¿Quién babea al otro cuando están dormidos?
IV
—Weón, pareces San Bernardo con todo lo que babeas.
—Exagerado. Solo te cayó un poquito de baba ahí —Baian señaló la clavícula descubierta del otro general.
—Ehg, baboso. Qué asco —se quejó Io, haciendo muecas exageradas.
—Jajaja, no dices lo mismo cuando ésta saliva está en tu…
— ¡En mi nada! Toma, límpiate la boca, degenereque —Io soltó un bufido para luego reírse, y le pasó un pañuelo desechable al Baian para que se limpiara la comisura de los labios.
Baian se limpió entre risas, y luego acomodó su cabeza en el hombro de Io, lugar donde había estado descansando antes de que Io comenzara a moverse y reclamar que lo estaba babeando y porque se estaba durmiendo antes de tiempo.
Y es que llevaban algunas horas esperando presenciar un eclipse lunar. Ambos pidieron permiso para subir a la superficie, agarraron mantas, buena botana y un telescopio -cortesía del jefe Solo-, y se instalaron en la cima de una pequeña colina, lugar donde el cielo podía admirarse en todo su esplendor.
El firmamento estaba salpicado de puntitos luminosos. La luna llena brillaba en todo su esplendor. El silencio en esa colina era casi total, y solo el particular sonido de los grillos y los bostezos de Baian rompían esa tranquilidad. Io estaba bien, ''como tuna'', solía decir; y es que toda esa Coca Cola que había bebido antes de subir a la colina cumplía con la misión de mantenerlo despierto y alerta. Tenía el telescopio a un lado, por lo que podía asegurarse de registrar cualquier mínimo cambio en el cielo.
Cambios que, por cierto, no se habían presentado en todo el tiempo que llevaban en la colina.
—Io, son más de las tres de la madrugada, creo que tu famoso eclipse no ocurrirá esta noche—Baian volvió a bostezar. Las palabrotas en susurro de parte de Io no se hicieron esperar, quien había puesto un ojo en el telescopio.
— ¡En el noticiero dijeron que era hoy! ¿Cómo se iban a equivocar tanto en dar una información? Cinco años de periodismo tirados a la basura. Por esas cosas es que nuestro Señor Poseidón transformará la Tierra en una utopía, sin periodistas mentirosos.
Baian rió con cada cosa que salió de los labios de Io, así el sueño comenzaba a desaparecer de su sistema, al menos por un rato.
—Pero hombre, cabe la posibilidad de que hayas errado el día.
—Claro que no. Escuché muy bien, y dijeron que era hoy—para asegurarse, Io sacó de una pequeña mochila un periódico que había llevado para entretenerse armando el crucigrama que salía en las últimas páginas. Hojeó hasta encontrar las páginas con la noticia del eclipse y, oh sorpresa, Baian tenía razón —… es dentro de dos semanas.
La carcajada de Baian no se hizo esperar, mientras a Io se le cubría el rostro de rojo por esa equivocación tan vergonzosa.
''Trágame tierra''.
Baian notó la decepción en el semblante de Io, por lo que sus risas pronto se detuvieron. Sabía lo ilusionado que el general del Pacífico Sur había estado días anteriores con ver el famoso eclipse, y él, bueno, tampoco era tan patán. Baian revolvió con una mano el cabello de Io para intentar animarlo.
—Ya. Entonces solo es cuestión de volver a este lugar dentro de dos semanas. Después de todo, no me importaría si tengo la misma compañía y un poco de comida —Se acomodó nuevamente usando a Io como cabecera—. No hay estrellas fugaces, pero imaginemos que hay una, y pidamos volver ese día. ¿Qué dices?
Para ese momento, Io estaba sonriendo nuevamente gracias a las cosas que Baian decía. Se acurrucó junto al canadiense, cubriéndose con las mantas, con la decepción el azúcar se le había esfumado -no sabía si eso era posible-, y sentía que en cualquier momento se dormiría.
—No es una mala idea. Volveremos, pero recuerda comprar un babero o te quedas en tu pilar.
El cosmos de Baian se apagó, como una estrella moribunda que brinda sus últimos rayos de luz. Io apretó los labios con fuerza y puso su mano derecha sobre su pecho, esperando, suplicando que solo ese gesto bastara para calmar el dolor punzante en su corazón.
Sabía que ese era el destino que les esperaba a todos, pero no podía evitar que le quemara por dentro.
Io cerró sus ojos, podía sentir un cosmos acercándose.
Y era una lástima, pues tendría que devolver el telescopio a Julián sin usar.
Cuando Io abrió los ojos, su determinación era casi tangible, y se alistó para enfrentar al santo ateniense que lo haría enfrentarse con su destino.
La noche del eclipse tendría que esperar un poco más.
