¿Cómo están? ¡Espero que muy bien! ...porque a mí me ha ido como en feria. Desde tareas, hasta proyectos, los profesores me han bombardeado con todo lo que tienen. :'c
Una disculpa enorme por no haber actualizado en quince días, les juro que más de una vez me regañé a mí misma por no hacerlo. Apenas pude hallar un espacio libre y escribir.
¡Reviews anónimos!
Anghely (Guest): Querida, antes que otra cosa, te pido una disculpa por el retraso. Me alegra que la historia te esté gustando mucho y te doy gracias por dejar un review siempre. No es porque falten reviews que me atrasé en publicar, de verdad no hallaba tiempo de escribir, pues se viene la época de exámenes y debí ponerme a repasar mis apuntes y dejar listas muchas cosas para la Universidad. Con los reviews que hay, es más que suficiente: me siento muy contenta. :D Cuídate, nos estamos leyendo. :3
Este capítulo es un poquito más largo que los otros, espero les agrade y aclare algunas dudas.
Eso es todo, por el momento. ¡Nos leemos abajo!
DISCLAIMER: LOS PERSONAJES DEL MANGA/ANIME NARUTO NO ME PERTENECEN SINO A MASASHI KISHIMOTO.
Capítulo IV
Llegué volando a casa. El coraje tiene un efecto positivo en mí. Me acelera, me impulsa, me mantiene en constante movimiento. Y este caso fue, literalmente, la prueba de lo anterior. Fue como si alguien estuviese tirando de mí, jalándome hacia adelante. Mis pies apenas tocaban el suelo, sentía el aire helado azotando con fuerza mi rostro. Con las manos en los bolsillos de mi sudadera, trataba de mantener aunque sea un poco de calor en mi cuerpo; sí que hacía frío. Mantenía la cara oculta bajo la gorra, al igual que mi cabello. Las piernas comenzaban a dolerme, hice caso omiso del calambre que amenazaba con entorpecerlas y en vez de caminar más lento, lo hice más y más rápido; pude recuperar el tiempo perdido en mi encuentro con ese chico, iba a llegar incluso antes de cumplida la media hora que establecí antes.
Di las últimas zancadas en la acera para luego encaminarme hacia el lado izquierdo de la misma, al interior del edificio. Subí las escaleras de la entrada principal, revolví el bolsillo de los jeans en busca de mis llaves y abrí el portón.
—Buena noche, señorita Ama —dijo una voz proveniente de la caseta de vigilancia—, me alegra que ya esté aquí. El joven Nara llegó hace un rato y parecía preocupado.
—Todo está bien, señor. Me dijo que tenía que ir por unas cosas a casa de un familiar y tuvimos que separarnos —espero que esto de mentir no se me haga costumbre. ¿La gente nunca se cansará de entrometerse? —. Yo me encontré con un viejo amigo —viejo amigo mis pelotas, más bien a un desconocido ciego y creído— entonces me quedé charlando con él para ponernos al tanto. Cuando volví a ver la hora, ya era tarde y decidí volver lo más rápido que pude —me miraba expectante, esperando a que le contara más, algo que no pasaría—. Todo está bien —repetí sonriendo, procurando sonar lo más sincera posible—, agradezco que esté al pendiente.
—Me alegra escuchar eso, señorita —me sonrió de vuelta, haciendo que las arrugas de sus ojos se acentuaran. Al menos él sí era sincero. Así pues, me despedí con un movimiento de mano y caminé al interior del edificio.
Llegué a la primera torre de departamentos, miré hacia arriba y me dispuse, soltando un suspiro, a subir seis pisos. No tuve en mente alguna maldición para decir –qué gracioso. Y pensar que normalmente salen de mi boca a borbotones– respecto a la posibilidad de que mis pulmones y piernas colapsaran en el camino. Había, por hoy, sobrepasado mi límite de palabrotas.
Uno a uno, los escalones quedaban atrás. Sostuve mi cuerpo en el barandal a partir del cuarto piso. Muy, bien, ya casi llegas, sigue. Subí, subí y seguí subiendo. Escuché a Gin ladrar como loco, rasguñando la puerta.
— ¡Ya llego, Gin! —ahí estaba, al fin. Escuchaba los frenéticos latidos de mi corazón en la cabeza. Las piernas me pulsaban. Respiré hondo, tratando de calmarme. Abrí la puerta y apenas di un paso dentro, Gin saltó para acabar colgado de mi cuerpo y lamerme la cara. Reí— Ven, amigo —lo acerqué más a mí—, vamos adentro, hace frío —no sé qué haría sin este perro. Lo acaricié tanto como me fue posible unos momentos y terminé por suspirar, besando su patita. Lo dejé en el suelo y caminé a mi habitación para dejar mis cosas. Corrí de nuevo por su bolsa de alimento y le serví un poco. Me giré en dirección a la cocina para llenar su otro tazón con agua.
Busqué el teléfono y marqué el número de mi madre. Contando a Shikamaru, existían solo dos personas más con las que podía pasar un tiempo prolongado sin decir algo y sentirme cómoda; una de ellas era mi madre. Una mujer extraordinaria, en toda la extensión de la palabra. Mi padre, simplemente decidió darse por bien servido una vez que pudo tener de ella un contacto más íntimo y se largó a quién sabe dónde en cuanto se enteró de que estaba embarazada. Desde entonces, sola, se ha hecho cargo de mí. Sabe Kami cuánto habrá sufrido para arreglárselas con dos cosas, la primera, con el hecho de que el cobarde, en quien ella depositó su confianza y afecto sinceros, nos abandonó y al mismo tiempo, tener que cuidar de la criatura que venía en camino.
Por suerte, fui concebida cuando ella ya había terminado su carrera y estaba comenzando a ganar su propio dinero. Tuvo que aprender a respetar al pie de la letra sus horarios para trabajar y no descuidar mis primeros años en este mundo. No sé cómo, exactamente, pero lo logró. No tengo ningún recuerdo de haberme quedado sola, mientras ella se ocupaba en otras cosas. Si era necesario, con una mano cargaba su portafolio, con la otra, la pañalera y en la cangurera, sujeta a su cuerpo –sin importarle que arrugara su traje sastre cuidadosamente planchado–, estaba yo. Y tan fácil que era dejarme en casa con una niñera que lo único que sabría hacer sería sentarme frente al televisor encendido durante horas, o bien, yéndome a botar a una guardería y no volver a saber de mí hasta la tarde. Sin duda, era toda una luchadora, con una determinación intachable y con un valor de admirar, antes que otra cosa, por darse cuenta que yo no tenía la culpa de que mi padre se fuera, después, por amarme desde el primer momento a pesar de eso y de lo demás, y al final, por no renunciar al sueño de vivir una vida plena, conmigo a su lado. Por eso y por más, mucho más.
Trabajaba cuatro veces por semana en la oficina, todo el día. Los tres días restantes, lo hacía desde casa, arreglando y poniendo en orden el papeleo de una empresa –pequeña, que apenas iba despegando–: desde pasar la asistencia de los trabajadores inmediatos y más cercanos al presidente de la compañía, hasta hacerle frente a los problemas legales. Era abogada. De las honestas y competentes, de esas que ya no hay.
Hoy, había tenido que trabajar turno doble, pues un compañero suyo enfermó y alguien tenía que cubrir su tiempo; por suerte, tenía un jefe adorable, quien siempre se encargaba de que recibiera el pago de las horas extras que hacía. Gracias a eso, vivíamos bien. Podíamos darnos ciertos lujos de vez en cuando y la estabilidad económica no era algo para preocuparnos en serio. Un trabajo fijo nos caía como los ángeles. Y todo eso, sin descuidar el tiempo que pasaba conmigo. Primero estás tú, me decía siempre que el tema de su trabajo salía a flote.
— ¿Tenten? —su voz era preciosa, reflejaba toda la seguridad y el cariño que había en ella.
—Mamá, estoy en casa, todo marcha bien —le aseguré, aunque no del todo convencida. Estoy en las nubes, mamá, no vas a creer por cuanta cosa pasé hoy. Esa hubiese sido una mejor respuesta, pues no estaba alejada de la realidad—. ¿Tú cómo estás?
—Me alegra escuchar eso, hija —susurró aliviada—. Cansada, muero por dormir siete horas seguidas —pude imaginármela haciéndose mermelada en su asiento—. Y también por quitarme estos condenados tacones —soltó una risita. Era como si cantara.
— ¿Ya vienes a casa, entonces? —reí también.
—En un par de horas, cielo —repuso—, estoy redactando un documento dirigido al presidente de una firma. Ya sabes, lo de siempre —soltó un suspiro largo y escuché que la llamaban—. Cariño, debo colgar —dijo fastidiada. Chasqueó los labios.
—No hay problema, mamá. Te espero para cenar, ¿sí? Regresa con cuidado.
—Por supuesto, hasta la noche —y colgamos.
Ahora, Shikamaru.
Miré el reloj. Eran las seis cuarenta y algo. Se me ocurrió que irle a ver a su departamento era una buena idea, para calmar las aguas con él y con su madre –por hacer que su hijo se retrasara–, digo. La señora Nara era de armas tomar. Por suerte, en el refrigerador había un pastel de chocolate que mamá había comprado el día anterior. Mamá y Nara Yoshino eran buenas amigas y se tenían bonitos detalles de vez en cuando. Se lo llevaría de parte de mi madre para que no hubiese sospecha alguna. Y si aún con eso no lograba que todo estuviera en paz, me daría un tiro.
Me aseguré de tener las llaves conmigo y salí al pasillo. Subí las escaleras al siguiente piso, caminé hasta quedar delante de la puerta y toqué tres veces. Todo se revolvió en el interior, algo cayó al suelo y se oyó una queja. Abrieron.
—Tenten —sorprendido, mi amigo se pasó una mano por la coleta y luego rascó su cabeza—, llegaste.
— ¿Puedo pasar? —pregunté levantando el pastel, guiñando un ojo.
—Shikamaru, ¿quién es? —una voz severa que vino del interior nos hizo dar un salto. Al parecer, Shika sí había recibido una buena surra no hace mucho.
—Es Tenten, mujer, tranquila —el señor Nara me dedicó una mirada suave, invitándome a pasar. Shikamaru, en cambio, me miró con cara de ésta me la pagas, Ama.
—Ah, querida, pasa, pasa —la señora Yoshino se aproximó, limpiándose las manos con un trapo y dejando su delantal en una silla—. Shikamaru, quita —apartó al chico de ojos caoba. Me aguanté las ganas de reír. Dios, jamás le permitiría olvidar la cara que puso— ¿qué traes ahí?
—Un pastel de chocolate con fresas, Yoshino-san, de parte de mi madre —soné encantadora. También podía serlo cuando se me daba la gana.
—Se ve delicioso, pequeña —dijo el señor Nara, desviando nuestras miradas hacia él—, quédate a comerlo con nosotros.
—Se lo agradezco mucho, Shikaku-sama, le tomaré la palabra —miré a Shikamaru, quién nos observaba desde un sofá en la esquina de la sala.
—Shikamaru, trae platos —ordenó Yoshino—, venga, venga, apura.
Total, el pastel quedó a la mitad respecto a cómo se veía cuando lo traje. Mi amigo se había levantado de la mesa en cuanto terminó su porción, tomó su chaqueta y salió del apartamento, cosa que no era buena señal: de seguro quería hablar conmigo. Y, bueno, yo me apresuré a hacer lo mismo. Antes de dar las gracias, despedirse y salir de ahí, pedí una sincera disculpa por el retraso de Shikamaru y le aseguré a la señora Nara que no se repetiría. Me escuchó atentamente, con una sonrisa dibujada en el rostro, pero parecía embobada, sedada, perdida en mis palabras. Y, como consecuencia a que el pastel de chocolate hizo maravillas, ya todo estaba en orden con su familia; su padre no era el problema, así que desde que llegué, ya tenía un inconveniente menos.
En este momento, todo gira en relación a Shikamaru.
Tragué saliva y humedecí mis labios. Metí las manos en los bolsillos de mi sudadera y para cuando él notó mi presencia, me indicó que lo siguiera. Subimos tres pisos más, en silencio. Yo lo observé todo el tiempo, mientras que él evitaba todo contacto visual. ¿Qué coño te pasa, Shika? Llegamos al décimo y último piso. Iba a comenzar a hablarle en el momento que sacó una llave de quién sabe dónde, subió las escaleras que llevaban al techo del edificio y abrió la portezuela de metal. Lo seguí y la dejé entreabierta tras de mí. El aliento se me escapó, justo como esta tarde al ver a aquella estatua y luego, al joven en el ese jardín. Un par de ojos color café claro me estudiaban, de arriba abajo, con insistencia. Las comisuras de sus labios se contrajeron, provocando la aparición de un gesto que reflejaba agitación y molestia.
No era suficiente todo por lo que yo estaba pasando en esos momentos para quien estuviese confabulando en mi contra. Cuando pensé que me había ocurrido de todo, toda esta mierda se desató. Y, todavía faltaban más cosas por las que debía pasar y Shikamaru las frotaría en mi cara. Después de todo, yo misma sabía lo que hacía y por qué –aunque, a veces, eso último no–, y quizá, en esa dirección iba todo el rollo. ¿Por qué?
Desde hacía un par de meses, no bastaba con sentirme mal desde que despertaba hasta que me hundía en un sueño profundo, considerando que ni así lograba escapar de los recuerdos. Tenía que suceder algo más. Tenía que volver a caer cuando ya me había levantado y caminado unos cuantos pasos. Avanzaba dos y retrocedía uno. Así no se llegaba a algún lado. Así era como yo caí en la cuenta de que, por más que lo intentara, no podría conseguir salir de esto sola. De esta manera fue como supe que me encontraba estancada en el lodazal que, desde el comienzo, siempre quise evitar. Sentir que el mi mundo caía a pedazos y yo con él, era lo peor. Me sentía como la mierda. ¿Qué otra cosa se aproximaba ahora para joderme otro poco? Quién sabe. Para ser sincera, suelo no querer saber qué ocurrirá. La incertidumbre se puede convertir en una buena amiga cuando se sabe lidiar con ella e incluso, poder hacerla parte de tu bando. Si pensaba mejor las cosas, es grandioso no saber qué me espera y el hecho de que ahora se me antoje saber qué rayos se trae Shikamaru, hace que yo misma me quiera volar los dientes.
Lo siguiente no es algo nuevo para mí ni para muchas personas: me desprendo de cierta parte de mi esencia original cuando atravieso por un periodo oscuro. Eso que antes poseía un alto valor para mí, puede, en cuestión de segundos, caer en un segundo plano, o bien, irse directito al carajo. En esta ocasión, yo misma fui a parar ahí, por propia voluntad y, por consiguiente, me di cuenta de, más que en otros momentos, lo hermosa que puede ser la oscuridad cuando al igual que la incertidumbre, la conviertes en tu aliada. La imagen de mi cuerpo fundiéndose con las sombras y poco a poco, con el negro e infinito abismo, causó que sintiese un pinchazo en mi abdomen, un vuelco en el corazón, acompañados por una sonrisa maliciosa.
Había sido un día extrañísimo. Primero, el bastardo del bus, luego el jardín perdido entre las casas de los ricos y justo en medio, la condenada estatua –junto con las miles de sensaciones de mi cuerpo y mente en respuesta a su aspecto–, y por último pero no por ello menos importante, mi encuentro con el joven.
—Tenten, ¿cómo estás? — ¿Qué cómo estaba?
Si hace unos instantes pensé que el día había sido extraño, esto, definitivamente, se lleva la Palma de Oro. Enarqué una ceja, crucé los brazos y recargué todo mi peso en la pierna derecha. Casi me eché la risa del siglo. Casi.
— ¿Hiciste que te siguiera hasta este lugar solo para preguntarme cómo estoy?
—Te hice una pregunta, responde —espetó subiendo el tono de voz.
—Creí haberte dicho que me encontraba de puta madre —le recordé nuestra conversación en el jardín.
—Ambos sabemos que no —se acercó a mí—. Además creo que también te pedí, de la manera más atenta, que no me jodieras.
— ¿Quién eres, mi padre? — ¿A qué venía todo esto? Debería estar enterado de que lo que menos espero justo ahora, que comenzaba a dejar atrás ciertos episodios de mi vida, es otra cosa que me arruinara más de lo que ya. Sentía, sin razón aparente, un deseo extremo por ponerme a sollozar un rato. Mordí mi lengua –a ver si el dolor lograba que me deshiciera de esa tonta idea– y saboreé el hierro que se extendía lentamente por toda mi boca. Ahogué un gemido. Al diablo la estatua y lo que estaba entre sus manos, al diablo con el chico, el verdadero misterio era cómo, después de muchos días y noches haciendo lo mismo, aún me quedaban lágrimas para llevar al exterior.
—Tenten, escúchame, tengo que hablarte —dijo ignorando mi comentario. Era la segunda vez que me tomaba por los hombros y me hacía mirarlo. ¿Se haría eso costumbre? Porque comenzaba a caerme mal, muy mal—. Esto ya hace mucho que se salió de control —y de un momento a otro supe a dónde quería llegar.
—No entiendo qué rayos quieres de mí —Error. Sí que lo sabía. Me solté bruscamente de su agarre, girando la cabeza a cualquier lado—. No entiendo qué rayos la gente espera de mí, ¡y tampoco estoy segura de querer saberlo! —grité, esta vez diciendo la verdad.
—Eres tan egoísta —negó con la cabeza—, ¡escúchate, por todos los cielos! —gruñó— ¿Cuánto ha pasado, dos meses, tres o acaso cuatro? Para ti es lo mismo, no importa —y con ese último comentario, los fantasmas de aquel día volvieron, mi cabeza estalló en un caos. Nunca me había desmayado, pero sabía que estaba a un paso de hacerlo.
Derramé otra lágrima. La última frente a él.
—Adiós —susurré mirándolo a los ojos. Dijo nada y trató de esbozar una sonrisa, sin lograrlo. Giré sobre mis talones y caminé en dirección opuesta, perdiéndome entre la gente, pasando a formar parte del resto, de nuevo. Sentí que mi cuerpo entero latía y por un momento pensé en que sentiría su mano envolviendo la mía con fuerza, haciéndome saber que todo hasta ese momento había sido un error y que, en realidad, no quería irse ni que yo me fuera.
Por supuesto que no ocurrió.
Logré hacer a un lado la cortina de humo que me mostraba mi vida en aquel tiempo. Ya había llorado demasiado; aunque tenía intención de hacerlo, nada salía. Muy bien, aprovéchalo.
— ¡¿Y a ti de qué manera te afecta?! —pregunté, esta vez, con ganas de saber la respuesta — Si no recuerdo mal, no te he molestado nunca con ese tema, así que ahora yo te —pensé bien lo que diría después— imploro que tampoco tú lo hagas —quiso hablar, pero se detuvo súbitamente—. Shika —tragué con dificultad, procurando no ceder, procurando no recordar aquellos días que, pensaba, lo tenía todo—, estoy. No bien, no mal. Estoy como considero yo que ahora es apropiado vivir y si a las personas, incluyéndote a ti, no les parece que sea la mejor manera, lo siento mucho, porque desde que comencé a preocuparme sola y exclusivamente por mí, todo está saliendo bien. De puta madre, mejor dicho, para que no te vuelvan a quedar dudas —y todos los fantasmas a mí alrededor se esfumaron—. Trato, a diario, de enviar la miseria de mi corazón por el drenaje. Si lo que me preguntas es por qué no soy la misma de antes, piensa un poco más, problemático, y date cuenta que la respuesta está en ese mismo cuestionamiento.
— ¿Que de qué manera me afecta? —respondió con tranquilidad a mí interrogación inicial. Claro, todo por partes, ¿no, Nara? — Sí que eres problemática —caminó lentamente hacia mí. Coño de la gran y jodida madre. Volvía a ponerme, por tercera vez, una mano encima para sermonearme y lo dejaría viendo estrellitas. ¿Por quién demonios me tomaba? Si hacía cuentas y me miraba un par de veces al espejo, no era difícil llegar a la conclusión que yo había dejado de ser una niña desde hace unos cuantos años—. Eres mi amiga —dijo esbozando una sonrisa. Se detuvo muy cerca de mi rostro—; pero, olvídame a mí, así como olvidaste a todo ser que no fueras tú y recuerda solo a tu madre.
Su expresión adquirió seriedad, la sonrisa desapareció de sus labios y frunció el ceño. Afiló aún más la mirada.
— ¿Qué…
—Escucha, y asegúrate hacerlo a la perfección porque no está en mis planes repetirlo —interrumpió. Su voz se volvió dos tonos más grave—. Está bien sentir tristeza, está bien que dejes salir todo, lo entiendo, sé cómo piensas. Pero, contagiar de tu mierda a todos a tu alrededor ya es pasarse. Detente, por un segundo, uno solo, a pensar en lo realmente productivo que has hecho por salir adelante y te aseguro que no saldrá algo que valga la pena. Ahora, ten el coraje de otorgar otro segundo a imaginar cómo se siente la persona que te ve a diario desde el día en que naciste y dime si lo que ves es parecido a lo que yo: a su hija, durmiendo doce horas tras haberse quedado sin energías después de hacer nada más que llorar, saliendo por voluntad propia una vez por semana, viéndola comer porquerías cada vez que se le da la gana, si es que se le llega a dar, claro. Y eso, por decir poco. Ahora, déjame preguntarte algo, ¿a ti te parece poco? Ni a tu madre, ni a mí, ni a nadie del mundo le parecería poco. Arruinas tus días sola, sin la ayuda de nadie más, ya que aunque crees que todo esto es por su culpa, la única que la está jodiendo eres tú. Lo que refleja tu comportamiento actual es que solo sabes aferrarte a las migajas de lo que en un principio fue esperanza.
Para cuando terminó de decirme aquello, sentía la cara helada, hundida en un dolor punzante. En mis mejillas, por las cuales corrían cientos de cristalinas lágrimas, azotaba el más frío viento que jamás había experimentado. Parada, temblando, a punto de dejar escapar un gemido. La inhabilidad para darme cuenta de mis fallos era impresionante; mis actos, lejos de hacerme daño a mí, se lo hacían a otros. Y lo entendí. Una vez que uno decide exteriorizar sus sentimientos –en mi caso, de forma desmesurada– y éstos impactan a los que te rodean, ya no son tuyos solamente, ahora, son compartidos, quisiera o no. Quisieran o no.
Y siguió.
— Qué lástima. Qué jodida lástima que hayas podido amar a un tipo que te amaba por lo que representabas y no por lo que eras —bajó la cabeza y se frotó los ojos con una mano—. Pero lo que es más jodido aún, es eso primero: que tú lo hayas querido.
—Shika, yo… —quería que parara para yo poder parar de llorar también. Más que mierda, me sentía una completa desgraciada.
— Y, en este mismo instante, déjame decirte, ha de estar comiendo yogurt como un boludo, sentado frente al televisor sin otra cosa en la cabeza más que la imagen del culo de la que se cogió ayer —soltó de repente.
No pude soportarlo. El aire y la voz salieron de mi boca estrepitosamente. Abracé mi estómago, arqueándome hacia adelante. Quizá no fue la risa del siglo, pero, oh, joder, eso fue gracioso.
— ¿Comiendo yogurt como un boludo? —la conversación se deshizo de la tensión por sí sola— ¿Es en serio? —apenas podía con las ganas de reírme.
—No me digas que de todo lo que dije, eso fue lo único que escuchaste —procuró sonar firme, sin embargo, a leguas se notaba que quería reírse.
Las lágrimas que brotaban de mis ojos eran ahora debido a las buenas carcajadas que no dejaban de salir. Traté de calmarme, limpiándome la cara y sobando mi estómago que ahora me dolía como hace mucho no. Shikamaru no tenía algo más que decir. Aquello, en muchos aspectos, pudo haberme parecido gracioso, pero tampoco podía negar que tratase de algo cierto. Desperdicié tiempo, mis lágrimas, dedicándole no solo mis noches, si no también mis días, exprimiéndome, dejando a mi cuerpo y mente agobiados, cuando, en algún lugar de Konoha, estaba ese cabrón como si nada.
Caminé hacia donde estaba él; cruzamos miradas. Le rodeé la cintura con los brazos y recargué mi cabeza en su hombro derecho.
—Perdón —le susurré en el oído. Sentía mi compostura desmoronarse de nuevo—. Perdón por haberte arrastrado a todo esto —había adecuado sus palabras a la perspectiva de mi madre, pero sabía que también hablaba por él y por todo aquel que tuvo contacto conmigo en los peores días—. Shika, yo… —oh, no. Ahí estaban de nuevo, cayendo por mis mejillas hasta llegar a fundirse con su chaqueta gris.
—No soy yo a quien debes pedir perdón —posó sus manos en mi espalda, apretándome contra su cuerpo un momento para luego separarse, tomarme por los hombros, mirarme intensamente a los ojos y recargar su frente en la mía—. Intenta perdonarte a ti y al diablo con él de una buena vez —levantó una mano e hizo a un lado el río que corría vigorosamente a lo largo de mi rostro. Hizo presa a mi mentón. ¿Qué rayos? ¿Estaba por pasar lo que yo creía que pasaría? De repente, mi mejilla ardió por un brevísimo instante y, finalmente, volvió a congelarse al sus labios despegarse de ella.
Abrí desmesuradamente los ojos para encontrarme con los suyos.
—Shikamaru, ¿qué fue eso? —reí.
—Silencio, problemática —y como nunca, sus pómulos adquirieron un leve color rojo. Desvió la vista a cualquier parte y se rascó la nuca—. Ya vámonos.
Genial, cuanto menos supiese del tema, mejor.
Rogaba por llegar a casa a cenar y luego a dormir, como toda una boluda. Si él lo hacía, ¿por qué yo no?
Bueno, aquí está, perdonen el retraso. Procuraré que no ocurra de nuevo, y si es así, ya saben a qué se debe. :P
Nuevamente, a este capítulo lo consideré un puente. Tengo una idea en mente para el siguiente... No les aseguro nada, pero a mí me encanta. 7u7
Tengan un buen inicio de semana, ¡gracias por la espera! Las quiero, en verdad. ;u;
Hyugita390
