Capítulo 4: Gentileza
Rin jamás ha sido una persona afín al silencio, le sofoca, le aturde, así como le permite sentir a flor de piel el efecto de la soledad. El silencio es para ella un momento que evoca sensaciones crudas, recuerdos oscuros y un gran miedo tal vez injustificado. Desde pequeña algunos la han criticado por su voz, por hablar por hacerlo, en lugar de necesitarlo; por quebrantar pensamientos, sin malicia pero sin prudencia.
Y ahora que se hallaba frente a la criatura de los ojos abrumados, con su rostro oculto y su porte desganado. La necesidad por romper con la tediosa armonía del silencio era más que necesaria, sin embargo él no parecía encontrarse de acuerdo, puesto que entre las muchas criaturas del mundo, él parecía el más ligero de todos con su porte, su respiración muda y movimientos ligeros.
- Por favor, no te quedes callado. No pretendo nada, no traigo conmigo exterminadores, o algún tipo de Yokai (últimas palabras que aún después de años de tener a Sesshomaru lejos de ella, siguen sintiéndose irreales) solo... - Era inevitable para Rin ocultar el nerviosismo o la ansiedad puesto que, finalmente, aunque la apariencia de tal criatura era reconfortante, no conocía más allá de la superficialidad de su piel. Bien podía tratarse de una criatura hostil, inestable y posiblemente muy fuerte, y el silencio que le caracterizaba no ayudaba en lo absoluto a mitigar esos temores.
De pronto el aludido concluyó poniéndose de pie, aún con sus brazos rodeando su cuerpo pero con una disposición directa a la adolescente. Sin duda evidenciaba la presencia de Rin, pero en cuanto se halló levantado se quedó estático por unos minutos, simplemente observándola. Los vientos de aquella mañana eran plenos, cálidos, y sin temor alguno parecían de juguetear con el cabello del hombre de diamante, a veces revelando trazas de un rostro indiscutiblemente pálido, no tan exótico en sí mismo más allá de aquellos ojos como espejos iridiscentes. Rin, por su parte, tampoco halló oportunidad para moverse o siquiera desviar la mirada de los orbes ajenos, puesto que de ellos no brotaba sensación alguna más allá de la tristeza que tanto intrigó a la adolescente desde un principio, y mientras fuese así, ella no tendría una verdadera razón para alejarse de él.
Finalmente un sonido ligero quebrantó el velo del silencio, puesto que el hombre se aventuró a acercarse a la asustada pero intrigada Rin. A paso ligero se acercó, dejando con cada paso una pequeña ola de agua apenas audible. La adolescente no retrocedió, de hecho se encontró expectante a...algo de parte de él que no reflejara la muerte a partir de cada uno de los ademanes de su andar. Frente a ella se halló entonces, y a partir de ahí se tomó el atrevimiento de rozar las mejillas de la damisela con sus heladas falanges, esbozando con su estóico y casi esculpido rostro una sonrisa que a pesar de que se hallaba libre de todo trazo de vida, de alguna manera era reconfortante.
Rin se limitó a corresponder la sonrisa, tomando con cierto temor la mano puesta sobre su mejilla entre la suya, dejando de lado la ligera paranoia y dando paso a la osadía - ¿Quien eres tú? ¿Por qué estás tan callado? ¿Y por qué estás tan triste? - Rin no se aventuraba a cesar sus preguntas - Eres una criatura extraña, de un tipo que jamás había visto antes - Suspiró un momento, amargando tan solo un poco su mirada - Si no me dices nada, no sabré si tener miedo o no, no te conoceré, ni sabré si te encuentras bien. Por favor, dime algo, que si vine hasta aquí al verte caer del cielo, es porque me preocupa que no te hallas lastimado -
La criatura aludida demostró un rostro sorprendido ligeramente al escuchar el discurso de la adolescente. Separó la mano de su mejilla, y se dedicó a retroceder unos cuantos pasos, casi rozando nuevamente al agua. Posteriormente se arrodilló, y con el extremo de sus dedos esbozó una sola palabra en la húmeda y suavizada tierra.
"Tael"
- ¿Tael? ¿Es acaso ese tu nombre? Es un buen nombre, me gusta - El hombre, aún en sus rodillas, simplemente asintió. Posteriormente Rin igualó su estatura a la de él con su clásica sonrisa perfectamente dibujada, y casi completamente segura de que aquella criatura no le haría daño, se atrevió a devolver el roce anterior, acariciando sus mejillas y sus ojos, quitando la decoración de lágrimas diamantinas de su rostro inmaculado. Él solo se limitó a parpadear, así como dedicarle una mirada fija y transparente a la adolescente.
"¿Qué es aquello que esos ojos me quieren comunicar?
¿Aquello que con gritos te cuesta expresar?
¿Acaso tus labios sellados se encuentran?
¿Inundados por el resentimiento de algún pasado?
Sabe el cielo de tus ojos el dolor que te acompañó
El daño viejo que calló tu voz
Los secretos que guarda tu mirada
Tan dulce y comprensiva, pero tan fría y distante"
La ligera plenitud de la inocente cercanía de los dos involucrados pronto se vio quebrantada, puesto que de un instante a otro los árboles alrededor de la escena no dudaron en estremecerse ante el frenético andar del tan conocido híbrido, buscando con cierto desespero la ubicación de la ya no tan pequeña Rin. En menos de cualquier pensamiento se halló, dejando estupefacto al hombre de diamante y alterada a la adolescente, quien sin querer ya había dejado atrás el roce con aquel alma silenciosa.
- Inu...Inuyasha - Emitió la adolescente en un tono bajo y sin esfuerzo - ¡Rin! ¿qué demonios haces aquí? con este montón de criaturas en el bosque, ¿acaso estás buscando que te maten? - Por un instante se quedó callado al identificar más detalladamente a la criatura que acompañaba a Rin. "Ese hombre...su presencia es pesada, sofocante, oscura, melancólica. Y su olor...es como el aroma de la muerte misma, no de putrefacción, sino más como un olor a cuerpo vacío, sin alma alguna. ¿qué es esa criatura?" Se limitó a pensar el híbrido. - Rin, aléjate de esa criatura - Ella entonces se puso de pie justo en frente del hombre silencioso, haciendo las veces de una ligera protección - Él no ha hecho nada malo, no le hagas nada Inuyasha - mientras, la criatura aludida simplemente observaba con una expresión estóica al nuevo visitante - Regresa a la aldea Rin, esta criatura me trae mala espina - Enunció el peliplateado con una disposición seria - ¡Pero...! - Rin no fue capaz de terminar su discurso, puesto que de pronto el hombre de diamante le sorprendió con el roce de su mano en la suya, invitándola a levantarse junto con él - ¿Tael? - Siguió la corriente simplemente, a merced absoluta de la voluntad del inquebrantable desconocido.
Dicen que la intuición femenina es equiparable únicamente a las mitológicas historias de premonición, puesto que a diferencia de los hombres, ellas saben por intuición aquello que es conveniente o inconveniente, aquellos rostros que detrás de una sonrisa ocultan desesperación, o aquellos que detrás de la seriedad ocultan la plenitud. Nada indicaba un desenlace pacífico en el encuentro entre una criatura extraña y silenciosa y una alegre pero indefensa adolescente humana y, sin duda alguna, Inuyasha era consciente, sin embargo Rin no se atrevió a desistir de su confianza, simplemente porque no le nacía desconfiar de esos orbes iridiscentes.
La criatura aludida, por otro lado, parecía concordar perfectamente con las palabras de Inuyasha. Las aceptaba, las comprendía, y tal vez incluso las compartía, puesto que sin pensarlo dos veces atrapó con suma firmeza la mano tersa y pequeña de Rin y se dirigió hacia el híbrido con la otra abierta y posada en su pecho, en señal de nula hostilidad. Siendo consciente de lo que ocurría Rin se resistió un instante, sin embargo el roce de aquel hombre, sin ser doloroso en lo absoluto, era increíblemente fuerte; una llave de la que difícilmente escaparía.
Inuyasha todo el tiempo mantuvo una disposición defensiva, expectante a los desconocidos movimientos de la otra criatura. Sin embargo no demostró hostilidad en lo absoluto, puesto que en cada posible circunstancia escuchaba sus palabras, aún más que la adolescente misma. - Ta..Tael no le escuches, él no sabe quien eres - el aludido entonces se detuvo un instante a observarla antes de "intercambiar" la mano de ella con el híbrido - ¿Acaso tú si le conoces, Rin? - enunció Inuyasha con una sorprendente serenidad - ¡I...Inuyasha! - Poco fue Rin capaz de hacer, observando cómo era llevada como una muñeca en contra de su voluntad, de una mano a otra y sin la capacidad para resistir, o para opinar.
Tras intercambiar una ligera mirada sin sentimiento alguno entre los dos hombres, el peliplateado se decidió a retirarse con Rin sin enunciar una palabra más. Ella se limitó entonces a girar su vista hacia Tael, quien poco resisitió la decisión. Su cabello azabache era desordenado por el viento, y sus ojos de colores incomprensibles...se limitaban a reflejarla en ellos, serios, pero tristes. Pero cuando casi de sus vistas se había desvanecido el otro, Tael le dedicó una tierna y casi imperceptible sonrisa a Rin, una sonrisa que aunque melancólica, tal vez era la sonrisa más sincera del mundo. Rin se sorprendió, pero debido a lascircunstancias, no tuvo más remedio que corresponderle de manera similar.
Pronto Inuyasha y Rin se hallaron en la aldea, en donde Kaede, visiblemente preocupada, se acercó a ellos a paso frenético, sin pausar un solo instante - ¡Mi niña! Cuanto agradezco que te encuentres bien. No importan las razones, bien sabes que no puedes así como así correr hacia el bosque, donde no sabes qué tipo de criatura se puede aparecer - Rin mantuvo el silencio por un tiempo prudente, en donde el enojo, o tal vez capricho, inundaba su interior - Le entiendo señora Kaede, lo siento mucho - Enunció cabizbaja, dando razón a su preocupación y dejando sus sentimientos de lado. Pronto y de manera brusca arrebató su mano de la de Inuyasha, buscando ocultarse en la cabaña sin decir una sola palabra más. No hubo resistencia, y tanto Kaede como Inuyasha simplemente le permitieron retirarse.
Rin entró a la cabaña a regañadientes, enojada, frustrada. No podía dejar de pensar en la tristeza en el rostro del aún desconocido Tael, el cual quien sabe se hallaba reflexionando en aquel instante. Observó un momento tras la ventana, un hermoso día soleado. Pasó aproximadamente una media hora, momento en el cual se aventuró a dejar su berrinche atrás y salir a disfrutar del día. Después de todo, había una infinitud de tareas que concluir.
Efímero se hizo el día, tras el cual Rin se dedicó a mojar sus pies un rato junto al río, como es habitual. Se hallaba por su cuenta, en una noche particularmente oscura y silenciosa. Recalcaba los eventos ocurridos por la mañana, y no podía evitar sentir algo de angustia al desconocer el paradero de la criatura diamantina, pero por ahora, poco era lo que podía hacer. Suspiró, cuando de pronto una pequeña luz comenzó a juguetear con sus pies. Era una luciérnaga, la cual pronto dejó de ser solitaria. De manera inexplicable pronto Rin se vió rodeada de luces, de un gran grupo de luciérnagas que llenaban de vida aquella noche oscura. Eran dulces, gentiles, inofensivas, y sin alguna dificultad dibujaron en Rin cálidas sonrisas. Un espectáculo de luces solo para ella. Un espectáculo de luces anormal, algo que nunca había experimentado. Era casi como si...se lo hubiesen dedicado.
No es difícil intuir que la noche concluyó decorada con las risas aún inocentes de una adolescente sin remordimiento ni rencor.
