Otro capítulo más, espero que os guste.
La canción que hay en el capítulo es: Safe and Sound - Taylor Swift.
Si, por si alguien pregunta, soy swiftie :)
Cualquier review será bien agradecido, tanto si es positivo como si es una crítica. ¡Besos desde España!
Capítulo cuatro.
Miró el montón de papeles que había sobre su mesa. Fotos, escritos, testimonios… demasiadas cosas como para que ninguna de ellas les llevará a alguna parte.
Suspiró, pasando sus manos por el pelo para después frotarse la cara con fuerza. Llevaba semanas sin dormir. Exactamente el mismo tiempo que Lisbon llevaba desaparecida. Cada vez que se tumbaba sobre la cama, en un intento de descansar, recordaba las últimas horas que pasó a su lado, recordaba su sonrisa y sus hermosos ojos verdes. Esos que le hicieron enamorarse de ella desde el primer día.
-Sabía que ocurría algo. Lo sabía, y no hice nada para evitarlo –se lamentaba una y otra vez.
Tomó una de las muchas fotos que descansaban sobre la mesa. Teresa Lisbon le sonreía con sinceridad, lo que provocaba que sus ojos se achinasen ligeramente. Sus mejillas estaban sonrojadas y sus pecas destacaban con claridad.
Salió a la parte del ático que estaba descubierta y se sentó sobre una caja de madera, estropeada por la intemperie. Sus ojos empezaron a nublarse y pronto, unas lágrimas salvajes recorrían sus mejillas con rapidez.
Observó el horizonte con calma. Se fijó en como los rascacielos, desde su altura, parecían piezas de puzle todavía sin encajar. Piezas de un puzle que necesita ser completado, porque eso es lo que le faltaba a él. Las piezas para completar el puzle que se formó en su vida, quince años atrás y que ahora, se había complicado todavía más con la marcha de la única persona que lograba mantenerle lúcido y lograr que las piezas encajasen.
Subió a la terraza del apartamento. Por suerte, la casa del hombre estaba situada en el piso más alto, lo que les hacía poseer, a su vez, la azotea del edificio. Apoyó la parte inferior de los brazos en el borde de ladrillo, en busca de algo sobre lo que mantenerse en pie. A cada día que pasaba, sus fuerzas se oscurecían y, si seguía así, no tardarían mucho en desaparecer.
Respiró hondo y miró al frente. Reparó en una curiosa paloma que había en el edificio de enfrente. El ave la miró y torció la cabeza, lo que provocó una ligera sonrisa en la mujer. Pero de pronto, la paloma echó a volar, acercándose a ella hasta el punto de posarse sobre su mano.
Levantó con cuidado su brazo para evitar que se fuera. El pájaro se había aferrado con fuerza a su dedo con las patas y ella notaba las garras clavándose en su piel, pero no era doloroso. No comparado a todo lo que había vivido hasta el momento.
Advirtió un pequeño cinto de cuero que tenía atado en una de las anaranjadas patas y sonrió. Sin embargo, notó un extraño ajetreo en su estómago. Aquello era demasiado bueno para ser verdad.
Se apresuró en ir a su habitación para buscar un papel, aún con el ave sobre su mano. Agradeció ser ambidiestra y poder escribir con la mano izquierda el mensaje, dado que la paloma descansaba sobre su derecha. Justo cuando iba a abandonar la sala, se dio cuenta de algo y retrocedió sobre sus pasos. Se acercó al tocador que había enfrente del armario y cogió la foto que había encajada entre el espejo y la madera que lo bordeaba, como si de un puzle se tratase.
En ella, un sonriente Patrick Jane miraba a la cámara, vestido con su habitual traje y chaleco y sus hermosos rizos rubios. Sonrió de nuevo al recordarle y colocó el papel frente a la paloma, con la intención de hacerla saber que quería hacer llegar el mensaje que había atado a su pata a ese hombre.
Negó con la cabeza al darse cuenta de que lo que estaba haciendo era inútil. No tenía ni idea de a quién pertenecía la paloma, o de siquiera si era mensajera o aquel cinturón de cuero se había quedado encajado en su pata. Volvió a la azotea y agitó su mano derecha para hacer volar al pájaro.
Observó cómo se alejaba poco a poco, al mismo tiempo que sus esperanzas por volver a ser feliz se desvanecían con el tiempo.
Oyó como aporreaban la puerta con fuerza, sin embargo no se movió de dónde estaba. Ni siquiera se esforzó en mirar hacia allí. Siguió observando el cielo mientras los golpes no cesaban.
-¡Jane! Ábrenos por favor –suplicó Van Pelt.
-¡No sé por qué os empeñáis en lo mismo si sabéis que no lo voy a hacer! –gritó él, para que pudieran oírle.
-Necesitas ayuda. Te estás destruyendo a ti mismo.
Tras oír esas palabras, el rubio se levantó de la caja de madera y se acercó a la puerta. Quitó el candado y la hizo correr un poco, para abrir tan solo una pequeña rejilla.
-Lo sé. Por eso mismo me he encerrado. No necesito ayuda, necesito estar solo. Así que dejadme en paz.
-Te equivocas –interrumpió Cho –nosotros también estamos sufriendo. Por eso tenemos que estar juntos, para lograr encontrarla.
Sorprendidos ante las palabras del agente, Van Pelt y Rigsby le miraron con ojos abiertos. Por su parte, Patrick abrió del todo la puerta, haciéndose a un lado para dejarles entrar.
-Encima de la mesa tenéis toda la información que tengo. Testimonios, fotografías… cualquier pista que hayamos encontrado hasta el momento. Pero ya os lo dije una vez, todas las pistas que encontramos, son porque él quiere que las encontremos. Así que no creo que sirva de mucho –les dijo, dándoles la espalda dirigiéndose de nuevo a la azotea.
Apoyó sus manos en el muro, estiró los brazos y colocó su cabeza entre ellos, mirando al suelo mientras las gotas que fabricaban sus ojos golpeaban con fuerza en el suelo, mojándole. Notó como se acercaban a él, debido al ruido que hacían con los zapatos pero no se molestó en evitar sus sollozos. Había perdido lo más importante de su vida, por segunda vez.
-Jane… no es tu culpa –susurró Van Pelt, agarrando con delicadeza su hombro.
-No, esta vez sois vosotros los que os equivocáis. La culpa es toda mía. Si yo no hubiera aparecido aquí aquel día, ella ahora… -el llanto le impedía continuar.
-Si no hubieras aparecido, ella no habría sido feliz –levantó la cabeza para mirar a Wayne –puede que no te dieses cuenta, pero nosotros sí. La jefa empezó a sonreír, a ser más amable, a sentirse mejor a raíz de que tú llegaras al CBI.
-Y no solo ella. Nosotros también; con tus trucos, tus manipulaciones, las trampas en las que metías a los sospechosos aunque fuera ilegal. Hacías que el día a día sea más llevadero, y todavía lo haces –se sinceró Van Pelt, a quien siguió Cho.
-Y no te tortures por esto. Es cierto que podrías haberla detenido, pero nosotros también. Lo que no podemos hacer ahora es derrumbarnos. Tenemos que seguir luchando, por ella.
Pasaron unos segundos en silencio, durante los cuales el asesor no despegaba la vista del suelo. Los otros tres allí presentes esperaban impacientes una reacción del hombre, o tan solo una palabra. Pero el tiempo pasaba y no ocurría nada. Abatidos, decidieron dar media vuelta y salir de ático, pero una voz les hizo reaccionar.
-De acuerdo, manos a la obra –susurró Jane, limpiándose la cara con la palma de su mano –Empezaremos de cero. Tiene que haber alguna forma de encontrarla.
Todavía en la azotea, observaba como el sol se ponía en el horizonte. La luz poco a poco se iba extinguiendo y otro día más estaba acabando. Otro día más de su tortura. Pensó en él, por enésima vez desde que fue obligada a vivir en esa casa. Pensó en su sonrisa, en sus rizos, en sus trucos y su forma de sacarla de quicio; en lo bien que le sentaba su traje de tres piezas y en lo guapo que estaría con unos vaqueros y una simple camisa. Pensó en las últimas horas que pasó con él; en lo tranquilo que se veía durmiendo en aquella cama; en la paz que desprendía tan solo con su mirada; en lo a gusto que se sentía las pocas veces que se abrazaban y, en cómo, su piel se erizaba con tan solo una pequeña caricia suya. Pensó en lo increíble que era aquel hombre y en las muchas sonrisas que la había sacado.
Sonrió con nostalgia y, como por arte de magia, sus fuerzas se renovaron. El pensar que estaba ahí para salvarle la vida la hacía seguir aguantando día tras día. Y aquella satisfacción no podría quitársela nadie nunca.
Unas notas de guitarra la sacaron de sus pensamientos. Eran lentas, apagadas y tristes, muy tristes. La voz de Charlotte comenzó a oírse, y Lisbon no pudo hacer otra cosa que dirigirse hasta ella.
I remember tears streaming down your face
When I said, I'll never let you go
When all those shadows almost killed your light
I remember you said, don't leave me here alone
But all that's dead and gone has passed tonight
Se sorprendió de lo bonita que sonaba la voz de la joven y de lo que lograba transmitir solo con los primeros versos de la canción. Se apoyó en el marco de la puerta sin que Charlotte se diera cuenta, y escuchó atenta la canción, evitando hacer cualquier ruido.
Just close your eyes
The sun is going down
You'll be alright
No one can hurt you now
Come morning light
You and I'll be safe and sound
-Vaya, no te ponía como cantante –susurró para no asustarla, una vez la canción había finalizado.
La joven, sin embargo, se sobresaltó y la guitarra se cayó al suelo. Teresa se apresuró a recogerla y se la tendió con una sonrisa.
-Lo siento, no era mi intención asustarte.
-No te preocupes, es solo que no estoy acostumbrada a tener público –Charlotte la sonrió.
-¿Nunca le cantaste nada?
-No, no me deja. Por eso aprovecho cuando no está en casa para practicar.
-¿Por qué?
-No sé. Dice que no le gusta.
-Ya veo… -Lisbon sacó sus propias teorías pero evitó contárselas. Ya había sufrido suficiente al enterarse de quien era de verdad Ray -¿Tienes más canciones?
-Muchas más, pero como no me permite cantar en casa, acaban guardadas en un cajón.
-Pues he de decirte que tienes mucho talento, de verdad. Yo cambiaría los últimos Fas por Mis, pero el resto está genial.
-¿Entiendes de música? –preguntó sorprendida.
-Más o menos. Cuando tienes un padre alcohólico, y tres hermanos a los que atender tu sola, buscas alguna forma de desahogarte –se sinceró –¿me dejas? –preguntó, señalando a la guitarra que Charlotte sujetaba con sus brazos. Esta se la tendió y juntas comenzaron a cantar, para quitarse ese peso que llevaban encima al soportar todo por lo que estaban pasando.
Con una sonrisa triunfal en la cara, aporreó la puerta sin miramientos. Una de las cosas que le subían la adrenalina era ver a Patrick Jane sufriendo y por eso estaba allí. Quería ver el dolor en su cara, el sufrimiento en sus ojos, el sentimiento de frustración en sus gestos. Quería comprobar que era él quien llevaba la voz cantante, tal y como lo llevaba haciendo los últimos quince años.
Oyó como quitaban un candado y abrían la puerta. Para su sorpresa, no solo se encontraba el asesor, sino los otros tres integrantes del grupo. Pero no lo dio importancia. Cambió su semblante enseguida, mostrando sufrimiento también, mientras que por dentro, una gran sonrisa ocupaba todo su cuerpo. Una sonrisa de satisfacción, porque Patrick Jane buscaba a John el Rojo, y ni se imaginaba que le tenía delante.
-¿Habéis encontrado algo? –preguntó, con la intención de saber si se habían acercado algo a él. Una ligera sonrisa se escapó de su rostro al oír la negación pero enseguida la borró.
-Sin embargo, creemos que… -comenzó a decir Van Pelt, pero fue interrumpida por Jane.
-Creemos que la tiene encerrada, lejos de aquí, incluso fuera del país. Han pasado más de dos meses desde entonces, quien sabe dónde la tendrá –suspiró.
-Vaya, ¿no tenéis nada más?
-No, por ahora no –contestó Cho, sin dar una muestra de sentimientos en su cara. Serio, como siempre.
-Bueno, si necesitáis ayuda, con lo que sea, avisadme.
Los cuatros sonrieron, mientras veían como Ray Haffner abandonaba el ático. Jane se apresuró a cerrar la puerta de nuevo.
-¿Por qué le has dicho lo contrario? –Van Pelt se sentía desconcertada.
- ¿Os habéis fijado en la sonrisa que ha dejado escapar, cuando le hemos dicho que no habíamos encontrado nada? –esta vez, fue el propio Patrick quien sonrió, por primera vez en mucho tiempo.
-¿Quieres decir que Haffner es…? –ahora, era Rigsby el atónito.
-Si no lo es, trabaja para él. He ahí nuestra ventaja.
