Los personajes son de J.K Rowling, yo soy una fanática que juega con ellos.

Disfruten.


El profesor Flitwick tomó el libro que amablemente le tendía Minerva McGonagall. Luego, lo abrió en el capítulo tres, se aclaró la garganta y se apresuró en leer.

Las cartas de nadie.

— ¿Cómo pueden ser las cartas de nadie? — preguntó Susan Bones, negando con la cabeza aturdida.

Nadie supo responder aquella interrogante, pero sabían que Harry debía saber el motivo de ese título. Y en efecto cuando la gente lo miró, él hizo un gesto de impaciencia y rodó los ojos haciéndoles saber que no diría nada de aquel asunto. Después, le pidió al profesor que siguiese leyendo. Flitwick siguió sin demoras.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida.

Sirius, Remus, Tonks y los señores Weasley apretaron los puños fuertemente; pero de momento, no quisieron emitir comentario alguno ni hacer nada. Querían leer cuál y qué tipo de castigo era antes de reaccionar.

Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano.

El silencio se apoderó del Gran Comedor en cuanto se pronunció aquella línea, ¿un niño de once años castigado en una alacena hasta las vacaciones?, ¿A qué tipo de maltrato había estado sometido Harry en la infancia?, ¿qué se creían aquellos muggles? Era tan injusto que todos, sin excepciones, lanzaron gritos de protesta y enfado.

En la mesa de profesores, la rabia e impotencia estaba posado en sus rostros, incluyendo Severus, quien tenía los puños apretados. Albus, sentado en la silla más alta, se veía tan triste, que cualquiera hubiese pensado que se estaba recriminando por haber hecho vivir a su alumno con esa gente. Sin embargo, nadie se atrevía a hablar. El desconcierto parecía que no les permitía decir algo. Entonces, un grito hizo estremecer al comedor.

—¡¿CÓMO?! — exclamó Sirius, furioso.

A su lado, tanto Remus como Tonks, los Weasley y Hermione miraban a Harry con una mezcla de curiosidad y enrabiados.

—Sirius, eso no fue nada—comenzó a decir Harry con cierto nerviosismo, pero fue interrumpido.

— ¡Nada! —exclamó a gritos su padrino. Todo el comedor se volvió para mirar la escena —, ¿cómo que nada Harry? Esos muggles te castigaron por hacer magia accidental, por algo que no puedes controlar — terminó de decir enojado y golpeando la mesa.

—Sirius, por favor, hablemos de esto cuando los Dursley no se mencionen en el libro.

Sirius, que para ese momento ya se encontraba de pie, se movía de lado a lado, gruñendo y maldiciendo a los Dursley.. Sin embargo, se detuvo, se paró delante de su ahijado y le tomó el hombro.

—Está bien, se hará lo que quieras; pero que no te quepa duda que tendremos una buena conversación.

Harry suspiró aliviado. No quería exponer su vida privada más de lo que ya lo estaba siendo. Sirius, en cambio, se sentó en la silla con resignación, tomó el pergamino y se dispuso a escribir.

Nadie dijo nada; sin embargo, los gemelos, Charlie, Billy y Remus se acercaron hacía Sirius y comenzaron a murmurar, dándole algunas ideas para que anotase en aquel papel. Una vez que terminaron, se reinicio la lectura.

y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.

Los gruñidos y silbidos no se hicieron esperar. Pero, nadie quiso decir algo, ya que habían dicho muchas veces que Dudley era un niño mimado.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día.

Sirius, Remus, Tonks y los señores Weasley gruñeron enfadados.

Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos,

Harry asintió de acuerdo con esa declaración.

pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe.

Fred, George, Lee, Sirius y Remus rieron por lo bajo.

Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry.

Más gruñidos se escucharon a lo largo del comedor tras esa declaración. A nadie le estaba gustando la empezada del libro.

—¡Albus! — gruñó Minerva enojada en la mesa de profesores.

Dumbledore la miró con tristeza. No quería hablar de eso por el momento debido a que todo lo que había oído lo hacía sentir culpable, sin embargo, se vio en la obligación de repetirse que era lo mejor para Harry. McGonagall no quiso seguir regañando al director, optó por quedarse callada; pero no se le pudo quitar el enojo contra el director.

Cuando los gruñidos cesaron, prosiguió la lectura.

Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones,

Muchos asintieron con la cabeza, porque consideraron mejor salir a fuera que quedarse en casa de los Dursley.

cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo.

—Claro que no, mi ahijado va a asistir a Hogwart — dijo Sirius emocionado. La mesa de Gryffindor no pudo resistirse, todos rompieron a reír.

Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona.

— No, no y no. Harry irá a Hogwart —repitió el comedor.

Harry se avergonzó, pero igualmente rodó los ojos. Esto había pasado hace ya cuatro años y la gente hablaba como si no lo fuera.

Dudley encontraba eso muy divertido.

Harry apretó los puños, mientras los gruñidos se escuchaban fuertes y claros en el comedor.

Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer díadijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

—Por supuesto que no— susurró Molly, mirando indignada al libro.

Muchos asintieron de acuerda con ella.

No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.

Las risas no se hicieron esperar en el gran comedor, todos reían a carcajeadas.

— ¡Merlín, Harry!, ¿puedes dejar de ser tan gracioso? — preguntó Ron, a través de su risa.

—Es mi naturaleza — le respondió Harry, divertido.

—¡Ese es mi ahijado! —exclamó Sirius orgulloso —.Te lo merecías Dudley.

Para donde se mirase, todos trataban de dejar de reír; pero no lo conseguían. Había sido entretenida esa línea.

Cuando la risa ceso, unos cinco minutos después, la lectura se reinició de nuevo.

Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg.

Harry frunció el ceño.

Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes.

—Bien — suspiró Sirius, satisfecho. No le gustaban los gatos.

Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.

—Harry, no seas malagradecido — le regañó Hermione como si fuese su madre.

Ron rió junto a los demás miembros de la casa de Gryffindor; mientras Harry se encogía de hombros.

La señora Weasley miró a Hermione, admirada.

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo.

Harry rió divertido.

Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían.

Varios rieron disimuladamente antes de que la voz de Flitwick indicase que se seguía leyendo.

Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.

Los profesores rodaron los ojos.

Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido.

—¡Dramáticos! — murmuró Fred, negando con la cabeza divertido.

Quienes lo escucharon, rieron por lo bajo.

Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

En el gran comedor fue distinto, porque todos reían al imaginar a Dudley con ese uniforme.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero.

Harry volvió a apretar los puños. Él sabía perfectamente qué significaba aquel cubo de metal y hasta el día de hoy le hacía mal recordar aquellos días en donde tenía que usar la ropa vieja y desliñada de Dudley. Y recordarlos solo provocaba que odiara un poco más a los Dursley por haberlo hecho sufrir.

Para suerte de él, nadie se fijó en su acción. Siguió, entonces, escuchando la lectura.

Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

—¿Qué es eso? — preguntó Ron, mirando boquiabierto a Harry.

En repuesta, Harry apuntó al libro y le pidió a Flitwick que continuase leyendo. Él lo hizo sin demoras.

¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia.

Nadie hizo comentario alguno por la similitud en la pregunta dado a que querían saber qué era eso que había en el cubo.

La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.

Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.

Las expresiones asesinas no se hicieron esperar. Todos se encontraban enojados, incluyendo los Slytherin. Nadie se merecía el trato que le estaban dando los Dursley a Harry.

Harry volvió a mirar en el recipiente.

Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.

Varios apretaron los dientes, mientras los restantes apretaban los puños.

Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir.

Harry asintió de acuerdo con él mismo.

Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la

escuela secundaria Stonewall.

—No tendrá ningún aspecto porque Harry irá a Hogwart —habló Remus, rodando los ojos.

Muchos asintieron con la cabeza, de acuerdo con él.

Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.

—Merlín, Harry, deja de pensar cosas como esa — dijo Hermione, gimiendo por la imagen mental.

Muchos, a lo largo comedor, tenían expresiones idénticas a la de Hermione. Harry, en respuesta, se encogió de hombros.

Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry.

Y en el comedor todos fruncían la nariz a causa de la entrada a escena de Dudley y del tío Vernon.

Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.

Muchos soltaron bufidos exasperados antes de que Flitwick siguiese leyendo.

Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.

— ¡Estás hablando en serio! — repitió atónito el gran comedor.

Harry, en respuesta, rodó los ojos.

Que vaya Harry

Trae las cartas, Harry.

—Era muy bueno para durar — dijo el comedor, agachando la cabeza.

Que lo haga Dudley.

Pégale con tu bastón, Dudley.

—Ni te atrevas a pegarle a mi ahijado, Dudley—torció Sirius.

—Ya paso Sirius— declaró Harry, sonriéndole a su padrino. Sirius asintió y siguió escuchando la lectura.

Harry esquivó el golpe

—¡Bien! — exclamó el comedor, aliviado.

y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight;

Harry apretó los puños, recordando su tercer año. Nadie sería feliz con las cosas que dijo esa señora de sus padres. De eso estaba completamente seguro.

un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.

—¡Hogwart! ¡Hogwart! ¡Hogwart! —aplaudió el comedor, emocionado.

Los profesores miraron divertidos a sus alumnos antes de que Flitwick volviese a leer.

Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica.

Harry medio sonrió antes de que la lectura continuase.

Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes.

El estado de ánimo del comedor cayó abruptamente.

Perdón Harry. Si hubiese estado en libertad, nada de eso te hubiera pasado Pensó Sirius con tristeza.

Y le tengo envidia a Harry. Yo siempre estuve acompañado por mi familia y él no, ¡Cómo pude ser tan imbécil!Se regañó Ron con amargura.

¡Pobre Harry! Yo siempre quise hacer amigos, pero nunca los hice porque era muy mandona… y él, aunque es simpático, no tenía a nadie por culpa de su primoSollozó Hermione.

¿Por qué habré impedido que le enviaran cartas?...No Albus, Harry debía estar escondido, es su seguridad, es lo único que importa Los ojos de Albus Dumbledore ya no brillaban.

Por tener esta maldita condición, Harry, el hijo de uno de mis mejores amigos, tuvo que pasar por eso... ¡Merlín! ¿Por qué dejaste que pasase por eso?Pensó Remus con amargura.

Harry, Harry, Harry, ¿Por qué te tuvo que pasar todo eso? Es inhumano lo que te hicieron, ¿Por qué Merlín? ¿Por qué dejaste que él pasase por eso? Es que no parece lo que mi madre me contó del famoso Harry Potter... ¡Diablos!... ¿Por qué tenía que sufrir así? Ginny trataba de no llorar.

¡Pobre de mi niño! Él pasando todas esas penurias mientras el mundo mágico hablaba del gran héroe. Si Lily y James estuviesen aquí, sí tan solo ellos hubiesen podido criar a su hijo...Meditó la señora Weasley a punto de llorar.

Esos muggles, los odio. No merecen ser personas. El señor Weasley apretó los puños.

Harry no se atrevió a mirar a ningún lado. Las expresiones de Sirius, Ron, Hermione, Albus, Remus, Ginny y los señores Weasley lo tenían abrumado. Sintió, de repente, que tan solo con eso gesto, se le encogía el corazón, ya que ellos y los demás Weasley junto a Tonks, era su nueva familia.

El gran comedor, por otro lado, miró con lástima a Harry antes de que la lectura continuase.

Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros.

Sirius apretó los puños, enrabiado y recriminándose por haber sido tan estúpido al perseguir solo a aquella rata traidora.

Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Harry sonrió, la primera carta que recibió en su vida era lo que más le había hecho feliz. Esto jamás se le olvidaría, aunque tuviese que recordar todo lo que pasó para leerla. Sacudió, luego de aquello, su cabeza y siguió escuchando la lectura.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey

La profesora McGonagall gimió. Ella, como subdirectora y quien, en parte, enviaba las cartas, debió haberse fijado en ese detalle. Pero sabía que nadie podía hacer porque lo que se leía era ya del pasado.

El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.

—¡Hogwart! —gritó el comedor, intentando subir el ánimo que, poco a poco, fue subiendo gracias a esa pequeña acción.

Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

Los alumnos aplaudieron con entusiasmo, mientras los profesores rodaban los ojos.

¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.

—¿Eso es un chiste? — preguntaron Sirius, Remus, Fred y George cruzados de brazos.

—Absolutamente no— respondió Harry—. Eso ni siquiera se acerca a un chiste, créanlo.

Todos asintieron, porque era así según lo que decía el libro.

Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.

—¡No! —exclamó el comedor, gimiendo.

—Harry, no debiste abrir el sobre delante de ellos — le regañó Hermione, sacudiendo la cabeza.

—Lo sé — contestó Harry resignado, mientras Ron le ponía sus manos en el hombro.

Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.

Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.

Harry esbozó una sonrisa.

¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!

— ¡Estúpido muggle, no hables! — se escuchó en el comedor.

Harry, en tanto, se encogió de hombros e hizo un gesto para que la lectura continuase.

Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.

Muchos hicieron una mueca de dolor. Harry se volvió a encoger de hombros ¡Comienza el espectáculo!Pensó, haciendo una mueca.

¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.

¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada.

—Muchas personas, imbécil— gritaron las niñas, haciendo enrojecer a Harry.

Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo.

Muchos rieron de la imagen mental que se les vino a la mente antes de que siguiesen escuchando la lectura.

Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.

¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.

—He aquí al rey del drama — dijo Fred, rodando los ojos.

Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance.

Harry sonrió. Esa fue la primera vez que a Dudley no le hicieron caso en lo que pedía.

Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

Harry rodó los ojos

¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

—Me retracto señores y señoritas. He aquí a los reyes del dramatismo.

— ¡Excelente Fred! —exclamó George, maravillado, mientras el resto reía con ganas.

—No hay de que George — dijo él con una sonrisa de oreja a oreja, mientras la señora Weasley los miraba severamente.

—¡Brillante! — exclamaron Sirius y Remus, chocando las manos entre sí.

Fred, al escuchar aquello y suponiendo que Sirius y Remus eran parte de los merodeadores, sonrió orgulloso.

Luego de eso y cuando la gente dejó de reír, Flitwick continúo leyendo.

Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí.

Para Dudley fue la primera vez. Para mí, no Pensó Harry, suspirando y entrecerrando los ojos.

Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

—No es tuya, niño mimado — murmuró Charlie —. Es de Harry.

Harry le agradeció, sonriendo.

Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

— ¡Exacto! —exclamó la mitad del Gran Comedor, mientras el resto decía—:¡Así se hace, Harry!

Harry volvió a sonreír.

Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.

Harry no se movió.

Esto valió una salva de aplausos y vítores, provocando el sonrojo de Harry y el orgullo de Sirius y Remus.

¡QUIERO MI CARTA! —gritó.

—¡Uf! El carácter explosivo de Harry a la vista — declaró Ron, estremeciéndose ligeramente. Hermione rió nerviosa.

—Yo diría que heredó el carácter de Lily — le contradijo Sirius, esbozando media sonrisa.

Harry recordó, en ese preciso momento, lo que había visto en el pensadero sobre Snape y la escena entre él, su madre y su padre. Hizo una nota mental para preguntarle a Sirius y Remus sobre eso cuando conversase con ellos dos.

¡Déjame verla! —exigió Dudley

¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina.

—Ese muggle— gruñó Molly—. Esa no es la forma de tratar a dos niños.

Muchos asintieron de acuerdo con ella, mientras que Sirius escribía en el pergamino.

Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.

—¡Harry!, ¡Harry! — exclamó el comedor.

—No gané —dijo Harry avergonzado —. Él es mil veces más grande y gordo que yo.

Los que escucharon, rieron por lo bajo y esperaron a que la lectura continuase.

Ganó Dudley,

—¡Buu, muggle estúpido! — abuchearon los alumnos.

Harry rodó los ojos exasperado, mientras los profesores miraron divertidos a sus estudiantes.

así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.

—Excelente— dijo Fred, chocando su mano con la de George.

Sirius y Remus, en tanto, sonrerían orgullosos. Harry suspiró y le pidió al profesor Flitwick que siguiese leyendo.

Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

—Absolutamente no —exclamó Minerva exasperada—, jamás haríamos algo como eso ni los vigilaríamos.

A su alrededor, los demás profesores asintieron de acuerdo con ella antes de que Flitwick volviese a leer.

Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.

—Jamás seguiríamos a personas detestables como ustedes— dijeron Flitwich, Snape, Minerva, Alastor y, para sorpresa de ellos, Umbrigde sarcásticamente.

Muchos la miraron con incredulidad, otros abrieron sus ojos ampliamente, mientras los restantes fruncieron el ceño. Ella hizo caso omiso a las miradas y siguió escuchando la lectura.

Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...

—No pueden hacer eso, sería catastrófico que no viniese acá —habló Flitwick alarmado, deteniendo la lectura

—¿Por qué? — quiso saber Harry, mirando confundido al profesor.

—Porque…

—No es algo que debas saber ahora, señor Potter— dijo Albus, interrumpiendo a Flitwick y sin ningún brillo en sus ojos.

Nadie emitió comentario alguno, aunque muchos se quedaron pasmados con la reacción del director, quién suspiró y le pidió al profesor que siguiese leyendo, acrecentado la curiosidad del comedor. Sin embargo, Flitwick había asentido con la cabeza y seguía leyendo.

Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.

—¡Qué dramático! — exclamó Sirius, rodando los ojos.

Muchos asintieron de acuerdo con él, pero con cierto temor posado en sus rostros.

No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

—No lo pueden hacer — gruñó Albus Dumbledore.

Un silencio rotundo se apoderó del comedor, porque jamás nadie había visto al director en ese estado. Pero Albus no dio ninguna posibilidad de que alguien dijese nada, solo se limito a pedirle a Flitwick que siguiese leyendo. Él lo hizo sin demoras.

Pero...

¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

—Nadie puede detener la magia de un niño, sería un desastre — gritó Flitwick.

Albus asintió, recordando a su propia hermana; mientras tanto, los demás se veían confundidos. Pero no tuvieron mucho tiempo para meditar nada, porque el profesor volvió a leer.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

—¡Milagro! —exclamó sarcásticamente el alumnado.

Harry bufó exasperado antes de que Flitwick siguiese leyendo.

¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?

—Hogwart— le contestó Seamus, rodando los ojos.

—No lo sabía en ese momento— dijo Harry entre dientes.

Seamus se removió incómodo y tragó saliva antes de seguir escuchando la lectura.

Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.

—¡Qué! — exclamó el comedor, horrorizado—. No puede ser posible.

—Lo es— Harry volvió a rodar los ojos y le pidió a Flitwick que siguiese leyendo.

Él asintió y continúo leyendo.

No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.

¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo.

Ron se estremeció y murmuró: arañas, provocando risitas nerviosas.

Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

Lo estaba pensó Harry, mirando oscuramente al libro.

Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.

—¡Segundo dormitorio! — exclamó el comedor estupefacto.

Harry se encogió de hombros con indiferencia, mientras todos lo veían con incredulidad. No obstante;

—Harry, me vas a decir ellos...que esos muggles te hicieron dormir en una alacena cuando tenían un segundo dormitorio — gruñó Sirius enojado.

Su ahijado asintió lentamente.

—¡Malditos muggles! — profirieron Sirius, Remus, los Weasley, Hermione y Tonks enrabiados y con ira.

Mientras tanto, la mesa de Gryffindor gruñía por lo bajo ¿Cómo Merlín uno de sus compañeros sufría así? No entendían cómo y porqué esos muggles se pudieron atrever a tratar a Harry Potter así. Nadie se lo merecía, mucho menos Harry.

Neville, quien se encontraba sentado entre Luna y Ginny, tenía serias dificultades para calmarse Yo sufrí por no tener a mis padres y siempre me dijeron que era casi un squib. Soporte de todo, pero esto supera cualquier cosa. Harry ha sufrido más que yo... ¡Merlín!...debería aprender más de él.

La mesa de Slytherin, por el otro lado, estaba anonadada desde hace ya un buen rato. Todo lo que habían leído era casi imposible. Era como si fuese sacado de un cuento de terror, un cuento que venía, poco a poco, a cambiar lo que ellos pensaban del niño que vivió ¿Qué significaba eso? ¿Por qué tenían que haber llegado estos libros? Además y lo más importante ¿El famoso Harry Potter no era un niño mimado? Estas y muchas otras preguntas se podían apreciar en el rostro de todos, pero aún así no quería comentar. Preferían escuchar en silencio el resto de la lectura, la cual continúo cuando los ánimos se hubieron calmado.

¿Por qué? —dijo Harry

¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.

Harry apretó los puños. Las respuestas escuetas de su tío siempre le habían parecido ridículas ye hacían enfadar.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios:

La gente frunció el ceño o entrecerró los ojos, ya que algo les decía que no sería nada bonito lo que vendría.

uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.

—¡Qué! — exclamaron profesores, alumnos y adultos enojados.

—Es lo que oyen y no hagan preguntas— dijo Harry, haciéndole un gesto a Flitwick para que siguiese leyendo.

Él continúo cuando Sirius, Remus, Tonks, Fred, George, Billy, Ron, Hermione y Ginny terminaron de escribir en el pergamino algo que nadie sabía.

En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto.

Varios miraron enrabiados al libro, pero no hicieron comentario alguno, de momento.

La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino,

Sirius gruñó y apretó los puños antes de seguir escuchando la lectura.

y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito.

Molly entrecerró los ojos, indignada.

También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima.

La profesora McGonagall gruñó entre dientes.

El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

Los gruñidos se escucharon fuertes y claros en el Gran Comedor. Esto estaba superando todos los límites para ellos, pero aún así siguieron escuchando la lectura.

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...

—Harry lo necesita más que tú, niño cerdo —gruñó Ginny por lo bajo, sin embargo, fue escuchada tanto por la señora Weasley como Harry.

—Ginebra, ¡cuida tu lenguaje! —le regañó Molly.

—Sí mamá —respondió ella a regañadientes antes de que la voz de Flitwick les indicase que seguía leyendo.

Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

—Harry... —comenzaron a regañarle la señora Weasley, Hermione y Ginny de brazos cruzados.

—Lo sé —se apresuró a decir Harry, encogiéndose de hombros.

Las tres lo miraron largamente antes de suspirar y seguir escuchando la lectura.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción.

Harry rió entre dientes al recordar la pataleta de su primo. Había sido divertida.

Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.

Los silbos y gruñidos no se hicieron esperar. Todos querían, de algún modo u otro, hacerle daño a ese niño mimado. Y Minerva fue la primera en tomar la iniciativa, lanzándole un hechizo al globo del niño.

—Eso es por ser un pequeño y cerdo niño mimado. Ya verás lo que le espera a ti y tu familia cuando terminemos de leer el libro— gruñó enojada. Luego agregó—: Sr Black, présteme ese pergamino, necesito escribir en él.

Sirius la miró perplejo, al igual que el resto de sus colegas y del alumnado.

—Sr Black, ya le hablé, ¡Présteme el maldito pergamino! — siseó enojada.

Sirius, lentamente, se paró y se dispuso a caminar; mientras el resto veía la escena atónitos. Cuando él llegó a la mesa de profesores, la profesora McGonagall le quitó el pergamino de las manos y se dispuso a escribir en él con furia. Sus colegas se acercaron a ella e intentaron calmarla, pero la profesora no se calmó. Con resignación, los demás profesores se volvieron a sentar, sin embargo, tanto Hadrig, como Flitwick y Sprout se inclinaron hacía ella para ayudarla.

Harry no podía creer lo que veía ¿McGonagall conspirando en contra de los Dursley? Era algo nuevo e inaudito y los demás alumnos pensaban casi lo mismo que Harry. Nadie había visto así a la profesora.

Y cuando la profesora le entregó de vuelta el papel a Sirius, el comedor se hallaba en absoluta quietud. Nadie respiraba ni se movía y sólo los pasos de Sirius, caminando de nuevo a la mesa de Gryffindor, rompían el silencio.

Luego de aquello, Sirius se volvió a sentar y Flitwick continúo leyendo.

Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo.

—Ni una sola palabra— gruñó Harry cuando vio que Hermione y Ron le regañarían.

Ambos suspiraron y le pidieron al profesor que siguiese leyendo.

Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente. Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley.

Sirius miró al libro con incredulidad, pero no emitió comentario alguno.

Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...

Deberíamos habernos dado cuenta se recriminó la profesora McGonagall casi sollozando.

Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiento y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo.

Harry tuvo el descaro de reírse, provocando que muchos le mirasen perplejos. Él rodó los ojos y le pidió al profesor Flitwick que continuase leyendo.

Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello.

Muchos imaginaron la escena y, a juzgar por la intervención de Harry, la encontraron divertida. Ahora entendían porque Harry Potter había reído segundos atrás. Ellos, en la posición de él, también lo hubiesen hecho.

Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón,

Los gruñidos se volvieron a sentir, ya que Harry había sido agredido. A nadie le gustó esa línea.

tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.

La gente gimió.

Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. .Vete... Vete de aquí.

Varios gruñeron, mientras los restantes apretaron los puños. Harry debía tener su carta ya.

Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo?

—Claro que sí — le respondió Minerva enfadada—. No hacía falta preguntar.

—Ahora lo sé— suspiró Harry, haciéndole un gesto al profesor Flitwick para que siguiese leyendo.

Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.

—Los planes de Harry nunca funcionan—se quejaron Ron y Hermione.

Harry bufó y rodó los ojos exasperado, mientras Sirius y Remus reían por lo bajo.

El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.

La gente miró a Harry con curiosidad, preguntándose qué haría. Él, en respuesta, apuntó al libro, instando al profesor Flitwick a seguir leyendo.

Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas.

—Un excelente plan— elogió Alastor, sonriendo.

—Eso es cierto, pero los planes de Harry siempre fracasan en el último minuto— dijo Hermione, suspirando.

Harry se encogió de hombros, mientras la gran mayoría lo miraba boquiabierto, ¿era posible que fuese así? Pero antes de que pudiesen siquiera meditar la pregunta, el profesor Flitwick había seguido leyendo.

El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.

¡AAAUUUGGG!

—¡Uh! — se escuchó de parte de los alumnos.

¿Cuánto tendría que pasar Harry Potter para leer la carta? Era insólito lo que sucedía en el libro.

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!

Nadie se pudo contener, todos rieron.

Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

Las risas volvieron a apoderarse del comedor. Todos imaginaron a tío Vernon tal cual lo había descrito Harry.

Les tomó cerca de cinco minutos dejar de reír, cuando lo hicieron, Flitwick siguió leyendo.

Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer.

—Por este tipo de cosas fue que dijimos que los planes de Harry fracasan en el último minuto— declaró Ron, meneando la cabeza.

Hermione asintió, mientras la gran mayoría veía a Harry perplejo, al tiempo que él bufaba y le pedía al profesor Flitwick que continuase leyendo.

Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té.

—¡Vernon! — siseó Sirius enojado, lanzando un maleficio al globo.

Harry se sobó la sien. Estaba seguro que tendría que ver varias reacciones así durante el trascurso de la lectura.

Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon.

El comedor gimió antes de que Flitwick siguiese leyendo.

Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.

Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.

Todos miraron con horror al libro, ¿quién se creía Vernon Dursley para romper las cartas? Él no tenía derecho alguno meterse en los asuntos de Harry Potter.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

—¿Es que acaso Vernon Dursley jamás se dará por vencido? —Preguntó George, entornando los ojos y sobándose la sien—, ¿es que no se da cuenta que de igual forma Harry recibirá su carta?

—Jamás se dará por vencido, George. Y no, para él nunca existió el que igualmente recibiría mi carta— respondió Harry, encogiéndose de hombros.

Muchos gruñeron, los demás abrieron sus ojos, sorprendido. Mientras tanto, el señor Weasley apretaba los puños. Nunca se había topado con tan macabro muggle y ya comenzaba a odiar a Vernon.

¿Te das cuenta? —le explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

—¡Jamás dejaremos de entregar las cartas! —sisearon enojados los profesores.

Harry esbozó una sonrisa antes de seguir escuchando la lectura.

No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

Y no lo hizo Sonrió Harry.

Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

Los silbidos y gruñidos inundaron el comedor, ya que a nadie le gustó lo que insinuó Vernon sobre ellos. Acto seguido, lentamente, la gente se comenzó a parar y hacer una fila delante del globo de Vernon para lanzarle maleficios.

Harry pensó, mientras veía a cada uno esperando su turno y alzar la varita, que sus parientes iban a estar en un gran aprieto cuando se terminase de leer la saga. Suspiró, luego de pensar aquello, y esperó pacientemente a que todos hubiesen pasado para seguir escuchando la lectura.

El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry.

La profesora McGonagall sonrió.

Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.

La gente aplaudió con entusiasmo, mientras que Harry entornaba los ojos exasperado.

Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir.

—Se está volviendo loco— rió Sirius, chocando las manos con Remus.

Varios asintieron de acuerdo con ellos, aunque todavía con temor por Sirius Black.

Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.

—¡Qué dramático! —gritó el comedor, riendo.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse.

—Yo pensaba que ya estaban descontroladas —-opinó Remus sarcásticamente.

Todos le dieron la razón.

Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón.

Aunque la situación era insólita y exasperante, no pudieron dejar de reír por esa línea. Realmente toda la escena era divertida.

Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.

Los gruñidos no se hicieron esperar, todos estaban enojados.

—¡Déjenlo leer su carta! — siseó Gryffindor, mirando enrabiado al libro.

Harry suspiró y entornó los ojos antes de seguir escuchando la lectura.

¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba

Dudley a Harry, con asombro.

—Muchas personas, ¡estúpido muggle! — gritaron las niñas, provocando el sonrojo de Harry.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

Varios se preguntaron por qué razón Vernon se encontraba feliz, pero dejaron que el libro se le dijese.

No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...

—No es así— se burló el comedor, haciéndole un gesto al profesor Flitwick para que se apresurase en leer.

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca.

Harry rió antes de seguir escuchando la lectura.

Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas.

La gente aplaudió, riendo a carcajadas antes de que Flitwick siguiese leyendo.

Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.

—¡Vamos Harry! —animó el gran comedor, esperanzados en que Harry tomase una de las cartas.

Harry volvió a rodar los ojos antes de que la voz del profesor indicase que seguía leyendo.

¡Fuera! ¡FUERA!

Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor.

—¡No te atrevas, Vernon Dursley! — gruñó con enfado Sirius.

—Sirius, ya pasó y estoy bien—se apresuró a decir Harry.

Sirius lo miró por unos segundos antes de relajarse casi por completo. Aun así, agarró el pergamino y volvió a escribir.

Harry entornó los ojos y esperó a que la lectura continuase.

Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

—Tienes que coger una, Harry— animó el comedor, inclinándose un poco más al libro.

Harry se encogió de hombros y esperó a que el profesor Flitwick siguiese leyendo.

Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

Incredulidad y perplejidad se posaron en los rostros de la gente reunida en el comedor,

—Ese hombre está demente—opinó Ron aturdido.

Varios asintieron de acuerdo con Ron. Vernon estaba volviéndose loco a cada segundo que pasaba.

Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista.

La gente gimió y apretó los puños.

Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.

-¡idiota! - gritaron los alumnos, aunque los sangre puras no tenían idea de qué eran esas artefactos.

Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

La gente escuchaba perpleja la lectura, mirando a Harry sin dar crédito a lo que oían. Ese muggle se estaba trastornando, de eso no había duda. Igualmente, siguieron escuchando al profesor, ya que querían saber si Harry había obtenido su carta.

Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.

—No lo harán— dijeron los profesores, rodando los ojos.

No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba.

—¡Cerdo! —exclamó el alumnado y nadie dijo algo para reprender el lenguaje empleado.

Harry aguantó la risa junto a Hermione y Ron, ya que recordaron el episodio de la cola de Dudley. Sería divertido leerlo.

Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.

-—Bien— dijeron Molly, Tonks y Minerva, suspirando.

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad.

Cho, Marietta y Lavender hicieron una mueca de desagrado por ese hotel.

Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas.

Padma, Parvati y Susan fueron las que ahora hicieron una mueca de desagrado.

Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...

—Ya lo sabes— rodaron los ojos los alumnos.

—¡En ese momento no lo sabía! — exclamó Harry exasperado.

Muchos miraron avergonzados a Harry por lo que habían dicho.

Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.

Harry sonrió y se frotó las manos anticipadamente. Esto sería divertido.

Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.

Muchos sonrieron maliciosamente. Esto haría estallar a Vernon, pero se lo merecía.

Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:

Señor H. Potter

Habitación 17

Hotel Railview

Cokeworth

—No nos íbamos a dar por vencidos, Vernon Dursley — dijeron los profesores, esbozando una amplia sonrisa, mientras los alumnos aplaudían.

Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano.

Sirius y Remus apretaron los puños. Querían tener a ese muggle enfrente y hacerlo sufrir lenta y dolorosamente.

La mujer los miró asombrada.

—Como cualquiera en su lugar— dijo Molly, frunciendo el ceño.

Todos asintieron de acuerdo con ella.

Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.

¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla.

—¡Escúchala! — se escuchó por el comedor. Harry se encogió de hombros, sabiendo que eso no era posible.

Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía.

Salvo él mismo Pensó Harry, sacudiendo la cabeza.

Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

—Definitivamente este hombre está loco— dijo la profesora McGonagall, aturdida.

Nadie le rebatió porque era así.

Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.

—Sí— le contestó la mitad del comedor, rodando los ojos.

—Y no comprendemos por qué aún no te había dado cuenta— comentó el resto del comedor, bufando.

Harry casi rió, pero mantuvo la compostura y siguió escuchando la lectura.

Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.

Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.

La gente no sabía si reír, bufar, rodar los ojos o mirar perplejo al libro. Sin embargo, no optaron por ninguna opción, prefirieron seguir escuchando la lectura.

Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.

No lo hubo pensó Harry, entornando sus ojos. Su tía era bastante especial, dentro de lo que cabía.

Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo.

Varios miraron a Harry, preguntándose de qué se había acordado.

Él, en respuesta, apuntó al libro, instando a que el profesor siguiese con la lectura. Flitwick siguió leyendo sin demoras.

Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry.

—¡Feliz cumpleaños! —exclamó el comedor casi a gritos.

—Esto paso hace cuatro años— dijo Harry aturdido, pero complacido.

—Da igual — sonrió Sirius—, querían y quería hacerlo.

Harry lo miró agradecido antes de volver a prestarle atención a la lectura.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos:

Sirius y Remus fruncieron el ceño.

el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon.

El comedor gruñó enojado, ya que esos no eran regalos. Mientras tanto, Sirius había vuelto a escribir en el pergamino y Remus lo ayudaba.

Ahora entiendo a Harry cuando me dijo que sí había regalos para él ese mismo año Pensó Ron con amargura antes de que la lectura continuase.

Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

Todos asintieron con la cabeza debido a que ese cumpleaños, el número once, era especial en el mundo mágico. Los magos y las brujas comenzarían su educación en el colegio más alucinante de la historia. Y eso era absolutamente importante para la comunidad mágica.

Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

Un rifle Pensó Harry, riendo por lo bajo y recordando cómo Hagrid había doblado esa arma.

¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

—Es un hombre absolutamente controlador — le susurró Tonks a Molly.

—Así es y da un poco de miedo— le contestó Molly, frunciendo el ceño.

Para suerte de las dos, nadie las escuchó.

Hacía mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.

—Es un hombre desalmado— murmuró la profesora Sprout

Minerva asintió de acuerdo con ella antes de que Flitwick continuase leyendo.

¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon,

aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!

La gente frunció el ceño. Esto no era para ponerse alegres o aplaudir.

Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.

—Esto es insólito— declaró Neville, estupefacto.

Nadie lo contradijo, porque todos pensaban como él.

Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!

Molly, Tonks, Sprout y Minerva gruñeron.

En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

La incredulidad, perplejidad y asombro no se le podían quitar de los rostros de las personas reunidas en el comedor, ¿Hasta dónde era capaz de llegar este hombre para que Harry no leyese esa carta?

Y aunque querían respuestas rápidas, sabían que pronto lo averiguarían, así que, siguieron prestando intención a la lectura.

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones.

Nadie dijo nada, pero todos gruñeron por lo bajo, imaginando a quien iba a quedar sin dormitorio.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno.

—Una comida bastante nutritiva— dijo Sirius sarcásticamente.

Nadie lo contradijo, porque pensaban lo mismo.

Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

La gente rió. A Vernon Dursley nada le resultaba.

Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

El comedor gruñó y algunos le lanzaron maleficios al globo para quitarse la rabia.

Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar.

Hagrid y Harry cruzaron una mirada de complicidad y sonrieron ampliamente. Sería divertido leer la parte donde Hagrid llegaba a aquel lugar.

En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.

El comedor pensaba lo mismo que el libro. No obstante, nadie se fijó en que Harry, Hagrid, Albus y Minerva sonreían ampliamente. Sería una sorpresa para todos cuando Hagrid apareciese en escena.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas.

Muchos se estremecieron porque no le gustaban las tormentas.

Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá.

La gente apretó los puños debido a que suponían que Harry se las tendría que arreglar solito.

Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

Los gruñidos no se hicieron esperar. Era muy injusto que Harry haya tenido que pasar por esas cosas, mientras la comunidad mágica adulaba al niño que vivió sin saber estas cosas.

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre.

Algunos bajaron sus cabezas avergonzados, mientras los restantes miraban a Harry atónitos. Ahora sabían porqué era tan flacucho, aunque no les ponían contento saberlo.

—Es intolerable que un Potter haya tenido que pasar eso—gruñó Remus, apretando los puños.

—Más sabiendo que los Potter son una de las familias más ricas del mundo mágico —acotó Sirius, golpeando la mesa furioso.

Harry los miró con cierta curiosidad y se decidió a preguntárselo cuando hablase con ellos.

Entre tanto, Ron maldecía entre dientes y Hermione se tapaba la boca con las manos. Ninguno de los dos se imaginó algo como eso. Y ambos pensaron en que debían tener una conversación con Harry en algún momento, pero por ahora debían seguir escuchando la lectura.

Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos.

El alumnado sonrió, mientras Sirius y Remus aplaudían.

Harry, en cambio, rodó los ojos y le pidió al profesor que siguiese leyendo. Flitwick continúo leyendo de inmediato.

Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

—¡Quién sabe! — exclamó Hagrid encogiéndose de hombros.

Muchos le miraron asombrados, mientras Harry, Ron y Hermione sonrieron por lo bajo.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera.

Hagrid ensanchó aún más la sonrisa. Se alegra de ser el responsable de sacar a Harry de allí.

Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría.

Algunos negaron con la cabeza, mientras el resto reía por lo bajo.

Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.

—¡Exacto! — sonrió Seamus.

Harry asintió, pero siguió escuchando la lectura.

Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

Hagrid miró a Harry ruborizado antes de seguir escuchando la lectura.

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo

—Hazlo —instó el comedor, mirando esperanzado al libro.

Harry volvió a rodar los ojos.

... tres... dos... uno...

BUM.

—¡¿Qué pasó?! —exclamó el comedor, mirando confundidos y aterrados a Harry.

Harry suspiró, mientras que Hagrid, Albus y Minerva se miraban uno a los otros, brevemente.

Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta.

Alguien estaba fuera, llamando.

Hagrid pensó Harry con alegría.

—Se acabo el capítulo —anunció el profesor Flitwick — ¿Quién desea leer ahora?

—Profesor Flitwick, primero comeremos y luego Hagrid leerá el capítulo si quiere- respondió Albus mirando a Hagrid con los ojos brillando de diversión.

—Claro profesor Dumbledore —dijo Hagrid, ruborizado.

Albus aplaudió una vez y los platos con comida aparecieron en las mesas del gran comedor.

—¡Ya era hora! —exclamaron Ron y Sirius, sobándose el estómago.

Los Weasley, Hermione, Harry, Remus y Tonks rodearon sus ojos. Pero, al siguiente momento todos comían con cierta rapidez, ya que no se podían aguantar para saber que había pasado con Harry.


Hola chicos y chicas.

Me adelanté con este capítulo, pero es lo de menos. Ahora bien, debo reconocer que estuve apunto de borrar este capítulo y escribirlo todo de nuevo porque estaba pésimamente escrito, una redacción mediocre sin cohesión ni coherencia , que me costó darle sentido a lo que había escrito la primera vez. Sin embargo, no lo escribí de nuevo debido a que perdería tiempo. Pero que sepan que me sirvió para darme cuenta cuánto he mejorado desde aquel entonces. Y eso es lo principal.

Hoy no diré gran cosa ni responderé review anónimos porque estoy escribiendo el siguiente capítulo del tercer libro. Lo tendré en poco tiempo porque ya estoy de vacaciones. En fin.

Eso sería y nos leemos pronto. Besos y saludos.

pd: No quise revisar las faltas ortográficas por todo lo que me costó re-editar este capítulo. Si ven algo, me avisan y yo lo arreglaré. Por ahora quiero pasar de este capítulo horrible.

pd2: Estén atentos para cuando actualice el capítulo del tercer libro porque diré varias cosas.