Juegos Prohibidos

Autora: Clumsykitty

Fandom: Marvel

Parejas: Stony, por principio.

Derechos: a vivir, quizá.

Advertencias: historia AU, de corte policíaco, algo gore como angst, no digan que no les advertí porque sí les estoy advirtiendo. Esta historia está dedicada a mi hada de toda la vida, Katrinna Le Fay, porque sus deseos son mis órdenes.

Gracias por leerme.


Capítulo Tres. Una voz a medianoche.


"Todo deseo estancado es un veneno."

André Maurois.


Rhodey le había recomendado tomarse un descanso para no estar gritándole a medio mundo en las oficinas de la comisaría. Tony le hizo caso. Ahora estaba dando vueltas en la acera a medianoche de un viernes, mirando de cuando en cuando de forma acusadora hacia el callejón donde se divisaba a mitad de camino una lámpara cubierta con un vidrio rojo que iluminaba una puerta de metal oxidado, entre dos botes de basura rebosantes de una variopinta cantidad de desperdicios. Recordó las palabras de Pepper, que le hicieron morderse la uña de su pulgar derecho. Una de las razones por las que su relación con la rubia se había ido a pique se ocultaba tras aquella grosera puerta de metal del callejón a donde caminó con pasos inseguros. Pepper lo había descubierto un día, se lo había reclamado con lágrimas propias de la traición que él había cometido.

El castaño se detuvo a pocos pasos de la puerta, mesándose sus cabellos y pateando al aire. Sus movimientos asustaron a las ratas que andaban cerca, huyendo lejos de él entre chillidos. Apenas el leve rumor de una música de ritmo contagioso se podía alcanzar a escuchar. Stark cerró sus ojos, mirando alrededor para verificar que nadie le observara y luego caminando hacia la puerta a donde tocó, mostrando su identificación de ciudadano común y corriente a la mirada severa que se dejó ver por el hueco descubierto de golpe. La puerta se abrió, el escándalo de gritos mezclados con una música de baile le golpeó, haciéndole suspirar con sus manos en los bolsillos traseros de sus jeans, entrando a zancadas de una buena vez, no podía negarlo más. Necesitaba entrar, necesitaba ver esa cantidad de cuerpos varoniles bailando de forma obscena, de manos anónimas tocándole en lugares que en el día y en otras circunstancias podían ameritar una demanda.

Si bien era cierto que en aquellos días de modernidad cosmopolita no había problema alguno en admitir al mundo a su alrededor que era más bien un hombre bisexual con cierta inclinación hacia los hombres, también era que como policía la realidad era otra. Habría muchos discursos y protecciones aparentes, pero todavía había rechazo a una sexualidad como la suya en un mundo que todavía se movía con viejas costumbres en la práctica por más papeles que se firmaran jurando ser todo lo contrario. Para conseguir lo que deseaba, necesitaba ser lo más común posible. Y a eso se agregaba el hecho de que ese apetito oculto al que sucumbía con cierta periodicidad le hacía sentir culpable por haber roto el corazón de Pepper Potts, al darse cuenta de que buscaba a escondidas un viejo recuerdo que ella evocaba con su físico.

Tony caminó a la barra, no sin hacer pausas mientras una pareja se interponía en su camino, besándose como si no hubiera un mañana, o bien se distraía por algún bailarín de aquel bar gay, usando una burlona tanga que prácticamente solo era un adorno para cumplir las reglas sin dejar mucho a la imaginación. Pidió un whisky, tomando asiento casi de mala gana con un codo en la barra y así apoyar su frente contra la palma de su mano, mientras su bebida llegaba acompañada de una servilleta con los colores propios de la comunidad y el nombre del lugar: Adam's Temptation. Otro suspiró se le escapó, alzando su vaso de whisky en alto antes de brindar por su debilidad, su solitaria vida y los viejos recuerdos. Bebió todo de golpe, pidiendo otra ronda sin girarse a ver el siguiente show, le bastaba ahora con solamente estar ahí, escuchando las propuestas indecorosas o ciertos sonidos lascivos entre aplausos y acordes de la música.

-¿Está ocupado? -una voz gruesa apareció a su izquierda.

-¿Ah? No, adelante -respondió el castaño sin fijarse, mirando al barman como si eso lo fuese a apurar.

-Quien diría que Anthony Stark estaría aquí un viernes por la noche.

Casi saltó de su banquillo al escuchar su nombre, girándose de golpe para ver al que ya consideraba un chantajista al que le tumbaría los dientes. Sus ojos como su boca se abrieron tan grandes como pudieron al notar al hombre sentado a su lado. Habrían pasado años, pero los rasgos definitivamente eran inequívocos.

-¿S-Steve? ¿Steve Rogers?

-El mismo en carne y hueso, tú sigues siento Anthony Stark, ¿cierto? -saludó aquél, ofreciendo una mano gruesa, de apretón firme como lo comprobó al estrecharla.

-¿Qué haces aquí? -preguntó sin pensarlo, maldiciendo después- Bueno, es obvio que hacemos los dos aquí, es decir…

-Recién acabo de llegar a la ciudad, me recomendaron este sitio.

-¿Ah, sí?

-Y me alegro de haber seguido la sugerencia, te he encontrado. ¿Eres cliente?

-No, claro que no -negó el castaño de inmediato, bebiendo apurado de su whisky- Vengo… muy poco, casi nada.

Steve rió, divertido. El barman se acercó y pidió un vodka solo.

-Que esté bien frío -ordenó como si fuese un general comandando un ejército.

-Sí, señor.

-Wow, vodka…

Tony le miró de arriba abajo, del Steve que recordaba de su infancia, era más un chiquillo enclenque que el fornido hombre delante suyo. Vestido con jeans claros, una playera ajustada negra con un cuello redondo y cabellos cortos pulcramente peinados era la viva imagen de toda plegaria de los hombres en aquel bar. ¿En qué momento había dejado de ser enfermizo para convertirse en un semental que bebía vodka? El joven detective solamente pensó en una sola palabra: adolescencia. Ese mágico pase de la niñez a la adultez que podía mejorar lo inmejorable si los genes estaban dispuestos. Los suyo no habían sido muy generosos, aunque no se quejaba, pero definitivamente parecía que a su viejo amigo de la infancia le habían dado el boleto del premio mayor.

-Es un gusto que adquirí luego de pasearme por el mundo.

-¿El mundo? -Stark parpadeó, volviendo en sí- ¿Qué ha sido de ti? Claro, si se puede saber.

-Por supuesto, más no es una historia interesante. Sabes que no me llevaba con mi padre, me alegró mucho que se hubiera muerto -Steve encogió un hombro, sin quitarle la vista de encima al recibir su bebida que se tomó de un solo trago sin nada de esfuerzo o gestos posteriores, pidiendo otro- Luego mi madre enferma -arrugó su nariz- Cuando falleció, después del colegio, hice lo que todo joven con más dinero del que puede gastar puede hacer: dejé los estudios y me perdí entre fiestas, viajes y caprichos. Casi me acabé la fortuna familiar cuando terminé unos días en Turquía.

-¡Turquía!

-Sí, ahí decidí volver al camino de la sensatez, estudié por mi cuenta y encontré alguien que me enseñara lo que siempre me gustó. ¿Lo recuerdas, Tony?

-Am… ¿dibujar?

La sonrisa de Steve fue de absoluta complacencia. -Así es, estudié pintura, me hice un miembro productivo de la sociedad.

-Entonces eres pintor -el castaño terminó su whisky, pidiendo otro no supo bien si de los nervios o la emoción de haberse encontrado con él contra toda probabilidad.

-Sí y no.

-¿Cómo es eso?

-Un buen hombre en Italia me enseñó pintura y restauración, me pasó sus clientes cuando falleció y a eso me dedico. Restauro pinturas familiares que son muy queridas o bien, hago copias de obras maestras.

-¿Eso es legal?

-¿Eres policía?

Tony casi se ahogó con su bebida, limpiándose rápidamente con la servilleta mientras el rubio se carcajeó, acercándose un poco más a él. Esos ojos azules no se despegaban de su rostro.

-No te preocupes, no le diré a nadie de aquí.

-Gracias.

-¿Detective o agente…?

-Detective, pero espero entrar a Quántico.

-Wow.

-Bah, no es nada. Entonces… decías que recién acabas de llegar, ¿de Europa? Si bien comprendo.

-De Sudamérica, en realidad. Un cliente muy adinerado vive en Argentina donde tiene unos cuadros heredados de sus abuelos que necesitaban restauración. Cuadros religiosos -Steve hizo un gesto de disgusto en forma juguetona que hizo reír al otro.

-Percances del trabajo.

-Salud por ello.

-Salud.

Ambos chocaron sus vasos, terminando de un solo trago sus bebidas y pidiendo otra. El castaño ya comenzaba a sentir los efectos del alcohol, habían pasado ya meses desde su última parranda de ese tipo, en cambio, Rogers parecía tan fresco como una lechuga. Sin duda la vida que tuvo años atrás le había dado resistencia a la bebida. Sus ojos que no se separaban del rostro de Tony o esa gruesa rodilla casi rozando su pierna provocaron en el detective algo que ya no había sentido desde… desde Pepper. Suspiró, esperando su siguiente bebida, un poco más parlanchín, un poco más atrevido al inclinarse hacia el rubio. Joder, estaban en un bar gay, no iba a comportarse como si fuese Sor Vergüenza frente a él. Sabían por qué estaban ahí.

-¿Y en dónde estás viviendo? ¿En tu…?

-No, la vendí para pagar unas deudas. Como te dije, me gasté mucho de la fortuna familiar, solo me quedé con suficiente para comenzar mi negocio de pintor independiente. He rentado un espacio en Brooklyn, bastante agradable. ¿Qué hay de ti, además de esa carrera que no podemos pronunciar en voz alta?

Tony bufó divertido, mirando su reflejo en el vaso. -Compré una casa, bueno, es que pensaba casarme, estaba casi casado. Una amiga llamada Virginia. No funcionó -soltó un largo suspiro- Estoy en ella, cerca de Manhattan, pero no ahí. Es carísimo.

-Pensé que tomarías el negocio familiar.

-No. Se lo dejé a mi tía, preferí ganarme mi propio dinero.

-Y no ser esclavo de él, eso lo comprendo. Cuando adquieres ciertos bienes, te vuelves esclavo de ellos. Por mantenerlos, por disfrutarlos.

-Muy filosófica frase.

-Aprendí bastantes cosas del mundo cuando lo recorrí. Las personas suelen ser otras cuando tienen compromisos no deseados encima.

-Amén, hermano -el castaño brindó de nuevo, sus mejillas ya comenzaban a enrojecer- Me gustaría ver el estudio de Steve Rogers, el pintor de mundo.

-Por supuesto, sería todo un honor tenerte -murmuró Steve, jalando una servilleta de la barra y pidiendo una pluma a uno de los meseros cerca para escribir una dirección con una letra caligráfica perfecta, aunque Stark ya comenzaba a ver borroso.

-Siempre tuviste excelente memoria para esas cosas, yo con trabajos me sé el código postal.

-Pero seguro eres muy inteligente en otras cuestiones, Tony -el rubio dobló la servilleta y la guardó en el bolsillo izquierdo del pantalón con una seguridad que hizo al otro quedarse congelado- Luego la puedes perder y eso me entristecería -explicó su gesto, siempre mirándole fijo.

Hubo una oleada de rechiflas y aplausos, seguramente por algún show estelar pero el castaño no se giró, perdido unos segundos en esa mirada firme, depredadora. Casi podía jurar que Steve no parpadeaba, pero aquello hubiese sido antinatural como idiota. Tenía un aroma de loción masculina que, junto a ese olor del vodka y su whisky, lo hicieron más atractivo. El detective tosió un poco, jugando nervioso con su vaso. Ahí estaba la causa de sus tempranos sueños húmedos como de esos sueños raros a los que no había podido dar explicación. Un hombre al que recordaba de niño mostrándole un conejo crucificado antes de darle su primer beso, el que siempre recordaría en cada orgasmo posterior que tuviera en sus fugaces acostones. Siempre se había preguntado si acaso ese momento bizarro no había sido una mera travesura infantil y nada más, un juego prohibido en el colegio católico pero inocuo al final.

-Gracias, Steve.

-Es lindo escuchar mi nombre en los labios de alguien que aprecio.

-Uh… debería escribirte mis datos, ya sabes para…

-¿Serás capaz de escribir? -el rubio arqueó una ceja, ladeando su rostro. Su mano picó el mentón de Tony- No lo creo.

-Ah… sí, creo que no. Cielos, qué pensarás de mí.

-Que eres realmente lindo, tal cual te recordaba. Mi Tony.

Steve Rogers, semental, estaba ahí seduciéndole en la barra de un escondido bar gay de Nueva York y él se sentía como la tonta colegiala que babea por el galán de la escuela. Mi Tony. Su cuerpo se sintió como si lo hubieran echado a la freidora de papas fritas que se le antojaron en esos momentos. La música estridente le mareó un poco, necesitaba aire fresco para aclarar su mente. No iba a largarse de buenas a primeras con ese irresistible rubio por más ganar de coger que tuviera. Debía conservar algo de dignidad que esa sonrisa tan segura amenazaba con esfumar entre sábanas y quien sabe qué más. El castaño sacudió su cabeza, poniéndose de pie algo torpe, buscando su billetera al llamar al barman y pagar su cuenta. De nuevo, Rogers se le adelantó.

-Yo pago. Por haberte encontrado.

-Oh, gracias. Eres una monada.

-Te acompaño.

Tony estuvo bien seguro de que recibieron varias miradas de aprobación -o de burla- al salir juntos. El aire fresco le devolvió los gramos de serenidad robados allá adentro, más aumentó el efecto del alcohol. Agradeció su entrenamiento físico para seguir caminando más o menos normal hacia la acera con ese espécimen humano a su lado, sonriéndole tranquilo. Por alguna bizarra y mala conexión de sus neuronas, tenía la sensación de que era como un león siguiendo de cerca a su presa ya herida, que esperaba cayera para devorarla. Hizo notal mental de no ver tantos documentales sobre la salvaje madre naturaleza antes de salir a liberar sus instintos homosexuales.

-Es tarde -dijo, no muy listo en su observación. Bravo por el detective estrella.

-¿Trajiste auto?

-No, sí tengo uno, pero no lo traje… am, ya sabes.

-Comprendo, permíteme conseguirte un taxi.

-¿Ah?

Un silbido digno de Tarzán se hizo escuchar en la solitaria calle que no estaba muy lejos de una avenida principal. Para su sorpresa -o no, porque los taxistas neoyorquinos tenían el oído entrenado para escuchar clientes- llegó su transporte color amarillo que se estacionó frente a ellos. Steve posó una mano en su espalda, empujándole suavemente como la madre que anima al tímido hijo, abriendo la portezuela posterior para él. Su aliento cálido, con olor a vodka, golpeó su mejilla y oído al susurrarle cuando estaba por subir.

-Ven a verme, Tony.

Continuando con la rutina de caballero, el rubio pagó el taxi con una generosa propina por la encomienda de llevar a su pasajero sano y salvo hasta su casa, cuya dirección pronunció el castaño cuando salió de su asombro, tocándose de manera inconsciente su mejilla, despidiéndose como niño bueno de Rogers, quien permaneció ahí, en la acera, como asegurándose de que el taxi se marchaba lejos de ahí con él. El joven detective no era fan de los taxistas parlanchines, pero en ese momento agradeció que su conductor de ascendencia hindú le platicara todo el trayecto sobre los peligros de andar solo en ciertos lugares de Nueva York, sobre todo en los barrios con mala reputación. Para cuando llegó a su casa, Tony se sintió mejor y con una sonrisa despidió al taxista que le dio una bendición de los tres dioses de su tierra. Sacó sus llaves de su cartera, a punto de murmurar el nombre de aquel rubio fortachón cuando un par de sombras le hicieron gritar.

-¡¿Qué carajos?!

-Stark -la voz del Director Fury le calmó- Somos nosotros.

El castaño encendió las luces, lanzando una mirada airada al hombre como a su agente que le acompañaba.

-Romanova.

-¿Podemos hablar unos minutos? -preguntó ella con una sonrisa tranquila- Hice café.

-¿Cómo entraron a mi casa?

-No es que sea el palacio de la reina de Inglaterra -se burló Fury, caminando de vuelta a la sala- La pobre alma que entre aquí se arriesga a morir de alguna infección o tropezarse y morir.

-¿Vinieron a decirme algo o a criticar mi casa?

-Ya se ha recuperado, Detective Stark. Igual que su compañero, Rhodes.

La pelirroja sirvió tres tazas de café que llevó a la sala donde se sentaron donde pudieron. El aroma y sabor del café cargado ayudaron a que el castaño volviera a sus cabales.

-¿Qué desean ahora de nosotros?

-Mañana tienen un viaje a las 600 horas -informó el hombre, dejando sobre la mesa atiborrada de cajas de pizza y cupones un par de boletos de avión- Iremos a Nuevo México, volveremos el lunes temprano.

-Las horas extra generan pagos extra.

-Tenemos algo importante -continuó Natalia, mirándole- Quizá intentaron borrar rastros e impedir que siguiéramos acercándonos, pero ahora la jugada ha cambiado.

-¿Ah, sí? ¿Podrían explicármelo con manzanitas?

-No lleven sus placas ni sus armas, esta operación sigue bajo mi jurisdicción, nosotros seremos quienes les demos las armas que necesiten, pero no será el caso.

-Un momento, ¿por qué a Nuevo México?

-Tenemos una base de operaciones ahí -sonrió la pelirroja- Le pertenece al ejército, sin embargo, nos la presta de vez en cuando.

-¿Van a decirme qué haremos?

-Estén puntuales en el aeropuerto, Stark, si no se presentan, estarán fuera y su jefe no estará encantado con mi reporte.

-Ahora me chantajean -gruñó el castaño algo ofendido- Gracias por no responder.

-No lo olviden, a las 600 horas.

-¿Eso es… -Tony miró su reloj- en cuatro horas?

-Más vale que descanse -Fury dejó su taza vacía sobre la repisa de la chimenea, acomodando su gabardina para salir por la puerta principal.

-Buena marca de café, tienes buen gusto.

-Sí, bueno, gracias.

Romanova le sonrió, acercándose para darle un beso en su mejilla.

-Baño frío y un desayuno fuerte. Será un fin de semana pesado. Te veré en el aeropuerto.

-¿Cómo puedes estar segura de que iré? -el castaño frunció su ceño.

-Sé que estarás. Hasta entonces, Tony.

-Cuídate, Nat. Y gracias por el café.

-Deberías limpiar un poco.

-¡Fuera!

Stark se quedó al pie de su puerta, observándoles perderse en una esquina donde seguramente estaba su misterioso transporte. Bufó un poco, mirando su taza vacía que dejó en el fregadero, entre otros tantos trastes. Llamó a Rhodey para avisarle, compartiendo su desconcierto ante la poca información que le habían proveído, aceptando que esa malsana curiosidad de gato iba a matarlo un día de éstos. Cuando se coordinó con el otro detective para llegar juntos al aeropuerto, subió a su recámara a darse un baño de agua bien fría. Sus pensamientos volvieron hacia la figura de Steve Rogers, esa sonrisa leonina, su mirada depredadora que le comía en cada movimiento. Recordó esos tiempos en el colegio católico, sus travesuras a escondidas de los sacerdotes, las noches en que compartieron una misma cama al tener miedo de los relámpagos, alguna rama azotándose contra la ventana de sus dormitorios o esas historias que al rubio encantaba contar.

Siempre guardó en secreto aquella mañana cuando Rogers le mostró ese conejo, cuando le besó con la inocencia propia de sus años pero que se había sentido de tal forma que jamás había podido olvidarlo. Por ello Pepper le había gustado tanto, si bien ella se había ganado un lugar en su corazón, también era cierto que evocaba ese recuerdo que le alteraba la mente. Alta, rubia, de ojos azules. Cuando su novia se dio cuenta de sus escapadas a ese bar, de esos amantes ocasionales que seguían una misma fisonomía, es que su relación tocó punto final. Tony siempre quiso saber la respuesta a esa debilidad suya, pero no encontraba respuestas. La sensación de la mano de Steve sobre su espalda, ese gesto tan seguro como sus palabras guiaron su mano a su miembro, con el agua cayéndole en la espalda y cabellos.

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Ven a verme, Tony.

Mi Tony.

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Apoyó la mano libre contra la pared, rasguñándola un poco mientras aquellos dedos envolvieron su naciente erección, comenzando a masturbarse. El aliento con aroma a vodka, esa voz tan fuerte, ronca, segura. Los ojos depredadores, la sonrisa perfecta de dientes perfectos.

Ven a verme, Tony.

El castaño apretó sus dientes, ahogando el gemido que brotó con fuerza desde su agitado pecho, recargando su frente contra la pared. Los músculos de su cuerpo se tensaron, ese calorcillo de su entrepierna, la corriente eléctrica recorriendo desde la punta de los dedos de sus pies a sus cabellos que se pegaron a su frente y mejillas. Su pene tan duro, palpitando al sentir la llegada inequívoca de un orgasmo apurado, delicioso, tan pecador al imaginar que era la mano de Steve, esa mano de piel rasposa apretándole, recorriendo la piel estirada, las formas de sus venas resaltadas. Steve sonriéndole al pasar un pulgar por su glande, invitándole a terminar.

Ven a verme, Tony.

Stark se arqueó, gritando el nombre del rubio al venirse con sus caderas moviéndose apuradas contra su mano que se manchó de blanco, sosteniéndose de la pared con una mano temblorosa. No hubo más sonidos escapando de sus labios entreabiertos, jadeando por aire para sus pulmones. El castaño abrió sus ojos, permitiendo que el agua se llevara las evidencias de su orgasmo, tallándose su rostro con algo de rabia. ¿Por qué debía tener una fijación con su amigo de la infancia justo ahora cuando tenía el caso de su vida? Era perverso. Terminó de lavarse, tumbándose en la cama desnudo, sin ánimo de vestirse porque le quedaba poco tiempo para dormir un poco más. Ya recuperaría más descanso durante el vuelo. Con la alarma puesta, se dejó llevar a la tierra de Orfeo, arrullado por esa voz tan seductora.

Mi Tony.