4

Y la bestia probó la manzana, creyendo que podría olvidar su sabor.

Me desperté desnuda en la cama y abrazada a mí misma. Tenía frío y me encogí un poco antes de volver a la realidad del mundo. La cabeza me latía un poco y al levantarme noté un leve dolor en la entrepierna. Fui balanceándome hasta el baño y abrí la ducha antes de meterme de lleno bajo el torrente de agua caliente.

Me sentía extraña, ni bien ni mal, sólo extraña.

La noche había sido… bueno, había sido increíble. Sabía que Kenneth no había exagerado al decir que sabía lo que hacía, pero aún así no pude evitar sentirme sorprendida de haber alcanzado un orgasmo tan arrollador en apenas unos minutos. Había sido como la liberación de todo lo que había guardado dentro. Y por un momento, en un simple segundo, me había sentido llena.

No sólo literalmente, hablo de «llena» de una forma profunda e importante.

Cerré la ducha y cogí la toalla que tenía sobre el lavabo. Me sequé el pelo, me la enrollé alrededor del cuerpo y me miré al espejo.

Tenía unos ojos tristes.

Ahora volvía a ser yo; volvía a estar vacía y a sentirme sola.

Agité la cabeza y me obligué a sonreír. Cogí la botellita de esencia que siempre llevaba conmigo y volqué dos gotas sobre los dedos antes de palparme el cuello y notar el frescor de la manzana.

—Cariño —me dije a mí misma—, eres fabulosa…


Esperaba en la entrada, con mi maleta en la mano y las gafas de aviador puestas. Keila y John hablaban a mi lado sobre la cena a la que alguna otra pareja que se habían encontrado allí les habían invitado.

El único problema, como siempre, era yo.

No querían dejarme solo en su ático porque podría caer en la tentación de irme a buscar droga. A veces creía que les gustaba exagerar, y otras creía que no se preocupaban lo suficiente por vigilarme. Echaba de menos las drogas, las echaba mucho de menos. Ese momento en el que te colocas y llegas a un sitio en el que todo es perfecto y brillante, en el que sólo existes tú y nada importa. Allí no hay problemas, ni dudas, ni recuerdos…

Oí que la chica de John saludaba a alguien, y por el tamaño de su sonrisa podía adivinar a quien.

Alexandra apareció cruzando la puerta de cristal, con una sonrisa radiante y el pelo suelto. Se había puesto una falda de tubo negra hasta las rodillas y una camisa verde.

—Hola, cielo —dijo plantando un beso en la mejilla de Keila, sin mirar a nadie más—. ¿Nos vamos?

—Sí, te estábamos esperando —le dijo.

John murmuró algo al oído de su novia y ella se giró hacia un lado.

—Disculpadnos —dijo él—. Tenemos que saludar a alguien.

La cogió de la mano y se fueron directos hacia una pareja mayor que sonreía. Por la forma en la que vestía la mujer y la barriga del hombre diría que se trataba de uno de los clientes del bufete de John.

—Pareces cansado, campeón —me dijo Alexandra mientras me miraba con una sonrisa cómplice en los labios.

—No, la verdad es que aún tengo muchas energías —respondí.

—¿No has hecho ningún esfuerzo este fin de semana?

—No, nada que me quitara el sueño.

No iba a reconocer lo mucho que me había gustado. Me costaba aceptar que aquella mujer pudiera hacerme sentir algo tan intenso.

—¿No te gustó?

Aquella pregunta me dejó un poco descolocado. La miré tras las gafas oscuras y me encogí de hombros.

—Estuvo bien —murmuré.

Alexandra se quedó en silencio uno segundos antes de coger aire y sacar un pequeño papel doblado de su bolso de mano.

—Es mi número —me explicó.

Miré su mano extendida y el papel que sostenía. Al ver que no hacía nada por cogerlo ella volvió a meterlo en el bolso con una expresión decepcionada.

—Supongo que aquí termina el juego —murmuró.

Yo no apartaba los ojos de su rostro, pero no era capaz de decirle nada.

—No tengo móvil —fue todo lo que se me ocurrió.

—Ya —respondió ella, poco convencida.

—No es una escusa —le aseguré.

—De acuerdo, campeón, no pasa nada —dijo forzando una sonrisa.

Por desgracia John y su chica volvieron a acercarse y no pude decir nada más.

—Ya podemos irnos —dijo Keila con su sonrisa de siempre.

—Bien —dijo Alexandra antes de meterse en el coche—. Todo lo bueno termina.

Sería muy rebuscado pensar que aquello no era una frase casual, que me lo decía a mí. Así que fingí que aquello no me había dolido y la seguí adentro sin decir nada.


Para mí el juego había terminado.

Le había dado mi número de teléfono, que era algo así como la forma sutil de decir: «Vuelve a follarme, por favor» y él había mirado el papel sin decir nada. Ni siquiera se había molestado en cogerlo.

No estaba enfadada ni nada así, sólo un poco decepcionada. Creía que Kenneth y yo habíamos conectado. Quiero decir… ya sabéis, que nos caíamos bien y el juego podría seguir adelante.

Pero me había equivocado.

—Gracias por el fin de semana —me despedí después de pasar tres horas dentro de un coche junto a ellos, viendo como John y Kei hacían manitas y se decían bromas secretas. A esas alturas ya necesitaba salir de allí u os juro que acabaría tirándome del coche en marcha.

—Te llamaré —me prometió Kei.

—Claro, cuando quieras, tienes mi número —me despedí diciendo lo primero que me salió por la boca.

Cerré la puerta tratando que no fuera con demasiada fuerza y saqué las llaves del bolso mientras el chofer me acercaba la maleta que tenía en el maletero. Se ofreció a subírmela a casa, pero yo me negué con una sonrisa amable.

Vivía en el mismo edificio que Kei y yo habíamos compartido. Nada lujoso, con escaleras estrechas y sin ascensor. Después de cargar cuatro kilos de ropa durante cinco pisos me tiré en mi sofá y cerré los ojos. Era un poco deprimente haber vuelto después de pasarse dos días en el balneario más lujoso del país, pero aquella era mi casa. Era mi ducha con poca presión, mi suelo de madera que crujía, mis paredes de ladrillo y mi cama de matrimonio demasiado grande y demasiado vacía.

Levanté la mano y busqué el teléfono sobre la mesilla al lado del sofá. Presioné el botón del contestador y esperé a que el estúpido mensaje que me negaba a cambiar acabase.

»Somos Alexandra y Keila, y si no te cogimos el teléfono es que eres feo, así que intenta dejar un mensaje y ya veremos si te hacemos caso«

—Alexandra —dijo una voz muy ruda; Tash, mi mánager—, ¿dónde has estado? ¿Crees que te puedes permitir unas vacaciones? Acabo de recibir un mensaje de que van a grabar un videoclip y buscan modelos. Llámame antes de que avise a otra chica que sí esté en su casa.

Levanté la cabeza y cogí el auricular antes de marcar su número.

—Tash, —le dije—, soy Alex. ¿De qué se trata?

Una semana después estaba en la gran ciudad, con un montón de maquilladoras revoloteando a mi alrededor y vestida como una zorra. Había cuatro chicas más y parecían mucho más felices que yo por estar allí. Era un grupo que no conocía pero que, al parecer, empezaba a tener mucho éxito en las pistas. Según el director la idea era que todas apareciéramos sentadas en una especie de sala de espera, entonces a medida que la canción avanzaba iríamos pasando para bailar una tras otra al lado del cantante. Estaba la chica tímida, la negra con culo grande, la morena elegante, la pelirroja graciosa y, evidentemente, yo era el putón rubio.

Palabra por palabra del director fue:

—Es una representación de todas las mujeres, para que se sientan identificadas.

Súper profundo. ¿Qué mujer no se siente identificada con cinco modelos frotándose contra un hombre en mitad de un videoclip?

El móvil empezó a sonar y eché un vistazo. »Keila«, leí en la pantalla. Le di a colgar y escribí un mensaje rápido: »Estoy trabajando, cielo, llámame más tarde«

—Tienes un pelo divino —me dijo una de las estilistas mientras pasaba los dedos por mi cabello—. Este color tan bonito ya no se ve, y todos esos reflejos… cuesta creer que sea natural.

La miré a través del espejo y sonreí de forma amable.

—Sí, es una de las pocas cosas buenas que me dejó mi madre —respondí.

—Bien —gritó el director a lo lejos—, ¿estáis listas, preciosas?

Todas nos levantamos y fuimos hacia la parte del estudio donde debíamos sentarnos.

Vamos allá.

Llegar a casa, tirar la maleta, dejarme caer sobre el sofá y cerrar los ojos.

Esa era mi gran vuelta al hogar.

Cuando desperté ya había oscurecido y tenía hambre. Caminé hacia la nevera para asegurarme de que no se había llenado sola mientras estaba fuera. Tenía que hacer la compra. Cerré la puerta de un golpe fuerte, porque era vieja y ya no cerraba bien. Me subí sobre la encimera de granito para llegar a la parte de arriba de la alacena y saqué una botella de vino medio vacía.

A veces creo que a mi vida le falta algo importante, hasta que recuerdo que tengo alcohol por alguna parte.

Gracias, alcohol. Tú haces mi vida menos deprimente.

Antes de que me sentara sobre el sofá y encendiera la tele mi móvil volvió a sonar. Me levanté con un resoplido de sufrimiento y fui hasta mi bolso.

»Keila«, leí.

—¿Qué pasa, cielo, ya me echabas de menos? —la saludé.

Hubo un silencio en la línea, lo que me extrañó muchísimo. Tanto que me quedé parada en el sitio y un miedo me atenazó el corazón.

—¿Kei…? —susurré con apenas un hilo de voz. Sólo podía pensar en lo peor.

—Soy yo…, Kenneth —dijo una voz profunda y aterciopelada al otro lado.

Mi corazón volvió a palpitar.

—Oh, joder, que susto me habías dado —le dije antes de apoyarme contra la pared.

—Lo siento —se disculpó—. No era mi intención.

Cogí aire y volví hacia el sofá.

—¿Ha pasado algo? —pregunté.

—No, no ha pasado nada.

—¿Y por qué llamas desde el móvil de Kei?

Hubo un silencio bastante extraño. Algo se iluminó en mi mente de pronto y sonreí al darme cuenta.

—Así que le has robado el teléfono —aventuré, sin esperar a que él me respondiera.

—Se lo he cogido prestado —me corrigió.

—¿Tampoco te dejan tener móvil?

—Ya te lo he dicho, no puedo.

—¿Por qué?

—Porque… podría llamar a… alguien. Ya sabes… camellos.

—Ah… —murmuré mientras asentía con la cabeza—. ¿Y si hubieras querido hacer eso no sería lo mismo que acabas de hacer ahora para llamarme?

—Keila no tiene el número de ningún camello en el móvil… que yo sepa.

Sonreí y contuve la risa.

—Seguro que te sabes algún número de memoria —le dije.

Hubo otro breve silencio.

—Lo hacen por mi bien —dijo al fin.

—Sí, ya lo sé. ¿Eras tú el qué llamó por la mañana o fue la verdadera Kei?

—Yo —murmuró, como si no quisiera decirlo en voz alta.

—Estaba en un estudio de la gran ciudad gravando un vídeo —le expliqué.

—¿Qué tipo de vídeo?

—Uno para un grupo de música bastante mediocre con un cantante con las manos muy largas.

—¿De qué trataba?

—Pues… —cogí aire y miré a través de la ventana—, básicamente tenía que hacer de un zorrón que se restregaba contra él como si muriese por tirármelo allí mismo.

—Sé por experiencia que eso se te da muy bien…

Sonreí y me mordí el labio inferior.

—Sí, bueno, pero no es que se lo haga a muchos.

—¿Debo sentirme alagado?

—Sí —le aseguré—. Deberías.

Oí un sonido apagado, puede que fuera Kenneth riéndose en voz baja.

—¿Y cuándo sale el vídeo?

—Según el director saldrá en una semana o algo así. No es que se lo vaya a mandar a todos mis conocidos para que lo vean.

—¿Ni a Keila?

—A Kei menos que a nadie.

—Creía que era tu mejor amiga.

—Exactamente por eso.

Hubo un corto silencio.

—Estoy muy agradecido de que me ayuden tanto —dijo él entonces, con un tono de confidencia que no le había escuchado nunca—. Pero a veces me dan ganas de tirarme por la ventana.

Me reí.

—Después de tres horas en el coche con ellos —le dije—, sólo podía pensar que si volvían a darse otro beso y a quedarse mirando el uno al otro me iba a cortar las venas.

—No los viste por las mañanas desayunando cogidos de la mano.

—¡No! —exclamé horrorizada.

—Se llaman mamá cisne y papá oso el uno al otro —siguió diciendo él.

—Dios… mío… —me llevé una mano a la cara y cerré los ojos—. Pero… ¿en serio?

—Te lo juro.

—Si algún día acabo así quiero que me mates —le pedí muy en serio.

Oí como se reía al otro lado de la línea.

—¿Acabar cómo? —me preguntó—. ¿Enamorada?

—Si el amor significa alcanzar un nuevo nivel de vergüenza ajena, entonces sí, cuando me enamore.

Decir eso me sonó extraño.

—No creo que seas de las mujeres que se enamoran.

—¿Debería sentirme alagada?

—Por mi parte sí, otros dirían que es algo triste.

—Sí… —murmuré—, hay gente que aún cree que hay alguien especial ahí fuera, esperándoles.

—¿No crees que exista una persona especial para ti?

Fruncí el ceño. Aquella conversación se estaba volviendo algo rara.

—¿Y tú sí?

—No —dijo después de un breve silencio—. No creo que la haya.

—Ahora que lo pienso sería muy gracioso verte de la mano con una mujer. Me lo estoy imaginando. —Traté de imitar su voz grave y le dije—: «Nena, te quiero tanto que te voy a follar el culo»

Me reí.

—Oh, perdona —murmuró él con un tono más animado de lo normal—. Seguro que lo tuyo sería mejor. —Y poniendo una voz agua y algo pija dijo—: «Cariño, ¿dónde están mis bragas de Gucci? Creo que las perdí en el probador de la tienda, o en el coche, o en el restaurante…»

—¿Qué? —exclamé fingiendo estar ofendida—. Eso no es cierto… yo nunca llevo bragas.

Hubo un silencio después de que lo dijera.

—¿Nunca? —me preguntó con esa voz profunda que me hacía arder la piel; intensa y juguetona.

Me mojé los labios y me recosté contra el sofá.

—Depende… —murmuré—, soy más de tanga.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Nunca te he visto en tanga.

—Depende del momento y el día.

—¿Y en qué momento te lo pondrías…?

—Bueno… —me pasé la mano por el pelo—. No iría a un funeral en tanga.

Kenneth empezó a reírse, reírse de verdad, no esa risa apagada que siempre ponía. Yo también me reí, pero lo había dicho bastante en serio.

—Princesa… —me dijo él—, tienes una retorcida forma de cortar los momentos calientes.

—¿Hablar de mis tangas era un momento caliente?

—Sí para mí…

—Si quieres puedo ir al cajón y describírtelos —le ofrecí de broma.

—Prefiero verlos… será más divertido para ambos.

Una excitación me recorrió la piel como una corriente eléctrica.

—Creía que no querías jugar más —le dije.

—Yo nunca dije que no quisiera.

—Pero lo diste a entender.

—Princesa, es hora de que aprendas algo de los hombres, y es que nosotros no damos a entender cosas. Las decimos, y ya está.

—No hay nada de los hombres que puedas enseñarme, campeón —le aseguré.

—Puedo enseñarte muchas cosas —murmuró—. Cosas que te harán gemir de verdad.

Me pasé los dedos por el cuello y el recuerdo de su lengua me hizo estremecerme.

Oí un ruido al otro lado del teléfono.

—Tengo que colgar, John y Keila ya han llegado.

—Muy bien —murmuré, tratando de que no se me notara la decepción—. Hasta luego, campeón.

—Te llamaré, princesa —murmuró antes de colgar.

Dejé caer el móvil a un lado y me tumbé con una sonrisa tonta en los labios.


Tuve que esperar a que Keila se fuera al gimnasio para buscar su bolso y coger el móvil de nuevo. Había tratado de hacerlo en varias ocasiones desde la última vez que llamé a Alexandra, pero aquella había sido la única segura. John había ido al bufete, como todos los días, y podría hablar sin preocuparme. Pulsé la pantalla hasta buscar los contactos y deslicé el dedo hasta encontrar «Alex M.A.P.S.». Me había pasado la semana anterior quedándome parado frente al móvil, mirando la lista de cuatro «Alex», que Keila tenía. Preguntándome cuál de aquellos números sería el de ella.

Había probado con el primero, pero había respondido un hombre, así que había colgado. Eso me quitó las ganas de volver a intentarlo hasta un par de días después. Me colgaron, así que estuve a punto de tirar el teléfono bien lejos antes de recibir un mensaje: «Estoy trabajando, cielo, llámame más tarde».

Pensé en dejarlo, en pasar del tema y olvidarme de Alexandra. Pero después llegaba a mi habitación, casi la mitad de grande que toda mi casa de antes; y me refiero al «antes» cuando vivía en un antro de mierda apenas sin muebles y me pasaba el día drogado.

Era casi un milagro que no hubiera pillado nada verdaderamente malo.

Llegaba a mi habitación y los recuerdos de ella me asaltaban de forma totalmente aleatoria. Mirando la televisión, mientras me masturbaba, leyendo alguna revista… y en el momento en que estaba leyendo el Nacional Geographic y de pronto encontré una página a todo color de una jungla y pensé en sus ojos, me asusté. Me asusté de verdad.

Quizá la echara de menos. No hablo de un sentimiento profundo y descontrolado, hablo de una vaga sensación de pérdida. Alexandra era, prácticamente, la única persona que me había tratado como un ser normal aún sabiendo lo de mis problemas.

Y cuando al fin la había llamado a la noche y oí su voz preguntándome si la había echado de menos me quedé helado en el sitio. Una parte de mí me dijo que colgara, que corriera, que corriera muy lejos de allí. Y de pronto ella había dicho: «Kei…» con un miedo en la voz que no me había imaginado que pudiera tener.

Le había llamado con el móvil de la chica de John, estaba claro que pensaba que era ella.

Cuando empezamos a hablar fue como si no hubiera pasado ni un minuto desde que estuvimos frente a la puerta del balneario. Ella no parecía molesta, ni ofendida, ni enfadada porqué la hubiera llamado; simplemente parecía… ella.

Así que, a la próxima oportunidad que tuve de llamarla, lo hice.

Pulsé sobre el nombre de «Alex M.A.P.S.» y me puse el móvil en la oreja. Sonaron dos pitidos antes de escuchar:

—Hola, cariño, ¿desde cuándo me llamas a mediados de semana?

—Desde hace poco —respondí yo con una sonrisa mientras subía las escaleras de madera hacia la segunda planta del ático.

Alexandra se rió.

—Tenemos que tener una contraseña para que no haga el gilipollas cada vez que me llames —murmuró.

—¿Algo cómo qué? —pregunté, atravesando el corredor hasta mi cuarto.

La habitación tenía una de las paredes de cristal, lo que al principio me había dado algo de vértigo, y una cama de matrimonio deshecha. La estantería que cubría otra de las paredes, donde también había una consola y un televisor, estaba llena de libros de leyes y enciclopedias jurídicas. Aquel había sido el despacho de John hasta mi llegada.

Lo único que era mío allí era mi viejo bajo.

—Algo que no salga en una conversación común.

—¿Clínex? —pensé al ver la caja de pañuelos que tenía la lado de la cama. Evidentemente no eran para secarme las lágrimas. Los tíos necesitamos esas cosas, no os engañéis.

—Si cuando coja el móvil empiezas a gritarme: «¡Clínex!», te juro que me meo por mí —respondió mientras se reía.

—Lo tendré en cuenta —sonreí, dejándome caer sobre la cama—. ¿Qué haces?

—Estoy comprando —respondió—. Hace días que me alimento sólo de barritas energéticas y café. Necesito algún tipo de comida con alguna cosa de esas… ¿cómo las llaman? ¿Vitaminas?

Me reí en voz baja.

—Soy un experto en comidas de mierda —le dije—. Una vez me pasé una semana entera comiendo el mismo bocata porque creía que alguien lo hacía todos los días y lo dejaba en mi nevera; al final estaba tan colgado que ni siquiera me di cuenta de que había empezado a pudrirse y tuve que ir al hospital con una intoxicación alimentaria.

Hubo un breve silencio y yo apreté los dientes y cerré los puños con fuerza. ¿Por qué coño le había contado aquello? Yo no hablaba del pasado.

—No debería haberte dicho eso —murmuré, arrepentido.

—Yo estuve hospitalizada un par de veces por malnutrición —me dijo entonces—. Llegué a pesar sólo treinta y ocho kilos.

Tragué saliva y en mi mente se formó la imagen de una Alexandra cadavérica en la camilla de un hospital. Cerré los ojos y agité la cabeza. Eso no era algo que quisiera ver.

—Y ahora el drama de mi vida es elegir entre los cereales Crunchis o los Lopilop azucarados —añadió, como si lo que acabara de compartir conmigo no fuera más importante que el tiempo que hacía hoy—. ¿Tú cuáles comprarías?

—Depende… —murmuré, tratando de recuperarme.

—En ninguno hay ningún tanga, así que supongo que la elección no sería complicada para ti —me dijo.

Sonreí y negué con la cabeza. ¿Cómo hacía aquello? ¿Cómo era capaz de cambiar de tema y hacerme reír cuando hacía apenas unos segundos estábamos compartiendo un poco de la mierda de nuestro pasado?

—¿Te pones tanga para ir al supermercado? —pregunté entonces, con un tono de voz juguetón.

—No voy a hablar de eso aquí —me dijo—, espera al menos a que llegue a la sección de congelados. El frío me sentará bien.

Una sonrisa estúpida me surgió en el rostro, de esas que no quieres que la gente vea pero que no puedes dejar de poner. Por suerte no había nadie delante.

—¿Alguna vez lo has hecho en un supermercado? —le pregunté.

—Dentro no —respondió.

Me puse una almohada detrás de la cabeza y me acomodé en la cama.

—Explícate —le pedí.

—Una vez dejé que un chico me tocara las tetas en la parte de atrás de uno —dijo—. Cuando era joven e ingenua.

—¿Alguna vez has sido joven e ingenua? —le pregunté—. No puedo imaginarlo.

Ella cogió aire y suspiró:

—Lo era, créeme. ¿Tú lo has hecho en un supermercado?

—Sí —respondí.

—¿Dónde?

—En la despensa. Cuando tenía diecisiete trabajé de reponedor y me tiré a una del instituto allí.

—Vaya, que cosa tan romántica —bromeó—. ¿Fue tu primera vez?

—Mi primera vez en correrme dentro, sí.

—¿Ya habías hecho otras cosas antes?

Sonreí.

—Sí, bastantes cosas.

—¿Con la misma chica?

—No.

—¿Siempre con diferentes?

Me encogí de hombros.

—Normalmente sí, pero había una chica que estaba un poco obsesionada conmigo y hacía cualquier cosa que le pidiera.

—Pobre chica, seguro que le gustabas.

—Yo le dejé bien claro que no quería nada —me defendí—. Y tampoco la obligué a hacerlo.

—Te voy a decir una cosa sobre las mujeres, campeón, y es que a nosotras no nos importa lo que vosotros digáis. Siempre creemos que hay algo más detrás.

—Por eso yo no tengo amigas —le dije.

Ella se rió.

—No sé cómo tomarme eso —me dijo.

Moví los pies sin decir nada y miré hacia el techo de la habitación.

—Ya sabes lo que pienso del compromiso —murmuré.

—La amistad no es un compromiso —dijo ella.

—Sí, sí lo es —le corregí yo—. Cuando eres amigo de alguien se esperan cosas de ti. Ese alguien espera que estés a su lado y le escuches, espera que tú le comprendas, y cuando no puedes hacerlo, ese alguien se decepciona.

—De acuerdo, no somos amigos, entonces.

Cerré los ojos sintiéndome algo culpable por aquello y negué con la cabeza.

—No quiero hablar de esto —le dije.

—De acuerdo, yo aún sigo esperando que elijas los cereales.

—¿No se supone que los modelos no pueden tomar esas cosas con azúcar? —le pregunté.

—Sí, eso se supone, pero yo tengo uno de esos metabolismos tan rápidos por el que el resto de mujeres me odian.

—Pensaba que hacías mucho ejercicio.

—También hago ejercicio.

—¿Qué tipo de ejercicio?

—Bici la mayor parte del tiempo, a veces me pongo a correr en la cinta, pero no es que me encante.

—Yo te podría ayudar con eso.

—¿Ayudarme a que me guste más la cinta de correr? —me preguntó.

—Ayudarte a hacer ejercicio —dije, con un tono cálido y grave.

—El mínimo son veinte minutos de ejercicio para que funcione —respondió con voz juguetona—, si sólo hago cinco no cuenta.

Me pasé la lengua por los labios y sonreí.

—Esa noche me pillaste demasiado cargado —dije. Y era cierto, cuando aquella noche habíamos llegado a su cuarto yo estaba ya al límite.

—Creo que acabo antes montando en bici.

—Podrías montarme a mí y comparar.

La idea empezó a hacer mella en mí y la entrepierna del pantalón de chándal que llevaba comenzó a elevarse.

Alexandra se rió. Me gustaba su risa, era real y sonora. No como esa gente que la fuerza, como si reír más los fuera a hacer más graciosos.

—Si lo hubieras hecho en tu habitación habrías aguantado más al final de la noche —me dijo ella.

—¿Hacer qué? —le pregunté con una sonrisa.

—Ya sabes.

—No, no estoy seguro.

—Estoy en mitad del supermercado.

—Dilo.

Alexandra cogió aire y murmuró:

—Masturbarte.

—Sí, puede que hubiera aguantado más —respondí. No era algo que lo que estuviera seguro. Ella me había hecho ponerme tan cachondo en la discoteca que no creía que una paja rápida hubiera solucionado nada.

—¿Cada cuánto lo haces? —me preguntó.

—¿Lo qué? —bromeé.

—Ya lo sabes.

—No, no lo sé.

—No voy a repetirlo. Hay un montón de madres con niños por aquí.

—Tendrás que encontrar la forma de decirlo.

Ella pareció pensárselo unos segundos.

—¿Cada cuánto juegas con la manguera? —preguntó.

—¿Qué manguera?

—Kenneth, no —me pidió.

—No sé de lo qué hablas, princesa. Tendrás que explicármelo.

—No voy a decir eso aquí, olvídate.

—¿No quieres saber cada cuanto me toco? —le pregunté alargando una mano hacia mi entrepierna y frotándome—. Ahora mismo lo estoy haciendo…

—¿Lo de los cereales te puso cachondo? —me preguntó.

—¿Ahora puedes decir esas cosas?

—Me he metido en la parte de la comida ecológica —me explicó—. Aquí nunca hay nadie. Mira, acabo de ver galletas de trigo integral hechas a mano. ¿Cómo crees que saben, más a serrín o quizá algo más tipo corcho?

Me reí y tuve que dejar de tocarme.

—¿Por qué siempre me interrumpes cuando me excito?

—Lo siento, campeón —se disculpó—. ¿Entonces cada cuánto te tocas?

—Depende.

—¿De qué?

—De dónde esté y con quién.

—Entiendo. Así que no te tocas si no puedes conseguir que alguien lo haga por ti.

—Sí, algo así.

—Y eso no te resulta difícil, supongo.

—No, no mucho.

—Sí, eres demasiado guapo para que no merezca la pena intentarlo.

Sentí un calor agradable en el pecho y ladeé la cabeza.

—¿Te parezco muy guapo? —le pregunté, tonteando.

—Oh, vamos, como si no lo supieras ya.

—Lo sé —murmuré—, pero me gusta que tú lo digas.

—¿Alguna vez te has masturbado delante de un espejo? —se le ocurrió preguntarme—. Porque creo que eso es algo así como lo más jodidamente egocéntrico que puede hacer alguien.

—¿Yo a mí mismo?

—Sí.

—No —respondí.

—Pero te han tocado delante de un espejo.

—Sí.

—¿Alguna vez has pagado por sexo?

—No, ¿y tú?

Ella se rió un poco.

—No —respondió.

—¿Por qué lo has preguntado?

—No sé, se me ha ocurrido que has hecho tantas cosas que puede que hayas buscado algún tipo de ayuda exterior de pago.

—Nunca la he necesitado —le expliqué—. Antes, cuando no tenía a mamá cisne y papá oso vigilándome día y noche, si quería follar me iba a un bar y abordaba a la chica que más me gustase. Ni siquiera tenía que hacer o decir nada especial, ellas hablaban casi siempre por mí.

—No te cortas a la hora de utilizar a las mujeres, ¿no, campeón? —me reprochó.

Entrecerré los ojos.

—Ellas también me utilizan a mí —le aseguré—. En la parte del sexo yo hago siempre el trabajo, y hasta el momento ninguna se quejó.

—¿Y no han tratado de llamarte o buscarte después?

—Supongo, no lo sé. Nunca les digo mi nombre y siempre me llevaban ellas a su casa; así que tampoco tendrían por donde empezar.

—Un día quiero verte ligar —me dijo.

Me quedé sin saber que decir.

—¿Por qué? —le pregunté.

—No sé, quiero ver como las mujeres caen a tus pies y te ruegan que vayas a su casa —bromeó.

—No tendrá gracia si estás delante —me oí decir.

—¿Por qué?

—Me distraerías.

—Oh, que halagador.

—Me refiero a que seguro que empezarías a reírte o algo —se me ocurrió decir.

—¿Yo? No…

Y se rió. Yo sonreí.

—¿Lo ves? —pregunté—. Te quedarías mirando y riéndote mientras extiendo mis tácticas de seducción.

Ella se rió más fuerte.

—¿Tus tácticas de seducción no se reducen a poner cara seria y decir con tu voz sexy: «Voy a follarte hasta que te olvides de tu nombre»? Porque a mí eso me llegó, que lo sepas.

Sonreí y me mojé los labios. ¿Por qué no era capaz de dejar de sonreír?

—No, la mayoría de las veces me pongo serio, me inclino hasta su oído y les susurro: «Quiero hacerte gemir de placer, y sabes que puedo hacerlo»

—¿Y funciona?

—A mí sí —me encogí de hombros—. A veces creo que podría decirles que quiero lamerle los ojos y quemarle los pezones y seguiría funcionando.

—Si consigues follar con esa frase te juro que te doy un billete de quinientos.

Nos reímos.

—¿Y qué me dices de ti? —le pregunté—. ¿Tú como ligas?

—Soy una mujer atractiva —dijo, como si el resto ya fuera algo evidente—. Yo me pongo en la barra de un bar con algo de escote y me caen hombres a patadas. Por desgracia la mayoría son unos gilipollas prepotentes, los buenos se sienten demasiado intimidados para hablarme.

—¿Y si eres tú la que quiere ligar con alguien?

—Pues me visto como un putón, lo invito a bailar y me restriego contra él hasta que no puede más.

Me quedé en silencio.

—Era broma, Kenneth —me dijo.

—Ya lo sé —murmuré. Pero en el fondo me sentí algo aliviado—. ¿Entonces qué haces?

—No suelo salir por ahí con la idea de terminar con sexo —explicó—. Soy más una calientapollas que una zorra, no sé si comprendes la diferencia. Si conozco a alguien que me guste de verdad sí puede que acabe teniendo sexo, pero no es lo corriente.

—¿Y si quieres algo… algo más? —le pregunté.

—¿Algo más?

—Sí, ya sabes.

—No, no te sigo.

—Si quieres una relación —me expliqué.

—¿Te refieres a una no-relación como la nuestra o a una de verdad?

—No hay un «nuestra» —le aclaré—. No hay un «nosotros».

—¿Y cómo quieres llamarlo, entonces?

—No voy a llamarlo de ninguna forma.

—Vale.

Hubo un momento de silencio y una pregunta me brotó en los labios.

—¿Ya lo has hecho antes?

—¿Lo qué? —me preguntó.

—Esto.

—¿Hablar por el móvil? Sí, un par de veces.

—Ya sabes a qué me refiero.

—No, no estoy segura de saberlo.

Apreté los dientes. Estaba haciéndolo a propósito.

—A «esto» que hacemos —repetí.

—¿Qué hacemos?

—Alexandra, no voy a preguntártelo otra vez —le aseguré con un tono serio.

—¿Te refieres a la no-relación sin ningún tipo de compromiso que tú y yo compartimos porque no hay un «nosotros» y tampoco tiene nombre?

—Hablo de jugar.

—Ah, el juego. No, no he jugado con nadie antes. ¿Y tú?

—No, ¿para qué iba a hacerlo?

—¿Y por qué ibas a hacerlo ahora?

Buena pregunta, princesa.

—Ahora estoy más limitado —fue lo que se me ocurrió. Quizá fuera eso. Ahora no podía salir cuando quería, así que tenía que adaptarme a lo que tenía al alcance de la mano.

Hubo otro silencio y por un instante pensé que la había jodido con aquello.

—Creo que voy a coger los Crunchis —me dijo.

Tragué saliva y asentí, aunque no pudiera verme.

—Buena elección —murmuré.

—Sí, eso creo. Tengo que colgar o no haré la compra y tendré que volver a comer barritas. Hasta luego, Kenneth.

—Hasta luego, princesa —murmuré antes de que la línea se cortara.

Tiré el teléfono a un lado y me pasé las manos por la cabeza. Hay una parte dentro de todos nosotros que nos dice cuando es bueno decir algo y a quien puedes o no puedes decírselo. Bien, esa parte no me funcionaba muy bien cuando se trataba de Alexandra.

Sabía que quería seguir adelante con esa… «eso» que había entre ella y yo; fuera lo que fuera. Pero cada vez que veía que las cosas se complicaban una voz en mi cabeza me decía que no lo hiciera.

Yo no… no podía volver a confiar en nadie. Ya no.


Cuando el móvil me volvió a sonar aquella noche lo cogí sin demasiado entusiasmo. «Keila», ponía en la pantalla. Como Kenneth ya me había llamado pensé que realmente sería ella. Dejé caer la ceniza del pitillo contra el cenicero y pulsé la pantalla.

—¿Qué tal tu vida de millonaria, cielo? —le pregunté.

—Por ahora bien —me respondió Kenneth.

Estaba demasiado sorprendida para reírme.

—Pareces sorprendida —notó.

—Un poco —murmuré—, debes estar muy aburrido para llamarme dos veces el mismo día.

—No más de lo normal.

—Me alegro.

Hubo un silencio que no me esforcé en acortar. No quería que me importase, pero lo que me había dicho aquella mañana me había molestado un poco. Había hablado como si yo fuera su única opción en un momento de desesperación.

Sabía perfectamente que podía esperar de él y el tipo de hombre que era, pero dolía de todas formas.

—¿Qué haces? —me preguntó.

—Estoy en la cafetería, fumando y leyendo una revista.

—¿Dice algo interesante?

—No, pero me gusta toparme con mi anuncio de colonia cuando paso las páginas.

—¿Qué anuncio?

—Uno que hice.

—¿Cuándo?

—Hace poco.

—¿Estás enfadada?

—No mucho.

Oí como Kenneth cogía aire antes de preguntar:

—¿Por qué?

—Porque esta mañana me has dicho algo que no me gustó. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, y no lo voy a hacer, pero me gustaría que te ahorraras la parte de menospreciarme.

—Lo siento, princesa.

Por un momento pareció que hasta lo decía de verdad.

—Perdonarte es mucho más fácil cuando estás delante de mí —se me escapó de entre los labios.

—Para mí es más difícil hablar cuando estás cerca.

—No eres el primero que me dice lo mismo —le aseguré antes de fumar una calada del pitillo—. Debe ser por lo increíblemente interesante que soy.

Él no dijo nada.

—Era broma, campeón —le aclaré.

—¿De qué anuncio hablabas? —me preguntó.

—Hice un anuncio para una nueva colonia llamada Le petit amour. Nada importante, no es Gucci ni Channel, ya me entiendes.

—¿Y sales en las revistas?

—Sí, en algunas de cotilleos y muchas de cosméticos. No es una gran imagen, pero yo no elijo el diseño. Yo sólo poso y sonrío.

—¿Cómo es trabajar de modelo? —me preguntó.

—No es tan fabuloso como lo venden. Todo se reduce a la imagen y a fingir.

—¿Fingir sobre qué?

Fumé otra calada y solté el humo despacio.

—Fingir que somos perfectas.

—¿Por qué?

—Porque vendemos perfección, Kenneth. Nadie quiere ver a una mujer que parezca normal llevando ropa o vendiendo colonia, quieren ver a una mujer que parezca que lo ha conseguido todo en la vida y que es feliz.

—Eso es deprimente —murmuró.

Me reí.

—Todos lo hacen.

—Yo no finjo ser otro que no soy.

—Ya lo sé, campeón.

Y era cierto, lo sabía, era una de las muchas cosas que me gustaban de él.

—¿Tú finges? —me preguntó.

—Es mi trabajo.

—Hablo de aquí, ahora.

—¿Contigo?

—Sí.

—¿Tú qué crees?

Hubo un breve silencio.

—Creo que no —murmuró al fin.

—¿Es importante para ti?

—¿Lo qué?

—Saber que no soy perfecta.

—Es importante saber que no finges serlo.

Cogí mi taza de café y me terminé lo poco que quedaba de un trago.

—¿Qué hacías antes de llamar? —pregunté.

—Estaba viendo algunas películas que tiene John.

—Tiene un gusto horrible para el cine.

—Lo sé, lo estoy comprobando.

—¿Tienen alguna porno?

—Hay un documental sobre monos con el culo rojo, creo que algunos se masturban, ¿eso cuenta?

Me reí y solté el humo del pitillo tan rápido que me picó la garganta y tuve que toser.

—No, no creo —dije después de tragar saliva—. Espero que no, al menos.

Levanté una mano hacia Nikolai y le pedí un vaso de agua. Él asintió sin decir una palabra y me lo llevó a la mesa.

—Gracias, mi amor —le dije antes de beber un par de tragos.

—¿Cómo dices? —preguntó Kenneth tras un silencio.

—Le estaba hablando a otra persona.

Él no dijo nada durante un momento.

—¿Tienes pareja? —preguntó al fin.

—¿Qué? —exclamé divertida—. No.

—Deberías haberme dicho que tenías una relación con otra persona.

Puse los ojos en blanco.

—Yo siempre te digo la verdad —le aseguré—. ¿Por qué iba a mentirte?

Se quedó en silencio, así que añadí:

—Tienes que empezar a confiar en mí, Kenneth. Yo confío en ti.

—No deberías —me advirtió.

—Si no puedo confiar en ti no creo que quiera seguir jugando —le aclaré—. Ya te lo he dicho, es algo importante para mí.

—Pero yo no puedo confiar en ti.

Esta vez fui yo quien se quedó en silencio. Miré el cenicero gris y sucio y la mancha redonda que había dejado mi taza de café sobre la mesa.

—Hay veces, campeón —le dije—, que cuando das algo no esperas que te lo devuelvan.

Esperé unos segundos, pero sabía que Kenneth no iba a responder. Debía creer que era una gilipollas melodramática.

—¿Y qué más películas tenía John? —pregunté para cambiar de tema.

—Pocas más —murmuró él tras aclararse la garganta. Oí el sonido de las carátulas al chocar mientras las debía estar revisando—. Muchas son dramas románticos.

—Esas son de Kei —le aseguré—. ¿Está la de Mouline Rouge? Es su película favorita.

—Sí —afirmó tras un momento—. Tiene pinta de ser una mierda bastante empalagosa.

—Siempre acaba llorando al final —me reí al recordarlo—. Va de un escritor que viaja a París y se enamora de una prostituta de Mouline Rouge. Y hay un conde que… bueno, no voy a destriparte el final.

—Me da lo mismo, no voy a verla.

—¿Y tiene la de Cabaret? —pregunté.

—Sí.

—La tenía ella —murmuré para mi misma—. Llevo meses buscándola por casa.

—¿Por qué?

—Es mi película preferida.

—No la he visto.

—No creo que te guste.

—¿De qué va?

—Va de una mujer, Sally, que trabaja en un cabaret y conoce a un profesor… no sé como explicarlo. —Y de pronto se me ocurrió—: Ella es como yo.

—¿En qué sentido?

—En muchos. Y ¿cuál es tú película favorita?

Alien: el octavo pasajero —respondió.

—No la he visto.

—¿No la has visto? Es un jodido clásico de la ciencia ficción.

Me reí.

—No, no la he visto. Tendré que verla.

Apagué el pitillo contra el cenicero y miré la hora en el reloj colgado en la pared; era la una de la mañana.

—Es tarde, ¿no tienes sueño?

—¿Quieres que cuelgue?

—No —dije, quizá demasiado rápido. Traté de reírme para no quedar como una estúpida—. Lo decía porque me parecía extraño que estés levantado. ¿También te gusta trasnochar?

—Me cuesta dormir —me dijo.

—¿Y eso?

—Es por… el síndrome de abstinencia.

No iba a ahondar en el tema de las drogas, un tema del que sabía que no le gustaba hablar, pero tampoco quería pasar de largo como si aquello no fuera importante.

—¿Quieres hablar sobre eso? —dije, eligiendo la opción más sencilla: preguntarle.

Pareció que se lo pensaba un momento antes de decir:

—No, no creo —murmuró.

—De acuerdo —asentí pensando en cambiar de tema—. Pues yo siempre me despierto abrazada a algo. No sé por qué. Simplemente lo hago.

—¿Cómo a qué? —me preguntó.

—A la almohada, a las sábanas… —me encogí de hombros—. En el campamento de verano al que fuimos Kei y yo, creo que cuando teníamos catorce, pensaron que éramos lesbianas porque yo siempre despertaba abrazada a ella.

Eso le hizo gracia.

—¿Alguna vez probaste el sexo gay?

Cogí aire y dije:

—Sí.

—¿Sí? —dijo con un tono muy interesado—. ¿Quién? ¿Keila?

—No, joder —exclamé—. Ella no hace esas cosas, es una mujer de gustos clásicos.

—¿Entonces quién?

—Una modelo que conocí una vez. Estábamos borrachas y dijo que podríamos probarlo. Yo creo que ella ya lo había hecho antes, muchas veces antes…

—¿Te gustó? —me preguntó Kenneth con una voz cálida y grave.

—Estás poniendo tu voz de empalmado —le dije.

—¿Qué? —me preguntó mientras se reía—. ¿Voz de empalmado?

—Sí, esa grave y tan sexy que te sale cuando estás poniéndote cachondo.

En la cafetería sólo estaba Nikolai, y ni siquiera estaba ya en la barra; se había ido a recoger la parte de la cocina.

—¿Te excita mi voz?

Me mordí el labio inferior y vacilé hasta que en el último momento dije:

—Sí, bastante.

—¿Y qué más cosas te excitan?

—Me pone cachonda que me lamas los ojos y… ¿cómo era? Ah, sí, y que me quemes los pezones —me reí—. En serio, quiero oírte tratando de ligar con esa frase.

—Si me dices lo que te excita, lo vamos a pasar mucho mejor juntos —dijo él.

—Estoy en la cafetería, no puedo hablar ahora de eso.

—Pero me lo vas a decir —parecía más una orden que una pregunta.

—Sí, pensaré en ello y te lo diré —le dije—. ¿Y tú?

Casi pude imaginármelo encogiéndose de hombros.

—¿Yo qué?

—¿No me lo vas a contar?

—Yo soy un hombre de gustos sencillos; sexo duro, sudor, un par de cachetes… nada especial.

—Eso habrá que verlo.

—Cuando quieras, princesa, aquí me tienes.

Sonreí y por alguna estúpida razón me encantó que dijera eso.

—Creo que se acerca alguien por el pasillo, tengo que colgar —me dijo.

—Hasta luego, campeón.

—Te llamaré, princesa —y colgó.

Bajé el móvil y noté la oreja algo dolorida por haber estado hablando tanto rato. Nikolai salió de la puerta trasera y se acercó a la barra.

—Apúntamelo en la cuenta, mi amor —le pedí levantándome del sitio, me sentía como si hubiera entrado en una nube y todo fuera más ligero y brillante.

Él asintió y yo me despedí con un gesto de la mano antes de marcharme.


Lo primero que hice al colgar el móvil fue esconderlo detrás de la almohada. Poco después alguien estaba llamando a mi puerta.

—¿Sí? —pregunté.

John pasó con su pijama de tela azul claro y se tapó los ojos del brillo blanquecino del televisor.

—Oía voces y estaba preocupado de que te hubiera dado… otra de tus crisis. ¿Necesitas que llame a Keila? Sabes que conoce algunas cosas de psicología, puede ayudarte siempre que lo…

—No hace falta —le interrumpí—. Sólo es la tele.

Estaban echando un programa sobre lo que parecía la fabricación de latas de conservas o algo parecido.

—Vaya, parece… interesante —murmuró él, mirando hacia la pantalla con lo ojos entrecerrados por la luz.

—Estaba haciendo tiempo mientras me dormía —le dije—. ¿Dónde tenía Keila las revistas de cosméticos?

Aquella pregunta pareció preocupar a John.

—¿Por qué? —me preguntó.

—Acabo de recordar que Alexandra me dijo que había hecho un anuncio para una colonia —me encogí de hombros, como si no fuera importante—. Quería verlo.

—¿Y cuándo te lo dijo?

—La semana pasada, en el balneario.

—Tiene algunas encima de la mesa del salón —dijo, retrocediendo hacia la puerta—. Oye, Ken… —dijo antes de marcharse—. Hay una chica en mi bufete, una pasante… es muy agradable y bastante guapa. ¿Qué me dices si mañana vienes con Keila hasta el bufete, comes con nosotros y te la presento?

Tuve que morderme la lengua para no decir: «No me jodas». Le debía mucho a John, así que asentí con la cabeza y murmuré:

—Me parece bien.

—Perfecto —sonrió él antes de desaparecer por la puerta.

Esperé hasta escuchar que entraba de nuevo en su cuarto y cogí el móvil de Keila de debajo de la almohada. Atravesé el pasillo en silencio y bajé las escaleras hacia el salón. Todo era muy moderno y una de las paredes, al igual que mi cuarto, estaba cubierta de una cristalera de arriba abajo. Dejé el móvil dentro del bolso de Keila y cogí la montaña de revistas de cosméticos y moda que había y me senté en el sillón de cuero blanco.

Agarré la primera revista y pasé las páginas aprisa. Nada. La segunda era un poco más gruesa y casi por la mitad encontré lo que buscaba. Era una foto de Alexandra tumbada, con el pelo dorado y brillante extendido sobre una cama de nubes. Tenía unos labios rojos entreabiertos, cercanos a una botella roja que sostenía con la mano. Miraba hacia el frente, pero no directamente a la cámara, como si algo hubiera llamado su atención en el último segundo de tomar la foto. Habían apagado el color de sus ojos hasta volverlo de un verde común y sin vida para que no resaltaran demasiado y quitara la atención del producto.

Parecía ella, y era perfecta allí en la foto, pero no era Alexandra. Era una copia distante y barata de su verdadera belleza.

Arranqué la página y la doblé para guardarla en el bolsillo de mi pantalón de chándal. Coloqué todo en su sitio y subí de nuevo a mi cuarto.

Me desperté con la llamada tímida de Keila a la puerta.

—¿Ken? —preguntaba—. ¿Ken, estás despierto?

—Sí —gruñí con voz pastosa.

—John me dijo que ibas a venir a comer. Ya es hora de que te prepares o llegaremos tarde.

—Vale —respondí mientras me estiraba en la cama y me daba la vuelta.

Tuve que esperar a que me bajara la hinchazón mañanera de la entrepierna. Siempre me despertaba empalmado, no sabía por qué, pero llevaba así toda la vida.

Cuando estuve listo pasé por el pasillo hasta el baño, me duché y me puse la ropa que Keila me había dejado. A veces me hacían sentir como un niño mimado; sin duda Keila me trataba como si fuera mi madre y tuviera la responsabilidad de vestirme y vigilar que comiera.

Me puse el pantalón de traje negro y la camisa morada sobre una camiseta interior blanca. La ropa de John siempre me quedaba muy ajustada en los hombros y en los brazos. Por suerte éramos casi de la misma altura y el pantalón no me quedaba demasiado corto.

No me molesté en peinarme, ni siquiera me miré al espejo, y me fui a desayunar.

—No hay tiempo de que tomes nada —me dijo Keila, que llevaba un pañuelo amarillo anudado al cuello—. O llegaremos tarde. John me dijo que ibas a conocer a Bella. Es una chica increíble, te va a encantar. Súper compresiva y…

Ya había escuchado el doble de palabras de lo normal. Iba mejorando en eso de prestar atención.

La seguí hasta la puerta mientras seguía hablando sola y cruzamos el pasillo hasta el ascensor.

—¿Dónde vamos a comer? —le pregunté, interrumpiendo su parloteo.

—En la oficina, en el despacho de John.

—¿Y qué tal si llamas a Alexandra? —pregunté de forma casual, como si no lo hubiera planeado desde ayer—. Hace mucho que no la ves, y siempre dices que te gustaría estar un poco con ella de vez en cuando. Seguro que a John le encanta la sorpresa.

Keila pareció emocionada por la idea y confundida al mismo tiempo.

—No sé, vamos a ser cuatro —dijo—. Nosotros y Bella. Va a quedar algo raro si viene Alexandra.

—De acuerdo —murmuré. Y justo antes de que se abriera la puerta solté la bomba de la conciencia—. Espero que John y yo nunca nos distanciemos tanto.

Keila se quedó helada y por poco vuelve a quedarse encerrada en el ascensor.

—¿Crees que la he dejado un poco de lado? —me preguntó, con el miedo en la voz y los ojos agrandados y asustados.

Me encogí de hombros.

—Es tu amiga, no sé con qué frecuencia os veíais antes.

—Vivíamos juntas, prácticamente estábamos todo el rato la una con la otra.

Noté el momento justo en que la presión de la conciencia hacía que Keila sacara el móvil y marcara el número de Alexandra.

Se puso el móvil en el oído mientras avanzábamos hacia la salida, donde un portero había detenido a un taxi para nosotros.

—Hola, cielo —la saludo Keila antes de entrar en el taxi, entonces frunció el ceño y preguntó—. ¿Quién es «campeón»?

Me puse tenso y no aparté la mirada del frente.

—Lo has dicho con un tono muy extraño —le explicó Keila, que había empezado a sonreír—. ¿Tienes algún ligue por ahí?

Oí un murmullo a través del móvil que no pude entender.

—Ya, seguro que no —respondió ella—. ¿Cómo se llama? ¿Le conozco? ¿Es guapo? ¡Ah, ya sé! Es algún amigo modelo.

Oí otra vez el murmullo de respuesta.

—¿Cuándo has empezado a dejar de contarme estas cosas? —le preguntó ella—. Antes hubieras venido corriendo a decirme con pelos y señales todo sobre ese «campeón».

Es sus labios aquella palabra me resultaba insufrible. Le faltaba el tono juguetón de Alexandra, le faltaba esa cadencia en la voz y ese significado privado. Cuando la decía Keila era sólo una palabra.

—Sí, claro, te llamaba porque vamos a comer todos en el despacho de John. Queremos presentarle una chica a Kenneth. Sí, una pasante del bufete, ¿por qué lo preguntas? ¿De qué te ríes? —se quedó un momento en silencio y después murmuró—. Va… vale, hasta ahora, cielo. —Y colgó.

—¿Qué dijo? —no pude resistirme a preguntar.

—Algo sobre tácticas de ligar… no sé a qué se refería.

Giré el rostro hacia la ventanilla y sonreí.

Alexandra haría que ir a esa comida de mierda mereciera la pena.


Cuando había oído el móvil y había visto la pantalla daba por hecho que sería Kenneth. Ya iban dos días seguidos que llamaba. No os voy a mentir; me hizo sentir genial.

Así que al cogerlo me había salido con un tono muy juguetón:

—Buenos días, campeón.

Que había sonado a algo como: «Me estoy muriendo de la ilusión de que me hayas llamado otra vez»

—Hola, cielo —me había respondido Keila—. ¿Quién es «campeón»?

Me había parado en seco en mitad del salón y había sentido una horrible sensación de miedo de haber sido descubierta.

—Nadie, cariño —le había respondido con una sonrisa.

Después me había invitado a comer con ellos porque a Kenneth le iban a presentar a una chica del bufete de John. Aquello me hizo mucha gracia. Y, por supuesto, no tenía pensado perdérmelo.

Así que me puse un vestido de día que se trataba de una pieza bastante suelta con palabra de honor que caía liso hasta las rodillas. Me puse un cinturón ancho rojo y unos zapatos de tacón negros. Me pinté la raya de eyelainer sobre los ojos y puse brillo rojizo sobre los labios.

Antes de salir de casa me paré frente al espejo que tenía colgado en la puerta, me peiné el flequillo y me lancé un beso.

—Eres fabulosa —me dije.

El bufete de John estaba en la parte más central de la ciudad, bastante lejos de mi casa, así que tuve que coger un taxi y pagar bastante por el viaje. Al subir en el ascensor del rascacielos de oficinas coincidí con algunas mujeres vestidas de marca. Todas guapas y todas con una sonrisa en los labios. Algún día, si encontraba un marido rico, yo sería como ellas.

Al llegar a la planta me dirigí hacia la recepción, donde una secretaria de pelo rubio teñido esperaba con una sonrisa bastante falsa.

—¿El despacho del señor Orange? —le pregunté.

—¿Tiene cita? —me preguntó.

—Había quedado para comer con él y su pareja y alguien más —le expliqué.

Ella me miró de arriba abajo con una expresión de menosprecio que no se molestó en ocultar.

—¿Nombre?

—Alexandra Summer.

—No me han dicho nada sobre que vendría, no puedo dejarla pasar.

—¿Por qué no llamas y preguntas? —le lancé una sonrisa de «relájate, zorra».

Ella cogió el teléfono y marcó una tecla como si estuviera totalmente segura de que no era cierto.

—Disculpe que le moleste, señor Orange, pero hay aquí una chica que dice que la han invitado a comer. —Hubo un murmullo tras la línea y ella respondió—. Alexandra Summer. Sí. Muy bien. De acuerdo. —Se giró hacia mí—. El despacho está al final del pasillo.

No me molesté en despedirme antes de atravesar el pasillo rodeado de despachos separados por paredes de cristal. Era todo muy luminoso y elitista. Muebles de diseño, hombre con trajes de marca, mujeres con vestidos y tacones. Casi me sentía un poco vulgar.

Justo en la esquina, en uno de los despachos más grandes, encontré al grupo sentado alrededor de una mesa de teca con envases de algún restaurante. A sus espaldas quedaba un mueble cubierto de libros y discos de música y en el otro el escritorio, justo frente a la pared de cristal con vistas a la calle más grande del centro.

Sonreí al verlos allí, comiendo cada uno en un asiento del despacho, con John hablando sobre algo y Kei mirándole embobada con una sonrisa en los labios. Mis ojos se fueron directos hacia Kenneth, que estaba tan despeinado y guapo como siempre, con una camisa morada apretada y unos pantalones negros. Miraba distraído su envase de comida mientras daba vueltas con el tenedor a su ensalada de pollo.

Sólo al verlo de nuevo me di cuenta de lo mucho que había echado de menos su cuerpo. Me encantaba hablar con él, pero cuando estábamos delante había una tensión sexual que me hacia vibrar la piel. Abrí la puerta con una sonrisa y dije:

—Siento haber tardado tanto.

Todos se giraron hacia mí y yo fui directa a darle a Kei su beso, sin mirar a nadie más.

—Hola, Alex —me saludó ella con una gran sonrisa—. Estás muy guapa hoy.

—Tú, también —dije tirando un poco de su pañuelo amarillo. Le sentaba muy bien ese color.

Me giré hacia el pequeño sofá que ocupaba Kenneth y él me miró con aquellos ojos grises y brillantes. Puso una media sonrisa, de esas que me encantaban, y yo le guiñé un ojo. Se apartó un poco para dejarme sitio y yo me senté a su lado. No tan cerca como para rozarnos demasiado, pero sí lo suficiente para empezar a notar un ardor en la parte baja del vientre.

John puso una mueca de disgusto cuando nos sentamos juntos.

—Alexandra —me dijo desde su sillón. Todos estaban sentados en uno igual, con sitio para dos, y sabía que Kei y él no se habían puesto juntos para no incomodar la chica de la cita a ciegas—, te presento a Bella.

Me giré hacia la morena de ojos oscuros. Era bastante mona y tenía un cuerpo muy sexy, con una cintura estrecha y una cadera ancha que seguro que le gustaba a Kenneth. Ella parecía nerviosa y acalorada; al parecer no le habían explicado lo atractivo que era su cita a ciegas y no sabía como comportarse.

—Encantada de conocerte —le dije con una sonrisa tranquilizadora mientras dejaba mi bolso de mano sobre la mesa.

—¿No prefieres sentarte a mi lado? —me preguntó Kei, mientras dejaba un espacio en su sillón para mí.

Me crucé de piernas y sonreí ladeando la cabeza.

—No importa, estoy bien aquí.

Conseguí que sonara como si no hubiera ido directa al sillón de Kenneth apropósito.

—Cuando Keila me dijo que venías ya habían traído la comida —me explicó John—. Así que he tenido que llamar otra vez, pero no me han cogido. Están muy ocupados a esta hora.

Me encogí de hombros y miré a Kei, que me suplicaba perdón con los ojos. Aquello era cosa suya y al parecer John ni siquiera había contado conmigo. Ahora que lo pensaba, sí era un poco extraño que me hubieran invitado a una especie de cita a ciegas; pero la pequeña excitación que me provocaba la idea de volver a ver a Kenneth no me había dejado pensar sobre eso antes.

De pronto sentí que sobraba allí.

—Oh —murmuré, comprendiendo al fin la cara seria de John y su sutil intento de echarme—. Puedo bajar a comprar algo, no os preocupéis.

Me levanté, y antes de que John o Kei pudieran decir nada, una voz grave y sexy murmuró:

—Quédate.

Todos miraron a Kenneth, que me había cogido suavemente de la muñeca. Su mano era como una huella ardiente sobre mi piel. Movió el pulgar en una lenta y diminuta caricia que nadie vio.

—Va a ser incomodo que estéis comiendo sin mí —le dije sin apartar la mirada de la tormenta que escondían sus ojos.

—Puedes comer de mi ensalada —ofreció—. No creo que me la termine.

Era una fuerza superior al hombre, superior a mí, que me arrastraba contra Kenneth de una forma inevitable. Así que sólo pude volver a sentarme con una sonrisa y murmurar:

—Sí, siempre dejas las cosas a medias…

Kenneth me soltó la muñeca con una última caricia, puso su media sonrisa y entrecerró los ojos para que viera que había entendida lo que había querido decir.

—Si estás dispuesta a comértela, te la doy entera —respondió.

Me estaba ofreciendo su ensañada y el tenedor de plástico, pero realmente hablaba de otra cosa.

—No sé si me gustará —le dije, cogiendo el tenedor de su mano.

—No creo que te quepa entera.

—Sabes que sí.

—¿En la boca?

—Tendré que intentarlo.

—¿Ahora?

—Primero veré si me apetece.

—¿Y te la vas a comer toda?

Levanté la mirada hacia sus ojos dejando un silencio de segundos. Él ladeó la cabeza y alzó un poco las cejas de una forma provocadora.

—No lo sé —le dije con un leve encogimiento de hombros—, ya veremos…

—No tienes que comer toda la ensalada si no te apetece, Alex —me dijo Kei.

Me giré hacia ella y sonreí.

—Ya lo sé, cielo. —Y girándome hacia la morena pregunté—: ¿Tú te la comes entera?

Kenneth ahogó una risa a mi lado y se rascó la mejilla.

—No, bueno, sólo… sólo cuando tengo hambre —tartamudeó sin saber hacia donde mirar.

—Es que no quiero quedar como una tragona delante de vosotros —me expliqué antes de reírme.

Eso hizo que Kenneth también se riera. Era la primera vez que lo oía en persona. Al hacerlo entrecerraba un poco los ojos y se le veía la fila superior de los dientes, aunque tratara de tapárselos pasando los dedos por los labios. Lo hacía porque tenía los dos de delante un poco más grandes en comparación con el resto, como los de un conejo; lo que le daba un aspecto infantil y divertido. Me encantó descubrir aquel pequeño fallo en su rostro. No se trataba de un defecto que le hiciera menos atractivo, sólo de algo que lo hacía un poco más… único.

Una sensación muy agradable se extendió por mi pecho y noté un ardor en las mejillas. Yo no soy el tipo de mujer que se ruboriza.

—¿De qué te ríes? —bromeé.

Se encogió de hombros y volvió a su media sonrisa de siempre, pero sus ojos seguían brillando.

—¿Y tú no te quedarás con hambre, Kenneth? —le pregunté, pinchando un trozo de pollo y llevándomelo a la boca.

—Tengo pensado comerme algo después —respondió, sin dejar de mirarme de esa forma tan intensa.

—¿Lo qué?

Hubo un momento de silencio en el que se recostó sobre el sofá dejando caer un brazo por detrás del respaldo.

—Manzana —dijo en apenas un murmullo.

Me quedé con el tenedor a medio camino de la boca, pero conseguí recuperarme lo suficiente rápido para que no hubiera quedado demasiado raro.

Tragué saliva y traté de masticar con normalidad, ignorando la mano invisible que me había apretado el corazón. Yo siempre me echaba esencia de manzana por la mañana después de ducharme. No era colonia, ni siquiera un perfume. Era una botella que compraba en una tienda donde podías crear tus propias colonias y te salía mucho más barato que una perfumería.

Nunca lo mezclaba, sólo esencia de manzana. Porque era un aroma que tenía un significado importante en mi vida.

Esa referencia a mí, a mi olor, que había hecho me hizo sentir… joder, me hizo sentir muy extraña. No era sólo algo sexual, era algo íntimo, era el pequeño detalle de que hubiera utilizado aquella referencia sabiendo que yo lo entendería.

—¿Te gustan las manzanas? —pregunté, mirándole muy fijamente a los ojos.

—Cada vez me gustan más —respondió él.

—¿Qué le pasa a las manzanas? —preguntó John.

Al girarme hacia ellos vi que los tres nos observaban sin entender de lo que estábamos hablando en realidad. Casi me había olvidado que estaban allí.

—Que estoy hambriento por morder una —respondió Kenneth.

—Pues yo nunca te he visto comer fruta —dijo Kei.

Me reí en voz baja para recuperarme de aquel momento tan extraño y me pasé una mano por el pelo, dejándolo caer sobre mi hombro izquierdo.

—¿Y tú? —le pregunté a la morena, Bella, para distraer la atención sobre el tema—. ¿No vas a tener hambre después? Casi no has probado tu ensalada.

—La verdad es que no tengo mucha hambre —dijo en voz demasiado baja para que no me costase entenderla.

—Y dinos, ¿dónde creciste? —seguí preguntándole mientras comía la ensalada, más por hacer algo que por verdadera hambre—. ¿Aquí en la ciudad?

—No, soy del sur —explicó, bajando la mirada a la mesa. Odio a las personas que no te miran a los ojos al hablar—. Vine hace un año.

—Bella llegó con una recomendación brillante de la mejor universidad del estado —añadió John tras tragar un trozo de pollo—. La misma a la que fui yo. Notas brillantes y un expediente impoluto. Tuvimos que luchar duro para traerla con nosotros.

Bella se sonrojó y bajó más la cabeza.

—Increíble —murmuré, con comida aún en la boca.

—¿Y… y tú a qué te dedicas? —consiguió reunir el valor para preguntarme. Levantó los ojos pero su mirada pasó de largo sobre mí y fue a parar a Kenneth, así que volvió a agachar la cabeza avergonzada.

Puse los ojos en blanco. ¿Qué le pasaba a esa mujer? Kenneth era muy atractivo, pero esa reacción de mojigata virginal me parecía demasiado.

—Soy modelo —le dije.

—Sí —me miró de arriba abajo con sus ojos de chocolate y asintió—. Lo pareces. Seguro que fuiste jefa de animadoras y reina del baile.

Me quedé mirándola en silencio. ¿A qué venía eso?

Forcé una sonrisa.

—No… no fui animadora ni reina del baile —dije sin separar los dientes.

—¿No? —se sorprendió ella, abriendo los ojos sin creérselo.

—Yo también me sorprendí —reconoció John con una sonrisa cómplice.

Entonces noté que algo me tiraba del pelo. Me giré lo justo para ver la mano de Kenneth tras el sillón, jugueteando distraído con un mechón de mi melena.

—¿Tú fuiste animadora? —le preguntó él a Bella, clavando sus ojos grises en ella.

La joven miró hacia nosotros y se puso colorada.

—No —murmuró—. Yo estaba en el coro.

—Pues Ken y yo teníamos un grupo—contó John.

—¿Sí? —preguntó Bella, girándose hacia él.

Me reí.

—No jodas —le dije a Kenneth.

Sus ojos se volvieron hacia mí al instante y asintió con la cabeza.

—Eso explica muchas cosas… —murmuré con una sonrisa mientras alzaba una ceja.

Él alargó su mano libre, la que no estaba jugando con mi pelo tras el sillón, y cogió una tira de pollo de la ensalada, que tenía pollada en mis piernas.

—¿Ah, sí? —me preguntó antes de metérsela en la boca.

—Sí —sonreí.

—¿Cómo qué?

—Como tu pelo

Kenneth frunció el ceño. No era la respuesta que se esperaba.

—Debiste ligar mucho por entonces —le dije a John, aunque sabía que aquello sería poco probable—. Los músicos siempre han influido de una forma muy grande en las mujeres.

—Bueno —John se sintió un poco violento porque Kei le empezó a mirar muy fijamente—. No mucho, la verdad. El que siempre se llevaba a todas las mujeres era Ken.

—No puede ser —fingí sorprenderme a la vez que me giraba hacia Kenneth—. ¿Un chico tan reservado como tú?

Él puso su media sonrisa y entrecerró los ojos.

—Sí —murmuró.

—¿Y eras el cantante? —le pregunté.

—El bajista.

—¿Y qué tal tocas? —levanté una ceja y sonreí.

—Toco muy bien —respondió.

—Tendrás que tocarme algo y demostrarlo.

Sus ojos se volvieron más oscuros e intensos mientras ladeaba la cabeza.

—Te toco lo que quieras.

—¿Sabrás tocar lo que me gusta?

Tiró del mechón de mi pelo hacia abajo y me acordé de cómo me había agarrado de la melena aquella vez, en mi habitación del balneario. Un ardor comenzó a nacerme en el vientre y a propagarse por mi cuerpo.

—¿Y qué te gustaría que te tocase? —me preguntó.

—No sabría ni por donde empezar… —murmuré.

Noté que su respiración se agitaba un poco, así que le presioné un poco más.

—Por cierto, me encanta tu camisa —alargué la mano y le acaricié el cuello como si simplemente quisiera probar la textura de la tela—. Pero te queda un poco ajustada. —Me giré hacia Kei con una expresión pensativa—. ¿Dónde se la compraste?

—John le ha prestado algo de ropa —me explicó.

—Deberíamos ir a comprar algo de su talla —bajé la mirada hacia sus pantalones y pasé la mano por encima—. Los pantalones te quedan algo cortos.

Después reparé en que su entrepierna había empezado a hincharse, él también se dio cuanta, y al volver a levantar los ojos añadí:

—Eso es un problema

—Un problema gordo —asintió él.

Me reí, pero empezaba a excitarme.

—Habrá que solucionarlo —le dije.

—Estoy impaciente —respondió.

—¿Te importa que me lo lleve de compras? —le pregunté a Kei.

—Iré con vosotros —se ofreció ella.

—No hará falta —le aseguré—. Tómate la tarde para ti.

La duda surgió en sus ojos.

—Pero Ken…

—Iré con ella —le dijo Kenneth antes de coger un par de bolsas del restaurante que había a los pies de la mesa. No sabía que iba a hacer con ellas hasta que al levantarse las utilizó para taparse la entrepierna abultada—. Tirare esto a la basura —murmuró.

Cogí mi bolso de mano con las llaves, el móvil y mi cartera y dejé la bandeja de ensalada sobre la mesa antes de levantarme.

—¿Pero os vais ahora? —nos preguntó John mirando su reloj—. Aún nos quedan diez minutos del tiempo del almuerzo. —Miró a Kenneth a los ojos y, aprovechando que Bella estaba girada hacia nosotros, la señaló mientras negaba con la cabeza como diciendo: «No puedes dejarla así»

Kenneth dio un par de pasos hacia ella y se inclinó para besarle en la mejilla

—Un placer, Bella —le dijo—. Seguro que tú y yo podremos llegar a conocernos mejor.

Ella se puso muy roja y movió los labios sin decir nada, incapaz de apartar la mirada de Kenneth.

Puse los ojos en blanco con una sonrisa y le abrí la puerta.

—Adiós, chicos —me despedí—. Encantada de conocerte, Bella.

Ella se había quedado muda, sonrojada de una forma muy mona que hacía sus ojos marrones más brillantes. Pude sentir el momento exacto en que veía como Kenneth se alejaba y su corazón se encogía debido a algo llamado deseo.

Llegamos al ascensor sin decir nada.

Había sido una comida de mierda hasta el momento en que ella había llegado con su sonrisa, se había sentado a mi lado pudiendo elegir cualquier otro sitio y había empezado a jugar. Llevaba un vestido suelto con cinto y los labios rojos. Me había guiñado un ojo y me había hecho sentir… especial.

Pulsé el botón y las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo. Cuando entramos y volvieron a cerrarse, Alexandra se giró y saltó sobre mí con sus piernas alrededor de mi cadera. Me caí hacia atrás y choqué contra la pared del ascensor, solté las bolsas de plástico y apreté su culo entre las manos para pegarla más a mí. Sus brazos se apretaron alrededor de mi cuello y noté su lengua recorriendo mi oreja y haciendo vibrar mi pendiente de aro.

Mi corazón palpitó más fuerte y se me escapó un gemido de entre los labios.

Deslicé la mano por su muslo hasta encontrar el final de su vestido, después hice el mismo recorrido de vuelta por debajo de la tela hasta su entrepierna. Para mi sorpresa me encontré con una tela que parecía de encaje, fina y calida.

Un tanga.

La boca de Alexandra se movió hacia la mía rozándome la mejilla con sus labios húmedos. Me miró a los ojos y me mordió el labio inferior sin llegar a besarme; con fuerza, tirando hasta que escapó de entre sus dientes.

Os juro que creí que iba a correrme en ese instante.

Me di la vuelta para dejarla de espaldas a la pared con otro golpe seco y subí una mano hasta su pecho, que encajó a la perfección en mi mano, mientras frotaba mis dedos contra la tela húmeda de su tanga. Ella jadeaba.

La mente se me nubló y el olor a manzanas parecía estar por todas partes.

—Te eché de menos, princesa… —susurró alguien.

Alguien con mi voz.

Desde mi boca.

Y después me di cuenta de que había sido yo.

Me quedé helado y dejé de frotarme contra Alexandra. Le miré a los ojos, esperando encontrar algo similar a la prepotencia, pero ahí estaba ella, de nuevo, con una sonrisa juguetona en los labios.

—Yo también a ti, campeón —murmuró, como si fuera evidente.

Tragué saliva y me aparté.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Apreté los puños tratando de controlar la rabia que sentía contra mí mismo.

—Esto no está bien —murmuré.

—Para mí estaba muy bien… —susurró ella con su voz de gatita. Esa que sonaba como un gemido y que llegaba a alguna parte salvaje de mi interior.

—Ya sabes a lo que me refiero —le dije.

Ella puso los ojos en blanco y se ajustó el vestido sobre el pecho para tapar la parte de su sujetador negro que le había salido. Después dio un paso hacia mí y me pasó los brazos por los hombros sin dejar de mirarme.

—¿Qué me echaras de menos? —me preguntó—. ¿Y qué? —se encogió de hombros—. Yo también te eché de menos. Somos jóvenes y lo pasamos muy, muy bien juntos. Hay una gran tensión sexual y no pasa nada. ¿Dónde está el problema?

Cuando lo decía ella sonaba todo tan sencillo…

—No quiero que te hagas ilusiones —le dije, resistiendo la tentación de volver a sujetarle la cadera.

Ella se rió.

—Te crees una bestia irresistible, ¿eh? —bromeó.

—Ya han jugado a ese rollo de «solo quiero sexo y no me importa» conmigo antes, y siempre queréis algo más —dije entrecerrando los ojos. No me fiaba de ella, no podía, parecía todo demasiado… bueno—. Así que puedes ahorrártelo.

Alexandra cogió aire y se separó de mí.

—Dime, ¿siempre tienes tanto miedo de que las personas se acerquen a ti o es algo que sólo me haces a mí?

—Yo no tengo miedo a nada, y menos a una princesa creída como tú —le solté.

—Oh… me has hecho tanto daño… —dijo con un fingido todo melodramático mientras gesticulaba y se ponía la mano en el pecho—. Voy a llorar porque el chico malo se cree todo un rompecorazones y no me quiere… ¿Qué haré ahora con todos mis planes de boda y la vida juntos que había planeado? Por favor, Kenneth, dame al menos un mechón de tu pelo para que pueda abrazarme a él y llorar de forma desconsolada sobre mi cama.

Apreté los dientes con fuerza.

—Para —le ordené.

—Es que fue mirarte por primera vez y ver una luz cegadora a tu alrededor —siguió diciendo—, y oí como una orquesta de ángeles en mis oídos, ¿sabes? Como jodido polvo de hadas cayendo del cielo —abaneó los dedos de uñas rojas y los hizo descender en el aire mientras me miraba con expresión seria—. Fue mágico…

—¡Para! —exclamé agarrándola de la muñeca para que dejara de hacer aquello.

Ella tiró de su mano y retrocedió un paso.

—Si no quieres seguir jugando, lo dejamos —me dijo. Sus ojos eran pozos del jade más intenso—. Pero no me vengas con tus inseguridades de machito solitario a decirme que no podemos follar porque voy a enamorarme de ti.

Se giró hacia la puerta, se cruzó de brazos y agitó la cabeza para apartarse la melena del rostro.

Me quedé mirándola con los dientes apretados, sintiendo un ardor furioso en el pecho y una extraña punzada de dolor.

Ya sabía lo que quería decir con todo aquello: que yo no estaba a su nivel.

—Claro… —murmuré, comprendiéndolo al fin—. Yo no tengo una cuenta corriente con más de siete cifras ni trabajo en un bufete pijo y elegante, está claro que no soy lo suficiente bueno para que merezca la pena quererme.

Alexandra pulsó un botón y el ascensor se detuvo. Me miró. Su expresión de diva intocable se había difuminado, como si nunca hubiera estado ahí.

—Yo no he dicho eso —murmuró.

Asentí con la cabeza y me acerqué a ella.

—De acuerdo, princesa —le dije mientras le daba la vuelta y la ponía de cara a la pared del ascensor—. Vamos a follar.

Le levanté la falda del vestido por encima de la cintura y le bajé el tanga. Comencé a desabrocharme el cinturón pero ella volvió a subirse la ropa interior y se giró hacia mí.

—¿Qué haces? —me preguntó con una expresión asustada.

Me pegué a su rostro y le dije:

—Follar —ladeé la cabeza—. ¿No era eso lo que querías? ¿No era eso por lo que estás aquí?

—Para —me pidió cerrando los ojos y poniendo las manos en mis hombros para alejarme de ella—. Lo estás estropeando.

—¿Lo qué? ¿Qué estoy estropeando, princesa? —pregunté poniendo mi frente sobre la suya y presionando un poco—. Tú solo quieres follar y yo te la iba a meter, ¿dónde está el problema?

—Estás estropeando el juego —susurró mirándome a los ojos.

—Esto es el juego —le aclaré tratando de volver a darle la vuelta.

—Para —dijo, resistiéndose.

—¿Por qué? Esto sólo es sexo y tú sólo eres la chica que me follo.

Fue un dolor intenso en la mejilla derecha. No lo había visto venir, simplemente la bofetada llegó desde algún lado y me giró la cara del golpe.

Retrocedí soltando el aire que tenía en los pulmones mientras me llevaba la mano a la mejilla, que ahora estaba ardiente y me escocía.

—¡No vuelvas a hacerme esto! —me gritó Alexandra. Tenía los ojos muy abiertos y vidriosos, como si estuviera a punto de llorar—. ¡No vuelvas a tratarme como un objeto, jamás! ¡Jamás! ¿Me has oído? ¡No me lo merezco! ¡Yo soy fabulosa!

Se llevó las manos y la cara y se frotó los ojos antes de agitar la melena y pulsar el botón de bajada. El tintineo avisó de que habíamos llegado y las puertas se abrieron. Alexandra recogió su pequeño bolso del suelo, levantó la cabeza con orgullo y salió atravesando a la docena de personas que esperaban para entrar. Después todos aquellos ojos interrogantes se volvieron hacia mí.

Hacia la bestia malvada que había hecho llorar a la princesa.