Capítulo 4

Después de un agotador día de compras, Anna acompañó a Elsa a su habitación. La pelirroja había notado que Elsa estaba más tensa de lo acostumbrado. Estaba casi segura del por qué, pero quería que Elsa se lo dijera personalmente. Kristoff ya le había echado la bronca sobre que no debía inmiscuirse en los asuntos de su hermana y que, si ocurría lo que ella quería, que se alegrase y punto. Pero Anna no podía evitar alegrarse por su hermana y apoyarla en esos momentos. Conociéndola, estaría preguntándose qué le pasaba y cómo debía reaccionar.

-¿Qué te ha parecido el vestido rosa de seda que me he comprado?-preguntó Anna mientras Elsa colocaba las pocas cosas que se había comprado en su sitio.

-Es precioso-sonrió la reina- y te sienta genial. Va perfectamente con el color de tu pelo. A Kristoff le encantará.

Anna sonrió.

-Pues no sé, pero a mí me gusta más ese vestido gris oscuro que te has comprado tú.

-¿Por qué?-se extrañó Elsa- Nunca te ha gustado el gris.

-Bueno, pero es que ese tono que tiene es realmente bonito...

Elsa alzó una ceja y la miró, curiosa. ¿Qué pretendía su hermana pequeña?

-Sí, pero nunca te ha gustado cómo te queda el gris-repuso ella.

-Ya, pero porque con mi pelo muy pocos colores fríos quedan bien.

-¿Colores fríos?-preguntó Elsa, tensándose. ¿Habría descubierto por qué su ropa nunca tenía tonos cálidos?

-Sí. No sé por qué te compras ropa y accesorios tan sosos-protestó Anna-. Excepto por tus vestidos verdes, azules y morados, siempre vas como si estuvieses tan apagada como una antorcha helada.

-Bueno, Anna, no a todos nos gusta lo mismo.

-Cierto-coincidió Anna-. Oye, ahora que sale el tema, ¿qué habéis hablado Frost y tú?

-¡Anna!-la regañó- Es un príncipe, deberías hablar de él como es debido. Igual que con los demás.

-Venga ya, Elsa. No te pongas así, porque eres la primera que llama a Rapunzel por su nombre.

-Sí, pero solo cuando estamos a solas y en confianza.

-¿Y con el príncipe Jack Frost no estaba a solas y en confianza?-la pinchó Anna, deseando que Elsa abriera su corazón.

La reina la fulminó con la mirada y se sentó en la cama. ¿Le contaba lo sucedido a Anna o no? Frustada, rugió levemente y bufó. Anna ya sabía que había pasado algo, por supuesto. Y aquellos gestos los confirmaban.

-Anna, ¿a qué viene tanto interés?-intento evitar Elsa que la conversación volviese a ella.

-Hombre, hermana-dijo, acercándose y sentándose a su lado-, cualquier otra persona que hubiese entrado en el despacho se habría dado cuenta de que algo ocurría o había ocurrido. No te hagas la tonta y cuéntamelo-le cogió las manos y se las apretó, dándoles calor-. Sabes que me puedes contar cualquier cosa.

Elsa la miró y asintió. Lo sabía, pero no quería admitir que estaba sintiendo cosas que no debería. Y tampoco podía explicarle por qué no podía enamorarse de nadie. Era su secreto. El suyo y el de sus padres.

-Anna, no hay nada que contar. Simplemente, discutimos y punto.

Anna se desinfló. No era eso lo que quería escuchar y dudaba que fuese esa la verdad.

-Me duele que no me cuentes la verdad, Elsa-musitó, levantándose. Fue hacia la puerta y la abrió-. Cuando quieras volver a confiar en mí, avísame.

Salió y cerró la puerta con suavidad. Estaba dolida a la par que enfadada y de eso pudo darse cuenta Elsa con facilidad. No le gustaba estar mal con su hermana, pero no le quedaba otra alternativa. Estaba segura de que, si no le contaba a nadie lo que le pasaba, se volvería loca. Pero prefería eso a dejar que los sentimientos aflorasen.

Se dejó caer en la cama y tal y como cayó, así se quedó dormida hasta el día siguiente.

A las ocho y media de la mañana, unos suaves golpes despertaron a Elsa. La reina abrió los ojos, asustada y miró a todos lados. Los golpecitos provenían de la puerta.

-¿Sí?-musitó, medio dormida todavía.

-¿Elsa?-escuchó la voz de su hermana.

-¿Qué pasa, Anna?

-¿Puedo pasar?

Elsa se desperezó y se atusó el pelo para estar lo más presentable posible.

-Entra-dijo una vez hubo acabado.

Anna entró y la observó. Frunció el ceño y arrugó la nariz.

-¿En serio has dormido así?

Elsa se miró y se encogió de hombros.

-Estaba demasiado cansada-se excusó, esbozando una suave y tímida sonrisa.

Anna sonrió un poco y cerró la puerta tras de sí.

-Deberías ir pensando en desayunar y asearte. Te recuerdo que a las diez viene Frost a buscarte.

-Príncipe Jack Frost-la reprendió, divertida.

-Como sea.

Elsa asintió y se levantó de la cama. Bostezó, llevándose una mano a la boca y andó hacia la puerta.

-Vamos, pues.

A las diez menos cuarto, la reina Elsa estaba lista. Se había decantado por su nuevo vestido gris, el mismo que se había comprado el día anterior. Había dejado su pelo recogido en una simple trenza que le caía por el hombro izquierdo y Anna se había encargado de maquillarla con tonos suaves y fríos. Cuando Elsa se miró, sonrió. Estaba realmente guapa.

-No sé cómo lo haces, Anna-empezó Elsa-, pero cada vez que me arreglas tú me siento guapa.

-Es que eres guapa, hermana.

Elsa rió por lo bajo y se volvió hacia Anna, que la observaba buscándo algún detalle que faltase. Se fijó en su cuello.

-¿No tienes ningún colgante para ponerte con este vestido?

-Sabes que no me gusta llevar demasiadas cosas encima, Anna.

Anna suspiró.

-En fin, será mejor que vayamos abajo.

-Anna, espera-la llamó entonces Elsa. Anna se volvió y miró a su hermana, que tenía los ojos fijos en ella-. Siento lo de ayer. Sé que no estuvo bien, pero realmente no puedo contarte mucho. Sí, Jack me parece guapo, a la par que insoportable y egocéntrico. Me atrae, pero no voy a hacer nada al respecto.

-¿Por qué no?

-Porque... Yo...

En ese instante, unos golpes interrumpieron la conversación, afortunadamente para Elsa, que no sabía qué responder.

-Mi señora-se escuchó al otro lado de la pared-, su majestad, el príncipe Jack Frost de Pholum, ha llegado. La espera en el vestíbulo, mi reina.

-Enseguida bajo. Ofrecedle agua o vino mientras tanto-ordenó Elsa.

-De inmediato, mi señora.

Anna y Elsa se miraron. Anna, con expresión expectante y entusiasmada; Elsa, temblorosa y nerviosa.

-Vamos, hermanita. Demuéstrale que eres algo más que una cara bonita-la animó Anna.

Elsa alzó las cejas y sonrió. Ambas salieron de la habitación y bajaron la gran escalinata que conectaba el vestíbulo con las habitaciones principales. Elsa parecía un flan, de esos que tanto le gustaba y que la cocinera del palacio hacía de vez cuando como símbolo del cariño que le tenía a la reina. Cuando Anna y Elsa llegaron al rellano que enfrentaba el vestíbulo, todas las miradas se volvieron hacia ellas.

Elsa se quedó paralizada al ver a Jack. Como siempre, su pelo casi blanco estaba desordenado, con el flequillo cayéndole sobre esos ojos azul cielo que tenía. Una sonrisa traviesa apareció en el rostro del príncipe, que se volvió por completo hacia la escalinata con las manos tras la espalda y la cabeza alta. Iba vestido con un traje cuya chaquetilla le cubría hasta el cuello, de un color azul noche realmente bonito. Elsa se percató de que siempre iba de azul y eso le gustó. Parecía que compartía con ella el gusto por los colores fríos.

Jack no le quitaba los ojos de encima a la reina. Se había quedado paralizado. Aquel vestido gris se ceñía a las curvas de la reina y ensalzaba su figura. Una capa negra le cubría los hombros y la habitual corona había quedado olvidada en sus aposentos. Pero lo que más le gustó fue el peinado. Era la primera vez que la veía sin un moño y eso le cautivó. Dispuesto a comportarse como un auténtico caballero, avanzó un paso y se situó junto al final de la barandilla tallada en caoba.

Elsa, sin saber cómo, comenzó a bajar los escalones acompañada de Anna, que tenía unas ganas de saltar irrefrenables. Conforme iba avanzando, la joven reina quería volver sobre sus pasos y refugiarse en su cuarto, donde sentía que tenía todo bajo control. Se retorció las manos, envueltas en unos guantes gris perla con filigranas blancas. Estaba harta de sentirse así cuando Jack estaba presente. ¿Por qué no podía controlar sus sentimientos de la misma forma que controlaba el frío en sus manos?

Cuando por fin llegó abajo, Jack le cogió la mano derecha y se la besó, sin dejar de mirarla a los ojos.

-Buenos días, reina Elsa. Es un placer veros de nuevo-dijo Jack, con el corazón palpitándole con fuerza.

-Buenos días, príncipe Jack-contestó Elsa con un hilo de voz.

Jack le ofreció su brazo, sin dejar de sonreír y sin dejar de pensar lo preciosa que estaba Elsa. Ella aceptó el brazo y se despidió de su hermana con un gesto nervioso. Anna rió por lo bajo y volvió sobre sus pasos para estar con Kristoff.

Jack y Elsa salieron juntos del palacio hacia el jardín, donde el sol les dio de lleno en los ojos. Elsa suspiró. ¿Qué debía hacer después del encontronazo del día anterior?

-¿Cómo estás, Elsa?-preguntó entonces Jack.

Elsa le miró de reojo y dio un pequeño salto a ver que el príncipe ya la estaba mirando.

-Bien, Jack. Veo que no estás por la labor de usar formalismos.

-Creo que eso ya quedó claro ayer, ¿no?

Elsa enrojeció y se sintió morir. ¿Cómo podía recordarle el episodio?

Jack rió por lo bajo, pero se maldijo a sí mismo por haberla cohibido tan pronto.

-Lo siento-se disculpó, atravesando la puerta exterior con Elsa colgada de su brazo.

-No te preocupes, Jack. Es cierto que quedó claro.

Jack sonrió, un tanto aliviado. Alzó la cabeza y miró al frente.

-¿Dónde queréis llevarme?-dijo entonces.

-¿Disculpa?-se extrañó la reina- Fuiste tú quien quiso verme hoy. Daba por sentado que habrías pensado algo.

-No conozco tu reino, Elsa. Quiero que me lo enseñes.

Elsa abrió la boca, confundida. ¿Qué podía enseñarle?

-Jack, mi reino no es solo esta pequeña población a los pies del palacio. Todas las montañas que nos rodean también me pertenecen-dijo, señalando con la mano a su alrededor.

-¿Qué hay oculto en las montañas?

-Bueno, las más altas tienen nieves perecederas. Allí es donde suelen vivir los comerciantes de hielo.

-¿Comerciantes de hielo?

-Sí-asintió Elsa, orgullosa de su pueblo-. Dado que, ahora mismo, hace calor, los comerciantes de hielo tienen dos residencias, de manera que en tiempos de calor puedan trasladarse a donde hay hielo.

-¿En invierno no sobra?-rió, divertido. Si ella supiera...

-En asboluto. El palacio precisa hielo para mantener algunos alimentos durante cierto periodo de tiempo, igual que los demás hogares. Mi reino no tiene muchas desiguladades sociales. Intentamos que todos tengan un techo donde dormir y comida que llevarse a la boca. La realeza no se imiscuye en los problemas que los aldeanos tengan unos con otros, pero sí intervenimos cuando el asunto se pone demasiado feo y existen discrepancias que puedan provocar algun enfrentamiento.

-Hablas demasiado, Elsa-se burló Jack.

Ella abrió la boca, pero la cerró de inmediato y frunció los labios.

-Si no querías información, no haberla pedido, Jack-le espetó.

Jack sabía que llevaba razón. Solo quería escuchar el sonido de su voz.

-¿No podemos ir a algunos de los bosques?-preguntó entonces, deseoso de tener intimidad con Elsa.

La reina le observó con un brillo de sospecha en los ojos. ¿Qué pretendía aquel mujeriego? ¿Quedarse a solas con ella?

-Sí, claro que podemos-y, cuando Jack abrió la boca para decir algo, Elsa añadió:-. El caso es que yo desee ir al bosque.

El príncipe cerró la boca, sintiéndose golpeado por lo bajo. Le había pillado, sin duda. Sin embargo, eso le gustó más de lo que hubiese pensado. Si hubiese sido otra, ya la habría arrastrado con él hacia la intimidad.

-Solo quiero ver cómo es tu reino, Elsa. No pretendo otra cosa. Ayer me quedó bastante claro que no quieres tener nada que ver conmigo-dijo Jack, queriendo infundirle pena.

Elsa sintió que su voluntad desfallecía. En el fondo, ella quería estar a solas con él, fuera de las miradas que los observaban con curiosidad morbosa en esos momentos. Pero no quería que Jack se propasase y pensase que era demasiado fácil de embaucar. Elsa se mordió el labio, confusa. ¿Qué se supone que debía hacer? No sabía cómo reaccionar ante situaciones así, nunca nadie había intentado echarle el lazo (o la soga) de aquella forma tan desacarada. Finalmente, se decidió.

-Supongo que sabes montar a caballo-claudicó Elsa, sonriendo un poco.

-¿Lo dudas de verdad?-se jactó Jack, señalándose con la mirada y la mano que tenía libre.

-Pues sí. No pensaba que un señorito como tú supiese mantenerse a lomos de un caballo.

-Por favor, majestad, me siento insultado.

Elsa rió por la ocurrencia y Jack la observó, encantado. No la había escuchado reír hasta ese momento y se le antojó, como poco, hermoso. La reina paró cuando vio que Jack tenía fijos sus ojos azules en ella. Se recompuso, colorada como un tomate, y dio media vuelta en dirección al palacio.

Media hora después, Elsa y Jack se retaban para ver quién podía ir más rápido a caballo. El semental que montaba Jack era portentoso, negro como la noche y con las crines plateadas. La yegua de Elsa era preciosa, blanca como la nieve. Solía recordar a los unicornios de los cuentos.

Cuando se cansaron de tanto aguantar el equilibrio sobre los caballos, buscaron un claro junto a un arroyo en el que descansar de la carrera. Elsa no paraba de sonreír. Jack era simpático y agradable, sabía hacerla reír. Nunca habría pensado que ese donjuán fuese tan amable y educado. Elsa se dejó caer sobre la capa, que se había quitado para no ensuciarse demasiado el vestido. Por su parte, Jack se había situado al lado de ella, un poco más cerca de lo que debería. En ese momento, entre ellos se hizo el silencio. Elsa se había relajado bastante después de desfogarse con la carrera. Mientras, Jack solo pensaba en cómo podría conseguir que le dejara tocarla más de lo debido.

-Me encanta ese lugar-murmuró Elsa entonces-. Solía venir aquí con mis padres y con mi hermana cuando éramos pequeñas. Me encanta jugar en el río.

El príncipe la escuchó, embelesado.

-¿Por qué dejásteis de venir?-quiso saber Jack.

Elsa dejó de sonreír y miró el agua.

-La cosas se complicaron en casa-dijo simplemente como toda respuesta.

Jack se acercó un milímetro, pero Elsa lo notó. Sin embargo, no se alejó como habría hecho con cualquier otra persona. Sabía que estaba mal, que no podía ser, pero quería que Jack la rozase. El príncipe pareció leer sus pensamientos. Alzó una mano con timidez y se la pasó por los hombros a modo de consuelo.

-Puedes contármelo si quieres, Elsa-le animó Jack en un susurró.

Elsa se estremeció por el contacto. Su respiración se agitó casi imperceptiblemente y su corazón palpitaba con fuerza y rapidez.

-Yo no soy una persona normal, Jack-ella le miró con tristeza-. No deberías hacerte demasiadas ilusiones conmigo.

-¿Por qué?-frunció el ceño y la miró a través de sus mechones blancos. Empezó a sentir una energía familiar que emanaba de ella y la contrarrestó con su propia energía. Estaba manteniendo el equilibrio casi sin darse cuenta.

-No quiero hacerte daño. Ni a ti ni a nadie.

-¿Por qué dices eso? No me vas a hacer nada.

-Jack, te lo estoy diciendo en serio-se quitó de encima su mano y se puso de pie. Empezó a andar de un lado a otro sin saber cómo proceder de nuevo.

-¿Podrías hacerme un favor?-dijo Jack, levantándose a su vez y cogiendo las muñecas de Elsa- Deja de pensar tanto, Elsa. No soy tan estúpido como piensas. Me gustan las risas y las fiestas. Y también las mujeres, no te lo voy a negar. Pero no soy una mala persona. No soy un niñato.

-Nunca he dicho que...

-No. Pero lo has pensado-adivinó Jack.

Elsa se rindió y suspiró. Bajó la mirada y eliminó la tensión que había vuelto a acumularse en sus hombros. Jack, al ver el dilema en el que se encontraba, le soltó una muñeca y le tocó la barbilla para que le mirase. Volvía a sentir esa energía familiar. Ocurría cada vez que se tocaban piel con piel.

-Quiero que confíes en mí-susurró Jack, con su rostro casi pegado al de ella.

-No entiendo tanto afán.

-Yo tampoco-admitió el príncipe, sintiéndose como una pluma-. Dímelo, por favor.

-¿Qué quieres que te diga, Jack?-trataba de reaccionar Elsa.

-¿Qué fue lo que se complicó en tu casa? Quiero ayudarte.

-No puedo decírtelo...

-¿Por qué no? ¿De qué tienes miedo?

Esa pregnuta reactivó el instinto de protección de Elsa, que se zafó de su contacto de nuevo y se alejó con el aliento entrecortado. ¿Qué había estado a punto de pasar de nuevo?

-No te importa, Jack-respondió Elsa, volviendo a su máscara de dureza.

Jack perdió la paciencia y golpeó el suelo con fuerza con el pie.

-¿Estás enfadado porque no me he lanzado a tus brazos, Jack?-gruñó Elsa, malinterpretando su enfado.

-¡No! ¡Estoy enfadado porque... porque...!-Jack se cogió del pelo y rugió- ¡Ni yo mismo lo sé!

-Pues aclárate las ideas antes de volver a intentar nada conmigo.

-¿Me vas a decir que te estabas dejando hacer para ver qué pasaba? ¿O es que realmente quieres besarme pero te da miedo el qué dirán?

-No me importa lo que digan los demás-rehusó Elsa, sabiendo que se estaba mintiendo a sí misma-. ¡Y no quiero besarte!

-¿Ah, no? ¡Demuéstralo!-la retó Jack, sulfurado.

-¡No tengo por qué hacer nada!

-¿No?

-¡No!

-¡Pues yo sí!

Y, cubriendo la distancia que le separaba de ella, le cogió el rostro y pegó sus labios a los de ella. Elsa quiso quitarse de en medio, pero Jack la tenía cogida con tanta fuerza que no podía hacer mucho. Él notaba su resistencia, pero quería demostrarle que los dos se sentían atraídos el uno por el otro. Mientras tanto, Elsa no abría la boca y Jack suavizó el gesto. Sacó un poco la lengua y lamió con cariño los labios de Elsa, que se entreabieron sin que la reina pudiera hacer mucho al respecto. Empezó a sentir que un escalofrío le recorría la espalda y le gustó la sensación. Y, antes de que pudiera darse cuenta, se agarraba a la solapa de la chaqueta de Jack y profundizaba el beso. Un suspiró de triunfo salió de entre los labios de Jack, que la cogió por la cintura y la pegó más a él. Quería sentirla por entero.

Pasaron unos minutos hasta que, sin aliento, Jack separó su boca de la de Elsa y apoyó su frente en la de ella, buscando aire. La reina no había cambiado de postura y cuando se removió en brazos de Jack, sintió los músculos de sus brazos agarrotados. Ambos abrieron los ojos y se miraron.

-Yo...-musitó Elsa, sin saber qué decir.

Jack esbozó una tierna sonrisa y besó la frente de la reina.

-Perdóname. Tenía que hacerlo.

-¿Por qué?

Jack rió.

-¿Ahora eres tú la que pregunta el por qué?

-Jack...

-En cuanto te vi la noche de tu coronación, me di cuenta de que lo único que quería es que alguien como tú estuviese a mi lado. Lo primero que pensé fue: "quiero tenerla". Al principio creía que era mera atracción, como con las demás. Pero luego-sonrió, recordando-, me plantaste cara. Dios, quería abrazarte y decirte que lo hicieras de nuevo.

-¿Qué quieres decir?

Jack esquivó su mirada y miró por encima de la cabeza de Elsa. Pero lo que vio le dejó impactado.

-¿Jack?-le llamó Elsa, pero al ver que este no respondía ni se movía, volvió a removerse y se giró para ver lo que le tenía tan congelado.

A Elsa se le paró el corazón. Todo el prado, incluido el arroyo, se había congelado a su alrededor. Pequeños cristales de hielo en forma de lágrimas colgaban de las ramas de los árboles. Una suave capa de escarcha cubría el suelo, a excepción de donde ellos dos tenían plantados los pies. Su capa, que seguía a los pies del árbol donde la había dejado, se había quedado tiesa. Todo estaba helado.