Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece.
En este capítulo:
Advertencias: Pron en abundancia.
Parejas involucradas: Prusia/Hungría. Mucho. Y fuerte.
Palabras: 4,657 según Word.
Resumen: Gilbert Beilschmidt, el nazi más narcisista y estúpido que alguna vez conoció, tan simple y concreto que daba algo de miedo, el hombre al que amaba. El que la hizo cambiar.
Sucesos históricos relacionados: Segunda Guerra Mundial, la historia de la Heroína de Trebon. De mi consideración, recomiendo no leer su historia si no quieren spoilearse todo.
Nota de autor: ¡He vuelto con el fic favorito de las mentes perversas! Okno, pero vuelvo para dejarles este penúltimo capítulo. Muchos feels y tal, pero nada comparado al final, que será el climax de toda esta historia. He disfrutado mucho y agradecer a mis lectoras favoritas que se pasan a leer apenas les digo que actualic las demás, dejen reviews o algo para saber cómo se sienten con la historia, si les gusta, si no les gusta, todos los comentarios son bienvenidos y más aún las críticas constructivas. ¡Gracias por leerme y que disfruten este capítulo!
¿Por qué tenías que llegar tú?
A la semana siguiente del funeral que se hizo para Ludwig, Gilbert Beilschmidt caminaba tranquilo en dirección a su habitación en los dormitorios de los oficiales. Sus pasos resonaban a lo largo de todo el pasillo, sus manos envueltas en los guantes de cuero negro sostenían la gorra, la giraban con lentitud a cada paso que daba, sus botas negras incrustándose por instantes en la alfombra y destellando al ser iluminadas desde arriba por las luces modernas del recinto. Del bolsillo de su abrigo sacó una llave plateada al girar hacia la puerta de su cuarto, tardándose un poco en introducirla en el cerrojo y hacerla girar entre sus dedos hasta que la cerradura cedió y la puerta se abrió. Pasos rápidos aparecieron por el pasillo. Gilbert no entró a su cuarto y esperó como cada día a esa hora en el dintel de la puerta. Y como un milagro, los pasos se detuvieron a su espalda.
- Brigadeführer Beilschmidt. – La voz suave y algo agitada del mensajero. – Tiene un telegrama.
Gilbert sonrió, volteando hacia el jovencito y sacando algunas monedas a maltraer de su bolsillo para entregárselas.
- Danke. – Sujetó el sobre amarillento que le estiraba el joven rubio de ojos miel y le entregó las monedas que pudo encontrar sueltas. Con suerte le alcanzaría para algo más que pan.
- Gracias, señor. – El chico juntó las piernas y alzó la mano derecha al saludarle antes de retirarse.
El albino entró al fin a su habitación, cerrando precavido tras él. Dejó el sobre encima de su escritorio y se quitó los guantes, el abrigo, las botas. Descalzo, regresó al escritorio y se sentó en la silla dispuesta frente a él. Sus ojos rojos pasaron por el sobre. Estaba ansioso, lo notó cuando cogió el papel una vez más y se mordió el labio. En el sobre se inscribía en tinta su nombre y dirección, estaba sellado y aguardando a que él lo abriera. Delicadamente golpeó uno de los extremos del sobre contra la madera del escritorio, rompiendo en línea recta el espacio dejado al otro extremo. Giró el sobre para revelar el contenido. Un papel cuidadosamente doblado. Respiró hondo antes de desdoblarlo y estirarlo frente a sus ojos. Al medio del papel, sólo dos líneas de texto. La primera era un simple "Guten tag, Brigadeführer Beilschmidt." Y la segunda revelaba una dirección en Trebon. Acompañada de un nombre: "Elizabeta Nóvak". El albino reposó su espalda en el respaldo de la silla y soltó un par de carcajadas, cerrando los ojos. Había logrado el contacto que deseaba.
Los días pasaban tan lentamente en el hospital de Trebon que Elizabeta pronto comenzó a odiarlos, y antes de darse cuenta, a extrañar la presencia de ese enigmático albino de ojos rojos y porte elegante. La rutina la comenzó a consumir rápidamente, se vio envuelta en los procedimientos una vez más, sin distracciones, sin escapar de sus funciones en ningún momento y ganándose las alabanzas del doctor Lehmann más de alguna vez. Y aunque todo marchaba bien, la castaña esperaba el regreso de los agentes de la Gestapo, aparentemente concentrados en investigar en Trebon pero sin sospechar que la causa de la tragedia se escondía en el mismo hospital en que poco a poco morían los nazis. Pero la enfermera no volvió a las andanzas de siempre. Apenas asomaba la cabeza en el turno de noche por alguna de las salas, generalmente se dejaba caer donde de verdad era necesitada, principalmente para lo relativo a inyectar morfina y ayudar a mitigar el dolor de alguno de los pacientes. No preguntó por los enfermos de sífilis, mas continuó robándose dosis de penicilina que se inyectaba en casa. Y la rutina se sucedió así por casi dos semanas; sus síntomas disminuían y no había forma en que alguien pudiese sospechar de ella. El jueves por la tarde supo que ya no aguantaría tanto tiempo sin distracción alguna y viviendo simplemente de la rutina. Parecía imposible incluso para ella cuando ingresó a la oficina de telegramas, el papel aún doblado en su bolsillo. Carraspeó en la pequeña fila, gente que quería contactarse con familiares al otro lado de Chequia o en Praga. Fue extraño cuando al llegar su turno mencionó que el mensaje debía ir a Berlín, a la dirección escrita en el papel. Al Brigadeführer Gilbert Beilschmidt. Y que era necesario que dijese "Guten tag, Brigadeführer Beilschmidt". Podía sentir sus mejillas ardiendo al describir el mensaje completo. Por eso el alivio al salir de la estrecha oficina, con el comprobante en su mano. Seguramente pronto le llegaría una respuesta de Gilbert a su propia casa.
"¿Cómo has estado?"
"He estado bien, las cosas marchan bien en Trebon."
"Yo he estado algo atareado en Berlín. La ceremonia que se realizó para mi hermano fue muy emotiva, incluso lo ascendieron póstumamente."
"Es bueno saber que pudiste despedirte de buena manera de tu hermano, él te quería mucho y sé que lo has de extrañar bastante."
"El tiempo pasa lentamente en Alemania y el invierno ha sido inclemente. Estoy ansioso porque llegue la primavera, está planeado que vayamos a Praga en esas fechas. Posiblemente estaré en Trebon antes de que nos marchemos hacia el este."
"Acá la rutina me mantiene ocupada y he estado pensando en comprarme unos guantes mejores que los que tengo. Hace unos días nevó y toda Trebon salió con palas a despejar la ciudad, fueron más que unos centímetros y complicó bastante el ingreso. Queda bastante para que la primavera llegue, pero de todos modos es bueno saber que la esperas con tantas ansias… Y realmente espero verte en tu paso por Trebon."
"Espero que no estés demasiado aburrida sin mí. Me gustaría enviarte unos cigarrillos, si lo logro al menos podrás fumar en mi memoria."
"No estaba aburrida cuando llegó tu carta, estaba más atareada que nunca por un incidente que ocurrió entre los alemanes y los checos cerca de la ciudad; muchos jóvenes checos con heridas de bala. De todos modos te agradezco el esfuerzo, me he fumado ambos cigarrillos esa misma noche en que leí tu carta, me sirvieron para relajarme. Gracias."
"Debemos salir juntos cuando vaya a Trebon, es decir, seguro conoces algún bar en que sirvan buena cerveza y con un buen ambiente, ¿verdad?"
"No conozco demasiados bares, pero recuerdo que alguna vez fui a uno donde servían cerveza alemana; era cara pero seguro puedes costearlo e invitarme."
"Me gustaría poder escribirte más, pero espero que comprendas lo ocupado que se está en Berlín, y supongo que tú también estarás atareada…"
"Tienes razón con lo de estar ocupados, seguro que ambos lo estamos. Sólo… Mantengámonos en contacto de este modo, así al menos aguantarás hasta que llegue la primavera. No puedo creer que alguien como tú esté tan interesado por mí…"
"Me despido por ahora, esperando tu respuesta."
"Espero que respondas pronto."
"Adiós."
Cuando Elizabeta miró por la ventana de la sala, no pudo reprimir su sonrisa. El cielo estaba despejado tras días y días de nieve. Febrero ya estaba acabando y faltaba poco para volver a ver a Gilbert. No podía creer lo ansiosa que estaba por su encuentro con él. Desde que recibió la primera carta estaba algo distraída, haciendo bien su trabajo pero quedándose en blanco por algunos momentos. En la Luna hasta que alguien le hacía regresar a la Tierra. Y entonces se apresuraba en lo que hacía, acababa su turno y salía fuera a fumar uno de los cigarrillos que Gilbert tan bien le escondía en las cartas. Seguro gastaba más en cigarrillos para ella que para sí mismo. Aspiró el humo del cigarrillo apoyándose en uno de los árboles que bordeaban el sendero; la nieve se derretía bajo sus pies, ella mantenía una mano oculta y cálida en el abrigo. Disfrutó un poco más del cigarrillo, sonriendo al recordar las líneas de la última carta que Gilbert le había enviado, se leía bastante nervioso y ansioso y ella esperaba que fuese por la fotografía que le había enviado. "Eres más bonita que un pollito." Incluso tosió la primera vez que leyó eso… ¿Acaso eso era posible? Es decir, podía haber sido cualquier cosa pero… ¿Un pollito?
Habiendo acabado el cigarrillo, lo apagó en la nieve a sus pies y comenzó a caminar a casa. Y apenas llegó, le recibió el conserje en la puerta, con un paquete bajo el brazo. Ella lo miró algo confundida; generalmente era sólo un sobre amarillento lo que recibía, y esto… Esto era más que lo que esperaba.
- Es para usted, señorita Nóvak. – Le sonrió el hombre, un checo de cabellos castaños y ojos azules. – Llegó hace unos momentos.
Ella estiró sus manos para recibir el extraño paquete.
- Parece que el señor Beilschmidt intenta ganarse su cariño con regalos…
Elizabeta enrojeció de pies a cabeza y dejó escapar una carcajada nerviosa.
- Que envíe todo lo que quiera, no se lo ganará tan fácil… - Cogió el paquete de manos del conserje y trotó hacia las escaleras, subiendo luego a toda velocidad.
Cerró la puerta de su cuarto a sus espaldas y se apoyó en la misma, descendiendo hasta quedar sentada. Abrazaba el paquete con ambos brazos, su sonrisa era plena y de sus verdes ojos escapaban lágrimas de felicidad. Se sentía tan feliz, tan querida y necesitada… Tan llena de amor. Sus ojos entonces miraron fijamente el paquete, su nombre inscrito en él, y lo desató, arrancó el papel de encima, encontrándose con una caja y una carta. Tragó saliva y abrió la carta primero. Sus pupilas se movieron rápidamente sobre las palabras en alemán… Explicaba que la caja contenía un regalo para ella y que esperaba que le fuese útil. Nada más… Los saludos acostumbrados y nada que sirviera de pista.
Dejó la carta a un lado y abrió la caja. Lo que vio le dejó enmudecida. Luego se estremeció en carcajadas.
Marzo llegó y Elizabeta aprovechaba los días de primavera fuera de casa. Se metía al bosque cada día cuando le tocaba el turno de noche, comía fuera cada vez que era posible. Le encantaban los tonos verdes de la naturaleza, las flores que revestían Trebon en esa época la recibían cálidamente, los pájaros cantaban para ella y todo era una fantasía. Y de sus labios… De sus labios escapaba una melodía en un idioma extranjero. Fue así como Gilbert la encontró. Había pasado tanto tiempo, tantas cosas… Y ella seguía igual, vestida en el hermoso vestido verde que le había regalado, el sol bañando su piel pálida y rosácea, las flores adornando su cabello y…
Tavaszi szél vizet áraszt,
Virágom, virágom.
Gilbert quedó petrificado. ¿Qué era todo esto? ¿Por qué Elizabeta cantaba en… húngaro? La joven prosiguió, sin notar su presencia. Las notas de la canción que invocaba llenaban el aire a su alrededor dulcemente, parecía… un hada, alguna especie de diosa de la naturaleza, envuelta en esa calidez primaveral, en ese vestido tan verde como sus ojos… En esos zapatos altos que asomaban bajo las ondas verdes de la tela. En ese dulce y embriagador aroma.
Minden madár társat választ,
Virágom, virágom.
"Cada ave busca su pareja." El albino traducía mentalmente los versos de la canción. Avanzó un paso hacia ella, mordiéndose el labio. Ella se meció con la brisa primaveral; parecía tan efímera, tan suave y dulce… Tan inalcanzable. Nada sabía él de los momentos oscuros de la chica, nada sabía que bajo esa piel de porcelana, que bajo esos ojos de mirada dulce y de ese aroma a flores, se ocultaba la mujer que había puesto fin a los días de su hermano sin piedad alguna.
- Elizabeta. – Su nombre cortó el aire alrededor de ambos. A ella el corazón le latió con fuerzas renovadas; aún no volteaba a verlo cuando todo su ser se estremecía como un pajarillo asustado. Había pasado tanto tiempo, tantas cosas… Y esa voz grave causando estragos en todo su interior. Desató el nudo en su garganta y sonrió.
- Gilbert. – Sus ojos verdes se encontraron con los rojos; estiró sus brazos hacia él. Él se inclinó, dejó que los brazos delgados le rodearan y se amoldó a las formas de la joven que lo abrazaba, sus propios brazos se amarraron a la cintura ajena, disfrutando de la textura de la tela que se apretaba contra su cuerpo, del aroma que toda ella despedía, del calor bajo sus manos.
Y antes de que alguno de los dos pudiese pensar en algo que decir, sus cuerpos habían reaccionado al contacto. Los labios de Elizabeta descansaban sobre los de Gilbert, el tacto apenas perceptible, la sangre corriendo apresurada hasta sus mejillas, los labios de la joven adelantándose y besándole. Lo había extrañado tanto, lo había conocido tanto a través de sus cartas. Gilbert Beilschmidt, el nazi más narcisista y estúpido que alguna vez conoció, tan simple y concreto que daba algo de miedo, el hombre al que amaba. El que la hizo cambiar. El beso compartido no fue intenso, no fue violento ni profundo. Fue dulce, suave y superficial. El corazón de Elizabeta corría por el simple hecho de tenerle así, con ella, con las manos en su cintura, con sus labios en los suyos… Y ese vestido que se sentía como caricias en su piel… Y Gilbert. Gilbert estaba perdido en ese paraíso que era el amor, desvaneciéndose en algún punto entre los labios rojizos que recorría con los suyos y la cintura de la castaña. Se separaron tras un tiempo que pareció infinito y se miraron a los ojos. El rojo y el verde contrastando. Ambos sonrieron en el mismo momento.
- No me dijiste que sabías húngaro.
- No te dije que era húngara.
- ¿En serio? Me hiciste creer que eras checa.
- Nunca dije que lo fuera.
El albino se dejó caer, su cabeza fue recibida con cuidado en el regazo de la húngara y sus ojos se perdieron en el azul del cielo.
- Entonces… ¿No te llamas Elizabeta Nóvak? – La voz del nazi sonó adormilada. Todo parecía un sueño.
Ella sonrió, mirándolo con ternura desde arriba, las flores en su cabello se mecieron con la brisa.
- Nem. Mi nombre es Erzsébet Héderváry. – Contestó.
Gilbert se acomodó mejor para verla a los ojos, parpadeando lentamente al hacerlo.
- ¿De qué escapas? Erzsébet es un nombre tan bonito… - El albino dejó que una sonrisa abarcara toda la longitud de sus labios, sus manos estirándose hacia las mejillas ajenas. Las acarició y el rubor regresó al rostro de la castaña.
- No escapo de nada, Gilbert. – Y su nombre volvía a sonar tan armónico en los labios de aquella mujer… - La guerra llegó cuando estaba en Praga; no tengo ningún problema con los nazis ni nada… Pero en ese momento la desesperación me llevó a creer que lo mejor era hacerme pasar por una checa más…
Él se encogió de hombros como pudo. No le interesaba demasiado. Sólo quería volcar su amor en la húngara, despertar envuelto de ese aroma, jugar con los rizos castaños, disfrutar de la textura, del calor de su piel, descifrar el verdor de esos ojos intensos y expresivos.
- El vestido… Te queda perfecto.
Ella se inclinó y besó su frente. Se sintió como ser bendecido.
A veces se encontraban en el hospital, él solía visitar al doctor Lehmann; ella le espiaba cada vez que podía, se ganaba un momento de atención de parte de los ojos rojos, una mordida de labios, una sonrisa… Cada día sería un gesto distinto. A veces se encontraban fuera, Erzsébet bañada por la luz del sol y Gilbert no sabía si era un ángel o un demonio. Juntos giraban sobre la hierba, hablaban del clima, del amor, de lo cotidiano… Nunca se tocaba la política, tampoco la religión. Y vivían en su pequeño mundo rodeado de árboles y flores, protegidos, refugiados en su efímero sueño de amor primaveral. Gilbert más de alguna vez le dio regalos. Unos zapatos, un perfume… Ella le recompensaba con besos dulces, húmedos, fuertes, suaves… La húngara le regalaba con esfuerzo cada momento libre, cada mirada perdida, cada suspiro… Y de vuelta a los besos, a las caricias en medio del bosquecito de Trebon. Para Gilbert eso estaba bien, pero… ¿No obtendría más de ella…?
La dicha se acabó el día en que Kollmann regresó sin encontrar tras la investigación en el pueblo a ninguna mujer enferma que hubiese mantenido contacto con los nazis del hospital. Entonces era obvio, debía ser alguien que trabajase allí. Erzsébet estuvo a punto de desmayarse cuando escuchó la noticia de boca de una de sus compañeras del trabajo. La Gestapo las investigaría a ellas, registrarían sus hogares para buscar cualquier prueba que revelase a la culpable, que según ellos debía estar en el hospital. El mundo se le vino encima a la castaña. Debía deshacerse de cada frasco de penicilina, de cada jeringa que poseía. No podía ser descubierta, y no era por continuar matando a los nazis; era porque había encontrado el amor en uno de ellos. ¿Por qué tenía que aparecer en su vida para torcerlo todo?
Era un viernes por la mañana, Erzsébet cargaba en su bolso el último par de frascos de penicilina que le restaban y se encontraba de pie frente a la puerta de la residencia de Gilbert en Trebon. Quizá sería demasiado temprano para ir a meterse allí así, sin avisar; pero no le quedaba otra opción. Los agentes le habían hecho salir de casa antes de las seis de la mañana para registrar su hogar, pero fueron descuidados al dejarle salir sin siquiera intentar revisar su bolsa. Con delicadeza, sus nudillos golpearon la madera de la puerta. No hubo respuesta, pero prosiguió esperando a que la puerta se abriese. Primero escuchó pasos desde el interior, luego sintió cómo la puerta se abría, lentamente, la madera crujiendo con suavidad. Y vio el rostro de Gilbert, el cabello desaliñado… El albino parpadeó con lentitud, adormilado aún. Y ella se le adelantó.
- Lo siento por molestarte tan temprano…
Gilbert se coló por la rendija de la puerta, asomando la mitad de su cuerpo para ver hacia ambos lados del pasillo de la estancia en la que los oficiales se estaban quedando. Con suerte, nadie le vería hacer pasar a la húngara a su dormitorio. Le tomó la mano y la arrastró dentro. Y sólo estando en el interior del cuarto, Erzsébet pudo ver que estaba casi desnudo, que sólo llevaba ropa interior y todo su torso estaba a la vista. Cuando cerró la puerta y se volteó hacia ella, la vio sonrojada y notó que se debía a su desnudez. Diablos, ¿por qué no se había puesto algo encima?
- Lo… Lo siento, Erzsi… - Sus manos intentaron cubrir su zona más íntima, hubiese preferido desaparecer antes que tener que estar en esa situación tan embarazosa. Pero ella… Ella sólo sonrió, bajando la mirada.
- No te preocupes, Gilbert.
- Iré a… a ponerme algo encima…
La dejó en la entrada, esperándole mientras se colocaba los pantalones de su uniforme y una camiseta blanca encima. Regresó igual de desaliñado, igual de descalzo, pero al menos ahora no provocaría nada en la húngara. Ella estaba distraída observando el espejo dorado, el reloj que colgaba de la entrada. Todo le parecía tan lujoso, tan lejano a su realidad… Y él se le apareció de improviso, desde atrás, cuando ella se perdía imaginándose como una de esas chicas de la alta sociedad alemana, alguien que estaría a la altura de Gilbert, alguien que… Las manos del albino la rodearon, por la cintura, la hicieron girar. Y el contacto fue leve, pero tan intenso… Erzsébet se apoyó en las puntas de sus pies para alzarse, Gilbert se inclinó levemente y cuando ella pasó sus brazos por sus hombros… Sus narices se rozaron.
- Y… ¿Qué te hizo venir a verme? – Los ojos rojos se ocultaron tras una corrida de pestañas blancas, su mirada era serena, contraria a la nerviosa de la húngara, pero que poco a poco iba calmándose. Tal era el poder que Gilbert ejercía sobre ella.
- … La Gestapo está investigando al personal del hospital… Buscan a una chica… Una chica que infectó a los suboficiales con sífilis. – Su aliento era dulce; el albino lo amaba.
- ¿Fuiste tú? – El albino lo soltó en tono de broma, con complicidad hacia la castaña. Sus labios atraparon los de la joven. Y ella… Ella sintió la tensión del momento.
- Nem. No he sido yo. – Musitó la chica.
Los agentes movieron la cama. No habían encontrado nada sospechoso en el cuarto de Elizabeta, hasta que Kollmann ordenó mover la cama. Entonces saltó a la vista. Un pequeño frasco de vidrio rodó por el suelo de madera. Y Kollmann… Kollmann soltó una breve carcajada. Elizabeta Nóvak era el nombre de la asesina.
Gilbert cargó a Erzsébet a través del cuarto hacia su cama; ambos se desplomaron en ella, el albino sobre la castaña. Se miraron a los ojos y ella… Ella se adelantó. Sus labios le besaron, besaron su piel pálida, el contorno de sus labios y finalmente, sus labios propiamente tales. Él correspondió, sus manos se deslizaron por sobre las ropas de la chica, en las yemas de sus dedos sentía las curvas de su cintura estrecha y más abajo cómo toda la línea de su cuerpo se hacía ancha al dar paso a sus amplias caderas. Entonces bajó un poco más, delicadamente, descendiendo por sus muslos y hasta sus rodillas. Se detuvo, el beso se rompió. Erzsébet sonrió. Era la sonrisa más hermosa que Gilbert había visto en su vida.
Con un suave suspiro por parte de la húngara, el nazi metió su mano bajo la falda burdeo y la piel de la joven enfermera se sentía tan suave, tan cálida, que parecía que le llamaba. A él. Sólo a él. Giró su mano levemente y se encontró con las nalgas de la chica, que dio un suave respingo acompañado de un gemido algo ahogado. El albino quiso tentarla, jugar con ella… Pero sería duro aguantar tanto tiempo y Erzsébet le hizo saber que no estaban para juegos cuando sus finos dedos le rozaron la entrepierna por sobre el pantalón.
- Szeretlek. – La ceja algo arqueada de la húngara, los labios rojos tras los besos apasionados que venían dándose desde antes de llegar a la cama, la garganta desgarrada de la castaña al pronunciar la palabra… Gilbert se estremeció. ¿Cómo era posible que una mujer tuviese tanto poder, que le mirase con tanta lujuria y a través de su cuerpo le obligase a caer en la tentación? Los ojos rojos del albino se deleitaron por una última vez con el contorno de la chica que jadeaba sobre su cama. Internamente, la alabó; a su belleza, a su juvenil frescura, a su cuerpo, a toda ella. Y se dejó enredar por sus redes, giró en ellas atándose él mismo a la que sería su perdición. Estuvo a punto de aullar cuando la vio quitarse la blusa, quedando a la vista su vientre plano, sus pechos redondos y firmes. Y… Gott in Himmel! Supo que no aguantaría mucho más en esas condiciones. La misma castaña estaba tironeándole de la camiseta. Él se la arrancó casi de golpe, dejando a la vista ahora sin vergüenza su torso. Los dedos de la húngara se deslizaron por su piel, se sentó en la cama y le besó cada cicatriz.
Eran sólo ellos dos en esa sinfonía de sensaciones, amándose sin límite alguno. El nazi acabó por arrebatarle la falda a Erzsébet; ella le miró con fuego en sus ojos. Él sonrió; la besó en la frente y le ayudó a quitarse el sujetador. Los senos de la húngara se aplastaron levemente al contacto con la piel del torso del prusiano. Y él… Él deslizó sus manos por la espalda a medio arquear de la chica, tironeándole luego del borde de su prenda íntima. Ella soltó una suave risita y le tentó, bajándose la prenda con sensualidad y volviendo a subirla.
- Primero, tus pantalones. – Le señaló.
Gilbert ya estaba perdido y sólo… Sólo se los quitó tan rápido como pudo, sentándose al borde de la cama. Pero ella no le daba respiro, y apenas se los había quitado, ya apoyaba sus pechos suaves contra su espalda. La nariz de Erzsébet se enredó en sus blancos cabellos, los besó y… y Gilbert se giró una vez más, atrapando sus labios con los suyos, entrelazando su lengua con la suya… La hizo recostarse una vez más. La cruz de hierro por unos momentos colgó de su cuello antes de descansar allí, entre los pechos de la castaña. Se miraron otra vez, sin palabras de por medio, sólo respirando. Ella le robó un último beso mientras él se mostraba ocupado en quitarle la última prenda y en, finalmente, quitarse la suya. Y quedaron ahí, expuestos, desnudos, pero a la vez tan protegidos, envueltos en esa intimidad. Gilbert fue suave con ella, con un roce en su intimidad le avisó de sus acciones. Ella asintió, lo abrazó por los hombros y respiró hondo. Un dedo del prusiano se coló dentro, lentamente. Él casi se derritió al sentir la humedad, el calor… Pensaba en que eso sería lo que le recibiría cuando hiciera su ingreso oficial. La estimuló por unos segundos, recibiendo gemidos ahogados de la húngara, rozó su punto débil fuera de su entrada y ella se estremeció. Hizo entrar otro dedo, esta vez buscó entrar más dentro de ella; sintió cómo ella se entregaba, se abría para sus dedos. Los hizo girar y los sacó lentamente, mojados con los jugos de la chica.
Los muslos de la húngara aprisionaron sus costados, su mirada era irritada, como si estuviese enojada, pero sus ojos… Oh, sus ojos… Si la lujuria tuviese una imagen, esa imagen debía ser la de los verdes ojos de la castaña. Exigía, pedía… Y el miembro de Gilbert ya estaba endurecido, listo para comenzar.
Los brazos de ella le rodearon por el cuello, gimió suavemente. La luz del sol descansó sobre ambos. El albino apretaba los dientes, intentando respirar por la nariz sin mucho éxito. Empujando dentro de ella, con cuidado, con dulzura… Con amor. Las piernas de la joven se cruzaron en su espalda y le ayudaron con su peso a entrar en ella. Y era tan caliente que parecía que su miembro se quemaría, y era tan húmeda que a cada movimiento le acompañaba un sonido sucio, y era tan estrecha que pensó que la partiría en dos. Pero ella… Ella sonrió una vez más, le besó los labios brevemente y con sus piernas le invitó a mecerse dentro de su cuerpo. Su miembro salió un par de centímetros para volver a entrar. La castaña gimió quedamente. Esto era… Tan especial… Tan diferente a cada vez que lo había hecho. Gilbert la hacía sentirse completa, de algún modo inexplicable. Y su entrada no se sentía desgarrada, no se sentía manchada, sino todo lo contrario. Cada estocada, cada movimiento… Se sentía delicioso, le hacía desearle más y más cada vez…
Se mantuvieron moviéndose por unos minutos hasta que ella prácticamente no podía respirar cuando Gilbert se detenía al fondo de su entrada e intentaba golpear más dentro de la castaña. Y él… Sudaba, moviéndose ciegamente con la húngara, sin saber exactamente qué estaba haciendo, perdiendo toda noción, todo sentido… Parecía que llegaban al punto culmine. Y de pronto, el tiempo se detuvo. Ella recibió cada gota dentro de sí, él la llenó con su amor. Por unos segundos eternos se mantuvieron en aquella posición, pero el albino cedió y se dejó caer junto a la húngara. Ella lo besó, sus labios, su nariz, sus mejillas, su frente, sus ojos, todo lo besó. Y él, en un último impulso antes de sucumbir al cansancio, la abrazó contra su cuerpo.
