Capítulo IV

La Profecía de las Tinieblas

Diana seguía allí parada. Estaba rígida, no movía ni sus ojos, que estaban idos, ya que aún seguían llegando a su mente los recuerdos que su madre había seleccionado para ella como herencia: El porqué de su huida a América y su vuelta a Inglaterra. Comprendió que tenía una tía llamada Alice que hace ya siete años estaba internada en el Hospital Mágico San Mungo, loca. Su madre la iba a visitar todos los domingos y allí se encontraba con una señora mayor y un niño un año mayor que ella. Tan torpe como Diana y muy parecidos en algunos rasgos. Su nombre era Neville «Mi familia» pensó en medio de tanta conmoción «Debo encontrarlo» pero primero tenía que dejar pasar lo que tenía que pasar. Se agachó lentamente y arrancó la cadena de su padre. Un gran tesoro para ella, el dije tenía una especie de símbolo celta que representaba la unión familiar y el ciclo natural de la vida.

—Vamos —ordenó muy seria mientras se levantaba.

Salieron con sigilo mirando a su al rededor, Diana podía sentir en su mente cada pulsación de sus pensamientos. No podían ser vistos por nadie, y mucho menos por magos. Eran fugitivos de Azcaban y de ninguna manera podía enterarse alguien más. Tampoco podían aparece, el ministerio los detectaría; aún después de tanto tiempo tenían miedo de Voldemort y sus secuaces. De esta forma comenzaron una marcha nerviosa, manteniéndose siempre en las sombras.

Eran las siete de la noche y aún seguían caminando, llevaban ya casi tres horas desde que habían dejado la casa. Todos estaban exhaustos y sedientos.

—¿Por qué no tomamos un taxi Muggle? —Sugirió Diana, jadeante del cansancio. Los dos mortífagos se pararon en seco.

—¿Por qué? —Repitió la bruja indignada—. ¡Primero bebería dos calderos llenos de pus de bubotubérculo antes de mezclarme con esa alimaña!

—¿Alimaña?, ¡Escoria! —Complementó el hombre—. Al señor tenebroso siempre le repugnó todo lo relacionado con ésos.

Frente a esas declaraciones a Diana no le quedaba más que resignarse a caminar eternamente (o eso era lo que a ella le parecía).

Siguieron caminando por dos horas más, sólo se detuvieron cada veinte minutos para dar un descanso y conjurar algo de agua. Al parecer se habían olvidado totalmente de Diana, pues no le prestaban ni la más mínima atención. Pudo haberse escapado fácilmente, pero estaba cansada de tener que huir de ellos como lo había hecho su madre, además se estaba cayendo de sueño y sabía que en algún momento llegarían a algún lugar donde hospedarse. De esta forma se mantenía caminando junto a ellos.

Por fin, cinco minutos después de la última parada, Diana pudo vislumbrar una mansión, al fondo del bosque en el que hace más de media hora se habían internado. Era la única señal de vida humana (porque animal ya había mucha en ese lugar) en kilómetros. La mansión era hermosa con una entrada fenomenal, todo como un espejismo en el claro más grande de aquel bosque. Diana se frotó los ojos para ver mejor, creyendo que todo era producto de su imaginación, aunque no era ella, la mansión era real y efectivamente, ése era el destino del viaje. Pero nadie dijo nada hasta que tocaron el timbre de aquella lujosa fachada.

—¡Límpiate las manos, niña! ¿No ves el lugar en el que estás a punto de entrar?

—Mi nombre es Diana, y me presento como quiero en el lugar que quiero —dijo desafiante con el peor de los ánimos que una niña cansada podía tener. Al parecer Bellatrix enfureció al instante. Sacó su varita y abrió la boca para decir algo pero en ese momento la puerta se abrió y una cabecita se asomó curiosamente.

Era extraña, tenía orejas puntiagudas, ojos saltones del tamaño de pelotas de tenis y una piel color marrón verdosa, no medía más de un metro de estatura y vestía con la funda de una almohada.

—¡Oh! Señora Lestrange, el amo la ha estado esperando. Pasen adelante —Dijo el extraño ser con una voz exageradamente aguda. Al entrar se encontraron con una gran sala de estar muy lujosa, adornada toda con piezas de plata.

El hombrecillo salió corriendo y minutos después volvió acompañado por un hombre alto, blanco y tan rubio que su cabello parecía plateado.

—¿Ésta es la Reina de la Oscuridad? —Se burló arrastrando las palabras— Mi hijo podría ganarle en batalla hasta con los ojos vendados —Espetó levantando la cara de la niña con el mango de su bastón adornado con una cabeza de serpiente de plata. Luego se acercó a ella y le arrancó la cadena que ella llevaba puesta, justo la de su padre, y la examinó detenidamente. Ella no tuvo oportunidad de chistar, pues pensó que el bastón tal vez pudiera ser peligroso. Así que esperó a que se la devolviera.

—Ya no necesitarás esto —Comentó guardándola en su bolsillo—. Ahora tú necesitarás esto —Apuntó sacando de otro bolsillo un libro viejo de carátula negra. Diana lo inspeccionó un momento, tenía las iniciales "T. R." —Puedes escribir allí, para cuando te sientas sola —Diana asintió. Obviamente no lo haría y aquel diario terminaría refundido y olvidado en algún cajón.

—No creo que llegue muy lejos, Lucius. No le veo madera para gobernar las tinieblas —Repuso Lestrange con cara de desagrado—. Pero si el señor tenebroso nos ha mandado a buscarla debe ser por algo ¿No?

—¿Cómo se llama?— Preguntó Lucius a Bella.

—Me llamo Diana, señor —Respondió la niña tratando de hacer saber que aún se encontraba en la habitación.

—¡Pero qué niña tan maleducada! —Exclamó el mago—. ¿Es que acaso nunca te enseñaron a no meterte en conversaciones de adultos?

—Lo siento señor, pero no me gusta ser ignorada —explicó con cordialidad.

—Cállate y siéntate, chillona —le objetó el odioso hombre—. Tengo algunas cosas que contarte:

Tú eres la nieta del mago tenebroso más poderoso del mundo. Antes de que tu madre te concibiera, él te maldijo como La Reina de la Oscuridad y las Tinieblas, la bruja oscura más poderosa del universo, siempre y cuando uses la magia tenebrosa. Primera y última reina, por cierto, por lo tanto nunca tendrás hijos porque tu única descendencia sólo la podrás concebir con aquel que haya sido marcado por tu creador, El Señor de las Tinieblas, sin embargo, te enamorarás de un traidor a la sangre…

He estudiado tanto estas profecías que hasta podría decirte con claridad cómo será tu desgraciada vida de adolescente: Una pequeña ramera; te puedo afirmar que no serás ni la mitad de importante entre nosotros como lo fue tu abuelo.

—¡Cállese! —Gritó Diana, no quería seguir escuchando, ya no más. Se sentía abrumada. No entendía nada y sin embargo comprendía que su futuro no sería más feliz de lo que era ahora. Lo más extraño es que Lucius le obedeció tal como aquel extraño ser de orejas puntiagudas le habría obedecido al mago. —No quiero escucharlo, estoy harta de historias… ¡Ya no me importa saber la verdad de NADA! —Estaba exasperada y ahora no tenía cabeza para imaginarse en cómo demonios podría ella tener hijos, si en su mundo sólo las madres podrían hacer eso—. Disculpen —dijo, y luego se fue olímpicamente más adentro de la casa. Quería llegar a algún lugar y estar sola eran muchas ideas que debía organizar y analizar. Al pasar junto a los mayores nadie se molestó en detenerla.

Sólo deseaba volver a los brazos de sus padres, que la consolaran. Que todo esto fuera una realmente horrible pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.

Pero no lo era.