N/A: gracias por continuar :-)
Capítulo 3
En la zona comercial no era difícil tener sexo, podías ofrecer alimento a cambio, por ejemplo. En más de una ocasión Peeta recibió, por aquellos tiempos, alguna propuesta de ese tipo, solo recordarlo le revolvía las tripas. Otras veces le parecía leer una insinuación en una compañera de la escuela, una vecina, o una amistad, pero no respondía a ellas. Aunque hubiese querido, su madre le controlaba en todo momento, por aquel entonces, trabajaba a jornada completa cuando no estudiaba, desde la apertura de la panadería hasta el cierre, y los fines de semana se vendían pasteles hasta a mediodía. A veces su madre le ordenaba ir a limpiar, y lo cierto es que a él no le disgustaba, estaba solo y en silencio y, si le sobraba tiempo, dibujaba. Sus amigos le tenían por idiota por no aprovechar esas ocasiones para llevarse a alguna chica al local, es posible que alguna vez se lo planteara, pero no llegó a hacerlo.
En cualquier caso, nunca tuvo la oportunidad real de hacer el amor con una chica, y si se hubiese presentado como algo factible, era probable que no hubiese aceptado. En el Distrito 12, el más pobre de Panem, bebés y niños morían cada día, y al parecer la forma de arreglar aquello era que nacieran muchos bebés. Había lugares en Panem donde el uso de un anticonceptivo era casi impensable, pues por alguna misteriosa razón apenas habían suministros, y el medio más común para evitar embarazos era la abstinencia.
Peeta ni siquiera sabía dónde conseguir los preservativos, pero lo que sí sabía es que cuando un chico o chica conseguía uno se volvía loco por encontrar con quién usarlo. Una vez sus hermanos le ofrecieron algunos como por caridad, y le resultó tan humillante que los tiró.
Y ya está, no había mucho más que contar al respecto. En ocasiones se masturbaba y eso era todo, y como nunca, antes de la cosecha, se planteó la posibilidad de hablar siquiera a Katniss, creyó que algún día se casaría con alguna chica, tendrían sexo con cierta periodicidad, y se reproducirían, sin más. No tenía esperanza de enamorarse de nadie, le pasaría como a su padre, acabaría con cualquier mujer mirando como un idiota a su amor de la infancia ser feliz con otro.
Ahora estaba en su cama de la Aldea, y la presión húmeda sobre aquella parte de su cuerpo, que solo conocía la soledad, le estaba enloqueciendo. Lo cierto es que fue breve, pero fue lo suficiente como para llevarle al borde del orgasmo. Katniss le besó en la zona baja del vientre y acarició con su mano el lugar que acababa de abandonar sus labios. Si seguía estimulándole de aquella manera iba a derramarse sin remedio, pero ella cesó.
Él pensó que debía hacer algo, que no estaba bien estar tumbado recibiendo placer egoístamente, realmente quería hacer algo, deseaba hacer algo que le arrancara a ella los gruñidos que le había arrancado a él de la garganta. Pero Katniss no parecía dispuesta a que él tomara el control. Cuando quiso incorporarse ella le volvió a tumbar mientras le besaba.
A Katniss no se le daba bien confesar sus sentimientos, se sentía ridícula y expuesta. Pero arropada por la oscuridad, y gracias a aquel súbito acceso de valentía, trataría de convencer a Peeta de su amor, y conseguiría afianzar en él la persona que realmente él era: alguien bueno, pacífico, comprensivo y fuerte.
Él noto como ella se posicionaba de tal forma que bastaba con que se dejara caer para acabar con su virginidad. Cogió su cintura y trato de enfocar sus ojos en la oscuridad. Katniss estaba muy nerviosa, estaba excitada, pero absolutamente en tensión. Su cuerpo no estaba listo para recibir en su interior el volumen de su compañero, era evidente. Aunque lo intentó, si insistía se haría daño. Él estaba en total combustión, aquella humedad palpitante no hacía más que golpear todo su cuerpo y quemar todo el oxígeno a niveles vertiginosos.
—Para, Katniss.— Consiguió decir. Aunque un impulso poderoso le tentaba a dejarse hacer, le importaba más la integridad física de ella.
Al menos, se dijo, los dos eran vírgenes, otra cosa en su impredecible estado podría haberle atrapado en las redes de la ira.
Ella se sentía frustrada, enfadada, asombrada. Todo el mundo tenía sexo, el sexo estaba a la orden del día, ella había comprobado cómo era la moneda de cambio más poderosa del mundo. No podía ser tan complicado, no era posible que sencillamente él no pudiera abrirse paso a su interior ¿Pero cómo podía ocurrir aquello? Era de locos. ¿Y si estaba mal hecha, y si tenía algún defecto físico? Empezó a pensar que a lo mejor había mujeres que no podían hacer el amor, y un temblor se apoderó de su cuerpo.
Peeta se incorporó en contra de la voluntad de ella, que le besaba con tozudez atrapada en su nerviosismo. Él consiguió invertir la postura. Katniss tomó conciencia de sus propias manos, cerradas en puños a ambos lados de su cabeza, con tanta fuerza que en aquellas manos cerradas no podría colarse ni una brizna de hierba... Entonces lo entendió todo. Cerró los ojos y respiró todo lo calmadamente que pudo y, después de lo que le parecieron siglos, su cuerpo se amoldó a él, en todos los sentidos.
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Cuando Peeta se levantó para vestirse Katniss se despertó y quedó algo extrañada, aunque pensó que simplemente tendría frío, hasta que a la mañana siguiente, cuando le buscó para hacer el amor de nuevo, él huyó despavorido a la ducha.
Katniss no era una persona especialmente intuitiva, no solía percibir el estado de ánimo de los demás, ni tampoco sus secretos, pero el hecho de que Peeta pareciera poco interesado en mantener relaciones con ella le resultaba inquietante y desalentador. ¿Y si él solo había reaccionado ante el sexo con ella porque, sencillamente, se le presentó la ocasión? ¿Y si realmente no la deseaba demasiado? O lo que era peor, ¿Y si se debía a que ya no la amaba? Le resultaba insoportable la idea de que, ahora que ella lo había elegido y había reconocido que él era su esperanza en aquel destino sombrío, en ese momento precisamente, él sintiera lo contrario.
Entonces ella tuvo una idea, una idea estúpida y breve que no querría llevar a cabo pero que, con el mero hecho de concebirla, supo que sería difícil no hacerla realidad. Era una pregunta, una pregunta directa y sencilla, pero ¿Se atrevería a hacerla.
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Durante la comida, tanto Peeta como Katniss pensaban en su encuentro nocturno. Peeta se deleitaba recordando el placer que había experimentado en ese instante en que la resistencia de ella había cedido y él se había colado en un lugar mucho más cálido y envolvente de lo que supuso. Se le enfriaba la comida mientras la imagen velada de aquella mujer bajo su cuerpo flotaba en su mente, mientras la reminiscencia de los sonidos de sus suspiros le acariciaban la memoria.
En cuanto a Katniss, tenía demasiados temores acerca de la nueva intimidad entre ellos como para poder concentrarse únicamente en la satisfacción que había experimentado en aquel encuentro. Sin darse cuenta, a veces se quedaba mirando a Peeta inquisitivamente.
—¿Pasa algo?— Preguntó finalmente Peeta, cuando salió de su mundo interior para volver al comedor de su casa.
—No, nada, solo estaba pensando que hoy iré a mi casa, porque está muy abandonada y...
—Sae está pasando por allí todos los días— Le interrumpió Peeta, despreocupado.
—Ya pero aun así, ella no es mi sirvienta, ¿No?— Insistió Katniss, que en realidad sentía la imperante necesidad de estar sola un rato.
—No, claro que no, tienes razón. ¿Puedo acompañarte?— Peeta, sin embargo, no tenía ninguna gana de quedarse solo, temía que en su soledad le atosigaran los malos recuerdos y acabara haciéndose daño.
—Será muy aburrido— Trató de disuadirle Katniss— Es solo revisar que esté todo bien y dejarle una nota a Sae para que no continúe yendo a limpiar— Peeta se encogió de hombros, conocía lo suficiente a Katniss como darse cuenta de que quería estar sola.
—Oye, puedes decirme la verdad, no es necesario que le des tantas vueltas.— Comentó, molesto— Dime que prefieres que no te acompañe y lo entenderé.
Katniss le miró mientras él removía con el tenedor los granos fríos de arroz y los trozos tibios de pollo, ya no tenía hambre y se disponía a deshacerse del contenido del plato.
—No tires eso.— Ordenó Katniss.
—¿Te lo vas a comer tú?— Contestó él, con acritud.
—No, pero tú sí.— Peeta la lanzó una mirada retadora. Katniss pensaba que él estaba empezando a ser él mismo, pero que quizá solo era una apariencia, había vuelto a cambiar después de hacer el amor.
—¿Quién me va a obligar?— Peeta sonrió, con provocación, aunque lo cierto es que sus ojos tristes no sonreían con él.
—¿Te gustó?— Inquirió Katniss, tras segundos de silencio. Peeta se puso de pie con el plato en la mano, ella continuó sentada, obligándose a terminar su comida, pues de no hacerlo su autoridad para forzar a Peeta a comer sería nula, si es que no lo era ya.
—¿El qué?
—Hacer el amor conmigo.— Se atreve a decir, ruborizada.
—¿A ti qué te parecía?— Contesta él, con sorna— Creo que no es algo difícil de percibir.— Katniss sonríe, levemente.
—¿Repetirías?— Inquiere de nuevo, sin saber realmente de dónde llega su desinhibición.
—Sí.— Contesta él, sin dudarlo, aunque un poco cohibido.
—¿Ahora mismo?— El rubor de Katniss alcanza un punto en que es percibido por Peeta, y aquello le resulta excitante, porque la inocencia de ella siempre le pareció algo muy erótico.
—Sí.— Afirma con rotundidad.
—Entonces acaba tu plato— Peeta se ríe. Quizá por primera vez en todo el tiempo que llevan juntos tras la guerra, ríe verdaderamente, lo cual provoca que en el rostro de ella se acentúe aquella sonrisa ingenua que empezaba a anunciarse.
Y él se acaba su plato, bocado a bocado, sin dejar de desnudarla con la mirada. Y cuando lo acaba, pregunta con claridad:
—¿Por qué te importa que coma?— Y ella coge aire, y decide contestar.
—Porque te quiero.
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