Por Claudia Medina

TAL VEZ ES AMOR

CAPITULO IV

La ceremonia matrimonial se llevó a cabo en la iglesia del pueblo en la última misa del domingo. Albert partió primero para asegurarse que el padre Simon hubiera invitado a todo el pueblo, quería que hubiera muchos testigos de la unión así como en la recepción.

Candy buscó entre los vestidos de Ann uno que fuera blanco, para su suerte lo encontró y Dorothy le pidió a su tía que le confeccionara un velo, las chicas del servicio le regalaron un ramo de flores y Albert le dio la tiara que usara Rose Mary en su boda que por casualidad estaba en una caja de seguridad en la biblioteca. Jamás pensó que su boda sería así tan de repente. Subió al carruaje con Dorothy y el conductor como única compañía pidiendo al cielo la bendición de sus 4 padres.

La impresión de verse mutuamente en la iglesia fue para siempre un impacto en su vida. Albert vio a aquella mujer vestida de blanco con hálito etéreo como si fuera un ángel, vivía todo aquello como si no fuera su propia vida sino un capitulo de alguna historia de Jane Austen esas, de las que su hermana Rose Marie gustaba leer bajo los árboles en los días de primavera.

Una presión en el pecho le indicaba que se debatía una guerra entre el bien y el mal en su conciencia, aunada a la incertidumbre de un futuro con esa chica salida de la nada ¿porqué había un lugar en su corazón que le decía que estaba en lo correcto? ¿O tal vez, no precisamente era su corazón, sería otro órgano localizado en el sur de su cuerpo? ¡Por favor se veía tan hermosa! No podía creer su suerte, por un instante se creyó la historia del novio enamorado, esa que había hecho creer a medio mundo; como dicen, las mentiras terminan por creerse. Por fin ella llegó al término del pasillo que le pareció una eternidad, le extendió la mano y ella lo vio a los ojos, vio en su mirada un dejo de duda, entonces, él volvió a reiterarle su mano invitándola a que la tomara y soltó una sonrisa de complicidad, dándole a entender que todo estaría bien. Candy recibió el mensaje y confiándole no solo su mano para ayudarla a subir al altar, sino su propia vida, se apoyó en él y subió el último escalón frente al padre Simon.

La imagen de Albert frente al altar hizo soltar a Candy desde el fondo de su corazón una sonrisa de franca ternura. El estaba ahí solo, su celeste mirada fue expresiva de más, viéndola al principio con asombro, después, con expectación. Era una mezcla inexplicable de gallardía y fragilidad, parecía un niño de 6 años en su primer día de escuela, con su cabello obligado a estar hacia atrás dejando su cara despejada, luciendo su blanca piel libre de barba y bigote para que su cómplice sonrisa ligeramente ladeada a la izquierda reinara en su oficialmente "rostro de príncipe charming" . Por alguna razón sintió una descarga eléctrica recorriendo su cuerpo al sentir el tibio contacto con su mano o, tal vez fue su mirada, o su olor a maderas, o la unión de todo eso, pero ese temblorcillo siguió toda la ceremonia.

La fiesta fue algo muy parecido a las noches de bailes de la parroquia en Lakewood para ayudar al Hogar de Pony, los violines cantaban alegres, el acordeón y las palmas se armonizaban, las mujeres y los hombres hacían ruedas y se intercambiaban las parejas con alegría. La sencillez de ambos al convivir con el pueblo entero fue bien visto por todos, de Albert, como lo conocían en lugar de llamarlo Sir Andley, no les sorprendía ya que había prácticamente crecido ahí y no les era extraño su forma de ser, pero de su esposa, la ahora lady Andley, era una mujer que muy lejos de ser orgullosa y presuntuosa sonreía y trataba a todos por igual. Además alababan sin tapujos su belleza.

-Pase, Miss Bitter- dijo Albert al abrir la puerta de su recamara, la música aún se escuchaba a las orillas del lago, algunos invitados aún tomaban a su salud, pero a petición de todos se despidieron para ir a su habitación nupcial. Candy entró y observó el espacioso lugar, las cortinas de terciopelo vino, la enorme cama con piecera y capitel de terciopelo y flecos vino en el techo y rodeada de tul tan blanco que casi todavía olía a lejía era digna de un rey.- Tome asiento- dijo al señalar un sillón doble de madera- ¿Gusta que prenda la chimenea?

-Esta bien si gusta- contestó Candy al sentarse casi en la orilla del sillón del mismo color vino. Albert se despojó de su saco negro, se desabrochó la gruesa corbata azul al igual que la camisa y el chaleco además de arremangarse la camisa. Se agachó para acomodar los leños y prender el fuego, Candy lo observaba detenidamente mientras se dio cuenta que nopodía respirar bien, Dorothy amarró con fuerza el corsé.

-¿Quiere un trago?- dijo Albert al servirse un whisky- ay que brindar

-Bueno, aunque ya estoy un poco mareada- contestó con una sonrisa tímida. EL se sentó junto a ella y le entregó el vaso

-Por mi padre y mi tía Elroy que me obligaron a emprender esta aventura, por usted Miss Bitter y su gran corazón, por nosotros- añadió al acercarse más y dirigir su mirada furtiva al escote de su esposa, con fuerza chocó el vaso con el de ella lo que hizo que el liquido se le derramara en el pecho.

-Ay- gritó Candy.

-Perdón, perdón- Albert decía al mismo tiempo que su pañuelo trató de limpiarla. Ella se hizo para atrás- Ese truco ya me lo sé Mr. Andley- contestó con enojo, alguna vez Terry en el inicio de su noviazgo lo hizo pero con una taza de café en un momento que tuvieron solos.- habíamos quedado que…

-Perdón, de verdad soy inocente, reconozco que me distraje… pero solo eso- tomó lo que había quedado en el vaso y se sirvió de nuevo

-Pare, creo que no es buena idea que no esté en sus cinco sentidos

En realidad si se quedaba totalmente consciente, tal vez no tendría el valor de no tocarla, apresuró su trago- tranquila soy un hombre de palabra, siéntese, tiene que aprender a confiar en mí, ¿de acuerdo?

Candy empezó a sentir que su respiración cada vez era más difícil.-De acuerdo, disculpe ella misma se sirvió un poco de vino y se sentó junto a él, -salud, porque todo salga bien…quiero pedirle un favor.

-Diga

-cuando todo termine, me refiero a todo lo legal y que su tía entienda razones…quisiera pedirle mi libertad para irme a seguir mi camino…le prometo que como esposa haré todo lo que está a mi alcance para que todo esté bien, no soy la mejor ama de casa, ni cocinera pero haré…

-Hagamos esto fácil… primero seamos buenos amigos- dijo al pararse y tomar varios cojines y ponerlos cerca de la piesera frente a la chimenea para recargarse.

-Si- dijo de nuevo con dificultad.

-Ay mis pies, tenía mucho de no bailar así- dijo al alargarse a toda su medida.

-¿Me permite?- dijo al sentarse en el suelo y después de la aprobación de él le quitó los zapatos y le dio un masaje- esto hacía mi mamá cuando yo llegaba supuestamente de la escuela y me veía rendida

-Tiene una manos mágicas, gracias.

-No hay cuidado- dijo de nuevo con dificultad al tocarse el tórax.

-¿Le pasa algo?

-No, solo algo nerviosa, cansada, no sé, no pedo respirar bien, creo que llamaré a Dorothy para que me traiga mi ropa para dormir que me ayude a…

-¿cambiarse? Imposible… se supone que el único que puede hace eso soy yo… costumbre del pueblo…cuando los recién casados entran a la alcoba nupcial...nadie debe interrumpirlos…

-No se preocupe, creo que puedo sola

-¿segura? Tome mi camisa para que se cubra-Candy lo vio sin decir palabra por unos instantes y reaccionó y volteó la cara-creo que por su trabajo ya había visto hombres desnudos

-claro pero de manera profesional-dijo al tomar la camisa, al agacharse se mareo y cayó al piso.

William la cargó y la acostó en la cama, abrió el vestido por la espalda y tomó una navaja que tenía en el buró, al ver descubierta su espalda la frotó justo como ella lo hizo con sus pies, no daba crédito como su mano se deslizaba tan fácil por su piel, como si estuviera frotando la piel de un durazno, cálido y extremadamente suave.

Cuando Candy despertó solo tenía puesta la camisa de Albert.

-Mejor

-cuanto tiempo

-solo diez minutos, no se porque las mujeres hacen eso con su cuerpo, de todas formas son bellas..aqui tiene a su verdugo, - fijo al mostrarle el corset con las cintas cortadas, su vestido estaba junto a ella. Trató de incorporarse pero él la detuvo- quédese ahí yo dormiré en los cojines hasta que el acceso de su cuarto al mío este terminado.

-No es su cama…yo estoy acostumbrada a dormir incomoda o hasta no dormir…

- Yo he dormido en una estación de tren

-Yo con cuatro niños que mojaban la cama.

-Yo, en la popa de un barco

- Yo…hasta en un establo- abrió los ojos verdes

- Yo dormí en el desierto y en la selva en el piso.

-Yo…. Yo… en una camilla..

-Gané selva más que camilla de hospital- dijo con una sonrisa mientras corrió a los cojines, Candy se levantó y brincó la piesera para llegar antes.

-Bien compartamos- ambos se recargaron en la cama y vieron por unos minutos el fuego frente a ellos

-Así

-Yo- dijeron al mismo tiempo.

-No usted primero- dijo Albert

-No diga

-Asi que se quiere deshacer de mi…¿de verdad quiere irse al convento?

-La verdad, no se…

El tomó su mano y la besó- Yo la voy a apoyar...para eso son los amigos.

Pasaron los minutos como agua, la noche fue corta hablaron de su infancia de sus recuerdos, de momentos graciosos, de la escuela… de la tía Elroy…

Dentro del sueño profundo William logró sentir un par de pies fríos sobre sus pantorrillas, unos cabellitos bailaban en sus nariz y eso fue lo que por fin lo despertó, abrió los ojos y una melena rubia estaba justo bajo su barbilla, con la mano quiso quitarse los cabellitos de su cara y se dio cuenta que la estaba abrazando, ella estaba de espaldas, completamente acurrucada en él, se asombró, pero de inmediato volvió a su posición inicial y la acercó a su pecho para disfrutar de su olor a rosas y de la tibieza de su cuerpo, cuantas veces había amanecido así no solo con una sino varias mujeres a su alrededor, pero ella ¿Qué tenía de especial que por un segundo lo hizo sentirse en el cielo? Cerró los ojos y se perdió en esa sensación. Pero, se incorporó de pronto dejando caer la cabeza de Candy en un pedazo de suelo.

-Miss Bitter, Miss Bitter! Despierte, vamos a la cama..

-Flammy, ya voy a pediatría…solo dame 5 minutos- dijo entre dientes.

-Miss Bitter, Ay…- se levantó y la levantó en vilo la dejó en la cama y con la misma navaja que corto el corsé se abrió de nuevo la herida, la movió y manchó la sabana- Miss Bitter, despierte…es importante
-¿Cómo se volvió a herir?- gritó Candy al abrir los ojos

-Shhhhhh…-le tapó la boca- no diga nada, tome un poco de sangre y pónganse en las piernas, cerca de … bueno..usted sabe…

-¿Para qué?- preguntó con asombro

-No tardan en llegar, y su honor y mi virilidad están en juego si no lo hace…haga caso- dijo en voz baja mientras se acomodaba junto a ella en la cama, abrazándola como estaban y tapándola con la colcha- finja que está dormida…

-¿dormida? Ya no puedo

-ay que hacerlo parecer real…cualquier mujer que está conmigo cae dormida- contestó con naturalidad, como si fuera una regla universal.

-¿Tan aburrido es?- dijo con inocencia en voz baja y abriendo los ojos.

-¡No!.. es de cansancio-aclaró-…Acaba de tirar mi orgullo viril por los suelos- dijo sonriendo

Candy se quedó pensando entre sus brazos-¿cansancio? ¿Porque? Cuando de pronto la puerta se abrió estrepitosamente un grupo de personas entraron al cuarto aplaudiendo para despertarlos.

Las mujeres se acercaron a Candy y la levantaron, los hombres hicieron lo mismo con Albert, quitaron la cocha y buscaron la prueba de la virtud de Candy así como el buen desempeño marital de Albert que con eso se garantizaba que fue un buen matrimonio. Sacaron la sábana al balcón para enseñarlo al resto que estaba abajo esperando para a aplaudir y felicitar a los recién casados.

Pasaron dos semanas que se vieron inmersos en una historia que ambos estaban escribiendo, cuando Albert se despertaba en los cojines en la mañana estaba cubierto por una manta que él no se había puesto. Veía la cama perfectamente hecha; Candy ya no estaba ahí, bajaba a la cocina y todo olía riquísimo sobretodo el café y los panes recién hechos, jugo y huevos en todas las categorías según el día. Dorothy estaba feliz de que por fin hubiera alguien que dirigiera todo lo de la casa. Además la restauración de la capilla había sido iniciada a petición de la nueva lady Andley. William salía a sus actividades diarias no sin antes despedirse de Candy con un pequeño beso en la mejilla. Por la tarde después de comer salían a caminar al pueblo y visitaban la hostería donde tomaban el té y cada quien pedía su pastel favorito obvio sin dejar de probar el del otro, Candy pedía el de chocolate y Albert el de limón, saludaban a la gente y platicaban de todo, hasta el doctor del pueblo invitó a Candy a ayudarle al menos un día por semana, pero su día preferido fue el miércoles que lo dedicaban a hacer un picnic en la colina preferida de William, bajo su árbol protector desde que era un niño.

No podía imaginar tanta paz en su vida, confort, al anochecer, se sentaban frente a la chimenea del living y después de alguna idea de Candy para pasar el tiempo, El, en su sillón favorito con su whisky al lado, ella a sus pies pedía un lavamanos y le lavaba los pies, los secaba y les untaba una pomada con hierbabuena que ella misma había aprendido a hacer en la escuela, mientras los masajeaba, al tiempo en que le pedía que le contara una de sus innumerables historias de sus viajes por el mundo. Era el momento más erotico que podía tener, sentir sus manos acariciando sus pies, dándole alivio y ver su esmeralda mirada llena de asombro al oír todas las cosas y costumbres de otros lugares y como reía de sus comentarios graciosos, a los cuales ella aunaba los que había vivido en su vida.

-No digo que no me guste, pero ¿porque hace eso miss bitter?

-¿qué?

-Esto lo del masaje.

-¿le incomoda?

-claro que no...solo ... es curiosidad...mis pies...bueno después de un día de trabajo no huelen a rosas…

-claro que no, por eso la emulsión de hierbas… es algo que hacíamos con padre, el pobre trabajaba arduo y nos turnábamos, un día madre otro día Ann y otro día yo...pero si le parece una costumbre inapropiada…

-No, si a usted no le molesta… agradezco el detalle...siempre y cuando me deje a mi hacerlo con sus manos que trabajan todo el día- ella dudó por un instante, se sintió incomoda- si así gusta, está bien.

Albert se bajo al piso, tomó un poco de la pomada del frasco y lo untó en sus manos, las vio tan pequeñas junto a las de él, blancas limpias y algo maltratadas, muy diferentes a las que acostumbraba ver.

Candy al ver que las observaba, las retiró- que pena, perdón…

-No las retire…sus manos más que hermosas son valiosas Miss Bitter- las tomó se su regazo para seguir con su tarea

-Madre siempre me regañaba por mi descuido, no solo con las manos sino con mi apariencia en general…desde niña…le digo un secreto pero no se ríe...

-Si- añadió Albert al volver a untarle pomada.

-cuando llegué con madre Maicy me gustaba vestir pantalones de niño y no cualquiera, sino esos de los que usaban los hijos de los mineros

Llevaba coletas y botines. Amaba correr y trepar a los arboles…realmente fui su dolor de cabeza...al contrario de mi hermana Annie..- dijo sonriendo tímidamente- ella todo hace bien, desde su postura, su gracia para todo...yo aprendí a base de meriendas negadas – dijo al soltar una carcajada.

-Pues no importa el modo, hubo un buen resultado, estas manos hacen todo bien- dijo al juntarlas y besarlas sin dejar de verla a los ojos. Un calor recorrió todo el cuerpo de Candy y sintió como sus mejillas subían de color.- Han incluso ayudado a traer vidas al mundo según me ha contado.

-Gracias, si.- dijo al bajar los ojos.

-Pero ya usando vestidos debió haber tenido muchos admiradores.

-La verdad no, los chicos me veían como uno de ellos y cuando fuimos un poco más grandes en realidad se acercaban a mí para llegar a Annie- dijo con dejo de nostalgia.

-¿En serio? no lo creo- agregó al tomar un sorbo a su vaso- tome su té de azahar, se le va a enfriar.

-De hecho, mi primer amor y desilusión fue por eso, yo tenía como 12 años, y un compañero de la escuela se hizo mi amigo..

-¿Cómo era?

-Se llamaba Franz era un poco más alto que yo, con muchas pecas en la cara, pelo rizado y rulos tan rojos que parecía tener una fogata en la cabeza, además siempre solía usar esos uniformes de marinero- dijo riendo, sacudió la cabeza – pero a mí me parecía el más guapo del mundo, eso sí, tenía unos ojos marrón que me encantaban…leí mal todos sus gestos e insinuaciones hasta que me pidió que le llevara una carta a Annie donde la declaraba su amor, mi mundo se cayó en pedacitos así que decidí imitar a mi hermana.. pero padre me dijo que estaba equivocada..que Candy era Candy y Annie, Annie y cada quien era especial…así que desde entonces preferí ver a los hombres solo como amigos hasta que conocí a … - se paró en seco- no vale la pena.

-¿Hasta que se enamoró de verdad?

-si...ha sido el único hombre que me ha dicho que soy hermosa… bueno al menos al pobre le parecía... creo que necesitaba lentes… -dijo antes de tomar su té.

De pronto William tuvo la necesidad de acariciarle la cara, el pelo, decirle que no era cierto, que ella era un ángel, la mujer más hermosa que hubiera conocido, pero en lugar de eso tomó el último trago de su vaso-No, no sé quién es y no me importa, pero tenía razón.. yo he conocido mujeres elegantes y bellas, educadas… otras llenas de joyas, pero usted tiene algo que la hace brillar…

-¿Brillar?- dijo con resignación, - vaya manera más gentil de decir que no soy bella- añadió riendo al tomar un sorbo.

-No, no, no me mal interprete…

-¿Y que es según usted?- dijo a punto de soltar una risa.

- tiene su alma,…- dijo serio- que su brillo le sale del su cuerpo tan pequeño…eso es usted tiene un problema…- dijo señalándola con el dedo índice- déjeme explicarle… su alma y corazón son más grandes que su cuerpo, así que no caben y su brillo se desborda.

Candy lo vio, su cálida mirada azul decía que no mentía- Gracias, es usted todo un gentil caballero, tomare eso como un cumplido…

-No es un cumplido es la verdad, además de declararme como su admirador- la interrumpió.

-Ah, realmente es bueno en eso de conquistar a las mujeres Mr. Andley

-¿Ósea que ya la conquiste?

-No dije eso… solo dije que era bueno.

-Y usted es una miedosa.

-¿Yo?

-Sí, no cree que yo pueda ser su admirador, le da miedo.

-Claro que no...para su información hombres tan guapos como usted me lo han dicho.-dijo con orgullo.

-¿Es su manera de decirme que yo le parezco guapo?- dijo levantando la ceja derecha.

-Bueno, no tengo que decirle usted lo sabe, usted sabe que es buen mozo.

Albert soltó la carcajada.

-Ríase, como acostumbra mofarse de mi- dijo al levantarse de inmediato.

Albert cerró los ojos y movió la cabeza con resignación, se impulsó y se puso en pie, la tomó por los hombros estando ella de espaldas.- No me rio, bueno si pero, me causa ternura como se mueven sus pecas cuando respinga la nariz…entre amigos no nos mentimos, -dijo al girarla frente a él.- sin ninguna pose, usted es una mujer tan diferente a las que he conocido, sinceramente considéreme como el mas sencillo de sus admiradores Miss Bitter, el ser su esposo no me exime de eso.

Fue entonces cuando ella esbozó una sonrisa de ternura y afirmó con la cabeza. Albert la tomo de la barbilla y le plantó un beso en la frente.

Tres días después, Candy entró la biblioteca llevando un café caliente, Albert ya llevaba toda la tarde y no parecía poder salir de ahí, lo vio literalmente luchando con la máquina de escribir y un montón de papeles hechos bola yacían en el bote de basura desbordándolo.

-Un café, pero creo que hubiera sido mejor un té... ¿problemas con la maquina?

-No, creo que el del problema soy yo … no nos llevamos bien...tengo que hacer un original y cuatro copias.

- A ver… permítame… - Candy tomó con maestría las hojas y el papel carboncillo y los acomodó fácilmente y se preparó para escribir.- Dicte

Albert dictó la carta y vio como ella escribía casi sin ver las teclas y muy rápido en menos de diez minutos la carta y sus copias estaba hechas sin ningún error.

-aquí esta para que lo firme- dio amablemente

-Realmente usted es una hada…o una bruja… ¿cómo es que lo hizo fácilmente?

.Bueno un tiempo fui a asistente de el doctor Martin el jefe de pediatría y aprendí a escribir rápido.- dijo al voltear a verlo y soltó una carcajada

-¿Qué pasa? ¿ Mi torpeza le causa risa?

-¡No!... permítame,- dijo al acercarse- tiene la cara llena de carboncillo

- …y las manos- agregó en tono amenazador

-No se atreverá después que fui gentil y lo salvé… dijo al correr y resguardarse con el escritorio.- además…yo…- dijo al buscar en el escritorio-… tengo papel carboncillo y estoy dispuesta a utilizarlo.

-¿Así, de valiente?- dijo al dar tres zancadas y alcanzarla para ponerla contra el librero.

-¡Paz, Paz!- gritó al verlo tan cerca- déjeme le limpio- sacó un pañuelo y la mojo un poco con su lengua para limpiarlo, pero él aprovechó la cercanía y por fin no pudo controlar el impulso de besarla. Candy dejó sus brazos a los lados abiertos sobre los de él pero después de un instante de sentir sus labios buscando abrir los suyos, soltó el papel carboncillo y el pañuelo a los lados y sus manos fueron directo a su nuca acariciando su cabello como había deseado hacerlo y permitir que ese beso se volviera más profundo, respondiéndolo. Las manos de Albert la acercaban mas a él y acariciaban su estrecha espalda.

-Perdón,- interrumpió Dorohty avergonzada. Ellos se separaron inmediatamente como si hubieran hecho algo malo y se acicalaron con un poco de vergüenza- no los hubiera interrumpido si no fuera muy importante.

-Ya dilo- dijo William.

-Es Mr. Cronwall, Archiebold, está afuera y viene con su esposa.

Ambos se miraron a los ojos.

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