IV. DELIRIUM (Delirio)
Vives en mí, pero te soy ajeno,
recóndito ladrón que nunca sacio,
a quien suelo ceder, aunque reacio,
cuanto suele pedir tu desenfreno. (…)
Fragmento de El verdugo secreto, Alfonso Reyes.
Saori se encontraba hablando con Seiya, quién cada día recuperaba más sus fuerzas y su poder; los caballeros de bronce restantes: Hyoga, Shiryu, Shun, habían vuelto de lugares distantes, únicamente faltaba Ikki, a él había sido imposible localizarle, por más que se esforzaron en encontrarle no habían podido dar con él. Era evidente que no quería ser encontrado.
Ella sabía que algo más venía, lo sentía en el aire, lo sentía en la piel.
No podía dejar de percibirse francamente culpable de arrastrar a sus caballeros de nueva cuenta con ella.
Entonces se descubrió pensando en él, en el que se encontraba encerrado en Cabo Sunion, aquél que por voluntad permanecía preso expiando la culpa de un error cometido tiempo atrás, muchos años antes, un caballero ejemplar y fiel; era el momento de liberarle y pedirle que le ayudase a erigir Palestra, un recinto de sabiduría y entrenamiento para las futuras generaciones, y justamente él era el indicado: Ionia, antiguo guerrero de Capricornio.
Tal parecía que por una razón que ella no conocía, los guerreros nacidos bajo la constelación de Amaltea eran siempre los más leales. Así sucedía desde la época del mito, sus nombres estaban en los anales del Santuario: El Cid, Ionia y también Shura.
Decidió ir sola, no quería someterle a miradas curiosas, el crimen que él cometó, ella lo había perdonado hace mucho… eso era algo entre ambos, nada más.
Aioria se sentía inquieto, descubrió una perturbación que tribulaba sus noches y que le permitía conciliar el sueño hasta muy tarde. No lo había hablado con ninguno de los pocos que estaban para ese entonces en el Santuario, cada uno de ellos tenían sus propias preocupaciones y sus propios fantasmas a los que ya se estaban enfrentando.
No quería molestar a Aioros, y si fuese del todo franco, lo sentía como un extraño. Dohko y Shion estaban tratando de ayudar en la medida de lo posible pero la alteración de las estrellas era evidente, algo más se estaba fraguando. Shura era el ser solitario de siempre, ensimismado y ermitaño, atormentado casi. Y Kanon… a él jamás se hubiese acercado, nunca… lo vigilaba con ojos rencorosos, lo veía a lo lejos ir y venir a placer, eso le molestaba; él no olvidaba, ni su traición, ni lo que sucedió entre ellos, aunque Atenea misma le hubiese perdonado, incluso Milo. No, él no confiaba, él estaba alerta.
Extrañaba al melio, a su mejor amigo, a su… ¿qué era? ¿realmente qué era de él? ¿amigo? ¿amante? ¿todo?... Extrañaba su brutalidad, sus chistes verdes, sus irónicos arranques de genialidad.
Eso era lo que sentía, que Milo estaba también en algún lugar, perdido… lo mismo que Camus, el marsellés… el de la marejada de fuego…
Sacudió la cabeza como para arrojar los pensamientos que tenía.
Y justo unos meses después sucedió…
La estrella Alpha destelló con fuerza, se incendió en el cielo, era la confirmación que estaba esperando: Milo estaba vivo.
—Antares está brillando, titila de nuevo —le dijo Dohko a Shion en el Salón Maestro, él estaba ahí porque precisamente había ido a consultar el significado de lo que había sentido en esos días.
Cuando Aioria entró le pareció que Dohko estaba especialmente cerca de Shion, por no decir impúdicamente cerca.
—Creo saber en dónde puede estar —declaró el regente de Leo haciendo que ambos se volvieran como dos críos sorprendidos en una travesura.
—Debe ser, tú y él eran muy cercanos… su tiempo de volver llegó —meditó Shion mientras los puntos violáceos en su frente se movían—. De acuerdo a la última información de la Fundación Graude, puede estar en el noreste en…
—Rusia… —declaró el griego—, debe estar ahí, por favor, permítanme dirigirme a ese lugar, lo encontraré y lo traeré de vuelta —solicitó, aunque más que permiso sonaba a una orden.
Dohko levantó una ceja interrogante, se volvió a Shion que estaba tenso, al final acabo relajándose y dándole la razón.
—Que Hermes te guarde Aioria… —aceptó el antiguo caballero de Aries.
Preparó unas cuantas cosas, las arrojó como proyectiles dentro de la maleta ante la mirada atónita de Aioros que últimamente se la pasaba metido en su templo.
—¿A dónde vas? —exigió saber.
—A Rusia… —contestó de mala gana.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé, eso depende… al parecer Milo se encuentra ahí… —concluyó cerrando la maleta.
—¿Y cuánto tiempo te tomará encontrarle?
—Aioros, permíteme recordarte que ya no soy tu discípulo ¿recuerdas? —ironizó ante la mirada felina y visiblemente molesta de su hermano.
—Lo sé, me preocupa todo lo concerniente a ti… —dijo más relajado, pero ante todo, el gesto era una sutil manera de hacerle sentir un poco mal, macabramente Aioros había descubierto que aparte de un apetito sexual desmedido, también tenía cualidades de manipulador.
Aioria se relajó, suspiró y le sonrió de vuelta.
—Vale, espero que a la vuelta me tengas listo un gran banquete, con hetairas(1), ouzo… en breve un gran simposio.
—No me jodas, ¿acaso me ves cara de ser tu nodriza?
El ojiverde se encogió de hombros y rio, tomó sus cosas para ir al aeropuerto de Atenas.
Se metió los audífonos en los oídos y se relajó, el vuelo sería todo menos breve, de ahí a Moscú haría al menos una breve parada en Alemania y luego hasta la capital rusa.
Moscú… todo a donde volvía la vista era blanco, todo estaba cubierto de nieve, no se podía quitar el frio de encima… frío… como el que sintió cuando… buscó a Camus… ¡Él había pasado por ahí cuando buscó a Camus!... un nuevo recuerdo en su memoria.
—Mierda… a este paso voy a regresar con una pulmonía… —dijo para después lanzar una retahíla de maldiciones, incluso pensaba que cuando fuese a orinar, aparte de congelársele el miembro, lo que saldría de él serían cubos de hielo.
Pero lo sentía, claro y fuerte, estaba ahí, sus sentidos no le habían engañado: Milo se encontraba en ese país.
—¿En dónde te metiste, kínaidos?
Apenas llegó al hotel encendió la calefacción, y hasta ese momento reparó en un círculo de piel sin broncear en su dedo anular, se suponía que llevaba ahí el anillo de oro, el símbolo del Arconte de Leo… el anillo estaba en poder de Camus.
Se dejó caer sobre la cama con los brazos tras la cabeza, luego rodó perezosamente para tomar el control remoto y encender la pantalla de plasma, cambiaba de canal sin encontrar nada, de cualquier forma no entendía nada de ruso hasta que paró en un canal de noticias.
Algo sucedía en ese mismo instante por lo que veía: eran las imágenes de un aparatoso choque automovilístico, el auto estaba casi deshecho, destilaba vapor como si respirara, tragó saliva, tuvo un mal presentimiento.
Tembló.
Incluso la adrenalina empezó a correr por su torrente sanguíneo, lo presintió: era el melio, el jodido conductor del auto hecho pedazos era Milo Kyrgiakos(2), el hijo del rey…
Era aquél ausente objeto de sus cariños, aquél al que aguardó y que jamás quiso llegar…
(1)hetaira – Cortesana en la antigua Grecia, mujeres en su mayoría educadas y cultas que tomaban un papel activo durante los simposios, incluso sus opiniones eran valiosas entre los hombres.
(2)Kyrgiakos – Apellido griego que significa "hijo del rey".
