You're Always Sorry, Charles

Capítulo Cuatro: "Siempre Te Estás Disculpando"

Peter se convirtió en un héroe nacional. Los canales de noticias, los periódicos y las revistas lo tenían en primera plana noche y día. Se trataba del primer mutante que había dado su vida por salvar a los humanos, todo un símbolo de que la convivencia entre ambos era posible y que Charles Xavier tenía razón: los mutantes estaban para servir y proteger.

Nunca antes, ni cuando se abrían las vacantes para la escuela, el teléfono de la mansión había sonado tanto. Recibían llamadas no solo de Estados Unidos sino del mundo entero ya que el problema del "gen x", el término con el que la gente trataba de camuflar la fobia que sentía, era un asunto a nivel global. El teléfono en el despacho de Charles recibía las llamadas más importantes: de mandatarios, ministros, científicos y medios de transcendencia mundial. Pero él no los contestaba más. Tampoco los demás habitantes de la casa. Nadie quería saber nada con entrevistas, exclusivas y reportajes. Solo deseaban llorar a Peter.

El viernes en que Erik hubiera visitado a Charles de no haber mediado la tragedia, los X-Men decidieron hacerle un entierro simbólico en los jardines de la mansión. Storm despertó llorando y una lluvia constante se desató durante todo el día, dándole al paisaje un ambiente lúgubre. De estricto luto y con paraguas a tono, se dirigieron en marcha fúnebre. Hank, bajo su forma de Beast, Scott y Kurt llevaron el ataúd vacío y lo depositaron en la parcela que previamente habían excavado. Charles y Ororo los acompañaban detrás. Hank cubrió con sus garras el ataúd de tierra y se irguió. Cada uno arrojó un ramillete de tulipanes amarillos sobre la tierra removida y permanecieron en silencio, pensando en Peter bajo la lluvia tétrica.

No hubo discurso alguno, nadie quiso decir nada. Solo reinó el silencio.

Finalmente Charles movió su silla para regresar a la mansión. Los demás lo siguieron más tarde.

Raven y Jean habían optado por no participar. Mystique estaba demasiado dolida y Jean aun no podía superar el funeral de sus propios padres. Cuando entró en la sala, donde su hermana lo estaba esperando, Charles cerró su paraguas y se volvió hacia el paisaje lluvioso a través del ventanal. Por reflejo, detuvo su mirada en el cielo esperando ver a Erik a través de los nubarrones. Solo divisó la lluvia intermitente y algunos rayos a lo lejos. Se notaba que Ororo estaba muy triste porque pronto convertiría el clima en una tormenta eléctrica.

Charles se pasó la mano por los ojos. Sin darse cuenta estaba llorando otra vez. El recuerdo de Peter y el remordimiento le estaban drenando las fuerzas y ya ni siquiera percibía la llegada del llanto, solo lloraba en cualquier momento.

Raven lo notó. Como los demás, ella también sentía que Charles era culpable pero lo quería demasiado y verlo así la destrozaba. Se acercó a la silla y le apoyó las manos sobre los hombros. No sabía qué decirle. No podía consolarlo con un "no fue tu culpa", tampoco podía asegurarle que las cosas se arreglarían. Su hermano se encontraba completamente solo. Por eso musitó:

-Siempre nos tendremos el uno al otro. Recuérdalo, Charles.

El telépata le acarició la mano, agradecido.

Así permanecieron los dos, observando los ventanales. Raven pensando que el paisaje no podía ser más elocuente y Charles esperando sin esperanza que Erik cruzara el cielo y aterrizara en Westchester como cada viernes.

….

Por la noche, un destruido Hank se arrojó en una de las sillas junto a la mesa del comedor con la mirada ausente. Tenía el ánimo tan abatido que no se atrevió a encender las luces siquiera. Así, en la oscuridad y el silencio, se quedó junto a un vaso con agua y se puso a pensar lo que había acontecido. A lo largo de los años, él había congeniado con Peter y ambos se habían convertido en amigos. En más de una ocasión le había reprochado que muchas veces actuaba sin medir las consecuencias, especialmente en las misiones más peligrosas, pero Quicksilver le contestaba que él era como era. Un argumento sin mucha necesidad de análisis, que Hank ni siquiera se gastaba en rebatir. Ahora sus acciones le habían costado la vida. Sin embargo, los que lo conocían sostenían que Peter, aun con lo impulsivo que era, no se hubiera atrevido a arrojarse a una misión suicida, menos cuando sabía que tenía un hijo que proteger. Por eso Hank culpaba a Charles. Solo la discusión agria con su mentor y la desilusión que le había mostrado, habían hecho que el joven se arriesgara y perdiera la vida.

La luz se encendió de pronto y Charles entró con una botella abierta de whisky. Sin decirle nada, sacó un vaso del armario y se sentó junto a la mesa. Hank se desajustó la corbata para tranquilizarse. Había tantas cosas que deseaba decirle y no se atrevía por respeto.

Charles estaba cansado del mutismo de su amigo. Con Hank habían compartido muchas aventuras y dolores y lo necesitaba. Vio que el vaso con agua estaba casi vacío y quiso convidarle un poco de su whisky.

-¿Quieres un poco? – ofreció el telépata y quiso alzar la botella para servirle.

-¡Esto es tu culpa, Charles! – gritó Hank furioso y, de un manotazo, arrojó el recipiente y lo hizo añicos sobre la mesa.

Charles bajó la cabeza y suspiró. Hank se levantó, tratando de refrenar la ira. Se quitó los lentes y se masajeó la cabeza. No quería convertirse en Beast pero era tal la bronca que sentía hacia su amigo, que le costó horrores controlarse. Cuando se calmó un poco, se volvió hacia la mesa. Charles seguía en la misma posición. Lo único que había hecho era alejar las manos de los vidrios esparcidos.

-Quiero irme de aquí – confesó Hank -. Quiero alejarme de ti, quiero alejarme de esta casa. No soporto más, no te soporto más. No sabes ni enfrentar tus problemas. Te metes en líos y te emborrachas. Nos lastimaste a todos. ¡Maldita sea!

-¿Por qué tengo que ser perfecto, Hank? – replicó Charles susurrando. Es que estaba tan triste que ni la voz le salía -. Todos esperan de mí perfección. Maté a Peter – se cubrió la cabeza llorando -. Lo envié a su muerte y ¿cómo crees que me siento? Todos me odian y yo . . . yo me odio a mí mismo.

Hank iba a espetarle un "deja de autocompadecerte" pero la angustia de su amigo lo refrenó. Ya había platicado con Raven sobre Charles y mientras que ella lo defendía por el vínculo que tenían, él no escondía la cólera que le provocaba. Pero Charles estaba devastado y Hank no iba a continuar echando leña al fuego.

-Peter te adoraba – suspiró y se arrepintió de haberlo dicho.

-Es cierto – contestó Charles y alzó el rostro bañado por las lágrimas -. Le fallé, Hank. Como les fallé a todos, especialmente a Erik. Mi ego, la atención que recibía de los medios y del Gobierno fueron demasiado para mí. No estaba preparado y caí, y Peter y Erik, todos, pero especialmente Peter y Erik pagaron las consecuencias de mis actos.

-No eres perfecto porque eres humano – contestó Hank y se sentó de cuenta nueva -. A veces nuestra condición de mutantes nos hace olvidarnos que somos seres humanos, imperfectos, emocionales y humanos.

Charles asintió y cruzó las manos sobre la mesa. Seguía triste pero la conversación con Hank lo estaba consolando un poco.

-¿Quieres dejar Westchester? – preguntó. Necesitaba saberlo.

-No lo sé todavía. Pero me es difícil seguir aquí.

-Mucha gente te necesita aquí – adujo Charles -. Los estudiantes, tus amigos y Raven especialmente.

-Tú me necesitas especialmente, Charles – corrigió Hank -. Pero no tienes que esconderte en la bebida. Enfrenta los problemas de una buena vez.

-¿Qué problemas tengo que enfrentar? – se quejó -. Se enfrentan los problemas para solucionarlos pero dime si existe una solución para esto. Si dejo de beber, ¿Peter va a resucitar? Si dejo de beber, ¿Erik sanará su dolor? Ya no espero que me perdone pero el solo imaginar lo que debe estar pasando me hace querer – miró los restos de la botella –, me hace querer escapar y no pensar ni sentir nada.

-Te gusta hacerte la víctima – amonestó Hank -. No te culpo. Se siente bien sentirse el mártir y no tener que cargar con las consecuencias. Pero debes hacerte cargo, Charles. Metiste la pata y la metiste bien profundo esta vez. Pagar las consecuencias no es alzar un látigo y flagelarte, tampoco viajar a Genosha para que Erik te liquide. Cargar con la culpa es mantenerse sobrio y pensar lo que hiciste, escuchar las voces, escuchar tu propia voz.

-No – suspiró Charles y se masajeó la cara.

-Sí – contradijo Hank con firmeza -. Voy a quedarme en Westchester porque no voy a huir como un cobarde. Pero tienes que prometerme que no vas a beber más y que no te vas a compadecer de ti mismo. Vas a estar consciente, vas a pensar y vas a llorar. Vas a reflexionar y vas a enfrentar con la cabeza en alto las consecuencias de la muerte de Peter. Llóralo, recuérdalo, súfrelo, pero no vayas a beber más ninguna gota de alcohol.

Charles sacudió la cabeza. Hank le agarró el brazo para que lo mirara.

-Hablo en serio, Charles – y se levantó, llevando consigo su vaso.

Charles quedó solo junto a la mesa.

….

Charles no estaba en condiciones de seguir al frente de la escuela ni de los X-Men, al menos por un tiempo. Ororo y Scott se hicieron cargo de la academia. Charles se refugió en su despacho y Hank y Raven lo vigilaban de cerca. Las vacaciones de verano no estaban lejos y los estudiantes se irían, solo permanecerían los que no tenían un hogar, que eran la mayoría de ellos.

Una mañana temprano, un mes después del funeral de Peter, Hank entró en la cocina y encontró a Charles dando arcadas sobre el tacho de basura.

-¡Charles! – se asustó y corrió a socorrerlo -. ¿Estás bien?

Charles suspiró varias veces hasta poder hablar. Estaba pálido y sudoroso porque le había bajado la presión y necesitaba recostarse. Hank rodó la silla hasta la mesa y le pasó un repasador mojado para que se humedeciera la cara. No olía a alcohol y Hank ya lo había conocido borracho así que se dio cuenta de que esta vez no se trataba de una resaca.

-No te preocupes – murmuró el telépata, mientras se pasaba el paño por el rostro -. Es mi estómago. Algo que me cayó mal. Nada más.

-Deberías ir al médico.

-¿Por una indigestión? – cuestionó Charles, restándole dramatismo.

-No, necesitas ir porque no la estás pasando bien. Nadie la está pasando bien pero tú estás peor que todos – Charles hizo un gesto de que lo dejara tranquilo -. Otra vez a la defensiva, ¿cierto? – amonestó -. Bien. Entonces, deja que te examine en el laboratorio. No soy un médico pero tengo un ecógrafo abajo.

-¡Hank! Es una indigestión.

-Estás enfermo, Charles – afirmó Hank serio -. Esta vez puede ser un malestar estomacal pero no estás descansando bien, no estás comiendo bien y no sé si bebes a escondidas encerrado en tu despacho. Por una maldita vez hazme caso y déjame revisarte con exámenes de rutina.

Charles bufó. No le gustaba la idea de que lo examinaran, había detestado a los doctores toda su vida y por eso sufrió tanto al quedar inválido, pero era la manera que Hank tenía de demostrarle que se preocupaba por él así que aceptó.

-Una sola prueba con el ecógrafo y subimos.

-De acuerdo – aceptó Hank.

Bajaron al laboratorio. Charles se desabotonó la camisa y se acostó en la camilla boca arriba. Hank le puso el gel y observó el monitor, mientras le deslizaba el sensor a través del vientre. No era un experto pero tenía conocimientos rudimentarios sobre cómo manejar la máquina y leer la pantalla.

-¡Dios mío! – murmuró el científico, olvidando que su paciente estaba allí y podía asustarse.

-¿Qué sucede? – se incorporó Charles, perplejo, para observar la pantalla, y movió el sensor.

-¿Ves esa mancha allí? – Hank se la enseñó, mientras trataba de mantener el aparato sobre el vientre. Su amigo entrecerró los ojos para distinguirla -. Parece . . . parece . . .

-¿Qué demonios parece, Hank? – reclamó Charles, nervioso y asustado. Estaba tan tenso que ni se le ocurrió leerle la mente.

-Espera, le daré volumen a esta cosa – aumentó el sonido, girando un botón. Se oyó la cadencia de un latido rápido -. ¡Charles! Esto es un niño.

-No puede ser – suspiró Charles, descreído.

-Mira, sé algo de estas cosas – se defendió Hank -. Esto que ves allí es la forma de un embrión y el sonido son latidos claramente. El tamaño corresponde a un feto de dos meses. Es irrebatible, Charles, te guste o no.

-¿Dices que estoy . . .?

Hank lo miró y le asintió. Charles se arrojó en la camilla, sobándose la frente.

Hank apagó el aparato y le pasó una toalla para que se limpiara el gel. No se atrevía a preguntarle lo que sonaba obvio: que él y Erik habían engendrado una criatura.

Charles permaneció boca arriba. Era fascinante la manera en que se le enredaban las cosas. Él había llamado irresponsable a Peter pero tener relaciones sin protección aunque se tratara de una relación estable tampoco sonaba prudente. Cerró los ojos para concentrarse y pudo sentir la energía dentro de su vientre. Era una sensación extraña, diferente a sentir la mente de los demás.

-Debes visitar a un médico – ordenó más que sugerir Hank -. Estés de acuerdo o no, ahora sí debes hacerlo.

Charles se incorporó. Todavía no podía tomar conciencia de lo que le estaba pasando. Comenzó a abrocharse la camisa.

-Ayúdame a llegar a la silla, Hank. Tengo que visitar a Cerebro.

Hank entendió perfectamente lo que su amigo estaba pensando hacer.

Erik era una persona impulsiva. Peter había heredado su temperamento. También pasional y si alguien se metía con su familia, no dudaba en cobrar venganza. No consideraba a la revancha un desahogo sino un acto de justicia. Erik no creía en ninguna deidad y por eso pensaba que tenía que hacerse cargo y vengar cuando tocaban a los suyos. Peter era su hijo y lo adoraba. Por accidente, igual que a Nina, alguien le había provocado la muerte y esa persona era Charles Xavier. Solo el amor y el respeto lo frenaron de volar esa misma madrugada a Westchester para hacérselas pagar. En cambio, decidió cortar todo lazo con su antiguo amante y con cualquier persona ajena a su comunidad.

Se confinó en el refugio erigido por él mismo y no salió en el mes entero de allí. Los demás mutantes no se atrevían a molestarlo. Más de uno había abandonado su cama esa madrugada por el ruido y se había encontrado con los árboles arrancados y la playa inundada. Entendieron que Magneto debía haber reaccionado así por una noticia grave. Sin embargo, no osaban preguntárselo, solo lo dejaban en paz.

Dentro de su refugio, Erik no llevaba el casco puesto. Sabía que Charles no iba a tomarse el atrevimiento de rastrearlo más. Por eso quedó de una pieza esa mañana al oír su voz en la mente.

"Erik, lo siento," sollozó. "Siento no haber escuchado a Peter esa noche."

Erik salió del refugio y caminó hacia la calle. Los mutantes que estaban afuera, voltearon a mirarlo sorprendidos.

-Siempre te estás disculpando, Charles, y siempre lanzas un discurso, que a nadie le importa.

Dentro de la cámara de Cerebro, Charles se mordió el labio. Podía sentir el dolor de su amante, y el rencor que le tenía. Era más potente de lo que él había imaginado.

"Erik, yo . . ."

-¿Vas a decirme que lo sientes? ¿Vas a repetirme cuánto sientes ser culpable de la muerte de Peter? – espetó Erik con odio -. Guárdate los discursos redentores para tus alumnos y tus acólitos, Charles. A nadie más le importa lo que tengas para decir, a mí no me importa más un bledo. Así que guárdate tus excusas, desconéctate de esa máquina y no me rastrees más porque te juro que si vuelvo a oír tu voz en mi cabeza, voy a viajar hasta Westchester para enfrentarte."

"Erik, ocurrió algo inusitado y yo. . ."

-¡Basta, Charles! – se enfureció tanto que hizo vibrar las estructuras metálicas de la villa.

La onda de rencor de Erik fue tan poderosa, que Charles tuvo que quitarse el casco, aturdido. Se masajeó el estómago con una nueva sensación de náuseas. Estaba débil por el duelo y por el embarazo. ¿Cómo iba a seguir adelante? Erik lo detestaba. Pudo sentir su desprecio, más fuerte que el que había pensado. Se apretó el vientre con ambas manos. Si estaba esperando un hijo no podía seguir más desahogando sus penas con el alcohol, aunque lo hubiera estado haciéndolo últimamente. Depositó el casco sobre el panel y alejó la silla unos centímetros. ¿Qué iba a hacer ahora? El decidido Charles esta vez no tenía respuestas.

En Genosha, Erik cortó la comunicación y, ante la mirada atónita de los demás mutantes, corrió hacia la selva que rodeaba la comunidad. Gritó, lloró y se hincó de rodillas. No solo sufría por su hijo, también lloraba por Charles. Lo aborrecía por lo que había hecho pero todavía lo seguía amando.

….