CAMBIOS
Por Catumy
Capitulo 4
Cuatro días. Cuatro largos días. Les había suplicado un descanso de dos días para poder ver a su familia y, como siempre, se había retrasado. Y ahora él tenía que esperar ¿verdad? Pues de eso nada. Estaba cansado de soportar a Shippo reclamándole diariamente que fuera a buscar a Kagome, que él tenía la culpa de que no quisiera volver porque siempre la trataba mal… Estaba cansado de escuchar bofetadas por que Miroku no era capaz de mantener las manos quietas. Estaba cansado de que Sango vomitara todas las mañanas y de que Shippo le hiciera sentir culpable acusándolo de no ser comprensivo con los malestares típicos de un embarazo. Y, sobretodo, estaba muy cansado de que Miroku le acosara para que se fuera al futuro a buscar a Kagome para así poder quedarse él a solas con Sango y tratar de aclarar su relación con ella.
Aunque lo peor de todo eran las excusas que el pervertido le daba para tratar de convencerle:
- Piénsalo Inuyasha, en su mundo todo son facilidades. Podéis cerrar la puerta, retozar sobre un lecho blando y no preocuparos por los ruidos ya que allí no hay demonios con los sentidos súper desarrollados. Si pudiera iría yo mismo a buscar a la señorita Kagome pero mi Sanguito necesita mi atención…
A decir verdad, lo único que necesitaba Sango era que se mantuviera bien lejos de ella ya que desde que se entero de lo del embarazo no hacía más que acosarla preguntándole si se encontraba bien, si necesitaba algo, no dejaba que Shippo se subiera encima de ella… Ni siquiera la dejaba cargar con el Hiraikotsu, como había hecho durante toda su vida.
Así que, en definitiva, todos estaban esperando que Inuyasha saltara al pozo para traer de vuelta a esa chica que parecía proporcionar calma al grupo. Le diría a Miroku que Sango no era una inválida y a Sango que fuera más cariñosa con el monje. Y dormiría con Shippo entre sus brazos, dándole el cariño que nunca tuvo desde que murieron sus padres. En cuanto a Inuyasha… Si Kagome regresaba, a él simplemente le dejarían en paz.
De un ágil salto subió a un árbol desde el que podía ver con toda claridad el Pozo Devora-Huesos. Un salto más y estaría en ese otro mundo tan diferente, en el mundo de Kagome. Pero algo le impedía saltar. Si iba a buscarla y conseguía que volviera podrían seguir su viaje y los ánimos de todos se calmarían pero ¿Estaría ella dispuesta a escucharle? Desde que le dijo que ella solo debía preocuparse de los fragmentos no habían vuelto a hablar, ni siquiera se había despedido de él cuando saltó el pozo para volver a su época. En cierto modo, entendía su enfado pero ¿Por qué era esa niña tan cabezota como para no entender los motivos que lo impulsaban a negarse a que ella peleara? Se lo había dicho un montón de veces, él solo se bastaba para pelear contra quien fuera, no necesitaba la ayuda de una humana débil ¿Débil? Pensándolo detenidamente hacía mucho tiempo que Kagome no era precisamente débil.
Sus flechas purificadoras habían adquirido un gran poder y pocas veces fallaba en sus tiros. También era más rápida y precisa detectando los fragmentos de la Shikon. Y físicamente no se quedaba atrás. Se había convertido en una mujer decidida, valiente… Era una hembra que merecía ser tomada en cuenta en muchos aspectos. Sacudió la cabeza ¿En que demonios estaba pensando? Kagome no era más que una niña, aquella que le liberó del sello, aquella que rompió la perla se Shikon. Pero, debía reconocerlo, la que consiguió tomar por sorpresa a Miroku, la que vio aquel día cambiándose junto a unas aguas termales era una mujer en toda regla, de eso no le cabía ninguna duda.
A lo lejos, escuchó el sonido de una bofetada seguido de la voz de una mujer acusando a alguien de ser un pervertido. Incapaz de seguir en esa situación, saltó al interior del pozo. Prefería enfrentar a Kagome que seguir un día más soportando las peleas y reproches de Sango y Miroku.
Miró hacia arriba y vio un tejado sobre la obertura del pozo. Bien, había viajado al futuro, al tiempo de Kagome. Con su agilidad característica pronto estuvo fuera del pozo sin necesidad de usar esa especie de escalera colocada en el borde, seguramente para que Kagome la usara en sus visitas. Una vez fuera del pozo, subió un par de escalones y abrió la perta de la pequeña caseta para encontrarse de lleno en el patio del templo Higurashi.
Frente a él estaba la pequeña casa donde vivía Kagome, con todos esos aparatos extraños de los que salía comida. Con ese enorme recipiente donde de vez en cuando lo habían obligado a meterse cuando estaba llena de agua ardiendo y… allí estaba esa habitación que tanto olía a Kagome, esa habitación donde era capaz de relajarse y de dormir tranquilamente… Esa cama donde deseaba echar a Kagome mientras, lentamente, la convertía en su esposa… ¡¡De donde demonios había salido ese pensamiento!
Estaba sacudiendo su cabeza con toda la fuerza que podía cuando escuchó unos aplausos viniendo de la parte trasera del templo, seguidos de la voz de ese niño que decía ser hermano de Kagome
- ¡Bravo hermanita! Justo en el centro.
La curiosidad pudo con él y se encaramó a un árbol para poder ver lo que estaba pasando sin ser descubierto. Si había personas desconocidas podían ver sus orejas, y eso seguro que molestaría a Kagome. Desde su posición privilegiada pudo ver a Souta y al viejo decrépito, sentados a la sombra de los árboles. Frente a ellos, varios metros más adelante, había una especie de círculos de colores pintados sobre una madera. Se preguntó que demonios era eso y por que los dos hombres lo miraban con tanto interés.
Giró la cabeza hacia un lado, siguiendo el olor de Kagome y la encontró parada a unos 20 metros de donde estaban sus familiares, con la puesta de sol detrás de ella, el cuerpo perlado de gotas de sudor que hacían que esa extraña camisa que utilizaba, que no era el tipo de ropa conservadora que él estaba acostumbrado a ver, se pegara deliciosamente a su cuerpo, haciendo que el hanyou no fuera capaz de apartar su mirada de los pechos firmes de Kagome.
Ajena a esa mirada de reconocimiento, Kagome estiró un brazo para tomar una lecha del caraj que llevaba a la espalda. La colocó en el arco y respiró suavemente, tratando de concentrarse en el centro de la diana. Levantó ambos brazos con gracia y tensó la cuerda del arco. Sabía que tanto su abuelo como su hermano la estaban mirando pero que no tenía que ponerse nerviosa por la expectación.
Inuyasha aguantó la respiración. Podía ver como los brazos y hombros de Kagome estaban en tensión. Se sentía fascinado por el movimiento delicado de sus pechos al respirar y esos ojos concentrados en su objetivo. De repente, todo se quedó en silencio. La flecha salió disparada.
El delgado proyectil parecía cortar el aire durante su rápido viaje hasta el centro de la diana. Souta y su abuelo aplaudieron de nuevo al comprobar otra vez que la puntería de Kagome era muy buena, teniendo en cuenta la distancia a la que se encontraba de la diana. Pero Inuyasha no miraba la flecha. Sus ojos se habían quedado fijos en Kagome.
Un segundo antes su cuerpo estaba en tensión pero al soltar la flecha, parecía como si todo se hubiera relajado en ella. El cabello meciéndose suavemente con el viento, la respiración contenida justo en el momento de disparar que volvía a su ritmo natural al soltar la flecha… Cada movimiento parecía formar parte de una danza, de un ritual de perfección. Era tan diferente de cuando era Kikyo la que disparaba… La miko había sido, y de hecho seguía siendo, una arquera excelente pero ella nunca había conseguido esa armonía con su entorno como la que tenía Kagome ¿O él nunca la había encontrado? Lo que Kikyo hacía estaba siempre rodeado de frialdad, como si lo hiciera mecánicamente mientras que Kagome… ella parecía implicarse en todas las cosas que llevaba a cabo.
- Mira, es el hermanito Inuyasha
La voz de Souta lo sacó de sus pensamientos. En un descuido por su parte, había quedado expuesto a las miradas de cualquiera. Maldijo interiormente por ser descubierto pero se vio forzado a bajar si no quería que pensaran que estaba espiando a Kagome o algo peor.
- Maldito demonio, ya vienes a llevarte a nuestra Kagome.
- ¡Abuelo! – Kagome se había acercado hasta donde estaban los tres varones, colocándose junto a Inuyasha para que su abuelo dejara los insultos para otro momento. Si el hanyou estaba allí debía ser por ella no porque tuviera ganas de escuchar sermones ni conjuros en su contra. – Será mejor que vayáis a bañaros vosotros primero. Yo recogeré esto.
- Claro hermanita. Hasta luego orejas de perro.- Souta se marchó alegremente y el abuelo lo siguió aunque a regañadientes. Inuyasha no se atrevía ni a mirarla, consciente de la clase de pensamientos poco apropiados que habían acudido a su mente al ver de tan cerca el busto de Kagome apretado debajo de la ropa y ese olor que lo estaba poniendo nervioso.
- ¿Has venido a buscarme? – preguntó ella mientras que arrancaba la flecha de la diana donde estaba clavada.
- Has vuelto a retrasarte. – contestó él de la forma más seca que pudo.
- He tenido cosas que hacer.
- ¿Más importantes que los fragmentos de la perla?
- Los fragmentos de la perla no son el centro de mi existencia ¿sabes?
Dejándolo con la palabra en la boca se dirigió a un pequeño almacén situado en la parte posterior de la casa, donde colocó con cuidado el arco, las flechas y la diana, dejándolo todo listo para cuando quisiera entrenar de nuevo.
- ¿Vas a decirme que ha pasado? – la voz de Inuyasha sonó muy cerca detrás de ella pero intentó mantener la calma cuando se dio la vuelta con cuidado. Tal como pensaba, estaba justo detrás de ella, a muy poca distancia pero la suficiente para que sus cuerpos no se tocaran. Buscó sus ojos pero él los mantenía desviados como si no le importara lo que ella tuviera que decirle.
- Souta ha estado enfermo y me quedé para ayudar a mi madre.
- No me ha parecido enfermo.
- Hoy se encontraba mejor.- encogiéndose de hombros intentó salir pero una mano firma se lo impidió, apoyándose contra la pared y bloqueando el paso.
- ¿Y cuando pensabas volver?
- Mañana, para la fiesta de la cosecha. A demás, quería conseguir algunas cosas que los chicos me habían pedido. ¿Quieres saber algo más?
Se miraron a los ojos durante un par de segundos hasta que Inuyasha se sintió cohibido y retiró el brazo para que ella pudiera pasar. Por su tono de voz y por la forma de mirarle se veía que aún estaba molesta con él. Un momento ¿Desde cuando él se sentía cohibido por una mujer? Corrió hacia ella y la tomo por el brazo, pegándola a su costado y dominándola desde su altura superior.
Los dos se miraron sorprendidos. Ella por verse agarrada y él por haberla agarrado. Pero ya que había tenido la audacia de cogerla así, ahora tenía que ser capaz de darle una explicación así que dijo lo primero que se le ocurrió.
- Quiero ramen. – Una gota cayó por la frente de Kagome
- ¿Desde cuando me coges así para pedirme comida? Estás muy extraño Inuyasha.
Pero Inuyasha no la escuchaba. Desde que ella había pronunciado la primera sílaba, él se había quedado prendado de sus labios y del dulce aliento que emanaba de ellos. Quería probarlos. Kagome se dio cuenta de lo que estaba mirando y se puso nerviosa. ¿Acaso iba a besarla? Su cabeza estaba echa un caos, no era capaz de recordar si se había lavado los dientes esa mañana…
- Inuyasha…
Él se acercó un poco más, solo lo suficiente como para poder sentir la respiración de Kagome contra sus labios. Cerró los ojos y se concentró en esa sensación pero no la soltó ni hizo ningún otro movimiento. Kagome tragó saliva. ¿Hasta cuando iba a torturarla de esa forma? Ella deseaba que avanzara un poquito más y la besara de una buena vez pero estaba demasiado cortada como para pedírselo o hacerlo ella misma.
La mano libre de Inuyasha acarició suavemente la mejilla de Kagome, bajando en dirección al cuello. Ella notó como le temblaban las piernas y rezó por no desmayarse en ese mismo instante. La misma mano subió de nuevo y la tomó firmemente por la barbilla mientras que la cabeza del hanyou bajaba para capturar sus labios en un deseado beso. Kagome abrió los ojos un segundo antes de cerrarlos y abandonarse por completo. Lo había deseado durante mucho tiempo, demasiado, y ahora lo tenía allí. Los labios secos y firmes de Inuyasha estaban siendo suyos. Sin darse cuenta, sus manos se aferraron al haori rojo, como tratando de retener al dueño junto a ella.
Al sentir las manos de ella sobre su cuerpo, fue como si el hanyou despertara de un extraño sueño. Y vaya despertar. Estaba besando a Kagome ¿Cómo había llegado a esa situación? ¿En que momento había perdido el control de sus actos? ¿Y por que ella no lo había mandado inmediatamente al suelo como solía hacer? Estaba demasiado confundido así que se apartó bruscamente de Kagome, haciendo que ella perdiera el equilibrio y cayera al suelo, quedándose sentada de golpe. El muchacho apartó rápidamente la vista para no mirar el movimiento del torso de Kagome con esa respiración tan agitada ni sus mejillas todavía ruborizadas. Le dio la espalda dispuesto a tratar de ignorar lo que había pasado un segundo antes.
Kagome se frotó la zona dolorida por la caída, extrañada. Levantó la vista y solo vio la ancha espalda de Inuyasha. Se levantó despacio y avanzó un paso hacia él, temiendo cualquier reacción por parte del hanyou.
- ¿Inuyasha?
Una de las blancas orejas que adornaban la cabeza del chico se movió ligeramente pero, por lo demás, no hubo ninguna otra reacción a simple vista aunque dentro de su cabeza hubiera una gran actividad para decidir que era lo más adecuado en una situación como esa. Finalmente, sus piernas se movieron conduciéndolo hacia la casa y sus labios hablaron.
- ¿Vas a darme el ramen o seguiremos perdiendo el tiempo?
Un fuerte tirón de pelo le obligó a detenerse. Como odiaba que ella hiciera eso.
- ¿Qué quieres decir con perdiendo el tiempo?
- ¿Cómo llamas tu a lo que estábamos haciendo ahora?- al momento se arrepintió de haber formulado esa pregunta, especialmente al ver la expresión dolida de Kagome cuando él se volteó para responderle.
- Yo le llamo… - retiró la vista. No era capaz de pedirle explicaciones por haberla besado, estaba demasiado avergonzada por lo ocurrido. – Olvídalo, es mejor que nos vayamos.
- Perfecto, entonces comeremos y después volverás conmigo para seguir buscando la perla de Shikon.
Al parecer Kagome no le había dado demasiada importancia a lo sucedido ya que no había reaccionado de ninguna forma. No se había enfadado, ni lo había mandado al suelo, pero tampoco se había vuelto loca de alegría. Lo único que había expresado era una extraña indiferencia. Aunque, mediante su privilegiado olfato, Inuyasha notaba la confusión que rodeaba a la chica. Pero aún así decidió no darle más vueltas al asunto y siguió caminando hacia la casa.
- Inuyasha…
El débil tono de voz de Kagome le hizo girarse. Ella no había dado ni un paso y seguía quieta en el mismo lugar. Inuyasha se acercó nuevamente.
- ¿Pasa algo malo Kagome?
- ¿Por qué me has besado? – la pregunta fue hecha de forma directa, sin titubeos y manteniendo la mirada fija en los ojos dorados que la miraban con asombro. Jamás hubiera esperado que ella fuese capaz de ser tan decidida en un tema tan delicado como ese. – No ha sido por el ramen ¿verdad?
Inuyasha desvió la vista, como hacía siempre que no estaba cómodo con su entorno.
- No, no ha sido por el ramen.
- ¿Entonces? – se acercó un poco más a él pero sin tocarle. ¿Acaso Inuyasha sentía algo por ella?
El medio demonio se sintió acorralado. ¿Qué podía contestar? No iba a decirle que sentía nada por ella porque no era así. Kagome era su compañera, su amiga, pero nada más. ¿Qué posibilidades le quedaban? Las opciones eran pocas y todas ellas entrañaban un riesgo importante para su integridad física.
- ¡Contéstame Inuyasha!
- ¡Maldita sea! ¡La culpa es tuya!
- ¿Cómo? – ella se apartó un poco. Eso no era lo que esperaba escuchar.
- ¿Qué esperabas? Tú eres la que se viste de esa forma, con la ropa pegada al cuerpo y encima ese olor…
De la sorpresa pasó al enfado ¿Estaba diciendo acaso que olía mal? De acuerdo, había estado haciendo ejercicio y había sudado un poco pero tampoco era para ponerse de esa forma. ¿Y eso que tenía que ver con besarla?
- Yo solo venía a buscarte – siguió hablando el hanyou haciendo caso omiso a la cara de enfado de Kagome – y te encuentro así, provocando. Y encima me preguntas el por qué…
- ¿Cómo te atreves a culparme a mí? En mi tiempo cada cual se viste como quiere y el problema es del que mira
- ¿Qué quieres decir con eso?
- ¡Que eres un pervertido! Debes estar pasando demasiado tiempo con Miroku, aunque por lo menos tu estrategia no es la misma.
- ¿Estrategia? – Inuyasha parpadeó confundido ¿Le estaba comparando con el monje?
- Él ataca con las manos y tú con los labios ¿no? Muy bonito Inuyasha, pero déjame decirte que igual que le paré los pies a él te los pararé a ti si intentas propasarte ¿Has entendido?
Pasó por su lado sin tocarle y caminó, muy digna hacia su casa. Ya había tenido demasiado por ese día. ¿Cómo se atrevía a decirle que vestía muy provocativa? Si llevaba un pantalón largo y una camiseta de deporte como las del colegio, no era para tanto… Aunque puede que si le quedara algo ajustado pero eso era culpa del sudor y cualquier persona en su sano juicio era capaz de verlo. Solamente un pervertido buscaría segundas intenciones en su atuendo.
- ¡Kagome! No eres nada bonita ni sexy así que ni loco intentaría nada contigo.
Ella se quedó parada en el sitio. Acababa de decirle que no era bonita. Ni sexy… ¿Acaso Inuyasha pensaba en las mujeres de esa forma? Se sintió insultada, humillada. Primero la había besado y después le decía todo eso… Pero no pensaba dejar las cosas así.
Inuyasha la vio detenerse y pensó que había ganado. La verdad era que desde que ella le exigido que le contestara las palabras habían salido de su boca solas, sin pensarlas antes de decirlas., como le pasaba siempre que discutía con Kagome. Puede que se le hubiera ido un poco la mano al decirle que su ropa era muy provocativa pero parecía haber surgido efecto. Al menos, ella no había insistido con el tema del beso. Pero de pronto sintió como el olor de ella cambiaba radicalmente, justo después de decirle que no era bonita ni sexy. Furia. Lo conocía demasiado bien, muy a su pesar. Esperó a escuchar la palabra mágica pero ésta no llegó. En su lugar, Kagome se volteó y caminó hasta pararse justo delante de él, a una distancia prudente pero que no evitó que él volviera a ponerse nervioso por ese deseo repentino de tomarla entre sus brazos. Kagome se quedó muy quieta, como si estuviera dudando sobre lo que era más adecuado hacer en ese momento.
- ¿Eso crees de mí?
- ¡Feh! Lo que tienes que hacer es concentrarte en tu misión y volver a mi época.
- Inuyasha ¡Eres un idiota!
Mientras le gritaba levantó una mano por encima de sus cabezas y abofeteó la mejilla del hanyou con toda la fuerza que le permitió su brazo., antes de marcharse corriendo hacia su casa.
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Hacía un largo rato que el sol había desaparecido pero Inuyasha no había tomado una decisión. No sabía si volver al Sengoku y esperar a que todo se arreglase o bien si la mejor opción era entrar en la casa de Kagome y hablar directamente con ella. De momento, estaba subido en lo alto del árbol del Tiempo, aquel en el que estuvo sellado, esperando a que ocurriera algo que le hiciera decidirse.
Pero ni el delicioso olor a comida que salía de la casa ni el recuerdo de las lágrimas que bañaban el rostro de Kagome cuando lo abofeteó eran estímulos suficientes. Se había comportado como un auténtico cretino. Y ella le había pegado. La mejilla hacía rato que no le dolía aunque todavía se la notaba caliente. Era la primera vez que Kagome le golpeaba pero lo cierto era que esa bofetada le había dolido más que cualquier 'osuwari' recibido jamás, y no lo decía por el dolor físico, ya que, al fin y al cabo, ¿Qué era la bofetada de una mujer humana teniendo en cuenta que el tenía la sangre de un poderoso youkai corriendo por sus venas?
- Inuyasha, ¿No vas a cenar con nosotros?
La suave voz de la madre de Kagome sonó bajo sus pies. La buena mujer se había acercado sin apenas hacer ruido, sorprendiéndolo. El hanyou bajó de un salto para poder hablar con ella estando al mismo nivel.
- No creo que sea buena idea.
- ¿Lo dices por Kagome? No te preocupes Inuyasha, ha sido ella la que me ha pedido que te llamara. A decir verdad, nosotros ni siquiera sabíamos que estabas ahí arriba. – la amable señora le dirigió una sonrisa idéntica a la de Kagome, lo que hizo que el hanyou la siguiera mansamente hasta la casa.
Una vez dentro, lo hizo sentarse a la mesa y comenzó a sacar platos y bandejas, preparándolo todo para que la familia pudiera cenar.
- ¿Ha sido Kagome la que se lo ha pedido?
- Me dijo que no quería que cogieras frío. Pobrecita, ella ha tenido que quedarse estos días en cama con fiebre así que seguramente no quiere que te pase lo mismo a ti.
- ¿Han estado todos enfermos?
- ¿Todos? No, solamente Kagome. Ella quería marcharse a tu época pero no se lo quise permitir al menos hasta que desapareciera la fiebre.
- Ella me dijo que fue su hermano el que…
- Pobre hija mía. Lo más seguro es que no quisiera preocuparte. No le digas que te lo he contado ¿De acuerdo?
Justo en ese momento Kagome entró abruptamente. Iba a decir algo pero al ver a Inuyasha se calló de golpe y evitó mirar la mejilla golpeada del chico. No podía creer que hubiera sido capaz de pegarle, con lo fácil que era mandarlo al suelo… Supuso que fue solo una reacción espontánea, que le impidió contener sus impulsos y pensar con tranquilidad. Pero es que Inuyasha era un irremediable bocazas.
La cena transcurrió en relativa calma. No hubo ni peleas, ni insultos, ni maldiciones. En cambio hubo una conversación animada entre tres de las personas allí sentadas, mientras que las otras dos comían en silencio intentando aparentar una indiferencia por el otro que ninguno de los dos sentía
Kagome fue la primera en terminar. Dio gracias por la cena y se levantó.
- Kagome, has comido muy poco.
- No tengo hambre esta noche mamá.
- Pero hermanita, ¿Así como piensas curar tu resfriado?
- ¿Qué resfriado? Si me encuentro perfectamente…- la muchacha rió un poco de forma nerviosa y miró a Inuyasha de reojo. Gracias a su hermano y a su inocente comentario, el hanyou acababa de enterarse de que le había mentido acerca del motivo por el que había tardado en regresar al Sengoku. Pero Inuyasha no movió ni un músculo ¿Es que acaso no le importaba?
- Kagome, debes alimentarte bien. Todos conocen la leyenda del duende del resfriado que se aprovecha de los estómagos vacíos y…
- ¡Abuelo! – lo atajó Kagome. No estaba de humor para escuchar las extrañas historias del anciano – He dicho que estoy bien. Me voy a dormir.
- ¿De verdad existe ese duende abuelo? – Souta, a pesar de haber crecido en ese tiempo, seguía siendo un niño inocente.
- ¡Por supuesto que existe! Cuenta la leyenda que se alimenta de todo lo que entra en el estómago de las personas que les produce fiebre y tos. Por eso la mejor forma de eliminarlo es atiborrándolo a comida y procurando que…- Inuyasha no estaba escuchando. Su mirada estaba fija en la puerta por la que Kagome acababa de salir. Sin decir nada, se levantó y siguió los pasos de la muchacha.
Mientras los dos varones de la familia seguían entregados en esa conversación tan… surrealista, la señora Higurashi vio como el hanyou seguía los pasos de su hija. "Como un perrito". Sonrió para sí misma y pensó que todo saldría bien entre esos dos si no se empeñaban en ser demasiado tercos.
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Kagome estaba de pie en el centro de su cuarto, de espadas a la puerta. Acababa de sacarse la ropa y, vestida solamente con la ropa interior, tomó de encima de la cama un fino camisón que usaba desde hacía un tiempo cuando estaba en casa. Después de todo, los pijamas de animales eran demasiado infantiles para una chica que cada día ponía en peligro su vida enfrentándose a demonios. La prenda era sencilla, de algodón, con unas finas tiras que dejaban al descubierto sus brazos y hombros, además de una parte de su pecho. Era una prenda muy sencilla pero ¿Sería provocativa para Inuyasha? No quería que volviera a acusarla de andar provocando… Ladeó la cabeza molesta con ese pensamiento. Al parecer, lo que el hanyou le había dicho acerca de que se vestía provocativa le había calado hondo. Se encogió de hombros.
- Si no le parece bien, que mire para otro lado.
Levantó los brazos y deslizó la suave prenda por ellos para luego dejarla caer a lo largo de su cuerpo. La tela cayó lentamente, acariciando sus bien delineadas formas y cubriendo su piel. Acomodó las costuras del camisón para que no le quedara torcido y se dio la vuelta. Había alguien en la habitación con ella. Alguien que no había escuchado entrar. Alguien que la había visto cambiarse. No se tomó la molestia de gritar.
- ¿Desde cuando te has convertido en un pervertido Inuyasha?
El hanyou la miró a los ojos. De su mente no se borraba la imagen del cuerpo semidesnudo de la chica, con esas pequeñas piezas de ropa cubriendo ciertas partes de su cuerpo. La tela de esa especie de vestido que ahora llevaba bajando suavemente por sus curvas… no se le quitaba de la cabeza la idea de que esa tela podría ser su mano y que podría sentir el tacto de la piel de Kagome como nunca antes lo había sentido… Un momento ¿Acababa de preguntarle algo? Debía improvisar una respuesta.
- ¡Feh! – Bendijo esa expresión tan suya que siempre le sacaba de apuros.
- ¿Qué quiere decir eso?
- ¿Acaso estás sorda?
- ¡Osuwari! – el hanyou golpeó, como hacía habitualmente, con su rostro en el suelo del dormitorio de Kagome. Ella retiró la mirada de él para retirar las mantas de la cama, dispuesta a irse a dormir.
- Kagome… - consiguió decir Inuyasha mientras intentaba despegar su cara de la alfombra.
- No se te ocurra preguntarme porque te he mandado al suelo, Inuyasha.
- No… no es…eso. – Finalmente el hechizo perdió su efecto y pudo sentarse en el suelo con las piernas y los brazos cruzados.
- ¿Entonces?
- Me… me alegro…
- ¿Te alegras? – Ella se acuclilló frente a él para poder mirarlo a la cara mientras hablaban - ¿De que?
- De que me hayas mandado al suelo.- Kagome posó su tibia mano en la frente del hanyou, comprobando que no tenía fiebre. Él retiró la cara, molesto de que se lo tomara a broma.- ¿Qué estás haciendo?
- ¿No te encuentras bien Inuyasha? Acabas de decirme que te alegras de que diga la palabra mágica…
- Mejor eso que una bofetada – confesó impulsivamente. Ambos se miraron un instante antes de apartar sus mirada, avergonzados.
- Inuyasha, siento haberte golpeado… Pero es que lo que me dijiste…
- Olvídalo Kagome, yo dije muchas cosas que no eran ciertas. Pero es mejor que dejemos las cosas tal y como están ahora.
Ella dudó un momento. Dejar las cosas así significaba que no sabría el verdadero motivo por el que Inuyasha la había besado pero ¿realmente eso importaba? Supuso que lo único importante era el beso en sí, y no el motivo que lo impulsara. Al fi y al cabo, ella lo había besado una vez para impedir que se transformara y él no había pedido explicaciones por ello ¿verdad? Aún así era un recuerdo agradable a pesar de la situación que rodeó a ese beso.
- Mañana volveré al Sengoku.
- ¿Estás curada del todo?
- Veo que me has pillado… - una gota se escurrió por la frente de Kagome – Siento haberte mentido pero es que no quería preocuparte…
- ¿No ves que me preocupo más si no sé lo que te ha pasado? Creía que te había pasado algo…
- ¿Estabas preocupado por mí? – los ojos castaños de la chica empezaron a brillar extrañamente. ¿Por qué le gustarían tanto esas manifestaciones de preocupación por parte de Inuyasha?
- ¡A ti que te parece! Ahora vete a dormir porque mañana te arrastraré si es necesario – contestó él de mala gana. Kagome le regaló una sonrisa luminosa antes de meterse en la cama y taparse hasta el mentón. Estaba contenta. Parecía que al final todo estaba saliendo más o menos bien. Había tenido una discusión importante con Inuyasha pero él le había dicho que se preocupaba… Bueno, no se lo había dicho exactamente pero lo había insinuado. Y, lo mejor de todo, esa tarde Inuyasha la había besado… El balance final del día era extremadamente positivo.
- ¿Kagome?
- Dime…
- ¿Te resfriaste por esos cubos de agua que te lanzaba Miroku?
- Seguramente…
Kagome pensó en la forma en la que finalmente había conseguido vencer en ese campo a Miroku y reprimió una risita. Aún le quedaba mucho por aprender pero se sentía muy orgullosa de los progresos que había realizado en muy poco tiempo.
- ¿Kagome?
- Mmmm.
- Estaba pensando en algo que dijiste antes.
- ¿Qué dije?
FLASHBACK
- ¿Qué quieres decir con eso?
- ¡Que eres un pervertido! Debes estar pasando demasiado tiempo con Miroku, aunque por lo menos tu estrategia no es la misma.
- ¿Estrategia? – Inuyasha parpadeó confundido ¿Le estaba comparando con el monje?
- Él ataca con las manos y tú con los labios ¿no? Muy bonito Inuyasha, pero déjame decirte que igual que le paré los pies a él te los pararé a ti si intentas propasarte ¿Has entendido?
FIN DEL FLASHBACK
- ¿Eso dije?
- Si… ¿Que querías decir con eso de que Miroku ataca con sus manos y que tu le paraste los pies?
- Bueno es que… No tiene importancia, Inuyasha. Olvídalo.
- Quiero saber por que me comparas con Miroku.
- Verás es que… Miroku me quería ayudar para que me volviera más rápida esquivando ataques y… digamos que sus métodos son poco ortodoxos.
- ¿Se ha propasado contigo?- su voz sonó repentinamente enfadada.
- No. Solo que… Se valió de sus 'habilidades' para hacerme reaccionar.
- ¿Te estuvo tocando?- Inuyasha se levantó de golpe. Kagome, al verlo tan alterado, se incorporó en la cama.
- Tranquilízate Inuyasha. Como ya te dije, le paré los pies.
El hanyou recordó ese día en el que el monje regresó con una tremenda bofetada en la cara que no era obra de Sango. Que iluso había sido confiando en los métodos de Miroku. Había estado tan ciego… Bastaba con ver la sonrisa pervertida del monje y la expresión de Kagome cada vez que regresaban de esos entrenamientos. Sintió la sangre hervir en sus venas.
- Maldito pervertido, como se atreve a ponerte un dedo encima.
- Ya te dije que había terminado con eso.
- ¿Lo has terminado? Yo lo terminaré y te aseguro que se le quitarán las ganas de acercarse a ti de nuevo.
- ¿No crees que estás exagerando un poco?
- ¡Por supuesto que no estoy exagerando! Él no tiene ningún derecho a tocarte. Tu eres… - cerró la boca de golpe. Los ojos de ella lo miraban de forma curiosa. "Maldita sea ¿Qué he estado a punto de decir?"
- ¿Inuyasha?
Él la miró al escuchar su nombre. Se había levantado y podía verla de cuerpo entero, exceptuando las partes cubiertas por la ropa. Aunque Kagome dijera que le había parado los pies, ya vería ese libinidoso cuando lo pillara a solas. Se iba a enterar de una buena vez que no era recomendable tocar a la hembra de un demonio perro.
- ¿Inuyasha estás bien?
¿La había considerado su hembra? Había pensado en ella como la hembra de un demonio perro… Quizás no estuviera del todo mal el tenerla para sí mismo, como su compañera…
Kagome alargó un brazo y tocó suavemente una de las mangas del haori rojo de Inuyasha. Estaba preocupada de verlo así, tan tenso y sin responder de ninguna forma. Por otra parte, la estaba mirando mucho y eso la hacía sentirse extraña. Inuyasha se apartó ligeramente, evitando que hubiera contacto entre ellos. Lo último que necesitaba ahora era que lo tocara y lo hiciera perder el control.
- Vamos a dormir Kagome.
Ella regresó a su cama y él al rincón que solía ocupar cuando se quedaba a ese lado del pozo. Kagome pronto se quedó dormida mientras él la miraba intensamente. Era una mujer preciosa. Y tarde o temprano debería tomar una decisión. Se juró a sí mismo que siempre estaría a su lado y que no iba a permitir que nada le pasara jamás.
Y también se juró que Miroku sabría quien era el medio demonio Inuyasha en cuanto regresaran al Sengoku.
