Disclaimer: Frozen no me pertenece.
[capitulo 3: mentirosa]
Eran cerca de las nueve de la noche en el puerto de Bert, y ya no quedaba el menor rastro de la multitud de aquella mañana, es más, los únicos que aún permanecían allí eran Elsa, Kristoff y la guardia personal de la reina.
— Alisten los caballos— ordenó Elsa — regresaremos a la ciudad capital, necesito hablar a solas con el Maestro Bjorgman— indicó, por lo que los guardias dejaron a la reina y a Kristoff solos.
— Esto es inútil — dijo la reina mientras se tumbaba en una de las bancas del puerto — ella no está aquí — se quejó Elsa.
— No, no está aquí — la apoyó Kristoff, quien se sentó al lado de ella — lo siento su majestad, esto fue mi culpa — comentó el recolector de hielo decaído. — yo la dejé engañarme, fui muy tonto, pensé que ella realmente tenía la intención de regresar conmigo.
— No es tu culpa ¿cómo habrías podido preverlo? — preguntó Elsa sin despegar su mirada del piso — Anna no es de las que engañan, y mucho menos, de las que manipulan los sentimientos de la gente — agregó la chica quien se sentía a punto de las lagrimas.
— Lo que sucedió hoy nos indica que bien puede llegar a serlo — opinó el recolector de hielo.
— Sí, pero no entiendo que pasó — dijo Elsa.
— Yo tampoco — contestó Kristoff.
— Su majestad, maestro Bjorgman — los llamó un soldado — los caballos están listos, partiremos cuando usted de la orden, Majestad.
Elsa se levantó de su silla y le indicó a los demás que los siguieran, pues a esas alturas, la reina ya se había hecho a la idea que no encontrarían a Anna allí. Durante el viaje, Kristoff le narró mejor los hechos, le contó acerca de la discusión del día anterior, y de cómo Anna lo había engañado.
— En conclusión — exhaló la reina — tú nunca le explicaste nada, nunca le dijiste la razón por la que te marchaste del palacio — dijo cansadamente Elsa, quien tenía la apariencia de alguien que no había dormido en días.
— No, no lo hice.
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Anna miró hacía el techo desde su cama, o mejor dicho, miró hacia la cama de arriba, ya que se encontraba en la planta baja de un camarote.
— ¿Cómo dijiste que te llamabas? — preguntó la ocupante de la cama de arriba.
— Annabel Mensonge — respondió Anna sintiendo aquel nombre extraño en su paladar.
— Annabel… es un bonito nombre — respondió la chica — ¿puedo decirte Anna? — preguntó.
— Preferiría que no lo hicieras, no me gusta mucho — contestó Anna, quien después se quedó en silencio, hasta que la chica de arriba bostezó.
— Buenas noches Annabel — dijo la muchacha.
— Buenas noches, que tengas dulces sueños— contestó Anna.
— Señoras, son las diez en punto, es hora de apagar las luces — anunció una de las mujeres que hacían parte del personal del barco, por lo que todas las lámparas a su alrededor comenzaron a extinguirse.
Al quedar a oscuras, Anna se dio media vuelta. No podía creer que su vida hubiera cambiado tanto de una noche a otra, sin duda extrañaría a Elsa y a Kristoff, ambos tenían un lugar demasiado grande en su corazón cómo para que a ella ni siquiera le doliera un poco dejarlos. No obstante, a pesar de las incomodidades, a pesar de que no tenía dinero, ni un lugar a donde llegar, no podía negar que este era uno de los momentos más maravillosos y emocionantes de su vida.
A decir verdad, el encargado de la taquilla no mintió, el entrepuente era la más baja de las clases. Anna no tenía ni la menor idea de que hubiera gente que viajara en condiciones tan precarias, pues ella tan solo había hecho un par de trayectos en barco, de los cuales, todos fueron en primera clase, en grandes habitaciones con camas enormes y espaciosas, con comedores elegantes donde se servían cuatro clases diferentes de sopas y se llevaban a cabo bailes suntuosos todas las noches, definitivamente, muy diferente al entrepuente.
Para comenzar, en el entrepuente, todos los pasajeros tenían que dormir juntos en gigantescos cuartos en camas tipo camarote. Afortunadamente, Anna viajaba en uno de aquellos barcos en donde existía una habitación separada para las mujeres solteras, las cuales no eran muchas, lo que implicaba que ella tan solo tenía que compartir la sala con unas veinte mujeres más, a pesar de que esta tenía capacidad para un aproximado de cincuenta personas. En relación a las reglas del barco, estas eran demasiado estrictas, por supuesto, era de esperarse que en un sitio como aquel existieran normas, ya que todas parecían enfocadas a evitar epidemias y hacer rendir las provisiones el mayor tiempo posible, pero aún así, no dejaban de ser difíciles de seguir, en especial, aquella que indicaba que el llamado a despertarse se daría a las seis de la mañana, y que todos los pasajeros debían estar completamente vestidos y fuera de la cama a las siete.
Los días siguientes, Anna se dio cuenta de que la vida del barco era mucho más monótona y difícil de lo que se había imaginado. En principio, no había nada que hacer durante el día, tan solo sentarse a leer en un rincón o escuchar los cantos de los otros pasajeros. No obstante, la chica utilizó aquel tiempo para hacer algo que nunca hizo: Amigos.
La primera de ellos fue Amelia, la persona que dormía en la cama de arriba, quien era una institutriz de Genovia que trabajaba en Arandelle, pero, que tras la crisis económica provocada por el invierno de Elsa, había tenido que inmigrar a las Islas del Sur. A Amelia, al igual que ella, le gustaba leer, pero, tampoco tenía espacio en su valija para grandes cantidades de libros, así que comenzaron a intercambiarlos para nunca quedarse sin material. Después, llegó la señora Hemile, una mujer de casi ochenta años que viajaba sola, Anna la conoció un día en el que la anciana luchaba por bajar las escaleras a la habitación, por lo que decidió darle la mano y ayudarle a llegar, ella fue especialmente amable con la chica, ya que desde que se conocieron, la princesa se ofreció a cocinar para ella a cambio de que intercambiaran sus víveres, mientras que la señora compartía anécdotas y conversaciones con ella.
Este último aspecto fue especialmente útil para Anna, ya que a diferencia de la chica, Hemile sabía un montón de recetas complejas, que no dudó en enseñarle, en las incómodas cocinas comunales del barco. Otro de los pasatiempos de Anna consistía en sentarse con la familia Dans en la borda del barco, ellos tenían doce hijos, cuatro mujeres y ocho hombres, algunos ya estaban casados y tenían niños pequeños, otros no, por lo que cada vez que aquella gente decidía armar un baile improvisado, los demás pasajeros tenían que verse involucrados, quisieran o no. Por su puesto, a Anna nunca le molestaba un buen baile, es más, ella era la primera en unírseles.
Pero, lo mejor llegó un día durante la segunda semana, cuando Anna se encontraba mirando a unos de los niños más jóvenes del clan Dans, mientras el mayor luchaba por entender uno de los cuentos que estaban de moda en aquel tiempo.
— E-E-El Pa-Pa-P-patito, sí patito, leo, digo, feo, sí, feo… — dijo el mayor.
— Friederick… tú no sabes leer, eres muy lento, y nosotros queremos escuchar el cuento— se quejó un niño un tanto menor, por lo que el mayor le dio una palmada en la cabeza.
— Sí crees que tu puedes hacerlo mejor, anda, hazlo — lo reganó el otro.
— Ya no peleen… ustedes niños son tan estúpido, si yo supiera leer mejor lo haría, pero también soy demasiado lenta — se quejó una niña junto a ellos, por lo que Anna sonrió.
— Si quieren, yo puedo leer el cuento — se ofreció Anna.
— Sí, claro, sí— dijeron los niños.
— Pero, con una condición, me dejarán enseñarles a hacerlo ustedes mismos — concluyó la princesa.
Anna pasó las siguientes dos horas pacientemente repasando el alfabeto, hasta que lograron avanzar hasta el final. Honestamente, la princesa ya tenía experiencia enseñando niños, ella lo hacía desde tiempo atrás, en los hogares de paso de la capital de Arandelle. En principio, todo había comenzado como una estrategia sugerida por el ministro de gobierno a la familia real para darles un poco más de popularidad, ya que sus padres se negaban a abrir la puertas del palacio y Elsa apenas si salía de su habitación. Así, que eso dejaba a Anna con la responsabilidad de mostrar una cara más amable de la monarquía.
A pesar de todo, Anna adoraba aquellas salidas, pues eran una de las pocas oportunidades de hablar con personas de carne y hueso. También, disfrutaba mucho mientras enseñaba a leer a todo aquel que quisiera aprender. La princesa entendía mejor que nadie, que el conocimiento es poder, y sabía, por las historias que escuchaba en el hogar, que aquellos que no recibían educación eran más vulnerables a engaños y a caer en tonterías como el fanatismo religioso o los timadores. Después de todo, eso mismo era lo que le había sucedido a ella con Hans, al ser tan inexperta, ignorante y de baja autoestima, a él le había quedado muy fácil engañarla con un par de sonrisas. Por lo que sí podía darles a estos niños herramientas para sobrevivir en el mundo real, ella lo haría, les enseñaría todo lo que ella sabía, aunque no fuera mucho.
— Muchas gracias señorita Annabel — le agradeció la menor del clan Dans, quien parecía muy orgullosa de haber leído por su cuenta una página completa. En ese momento, Amelia, la institutriz que dormía en la cama de arriba, se acercó a ella.
— Oye — la llamó casualmente mientras se sentaba al lado de Anna — lo hiciste bien. Yo nunca he podido enseñarles a niños tan jóvenes, se necesita paciencia para eso.
— No, no tanta — contestó Anna amigablemente.
— No seas tan dura contigo misma, ¿alguna vez has pensado en ser institutriz? ¿En donde estudiaste? — preguntó Amelia.
— No… yo… yo, bien, yo estudié en una escuela rural de caridad, para señoritas. Las maestras de la escuela rural a la que asistí eran muy buenas, demasiado, diría yo — mintió Anna, quien ya sabía que el hecho de que ella tuviera tan buena educación estaba comenzando a llamar la atención de Amelia.
— Que afortunada, he conocido profesoras y profesores muy buenos, pero he conocido otros que apenas saben leer, personalmente, no creo yo sea la mejor de todas, odio los niños, hubiera preferido ser abogado o algo así, pero, tú sabes cómo son las cosas, a las mujeres no se nos permite hacer nada de nada, así que ni modo, tendré que ser institutriz, es de lo poco de lo que se puede comer en estos días. En cambio, parece que tú tienes un verdadero talento natural, si yo fuera tú, no lo desperdiciaría— dijo la chica.
— ¡Vaya! Nunca me lo habían sugerido — dijo Anna sorprendida — gracias, lo pensaré, Amelia — respondió la princesa.
Aquella escena en la borda del barco hizo a Anna muy feliz, nunca le habían dicho que tenía talento, en realidad, ya se había acostumbrado a ser Anna la inútil, la estúpida, la ridícula; la misma, cuyo único propósito en la vida era servir de reemplazo en caso de que la heredera al trono de Arandelle no pudiera cumplir con su labor, que en varias ocasiones se le utilizaba como un objeto bonito para mostrar ante los súbditos o los demás nobles, y que, de no haberse marchado de su reino, en un futuro cercano, tendría la exclusiva tarea de abrir la piernas a algún príncipe extranjero y tener un heredero.
Pero, con la apariencia de Annabel Mesonge, Anna realmente podía ser lo que ella quisiese, no importaba si no manejaba el protocolo de la corte a la perfección. Si ella quería, podía cocinar, bailar, enseñar, aprender, incluso vivir, simplemente, las posibilidades eran infinitas.
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A dos semanas de la partida de Anna, una persona en Arandelle no estaba tan contenta como ella, todo lo contrario, Kristoff Bjorgman se encontraba completamente irritado, ya que en vez de caminar libremente por las montañas aspirando el aire fresco, se encontraba sentado en un incómodo escritorio de madera, al interior de un diminuto cuarto en la estación del puerto de Bert, revisando las listas de pasajeros en busca de un nombre o algo que le diera una señal, pero hasta ahora, no había hallado nada.
Personalmente, Kristoff había pasado por todos los sentimientos posibles desde que inició su búsqueda. Había días en los que él quería traerla de vuelta, decirle cuanto la amaba y cubrirla de besos, otros, ni siquiera sabía porque continuaba con su tarea, y finalmente, había días cómo aquel, en los que la sangre le hervía, y sencillamente quería hallarla, y cuando lo hiciera, tomarla fuertemente del cabello y traerla a Arandelle, así tuviera que arrastrarla durante todo el camino, como venganza por todo lo que lo hizo pasar.
El recolector de hielo aún recordaba aquella mañana gris después de que Anna desapareció.
— Kristoff— empezó Elsa mirándolo tristemente — no sé qué planeas hacer ahora, entenderé si deseas partir, pero, debes saber que si decides quedarte en el palacio, siempre serás bienvenido aquí — dijo la reina quien estaba sentada en su escritorio, después de un insípido y silencioso desayuno.
— Quiero encontrarla — afirmó Kristoff de repente.
— Kristoff. Anna no es tu responsabilidad, es la mía, yo soy la encargada de cuidarla, así que enviaré a alguien que me ayude a buscarla— comentó Elsa.
— ¿No piensas hacerlo tú misma? — preguntó Kristoff visiblemente contrariado.
— No puedo, tengo que partir, debo ir a Barona, luego a Genovia y a Weselton. Debo hallar aliados comerciales y militares, es la única forma en la que puedo evitar el matrimonio de Anna — dijo Elsa.
— El matrimonio… ¿es tan grave el asunto? — preguntó nuevamente Kristoff quien, a decir verdad, se había olvidado completamente del asunto.
— Terrible, El príncipe necesita a Anna más de lo que yo pensé — afirmó Elsa — y Anna es tan… uff, ella puede ser realmente difícil— exhaló la reina irritada.
— Elsa, cuando yo encontré a Anna después del baile, ella estaba furiosa, ¿Qué fue exactamente lo que pasó? — preguntó el muchacho.
Elsa le contó a Kristoff todos los hechos de aquella noche, desde la llegada de Florian, hasta las palabras de Anna cuando ella sufrió su estallido de cólera. Por lo que al final del discurso de la reina el recolector de hielo se dejó caer en la silla frente al escritorio de la chic, sintiéndose completamente derrotado.
— Yo no… ¿ella realmente acepto su propuesta? — preguntó Kristoff descorazonado — ¿A pesar de todo? ¿ a pesar de que ella le tenía miedo, y de que la humilló frente a la corte? — volvió a decir el recolector de hielo en un suspiro.
— Sí, creo que Anna estaba muy mal, mucho más de lo que yo había pensado, todos estos años de soledad, sumado a lo de Hans, nuestra pelea y tu partida, creo que ella realmente quería irse de aquí, costase lo que le costase — dijo Elsa mientras reprimía un sollozo — pero yo no lo vi. Anna siempre tomaba todo con humor, ella nunca parecía molestarse por nada, así que pensé que ella no estaba herida… Kristoff ¿crees que soy egoísta? — preguntó la reina.
— No — se apresuró a responder Kristoff.
— Por favor, todo el mundo me esconde la verdad, y tratan de decirme lo que quiero oír, por favor, no lo hagas tu también — le pidió Elsa.
— No eres egoísta — comenzó Kristoff — pero eres una persona que solo está centrada en sí misma.
— No entiendo, ¿es que acaso no es lo mismo? — lo interrogó Elsa.
— No. Tú realmente has hecho sacrificios por todos, has dejado cosas muy importantes por proteger tu reino y a Anna, pero, creo que en algún punto lo perdiste, y ahora no puedes dejar de pensar más que en ti y en tus miedos, no ves el mundo por fuera de lo que tú misma quieres ver, y no haces el esfuerzo, ni siquiera lo intentas — dijo Kristoff, quien de inmediato procedió a disculparse — No, lo siento majestad, no quería ofenderla yo…
— No te preocupes, no me ofendes, desde hace tiempo sé que esa es la verdad. Recuerdo las palabras de Hans, el dijo: "de esto no puedes escapar…" , pensé que así es como me ven las personas, como alguien que se pasa la vida corriendo y escondiéndose de todo, pero no puedo evitarlo, simplemente es tan difícil… — se quejó Elsa.
— La vida es difícil, así son las cosas— dijo sencillamente Kristoff mientras se encogía de hombros, por lo que Elsa se le quedó viendo.
— ¡Ha! — exhaló Elsa irónicamente — soy patética, para una persona como tú, que lo has visto todo, mis problemas deben ser insignificantes — concluyó la reina.
— Yo no tengo poderes — le concedió Kristoff — pero tengo que aceptar que yo no hubiera podido darme el lujo de encerrarme en mi habitación, en realidad, ninguno de los que yo conozco hubieran podido hacerlo, todos debemos hacer lo posible por sobrevivir lo mejor que podamos— dijo el recolector de hielo.
— Estoy mal de la cabeza — murmuró Elsa mientras negaba suavemente.
— No, créame, usted no está mal de la cabeza, yo he visto personas realmente enfermas, pero, usted está bien, tan solo es un ser humano, con emociones de cualquier otro ser humano, lo que importa es aprender a vivir con ellas, y sobrellevarlo— le aconsejó Kristoff.
— Sí, tienes razón — aceptó la chica — ¿y tú? ¿Qué vas a hacer? — preguntó Kristoff.
— Voy a buscarla, le diré la verdad, le contaré las razones por las que me fui, si ella me acepta, no volveré arruinarlo, pero si no lo hace, la dejaré en paz y me olvidaré de ella — contestó Kristoff repitiendo estas palabras cómo una afirmación, como el mantra que fijaría el curso de sus días por venir.
— No Kristoff, tú no tienes la obligación de…
— Yo quiero hacerlo, quiero encontrarla — dijo Kristoff.
— Pero, si lo haces, si la encuentras ¿la traerás al castillo? — preguntó Elsa entre nerviosa y ansiosa.
— No lo sé— respondió Kristoff, por lo que Elsa suspiró.
— Sabía que responderías eso— afirmó la chica algo frustrada — pero no importa, toma estas monedas de oro — le indicó la reina mientras ella se levantaba y abría el candado de la caja en la parte de atrás de su escritorio — esta será mi contribución para tu búsqueda, si necesitas más…
— No lo quiero — la interrumpió Kristoff.
— No te pregunté si lo querías — intervino la chica casi autoritariamente — es una orden, tu aceptarás este dinero, y vendrás a mi si necesitas más, la buscarás y la encontrarás. Lo que hagas después de aquello, no es mi problema, pero tienes que encontrarla y verificar que esté a salvo y que sea feliz. Entonces, tu le dirás que yo cumpliré con mi promesa, no dejaré que Florian se case con ella. Yo no lo pido como un favor, te lo ordeno como tu reina— sentenció Elsa sin dejar de mirarlo a los ojos recordándole quien era ella, y quien era él, imponiendo la gran brecha trazada desde el nacimiento entre los dos.
— ¡HA!, Así son todos los aristócratas… — declaró el chico en tono de burla — no necesita ordenármelo, yo lo haré porque así lo quiero — replicó Kristoff insolentemente.
— Bien, en ese caso, ¿ tomarás las monedas porque quieres? — preguntó Elsa irónicamente.
— No, lo haré porque no tengo dinero, y lo necesito para sobornos — contestó Kristoff en el mismo tono insolente.
— ¿Sobornos? — lo interrogó Elsa confundida.
— Sí, verá majestad, el conocimiento de las personas tiene un precio, y en algún punto me encontraré con uno que no quiera hablar gratis — comentó Kristoff casualmente.
—Entonces, toma el dinero, y haz lo que quieras— concluyó la reina.
Y así lo hizo, y por eso, el recolector de hielo seguiría sentado en aquel incómodo escritorio de madera, revisando aquellos nombres sin sentido, en esa pequeña habitación en el puerto de Bert, porque él quería encontrar a Anna, tenía que hacerlo, no porque "su reina" se lo hubiese ordenado. Él lo hacía por su orgullo, y porque algo más poderoso que su razón se lo indicaba, algo que Kristoff no estaba dispuesto a dejar pasar.
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Elsa contemplo el Mar. A menudo, la reina miraba al gigante marino como un viejo enemigo, el mismo que llegaba a tener una belleza sin igual, podía ser peligroso y traicionero, cómo aquel día hacía casi cuatro años en el que le había quitado a sus padres.
— Su alteza, estamos listos para partir — le indicó el capitán del barco en el que se dirigiría a Barona, el primero de los países que debía visitar en busca de un buen tratado comercial.
La reina sabía muy bien que era obligatorio realizar ese viaje, no tenía alternativa, si no dejaba su cuarto, y la comodidad de su castillo en Arandelle, no podría cumplir la promesa que le hizo a Anna, y ella tendría que casarse con Florian, justo como la menor le había dicho dos semanas antes: callarse, resignase y aceptar, de la misma manera en que siempre lo hacía. Pero, una cosa era saber y entender lo que tenía que hacer, y otra muy diferente, era llevarlo a cabo.
— Entiendo — respondió finalmente la reina al capitán— deme un momento— contestó Elsa quien trató de dar el primer paso hacia la rampa que conducía al barco, pero, instantáneamente, se dio cuenta de que estaba muy asustada para hacerlo.
— Un momento — volvió a pedir Elsa mientras aspiraba el aire marino.
— No se preocupe majestad, partiremos cuando usted lo ordene — respondió el capitán con expresión preocupada.
— Perfecto, solo deme un momento — dijo Elsa quien partió por el muelle con unas ganas incontenibles de ponerse a llorar y encerrarse en su habitación, pero, en cambio, la reina caminó cada vez más rápido hasta una de las murallas del castillo en donde colocó sus dos manos, y bajó la cabeza mientras que sentía que el ritmo de su respiración aumentaba cada vez más.
No podía, simplemente no podía hacerlo, no se sentía capaz de viajar fuera de Arandelle, dejar su castillo y de ser una reina, ella quería volver adentro, a lo le era conocido, y nunca más salir de allí.
— ¿Crees que realmente se irá? — escuchó la reina decir a una voz masculina al otro lado de la esquina, por lo que miró cuidadosamente y se dio cuenta de que se trataba de un par de marineros que conversaban mientras recogían las amarras de una embarcación.
— ¿Tu lo crees? — preguntó el otro.
— No, no lo hará, ella nunca lo hace, a la reina le gusta mucho su soledad y su palacio, no dejará Arandelle — opinó el primero.
— Escuché que va a Barona, a firmar un tratado — dijo el segundo.
— Aún así no lo hará, nunca lo hace — manifestó el primer marinero.
— Oye… oí un rumor en el castillo, la cocinera con la que salgo me lo contó — prosiguió el primer marinero en un susurro, por lo que Elsa tuvo que esforzarse para escuchar— dicen que la reina hace ese viaje para conseguir otros tratados, y evitar que la pequeña, tu sabes, la pelirroja, tenga que casarse con el regente de Malengrad, al parecer, el sujeto es tiene manos largas si entiendes lo que quiero decir…
— ¿De verdad? No te creo — se burló el otro.
— Es en serio, mi novia sirvió durante aquella fiesta, dijo que el sujeto hizo todo un espectáculo— comentó.
— Habría de estar borracho el pobre, no lo culpo, le puede pasar hasta al mejor de nosotros— opinó el segundo marinero.
— ¿Hablas por la experiencia propia? — Se burló el primero entre risas — es por eso que las mujeres te odian. Pero eso no es importante, el punto es que la reina quiere evitar ese matrimonio, y aparentemente, por eso debe negociar otros tratados, al menos, eso es lo que dicen los rumores.
— ¡Ha! Pues si yo fuera esa niñita me estaría preparando, ella tendrá que casarse con ese sujeto, la reina no va a dejar el palacio, la pobrecita está mal de la cabeza, no sé porque las más lindas están completamente locas. Y pensar que no lo parecía, hace un par de años, todo el mundo pensaba que ella sería la reina ideal, pero ya ves, la verdad siempre sale a la luz, eso no era más que una fachada — concluyó el segundo marinero.
— Sí, tienes razón… ¿recuerdas cuando la reina congeló Arandelle? — preguntó el primero — la princesa tuvo que ir tras ella, sola, a caballo, y en medio de la tormenta, y cuando llegó aquí resultó que tenía la cabeza congelada o algo así.
— ¿No se trataba del corazón? Yo juraría que tenía el corazón congelado. — lo cuestionó el segundo.
— Cabeza, corazón ¸ brazo, pestañas. Eso no importa, el punto es que la reina no viajará, ella meterá la cabeza en su palacio y la pelirroja se casará con el príncipe manos largas, yo lo sé. — afirmó el primer marinero.
— Si se tratara de otro asunto, apostaría contigo a lo contrario, a que ella zarpará, pero ese sería dinero perdido, creo que lo mejor será que nos preparemos para escuchar campanas de boda — se burló el segundo.
Elsa tomó su cabeza entre sus manos, ¿así que esa era la forma en que la veían todos? ¿Cómo una cobarde? Y, al parecer, a Anna como la pobre perdedora en todo ese asunto. Esto debía acabar, ella no podía seguir viviendo con miedo, debía recuperarse y abordar ese barco, y sobre todo, debía cumplir la promesa que le hizo a su hermana.
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Anna ya estaba a días de llegar al puerto principal de las Islas del Sur, y se encontraba completamente llena de expectativas por su futuro.
— Escúchame hija, tienes que ir a la Ciudad Capital de las Islas del Sur — le recomendó la señora Hilde a Anna mientras las dos tomaban el almuerzo.
— ¿Usted va a la ciudad Capital? — preguntó la chica en tanto le daba un buen mordisco a su carne salada.
— Sí, mi hija tiene una panadería, todo el tiempo recibe ofertas de personas que buscan criadas , tal vez ella podría ayudarte — le propuso la señora. A decir verdad, la oferta sonaba tentadora, pero Anna no podía dejar de sentir desconfianza, después de todo, apenas se conocían desde hacía un par de semanas.
— Pues sí, pienso ir a la Ciudad Capital, es allí donde es más fácil encontrar trabajo — reconoció la princesa mientras terminaba su puré.
Aquella noche, el mar no fue nada amable con los pasajeros de su barco, todo lo contrario, la marea amenazaba con devorárselos, mientras que movía la nave cómo si fuera una especie de juguete de papel, y no la estructura de varías toneladas con casi 300 pasajeros adentro que en realidad era. Anna estaba aterrada, tanto que junto a la señora Hilde y con las otras mujeres en la habitación se sentaron al lado de las camas camarotes, mientras que algunas de ellas comenzaban a rezar. La princesa no se consideraba a sí misma una persona especialmente religiosa, pero, a juzgar por la forma en que bramaba el mar y crujía la embarcación, la chica estaba a punto de convertirse en la más la devota de todas.
Las personas importantes para ella pasaron por su mente: sus padres, Elsa y Kristoff, incluso, en cierta medida, Hans, quien le gustara o no, había sido un punto de quiebre para Anna, y cuya presencia aún le traía consecuencias. Tampoco pudo dejar de preguntarse si así de asustados se habrían sentido sus padres antes de morir, pero lo que deseaba más que nada era que sí habrían de perecer en aquel sitio, que no sufrieran mucho.
— Solo espero que si me ahogo, mi hermana lo sepa — murmuró Anna.
— ¿Tienes una hermana? — preguntó Amelia quien estaba encogida junto a ella y cubierta bajo la misma frazada.
— Sí, es lo único que me queda. No pido mucho, solo espero que sepa donde estoy — dijo la chica.
— Yo tampoco pido mucho, solo que no nos ahoguemos— dijo Amelia irónicamente.
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—Las últimas noticias, compren el periódico, ayer por la noche, un barco se hundió en el mar de Auburn, entre Corona y las Islas del Sur, llevándose a 256 personas consigo, compren el periódico para leer la noticia completa — gritó un niño mientras que blandía un diario y se los ofrecía a los posibles compradores en el puerto de Bert.
— Dame uno — pidió Kristoff frenéticamente mientras sacaba una moneda y se la entregaba.
El recolector de hielo aspiró el viciado aire de la calle junto al edificio del puerto, mientras que observaba con anticipación el periódico, hasta que finalmente tuvo fuerzas para abrirlo y mirar la página que indicaba el anuncio de la primera página. Los ojos de Kristoff pasaron rápidamente por el artículo, deteniéndose en los datos que podían ser importantes para él.
— No puede ser, no puede ser, no puede ser… — repitió Kristoff mientras veía la noticia con más atención. El Dafta era el barco al que Anna lo condujo mediante engaños aquel día hacía casi tres semanas, el mismo, que iba a Corona, y que el recolector de hielo esperaba desesperadamente que ella no hubiera abordado. En ese momento, el montañés sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, y que lagrimas se formaban en sus ojos. Desde que conocía a Anna, era la segunda ocasión en que ella prácticamente moría ante él, y esta vez, él no se sentía capaz de soportarlo.
Kristoff dio media vuelta a la hoja del periódico y se encontró con una ilustración mediocre, en la que aparecían dos personas saludándose amigablemente; la primera, era el anciano rey de Barona, y la segunda, era nada menos que Elsa quien acababa de llegar a la nación vecina después de un corto viaje en barco. ¿Cómo le iba a decir aquello a Elsa? ¿qué pasaría si la reina perdía nuevamente el control? ¿Y si liberaba un invierno eterno e incontrolable? Todas aquellas preguntas se quedarían sin resolver hasta tanto él no hubiera conseguido sus propias respuestas, las cuales encontraría en el mismo lugar en el que había pasado encerrado la última semana.
El recolector de hielo se acercó al edificio de la estación del puerto de Bert, pero a diferencia de los días anteriores, no se dirigió a la oficina de registro de pasajeros, en donde, gracias a su status de funcionario de gobierno y a la intervención de la reina, había conseguido entrada sin restricción alguna a los archivos. Esta vez, el recolector de hielo fue a la dirección del puerto.
— Buenos días — saludo Kristoff mientras se acercaba a la ventanilla de la taquilla — necesito información sobre la lista de pasajeros del Dafta, creo que alguien a quien conozco podría estar en ese barco.
— Entiendo — afirmó el dependiente — tendrá que entrar a las oficinas y esperar allí, en el escritorio numero 12 — le indicó.
Kristoff caminó lentamente hacía la oficina la cual se hallaba completamente bañada por el sol, y consistía en una sucesión de mesas que se ubicaban paralelamente las unas de las otras. El muchacho se sentó junto a un escritorio a esperar a que llegara el encargado de atenderlo, mientras, sentía un nudo enorme en el estómago, ni siquiera sabía por quien debía preguntar, ya que no conocía el nombre falso que Anna utilizó durante el viaje.
— Buenos días señor… — empezó el encargado mientras se sentaba frente a él en su escritorio.
— Bjorgman, Kristoff Bjogman— completó Kristoff — tengo un permiso de la reina para revisar las listas de pasajeros. Pero, he venido por algo muy diferente — dijo el muchacho.
— Por supuesto, ¿en qué puedo ayudarlo? — preguntó el anciano encargado.
— Busco a una persona, una mujer joven que pudo haber viajado en el Dafta. Ya llevó una semana inspeccionando las listas de pasajeros pero su nombre no aparece en ninguna parte, creo que podría haber viajado en el barco — le narró Kristoff.
— ¿Cuál es su nombre? — preguntó el sujeto.
— Es la princesa Anna de Arandelle — respondió Kristoff en tanto veía que el rostro del encargado palidecía — por supuesto, imagino que usted entiende que este asunto debe ser tratado con la mayor discreción posible — agregó el recolector de hielo rápidamente.
— Entiendo, entiendo — balbuceó el director del puerto, quien sabía a la perfección que si difundía el rumor de que la princesa no se encontraba en Arandelle se ocasionaría un verdadero escándalo.
— Solo tengo dos miniaturas — dijo sacando de su mochila un par de cuadros pequeños que habían sido pintados en la víspera de la coronación de Elsa.
— Señor, no sé qué espera de mi, todos los días veo cientos de pasajeros, a estas alturas, todas sus caras son iguales — comentó el director mientras levantaba el par de miniaturas.
En ese momento, la señal que indicaba el inicio de turno para algunos empleados, y el final para otros, alertó a Kristoff, al tiempo que un sinnúmero de personas entraban a la oficina antes vacía y ocupaban escritorios junto al del encargado con quien hablaba. De repente uno de los sujetos, quien pasaba descuidadamente detrás de la silla del anciano, se quedó mirando hacía su escritorio, específicamente, a las pinturas.
— Annabel Mesonge — comentó el sujeto mientras señalaba las pinturas.
— ¿Disculpe? — preguntó Kristoff.
— Recuerdo a esa chica, vino aquí hace unas tres semanas, le vendí un tiquete a las Islas del Sur, su nombre era Annabel Mesonge si no estoy mal — les contó el empleado.
— ¿De qué estás hablando Louis? Tú vendes decenas de boletos todos los días, ¿cómo diablos te vas a acordar de la apariencia y el nombre de esta chica? — preguntó el anciano sorprendido.
— ¡Y cómo no! — exclamó el dependiente — si era todo un personaje, llegó a primera hora de la mañana, y pidió un boleto para el Dafta, dijo que quería ir a Corona. Después, a tan solo 20 o 30 minutos de que comenzáramos la venta de esos tiquetes llegó a mí, pidiéndome uno para el barco más próximo a zarpar, o mejor dicho, rogándome que se lo vendiera — narró el joven — pero eso no es todo, ella compró un boleto para el entrepuente. Uff… usted debió haberla visto jefe, pelirroja, con pecas. Esa niñita era toda finura, se lo juro, sus guantes debían costar más que la casa en la que vivo, pero aún así, quiso viajar en tercera clase. Inclusive me pidió el tiquete antes de que yo le dijera hacía donde se dirigía la nave. ¿Y sabe cuántas veces le tuve que repetir hacía donde iba? Tres, jefe, tres, pero ni siquiera parecía importarle, uno pensaría que trataba de huir de alguien— comentó el sujeto quien claramente había quedado impresionado por el extraño comportamiento de su cliente.
— Lo más curioso de todo, es que fue la última cliente que atendí antes de que la reina viniera a visitarnos. Es por eso que no me olvidado de esa niñita, era demasiado peculiar — concluyó el encargado.
— ¿Cómo dijo que se llamaba? — preguntó Kristoff
— Annabel Mesonge — contestó el dependiente quien parecía haberse acabado de percatar de la presencia del recolector de hielo.
— ¿Hacía donde se dirigía? — lo interrogó nuevamente el muchacho.
— Disculpe, ¿Quién es usted? — contrainterrogó el dependiente escépticamente.
— Es funcionario de la corona, Louis, así que responde todas sus preguntas — le indicó el anciano.
— Bien… ella compró un tiquete a las Islas del Sur, su barco era el "Celtica", si no estoy mal — respondió Louis quien parecía nervioso al darse cuenta que aquel asunto podía ser más grave de lo que parecía.
— Gracias señores, han sido de mucha ayuda — agradeció Kristoff antes de irse.
El recolector de hielo volvió a su incómodo escritorio en la pequeña habitación, con un sabor amargo en su boca, y sin entender porque no les había preguntado antes a los encargados del puerto, de repente, la respuesta saltó a él cómo una revelación: porque él no confiaba en nadie, se había acostumbrado a vivir completamente solo, a callar incluso cuando no debía hacerlo, pero, Kristoff sabía que no podía concentrarse en los errores del pasado, debía caminar hacia adelante, por lo que sacó la lista de pasajeros del Celtica, en donde no tardó en encontrar el nombre en cuestión. "Annabel Mesonge" aquellas dos palabras bailaban ante él cómo un enigma, pues aún no podía estar completamente seguro que se trataba de ella, aún así, esa era la única pista que tenía y no la desaprovecharía.
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— Tierra a la vista — gritó uno de los marineros, por lo que muchos de los pasajeros, incluida Anna , se asomaron al extremo de la borda del barco para ver si podían echar un vistazo a las Islas del Sur.
Anna sintió el viento marino golpearle el rostro, y cerró los ojos para poder sentir aún mejor su caricia. Ella lo había logrado, había escapado, no una, sino dos veces, viajó en la parte más difícil del barco y aprendió todo lo que debía para sobrevivir, y lo mejor de todo, es que ya nadie podría decirle que era una niñita tonta y patética, porque no era cierto, y ahora el mundo lo sabría, pero aún más importante, Anna misma lo sabría, y nunca más se sentiría por debajo de los demás, pues finalmente, ella entendía cuanto valía en realidad.
Lo que pasó después a aquello fue frenético, y por unos breves instantes, Anna sintió que era conducida por un violento torbellino. Para empezar, la chica decidió casi a último momento que viajaría con la señora Hilde a la capital de las Islas del Sur, en donde Anna planeaba encontrar trabajo.
— Toma — le dijo Amelia mientras le entregaba una pequeña tarjeta — aquí es donde voy a trabajar, mándame una nota en cuanto puedas, te informaré sí llego a enterarme de un posible trabajo.
— Gracias Amelia, te deseo mucha suerte— respondió Anna con una leve sonrisa.
— Yo también —
Las primeras semanas de Anna en la capital estuvieron marcadas por las mentiras, primero, tuvo que mentirles a los guardias de migración, después, a los que vigilaban las murallas de la capital y finalmente a su nueva casera, quien resultaba ser la hija de Hilde y dirigía una panadería, sobre la cual, tenía una pensión en la que Anna no dudó en arrendar un cuarto al ver el conveniente precio que le dio la mujer por intervención de su mamá.
— Entonces ¿de dónde me dijiste que eras? — preguntó Adrian la hija de Hilde mientras esta le ayudaba a llevar su maleta al interior de la habitación.
— De las afueras de la capital de Arandelle, de un sector rural — mintió Anna.
— oh… eres campesina — comentó la mujer visiblemente contenta por esto — pero ya has trabajado ¿no es verdad? — preguntó la mujer.
— Sí — volvió a mentir Anna quien se preparaba para lanzar el mayor y peor embuste de todos — trabajé en el palacio, como criada, para la princesa Anna de Arandelle, ella me dio una carta de recomendación, me dijo que me ayudaría a encontrar un trabajo decente — le narró la chica quien se sorprendía cada vez más de la facilidad con la que decía mentira tras mentira sin sentir la menor culpa.
— Claro que sí mi niña, sin carta de recomendación es casi imposible conseguir empleo, así que deberías agradecerle , ella te hizo un gran favor— reconoció Adrian.
— Si, eso creo — Asintió Anna.
A decir verdad, casi tres semana después, el dinero estaba comenzando a preocupar a la princesa, quien si bien, pagó su cuarto por anticipado, se había dado cuenta de que la cantidad que tenía no le alcanzaría para tomar más que una comida al día, a la cual, si tenía suerte, podía sumársele una taza de té y un pedazo de pan que le ofrecía Adrian en la mañana, mientras que aplicaba una y otra vez a trabajos sin recibir respuesta alguna, hasta que un día, todo cambió cuando llegó a ella una pequeña nota de Amelia, que tan solo contenía un sencillo mensaje:
"Ven a visitarme mañana en la calle del Girasol número 2234, a las nueve de la
Mañana, ponte tu mejor vestido y ¡NO LLEGUES TARDE!"
Anna no tenía nada que hacer aquel día, así que no dudó en seguir las instrucciones de Amelia. Cuando la chica llegó a la dirección indicada, se dio cuenta de que se trataba de una gigantesca casa solariega con enormes jardines, que si bien se encontraban aún cubiertos por los últimos rastros de nieve de la temporada invernal, debían ser inigualables en la temporada de primavera.
— ¡Llegaste! — exclamó Amelia emocionada desde la puerta, después, caminó hacia ella, la tomó de la mano y la condujo hacia adentro — fuiste muy puntual, a ella le gustará eso— comentó la chica mientras inspeccionaba la apariencia de Anna.
— Amelia, ¿Por qué estoy aquí? — preguntó Anna algo confundida
— Porque vas a conocer a una de las amigas de mi jefe, bueno, en realidad es su amante, pero la versión oficial es "amiga", ella necesita una institutriz. El problema: ella no tiene dinero para una, pero puede contratar una mucama con un salario un poco más alto que el de una empleada promedio, a cambio de que cuide a los tres pequeños demonios. Yo te he visto con niños pequeños, tú serás perfecta — afirmó Amelia muy emocionada.
— Amelia— llamó un hombre desde el salón — ¿ya está aquí tu amiga? — preguntó.
— Si señor — gritó la chica, quien después tomo la mano de Anna y la condujo hacía el salón — vamos Annabelle, mi jefe está impaciente, no ha podido hacer nada de nada con su "amiga", ya que desde que perdió a su última criada, no ha tenido tiempo — le contó la chica. Amelia la condujo hacía una sala elegante con hermosos candelabros que colgaban de las paredes, chimenea y un suntuoso espejo dorado sobre esta.
— Buenos días — Saludo Anna amablemente a un hombre de cabello canoso y a una mujer que tendría cuando mucho 32 o 35 años, quien lucía completamente despampanante con su piel clara y cabello negro.
— Buenos días — contestó la mujer — mi nombre es Claude Dummont. Amelia me contó que buscas trabajo, y yo busco una mucama que sea buena con los niños, por lo que creo que tenemos intereses en común— señaló la mujer quien hablaba elegantemente, por lo que debía tratarse de una aristócrata menor.
— Si señora, busco empleo, mi nombre es Annabelle Mesonge tengo 19 años y soy muy buena con los niños— respondió Anna cortésmente y haciendo gala del poco protocolo que aprendió en sus años como princesa.
— Ella es excelente señora Claude, sabe leer y escribir, matemáticas y creo que habla otro idioma — dijo Amelia mientras miraba a Anna esperando que ella confirmara aquella información.
— Es verdad, sé lo básico y hablo tres idiomas, además puedo cocinar y limpiar — le explicó Anna muy orgullosa. En ese momento, un grito de una niña rompió con el silencio en la habitación.
— No otra vez… — murmuró Claude mientras rodaba los ojos exasperada— Bien Annabelle, si en realidad eres buena con los niños, lo sabremos en un momento. Esa que grita es mi hija Julia, tiene 5 años y la fea costumbre de encerrarse en la guardilla y gritar hasta que se queda dormida, siempre tengo que contratar un cerrajero para que la saque de allí. Honestamente, lo encontraría graciosísimo si no fuera porque ya no puedo seguir pagando las cuentas de aquel hombre — se quejó la mujer sarcásticamente.
— ¿Quiere que me encargue de ella? — preguntó Anna señalándose a sí misma con el dedo.
— Sí, ¿es que no es obvio? — dijo Claude. — ve con Sandrine ella te ayudará— le indicó. Anna siguió a otra mucama quien parecía tener su edad, pero traía una expresión aburrida en su rostro.
— Honestamente, necesitamos desesperadamente otra criada, y a ella le da por ponerte retos imposibles, como sea, será mejor que te vayas olvidando del empleo. La mocosa es terrible, no saldrá de ahí — dijo mientras la conducía por un largo pasillo hasta una puerta pequeña en la parte de arriba de unas escaleras, que obviamente conducían a la guardilla.
— Bien… — comenzó Sandrine — suerte, la necesitarás— dijo antes de dejarla frente a la puerta.
— Hola, ¿hay alguien ahí? — preguntó Anna mientras tocaba suavemente.
— ¿Quién eres? —contrainterrogó una vocecita.
— mi nombre es Annabel. — respondió Anna — soy… digo, seré tu nueva niñera, por favor abre la puerta — dijo la chica.
— No— contestó la niña.
— Por favor — pidió Anna.
— No — volvió a negar la niña.
— No hay problema, te esperaré aquí — le anunció Anna.
— Claro que no lo harás, pronto te irás — dijo Julia con resentimiento.
— No, no lo haré, créeme, sé como esperar frente a una puerta cerrada— comentó la princesa casi orgullosa.
— perfecto, entonces espera— dijo la niña.
— Perfecto — contestó Anna. Aquellas palabras, fueron las ultimas que la princesa pronunció en casi dos horas y media que duró sentada en las escaleras frente a la puerta.
— ¿Sigues ahí? — preguntó la niña de repente.
— Sí — contestó Anna orgullosa de sí misma.
— No lo puedo creer— murmuró Julia.
— Te lo dije, sé esperar frente a puertas cerradas, una vez pasé una semana durmiendo frente a la puerta de mi hermana— le contó Anna.
— ¿Por qué hiciste eso? — la interrogó Julia confundida.
— Porque mi hermana pasó casi toda su niñez encerrada en su cuarto, yo solía rogarle que saliera, e incluso invente una canción, ¿quieres oírla? — preguntó Anna alegremente.
— Sí, sí, vamos, canta — respondió Julia muy emocionada, por lo que Anna comenzó a cantar aquella tonta tonada que inventó cuando quería que Elsa saliera a jugar con ella a armar un muñeco de nieve.
— Y… ¿alguna vez funcionó la canción? — cuestionó la niña.
— No, honestamente, Els… Elisa, sí, Elisa, nunca dejó su cuarto, es más, aún no lo hace — confesó Anna quien deliberadamente escondió el nombre de su hermana.
— ¿Por qué? — preguntó Julia sorprendida.
— Elisa nació con una circunstancia especial, ella siempre tuvo miedo de salir de allí, creo que aún no lo supera. ¿Y tú? ¿Por qué no sales de ahí? — le dijo la princesa.
— Mmmn… no lo sé, me gusta estar aquí, pero me gusta más cuando mamá viene y me saca — contestó la niña, por lo que Anna entendió de inmediato que lo que Julia quería no era más que atención por parte de su madre.
— Entiendo, pero, creo que tu mamá se pondría más feliz contigo si dejaras ese lugar— comentó Anna.
— ¿T u lo crees? — preguntó Julia emocionada.
— Sí, ¿Por qué no vienes conmigo al jardín y hacemos un muñeco? — le sugirió la princesa.
— ¿De verdad? Ninguna de mis niñeras había querido hacer eso conmigo — se quejó la niña.
— Pero yo sí, así que sal, para que podamos divertirnos juntas— volvió a insinuar la chica, por lo que Julia abrió la puerta lentamente y tomó la mano de Anna, quien se agachó y se puso a su altura.
— Eres una buena niña — le dijo Anna con una sonrisa en sus labios.
Como era de esperarse, Anna obtuvo el trabajo, un uniforme nuevo y una cama en la habitación que compartía con Sandrine, y aunque estaba feliz ya que ella sabía que era muy buena en lo que hacía, también estaba muy preocupada. La razón era sencilla : Claudine era una cortesana, viuda del que en otro tiempo hubiera sido uno de los hombres más ricos de las Islas del Sur, desafortunadamente, el sujeto fue hallado culpable de traición, y condenado a morir en la horca, por lo que dejó a su joven esposa con tres niños pequeños; Daniel de 8 años, Julia de 5 y Lidya de 2, al tiempo que casi toda su fortuna fue confiscada por las autoridades.
A menudo la princesa había escuchado acerca de este tipo de cortesanas, quienes básicamente vivían de la "caridad" de sus amantes y de las amistades poderosas a las que citaban a frecuentes fiestas en su casa. En conclusión, Claude era una prostituta, una elegante, pero, al fin de cuentas, no dejaba de serlo. Honestamente, en otro tiempo, la princesa posiblemente hubiera juzgado con más severidad a su patrona, no obstante, ya había tenido un poco de contacto con la realidad por fuera del palacio y sabía exactamente lo difícil que era sobrevivir, pero, debía ser diez veces más difícil siendo una viuda con tres hijos, después de todo, Amelia tenía razón, las mujeres de su tiempo no tenían muchas opciones.
A pesar de todo, lo que realmente preocupaba a Anna no era la forma en la que Claude se ganaba la vida, sino sus continuas fiestas, a las cuales asistían los más elegantes invitados, y una parte de ella, temía el día en que llegara aquel odiado invitado, del que se aseguraría de esconderse de la mejor manera, así tuviera que encerrarse con Julia en la guardilla.
Mientras la princesa pensaba en aquello, y preparaba la cena, la campanilla sonó desde el otro lado de la habitación, dándole a entender que era hora de llevar el té a Claude y a su invitado. La chica miró a lado y lado, pues a ella no le gustaba tener que vérselas con los viejos nobles degenerados que frecuentaba la dueña de la casa. Finalmente, al entender que definitivamente su compañera no vendría decidió atender la llamada.
Anna tocó la puerta del estudio con dificultad, ya que tenía la bandeja del té en las manos.
— Pasé — dijo la voz de la señora Claude, por lo que aún con más dificultad, abrió la puerta. Sin embargo, lo que vio adentro, casi hace que Anna tirara el té al piso.
— Oh… Annabelle, eres tú, pensé que Sandrine te dejó a cargo de los niños— dijo Claude sin darse cuenta de que su mucama y su invitado estaban a punto de morir de un infarto por la impresión de rencontrarse el uno con el otro.
— ¿Es tu nueva mucama? Me parece conocida — comentó el invitado mientras que Anna se concentraba en poner cuidadosamente la bandeja del té sobre la chimenea, dándole la espalda al sujeto y a Claude.
— Sí, posiblemente ustedes dos deben conocerse— afirmo elegantemente la mujer— Annabelle, ven acá— la llamó Claude, por lo que Anna no pudo esconderse más. La chica respiró profundamente y decidió seguir con aquella farsa hasta que ya no tuviera otra opción que revelar su identidad.
— Annabelle, no sé si lo conoces, pero te presento a su alteza, el príncipe Hans Westergard de las Islas del Sur— dijo Claude casi ceremoniosamente, dando la impresión de que se hallaba orgullosa de sí misma por tener amistad con un miembro de la familia real.
— Su Alteza — respondió Anna mientras hacía una leve reverencia.
— Sí, definitivamente, estoy seguro de que te he visto en alguna parte — dijo Hans, por lo que Anna lo maldijo mentalmente, pues no entendía que era lo que pretendía el muy bastardo.
— Puede ser, Annabelle nació en Arandelle. Ella trabajó en el palacio, y debió haber hecho un gran papel, ya que trajo una carta de presentación escrita de puño y letra por la mismísima princesa Anna — le comentó Claude quien nuevamente parecía muy orgullosa por su reciente adquisición.
— ¿En serio? — Preguntó Hans quien sonrió levemente al escuchar aquello — la princesa Anna de Arandelle... — comenzó melancólicamente— todo el mundo sabe que estuvimos comprometidos por un tiempo, estuve realmente enamorado de ella, desafortunadamente, cuando tuve que tomar la decisión de matar a la reina Elsa, ella se puso de su parte. Pobre niña tonta, nunca entendió que yo trataba de ayudarla y a su país, Arandelle estaba sumergido en un invierno interminable, simplemente no podía dejar que algo tan terrible sucediere — mintió Hans. Mientras que Anna sentía que la sangre le hervía ¿cómo se atrevía a decir semejante mentira?
— ¿Tú qué opinas Anabelle? — preguntó descaradamente el príncipe con una pequeña y mal intencionada sonrisa en el rostro. Anna entendió de inmediato, lo que Hans pretendía. Él quería desestabilizarla, buscar que ella perdiera su temperamento y ponerla en evidencia, pero no lo dejaría hacerlo, ya no era la misma que conoció meses antes.
— No lo sé su alteza, a decir verdad, la princesa no parecía tenerle mucho afecto, creo que ella tenía una versión de los hechos muy diferente a la que usted dice, pero ella no hablaba mucho acerca de usted— opinó Anna en un tono apacible y completamente calmado.
— ¿No hablaba mucho de mí? — preguntó Hans ofendido — oh, vaya ¿acaso crees que me olvidó tan pronto? Después de todo lo que vivimos juntos… — se quejó el príncipe.
— Posiblemente señor, ella apenas parecía recordarlo.
— Oh, por lo que dices, da la impresión de que la princesa es una persona bastante insensible — opinó de repente Claude.
— No, ella no es insensible — intervino Hans — todo lo contrario, es muy sentimental. Su problema es que suele actuar primero y pensar después, ella es impulsiva, y jamás puedes saber lo que cruza por su cabeza. Te puede dar las sorpresas más desagradables — comentó el príncipe mirando fijamente a Anna.
— No tengo opiniones acerca de eso, yo simplemente me limitaba a llevarle sus comidas y asistirla en todo lo que ella necesitara, nunca logré conocerla a fondo — dijo Anna tratando desesperadamente de cambiar de tema.
— Personalmente, creo que yo tampoco logré conocerla muy bien, no cómo pensaba — concluyó Hans antes de tomar un sorbo del té que Anna había puesto frente a él minutos antes. En ese momento, la puerta volvió a sonar, se trataba de Sandrine quien parecía estar cansada y sin aliento.
—Annabelle — empezó la mujer completamente exhausta — dile a la señora que el pequeño demonio — dijo refiriéndose al hijo mayor de Claude — se escondió en la guardilla, y no piensa salir de ahí hasta que ella misma vaya y lo saque— exhaló la pobre mujer mientras pesadas gotas de sudor resbalaban por su rostro.
— Oh no… ¿quieres que te ayude? Yo podría… — empezó Anna preocupada.
— No, no, no, cuéntaselo a ella, él dijo que no saldría de allí, a menos que su madre fuera a sacarlo— la interrumpió Sandrine.
— La señora tiene "visita", si sabes a lo que me refiero — respondió Anna.
— ¿Quién es esta vez? El príncipe, el general, el otro príncipe, el conde o el otro príncipe… bien, esos son todos los que conozco— preguntó la mujer.
— Es uno de los príncipes, el príncipe Hans— respondió Anna.
— En ese caso no hay problema, él es buena persona, no se disgustará si nos llevamos a la señora por un rato— dijo Sandrine. De repente, Anna sintió la firme mano de su empleadora en el hombro.
— ¿Qué sucede? — preguntó Claude.
— Señora, señora, el joven Daniel no quiere bajar de la guardilla, él dice que no lo hará hasta que usted lo obligue — dijo la mucama en el tono más lastimero que pudo.
— Ese pequeño demonio, ya me va a oír — empezó la señora furiosa — Anabelle — dijo esta vez refiriéndose a la chica, mientras se volteaba y le ponía ambas manos en los hombros — creo que le simpatizaste al príncipe Hans, y tú sabes perfectamente que lo necesitamos, a él y a su dinero, así que ve, mantenlo entretenido, no dejes que se vaya, eres una niña inteligente, sé que te las arreglaras de la mejor manera— dijo mientras le palmeaba suavemente la mejilla y le guiñaba el ojo. Después Claude se dio media vuelta dejando a sus dos empleadas completamente atónitas, hasta que Sandrine dejo salir una serie de risitas.
— Oh por dios… esto se parece cada vez más a un prostíbulo — se quejó Sandrine mientras que Anna estaba tan roja que rivalizaba con las cortinas — anda, ve, mantenlo "entretenido" — se burlo la chica entre risitas.
— Cierra la boca, no te burles — la calló Anna.
— Anda, anda. Depende de ti que podamos comprar carne la próxima semana— dijo Sandrine mientras la empujaba dentro de la habitación.
Anna se encontró nuevamente con Hans quien se hallaba observando por la ventana, pero, ahora, estaban completamente solos, lo que la ponía más nerviosa. Por una fracción de segundo, la princesa pensó en abandonar su fachada, no obstante, finalmente optó por no dejar que él le sacara la verdad, no importaba cuanto la presionara.
— Oh eres tú, Anabelle… — murmuró sarcásticamente el príncipe mientras la miraba por encima del hombro.
— Su alteza, la señora dice que estará aquí en un par de minutos, ha surgido un imprevisto y…
— ¿Qué diablos crees que haces? — preguntó Hans casi despectivamente.
—Alteza, yo simplemente estoy siguiendo las órdenes de la señora, ella le pide que por favor no se vaya, que la espere— dijo Anna quien se había trazado la firme meta de esconder su identidad.
— ¿Puedo ofrecerle otra taza de té? — preguntó amablemente Anna. Por su parte, Hans quien ya se había dado cuenta de que no iba a lograr sacarle la verdad de aquella manera, decidió sentarse descuidadamente en su silla.
— Seguro, otra taza de té suena bien — contestó Hans. Por lo que Anna se ubicó frente a la chimenea, le dio la espalda y se concentró en preparársela.
—Annabelle — la llamó nuevamente Hans, pronunciando su nombre falso con un deje sarcástico — Escuche que la princesa Anna estaba siendo cortejada por un recolector de hielo, ¿es eso cierto? Es algo triste, ¿no lo crees? Un plebeyo, supongo que tu antigua señora no tiene el menor grado de sentido común, ¿acaso no tiene la menor idea de lo qué podría hacerle eso a su reputación, y a la de la corona? — opinó Hans.
— Yo también soy una plebeya, no puedo decir nada sobre aquello— respondió Anna quien se estaba conteniendo de tirarle la tetera en su ridículo rostro, en ese momento, la chica se alegró de darle la espalda, ya que así, él no podría verla irritada
—En todo caso, aquello no funcionó. Escuché que Anna desapareció hace un par de meses, todo el mundo dice que está en el palacio de verano de su familia, recuperándose de una enfermedad, pero algo me dice que no es verdad. De seguro debes haber escuchado acerca de eso — dijo Hans nuevamente— ¿tienes alguna idea de que pudo pasarle a la loca princesa? — preguntó.
— No su alteza — respondió la chica, dándole a entender que no planeaba decirle nada. De repente, sintió que alguien la tomaba por la cintura, por lo que su instinto le dijo que debía soltarse y escapar, pero él la forzó a permanecer justo en donde se hallaba.
— ¿Qué fue lo que hiciste Annabelle? — preguntó Hans en su oído. — ¿No crees que este mundo es un lugar pequeño? Encontrarnos nuevamente, pareciera que me estas buscando.
— Lo último que quería era verlo, señor, apenas si lo conozco — contestó Anna quien se había hecho el firme propósito de no dejar que la descubrieran, y mientras luchaba por librarse de su agarre.
— ¿De verdad? No sé si creerte— dijo el muchacho.
— Suélteme— gruñó Anna. Por lo que Hans finalmente la dejó ir. Después, el príncipe caminó hacía su asiento y se dejó caer descuidadamente en tanto la princesa recobraba su aliento.
— Por lo que veo, Anna se ha vuelto difícil— dijo el príncipe.
— Ella ha cambiado, ella ya sabe exactamente qué tipo de persona es usted, no importa cuántas mentiras haya dicho en su reino, ella sabe la verdad — contestó Anna mientras ponía la taza de té en la mesita frente a él. De repente, Hans se movió hacía adelante, tomó firmemente su muñeca y la miró fijamente a los ojos.
— Anabelle… — comenzó en el mismo tono sarcástico — no sé qué es lo que pretendes, ni me importa, pero yo me quedaré callado, sí tu también lo haces. — dijo Hans, por lo que Anna se soltó de su agarre bruscamente e hizo una reverencia y se fue sin decir otra palabra.
En ese momento, la campanilla de la entrada sonó por lo que Anna corrió a abrirla, se trataba de los demás invitados a la fiesta que se llevaría a cabo aquella noche, por lo que las horas siguientes la chica estuvo muy ocupada poniendo los niños a dormir y ayudándole a Sandrine a preparar la comida.
— Voy a llevar los canapés— dijo Sandrine cuando ya estaba entrada la noche — todos han bebido demasiado, les voy a dar algo de comer, no quiero que se embriaguen y causen destrozos como la vez pasada; ¿recuerdas lo que pasó? — preguntó la chica.
— Sí, El Barón de Munchen se quitó la peluca y comenzó a cantar el himno de Genovia sobre una mesa, pero con tan mala suerte que el coronel Brand de Natsia, quien perdió en la guerra, lo escuchó. Fue graciosísimo recuerdo al coronel diciendo: "vamos viejo idiota… te haré comer tu peluca " — bromeó Anna mientras imitaba el tono carrasposo del coronel.
— ¡JA! Lo imitas muy bien, eres muy graciosa — rió Sandrine a carcajadas.
Sandrine se fue y Anna se quedó sola a la luz de la vela mientras terminaba de picar los pepinillos para rellenar los canapés sobrantes. De repente, la chica sintió que alguien la observaba, pero siguió cortando los vegetales como si nada pasara.
— Anna, Anna, Anna — Dijo la arrogante voz de Hans mientras se aproximaba a ella, en tanto que la princesa temía que estuviera algo embriagado a juzgar por su fuerte olor a alcohol — Anna— concluyó.
— Yo me llamó Annabelle — corrigió Anna quien se estaba hartando de escucharlo pronunciar su nombre.
— No es cierto, y tú lo sabes, y yo también lo sé — dijo Hans venenosamente.
— Puede ser — aceptó la princesa— pero, yo también sé que todas aquellas historias que les has contado a los diarios son puras mentiras. Tú te saliste con la tuya diciéndole a todo el mundo que Elsa es un monstruo, mientras que tú eras una especie de trágico héroe, lo que no entiendo, es como lograste engañar a tus hermanos — dijo la chica completamente furiosa.
— ¡Ha! ¿realmente creíste que mis hermanos iban a preferir complacer a dos princesitas resentidas, que conservar a uno de sus mejores almirantes? No linda, mis hermanos son unos miserables bastardos, pero hasta ellos saben bien que les conviene tenerme a su lado — dijo Hans quien se ubicó junto a Anna y se recostó descuidadamente en el mesón en donde ella cortaba los pepinillos.
— No todos somos tan inútiles y reemplazables como tú, Anna — murmuró Hans en el oído de la princesa. Sin lugar a dudas, ese fue un golpe bajo, él la conocía mejor de lo que pensaba, y sabía a la perfección cuáles eran sus puntos débiles y aquellos aspectos que le dolían más.
— Ahora, dime que sucedió, ¿Elsa se cansó de ti? — preguntó Hans por lo que la princesa permaneció fría e impenetrable como un tempano de hielo.
— No — respondió sencillamente la chica.
— ¿Y qué hay de tu recolector de hielo? ¿Él también se cansó de ti? — volvió a preguntar Hans mientras tomaba una botella de vino tinto, se servía una copa y la bebía rápidamente.
— No — volvió a repetir la chica.
— ¿De verdad? No lo parece, después de todo, no duraron más que unos meses. Aunque, considerando que por poco te casas conmigo después de conocernos por un día, debió haber sido una eternidad — comentó casualmente el príncipe, quien se quedó un mirándola por unos instantes esperando su reacción, pero al ver que no obtendría ninguna, prosiguió a servirse y beber una segunda copa de vino tinto.
— Oh, espera, espera, yo sé que fue lo que pasó. Tú escapaste ¿no es verdad? Y sé porque lo hiciste: Florian, ¿no es así? — preguntó Hans en tono de burla, y cada vez más evidentemente ebrio. Pero, esta vez, Anna no pudo resistirse y le devolvió la mirada.
— ¡Lo sabía! Yo lo sabía — murmuró Hans mientras servía una nueva copa y sonreía — así que los rumores son ciertos, ese sinvergüenza está detrás de ti . Entiendo que no quieras casarte con él, yo tampoco lo querría, se cree la gran cosa el muy idiota. Hasta su nombre es estúpido, en serio ¿Quién se llama Florian? Posiblemente, su mamá sacó ese nombre de un viejo libro de escuela y pensó que sería buena idea, pero es realmente ridículo.
— Por lo menos no ha intentado matarme — dijo Anna de repente. Por lo que la mirada de Hans bajó y su tono se tornó más profundo
— Oh Anna… veo que aún estas herida por eso. Pero los dos sabemos que si la reina te obliga a casarte con él, no solo estaría formando una alianza con Malengrad, sino que implícitamente estaría escogiendo un bando, sí es que las Islas del Sur finalmente se deciden a declararle la guerra, Arandelle también se volvería nuestro enemigo, y quien sabe, si tengo suerte podría finalmente tener mi reencuentro con Elsa, acabar con mi espada lo que empecé en el fiordo — dijo Hans mientras se estiraba para tratar de tomarla por la cintura — pero tú y yo, los príncipes insignificantes, los que tan solo sirven como remplazo, deberíamos hacer una tregua… — sugirió, pero Anna fue más rápida y se alejó de él.
— Vamos, mira esto: una princesa disfrazada de criada, un príncipe y la cocina completamente a oscuras… podría ser el escenario perfecto para una de esas novelas sucias, en las que "esas escenas" suceden sin ninguna explicación— sugirió Hans.
—Estoy segura que en ese tipo de basura, el príncipe no es un homicida que trató de decapitar a la hermana de la princesa— replicó Anna bruscamente.
— Esos son solo detalles — opinó Hans restándole importancia— ¿por qué no vamos a la parte interesante del libro? Oh por favor, te ibas a casar conmigo, de seguro te morías de ganas por hacerlo — sugirió, por lo que Anna respondió dejando caer el cuchillo con mucha más fuerza de la necesaria sobre el pepinillo, partiéndolo en dos con un solo golpe.
— Está bien… entiendo, no quieres, no hay que ponerse así — dijo Hans quien se movió de su lugar, por lo que la chica pensó que finalmente se iría y la dejaría en paz, ya que no consiguió lo que quería.
— Quien se hubiera imaginado que me traerías tantos problemas. Cuando te conocí, pensé que tan solo eras una pobre tonta, pero has resultado ser mucho más inconveniente — comentó. De repente, y a una gran velocidad, que no permitió que Anna se moviese, él la tomó fuertemente con las dos manos por el cuello— ¿tienes idea de cuantos problemas me causaste? No, estoy seguro de que no lo sabes, ni tampoco te imaginas la humillación que tuve que soportar cuando volví a las Islas del Sur, pero, ya ves, no me pasó nada. Yo, a diferencia tuya, soy demasiado útil como para que mis miserables hermanos prescindan de mí. Yo soy un almirante, y uno de los mejores por cierto — comentó mientras que aumentaba la presión en la garganta de la chica, quien trató de retirar las manos del príncipe, pero no pudo librarse de su agarre.
— Tenías razón Anna, tú y yo somos muy parecidos, demasiado, diría yo, los dos nacimos siendo insignificantes, pero la diferencia es que yo soy alguien, y tú no eres nada. Debería matarte, de seguro nadie sabe dónde estás, si murieras, no te llorarían, ¿sabes por qué querida? porque eres invisible, tan solo el reemplazo de tu hermana — murmuró venenosamente mientras aumentaba la presión de tal forma que Anna sentía que se desmayaría en cualquier momento por la falta de aire. De repente, la princesa tuvo una idea, y rápidamente tomó el cuchillo y rayó la mano de Hans, por lo que este soltó un grito de dolor y se alejó de ella.
— Ah… ya verás, voy a hacer que te pudras en un calabozo por esto— gritó el príncipe.
— Si tú me denuncias, yo hablaré a cada uno de los periódicos en las Islas del Sur y les diré la verdad. Los dos sabemos que lo único que tienes es tu imagen pública, quien eres, se lo debes a que todos piensan que eres un "héroe", o "el príncipe perfecto" , ya quisiera ver qué harías si te quedaras sin esa fachada y sin tus mentiras — le respondió Anna casi tan venenosamente como él, y sin soltar el cuchillo. Pero, para sorpresa de la princesa, Hans solo rió.
— Vaya, en realidad resultaste ser mucho menos insignificante de lo que había pensado — murmuró — ¿Sabes qué? Olvidemos que esto pasó y empecemos desde cero, ¿quieres Annabelle? — le propuso Hans.
— ¿A qué te refieres? — preguntó la chica.
— A que la proposición de antes sigue en pie, yo me quedaré callado, si tú también te quedas callada— dijo Hans.
— Bien — respondió Anna.
En ese momento, el sonido de pasos los alertó, pero fue tarde, ya que Sandrine entró nuevamente a la cocina con una bandeja vacía de canapés y una expresión atónita en el rostro. Anna sabía bien que aquella escena se debía ver completamente perturbadora desde los ojos de su compañera, ya que frente a ella se encontraba un príncipe con la mano cortada y una chica que llevaba un cuchillo ensangrentado.
— Ehh… Señor, digo, su alteza, ¿podemos ayudarle en algo? — preguntó Sandrine evidentemente nerviosa.
— No, no te preocupes, yo ya me retiraba, buenas noches— se despidió Hans amablemente mientras se dirigía a la entrada de la cocina — buenas noches Annabelle — concluyó el príncipe con una desagradable sonrisa en sus labios.
— Buenas noches — respondieron las dos muchachas. Apenas Hans estuvo fuera de su vista, Sandrine corrió hacía ella y la tomó por los hombros.
— Oh, Anabelle ¿Estás bien? — preguntó la chica en tanto Anna no podía despegar su mirada por la que segundos antes se había marchado el príncipe.
— Sí, estoy bien.
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Aquel domingo Anna sabía que sería su día, todo era perfecto, el sol brillaba, los niños se portaban mejor que de costumbre, y Hans no había asomado su odioso rostro en toda una semana, pues se hallaba en el mar realizando labores de reconocimiento.
Pero lo mejor de todo, era que aquel día la princesa tenía el día libre e iría con Amelia y Sandrine a comer a la panadería de Adriane, donde la chica planeaba celebrar los cuatro meses que llevaba viviendo como una mujer libre con una gigantesca tarta de chocolate que ella misma pagaría con el dinero que ganó con su trabajo duro. Anna se preparó a sí misma para gozar aquella velada, en la que estaría libre de nobles con miradas reprobatorias que solían tratarla peor que escoria por el solo hecho de ser plebeya.
Irónicamente, era este sentimiento el que más le recordaba a Kristoff, pues una parte de ella quería pensar que finalmente estaba llegando a comprenderlo. Posiblemente, él también se sentía harto de que los funcionarios del gobierno lo tratarán como lo hacían con ella ahora, y tal vez, él, al igual que la princesa, disfrutaba de su trabajo, y se enorgullecía de ganar su propio dinero, razón por la que vivir en el castillo debía ser una tortura para él. Anna negó rápidamente en tanto caminaba a la panadería de Adrian mientras trataba de sacar aquellos pensamientos de su cabeza, pues no era sano seguir con aquella fijación a un hombre que no la quería, y mucho menos, tratar de justificar sus acciones con excusas inventadas, en especial, porque nunca lo volvería a ver.
Anna entró a la panadería y se encontró con sus amigas entre risas y abrazos. Después, la chica se dirigió al mostrador y saludó Hilde ya que Adrian no se encontraba con ella.
— Hola Señora Hilde, ¿Cómo ha estado? — preguntó Anna amablemente.
— Bien querida — le contestó la mujer con una sonrisa — hay tartas de chocolate recién salidas del horno — la tentó Hilde quien había aprendido a conocer los gustos de Anna.
— ¡Qué maravilla! — exclamó la princesa emocionada, mientras pensaba que ese era el día perfecto. — ¿Dónde está Adrian? — murmuró Anna mirando de un lado a otro.
— Está en los establos, está ayudando a uno de los nuevos residentes de la pensión a dejar a su animal, pronto estará de vuelta — le respondió.
— ¡Anna! — exclamó una voz masculina mientras que la chica sentía que se desmallaría al identificar a quien le hablaba.
— ¡Anna! — volvió a exclamar el sujeto, pero ella no volteó, tan solo se quedó mirando al mostrador tratando de que el aire no escapara de sus pulmones.
— Annabelle… — la llamó por tercera vez el sujeto, por lo que Anna finalmente se dio la vuelta lentamente hasta que sus ojos se encontraron con los de Kristoff.
— Finalmente te encontré… — exhaló Kristoff
No, definitivamente se había equivocado, aquel no era el día perfecto.
Bien, finalmente terminé, sé que es una actualización rápida pero esta semana fue tan frenética y difícil que quería encontrar una forma de desahogar la tensión y aquí está. Sobre el capítulo, vamos… no se hagan los sorprendidos, todos ya habían presentido que aparecería Hans ¿no es verdad? (Además, está en el summary, ahí dice que este fic tendría a Hans ). En próximo capítulo les contaré un poco más sobre los viajes de Elsa y sobre cómo Kristoff encontró a Anna, y por ahora me despido, (tengo que ir a hacer unas lecturas para mañana y sé que tendré que desvelarme, sé que no debería estar publicando, pero bueno, así son las cosas).
Quiero agradecerles a mis lectores, en especial, como siempre a los que me dejan comentarios y me agregan a sus categorías, espero no haberlos defraudado y por favor ténganme paciencia responderé todo comentario, pero por ahora no, por ahora debo trabajar. Adiós.
