Disclaimer: los personajes no me pertenecen, son obra y magia de JK. Rowling.

¡Hola a todos/as! :) ya estoy aquí con capítulo nuevo, espero que os guste mucho y lo disfrutéis. Como siempre, nos vemos abajo.


Capítulo IV. Frío

Cuando Hermione llegó al Gran Comedor para el almuerzo, Harry, Ron y Ginny ya estaban allí, esperándola.

-Me debes 10 knuts – dijo Ginny desinteresadamente, mientras ponía la mano en dirección a su hermano-. Trae cara de funeral, está claro que he ganado.

-¿Qué habíais apostado? – preguntó la castaña con el ceño fruncido. Se sentó al lado de Harry mientras echaba un vistazo a la comida.

-Si conseguías o no escapar del castigo – dijo Ginny con soltura.

-Yo apostaba por ti, Hermione – dijo Ron rápidamente.

-Gracias Ron – la Gryffindor le sonrió débilmente-, pero lo cierto es que me han dado un papel protagonista – concluyó con pesar.

Harry se encogió de hombros.

-Espero que al menos hayas arrastrado a Malfoy en tu desgracia.

-Más bien él me ha arrastrado a mí.

Hermione alzó los ojos a tiempo de ver a Malfoy sentarse entre Zabini y Greengrass. En su cara no había ni la mitad de la tensión que ella sentía.

-Qué mala suerte, Hermione – concluyó Ron, apiadándose de su amiga.

-Bueno, no tan mala suerte – dijo Lavender, que había aparecido de repente al lado de Parvati-. Más de una querría estar en tu lugar.

-Con lo guapo que es… - suspiró Parvati.

Hermione compuso una mueca de asco.

-Con muchísimo gusto os cedo mi puesto.

Ron miraba a Lavender y Parvati como si estas hubieran ofendido gravemente a su familia.

-¿Estáis chifladas? ¿Guapo? ¿Malfoy?

Lavender levantó las manos en un gesto apaciguador.

-No solo lo decimos nosotras, la mayor parte de las chicas lo piensan.

Hermione frunció el ceño, tratando de recordar si había notado entre el sector femenino aquella tendencia pro-Malfoy. Pero era inútil, se pasaba la mayor parte del tiempo con Harry y Ron como para enterarse de aquellos chismorreos. Además, desperdiciaba muy poco el tiempo en los aseos de chicas, donde aquellos rumores florecían.

-En mi curso más de una no deja de comentarlo – dijo Ginny distraídamente, mientras ojeaba una revista. Quizá por esto no llegó a captar la mirada celosa de Harry.

-El mundo se ha vuelto loco – gruñó con desagrado Ron.

Hermione volvió a lanzar una mirada a la mesa de Slytherin, donde cierto rubio sonreía de forma discreta mientras Zabini se moría de la risa a su lado.

"Bueno, un poco guapo sí que es" pensó la voz traidora de su mente.


Blaise se secó las lágrimas con una servilleta.

-Menudo pringado estás hecho – dijo todavía entre risas-. ¿Una obra de teatro muggle? No puedo esperar a ver la cara de tu padre cuando se entere.

Con un gruñido, Draco lanzó su servilleta a la mesa y se reclinó en la silla, mirando hacia el techo encantado. Aquél gris oscuro presagiaba tormenta, igual que sus ojos.

-No va a enterarse – repuso fríamente.

Blaise, que había dejado de reír, lo miró con seriedad.

-Creía que tu madre le enviaba cartas a menudo.

-Y yo espero que haya dejado de hacerlo.

Con frecuencia, Blaise se preguntaba por la situación familiar de su amigo. La única información que pudiera tener era a través de su madre, que cada cierto tiempo tomaba el té con la Sra. Malfoy. Draco seguía siendo impenetrable en ese asunto.

-¿Le has escrito tú? – preguntó Blaise, bajando la voz.

-Una vez – respondió Draco con voz inexpresiva. Era la primera vez que se lo contaba a alguien. Pero nunca le contaría a su amigo qué le había escrito en esa carta a su padre. Jamás le reconocería que la respuesta de Lucius permanecía guardada en el fondo de su baúl. Que era un cobarde por no atreverse a leerla.

Con un suspiro, Blaise dio un trago de su copa.

-Tu madre sigue muy enamorada de tu padre, es normal que le escriba cartas.

-Tengo que protegerla – Draco le miró, con los ojos llenos de rabia-. No puedo permitir que vuelva a ponerla en peligro.

-Todos estamos en peligro – Blaise le devolvió la mirada, mortalmente serio-. Tu padre no tardará en salir de Azkaban.

Draco lo sabía. Si su padre seguía allí era porque el Señor Oscuro quería castigarlo, ya que hacía tiempo que los dementores obedecían a un solo señor. El mundo allí fuera se descomponía a pasos de gigante y ahí estaba él, en Hogwarts. Por eso a veces observaba a todos esos niños felices en el Gran Comedor, y se preguntaba cuándo había dejado él de ser uno de ellos. Si lo había sido alguna vez.

Aunque aquella era la felicidad de los ingenuos, de los que no saben nada, de los que lo ignoran todo. Por eso, al mirarles, un sentimiento cercano a la culpa y la lástima le oprimía el estómago.

Con un repentino enfado, Draco miró a la mesa de Gryffindor, deteniéndose en Granger. Ella lo sabía todo, y lo que no, lo intuía; por eso era incapaz de sentir culpa o lástima hacia ella. Porque al mirarla a los ojos podía ver gran parte del miedo que le paralizaba a él mismo, un miedo que a ella la impulsaba hacia delante. Y en el fondo la envidiaba por ello. La odiaba por ello.


Los alumnos de Hogwarts no recordaban un otoño tan frío y lluvioso, y suspiraban de anhelo si conseguían entrever algún rayo de sol entre las nubes espesas. El anuncio de una visita a Hogsmeade en Halloween animó a la mayoría, aunque todos había perdido la esperanza de que hiciera buen tiempo ese día.

-El lago está a punto de congelarse – escuchó Hermione a una alumna por el pasillo.

"Y no era para menos", pensó la Gryffindor. El trayecto hasta los invernaderos para ir a clase de Herbología se había convertido en un suplicio, que trataban de calmar con bufanda y guantes. Afortunadamente, en el castillo todo estaba caldeado.

"Casi todo el castillo" pensó Hermione, recordando las clases de Pociones. Pareciera que Snape enfriaba las estancias con su sola presencia.

El lunes había comenzado con su habitual rutina de clases. Los que más parecían sufrir eran los alumnos de 5º y 7º. Luna trotaba de aquí para allá como si los TIMOs no fueran con ella, mientras que Ginny cada día tenía las ojeras más pronunciadas.

-Señorita Granger – la llamó la profesora McGonagall. Hermione todavía no le había perdonado del todo a su profesora favorita aquella encerrona del teatro-. Aquí tiene las nuevas listas para las rondas de prefectos.

Hermione lo cogió de forma distraída. Acababa de salir de Encantamientos y aun no se había deshecho de todas las plumas de los pájaros que había invocado con un Avis.

-Esta noche debe dirigirse a la cabaña de Hagrid – prosiguió McGonagall-. Usted y el señor Malfoy ayudarán a Hagrid en su trabajo, como castigo.

Hermione la miró con el ceño fruncido.

-Creía que asistir al teatro sería nuestro castigo.

-Quizá no me oyó bien, señorita Granger, pero les dije que habría castigo y que además estaban obligados a ir a la audición. A las 20:00 pm en la cabaña de Hagrid.

Sin más, se fue dando grandes pasos. Hermione todavía la seguía con la mirada hasta que desapareció por la esquina. Se preguntó cuántas veces tendría que arrepentirse de su acceso de ira en la Sala de Profesores.

Con aprensión, lanzó una mirada por la ventana. En aquellos momentos granizaba, y el viento hacía que los granizos impactasen con fuerza contra el cristal. Se le pusieron los pelos de punta al pensar en el frío que pasaría por la noche en el Bosque Prohibido.

En el otro extremo del castillo, Draco sostenía un libro entre las manos. Estaba sentado en el alfeizar de un gran ventanal que daba a uno de los muchos patios que tenía Hogwarts.

Leía con el ceño cada vez más fruncido. Había decidido empezar a leer El Sueño de una Noche de Verano aquella mañana, y no le estaba gustando en absoluto. Estaba claro que aquel muggle llamado Shakespeare no tenía la más remota idea de magia. Además, prácticamente todas sus escenas incluían a Granger. No tenía muy claro cómo iba a manejar aquello.

De repente, algo le picó en el brazo. Una majestuosa lechuza gris oscuro levantaba su pata para que pudiera coger una carta que llevaba el sello de los Malfoy.

Draco cogió la carta y la rasgó con ansiedad. Leyó atropelladamente la escueta misiva, en la que su madre afirmaba que todo estaba bien en casa y que no se preocupara. Apretó el papel con el puño, furioso. Odiaba que le mintieran, sabía que las cosas no estaban bien.

A la hora del almuerzo, la profesora McGonagall le interceptó cuando iba hacia su mesa para decirle que tenía un castigo pendiente. La miró sin inmutarse mientras la bruja le explicaba que tendría que ir con Granger y el zopenco de Hagrid.

-No vuelvas a meterte con ella – dijo Pansy cuando la profesora se marchó, arqueando las cejas-, porque desde luego es rencorosa.

-Y efectiva en la venganza – afirmó Daphne a su lado-. Hagrid y Granger juntos como castigo…

-Hace frío – dijo Theo, mirando a Draco-. Si fuera tú me llevaría capas extra de ropa.

-Que gran consejo – dijo el Slytherin con sarcasmo, pero de todas maneras Theo tenía razón, como siempre.

Las horas pasaron volando. Harry, Ron, Neville, Seamus y Dean estaban reunidos en la mesa de la Sala Común, intercambiando información para hacer los deberes. Hermione bajó de su habitación con el gorro, la bufanda y los guantes más gordos que tenía.

-¿Vas ya con Hagrid? – preguntó Harry, alzando la cabeza de su pergamino.

-Así es – Hermione trató de echar un vistazo a través de la ventana para ver qué tiempo hacía, topándose sólo con la oscuridad.

-Mucha suerte, Hermione – dijo Dean con una sonrisa-, no creo que Hagrid os deje mucho tiempo en el Bosque con este temporal.

-Yo tampoco lo creo – repuso Hermione, sonriéndole de vuelta-. ¡Nos vemos mañana!

Salió por el hueco del retrato rápidamente. En unos minutos llegó al vestíbulo, donde se envolvió con la bufanda hasta la nariz. Al salir por la puerta el viento casi la tumbó.

"No me puedo creer que tenga que estar afuera con esta tormenta" pensó Hermione enfadada. Luchando contra el viento que venía mezclado con gotas de lluvia, consiguió emprender el camino hasta la cabaña de Hagrid, que tenía las luces encendidas y actuaba de farol en medio de la noche.

Al llegar, vislumbró una silueta oscura que se parapetaba del viento contra la fachada de la cabaña. Draco iba todo de negro, a excepción de la bufanda verde de los Slytherin. Se había puesto una capucha, por lo que sólo el flequillo rubio platino y los ojos claros se entreveían en la oscuridad. Aunque para ser sincera, Hermione lo había reconocido antes por su postura, que le recordaba bastante a la calma estudiada de una serpiente a punto de atacar.

-¿Por qué no has llamado? – medio gritó Hermione para que este pudiera escucharla a pesar del viento.

-No pensaba quedarme con él a solas.

Guardándose un comentario para sí, Hermione llamó a la puerta. Casi al instante, la gran figura de Hagrid apareció en el umbral.

-¡Hermione! – saludó con alegría -. Señor Malfoy – dijo serio, cuando percibió la presencia del Slytherin. Draco hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo.

-Hola Hagrid – respondió Hermione con una enorme sonrisa. Fang aullaba detrás de su amo, ansioso por darle la bienvenida a Hermione.

-Tranquilo, Fang, déjales pasar – el guardabosques se apartó de la puerta, permitiendo a Hermione y Draco entrar. Este último lo hizo con una clara reticencia, evitando tocar cualquier cosa.

-¿Qué tienes que hacer con esta tormenta, Hagrid? – preguntó Hermione, intrigada.

-Ya le dije a la profesora McGonagall que no era buena idea que os hiciera acompañarme con este temporal – admitió Hagrid-, pero lo cierto es que necesito comprobar que los thestrals están bien. Con las tormentas se ponen nerviosos y…creo que será mejor reunirlos a todos hasta que el temporal amaine. Esta mañana he ido colocando carne fresca en ciertos puntos, así que espero que estén todos reunidos en ellos.

Hermione también lo esperaba. No le hacía ninguna gracia tener que esperar bajo la lluvia a que aparecieran unas criaturas que ni siquiera era capaz de ver. Alzó la mirada para observar a Malfoy, pero se encontró con su habitual gesto frío, muy acorde con el ambiente.

-En marcha chicos – animó Hagrid, colocándose su gran abrigo. Al abrir la puerta, volvió a azotarles el viento en la cara.

Hermione a duras penas podía seguir el ritmo de Hagrid. El viento era más fuerte que ella, y a cada paso era vapuleada por él. Malfoy la miraba de reojo cada cierto tiempo, comprobando que la Gryffindor los siguiera. Él no parecía tener mayores problemas para continuar el camino. Hermione solo deseó llegar a la espesura del bosque, donde el viento desaparecería en gran medida.

-¡Por aquí! – gritó Hagrid, internándose entre los árboles. Y fue una bendición, ya que el viento y la lluvia disminuyeron a la mitad.

El problema era el frío. Llevaban diez minutos andando por el bosque y Hermione ya no sentía los dedos de los pies. Si Malfoy tenía frío desde luego lo disimulaba muy bien. Sólo podía verle los ojos grises, que miraban fijamente hacia delante.

Draco, por su parte, sí sentía frío aunque, afortunadamente, ser rico le proporcionaba ropa de calidad que mitigaba el temporal muy bien. El Slytherin miró disimuladamente a la Gryffindor, que tiritaba y tenía los labios de un ligero color morado, preguntándose si el troglodita de Hagrid se daría cuenta del estado de Granger, porque él no pensaba mostrar ninguna preocupación por la leona. La testarudez de Granger, junto con su empeño de demostrar ser más dura de lo que realmente era, haría que esta no protestara aunque estuviera muriéndose de hipotermia.

Sonriendo con ironía tras su bufanda, Draco se preguntó desde cuándo era consciente de aquella faceta de la Gryffindor.

-Aquí hay unos cinco – exclamó Hagrid cuando llegaron a un claro-. Será mejor que los llevemos a un sitio más cercano a mi cabaña, así podré controlarlos mejor.

Sacó una gran cuerda del bolsillo y comenzó a pasarla por el cuello de los caballos alados, aunque Hermione y Draco sólo veían cómo la soga se quedaba suspendida en el aire. Tras terminar, Hagrid cogió el extremo de la cuerda y comenzó a guiar a los thestrals. Hermione se apartó cuando notó que uno de ellos la empujaba a un lado.

De repente, un gran rayo iluminó el cielo, seguido de un trueno ensordecedor que no se hizo esperar. El aire se llenó de un aroma a madera quemada.

Gruñendo, Hagrid ató el asa de los thestrals al primer árbol que vio.

-El rayo ha alcanzado un árbol – dijo, dando grandes pasos hacia el límite del claro -, ¡quedaos aquí!

Draco y Hermione se miraron durante un momento cuando Hagrid desapareció y sus pasos dejaron de escucharse.

-Dudo mucho que ningún fuego arrase en este bosque, con la cantidad de lluvia que cae – dijo Hermione, tratando de alejar aquel silencio opresivo. Tiritaba más de lo que podía aguantar, y le había costado un gran esfuerzo controlar su mandíbula para no tartamudear.

Draco se limitó a apoyarse en uno de los árboles de delimitaba el claro, con cara de profundo aburrimiento. Hermione le miró con desagrado y se alejó unos cuantos metros de él, buscando apoyo en otro árbol. De reojo miraba la cuerda suspendida en el aire, rogándole a Merlín que aquellas criaturas estuvieran tan domesticadas como parecían. Sin más, decidió que era el mejor momento para recolocarse la bufanda y el gorro, que se habían movido durante el trayecto.

El Slytherin observaba los movimientos de la chica, que trataba sin éxito que su bufanda cubriera su nariz, cuya punta estaba enrojecida por el frío. Volvió a quitársela de un tirón para tratar de ponérsela bien desde el principio. Los labios le temblaban y habían adquirido un tono oscuro.

Draco suspiró, recostándose más en el tronco. Se aburría muchísimo, y no veía la hora en la que Hagrid regresara, cogieran a todos esos bichos con alas y él pudiera regresar a su suave y cálida cama. Comenzó a pensar en tácticas de quidditch cuando algo le hizo ponerse rígido y alerta.

Parecería mentira, pero si algo tenía Draco Malfoy era un sexto sentido para detectar peligro. La supervivencia Malfoy, habría dicho su padre. Lo cierto era que casi podía oler que algo malo iba a pasar en el ambiente, algo muy práctico que siempre le había ayudado a huir a tiempo. Los Gryffindor lo llamaban cobardía, cuando cualquier Slytherin sabía que era sentido común.

Los thestrals comenzaron a arañar la tierra con las pezuñas, nerviosos. Draco miró a Hermione, que seguía a lo suyo sin enterarse de una jodida mierda. Cuando escuchó el sonido en el aire de unas pinzas que chascaban, no se lo pensó más.

Y es que no pensó en nada, solo actuó. Días, e incluso semanas más tarde, se arrepentiría profundamente de lo que hizo a continuación. Después de una vida entera de educación estricta, basada en la pureza de la sangre y en su supervivencia por encima de la de otros, Draco se encontró corriendo a toda velocidad hacia Hermione, que apenas tuvo un segundo para mirarle con la sorpresa pintada en la cara.

La derribó al suelo, cayendo sobre ella, y rodaron por el suelo lleno de hojas hasta quedar ocultos bajo un gran arbusto. Draco seguía encima de Hermione cuando le puso una mano sobre su boca, callándola. Hermione se revolvió, pero el Slytherin se llevó el dedo índice a sus propios labios, indicándole a la castaña que dejara de luchar y no dijera ni una palabra. Los ojos de Draco se clavaron en los de ella con una advertencia.

Fue en ese momento cuando Hermione escuchó el sonido de ocho enormes patas que se adentraban en el claro. Oyó el ruido inquieto de los thestrals atados. Una mirada de reojo desde el arbusto le mostró unas patas enormes y peludas a pocos metros. Supo dos cosas: que la criatura era una acromántula, y que era una de gran tamaño.

No se atrevió ni a respirar, y mucho menos a coger su varita del bolsillo, aunque dudaba que el cuerpo de Malfoy se lo hubiera permitido. Fijó sus ojos miel en los de él, y leyó el mismo pánico que la recorría a ella de pies a cabeza.

Estaba segura que aquel monstruo había llegado a la zona atraído por la comida. A aquellas arañas gigantes les encantaban las presas grandes, y un pequeño grupo de thestrals debía ser algo apetitoso. La mente de Hermione se había quedado completamente en blanco. La lluvia caía lentamente sobre ellos.

-¡Hermione! ¡Malfoy! – la fuerte voz de Hagrid se coló entre los árboles-. No ha habido grandes destrozos, por suer…

El guardabosques calló de repente.

-¡Sirgag! ¿Qué haces tan lejos de tu zona?

"Ay madre, se ha puesto a hablar con la araña" pensó una alarmada Hermione. La mente de Malfoy elaboraba una completa lista de palabrotas, a cual más malsonante.

-¡Había dos alumnos aquí! Aragog se enterará de esto, Sirgag.

Sus pinzas chascaron el aire, molesta. Las palabras de Hagrid parecieron tener efecto en la acromántula, ya que esta se fue de allí, moviendo con rapidez sus enormes patas.

Con una última mirada, Draco deslizó su mano fuera de los labios de Hermione, que habían recuperado parte de su tono rosado natural. La Gryffindor no pudo evitar preguntarse estúpidamente cómo alguien podía salir de debajo de un arbusto de forma tan elegante como cuando Draco se deslizó fuera de allí.

-¡Malfoy! ¿Dónde está…? ¡Hermione! – Hagrid corrió a sacar a Hermione del arbusto y a levantarla. Fue todo tan súbito que ésta casi se marea.

-No puedo creerlo… - farfulló nerviosamente Hagrid-, no entiendo qué la ha hecho salir de la zona del nido. Tienen que estar hambrientas.

-Muy sensato criar acromántulas hambrientas en un bosque cerca de un colegio de niños – gruñó con sarcasmo Draco. A pesar de todo lo que detestaba a Malfoy, Hermione no puso más que darle la razón en su mente. Quería mucho a Hagrid, pero su idea de mascota estaba por encima de lo tolerable.

-¿Estáis bien? – preguntó Hagrid, angustiado.

-Sí, eso creo – respondió Hermione, de pronto consciente de lo que había pasado.

-Marchémonos ya de aquí, nos llevaremos a este grupo de thestrals y mañana volveré a por los otros.

Con un último vistazo nervioso al claro, Hermione siguió a Hagrid a través del bosque, mientras se sacudía las hojas del pelo. Ahora entendía el pánico en la voz de Ron cuando Harry y él relataban su experiencia con Aragog.

El camino de vuelta se le hizo el doble de penoso: toda ella estaba mojada. Estaba completamente convencida de que si estrujaba sus calcetines sacaría un litro de agua. A su lado, Malfoy caminaba en completo silencio, con su máscara indiferente en la cara.

Draco era un hervidero de pensamientos autodestructivos. "Has puesto tu vida en peligro por salvar a una sangresucia. Una sangresucia llamada Hermione Granger" si no hubiera temido ser tachado de loco, sin duda se estaría tirando de los pelos en aquel preciso momento. Las miradas que le lanzaba Granger cada rato le hacían pensar que la Gryffindor no lo iba a dejar pasar.

Cuando alcanzaron la cabaña de Hagrid, Draco pensó que nunca se había alegrado tanto de ver aquella ruinosa construcción.

-Id derechos a vuestras Salas Comunes – propuso Hagrid-. ¿Estáis seguros de que estáis bien? Puedo llevaros a la enfermería.

-No te preocupes, Hagrid – dijo Hermione, sonriéndole. Apretó el brazo de su gran amigo y se apresuró tras Malfoy, que por supuesto había puesto rumbo al castillo mucho antes de que Hagrid terminara de hablar.

"Menuda educación tiene" pensó Hermione con rabia. Pero desde luego, la voz traidora que habitaba en su cabeza tenía otra forma de ver las cosas: "te ha salvado de una buena, ¿qué importa ahora la educación?".

Tragando saliva ruidosamente, la Gryffindor se puso a la altura del Slytherin. No había dejado de hacerse una pregunta en todo el camino: "¿Por qué?". Desde luego, la cara de Malfoy dejaba a las claras que no quería ningún tipo de contacto con ella.

Al llegar al vestíbulo, Hermione sintió el reconfortante calor y suspiró de gusto. Sin embargo, al ver a Draco dirigirse directamente hacia las mazmorras, no pudo evitar cogerle de la muñeca para detenerlo.

-Espera.

La mirada que le dirigió a Hermione bastó para que esta apartara la mano de él, como si quemara.

-Solo quería… - la castaña comenzó a mordisquearse los labios, nerviosa. Notó cómo Draco se ponía rígido, y pensó que quizá Malfoy no estaba acostumbrado a que la gente le diera las gracias.

-No lo he hecho por ti, así que puedes ahorrarte tus agradecimientos de mierda – sentenció Draco, disfrutando del cambio en la cara de la muchacha tras sus palabras.

-Sea como sea, gracias – repuso Hermione, cuadrando los hombros. Cuando aquél imbécil parecía dar muestras de algún sentimiento bueno, su boca acudía corriendo para estropearlo todo.

Sin más, subió las escaleras del vestíbulo todo lo rápido que le permitían sus piernas entumecidas. Draco encaminó sus pasos hacia su Sala Común, agradecido de haber podido esquivar las posibles preguntas de Granger.

Y es que, aunque él no lo sabía, ambos compartían la misma pregunta en sus mentes: "¿por qué?".


Antes que nada, quería agradeceros los follows y los reviews (Kitkat Haze, LadyChocolateLover, Pylor43, Guest, TinaWeasley, Lia Phantom, Srylet). ¡Mil gracias, me animáis muchísimo!

Bueno, ¿qué os ha parecido el capítulo? ¿soy la única que siente una profunda envidia de Hermione debajo de Draco? jajaj ;) Quiero vuestras opiniones, sugerencias y lo que se os ocurra! Recordad: un fic con reviews es un fic feliz, y da como resultado una autora muy agradecida.

Espero leeros y nos vemos muuuy pronto. Millones de besos! :)

"Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo" Cicerón.