sí algo fallaba, Yuugi quedaría involucrado, por más que no le haya dicho nada, ni tampoco pensaba decirle. Sí era verdad que estaban siendo vigilados todo el tiempo, mejor mantener la boca cerrada.
Llegó finalmente a la puerta donde había sido empujado varias veces por el ojiazul. Sus reacciones violentas se basaban en su temperamento descontrolado y la obediencia que debía mantener. Qué vida tan complicada.
Abrió la misma puerta, sin saber sí vería al castaño parado frente a él.
Así fue, ahí estaba; Seto Kaiba con su espalda recta, sus brazos cruzados, una camisa blanca con unos pantalones negros, estaba arremangado, mostrando sus brazos delgados y pálidos.
De nuevo, un recuerdo se le cruza por la mente, mientras caminaban a la entrada de la mansión luego de haber ido a recoger sus cosas a su casa, había visto unas cicatrices en su cuello que seguirían en su espalda. Sí tan sólo pudiera verlas, entonces tendría la respuesta.
Seto Kaiba también era una víctima.
Sonaba ridículo, pero era una posibilidad.
—Imaginé que vendrías. —Atem apretó los puños, sus palabras sonaban tan arrogantes.
—¿Acaso me lees la mente? —Preguntó con ironía.
—Eres muy predecible, eso es algo que hay que corregir. – Kaiba le contestó, caminando hacia él.
¿Corregir? ¿Eso iban a hacer? ¿Corregir su actitud?
Tenía sentido, pero no sabía en qué se convertiría sí se entregaba a las manos y experiencia de Seto Kaiba, quien lo miraba ahora fijamente, con su altura tan distinta a la suya. Otra vez inexpresivo, no se veía como el joven de anoche. Este era otro Kaiba.
—¿Cómo piensas corregirme? ¿En qué me quieres convertir? —Atem sonaba más desafiante que curioso.
—En algo difícil de vencer. —Contestó firmemente. – Y para eso, debes soportar. – Al decir esto, se alejó de él, dándole la espalda. Acercándose a uno de los cajones de su escritorio.
Atem pudo sentir un sudor frío recorrer su espalda, la palabra 'soportar' no le gustaba para nada. Tenía que recordarla, tenerla en cuenta, pero conociendo a Seto Kaiba, sabía lo que tenía que esperar.
¿Qué tan malo era Gozaburo? ¿Qué viviría sí él fuera su sirviente?
—¿Tu padre te ha golpeado? – Comenzó a dejar salir preguntas personales, que sus nervios no podían detener. Kaiba seguía con lo que estaba haciendo, abriendo el cajón y sacando el famoso látigo que ya sintió bastante la piel de Atem.
—Varias veces. Con eso he aprendido a soportar. —Contestó sonando indiferente.
Entonces, esas cicatrices eran por su padre.
—¿Tenías miedo de que lo haga? – Al ver que el ojiazul se acercó con el látigo en la mano, no pudo evitar caminar hacia atrás, como sí quisiera escapar de él.
—¿Quién no lo tendría? Por eso me he dedicado a obedecer. —Respondió, ahora con sus ojos azules penetrando sobre los suyos, que brillaban intensamente.
—¿Y alguna vez intentaste ir en contra de sus decisiones? —No se dio cuenta de que había tartamudeado, al tener al castaño cada vez más cerca, apretando el látigo entre sus dedos.
—¿Qué crees que estoy haciendo ahora? Debo vigilar cada uno de mis movimientos, para no cometer ningún error, o sino, todo lo que logré hasta ahora se iría a la basura. Y tú deberías pensar lo mismo, por eso ahora, soportarás. –
Kaiba tomó aire, Atem tragó saliva; la mano firme del ojiazul estiraba el látigo, las piernas temblorosas de Atem lo obligaban a alejarse de él.
Cerró sus ojos con fuerza. –Debo soportar todo tipo de dolor, sí quiero ser más fuerte. —Se dijo a sí mismo, no quería ponerse de acuerdo con Seto Kaiba, pero así eran las cosas.
Él aceptó el trato, él apostó, ahora debía soportar las consecuencias.
Una mano firme se apoya sobre su hombro para voltearlo, el joven apretó sus puños sabiendo lo que le esperaba. Un ardor profundo junto con el sonido del chasquido que rebotaba por la habitación le hizo gemir fuertemente de dolor. Fue una profunda presión, la siguiente sería igual y el tercer golpe comenzaría a rasgar su ropa.
Ya conocía el proceso, el dolor, pero aún sentía temor. ¿Por qué? No le tenía miedo a Seto Kaiba, y aun así temblaba cuando veía ese látigo que impactaba continuamente contra su espalda, su piel, su carne, sus huesos. Causando moretones insoportables, cicatrices profundas que tardan en desvanecer y que posiblemente nunca se separen de su espalda. La marca le quedará, así como a Kaiba le quedó.
¿Esto tenía que vivir él desde su juventud? Una constante presión, la sangre goteando y ensuciando el suelo. Acostarse sobre su estómago para no dormir apoyado sobre sus heridas, que la ropa se vuelva molesta, que las duchas sean dolorosas y la noche sea el espacio para las pesadillas.
Anoche soñó que lo tiraban a una cama y apoyaban una pistola detrás de su cabeza, escuchaba profundos sollozos que susurraban su nombre. –Debes aceptar. —Una profunda voz le decía al oído, supuso que era de la persona que lo apuntaba con un arma. No supo reconocer la voz. Sólo sentía la presión de sus manos y su cuerpo entero sobre su espalda, con el arma que no lo dejaba en paz. A sí mismo se pedía que disparara, pero los sollozos le decían que pidiera otra cosa.
¿Qué podía pedir en una situación así?
Un gemido ahogado sale de sus labios, cuando escucha la ropa rasgarse y el látigo cortar la piel de su espalda, sobre las cicatrices que estaban sobre otras cicatrices. Las lágrimas cayeron inevitablemente de sus ojos. Ahora que no estaba Yuugi para mirarlo, se sintió con la libertad de llorar, a pesar de que tenía en frente a Seto Kaiba, a quien nunca le mostraría su debilidad.
Y, aun así, se estaba entregando, porque a pesar de su desconfianza, caminó hasta la habitación del ojiazul y le creyó cada palabra. Estúpidamente, le estaba creyendo.
—Estoy aceptando. —Susurraba. Aunque con el ruido del látigo golpeando contra el suelo y su cuerpo, causaban que ni Kaiba ni él mismo se escuchara su voz.
Su cuerpo cayó debilitado al suelo, su espalda ardía demasiado pero vagamente sentía la sangre recorrer su cuerpo. El látigo ya no lo enfrentó, y sólo oía los jadeos de Kaiba, quien seguro liberó demasiada energía al hacer esto.
Atem estaba arrodillado, apoyando sus manos en el suelo, pero no dejó que su cuerpo tocara completamente el piso de madera. Unos dedos fríos y ásperos rozan su oreja, ya que estos colocaron delicadamente sus mechones rubios detrás de su oreja.
Unos labios soplan sobre su oído, causando un cosquilleo intolerante en su estómago. – Otra cosa más…— Era la voz de Kaiba la que le generaba estos escalofríos. – No vuelvas a referirte a él como mi padre. —Esto claramente lo dijo con odio.
Luego de unos segundos de haber escuchado eso, tratando de soportar el ardor en todo su cuerpo, entre sus jadeos, pudo formar una sonrisa irónica.
Finalmente, había encontrado el punto débil de Seto Kaiba.
Adelanto del proximo capitulo:
No podía levantarse.
-Levántate. – La voz firme resonó en sus oídos, pero no haría caso, no podía hacerlo. -¡Levántate! – Insistió de nuevo, ¿qué no se acaba de dar cuenta de lo que hizo? No podía soportar semejante dolor.
-Ya no quiero más. – Atem murmuró débilmente.
-¡No se trata de querer, hay que soportar! ¿¡Ya no lo soportas!? – Seto Kaiba siempre conseguía una nueva forma de causar dolor, y esa era presionar sus oídos con sus terribles gritos profundos. Aun así, esa pregunta hizo eco en sus oídos.
¿Ya no soporta? ¿Qué es lo que no soporta? ¿Por qué hacía esto, en primer lugar?
-No lo soporto. —Esas tres palabras salieron de sus labios, y no supo por qué.
-¿¡Qué es lo que no soportas!? –
-El… dolor… - Dijo con una voz tan baja que ni él mismo se escuchó.
-¿¡Qué es lo que no soportas!? – Insistió.
-El dolor. – Repitió con las pocas fuerzas que tenía. Sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. Sí, eso sería bueno, cerrar los ojos para jamás despertar.
Perdonen la tardanza, he tenido algunas complicaciones. En fin, gracias a mi beta reader por la correción y el apoyo, así como september_drawings y Shamtal. Las quiero mucho
Tambien agradezco a mis lectores por dedicarles su tiempo a mis historias, lo aprecio mucho.
-La canción de Anzu:
Es una canción que de verdad existe pero le hice unos cambios para que tuviera relación con lo que sucedía en el momento.. A los interesados les comento que el nombre de la canción es "Santa Monica Dream" de Agnus y Julia Stone.
Bueno, gracias por leer!
