Disclaimer: A huge thanks to thatwritr for her permission to do this translation. Y muchas gracias a Lilia por permitirme usar los capítulos ya traducidos, por ahora solo me adjudico el beteo.
Capítulo Cuatro
«Eso», Edward piensa, «no salió muy bien».
No podía decir que no había sido como lo esperaba, porque en realidad él no esperaba nada en particular. Por lo menos no lo había golpeado. Claro, el hecho de que esté en una silla de ruedas significa que no puede alcanzarlo, pero aun así piensa que el no haber sido derribado de un golpe en el primer minuto pone este reencuentro en una mejor luz que la del primer encuentro que tuvo con Mark Jackson.
Pero regresando al tema, Bella se aleja. Se mueve rápidamente en su silla cuando así lo quiere.
—¡Bella! —la llama, trotando tras de ella a un paso humano.
Ella voltea su silla.
—¿Qué parte de "vete al diablo" no entendiste, Edward? —Hace un gesto con sus manos cubiertas con guantes, el que claramente indica que quiere que se aleje—. ¡Shú! ¡Úshcale! ¡Piérdete! Ve y "distráete". Pensé que habías prometido que nunca te vería de nuevo. Pero las promesas son muy fáciles de romper para ti, ¿no?
Tal vez no podía ser lastimado con palos y rocas, pero las palabras… las palabras aún eran lo suficientemente fuertes como para lastimarlo.
—He hecho muchas promesas —dice sin elaborar—. Y tú sigues necesitando que te lleven a casa.
Ella sólo lo mira fijamente. Es extraño, observar esos ojos oscuros fijos en él, realmente en él, y no sólo en el lugar donde había estado, u observarlos de lejos, desde una distancia segura. Su rostro está cansado, triste e irritado… no está enojado. Duda que él signifique lo suficiente para ella como para que sus acciones la enojen. Y eso duele. Se dice a sí mismo que está demasiado paralizada como para sentir enojo, y lo quiere creer… pero no puede. No es que importe, de todas formas. Haya dicho lo que ella haya dicho acerca de su inhabilidad para cumplir promesas, está parado en este lugar gracias a su cumplimiento de varias otras. Es una red muy complicada de promesas, de hecho, lo que lo hace decir:
—Por lo menos déjame llevarte a casa. No seas obstinada, Bella. No hay necesidad de pagar un taxi.
Ella se deja derrotar. Lo puede ver primero en sus ojos, luego en su rostro cuando se desploma con cansancio, levantando una mano para trazar círculos en su entrecejo con el pulgar.
—Bien —dice finalmente—. Puedes llevarme a casa, con dos condiciones.
—Claro, dilas. —Probablemente no debería ofrecer tal cheque en blanco, pero por el momento, su meta principal es sacarla del hospital.
—No vas a hablarme en el camino, y una vez que lleguemos, te irás. Eres el sustituto de un chofer de taxi, no más.
Siente que sus labios se aprietan, pero su mente ya está trabajando en la búsqueda de lagunas jurídicas.
—Hecho —dice. Después de todo, no especificó cuánto tiempo tenía que mantenerse alejado. Solo había dicho que tenía que irse.
—Te esperaré en la entrada del hospital en el coche. —Apunta a la entrada principal del hospital. Se ofrecería a empujarla por el corredor, pero sabe exactamente lo que pasaría si lo hiciera. Ni siquiera su esposo hubiera logrado que tomara bien un ofrecimiento de ese tipo.
Espera hasta que está afuera en la oscuridad para continuar a su velocidad natural, llegando a su carro en segundos. Lo abre y llega al otro lado del estacionamiento justo en el momento en el que Bella está saliendo por la puerta. Estacionándose en la entrada de acceso, protegida de la lluvia por un techo, pone el motor en parking y sale del coche en un instante, abriendo el maletero antes de abrir la puerta del copiloto.
—Iré en la parte de atrás —dice ella. Su voz suena entrecortada—. Eres el chofer del taxi, ¿recuerdas? —Él suspira, pero no discute… y tampoco habla. Abre la puerta de la parte trasera. Ella se acerca, observando con curiosidad las líneas del coche—. Bonito —dice—. Es color plata, pero no es un Volvo. Por lo menos eres ambientalmente responsable. —Ella señala la pequeña placa en el coche que indica que es un híbrido.
No está seguro si le es permitido responder, pero decide arriesgarse.
—Los precios de la gasolina subieron demasiado.
—¿Compraste un Audi porque te preocupaban los precios? —Su voz suena burlesca.
—No precisamente, pero sí me preocupa la emisión de dióxido de carbono.
—Ah, viste Una verdad incómoda.
Él puso los ojos en blanco con incredulidad.
—No necesito ver a Al Gore usando PowerPoint para convencerme, Bella.
—No recuerdo que tu familia fuera tan ambientalista… con todos los coches que tienen.
Se frena de comentar que hay muchas cosas que nunca notó; en ese entonces ella era joven. Y ahora está siendo pendenciera. El shock de la muerte de Mark debe estar disipándose. Después vendrá la ira, depresión, y culpa. Tal vez se sentirá en la necesidad de negociar consigo misma. Irá en ciclos.
De cualquier modo, también sabe que no puede entrar al coche sin su ayuda. Es buena manejándose sola, pero el asiento de su camioneta SUV está muy alta como para que ella gire sobre su silla y llegue tan alto.
—¿Puedo? —pregunta, señalando el asiento trasero y ofreciéndole sus brazos para que sepa a lo que se refiere. Su lenguaje corporal lo dice todo. Casi inconscientemente, se inclina hacia atrás, tratando de esconder su barbilla en su cuello. Luego, reconociendo la necesidad, se encoje de hombros. Él intenta esconder sus ansias por volver a tocarla, por más impersonal que sea la acción.
Es casi abrumador: su aroma, la sensación de tocarla, el calor de ser humano viviente en su pecho. Suave, tan suave… resiste la urgencia de acercarse a olfatearla y ella se sostiene rígidamente con las partes de su cuerpo sobre las que tiene control. Sus piernas y caderas son peso muerto. Lo mata un poco el tener que cargarla así, porque tiene que, no porque ella quiera que lo haga. Ya que está sentada en el asiento de piel, se inclina para tomar el cinturón de seguridad y abrocharlo, pero ella lo toma primero.
—Yo puedo hacer eso, gracias. —Su voz es tan rígida como su postura—. No tengo cuatro años.
Obedientemente, se aleja. En este momento, haría cualquier cosa necesaria para evitar que ella lo haga prometer que se mantendrá alejado, no que sólo se vaya. Así que se voltea para tomar su bolso de la silla y dárselo, para entonces proseguir a desmontar la silla de ruedas para ponerla en la cajuela de la SUV.
—El respaldo se dobla y hay unas palancas en los ejes de las ruedas para que se suelten —lo instruye.
—Lo sé —dice suavemente.
—Oh, supongo. Fuiste estudiante de medicina… dos veces.
No explica que ahora eran tres veces, aunque la última es técnicamente un doctorado en neurociencia terminado en tiempo récord (ayudó el hecho que no estaba empezando de cero y podía falsificar los papeles de una maestría en bioquímica que de hecho sí tenía, sólo que con treinta años de antigüedad; tuvo que ponerse al día). Tampoco explica que sus conocimientos médicos no tienen nada que ver con su conocimiento de cómo desmontar su silla. Lo hace rápidamente, no sin antes olfatearla furtivamente. Huele a ella también, incluso si no es tan placentero como el aroma de su cuello. Hay sudor y orina mezclado con el distintivo aroma a fresias que grita "Bella." La silla no está sucia, pero se sienta en ella constantemente, y su sentido del olfato es cien veces mejor que el de un humano. Incontinencia es una de esas realidades desagradables de vivir con una lesión en la espina dorsal.
Con la silla seguramente guardada, regresa al volante y sale de la entrada de acceso. Ella le da instrucciones para llegar y él pretende que no sabe dónde y cuándo dar vuelta. Ya llevan casi la mitad del camino a su apartamento cuando después de un "vuelta a la derecha," ella agrega:
—Sigues manejando como un maniático.
Él se encoje de hombros.
—Y aún no he estado en ningún accidente… ni causado uno.
—Presumido. —Pero no lo dice con malicia; hay un poco de aquel tono burlón que usaban diez años antes y Edward debe abstenerse de sonreír. Bella nunca fue buena para mantenerse en silencio, y sospechaba que si no la presionaba, lograría más que si lo hacía. Claro, debido a los eventos de esa noche, no debería estar sonriendo para nada; no es para nada una noche de frivolidad. Sin embargo, se siente como un convicto liberado inesperadamente de prisión, en éxtasis por su libertad, incluso si su libertad se la debe a la muerte de otro hombre. Entrará en duelo por Mark Jackson mañana. Y lo hará. Es irónico el hecho de que, de hecho, le agradaba el ahora difunto esposo de su ex novia. Pero le agradaba. Hacía las cosas más fáciles y más difíciles al mismo tiempo. Así que entraría en duelo por Mark.
Pero no esta noche.
Esta noche está manejando por las calles de una pequeña ciudad universitaria de Georgia con la mujer que ama sentada en su asiento trasero. Su corazón canta.
