Amar de Lejos
Capítulo 4
La mujer de la florería
Ella estaba muy entretenida charlando con Longbottom durante la cena, tanto que no le mandó ni una mísera mirada. A Snape se le había olvidado por completo que ese chico iría al castillo, lo que significaba que se llevaría prácticamente toda la atención de Hermione mientras estuviera allí. Mejor para él, pensó. Sin embargo, el bichito de los celos le picaba el cuerpo. Verla ahí, así, tan cercana y abierta, le dejaba claro cuánta diferencia había en ella cuando trataba con un amigo de verdad y cuando lo hacía con un conocido al que sólo le tenía simpatía.
Pero si lo que buscaba era apartarse de los sentimientos que ella le provocaba con su cercanía, ahí tenía la mejor solución.
Terminaron todos de comer y Severus había abandonado la mesa, cuando notó una presencia a su lado.
-¿Y?- le preguntó Hermione, observándolo con una insistencia tal que lo hizo sentir muy presionado. Él le sostuvo la mirada.
-¿Qué?
-¿Te gustó el regalo?- quiso saber la mujer. Severus no habló ni dio señales de querer hacerlo-. No me digas que no lo abriste...
-Pues... Se me olvidó- pronunció él en voz baja. No le iba a decir que estuvo observando el regalo misterioso por casi diez minutos, mucho menos que le daba tanta mala espina que había pensado en destruirlo. Lo único que hizo con él fue dejarlo sobre la cama y hacer como que no existía-. Lo veré ahora.
-Eres tan desconsiderado- refunfuñó Hermione-. Después no te quejes si no recibes ni uno para tu cumpleaños.
-No es tu problema, ¿o sí?- replicó Snape, más sarcástico que ofensivo.
-Tienes razón- afirmó la bruja, sonriendo de repente-. Me voy con Neville, él sí aprecia las muestras de afecto.- Y se fue.
¿"Muestras de afecto"?
¿Qué diablos le importaba a ella su cumpleaños y los tontos regalos? Él aceptaba los detalles, pero no era la clase de persona que los esperaba. Y ¿cuándo le comunicó que cumplía años por esa fecha? No recordaba haberlo hecho nunca. Pero, por supuesto, ella era entrometida por naturaleza...
En su habitación, tomó el regalo y rasgó el papel. Comprendió enseguida por qué ella había estado tan expectante: era una bufanda color verde oscuro. No era para nada fea. Es más, se sorprendió de que hubiera acertado tan bien en sus gustos. La extendió y algo cayó al piso, una nota. Se agachó para recogerla, leyó y una risa silenciosa subió por su garganta.
"Para que dejes de lloriquear".
Conque esa era su "muestra de afecto": un mensaje insultante. No podía esperar nada más, en realidad. Él hacía lo mismo con ella, estaban, por así decirlo, jugando su propio juego.
Dobló la bufanda y la guardó en lo más alto del ropero. Jamás la usaría, no le brindaría ese placer.
Ninguno de los dos mencionó lo de la nota, él solamente le dio las gracias y le dijo que "podía haber sido peor". Y si ella estaba esperando alguna otra reacción de su parte, no lo demostró. Ni siquiera lo fastidió para que se la pusiera, no aludió a sus "lloriqueos", tampoco le volvió a preguntar si le gustó o no.
Él se encontraba algo contrariado, como si realmente hubiese querido que ella se molestara más. Pero simplemente la notaba... tal vez un poco más distante e indiferente. A veces, tenía la impresión de que lo evitaba, como cuando se topaban en los pasillos y ella repentinamente daba media vuelta, o cuando sus miradas chocaban y la bajaba de inmediato.
¿Estaba avergonzada por haberle dado ese regalo, por haberse tomado el tiempo de comprarlo, envolverlo y entregárselo? ¿O era que en verdad le dolió que él no mostrara ni el menor entusiasmo? ¿Debería haber sido más agradecido? Ella ya sabía cómo era él, no podía reprochárselo... ¿o sí?
Atribuyó esa conducta a la compañía de Longbottom. Iba con él a todos lados, en contadas ocasiones la vio andar sola por ahí. Comían juntos, pasaban el tiempo libre juntos, ella ni siquiera se quedaba en la sala de profesores ya. Snape no quería ni imaginarse cómo iba a ser cuando Longbottom tomara el lugar de Sprout (motivo por el que se encontraba de visita). Él dejaría de ser el " colega predilecto" con el que conversaba mientras trabajaban.
Pero, una vez más se dijo, mejor para él. Tenía que ir acostumbrándose.
Cincuenta años. Ese día, cumplía cincuenta malditos años. Era un viejo con todas sus letras. Aunque si no fuera por Granger, él sería el profesor más joven del colegio.
Había transcurrido una semana desde el regreso a clases, y Longbottom seguía siendo un continuo impedimento para poder tener encuentros con Hermione. Lo que más lo fastidiaba (aunque se lo negara una y mil veces) era que ella parecía no darse cuenta de lo poco que coincidían, no lo echaba de menos tanto como él. De esa forma, la vida laboral era demasiado tediosa. Él, como solía hacerlo, hablaba muy poco con los demás, ahora pasaba la mayor parte del día en las mazmorras, casi siempre solo, otras veces con alumnos que cumplían castigo.
Saber que ella no lo buscaba ni necesitaba, estando tan cerca, era... no sabía cómo se sentía al respecto, pero no era una buena sensación.
No la vio en el desayuno, tampoco durante las rondas de la tarde. Lo felicitaron, vaya que sí, todos sus colegas y bastantes alumnos, pero ella no estaba por ninguna parte.
Le daba igual, su ausencia no iba a afectarle. Además, sí recibió regalos, así que le había cerrado su bocaza.
Él siguió su rutina como si fuese un día más en el calendario. Era sábado, lo cual fue lo más positivo; fue un gran obsequio no tener que ver las caras de idiotas que ponían sus pupilos cada vez que él daba una lección.
Por eso estaba tranquilo, recostado en una butaca frente al fuego, con los ojos cerrados, gozando de una noche pacífica.
Sí, habría sido mejor si ella hubiese aparecido para decirle algo, cualquier cosa bastaba. Sin embargo, no iba a caer en depresión ni nada parecido, sólo... habría hecho de su día, un día mejor.
Comenzaba a quedarse dormido, la comodidad y la calidez hacían pesados sus párpados, le adormecían las extremidades. Cuando en su mente se hilaban los primeros pensamientos que se transformarían en sueños, escuchó, como si se hallara a kilómetros de allí, golpes suaves en la puerta de su despacho.
Se incorporó con pesadez, al tiempo que se frotaba los ojos. Era demasiado bueno para tratarse de él, siempre había algo o alguien que arruinaba su calma.
Caminó lentamente hasta la puerta y la entreabrió. Bueno, ahora su día era un día mejor.
-Hola- saludó una sonriente Hermione. Snape frunció el ceño, sin abrir más-. ¿Puedo pasar?- preguntó, y alzó la mano, en la que sostenía una botella. Pero el profesor se mantuvo estático, observando con recelo lo que ella le enseñaba-. Es vino de elfo... Pensé que... podríamos hacer un brindis por tu cumpleaños.- Severus tomó la botella a través del resquicio de la puerta, examinó su contenido y la etiqueta, la giró entre sus manos, movió la varita y sacó el corcho, olfateó, atrajo una copa hacia él y se sirvió un poco-. Ay, por favor...- se quejó ella, pero Snape no le hizo caso, saboreó el vino de la forma más demorosa que se le ocurrió, tragó y miró a la bruja. Luego asintió con la cabeza y la dejó entrar-. Dios...- susurró Hermione, cerrando la puerta.
Él, en completo silencio, dispuso dos copas sobre una mesa cerca de la chimenea, sirvió vino en cada una y se sentó en la misma butaca en la que había estado antes de que lo interrumpiera. La mujer tomó asiento en un sofá al otro lado de la mesa, frente a él.
-Bien, ya que el vino obtuvo tu visto bueno, feliz cumpleaños- dijo ella, levantando su copa unos pocos centímetros, casi con timidez-. Perdón por no haberte saludado antes, pero me necesitaban en mi casa.- El profesor Snape seguía callado, trataba de descubrir cuáles eran las verdaderas intenciones de Granger. No era necesario que ella le diera explicaciones, y no lograba entender por qué se las estaba dando-. En fin... ¿Qué tal tu día?
-Bien- respondió él, su voz salió grave, y sus ojos estaban fijos en la copa. No tenía sentido que ella se acercara así, después de haber estado tan esquiva.
Un silencio incómodo, que hacía tiempo no sentían, creció entre ellos. La iba a inquietar lo que más pudiera para ver hasta dónde era capaz de llegar, si decidía quedarse y dar a conocer las razones de aquella espontánea visita, o bien, rendirse y escapar de su presencia.
De modo que sacó sus ojos de la copa y los plantó en los de ella. Dejó en evidencia sus inexistentes planes de crear una conversación, le dijo con la mirada que él no iba a hablar primero, que tenía que hacerlo ella... y las mejillas de ella se pusieron rojas. Él sonrió de lado.
-Eh... yo...- Hermione apartó la vista a la mesa, mientras jugueteaba con la copa entre sus manos-. Había pensado que... esta sería una buena ocasión para... no sé... ¿conocernos mejor?
Él ablandó el gesto, ya no eran necesarias las rudezas... aunque, siendo completamente sincero consigo mismo, le había encantado la reacción que produjo en ella. Pero la dejaría hablar más.
Así que esperó...
-Siento que... hemos sido muy prejuiciosos el uno con el otro- prosiguió Hermione, ahora hablando con más aplomo, viéndolo a los ojos sin ruborizarse-. Y ya es tiempo de dejar todo eso atrás. ¿Qué piensas tú?- Severus caviló por unos instantes. Le atraía la idea de conocerla más, pero... ¿quería dar a conocerse él?
-Está bien- contestó llanamente. La mujer vertió más vino en las copas, mientras él la seguía con la mirada.
-Tengo una duda... una gran duda- manifestó ella, observándolo con su habitual cara de curiosidad. El profesor se mantuvo silencioso-. ¿Cuántos años cumples?- Granger siempre con sus preguntas inesperadas. No tenía deseos de que se enterara de eso, pues la haría pensar... darse cuenta de la verdadera y gran brecha de edad que existía entre los dos. Pero era obvio que ya lo sabía, no había que ser un genio para ver que él era mucho mayor. ¿Qué otra cosa esperaba?
-Cincuenta- pronunció el mago. Hermione alzó las cejas.
-¿De verdad?- Snape asintió-. No los aparentas.
-No empieces con los cumplidos, no tienen efecto en mí.
-Estoy hablando en serio, Snape- sentenció Hermione-. Creía que tenías menos.
-¿Ah, sí? ¿Cuántos tienes tu?- cuestionó a modo de defensa, para que parara con la palabrería. Estaba al tanto de que no era la mejor pregunta que se le podía hacer a una mujer, pero ella empezó.
-Tengo treinta- dijo con franqueza-. Este año cumplo treinta y uno, y ni siquiera te voy a preguntar si me veo más joven, porque sé que me vas a decir que no.
-No pongas palabras en mi boca.- Qué bueno, lo salvó de tener que decirle que los años le habían sentado bien... mucho más que bien. Bebió otro poco, ansiando que el vino le atara la lengua. Ella también bebió. Siempre realizaban una pequeña pausa tras una discusión.
-Y... ¿estás soltero?
El corazón. El maldito corazón siempre molestándolo con sus carreras locas. Viniendo de cualquier otra mujer, esa pregunta podría resultar realmente comprometedora. Sin embargo, tratándose de Granger, era algo casi inocente.
-No soy casado- dijo Snape, al mismo tiempo que le mostraba su desnudo dedo anular izquierdo. Hermione le lanzó una mirada sardónica.
-No hablaba de eso.
-Formula bien tus preguntas, Granger. Si lo que quieres saber es si tengo pareja... no, no tengo- sentenció, a lo que ella lo siguió escrutando visualmente-. ¿Y tú?- Si le decía que sí, sería una no grata sorpresa.
-Tampoco- respondió ella-. ¿Hace cuánto estás soltero?
-¿Esta es tu manera de conocer a las personas? Eres muy rara.
-No tienes que responder si no quieres- rebatió Hermione, mientras se encogía de hombros.
Como Snape se estaba interesando más y más, decidió no cortar la charla.
-Hace diez años.- Él guardaría por siempre en su memoria la cara de asombro que puso ella en ese momento.
-¿Diez? Entonces...- Y ya advertía el camino que tomaban sus pensamientos.
-Sí, después de la guerra- dijo el mago, antes de que Hermione hiciera una pregunta tonta y obvia.
-Vaya...- farfulló ella, lucía aturdida-. ¿Me permites preguntar... quién?- Severus entrecerró los ojos un milímetro.
-Era muggle- explicó, sin darle demasiada importancia-. Y como se nota que te mueres por saber toda la historia, te la contaré, siempre y cuando te quedes callada.- Hermione hizo un gesto de cerrar una cremallera sobre sus labios.
Granger era de confianza, de forma que era seguro contarle aquel episodio de su vida. Además, si se sinceraba, había muchas posibilidades de que ella también lo hiciera. Suspiró profundamente, se acabó la copa, sirvió más vino y se dispuso a comenzar:
-Como todos saben, cuando la guerra terminó, me llevaron (ignorando mi voluntad) a San Mungo. Después de... un mes y algo, la Orden tomó medidas preventivas en lo que respectaba a mi seguridad (de nuevo, sin consultarme), y resolvió enviarme a una guarida que mantenían en un poblado rural muggle. Así que me enviaron a una cabaña pequeña, se aseguraron de contarles a los vecinos una historia inventada, para que no hicieran preguntas. Al lado, vivía una mujer que tenía una florería; a ella le pidieron que se encargara de mí, que me fuera a ver una o dos veces al día, se preocupara de que comiera y todas esas tonterías.
-Disculpa- interrumpió de repente Hermione. Él arrugó el entrecejo-. ¿Cuál fue la historia que contaron? Digo... ¿qué dijeron para no levantar sospechas?
-Que yo trabajaba en un zoológico, domando serpientes, y que una pitón me atacó.- Ella movió la cabeza afirmativamente e hizo un ademán con la mano para que continuara-. Se lo creyeron, desde luego. Les dijeron que yo necesitaba reposo y tranquilidad, que esa casa había pertenecido a mis abuelos y un montón de patrañas. El caso es que, debido a que el veneno de la serpiente seguía actuando en mi cuerpo, yo estaba muy debilitado, y la mujer de la florería me visitaba por la mañana y por la noche, cuando cerraba su negocio. Y...- ¿Cómo expresar lo que había sucedido luego? Para él, esos meses fueron confusos, como si no hubiese vivido realmente, entre dolores, pesadillas frecuentes y muchas, muchas interrogantes-. Ella era la única persona con la que tenía contacto, sin mencionar algunos pobladores que llegaban ocasionalmente para cerciorarse de que yo siguiera respirando.
-¿Cómo se llamaba?- inquirió la bruja. Él no se irritó ante otra interrupción, sabía desde el principio que Granger no cerraría el pico.
-Elizabeth- dijo Snape en un susurro. No conocía el apellido... nunca se lo preguntó, y si ella se lo dijo, no se acordaba-. Nos fuimos... haciendo cercanos con el tiempo. Cabe mencionar que viví en ese lugar durante dos años; el primero, estuve recuperándome, y el segundo, ocultándome del Ministerio y los Mortífagos, aunque en realidad... me daba igual.- Agarró su copa y dio un lento sorbo de vino. Hacía tanto que no rememoraba esa época que tenía muchos sentimientos reencontrados. Fueron buenos tiempos, había sido parecido a desligarse de la realidad y aprovecharse de la vida de otro hombre. Observó a Hermione, que lo miraba a los ojos intensamente. Ella era cien veces más bella que la mujer de la florería, más bella que cualquier otra. Despegó los ojos de su mirada y siguió con el relato:-. Una cosa llevó a la otra y comenzamos una... no sé si llamarle relación, pero era algo similar.
-¿Por qué no le llamarías una relación?- volvió a intervenir Hermione, causando que Snape levantara una ceja. Él se preguntaba por qué le importaban tanto los detalles, sin embargo, no lo cuestionó.
-Porque... yo no estaba muy comprometido que digamos.- Se sentía bien por poder hablar con alguien de esto, y no solamente por sacárselo de adentro, sino porque la persona que lo escuchaba no lo juzgaba-. Por eso no funcionó... Por eso y porque, en sus palabras, yo soy muy odioso, frío y tengo un carácter de los mil demonios.- Provocó una risa en Hermione-. Tiempo después, me sacaron de ahí. No volvimos a vernos, no había forma en la que ella pudiera contactarme, y yo nunca lo hice. Volví a Hogwarts y el resto es historia.- Ya se estaban poniendo muy profundos con la conversación, y a él no le apetecía exponerse más. Pero, al parecer, Hermione tenía planes muy distintos:
-¿La querías?- Las palabras fueron seguidas por un trago de vino, como si ella se hubiera retractado y quisiera nunca haber dicho nada. Severus la miró, serio, sin exteriorizar las emociones que lo traspasaban. La mujer de la florería le hizo la misma pregunta una vez, y él no había sabido qué contestar, pero ahora... recordándolo todo, cómo se sintió con ella, cuánto lo ayudó, lo cuidó y cómo se preocupaba por él, conocía la respuesta.
Asintió con la cabeza de forma casi imperceptible, observando sus propias manos. No se sentía capaz de hacer esa declaración viendo a Granger a los ojos. Se estaba mostrando débil... y no le gustaba. El silencio prolongado le dio la impresión de que Hermione no sabía qué decir a continuación. La escuchó suspirar con suavidad, mientras le daba vueltas a la copa.
Él alzó la vista, se enderezó en su asiento y puso su expresión dura.
-Ya pasó, y he hablado demasiado acerca de mí, no voy a seguir- dictaminó y cruzo los brazos encima de la mesa-. Es tu turno.
-¿Mi turno? Como quieras, cumpleañero- dijo la bruja. Severus se puso nervioso, aunque no comprendió muy bien por qué. Tal vez fue el tono de voz, o la mirada, o la intimidad originada-. Estoy soltera desde hace... veamos... tres años, más o menos. Era un sujeto que conocí en una conferencia de ya ni me acuerdo qué.
-¿Estabas muy distraída con él como para acordarte?- inquirió Snape. Si ella lo interrumpió, él también lo haría.
-No, la verdad es que puse mucha atención, pero era aburrida. A él me lo topé en la cena de después- replicó Hermione, hablaba como si no fuera un tema relevante-. Al principio, nos llevábamos bien, teníamos muchas cosas en común, salimos por meses, pero nunca pudimos encajar, no sé si me entiendes.- Snape movió la cabeza una vez en señal de afirmación-. Él no estaba muy convencido de querer incluirme del todo en su vida, y, seré sincera, yo tampoco lo quería de esa forma en la mía. No quiero decir que tuviéramos una mala relación ni nada de eso, es sólo que no veíamos un futuro en común. Sumando el hecho de que él quería partir al extranjero a trabajar, y yo... tengo mi vida acá.
-Francamente, Granger, es un verdadero milagro que un hombre te haya aguantado por meses- dijo Severus. No quería escuchar ni una palabra más de los antiguos noviazgos de ella. Los celos le corroían las entrañas y, por más que se esforzaba, no lograba quitárselos.
-Oye- espetó ella, ceñuda-, no soy tan terrible como me ves. Contigo sí soy insoportable, pero porque tú me pones así.- Lo que mejor describía la sensación que tenía él en el estómago era lo que comúnmente se conocía como "mariposas". Llegó a la conclusión de que por fin había perdido la sensatez-. En fin- siguió Hermione-, eso se terminó. Antes tuve algunas relaciones cortas sin importancia. Creo que mi destino es ser la solterona de la familia, pero no me preocupa... tengo la compañía que necesito- manifestó, mientras que miraba a la nada, sonriendo.
Se refería a sus tontos amigos, lógicamente, no a la compañía literal, que era él.
-Mejor solo que mal acompañado- comentó Snape.
-Salud por eso- aseveró ella, levantaron sus copas al mismo tiempo.
El mundo debió haberse distorsionado mucho esos años como para que estuvieran manteniendo semejante conversación. ¿Él y Granger brindando por ser unos fracasados en el amor? Fue una fortuna que no nombrara a Weasley, aquello habría arruinado todo. En todo caso, ella no evidenció ninguna señal de tristeza o nostalgia, y él se turbaba cada vez más con sus miradas penetrantes.
-¿Puedo usar tu baño?- preguntó, de pronto, Hermione-. Ya sabes... el vino.
-Detrás de esa puerta, a la derecha- indicó él, ocultando la inquietud que le producía el hecho de que ella entrara a su dormitorio.
Hermione se levantó y atravesó la puerta con toda confianza. El profesor Snape percibió que la túnica que ella traía puesta era nueva... por lo menos, él no la había visto antes. Mientras la miraba alejarse, distinguió el contorno de su cintura y la forma redondeada de sus caderas.
A ella, el vino le hizo efecto en la vejiga, a él, en cambio, en las hormonas. Detestaba a los hombres que volteaban a ver el trasero de las mujeres, como si se trataran de un pedazo de carne, pero en esta oportunidad no pudo evitarlo. Tampoco le agradaba verse a sí mismo como un viejo pervertido, aunque, en su defensa, era la primera vez que la miraba de ese modo. La respetaba, y lo seguiría haciendo.
Sin embargo, los músculos le ardían ante la necesidad de contacto físico. Deseaba tener la libertad de tocarla, aun si fuera sólo un pelo, un roce mínimo de su mano; deseaba, con una avidez demente, averiguar qué tan suave era su piel. Comenzaba a enfermarse por desearla tanto... y eso que acababa de darse cuenta.
Hermione regresó pasados unos minutos, él se distrajo bebiendo para olvidar sus pensamientos libidinosos.
Hablaron un poco más, pero esta vez de asuntos menos personales. Severus evitó mirarla demasiado, mientras que ella lo hacía sin vergüenza. Se sentía sucio por pensarla así, siendo que ella sólo era amistosa. Hermione le confesó muchas de las aventuras que vivió con sus amigos cuando estudiaba, las veces que utilizaban la capa de invisibilidad para escabulllirse por la noche, cómo (gracias a él) tuvo que ser la consejera emocional de Longbottom después de cada clase de Pociones, los cientos de deberes con los que ayudó a Potter y Weasley. Snape estaba al tanto de que ella y su grupo eran unos alborotadores, pero jamás cruzó por su mente que hubieran logrado hacer tantas cosas que sin que él se enterara.
-Veo que eras el cerebro de la operación, Granger- expresó el hombre.
-Lo admito- dijo ella, con poca modestia-, pero únicamente cuando el plan era muy descabellado, alguien tenía que lograr que no nos atraparan.
-Así que tú eras la mala influencia.
-No tienes idea la de veces que los detuve. Si no fuera por mí, nos habrían expulsado en primer año.- Snape sonrió, concordaba por completo con eso-. Y lo dices como si tú nunca hubieras hecho una travesura en el colegio.
-Yo no hacía esas cosas, era un alumno ejemplar- replicó él, lo que causó que Hermione se riera.
-Sí, claro- dijo con sarcasmo la bruja-. ¿No eras tú el que se batía a duelo con el padre de Harry todo el tiempo?
-Poner en su lugar a alguien no es lo mismo que portarse mal- objetó Snape. La botella estaba vacía, sólo quedaba vino en las copas. No se dio cuenta en qué momento pasó.
-Tienes excusa para todo, ¿no?- Severus encogió los hombros-. Como sea, no te creo, es bien sabido que eras indisciplinado.
-No. Era un come libros como tú- declaró él. Se quedaron mirando luego de eso, como si los dos cayeran en cuenta de lo similares que habían sido en su juventud... de lo similares que eran ahora.
El deber de apartarla era urgente ya. Le estaba haciendo mal.
Así que apuró lo poco que quedaba de vino y se levantó. La bruja se estiró y bostezó, antes de ponerse de pie también.
-Qué bueno que aceptaste mi vino y mi presencia- expresó Hermione. Ambos caminaban lentamente.
-Sólo porque el vino era de buena calidad- repuso él, al tiempo que abría la puerta. Ella curvó apenas sus labios y negó con la cabeza.
Se miraron, callados y quietos. Hermione llevaba una expresión que el profesor no pudo descifrar. Tuvo la sensación de que lo estaba examinando. Se alteró enormemente y quitó la mirada, pero, en su interior, repetía mil veces una palabra dirigida a ella.
"Acércate". Él no era el Gryffindor, el tonto impulsivo. No estaba en su esencia dar el primer paso, él esperaba los movimientos para después actuar frente a ellos.
"Acércate". Si ella lo hacía, él iba a responder.
-Has cambiado, Snape, has cambiado mucho- musitó Hermione, que seguía de pie frente a él, sin mostrar intenciones de querer marcharse.
-¿Cómo se supone que tengo que interpretar eso?- preguntó el hombre. Existía tensión, y ahora no era sólo él quien la sentía, estaba seguro.
Ella sonrió de lado.
-Depende de ti el sentido que le quieras dar.- Severus frunció el ceño.
" Acércate". Hermione se movió un poco hacia adelante, con los ojos puestos en el piso. Sin embargo, reprimió lo que fuera que iba a hacer, dio un paso hacia la salida y le dio las buenas noches. Snape cerró la puerta con suavidad.
Se echó en el sofá otra vez y contempló las copas vacías sobre la mesa; notó que la de Hermione tenía una mancha de un color entre el rosado y el rojo, la había tiznado con su lápiz labial. Esa copa lo atraía incomprensiblemente, era como un testimonio de que él, el odiado y temible profesor Snape, estuvo compartiendo en su despacho con una mujer. Se imaginó que si los alumnos lo supieran, sería un chisme que alimentaría sus conversaciones por mucho tiempo.
En sus labios se dibujó una media sonrisa. Cerró los ojos, mientras repetía la escena de hace unos minutos. Granger, a pesar de lo que él había creído, sabía escuchar. Se mantuvo interesada en su historia, y hasta pareció compartir los sentimientos de él. Antes de que se fuera, tuvo la seguridad de que ella iba a hacer algo arrebatado, como abrazarlo, por ejemplo. A él nadie lo abrazaba, y ella ya lo había hecho una vez... Quería repetirlo.
Divagó en esas reflexiones hasta llegar al recuerdo de la mujer de la florería. Elizabeth era una buena persona, muy alegre y positiva. Los años borraron casi por completo los rasgos de su rostro y el sonido de su voz, pero estaba intacto el castaño oscuro del cabello y los ojos, la piel blanca. Recordaba que se peinaba siempre con una trenza, que su pelo era tan liso que podía pasar sin problemas los dedos entre medio.
La quiso, sólo entonces se percató de cuánto la quiso. Con ella se sintió, por primera vez, realmente querido. Recordó, también, cómo la tomó por la cintura una noche, después de que ella lo visitara, y la besó, cómo ella se asustó al comienzo, pero después se dejó llevar, cómo la recostó en su cama, cómo ella lo acariciaba y le susurraba cosas bellas al oído. Ella le adornó la vida con sus flores. Por ella, comprendió que el mundo no se terminó con la muerte de Lily Potter.
Tal vez no lo supo apreciar en su momento, tal vez debería haberse quedado, como ella propuso con tanta ilusión cuando le confesó que se había enamorado. Él nunca lo estuvo, y ella amaba a un hombre que no existía.
Pero no se arrepentía de su decisión; arrepentido estaría si nunca más hubiera vuelto a sentir lo que sintió con y por ella.
Ahora había otra mujer, una más joven e inalcanzable; una que le desordenaba todo, que casi le cortaba la respiración cuando lo tomaba desprevenido, que no lo dejaba dormir por las noches de tanto pensar. Hermione llenaba de buenos sentimientos los espacios vacíos, lo hacía sentir inseguro de su propia determinación, y sonreír como un idiota y desearla, con esas túnicas y vestidos holgados que ponían en marcha su imaginación, o sus manos pequeñas ofreciéndole una taza de café.
Si pudiera robar un poco del sabor de sus labios y perderse en su cuello, para besarlo por horas, hundirse entre sus piernas...
Frenó la visión. Su mente nunca había ido tan lejos. Solía llegar al punto en que la besaba y ya, pero esta vez podía sentir el calor invadirle el cuerpo. Era culpa de ella, su sensualidad escondida y su maldito vino.
El deseo sexual era mucho más grave que la atracción.
Los reviews alimentan el alma de esta pobre escritora. Recuérdenlo... recuérdenlo *eco*
¡Gracias por leer!
¡Besos y mucha fuerza al pueblo mexicano!
Vrunetti.
