Capítulo 4: Por una lechuza, el recuerdo

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Toc-toc.

La puerta sonó. Merlina estaba acomodando unos papeles en su oficina. Todavía no se iba a acostar, pero estaba a punto; tenía bastante sueño. Miró hacia la puerta y se quitó un mechón de la cara.

— ¿Sí? — Preguntó, lo suficientemente fuerte como para que la oyeran.

—Merlina, soy Albus, ¿puedes acompañarme un momento a la sala de profesores?

Merlina se acercó a la puerta y la abrió. Miró desconcertada al anciano brujo.

—Está bien —aceptó al fin.

Caminaron en silencio unos pasos —por suerte la sala no quedaba lejos de su despacho — y no se pudo contener.

— ¿Puedo preguntar para qué es?

—Ya lo hiciste —dijo Albus —, y lo sabrás, estamos a tres metros —añadió.

Albus abrió la puerta y la hizo pasar. Merlina miró para todos lados y si no hubiese sido por el fuego que crepitaba en la chimenea, no se habría dado cuenta de que allí había alguien más.

—Por una mala casualidad, el tiempo no me dejó presentarlos —dijo Albus —. Merlina, él es el profesor Snape, quien imparte Pociones, aunque ya debes haberlo visto en la ceremonia.

Sí, en efecto, era Snape. Merlina avanzó con decisión, pero no pudo mirarlo directamente. Sólo pudo fijarse que el semblante del profesor era de furia —no podía ser otra cosa el temblor de su ceja y la torcida mueca de sus labios —, e hizo un leve gesto con la cabeza.

—Y ella, Severus, es Merlina Morgan, como ves, la nueva celadora del castillo que reemplazará a Filch.

Snape alargó la mano para estrecharla con ella. Merlina no podía rechazarlo, así que se la dio, pero ni siquiera se cumplieron los dos segundos cuando se la soltó. Fue algo extraño, en verdad producía corriente, ¿o ella se lo estaba imaginando?

—Bien, era eso —dijo el director dando un solo aplauso —, encontré indicado el hecho de ser presentados, es mi deber como director que los de mi personal se conozcan.

Merlina asintió sin decir nada y miró fugazmente a Snape y otra vez sus ojos se toparon. Dirigió la vista inmediatamente al suelo.

—Eh... —vaciló —, si eso es todo, buenas noches a los dos.

—Buenas noches —contestaron a coro, con la diferencia de que Albus lo hizo de buenas maneras. Al parecer Snape no tenía ganas de conocerla. O, tal vez, ya la conocía…

Merlina salió inmediatamente de la sala, cuestionándose nuevamente su terrible actitud de mocosa miedosa.

Apenas ella cerró la puerta, Snape dijo al director en un susurro:

— Es bastante inútil, se le nota en la cara. Y si no se acuerda de eso, ¿por qué está tan rara?

—Eso no te lo puedo explicar yo. Y hazme el favor de no tratar mal a los recién llegados, menos a sus espaldas. Buenas noches, Severus — dijo con severidad y también se retiró.

Podría haber dicho algo más, como "Un gusto en conocerlo" o "Espero que nos llevemos bien", ¡o cualquier cosa! Pero no había podido, algo se lo impidió. Le intimidaba. No habían pasado más de tres horas y ya sabía que Severus Snape le intimidaba. Tenía cara de ser cruel y misterioso a la vez. Además, esa expresión de antipatía en su cara... En su mente quería aparecer una imagen, pero no se lograba formar.

No lo pensó más, se puso el pijama y se acostó.

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Dormir en una cama con dosel, con un colchón caliente gracias a la magia propia de los elfos domésticos, era lo más cómodo que podía existir en una noche de tormenta como esa y, con mayor razón, el día de llegada a Hogwarts. Habría sido aventurero que hubiese estado toda la noche custodiando los pasillos, pero sinceramente lo agradecía, y había resultado todo un éxito tener horas de sueño, porque cuando se levantó media hora antes de las cinco de la mañana, se sintió despejada y con nuevas energías, y sobre todo, se había olvidado por completo de lo ocurrido hacía horas atrás.

Se dio una ducha corta para terminar de revitalizarse, se vistió muy abrigada, y salió en busca de la aventura, aunque el pasillo estaba completamente vacío.

—Si me encuentro con Peeves, me corto un brazo —susurró para sí mientras se frotaba las manos, caminando por el pasillo oscuro. Luego del vano intento de entibiarse las manos, sacó su varita del bolsillo —. Lumos —murmuró y una luz se prendió en la punta de la varita.

Bostezó un par de veces, pero no tenía sueño. Sus ojos estaban más abiertos que nunca, preparada para algo inusual, pero de todas formas, ¿qué podía ocurrir de inusual en el castillo? A parte de lo común: ver fantasmas, ratones, armaduras moviéndose…

Bueno, debía verle el lado positivo: podía probar los pasadizos secretos sin ser molestada. Y eso hizo. Pasó cerca de diez veces por distintos tapices, otras cinco por los cuadros y otras dos por puertas secretas que estaban en las paredes y no se notaban. Un par de veces se confundió y dio con pomos de puertas falsos, que no se abrían.

Le salía vaho por la boca y se entumía cuando pasaba por las ventanas que no tenían vidrio, aunque eran pequeñas, pero eso no quitaba el frío que penetraba de manera amenazante.

Tal vez podría comprarse un gato, como lo hizo Filch para que le ayudara en la vigilancia, pero no podía: le tenía alergia a los pelos de felinos. De todas maneras, daba igual, ella tenía poderes, así que no necesitaría ayuda. Filch era un squib.

Distraída fue haciendo dibujos en el techo con la luz de la varita, o al menos se los imaginaba, como se hacía con las linternas muggles. Escribió su nombre varias veces y solo se detuvo cuando chocó con un tapiz. Lo levantó y entró al hueco del interior, donde había una escalera.

—Veamos adónde lleva esto... —farfulló y comenzó a bajar. Era en zigzag, pero no fueron más de dos pisos los que bajó. Se encontró con una puerta y salió por allí a otro pasillo.

Si arriba hacía bastante frío, allí estaba peor y el aire era ahogante. Estaba en las mazmorras. Nunca le había gustado caminar por allí porque era demasiado húmedo y oscuro. Solo unas ventanillas al estilo cárcel refrescaban un poco el ambiente. Fue con la varita al frente, alumbrando su camino. Había varias armaduras, pero era carente de cuadros. Y solo se topó con tres puertas: una conducía a un armario de escobas y cosas de limpieza, la siguiente decía "Aula de Pociones". La tercera, al lado de la del Aula, tenía una placa de metal clavada y tenía la inscripción de "Profesor Severus Snape". Merlina entró en pánico. Acababa de recordar lo ocurrido en la sala de profesores.

—Oh, Dios mío —susurró, temiendo que la puerta se abriera en cualquier momento y saliera Snape, con sus ojos negros bien abiertos, listo para matarla con la mirada como un basilisco —, Dios mío —repitió y se echó a correr sin pensarlo más.

Se le olvidó por completo devolverse por el mismo lugar que había llegado, pero prefería subir por las escaleras normales. Corrió como alma que lleva al diablo, jurando que atrás iba Snape con paso militar, casi robótico.

—Oohhh —gritó ahogada. Casi no se percibió su alarido.

— ¿Huyendo, eh, eh, eh? —se burló una voz aguda y maligna.

— ¡Peeves! —susurró sin aliento. El poltergeist del demonio había aparecido del yelmo de una armadura cuando ella doblaba la esquina, quedando cara a cara.

—Parece que la pequeña gusana estaba escapando de algo, ¿de qué será? ¿De quién será?

—De nada, yo, yo... yo no huyo de nada.

Hacía una hora atrás había dicho que si se encontraba con Peeves, se iba a cortar un brazo. Bueno, a veces las personas se tenían que tragar sus propias palabras, porque en realidad agradecía montones que fue él a Snape.

—No hagas eso nunca más, nunca más —jadeó Merlina.

— ¿Y puedo hacer esto?

Merlina iba a preguntar qué cosa, pero no alcanzó. Peeves le aplastó una bomba de agua en la cabeza y quedó chorreando, y luego le apretó la nariz con un par de dedos.

— Te odio —susurró, sobándose la nariz. El poltergeist se echó a reír estrepitosamente y ella corrió otra vez para no ser partícipe de sus desórdenes.

Llegó a un lugar seguro, en el primer piso, ya dando el alba. Con la varita se secó el cabello y la ropa, y quedó como nueva, pero todavía el corazón le latía a mil por hora.

Se fue a registrar los pisos superiores mucho más calmada. El hecho de que estuviera saliendo el sol le hizo sentir mejor.

—Qué tonta he sido — pensó de pronto, en voz alta, frunciendo el entrecejo y apagando la luz de la varita —, me he comportado como una niña miedosa...

Y era cierto. Cuando dieron las siete, se sentó en un banco del quinto piso y miró por la ventana. El sol ya estaba en lo alto, pero se notaba a ciencia cierta que era un día terriblemente gélido.

¿Por qué había huido de esa manera? Por poco le da un infarto. Realmente parecía una gata miedosa. ¡Huir por temerle a un profesor! Dumbledore jamás pondría a alguien peligroso en el cargo de profesor. Había arrancado también, en parte, por la oscuridad. Por favor, tenía veinticinco años... Tendría que superar eso de alguna manera. Quizás no estuviera a muchas horas de hacerlo.

A las siete y media subió a la lechucería. Debía cambiarles la comida y el agua a las aves. Eso era lo que le había ordenado Dumbledore. En el trayecto se topó con la profesora Sinistra, quien ya estaba en pie cargando unos telescopios que llevaba para repararlos.

Llegó a una iluminada torre, donde cientos de lechuzas descansaban en sus perchas, tranquilamente acurrucadas bajo el ala. Algunas la miraron con atención. Había un olor fuerte a animal, pero no era del todo malo, y el suelo estaba repleto de esqueletos de ratón.

Había unos guantes sobre una repisa, pero ella no los necesitaba. Todo podría hacerlo con la varita.

— ¡Fregotego! —exclamó e hizo desaparecer gran parte de los excrementos de lechuza y los huesos. Lo intentó dos veces más, y dejó el suelo limpio. Después se dispuso a cambiar el agua de las fuentes que estaban pegadas a la pared, limpiar las de comida y volver a llenarlos con más chucherías lechuciles.

Listo, eso era todo.

Se dio media vuelta para salir, pero un gorjeo acongojado y un golpe seco contra la pared, la detuvo.

Miró hacia atrás y no vio nada.

Se acercó a la ventana y miró hacia todos lados, intentando pasar por alto la terrible distancia que había hasta los jardines de Hogwarts.

— ¡Por las barbas de Merlín! —exclamó, viendo a una desplumada y enferma lechuza que había chocado contra la torre, quedando encima de la piedra sobresaliente que parecía un anillo que rodeaba a la torre, a la altura de la cabeza de Merlina. Estaba bastante a la vuelta, pero alcanzaba a verla.

La pobrecita se movía apenas. La carta se le había caído del pico, pero estaba a su lado. El viento soplaba fuerte en la cara de Merlina, haciéndole perder un poco la visión porque le ardían los ojos, pero debía salvar al animalejo, no podría dejarlo ahí. Amaba a las lechuzas como a todos los animales.

— ¡Yo te sacaré! —Gritó torpemente y alargó la varita — ¡Accio, lechuza!

El animal batió levemente las alas, pero no se movió ni un centímetro hacia ella.

— ¡Diablos! —exclamó y agitó la varita con fuerza, pero fue un grave error. Ésta chocó con la pared y se le soltó de la mano, cayendo metros y metros hasta que quedó en los terrenos, en algún lugar del pasto.

Merlina bufó.

— ¡Lo que me faltaba! No me importa —dijo, obstinada —, la sacaré de todas formas.

Entonces utilizó el último recurso: se sentó en el marco de la ventana, afirmó los pies en una piedra saliente, se afirmó del anillo de piedra y empezó a avanzar lentamente, pero de forma segura. Corría un poquito los pies y un poquito las manos, usando todas sus fuerzas.

—Bien, ya llegué —suspiró y alargó una mano para agarrar a la lechuza. La dejó cerca de la ventana y lo mismo hizo con la carta. Retrocedió. Luego le puso la carta en el pico, la tomó y la soltó adentro, rogando porque cayera en el montón de paja que había, acumulada —. Ahora entro yo... ¡AAAH!

La piedra salida se desprendió y quedó colgando, con las manos en el alfeizar sintiendo un horrible dolor en los dedos por el repentino esfuerzo.

—Ay, no, ay no —los ojos se le llenaron instantáneamente de lágrimas, aunque más que de miedo, era por el viento helado — ¡AUXILIOOOOOOOO! —Gritó con todas sus fuerzas — ¡Por favor, que alguien me ayude!

Era una sensación terrible. Ella era bastante delgada, pero jamás en su vida había hecho ejercicios, ni siquiera levantado una pesa, así que en los brazos tenía muy poca fuerza. Además, la piedra le dañaba las manos, raspándoselas. La cabeza la bombeaba por el miedo y las piernas las sentía cada vez más pesadas. Miró hacia abajo y vio que estaba a metros y metros del suelo. El estómago se le revolvió.

— ¡Estoy aquí, por favor sáquenme de aquí! —Por poco ya se quedaba ronca de tanto gritar — ¡AYÚDENMEEEEEEEEE! ¡Estoy a punto de caer, lo ruego, lo suplico, por favor! ¡AUXILIOOOOOO! ¡Por Merlín!—aulló desesperada. Por suerte estaba con pantalones (rara vez utilizaba falda), pero la túnica era pesada y se le enganchaba en algunas piedrillas ásperas, sumando el viento, que soplaba con violencia.

Los ojos ya se le habían secado de lágrimas, así que no podía llorar. Las manos le resbalaron un poco. Estaba a punto de caer. Las piernas eran de plomo, las manos, de pluma.

—Quizá... —susurró, sintiéndose muy débil. Sólo habían transcurrido segundos, pero era la hora de la rendición —morir no sea tan terrible —cerró los ojos.

Se soltó. Pero no cayó. Alguien la había aferrado de las muñecas y la empezó a tirar. Apretó más los ojos, sintiendo que su estómago se aflojaba, e intentó subir por la muralla, rogando que no la soltaran. Finalmente cuando estuvo en el alfeizar, miró las manos de su salvador. Eran del color de la vela. Supo al instante quien había sido.

Terminó de pasar hacia dentro y se paró, con las piernas temblando y el corazón acelerado. No sabía cómo iba a agradecerle…

—Tan tonta como siempre —dijo Snape con un odio de los mil demonios, chasqueando la lengua, interrumpiendo sus pensamientos nobles.

Merlina miró inmediatamente a sus ojos, pero esta vez no sintió nada. Se quedó de piedra. ¿Por qué la trataba así luego de haberla rescatado?

— ¿Perdón...?

—Tan tonta como siempre —reiteró Snape con la barbilla temblando —. No te he visto en años y ya sé que no has cambiado para nada. Creo que todavía no encuentras el tornillo que te falta, ¿no, Morgan?

—Disculpa, pero...

— ¡Si recuerdo perfectamente —la interrumpió, acercándose un poco, quedando a un metro — la vez que te subiste al techo de la casa de dos pisos en Hogsmeade! ¡Y todo por sacar un perro que había sido lanzado de la casa de enfrente! Me bastó para que hicieras eso para saber que eras una estúpida mocosa.

—Usted... usted... —miles de pensamientos se agolpaban en la cabeza de Merlina provocándole un leve dolor.

— ¡Te tuve que regañar de una manera muy antipática y poco pedagógica, y aún así insististe a ciegas que lo habías hecho por el perro! ¡Pero yo siempre creí que lo habías hecho para hacerte la valiente y llamar la atención! Aunque ahora, veo que estaba equivocado: eres tonta con ganas. ¡Arriesgándose por una lechuza moribunda! Jamás lo hubiera creído.

— ¡No tienes que porqué tratarme así, Snape! —Estalló Merlina, perdiendo todo el miedo que había tenido en la madrugada, dejando de lado todo el sentimiento de intimidación que Severus le había provocado, al menos por esos momentos. Lo miraba directamente a los ojos. Quién de los dos lanzaba más chispas — ¡No sé para qué me salvaste! —Gritó, colocándose roja.

— ¿Crees que lo hubiera hecho, Morgan, por cuenta propia? Dumbledore me habría culpado a mí de tu muerte si no hubiese hecho lo que acabo de hacer —hizo una pausa y ella no supo qué contestar —. ¡Esa vez también tuve que sacarte del techo, por el simple hecho de que eras una estudiante, así que tampoco fue un acto propio de heroísmo! —continuó la discusión. Su voz era atronadora — Dime, ¿dejarás de hacer estupideces? Porque dudo que dures mucho en el colegio si andas haciendo ese tipo de cosas... Aunque como conserje, no creo que sea gran cosa tu pérdida. Pones en vergüenza a todo el colegio, aunque, por suerte, nadie vio esto.

Merlina se quedó helada, y de rojo pasó a morado. No sabía qué decir ante tanta maldad súbita.

— ¿Y dónde demonios está tu varita? ¡Pensé que ya nos habíamos librado de los squibs!

—Se... se me cayó al...

Severus ya se había asomado a la ventana. No pasaron más de cinco segundos, cuando le puso la varita en la mano a Merlina, de mala gana.

— Ahí está tu varita. Y madura de una vez.

Se dio media vuelta y salió por la puerta, con su capa negra ondeando tras él, con el mismo "frufrú" de casi once años atrás. La boca de Merlina se abrió sin pronunciar sonido alguno.

Así que Severus Snape había sido quien le había dado el regaño del año en cuarto curso, quien la había llevado al despacho del director. Con razón se le hacía conocido y le amilanaba. Sin embargo, ya no sentía eso, para nada. La sangre le hervía de furia. La había tratado como una basura, le había dicho hasta que valía poco como para que alguien se diera cuenta de que había muerto. ¿Por qué había hecho eso? Ojalá el accidente de su familia no le hubiese bloqueado el recuerdo, sino habría estado preparada desde un principio para enfrentar sus pesadeces.

—Me las va a pagar... —balbuceó entre dientes con todos los músculos tensos. Había pasado gran parte de su vida haciendo la vista gorda ante las personas que le trataban mal. Eso ahora se había terminado. Debía tomar cartas en el asunto. Una llama de odio se había encendido en ella.

Sacudió su cabeza y miró hacia el montón de paja. La lechuza seguía allí. La tomó, se guardó la carta en el bolsillo y le dio de beber agua y un poco de comida. Era una lechuza gris, bastante senil y no tenía la placa del colegio, así que seguramente debía ser de algún estudiante o profesor, al menos que hubiese tomado el rumbo equivocado. Cuando estuvo más animada, bajó con ella en los brazos para buscar a su dueño. Eran más de las ocho, así que debían estar desayunando.

Entró al Gran Comedor y evitó mirar hacia la mesa de profesores porque sabía que Snape estaba ahí.

Se acercó a la mesa de Slytherin.

— ¿Alguien reconoce a esta lechuza? —preguntó varias veces, avanzando por la mesa.

El único que contestó fue un muchacho rubio, pálido y de ojos grises.

—No —dijo mirándola con asco.

Merlina se encogió de hombros. Se fue a la siguiente, la de Gryffindor.

— ¿Esta lechuza es de alguno de ustedes? —indagó y avanzó unos cuantos pasos, haciendo la pregunta.

— ¡Eh! Creo que es mía; bueno, de mi familia —dijo alguien.

Merlina miró a la persona que había hablado. Era un muchacho pelirrojo, pecoso y de nariz larga y respingada y estaba al lado opuesto de la mesa.

—Toma —Merlina se la alargó, y luego le depositó el sobre en la mano.

El chico la examinó con detenimiento. Merlina, mientras tanto, miraba al chico que estaba a su lado. Era el que había llegado a deshoras y no tenía sangre en la cara.

—Sí, es mía, es Errol —dijo, finalmente —. Gracias —agregó — ¿pero porqué la encontró usted?

—Uff, no es que la haya encontrado, chocó contra la torre de las lechuzas. Fue una odisea para rescatarla.

— ¿Rescatarla? —Dijo la chiquilla que estaba donde ella se había detenido.

—Sí... —susurró —, es una larga historia.

—Cuéntenos —dijo el chico de lentes.

—Bueno... —Sintió que unos ojos estaban clavados en su nuca —háganme sitio —le dijo a la chica de cabello castaño.

— ¿No le dirán nada? —preguntó una pelirroja, que estaba al lado de la muchacha de cabello castaño.

—Que a Dumbledore se le ocurra y ya verá —dijo entre dientes; todavía estaba enojada. Se sentó entre la castaña y la pelirroja.

— ¿Qué ocurrió?

—Bueno, creo que no nos hemos presentado —dijo Merlina, en tono bajo —, ya saben, soy Merlina Morgan.

—Sí, yo soy Ron Weasley —dijo el muchacho de la lechuza.

—Yo soy Hermione Granger —dijo la de pelo enmarañado castaño.

—Ginny Weasley.

—Vaya, son hermanos —dijo Merlina, encantada, sintiéndose un poco más liviana por poder hablar con gente de buenas maneras.

—Yo soy Harry Potter —dijo Harry, temeroso.

Merlina lo miró.

— ¿Tú eres Potter? —Lo miró unos segundos con una sonrisa, y luego se dirigió a los demás — Gusto en conocerlos.

— Y entonces, ¿qué pasó? —preguntó Hermione.

— ¿Conocen a Snape?

Harry soltó un bufido, y los otros tres se miraron entre sí.

— ¿Sí? Bien, él es parte del final de la historia.

Les narró de manera concisa lo ocurrido, olvidándose del cargo de conserje y que debería estar en la mesa alta, tomando algunas cosas para comer de la mesa. Les contó cómo resbaló de la piedra en la torre y como casi muere. Los chicos terminaron todos con las cejas arqueadas cuando contó el desenlace, pero no porque encontraran tonto lo que hizo, en realidad, esa no era la parte a la que le habían puesto mucha atención. Les había interesado más la parte en la que aparecía el profesor de Pociones. Pero por supuesto, en ningún momento confesó que le había temido porque sus ojos le causaban susto. Eso era suyo, personal, y la verdad es que le daba una vergüenza terrible cuando lo pensaba.

—Es un desgraciado —dijo Merlina, sin temor—, un maldito déspota.

—Al menos no soy el único —dijo Harry. Merlina lo miró, perpleja.

— ¿Qué, también te trata mal?

— Oh, decir mal es poco. Me odia por mi padre.

—No sé, Harry, pero creo que tiene un problema de personalidad... —dijo Merlina, pensativa. ¿Por qué era tan idiota ese tal Severus Snape? —. En fin, sea lo que sea, voy a buscar la manera de vengarme. Suelo ser muy simpática y trato de ser amable en lo que puedo... Pero no voy a permitir que un desconocido prácticamente, me trate como se le dé la gana.

—Está mirando para acá —dijo Ginny, quien se había echado un poco para atrás para mirar a la mesa de profesores —. Precisamente a usted.

— ¿Sí? Pues se le gastarán los ojos —dijo, enojada —. Bueno. Me voy a mi mesa. Iré a comer algo más y luego iré a echar un sueñecito.

Se puso en pie y agregó:

— Y, por favor, trátenme de Merlina... que no soy tan vieja como para que me digan "usted".

Y con dignidad, sin mirar ni un segundo hacia el lado de Snape, caminó hacia la mesa de profesores y se sentó al lado de Sprout.

—Buenos días, Merlina.

—Hola, profesora —dijo dedicándole una sonrisa. Luego miró su plato, y no pudo evitar ponerse seria. Todavía el corazón le latía con dolor en el pecho, y la sangre la tenía caliente. A no más de tres metros hacia el lado derecho estaba Snape, seguramente con su expresión de triunfo por haberle hecho sentir tan mal. Y ella no le diría a Dumbledore, no iba a caer en la tentación de hacerse la debilucha y acusarlo a la primera, porque eso podría ser peor. Además, por lo poco que conocía a Dumbledore, diría que eso deberían arreglarlo ellos mismos, que ellos debían descubrir el punto de quiebre e intentar repararlo. Y de seguro no le importaría. Dumbledore estaba en sus asuntos. No. Definitivamente tenía que hacer algo, no sabía qué, no sabía cómo, ni dónde, ni cuándo, pero al menos estaba segura de algo: ella era conserje. Era ella la que tenía todas las llaves y las contraseñas de todos los pasillos: era privilegiada. Le sería lo suficientemente fácil entrar al despacho de Snape, y si seguía aparentando ser idiota e inocente, probablemente Snape jamás sospecharía de su intención.

Mientras tanto, en la mesa de Gryffindor, Ron decía.

— ¿Te imaginas? La celadora está en contra de Snape, y no parece ser una idiota como Filch. Y quiere vengarse. ¿Te suena a algo Harry?

—Sí, a que no debemos dejar pasar esta oportunidad. Podríamos ayudarla, si lo necesita.

Ginny asintió con fervor. Hermione parecía acongojada. Odiaba saltarse las reglas.