CAPÍTULO 4.
Terry conducía su automóvil con algo de prisa. Tenía unos papeles que revisar antes de la llegada de uno de sus clientes, y el tráfico no estaba ayudando mucho hoy. Bueno, también era cierto que hoy había salido de casa con un poco de retraso. Aceleró el coche cuando vio que la luz verde pasaba a naranja seguro de que alcanzaba a pasar al otro lado, pero entonces un chico en una moto se atravesó en su camino. El impacto se produjo, pues Terry no pudo frenar a tiempo. Lanzando una maldición, abrió la puerta y salió a mirar qué tipo de catástrofe había provocado por la prisa. Se acercó lentamente, y vio un joven tendido en el suelo, la moto, cuya rueda delantera aún giraba, estaba a escasos metros de él.
—Maldita sea —dijo—. Lo he matado. Se arrodilló frente a él poniéndose ambas manos en la cabeza. ¡Mierda, mierda, mierda! ¿Por qué tenía tan mala suerte en la vida? Pero entonces escuchó un quejido proveniente del muchacho, que se movió hasta quedar sentado. Terry se sintió tan aliviado, que prometió ir a llevar flores a todas las iglesias de la ciudad.
—¿Estás bien? —le preguntó con preocupación—. ¿Tienes un hueso roto? ¿Llamo una ambulancia? —el joven lo miró e hizo una mueca.
—Te saltaste el semáforo —lo acusó, al tiempo que lidiaba con el casco de seguridad para quitárselo. Terry miró alrededor. La gente se empezaba a aglomerar, seguramente la policía de tránsito vendría a hacer el estudio del choque y el embotellamiento sería tan monstruoso que no sólo lo afectaría a él, sino a los cientos de personas que ahora mismo necesitaban esta calle para ir a sus lugares de destino.
—Lo siento —dijo—. Tenía prisa. Fui imprudente—. Al parecer, el muchacho no esperaba una disculpa, así que lo miró un poco sorprendido. Terry lo vio ponerse en pie, y sintió que todos sus nervios se iban calmando. No tenía nada roto. Los bocinazos empezaron a escucharse, y cojeando, el chico fue hasta su motocicleta e intentó levantarla.
—Mierda, esta cosa quedó inservible.
—Te la arreglaré —dijo Terry—. ¿No quieres que te lleve a un hospital?
—Estoy bien. Sólo fueron unos rasponazos, pero la moto…
—Terry sacó su billetera y le pasó una de sus tarjetas. —Estos son mis números —le dijo al tiempo que se la pasaba—. Dame tu nombre, para así…
—Felipe White —contestó el muchacho, y Terry lo miró a la cara atentamente. Era un chico delgado, alto, cabello castaño muy claro un poco rizado. Sacudió su cabeza al ver lo que estaba haciendo; cada vez que escuchaba el apellido White, se detenía a mirar a la persona. Lo vio renquear hasta sentarse en el andén. Por más que dijera que no era nada grave, el chico no estaba bien. Mierda y más mierda.
—Vamos —le dijo—. Te llevaré a urgencias.
—No es…
—Prefiero llevarte y que los médicos me digan que no es nada.
—Pero estoy trabajando. La moto es de mi trabajo, no es mía. No puedo…
—Por lo mismo. No puedes. Déjame hacerme cargo. Te juro que esto es primera vez que me sucede, y no pienso dejarte por ahí sin asegurarme de que estás bien
—Felipe volvió a mirarlo, y esta vez sonrió.
—¿Eres un niño bueno y correcto? —se burló.
—A ti te conviene que lo sea en este momento, ¿no?
—No es la primera vez que me caigo de la moto.
—Estamos haciendo show —insistió Terry mirando desesperado cómo la gente seguía aglomerándose, y los bocinazos aumentaban. Uno de los carriles de la carretera estaba habilitado, pero, aun así, se había producido el embotellamiento. Felipe suspiró y tomó la mano que le tendía este niño rico y se puso en pie.
Él le abrió la puerta de su lujoso automóvil y lo ayudó a entrar. Mientras se aseguraba el cinturón de seguridad, lo vio levantar la moto del suelo y aparcarla al lado de uno de los locales comerciales de la esquina. Vio que incluso hablaba con alguien y le pasaba dinero. Cuando entró al coche, hablaba con alguien por teléfono, avisando lo sucedido y que llegaría tarde.
Felipe lo miró de reojo dándose cuenta de que no sólo era un niño rico, bueno y correcto, sino que además era alguien ocupado.
—Nos hemos arruinado el día —dijo cuando él colgó. Lo escuchó suspirar.
—Hay una ley que dice que cuando las cosas van mal, tienden a ir peor—. Felipe se echó a reír. Llegaron a una clínica, y Felipe llamó a su trabajo para informar lo sucedido. Después avisó a su padre, que llamó a su madre, para que le fuera a hacer compañía ya que él por su trabajo no podía.
Aurora quedó lívida al recibir la llamada de su esposo. ¡Su hijo había tenido un accidente en esa moto! Según lo que Antonio le había dicho, no era grave, pero ella odiaba que su hijo fuera de un lado a otro en una ciudad tan agitada y peligrosa en un transporte tan inseguro como ese. Tomó a Santiago, que por estar de vacaciones estaba en casa a esa hora de la mañana, lo vistió y se lo llevó consigo. Hoy no habría almuerzo en casa.
Terry no fue capaz de irse y dejar al chico solo mientras esperaba a que lo atendieran. A pesar de que todo iba a cargo de sus tarjetas, los estaban haciendo esperar en la clínica, y ya que había tenido que cancelar sus citas de la mañana, prefería quedarse aquí y asegurarse de que todo saldría bien.
Felipe White aún era un niño, había comprobado. Tenía veinte recién cumplidos, había tenido que dejar la universidad por ponerse a trabajar, y ahora mismo era un simple mensajero.
—¿Te gusta lo que haces? —le preguntó, y lo vio torcer el gesto.
—¿A quién le va a gustar? Estar todo el día en una moto, de un lado a otro, haga sol o llueva… A nadie —contestó con un suspiro.
—¿Qué estabas estudiando?
—Medicina —respondió Felipe.
—Qué bien. Vas a ser médico—. Felipe hizo una mueca. —Sólo hice dos semestres.
—Pero imagino que piensas algún día volver, ¿no?
—En cuanto la situación mejore…
—Bueno, tal vez no sea del todo malo que nos hayamos chocado —le dijo Terry—. Trabajo en una empresa bastante grande. Si me llevaras tu vida laboral, tal vez pueda ayudarte.
—Vamos, sólo pasaría de ser mensajero donde estoy a ser mensajero allá.
—Pero tal vez mejoren tus condiciones. Es sólo una sugerencia, tú verás si la sigues. Cuando vio a una mujer de cabellos cortos y rubio acercarse a ellos con cara angustiada, se puso en pie.
—¡Mi hijo! —exclamó la mujer abrazando a Felipe. Terry sonrió. Típico de las madres.
—Estoy bien, mamá. Mírame, estoy en pie.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo sucedió?
—Fue… mi culpa —dijo Terry, con algo de aprensión. Podía ser que esta señora lo matara a bolsazos por maltratar a su hijo. Pero ella lo miró con ojos humedecidos.
—Gracias por cuidar de él.
—Era mi obligación.
—Otro habría huido.
—Bueno…
—Mamá… ¿Te has traido a Santiago? —preguntó Felipe mirando a un niño pequeño que lo abrazaba.
Terry lo miró entonces. Era un chico guapo, de piel blanca, y algo se agitó en él a verlo. Sus ojos zafiros… le parecían haberlos visto antes.
—¿Es… tu hijo? —preguntó mirando a Felipe.
—Claro que no —sonrió Felipe—. Es mi sobrino. —No tuve dónde dejarlo —explicó Aurora—. Están de vacaciones, así que…
—¿Estás enfermo, tío? —preguntó el niño, y Felipe le contestó tranquilizándolo. Terry miraba al niño. Debía irse, ya Felipe no estaba solo, de aquí en adelante, no lo necesitaban y tenía mucho que hacer en su oficina, pero algo lo hacía estarse allí más tiempo. El niño lo miró, y Terry le sonrió. Tal vez era cosa suya, pero sentía que este niño se parecía a su propio sobrino, Pablo.
—¿Cuántos años tienes?
—Cuatro —contestó Santiago.
—Ah. ¿Estás en la escuela? —el niño asintió.
—Ya sé leer.
—¿Tan pequeño?
—Soy inteligente —dijo el pequeño sonriendo, y Terry se echó a reír.
—Ya lo veo —dijo mirándolo fijamente. Santiago le sostuvo la mirada por un rato, pero luego se recostó en el regazo de su tío mirando alrededor. No podía decir que le encantaran los niños. Amaba a los hijos de su hermana porque eran sus sobrinos, pero nunca les había prestado demasiada atención a los niños ajenos. Pero este le parecía guapo, listo, y despertaba en él un sentimiento de anhelo. Extraño.
—¿Cómo ocurrió el accidente? —preguntó Aurora. ¿Qué accidente?, se preguntó Terry. Ah, sí. El accidente.
—Yo… iba un poco deprisa… Choqué por una imprudencia—. Aurora lo miró fijamente por unos segundos—. Lo siento mucho.
—De todos modos —dijo Aurora—. Le agradezco mucho que no haya huido, y se haya hecho cargo.
—Claro que sí.
—Sin embargo, de aquí en adelante, ¡tenga más cuidado, por favor! ¿Y si mata a alguien? ¿Y si le hubiese sucedido algo a usted mismo? —Terry se rascó el cuello recibiendo la regañina, y vio que Santiago se reía. Entrecerró sus ojos mirándolo con una amenaza velada, pero el chico sólo rio más.
—Ya tengo su tarjeta —le dijo Felipe—. No creo que lo vaya a necesitar, pero si algo surge, lo llamaré.
—Claro —volvió a decir Terry. Lo estaban despidiendo—. En fin —suspiró dando unos pasos alejándose—. No duden en llamarme—. Volvió a mirar al niño y le tendió la mano.
—¿Cómo te llamas?
—Santiago. —Yo soy Terry. Cuida de tu abuela y tu tío—. Santiago sonrió asintiendo. Terry le alborotó el cabello y al fin le dio la espalda alejándose. Aurora miró la espalda de Terry largo rato.
—Necesitamos más hombres como ese.
—¿Por qué?
—Se nota de lejos que es un muchacho bien criado, responsable. Ay, Dios. Y tú, no me digas que ibas como un loco en esa moto. Te he dicho que no me gusta que vayas por toda la ciudad en moto…
—Mamá…
—Sabía que algo así pasaría en algún momento, le voy a decir a tu padre que…
—Pronto dejaré el trabajo. Candy está ahora mismo en una entrevista de trabajo, ¿no?
—Sí. Sí. ¡Dios! ¡Que le vaya bien!
Candy se bajó del autobús y caminó buscando la dirección que le habían dado por teléfono. Fue fácil encontrarla. El edificio de la constructora era un bloque enorme situado a un lado de una importante avenida. Eso le alegró, significaba que no tenía que andar mucho si se movía en el bus. Era grandioso, una parte recta, la otra, redondeada, brillante por sus paneles de cristal, y con una amplia zona verde. Árboles y jardines, recordó que en sus proyectos siempre se tenía en cuenta la participación de la naturaleza de una manera funcional.
Candy entró y dio su nombre en la recepción. No pasaron muchos minutos hasta que estuvo ante el mismísimo Richard GrandChester. Esto la sorprendió. Había imaginado que la entrevistaría alguien de personal, pero al parecer el presidente de esta compañía se encargaba de contratar personalmente a sus arquitectos.
En cuanto lo vio, Candy sintió algo muy extraño dentro de ella. Él le recordaba a alguien, a alguien muy querido. Tenía los ojos azules, y arrugas alrededor de los ojos. Cabello castaño un poco encanecido, y alto.
—Candy White —la saludó él tendiéndole la mano, y ella la estrechó sonriéndole.
—Señor GrandChester.
—Siéntate, por favor —ella hizo caso --. Quiero que empieces aquí. Estarás como ayudante de los actuales arquitectos, pero eso será temporal.
—¡Gra… gracias!
—No, no me lo agradezcas aún. Se te viene mucho trabajo encima; estas personas te pondrán a hacer tareas tal vez demasiado simples y rutinarias, pero deberás probarte ante ellos y ante mí.
—No me importa. Siempre que tenga la oportunidad de mostrar mis capacidades…
—¿Te gusta lo que estudiaste? —Candy sonrió ampliamente.
—Parece que sí —dijo él mirando sus papeles—. Dejaste la carrera por un tiempo.
—No fue voluntario, y, pues, como ve, en cuanto pude, regresé.
—Sí, eso veo—. Él la miró fijamente. La chica le pareció guapa, de mirada inteligente, y no hablaba de más.
Candy se preguntó si eso sería todo, cuando parecía que ya la estaba despidiendo. Sin embargo, salió de la oficina con él.
—Eso es interesante —siguieron caminando, y Candy pronto comprendió que el propósito del señor GrandChester era mostrarle algunos sitios del edificio en general. Se dio cuenta de que su secretaria los seguía, presto a seguir órdenes, como si esto, seguir al jefe, fuera su único trabajo.
Estaba siendo un rato agradable. Candy se preguntó si este recorrido se lo daban a cada arquitecto nuevo que contrataban; era una gran empresa, así que no debía tener dos, ni tres, sino muchos más. ¿Era un trato especial o simplemente el señor GrandChester estaba hoy de buen humor?
Sea como sea, estaba siendo la mejor entrevista que jamás hubiera tenido.
—Realmente —le confesó Richard GrandChester a Candy cuando se acercaban al final del recorrido— soy ingeniero, no arquitecto. Cuando mi hijo me dijo que deseaba estudiar arquitectura, lo critiqué un poco.
El machismo enseña que la ingeniería es la carrera de los hombres.
—Sí, he oído eso varias veces de boca de mis ex compañeros de estudio.
—Pero él me cerró la boca. Es un excelente arquitecto —Richard suspiró, y Candy sonrió al imaginarse eso. No parecía ser un hombre que se dejara cerrar la boca por cualquiera.
—Señor —dijo la secretaria que los había estado siguiendo—, llegaron las invitaciones de la galería Don—. Una mujer se hallaba al lado sosteniendo un paquete que seguramente contenía las invitaciones, y cuando Richard le extendió la mano, ella se dio prisa en abrirlo. Era un simple cuadrado de papel mate negro con algunas figuras florales de vivos colores.
—¿Cuántas son?
—Cincuenta, señor —contestó la mujer. Richard miró a Candy.
—¿Te gusta ver cuadros? —ella, tomada un poco por sorpresa, contestó:
—Ah… sí. Claro—. Acto seguido, él le extendió el papel.
—Constantemente nos invitan a estos eventos —explicó—. Este en especial ha sido muy sonado. El artista es mexicano.
—Le agradezco que me dé una invitación a mí.
—Todos los arquitectos están invitados siempre. Se espera que ellos se inspiren viendo los cuadros y decidan no sólo llevarse algunos a sus casas, sino también incluirlos en sus futuros proyectos. Ya sabes, no sólo construimos.
—Entiendo —entonces se dio cuenta de que se hallaban ya en la salida del edificio. Fin del recorrido, se dijo, sintiendo un poco de pesar. Durante todo este tiempo, que había disfrutado, se había estado preguntando a quién le recordaba este hombre. No creía haberlo visto antes en ningún lugar. Había asistido a congresos y simposios, pero también dudaba que hubiese sido allí. No le coges cariño a alguien a quien has visto por unas escasas horas. Guardó la invitación en su bolso y miró de nuevo al que sería su jefe.
—Te espero aquí en una semana —se despidió él, y ella sonrió.
—Aquí estaré, señor —él volvió a estrecharle la mano y la vio partir. Se dio cuenta de que no caminó hacia la zona ajardinada, sino que se fue andando hacia la avenida.
Un coche se detuvo casi frente a él, y de él vio bajar a su hijo, que le entregó las llaves al encargado después de darle indicaciones de llevarlo al taller.
—Hola, papá —lo saludó.
—¿Le sucede algo al coche? —Terry agitó su cabeza.
—Tuve un pequeño accidente —Antes de que Richard se preocupara, añadió:
—No me pasó nada, pero choqué con un chico y tuve que llevarlo a urgencias.
—¡Terry!
—Él está bien —agregó—. Sólo fueron raspaduras—. Cuando su padre suspiró, Terry sonrió—Parece que sólo te doy preocupaciones.
—No seas tonto —le contestó Richard mirándolo de reojo—. Estas cosas pasan. ¿Vienes de allí, entonces?
—Sí. ¿Y tú, ibas de salida?
—No. Acabo de despedir a mi nueva empleada.—. Él lo miró confundido, pero no tuvo tiempo de quedarse allí a charlar y se internó en el edificio.
—Nos vemos a la hora del almuerzo —le dijo mirando su reloj, ya no quedaba mucho para esa hora, e hizo una mueca.
—Ve —lo despidió su padre, y Terry siguió su camino. Richard miró sonriendo a su hijo, y se quedó otros instantes allí mirando hacia el camino por el que se había ido Candy White.
Candy sacó su teléfono cuando estuvo en la parada de autobús con una sonrisa que le era imposible disimular.
—Mamá —saludó al escuchar su voz.
—Hola, Candy. Qué bien que llamas —la voz de ella parecía un poco preocupada.
—¿Pasó algo? ¿Santiago?
—Santiago está perfecto. Es tu hermano; tuvo un accidente.
—¡Oh, Dios!
—No, no te preocupes, él está bien. Ahora mismo lo están atendiendo los médicos. Sólo fueron raspaduras y golpes.
—¿Dónde estáis? Iré hacia allí…
—No hace falta. Para cuando llegues, nosotros estaremos saliendo. Nos vemos en casa.
—¿Santiago está contigo?
—Sí… —Candy suspiró y cerró sus ojos.
—Vale, nos vemos en casa entonces.
—¿Te dieron el trabajo? —preguntó Aurora antes de que su hija cortara la llamada. Candy sonrió.
—Sí. Empiezo en una semana.
—¡Qué bien!
—No tengo mucho saldo, mamá. Hablamos en casa.
—Está bien. Felipe regresó a casa con la muñeca vendada, un dolor en la nalga izquierda a causa de una inyección y una buena bolsa de medicamentos. Minutos después de que entraran al pequeño apartamento, llegó Candy y le tuvo que contar con detalle cómo fue el accidente, y cómo el causante no se había desentendido de él.
—Es un buen tipo —dijo Felipe apoyando la cabeza en la almohada de su cama—. Otro se habría puesto a discutir y dejado que pagara el seguro, porque, si te soy sincero, yo también me adelanté un poquito.
—Bueno, al menos no fue un idiota que salió huyendo—. Felipe sonrió.
—Me dijo mamá que te dieron el empleo —Candy sonrió asintiendo.
—¡¡¡Woah!!! —exclamó Telma cuando Candy le contó con todo detalle lo que estaba haciendo y dónde—. Maldita, ¡ganas lo mismo que yo y acabas de graduarte! —Candy se echó a reír.
—Tengo mejor suerte, tal vez.
—Sí, no cabe duda. ¡Pero qué bien, amiga! —Candy sacó de su bolso la invitación a la galería de arte y se la extendió a Telma.
—Aquí dice que es para dos personas. ¿Podrías acompañarme?
—Patético. Irás con tu mejor amiga a un evento donde deberías ir del brazo de un hombre.
—Y tú eres especialista en arruinarme el buen humor —le reclamó mirándola con rencor— ¿Vas a venir conmigo o tendré que ir sola?
—¿Eres capaz de ir sola?
—Entonces qué. ¿Tendré que privarme de salir y vivir la vida sólo porque no tengo un hombre a mi lado para que me haga compañía? Estoy por pensar que los hombres para ti sólo son un accesorio.
—En muchos casos lo son —Candy le miró mal, pero Telma no pudo resistirse mucho rato—. Está bien. Iré contigo. También estoy soltera, qué le vamos a hacer.
Terry no prestaba demasiada atención a los cuadros, sólo hablaba con el que a todas luces era el artista que en esta ocasión exponía, y, se dio cuenta, echaba vistazos disimulados al reloj.
—Tú aquí, ¿eh? —lo saludó Adrian, y Terry fue muy tacaño con su sonrisa.
—Hola —le dijo. A continuación, le presentó al pintor, un larguirucho de cabellos y barba rizada y rojiza. Llevaba lentes redondos espejados y una boina de cuadros. Raro.
—Un placer —lo saludó Adrián, y en un aparte le dijo a Terry
: —¿Puedes venir conmigo un momento? —Terry miró al pintor, y después de disculparse, se alejó con Adrián—. Ahora, agradéceme, que te libré de tener que entretener a ese hombre—. Se ufanó Adrián con una sonrisa. Terry hizo una mueca.
—Más bien, creo que lo libraste a él. Al parecer, se sentía en la obligación de hacerme compañía.
—Ah. Alguien le dijo quién eres—. Terry asintió, mirando a todos lados. Adrián suspiró. Terry no había cambiado; en momentos, parecía que le caía bien, y en otros, como este, como que no. Era como si a ratos le fastidiara.
—¿Trajiste a tu novia? —le preguntó.
—No. Kelly tenía otro compromiso.
—Ya. Yo tampoco traje a nadie—. Terry lo miró de reojo.
—Tú no tienes a nadie.
—¿Qué sabrás tú? Hace mucho tiempo que no salimos y nos tomamos una cerveza—.
Terry elevó una ceja. Nunca había vuelto a beber nada que le ofreciera nadie, a menos que fuera un familiar. Podía ser un trauma, pero ya lo conocían porque los vasos se quedaban intactos en sus manos por mucha sed que tuviera. Que Adrián le reclamara eso era un chiste. No entendía por qué se consideraba su amigo, no ganaba nada con eso. Tenía el puesto más alto que un arquitecto podía conseguir en la empresa de su padre, y había sido por su propio talento, lo que respetaba. Sin embargo, siempre que podía lo buscaba, le daba conversación, y hasta bromeaba.
—Daré una vuelta por allí —dijo Terry—. Tal vez me guste un cuadro y lo me lo lleve.
—Mentiroso —masculló Adrián, pero Terry alcanzó a escucharlo. Meneando su cabeza, Adrián vio cómo se alejaba. Otra vez había salido huyendo, era como si no le gustara que le cayera bien.
—Mira este —le dijo Telma a Candy, señalando uno de los cuadros. Candy se detuvo a mirarlo. El tema de la exposición era la naturaleza, así que había flores, jardines, mujeres y niños en medio de ella.
—Es bonito. —Pero no te impresiona. No te ha impresionado ninguno.
—Claro que sí. ¿Has visto sus precios?
—Sí, eso sí que impresiona —contestó ella riendo. Telma se quedó mirando otro, y Candy avanzó. Este era el de una niña recogiendo flores en su cesto. Era precioso. El sol daba con una luz naranja, y todo el cuadro parecía llevar las mismas tonalidades. Lindo. Pero el siguiente la dejó allí, clavada en su lugar. Era una mujer, una mujer en medio de un rosal. Llevaba un ligero vestido blanco, y sobre su falda había regadas rosas de tallo largo, con unos cuantos pétalos sueltos. Sin embargo, el rostro de ella no era de felicidad, incluso, parecía que aquello que tenía en la mejilla era una lágrima. ¿Por qué lloraba? Estaba herida, se dio cuenta. Sus manos estaban heridas por los espinos de las rosas. ¡Qué hermoso! ¡Qué triste! Alrededor de toda ella había rosas, rosas rojas como la sangre, con tallos y hojas verdes como el más antiguo bosque. "¿Cuántas rosas crees que quepan en una hoja?", recordó que decía el último dibujo de rosas que recibiera. Como no había vuelto a la universidad en mucho tiempo, había dejado de recibirlas.
—En este cuadro debe haber cientos —dijo, sintiéndose nostálgica. En aquella época, en los dibujos de rosas, había encontrado que tal vez estaba dispuesta a amar, y ser amada; estaba completa, entonces, aún era digna. Si se encontrara, por casualidad, con el pintor de rosas, ¿la aceptaría él tal y como era ahora? ¿Qué tan puro era su amor? Eso, descartando que el monstruo fuera el mismo pintor. No, no. Hacía tiempo que había decidido que no podían ser la misma persona. Era una casualidad que ese malnacido conociera su nombre, por ejemplo. Sólo una casualidad.
Terry la vio. Allí, de pie frente a uno de los cuadros más grandes, y esta vez no corrió hacia ella. La vez pasada lo había hecho sólo para quedar como un tonto viéndola irse del brazo de otro. Al parecer, el universo estaba pujando por hacer que se la encontrara allí, por casualidad,
más veces de lo normal. Otra vez, ¡estaba tan hermosa! Llevaba un sencillo vestido color rojo vino y zapatos de tacón medio negros. Su bolso de cuero lo llevaba a un costado, y su cabello rubio largo y ondulado le llegaba a la cintura. ¿Estaba sola? Al parecer, sí. No pudo quitar la mirada de encima de ella, sólo atinó a acercarse unos pasos más, meter una mano en el bolsillo y encontrar un sitio desde donde pudiera contemplarla sin ser descubierto. Ella no había cambiado mucho, tenía la misma estatura, el mismo tono de piel y el cabello conservaba su largo. Tal vez era un pelín más caderona, pero eso sólo acentuaba sus curvas, haciéndola más deseable. Otra vez sus formas le mantenían los ojos clavados en ella, otra vez todo se agitaba dentro de él. Qué poderoso sentimiento, pensó. No se había desvanecido con el paso de los años. Lo que en principio fue un chispazo, como dijo su hermana esa vez, había evolucionado. El tiempo no lo había ahogado, ni las circunstancias. ¿Si ella alimentaba este sentimiento, llegaría a convertirse en un poderoso incendio? Imaginarla a ella sonriéndole, hablándole, buscando un beso suyo fue casi como un golpe en el centro del pecho. Cerró sus ojos privándose a sí mismo de esa maravillosa visión, sólo para encontrar descanso al volver a mirarla. No era justo. ¿Por qué su corazón había elegido a alguien tan lejano? ¡Qué difícil mujer! Esquiva, como una mariposa. Ella miraba un cuadro, con el rostro levantado hacia él, y él por fin desvió la vista de ella para mirar hacia la pintura. Y entonces sonrió con un dolor sordo que invadió todo su cuerpo. Era una mujer en medio de un rosal. ¿Te estás acordando? Quiso preguntar. ¿Echaste en falta alguna vez mis rosas? En su antigua habitación habían quedado archivados los otros dibujos. Allí estaban acumulando polvo. En esa época, había ideado todo un plan: hacer dibujos de rosas, cada uno con un número específico de ellas. Para ello, había acudido al jardín de la mansión para dibujar rosas reales, luego, las veces que no pudo entregar el dibujo él mismo, logró engatusar a algún desconocido transeúnte para que lo dejara dentro de su bolso en el momento en que ella no estuviera mirando. Recordó ahora una vez en que había sido un anciano encargado de la limpieza y éste lo había dejado caer muy cerca de Candy. Ella había estado a punto de pisarlo y descubrirlo todo y él de sufrir un infarto, pero el viejo había logrado recuperarlo. Lo había enrollado y metido en un bolsillo de su vieja mochila y fingido seguir barriendo como si nada. Habían sido muchas aventuras con tal de entregarlos y mantenerse a sí mismo en las sombras. Entonces parpadeó cayendo en cuenta de algo. Hoy era el lanzamiento de esta exposición, así que las puertas no se habían abierto al público en general aún. ¿Por qué estaba ella aquí? Caminó hacia atrás, sin perder de vista a Candy, y se introdujo un poco bruscamente en el círculo en medio del cual estaba el pintor.
—¿Invitaste a alguna otra empresa hoy?
—No —contestó él.
—¿Estás seguro? —Pregunta al personal de seguridad —contestó el hombre encogiéndose de hombros. Terry no perdió el tiempo.
—¿Alguien entró sin invitación? —le preguntó al hombre que estaba en la puerta.
—Jamás —aseguró él. —¿Sólo los de la empresa?
—Son las únicas tarjetas que hemos recibido —contestó una mujer que hacía de guía y anfitriona en el evento al ver su interés—. Se enviaron cincuenta, y cincuenta hemos recibido esta noche.
—¡Trabaja en la empresa! —exclamó Terry, alejándose. Volvió a buscarla, y ella seguía allí, mirando el cuadro. Incluso, le pareció que acercaba su mano a su rostro como quien seca una lágrima. Era extraño. No había forma de entrar a la empresa sino siendo un profesional. Lo que él sabía de ella era que había dejado la carrera para casarse. Pero, acercándose un poco más, se dio cuenta de que no llevaba anillos en sus dedos, más que uno que parecía sólo decorativo. O no estaba casada, o no acostumbraba usarlo. ¡Y debió haberse graduado de arquitecta! ¡Su padre no aceptaba estudiantes, ni gente sin grados!
—Trabaja en la empresa —se repitió Terry, sintiendo su pecho agitado. Por fin la había encontrado. Por fin podía saber más acerca de ella.
Ah, podía morir feliz hoy. Bueno, hoy no. Quería hacer muchas cosas primero. Pudo reconocer a la antigua amiga que siempre la acompañaba a todos lados que se acercaba a ella y hablaban de algo. Ella miró su reloj, y de repente pareció muy alterada. No te vayas, quiso decir. Déjame mirarte otro rato esta noche.
Mirar era todo lo que podía hacer hoy. Mañana, cuando supiera más acerca de la vida de ella, se dejaría caer por los lados donde estaba su lugar de trabajo "de casualidad", y de casualidad, se harían amigos. Y de casualidad también, se prometió a sí mismo, se enteraría si tenía al fin una oportunidad real con ella, y la aprovecharía. Ah, lucharía con todas sus fuerzas para atraerla. Usaría todo lo que tuviera a su disposición para hacer que se enamorara de él, la conquistaría. Una mujer podía ser conquistada.
Candy salió de la galería con su amiga, y él se quedó allí, frente al cuadro, mirándolo a través de los ojos de Candy. ¿Qué había visto ella de precioso en él? ¿Era tan sólo el tema? ¿Las rosas?
"¿Cuáles rosas?, había preguntado la Candy de su sueño. Tú sólo me diste espinas".
—¿Te gusta? —preguntó Adrián señalando el cuadro.
—Sí. Mucho.
—Llévalo —sugirió él con un encogimiento de hombros.
—Buena idea—. Terry habló con uno de los organizadores del evento y le prometieron entregarle el cuadro al final de las dos semanas que tardaría la exposición. Debía permanecer allí colgado por el bien del evento, y después, todos aquellos que hubiesen sido adquiridos irían con sus dueños.
—No importa —dijo Terry con una sonrisa. De todos modos, no podía dar un regalo así después de sólo dos semanas de haber conocido a una mujer, ¿verdad?, se dijo con una sonrisa. Tal vez en esta ocasión, las rosas que pensaba dar debían estar en otro nivel. Todavía no sabía a qué se iba a enfrentar, pero ella había amado este cuadro, por lo tanto, debía ser suyo.
—Quiero que busques en tu base de datos a una persona —le pidió Terry a uno de los directivos del departamento de recursos humanos. Era una mujer de mediana edad y, sin embargo, muy guapa, que de vez en cuando trataba a Terry con familiaridad, aunque este siempre era algo tosco en su trato.
—¿Una chica? —bromeó ella. Terry la miró y recordó su nombre. Mayra.
—Sí. Una mujer. Su nombre es Candy White —Mayra elevó sus cejas y estiró sus labios. Sabía quién era Candy, aun así, tecleó algo en su ordenador.
—Sip —suspiró—. Fue contratada hace tres semanas.
—¿Tres semanas? ¿Tanto? —Mayra lo miró elevando una ceja.
—Realmente, es la arquitecta más reciente.
—Es arquitecta —susurró él—. ¿Preside algún proyecto?
—Conoces las políticas de esta empresa. Todo nuevo arquitecto entra siendo ayudante, y luego de que ha demostrado sus…
—Entonces, ¿a quién le está ayudando ahora?
—A Adrián Fernández.
—¿Qué?
—Bueno, está en varios proyectos a la vez, pero el más importante es ese.
—¡Tres semanas aquí y yo no lo sabía! —se dijo Terry pasándose la mano por la cara.
—Es importante la chica, ¿verdad? —sonrió Mayra. Terry la miró fijamente. Sí, Candy era importante. Mucho. Los pies le estaban exigiendo ir ya mismo a donde ella podía estar para ir a verla. Se cruzó de brazos sintiendo que, si no los ataba a su cuerpo, haría algo muy tonto.
—Pues mira que como me caes bien, te diré algunos detalles. Está soltera, vive en una casa familiar, seguramente con sus padres, y tiene un… ¡oye! —lo llamó Mayra cuando vio que él prácticamente salía corriendo de su oficina. Se echó a reír. No había alcanzado a decirle que según la información que le había dado al departamento de recursos humanos, ella tenía un hijo. Bueno, tal vez él ya lo sabía.
Candy se acercó a la oficina de Adrián Fernández con unos papeles en las manos. Él, al verla a través de sus ventanales y puerta de cristal, la hizo entrar. Estaba con dos más mirando planos dispuestos sobre una enorme mesa anexa a su escritorio. Le gustaba trabajar con Adrián Fernández. Era dinámico y directo. Si algo no le gustaba, lo decía claramente, y escuchaba las sugerencias de su personal con atención.
—¿Qué dices tú, Candy? —preguntó al verla—. Estos muros de hormigón, me parece a mí, que están afeando un poco la vista general. Parecía más bonito en mi cabeza, pero verlo aquí…
—Yo le he dicho que tal vez acero —dijo otro, señalando un punto sobre el plano. —El acero está muy visto —se quejó Adrián.
—El hormigón puede quedarse —intervino Candy—. ¿Por qué no crear previamente unos moldajes textiles para cada uno de ellos? Será un poco más de trabajo, pero definitivamente la vista tanto de lejos como de cerca será hermosa.
—Mmm, moldajes textiles. ¿Una textura en especial? ¡Hola! —se interrumpió Adrián al ver a Terry entrar. ¿Tú aquí? Qué extraño. ¿Me traes café o algo?
Candy se giró a mirarlo, y de repente todos sus instintos de conservación, defensa y ataque reaccionaron al mismo tiempo. Soltó lo que tenía en las manos y dio varios pasos atrás poniendo una silla en medio del monstruo y ella. Era el monstruo, no cabía duda. Era él. Su estatura, la forma de su rostro, la forma de su silueta, y ah, algo más espantoso aún; él tenía la misma mirada de aquella vez. La misma intensidad en su expresión.
—Hola, Adrián —dijo él saludando, pero tenía la mirada fija en ella. Al escuchar el timbre de su voz, grave y sedoso como aquella vez, los ojos de Candy se humedecieron de puro terror. Ya no tenía la menor duda de su identidad. Olvidó que no estaba en un bosque solo y oscuro, sino en una oficina donde había más personas. Él la estaba mirando, como un león que mira a su presa, y ella siguió retrocediendo.
—No —susurró, incluso elevó sus manos como defendiéndose para luego gritar:
—¡No! ¡Aléjate! —encontró algunos adornos sobre el escritorio y empezó a lanzarlos. Terry logró esquivar algunos, pero otros definitivamente impactaron en él. Todos en la oficina la miraron pasmados—. ¡Vete! ¡No te dejaré otra vez! ¡¡Vete!!
—¿Candy? —preguntó Adrián, pero ella estaba gritando como si estuviera en un mundo extraño donde una bestia demasiado horrorosa quisiera atacarla solo a ella. Siguió su mirada y encontró a Terry mirándola tan desconcertado como todos allí.
—¿Candy? —dijo él. La conocía, sabía su nombre y eso extrañó momentáneamente a Adrián, pues Terry poco se relacionaba con los arquitectos de segundo nivel, pero tuvo que caminar hacia ella que estaba destrozando su oficina. Le tomó las manos para detenerla, y Candy gritó aún más fuerte—. ¡Déjala! —le gritó Terry dándole un empellón y separándolo de ella. Sin embargo, cuando Candy se dio cuenta que éste se hallaba a tan sólo un paso, gritó desde el fondo de su alma y luego perdió la conciencia.
Continuará...
