Y de repente, un relámpago atronador estremeció hasta la última fibra de su ser.

Una potentísima luz blanca explotó de súbito en la oscuridad, inundando completamente sus ojos; y por un instante, Armin se quedó ciego.

Un sonoro estruendo rasgó el silencio como un grito inhumano, vibrando con fuerza en sus oídos; y por un instante, Armin se quedó sordo.

Por un instante.

Después el blanco dio paso nuevamente al negro… y el chico de Shiganshina tuvo una extraña sensación.

"Esto ya lo he vivido antes."

Volvía a estar rodeado de oscuridad, como al principio; pero ahora, en vez de notarse tumbado sobre la dura superficie del Muro, sentía que reposaba ingrávidamente en el aire.

"Es agradable… Si no fuera por la situación, estaría disfrutándolo."

Esperaba encontrarse en cualquier momento con otra visión aterradora; como la cabeza del Titán Colosal, cuando despertó en aquel lugar.

Su temor pareció transformar de nuevo lo que le rodeaba: fue viendo delante de él, poco a poco, cada vez con más nitidez…

Una sola casa, en la oscuridad; como si el resto del Distrito se hubiera desvanecido, y aquel edificio solitario flotase en el vacío. Y sobre aquel maldito tejado, que era el mismo de antes, todavía estaba Bertolt… pero del otro cuerpo, abrasado y medio quemado, no había ni rastro.

Armin tragó saliva, con dificultad; el sudor volvía a recubrir su cuerpo, como una segunda piel pegajosa y fría. El mal presentimiento se convirtió en certeza al ver que…

Parte del tejado había quedado destruido; y en ese mismo punto, la oscuridad parecía estar tomando forma corpórea.

Una forma inmensa. "¿Quince metros…?"

El chico sintió un escalofrío, un estremecimiento… pero no necesariamente de miedo; había también ahí algo más, cierta expectación, cierto anhelo.

Ser más grande. Ser más fuerte. Crecer.

"Pero tú, Armin, podrás llegar a convertirte en un dios."

Y al recordar las palabras de su compañero, se giró buscando al pecoso… pero Marco ya no estaba a su lado. "¿Dónde se habría metido ahora?"

Miró de nuevo al frente… y el abismo le devolvió la mirada.

Un titán le observaba, impasible, desde lo alto; quince metros.

"¡AAAH! Ah… Lo sabía… ¡Ya debí suponer que algo así ocurriría, si apartaba la vista!"

El gigante había aparecido justo donde el tejado estaba roto… y donde antes descansaba el cuerpo de aquel otro Armin. "No hay que ser un genio, para darse cuenta de…"

El cuerpo del titán resplandecía suavemente, bañando los alrededores en una luz tenue; ya no era la encarnación de las tinieblas, sino un fuego cálido y acogedor para quienes se habían perdido en la oscuridad.

En aquel rostro inmenso y sereno, enmarcado por una melena dorada que caía un poco más allá del cuello, destacaban dos grandes ojos azules en los que brillaba una luz todavía más intensa; una luz que parecía concentrar (¡en un solo punto!) aquello de lo que él sería capaz ya en adelante.

Y Armin supo, al mirar en el espejo de aquella alma, que no tenía nada que temer; que todo saldría bien, de algún modo; que al fin podría ser más grande, más fuerte, poderoso.

En ese momento no pensó (no quiso o no pudo) en el precio de aquel poder.

Siguió contemplando al gigante, como un reflejo más pleno y más desarrollado de sí mismo; como si realmente fuera ése el aspecto, que él podría llegar a tener en unos años…

Y entonces se acordó de su padre; se acordó de su madre, de su abuelo. Su familia.

Recordó y sintió, como una dolorosa punzada, todas esas pérdidas…

Sus pensamientos se centraron rápidamente en los responsables de tantas desgracias.

"El Rey, el Gobierno…" Armin cerró los ojos; iba creciendo la rabia en su interior. "Los Guerreros. Annie, Reiner… Bertolt."

El Titán Colosal. La monstruosidad que atacó Shiganshina, con todo lo que vino después.

"Si tantas ganas tienes de ser comprensivo con el cabrón que echó abajo el Muro y provocó cientos de miles de muertes, incluyendo… lo poco que te quedaba de familia…"

Volvió a recordar las palabras de Marco, que permanecía ausente, pero Armin no se detuvo en ello; estaba demasiado ocupado con la furia que ardía dentro de él, cada vez con más fuerza.

Y de repente notó que él también crecía y crecía; como si no tuviera más remedio que expandirse, para poder abarcar esa ira ardiente que amenazaba con consumirle.

Cuando abrió de nuevo los ojos, se dio cuenta de que la perspectiva había cambiado; ahora todo se veía distinto.

Ahora él era el titán.

Y por primera vez en mucho tiempo, Armin se sintió… bien.

Como si en realidad, las cosas no pudieran haber sido de otra manera; como si los acontecimientos hubiesen terminado conduciendo a ese momento, de un modo u otro… porque así era como tenía que ser.

Y Armin supo lo que debía hacer ahora.

Tan sólo quedaba ya una férrea determinación, casi instintiva. No había lugar para la rabia, la impotencia, la desesperación… ni tampoco la duda o el arrepentimiento; no en aquella forma, no con ese tamaño.

Ya sólo había poder; cualquier cosa, literalmente, al alcance de su gigantesca mano.

Bajó lentamente la cabeza, hasta que sus inmensos ojos azules enfocaron al pequeño y miserable traidor que aún yacía sobre el tejado tras haber vuelto en sí, abandonado por todos.

"Menos por mí, claro…" Armin sintió que sus enormes labios se curvaban en una leve sonrisa, sin duda magnificada (como todo en él ahora) por su titánica envergadura. Incluso el más pequeño de sus gestos le transmitía ya una poderosa sensación de bienestar; de ser capaz, por una vez, de hacer lo que quisiera, sin ningún tipo de limitaciones.

No pudo evitar sentir, también, cierta satisfacción ante la mirada de puro terror que le dedicaba Bertolt.

"Anda, venga, transfórmate ahora, a ver si eres capaz de arruinarme otra vez la vida…" Armin notó que su sonrisa se hacía un poquito más amplia, enseñando ya unos dientes grandes y poderosos. En realidad, más que rencor, lo que sentía en ese momento era una curiosidad expectante y quizás incluso divertida.

Porque esta vez, él era el cazador y podía permitirse jugar con su presa.

"¿Es esto lo que sentís al transformaros? Supongo que la diferencia de tamaño explicaría esa sensación de distanciamiento, de desapego…" Y extendió una de sus gigantescas manos hacia el traidor, con deliberada lentitud. "Cuando los enemigos son tan pequeños, la verdad… No resulta tan difícil exterminarlos como a insectos. ¿Fue eso lo que sentiste aquel día, Bertolt?"

–Qué… No… ¡NO! –gritó de pronto el guerrero, conforme iba dándose cuenta de su situación–. ¡Compañeros! ¡Amigos! Socorro… ¡Ayuda!

Luego miró en la dirección en que habían escapado Eren y los demás; Armin, en cambio, no apartó la vista de su objetivo.

"Sí, claro… Tú sigue llamándoles, verás como enseguida te ayudan, ésos mismos a los que estabas intentando matar hace sólo un momento."

Bertolt pareció percatarse también de ello, en ese mismo instante; volvió a mirar al titán que se cernía implacable sobre él, con una expresión de pánico que a Armin le supo a gloria.

"Me pregunto si sabrás aún mejor…" Sus poderosos dedos fueron cerrándose en torno al cuerpo del traidor, casi con delicadeza. "Lástima que te hayan cortado los brazos y las piernas… Me gustaría que pudieras resistirte un poquito más."

Aun así, el guerrero de ojos marrones se debatió tanto como le fue posible en su estado. Armin podía sentir, de nuevo con cierta satisfacción, aquel cuerpecillo tembloroso agitándose débilmente en su mano; tan pequeño, tan cálido, tan frágil

"En realidad, la vida es muy precaria… Ahora mismo, por ejemplo, me bastaría un sólo dedo para matarte."

El gigante rubio acarició suavemente la cabeza de Bertolt, con un pulgar cuya uña era casi tan grande como su cara; presionó ligeramente la yema del dedo contra su sien.

"Con sólo apretar un poco más, morirías sin poder hacer nada para evitarlo. Te tengo ahora completamente a mi merced. ¿Qué se siente, hm? Ah, pero tranquilo… No voy a ponértelo tan fácil, traidor."

Su sonrisa se hizo todavía más amplia.

–¡No! ¡NO! ¡Socorro! –volvió a gritar Bertolt, atrapado en aquella mano gigantesca–. ¡Amigos! ¡Ayuda! Reiner… Annie

Por un instante, Armin dejó de respirar; también dejó de sonreír.

Después apretó con más fuerza, hasta oírse un pequeño crujido; la voz de su prisionero se ahogó entre toses sanguinolentas. "Sí, creo que eso… Como mínimo, varias costillas rotas, y puede que alguna haya perforado un pulmón."

No se paró a pensar en por qué lo había hecho. ¿Para qué molestarse en buscar razones y justificarse? Ahora, simplemente, le bastaba contestar: porque puedo. "De todas formas estoy tardando demasiado, no debería prolongarlo más… Es hora de terminar ya con esto."

Sintió cierto desprecio, quiso creer que contra el traidor; había cierto hedor característico en el aire. "Bueno, se le puede disculpar, dadas las circunstancias… Cualquiera en su lugar también se lo habría hecho encima."

Le dedicó una última mirada al guerrero de ojos marrones, que ahora parecían todavía más grandes por el miedo. ¡Podían leerse tantas cosas en aquellos ojos! Aún había un pequeño resto de desafío, prácticamente sepultado bajo todo ese temor; su dignidad y su valor, abrumados por la desesperada angustia de un desgraciado que no quería morir. Quedaba también algo de resignación… y quizás remordimiento.

"Sí, claro, seguro que se arrepiente… ¡de no haber matado a suficientes de los nuestros! Pues esto se acaba, Bertolt, ¡aquí y ahora!"

Una parte de Armin era consciente de que, en realidad, aquello ya había sucedido; no tenía marcha atrás, no podía terminar de otra forma. Él simplemente interpretaba un papel, seguía unos pasos que ya estaban dados desde el principio. Por muy poderoso que fuese ahora, lo cierto era que sólo tenía una ilusión de libertad; en el mundo real, ya había tomado una decisión… o ni siquiera eso, si lo determinante fue su instinto.

Incluso si de algún modo, en aquel "ahora" relativamente onírico e irreal, pudiese volver al pasado y elegir de otra manera… Armin habría seguido tomando siempre la misma decisión.

"Te mataré, Bertolt, te devoraré vivo. Te arrebataré tu poder, todo lo que eres, todo lo que tienes. Tantas veces como haga falta."

Ya sin más dilación, ni rodeos ni divagaciones, se llevó el cuerpecillo del traidor a la boca… y apretó con fuerza.

El último grito del guerrero quedó ahogado por el crujido de su cabeza entre aquellos gigantescos dientes.

Armin notó que le inundaba una sensación cálida, dulzona y al mismo tiempo con el regusto amargo del hierro; una sensación que se deslizó por su garganta y luego siguió bajando hasta su estómago…

En ese preciso instante supo lo que había hecho: la revelación, todavía más amarga, fue abriéndose camino dentro de él con una potencia devastadora, prácticamente partiéndole en dos.

No podía rechazar aquella verdad; habría supuesto negar una parte de sí mismo… negar que su compañero formaba ya parte de él, para siempre.

"Me he comido a Bertolt… Me he comido a Bertolt. ¡Me he comido a Bertolt!"

"¡He devorado vivo a Bertolt y he disfrutado haciéndolo!"

Le acometió de pronto una fortísima náusea, que le hizo llevarse una mano a la boca; requirió de toda su fuerza de voluntad para no vomitar allí mismo.

Ya no se sentía tan grande, sino muy pequeño; ni tan fuerte, sino extremadamente débil; ni tan poderoso, sino patético y despreciable.

En algún momento, sin darse cuenta, había cerrado los ojos; o quizás desapareció todo, y sólo quedaba oscuridad a su alrededor.

Las piernas le temblaban tanto, que al final le fallaron y él acabó de rodillas en el suelo; volvió a notar una superficie dura e implacable… como sus remordimientos.

El muchacho se dobló sobre sí mismo; habría podido tocar la fría piedra con su frente, si no hubiese apoyado antes las manos para evitar caerse de bruces.

Le costaba respirar; la fuerza desesperada de sus jadeos hacía que el aire le quemase por dentro. Las lágrimas se acumularon bajo sus párpados, hasta terminar fluyendo copiosamente por sus mejillas. Le sobrevino una tremenda angustia, la abrumadora sensación de que él también iba a morir

Un sonido extraño vibró de repente en sus oídos; un ruido que, al principio, él confundió con sus propios sollozos… pero que luego distinguió como algo mucho más disonante, en aquel lugar y aquella situación.

Y entonces supo de qué se trataba… al mismo tiempo que sentía un estremecedor escalofrío recorriendo todo su cuerpo; sus lágrimas parecieron convertirse en hielo.

Porque Marco estaba ahora a su lado… riéndose.