Capítulo IV
Magic National Gallery de Londres
2 de abril de 2003
Mi madre me llevaba a la galería de arte cuando era niño y ahora que finalmente estaba preparado para emanciparme, decidí que quería un cuadro para mi nuevo salón comedor de caoba. Mis pasos se detuvieron frente a uno de autor anónimo en el que nunca había reparado. Dado que me había convertido en un coleccionista obsesivo, aquella parecía una adquisición prometedora. Se trataba un acantilado yermo en el que las rocas mantenían una lucha continúa con el océano bajo la luz mortecina del crepúsculo. El fondo violáceo y algunas nubes rojizas soñaban tempestades a lo lejos. Me acerqué un poco más, hasta que, de pronto, una presencia llegó a medio galope desde la esquina inferior derecha y fue frenando su marcha: trote, paso ligero, paso… El sonido de los cascos se extinguió y la centaura no me dedicó una miserable mirada. Me daba la espalda y sus crines rojizas volaban al viento mientras ella oteaba el horizonte de aquel cielo sin estrellas, con melancolía, como si quisiera regresar al bosque en el que nunca había nacido. No era más que el personaje de un cuadro.
Me había quedado absorto y ni siquiera había prestado atención al taconeo sobre las baldosas de mármol que había roto el silencio del museo. Alguien susurró en mi oído:
—Está encerrada y no hay escapatoria posible. Ni siquiera puede morir.
Me di la vuelta, algo sobresaltado por aquella voz grave y profunda de mujer, y me topé con la bruja más elegante que había tenido el privilegio de conocer. Alta, delgada, con unas curvas vertiginosas, un recogido del que se escapaban varios tirabuzones rubios y una seductora mirada gatuna color esmeralda, la joven vestía una túnica gris perla de diseño muy ceñida y llevaba pulseras de plata en los brazos desnudos. La impresión de ver por primera vez a aquella deidad de los tiempos contemporáneos me dejó sin respiración.
—Draco Malfoy —adivinó ella—. ¿Te acuerdas de mí?
No me cupo en la cabeza que yo la hubiera tenido cerca y no fuera capaz de recordarla. Había algo en ella que me resultaba familiar, sí; tal vez, la piel de porcelana, las piernas de infarto o las pestañas casi transparentes e infinitas. No obstante no tenía ni la más remota idea de quién era ella, así que arqueé una ceja de escepticismo para cubrirme de gloria…
—Astoria —se presentó con aquella aterciopelada voz femenina, algo decepcionada con mi actitud—. Mi hermana mayor estaba en tu clase en Hogwarts. ¿Recuerdas a Daphne? Coincidí contigo también, pero estaba en un curso inferior.
De eso me sonaba, naturalmente: Daphne Greengrass, la amiga inseparable de Tracy Davies. Cabeceé, dubitativo antes de preguntar:
—¿Ibas a Gryffindor o a Ravenclaw? Dime que no eras de Hufflepuff…
—Fui a Slytherin —contestó ella al tiempo que se cruzaba de brazos, justo debajo del pecho, como si no fuera bastante llamativo de por sí.
—Eso es del todo imposible —negué en rotundo y he de decir que estaba improvisando porque todo cuanto pudiera haber estado pensando mientras analizaba el cuadro se había evaporado y me había quedado en blanco.
—¿Y eso por qué? —inquirió con una sonrisa resplandeciente, llena de curiosidad, como si no me hubiera dejado suficientemente claro que estaba coqueteando.
—Eres inolvidable. —Me di cuenta de que, probablemente, estaba haciendo el ridículo e intenté arreglarlo—. Es decir, creo que si compartiéramos Sala Común, te habría visto, ¿no? Nos habríamos cruzado alguna vez y… no sé, seguramente te habría podido reconocer…
—Será por el uniforme del colegio —me ayudó ella, pero yo estaba obcecado por quedar como un palurdo.
—No, era cosa mía—refuté tajante—. Era un completo estúpido.
Definitivamente, tenía que haber sido un tonto redomado para no haberle echado el ojo encima a esa preciosidad (y para haber salido con Pansy Parkinson). Con todo, seguía siendo un torpe cada vez mayor si se me había desatado la lengua de esa manera y me había puesto en evidencia delante de Astoria Greengrass. Que yo perdiera la cabeza por alguien del otro sexo de buenas a primeras era inconcebible desde cualquier punto de vista. Yo me limitaba a dejar que ellas se encapricharan conmigo y no al revés.
—Perdona —me excusé de pronto. La tomé de la mano y se la besé con galantería. Así siempre conquistaba a las damas ingenuas—. Debo de ser un bobo para perder las formas de esta manera.
Astoria no era ninguna dama ingenua. Desdeñó aquel gesto convencional apartando la mano en cuanto se la hube besado, con un deje de indiferencia que me desarmó. Desvió entonces los ojos para volver a clavarlos en la centaura del cuadro y me sentí decepcionado por haber perdido su atención.
—Un bobo con buen gusto —musitó—. Es mi cuadro favorito.
Decidí entonces que Greengrass era encantadora.
—Hablas como si lo conocieras bien, ¿trabajas aquí?
Opté por mirar también el cuadro y llevarme las manos a la espalda. Era conveniente hacerla pensar que el flirteo se había acabado para que volviera recobrar el interés.
—Oh, no —ella puso los ojos en blanco—. Mi padre es el dueño. A mí solo me gusta pasear por los pasillos y espiar a los curiosos. Por cierto, ya te había visto por aquí antes, Draco.
—Quiero comprar un cuadro —expliqué escuetamente.
—Este no está en venta.
—¿Cómo lo sabes?
Me volvió a mirar y a sus labios afloró una sonrisa pérfida que me detuvo el corazón:
—Porque es mío.
Dicho esto, me dio la espalda y tras un insinuante «hasta la próxima, Draco Malfoy», aquella musa con ojos de pantera se alejó de mí con pasos lentos y seguros, hacia el vestíbulo de la galería. El movimiento de sus caderas conforme caminaba me hipnotizó. Tragué saliva y me quedé inmóvil durante un segundo, como si hubiera caido víctima de un petrificus totallus. A continuación, solté mis manos entrelazadas y dejé caer mis brazos a ambos lados del cuerpo. En ese momento, concluí que merecía la pena ser lo suficientemente bobo como para tener buen gusto y dejarse persuadir por los andares altaneros de una belleza inglesa. Ese cuadro iba a ser mío costara lo que costara.
—¡Astoria! —mi voz se hizo eco en aquel pasillo desierto y ella se frenó en seco y volvió la cabeza atrás para mirarme por encima del hombro. Yo corrí tras ella, como no había corrido nunca detrás de nadie—. ¿Te gusta el Quidditch?
Probablemente fuera la pregunta más lamentable que podía formular a una chica en un museo, pero era o eso o dejarla escapar. Aquel día no me había despertado demasiado locuaz, pero daba igual mientras hubiese amanecido con estrella: Astoria entornó los ojos, desconcertada, pero asintió.
—Tengo entradas para el partido de próximo sábado: las avispas de Wimbourne y…
—…las flechas de Appleby —me interrumpió ella con ambas cejas levantadas por la sorpresa. Entonces, se dio la vuelta en todo su esplendor y sonrió—. Soy hincha de las flechas desde antes de que pueda recordar.
Y en cuanto escuché esa bendita frase afortunada, supe que Theodore me arrancaría la piel a tiras por regalar la entrada del partido que tanto le había costado conseguir.
—Pues ven conmigo —conseguí articular, serio y frío, para disimular la euforia ante la inminente victoria.
Ella se hizo de rogar. Se llevó un dedo a la boca y se golpeó la barbilla tres veces. ¡Tres puñeteras veces! Entonces, frunció el ceño, pensativa; pestañeó y se mordió el labio inferior hasta volverme completamente loco de angustia, de deseo y de insatisfacción. Finalmente, ladeó la cabeza ligeramente hacia la derecha y soltó una risita maliciosa que me hizo temblar de arriba a abajo.
—A las siete en la boca del Callejón Knokturn para coger el traslador —decidió ella y, no contenta con decidir el dónde y el cuándo, agregó, remarcando significativamente cada sílaba—: Es una cita.
Después de sobornar al árbitro y a algunos jugadores de las avispas, que ganaran las flechas fue coser y cantar. Me gustaba el Quidditch, pero Astoria Greengrass me gustaba más y me aseguré de que su noche fuera redonda. Acompañarla a su casa y que se agarrara de mi brazo fue un añadido inesperado y delicioso que disfruté de lo lindo mientras la escuchaba parlotear sobre esto y aquello. Estaba guapísima mientras hablaba de la inminente boda de su hermana o del partido y, de vez en cuando, yo giraba un poco la cabeza discretamente... Podía percibir el aroma de su pelo... ¿lavanda? Olía de fábula.
—¿No me cuentas nada de ti, Draco? —se interesó de pronto; yo me encogí de hombros.
—Me gusta escuchar.
Y fardar. Cada vez que nos cruzábamos con cualquier mago por la calle, yo sonreía para mis adentros porque sabía que mi cita era el centro de todas las miradas.
—Eso está bien, pero… en realidad, no sé nada de ti desde que te graduaste en Hogwarts. ¿Te metiste en política como tu padre?
—De hecho, me desvinculé totalmente de la política. —Acompañé aquella aclaración con una sonrisa indolente para dar por zanjado el tema. Si me había alejado de la política era precisamente para distanciarme de mi padre, al que todavía guardaba rencor y culpaba por mi escabroso pasado con las artes oscuras. No obstante, ella no tenía por qué saber eso.
—¿Y a qué te dedicas ahora?
—A la investigación y fabricación de pociones nuevas. Mi socio y yo hemos creado un negocio de elaboración y distribución de fármacos mágicos. —Me reí para mismo al acordarme de mi compañero de piso, mi "socio", al que había tenido que hechizar para quitarle su entrada para el partido. Quise presumir un poco y me fui de la lengua—. Mi especialidad son los antídotos y los brebajes curativos para detener enfermedades mortales, combatir venenos... Es complicado de explicar.
—¿Tratas de burlar a la muerte entonces? —tanteó y me dejó atónito porque aquella conjetura no andaba desencaminada. En realidad, nunca había conseguido borrar la impresión de todas aquellas muertes de las que me sentía parcialmente responsable. Claro que aquello era algo que todavía no estaba dispuesto a compartir tampoco. ¿Por qué estábamos manteniendo aquella conversación de repente? Todo iba bien cuando comentábamos las jugadas del tal Xabier Horton, cazador de las flechas.
—Mientras se pueda, sí, pero, sobre todo, quiero encontrar mi propia vida. —Me vi obligado a explicarme para saciar su mirada curiosa e inquisitiva. Al parecer, aquella chica iba a averiguar más de mí de lo que yo habría previsto—. Después de la guerra, me di cuenta de que me había quedado solo y que no tenía mucha idea de quién era. Solo me quedaba mi familia, mala fama y un tatuaje en el brazo… —Astoria compuso una mueca de asco que no me pasó desapercibida—. Me di cuenta de que, si quería sobrevivir, tenía que convertirme en alguien diferente.
Se hizo el silencio y temí haber arruinado la mejor cita de la historia por desnudar mi alma frente a una joven desconocida. Me equivocaba.
—Nunca lo habría esperado de ti —confesó ella, meditabunda.
—¿Qué habrías esperado entonces?
—Que pasaras las horas dilapidando la fortuna familiar, supongo.
—Fue divertido durante un tiempo —reconocí con una sonrisita de suficiencia que la enamoró, estoy seguro—, pero mi profesión actual suponía un desafío mayor y he descubierto que me gustan los retos.
—Así que te gustan los retos—rezongó con voz juguetona, acercándose peligrosamente a mí. Los dos nos frenamos frente al portal de su casa, aunque ninguno era consciente de que ya habíamos llegado. Ella me tomó de la corbata y tiró de mí—. ¿Y yo te parezco un reto, Draco Malfoy?
—El reto más sensual con el que me he topado —le admití al oído en voz queda mientras mis manos se deslizaban por su cintura.
En ese instante, me lancé a su boca para robarle un beso fugaz que ella me cedió sin reservas. Me separé a unos centímetros de su cara y la vi sonreír con los ojos cerrados. Los abrió y acaricié su mejilla con la punta de la nariz. Ella se rio entre dientes y yo sonreí ufano antes de volver a besarla una y otra vez hasta intensificar el tercer beso y hacerlo durar un poco más. Ella me pasó las manos por el cuello y su lengua se abrió paso hasta mi boca. En momentos como aquel resultaba maravilloso descubrir que la vida continuaba.
FIN
Espero que te haya gustado :)
N.d.a.
En este fic intento retratar la evolución psicológica de Draco a partir del final de la guerra. En el primer capítulo, es una persona al borde de la depresión porque se da cuenta de que su apellido ya no vale nada, que su padre ya no puede cubrirle las espaldas. No espera nada del futuro. Sin embargo, su madre, que encarna el valor de la lucha y, sobre todo, que le quiere, le recuerda que la vida continúa.
En el segundo capítulo, Draco ha vuelto al colegio y se encuentra solo. Ha perdido toda la seguridad en sí mismo que antes lo caracterizaba y se ha convertido en una mera sombra. Le atormentan los fantasmas del pasado y las muertes que ha visto. No obstante, descubre que no es el único que ha quedado marcado por la guerra cuando uno de sus compañeros con los que nunca había hablado, le pregunta cómo está. Draco encuentra un amigo en Theodore Nott, un igual.
En tercer capítulo, han pasado varios años y Draco está dispuesto a hacerse a sí mismo y continuar su vida de verdad. Ha recobrado ya su complejo de superioridad y su arrogancia, pero, entre muchas de las decisiones que ha tomado para hacerse una vida nueva, está la de cortar los lazos con la vida anterior y, para eso, tiene que desligarse de las antiguas rencillas. Así pues, queda con Harry Potter y le confiesa que está agradecido por lo que ha hecho por su familia y por él y que quiere que su relación a partir de entonces sea, por lo meno, cordial.
En el cuarto y último capítulo, Draco conoce a Astoria Greengrass, una mujer fascinante que le permite reconocer la belleza de que la vida, efectivamente, continúe.
De todas formas, si soy verdaderamente sincera, no estoy 100% satisfecha porque no sé si he llegado realmente a hacerme con el personaje. He intentado servirme de una manera más afectada de lo habitual para intentar dar esa impresión de que arrastra las palabras, pero la perspectiva de Draco me parece muy, muy difícil de lograr. En fin, en cualquier caso... Lo he intentado y por lo menos, ya me he medido con él. Como primera toma de contacto no está mal.
Un muak ;)
