—Creo que esta falda es más acorde con la cita —dijo Vero, analizando la escueta prenda de ropa entre sus manos.

—¡Esa falda deja la mitad de mi culo al aire! —se quejó Lauren infantilmente.

—¡Es la idea! —exclamó alzando los brazos ante lo aparentemente obvio, al menos para ella.

La nueva actitud de Lauren era bastante parecida a la de un maniquí; una actitud que prácticamente le había sido impuesta.

Estaba con ambos brazos abiertos y extendidos, en ropa interior y frente al largo espejo de la habitación de sus amigas. Inmóvil, casi sin pestañear. No, no era la nueva cara de Chanel. No, tampoco era la prueba del nuevo maniquí viviente en los escaparates. No, solo se trataba de su cita a ciegas.

Veronica, junto a un metro de costurera colgando de uno de sus hombros, la observaba frotándose el mentón. Se creía Meryl Streep en "El diablo viste de Prada" o simplemente ver tantas veces "La cenicienta" con Lucy le hacía creer que ella era el Hada Madrina mientras que cientos de parajillos y ciervos danzarines entrarían por la ventana para ayudarla en su ardua tarea.

—Ehm... esta blusa no me convence —reflexionó después de un extenso silencio, tirándola a la montaña de ropa inservible— ¡Lucy! ¿Hay algo escotado y rojo?

—No sé... espera —susurró con un tono de voz extraño.

La voz de Lucy se parecía a la de Neil Armstrong dentro de aquel Apolo 11 alunizando por primera vez en la historia. Lejos de ser estrellas las que le rodeaban, estaba cubierta y recubierta, por capas y más capas de ropa. Lauren jamás había visto tanto desorden en toda su vida.

—¡Oh! ¡Aquí! ¡Lo encontré! Es perfecto.

Veronica giró hacia ella y se hizo con la muda en el aire. Los pelos de Lucy, después de salir de aquel panal de ropa, se parecían a los de alguien recién electrocutado. Entre saltos de conejo cruzado con un canguro, se acercó hasta ellas.

Lauren resopló.

Y la conozco, sé que no se caracterizaba precisamente por ser alguien colmado de paciencia. A veces temía por la salud de aquellos que la rodeaban, a veces incluso llegué a temer por mi salud y eso que solo soy el narrador omnisciente, a veces tenía miedo de que robara el martillo del juez y empezase a golpear a todos como si se tratasen de esos topos de peluche de las barricadas de las ferias.

—Creo que, ya que es mi cita, debería opinar. ¿No? —las observó con dureza intentando encontrar la calma inexistente en sí misma— Vamos... solo es una sugerencia.

—No, silencio —pensó concentrada— ¡Necesito algo más escotado! —gritó cual Juana de Arco y Lucy, como su fiel escudero, corrió de nuevo a su posición.

Un nuevo suspiro escapó de los labios de Lauren.

Era viernes, esos viernes que tanto amaba junto a nachos con cantidades industriales de queso cheddar y su adorada serie "Ley y orden". Esos viernes donde el inicio del fin de semana se palpaba en el ambiente y en su estado de ánimo, como culminación a cinco arduos días de trabajo.

Viernes. Pero no un viernes común.

Cuando salió aquel día de su bufete, pensaba dormir temprano para amanecer activa y con energía e ir a la biblioteca donde siempre preparaba sus casos; pero, para su desgracia, nada más pisar su apartamento dos pirañas la atacaron. Véase pirañas como Veronica y Lucia. Sin dejar que se deshiciera si quiera de sus pertenencias, simularon un secuestro y la encerraron en el dormitorio de su apartamento.

Tenían planes.

Tenían planes y ella no estaba enterada. En la vida estructurada y esquematizada minuto a minuto de Lauren Jauregui, algo similar suponía un tsunami.

En este caso, un tsunami comprendido por montones de ropa en vez de agua.

—Este —indicó Veronica, sacándola de sus pensamientos— Sí, definitivamente es este. Atrevido pero al mismo tiempo sensual, sin mostrar mucho ni poco, solo lo justo.

Escasos minutos más fueron necesarios para que la sirvienta se convirtiese en Cenicienta. Bueno, en realidad, desde que la abogada se transformara en una prostituta del barrio caro de Manhattan. Pero a Lucia y a Veronica parecía no importarles mucho este pequeño hecho.

—¡Perfecto! —gritó Vero chocando sus palmas y haciendo que Lauren diese una vuelta sobre sí misma— Aunque cualquier cosa es mejor que ese kimono que tenías en mente.

—No era un kimono —corrigió alzando el dedo de forma amenazante— Era un diseño exclusivo y es lo último de esta temporada.

—¿Kimono no es lo que usa Mulán? —acotó Lucy, tan útil como de costumbre.

Lauren giró los ojos ignorando lo dicho y se miró atentamente al espejo; planchando unas arrugas inexistentes en el vestido, embutida en esa corta tela roja que prácticamente no la dejaba respirar, con los pechos casi rozándole la garganta y unos tacones de veinte centímetros con los que no sabía como podría caminar sin morir en el intento.

En otra parte de Boston, concretamente en el dormitorio principal de la segunda planta de un viejo edificio marrón con ventanas azules, Camila Cabello también se observaba al espejo con el mismo ceño fruncido de Lauren e igual desgana por aquella cita a la que, prácticamente, había sido obligada a asistir.

—¿Con o sin lazo? —preguntó a Harry, quien la observaba con una amplia y emocionada sonrisa.

—Me gustas más con el pelo sin ningun accesorio, con el lazo pareces un caniche.

Camila giró sobre sí misma.

—Obviaré el insulto y te daré la razón… pero solo porque también me gusto más con el cabello despejado, por lo menos ahora —sonrió al verse en el espejo y de inmediato meció el rostro— Tampoco es que vaya a casarme con ella.

—Nadie ha dicho que debas hacerlo —se levantó y dio varios pasos hasta ponerse frente a ella— Considero que te viene bien salir un poco, conocer gente... por lo que Lucy ha contado es una chica atractiva. Puede ser divertido, nadie ha hablado de ramos de novia —guardó silencio y susurró para sí mismo— Todavía.

—¿No te parece un poco fuerte el sitio donde será la cita?

Harry alzó la vista y la miró, desinteresadamente.

—Está en tu lista.

—¿Y dónde se supone que será la cita? —preguntó Lauren, mientras terminaba los últimos retoques de su maquillaje. O, más bien, intentaba quitarse la máscara de pintura que Veronica le había colocado.

—No lo sé, Harry me ha dado una dirección pero no me resulta familiar el lugar —respondió Lucy, sacando un papel del bolsillo trasero de su pantalón— Supongo que será un restaurante de lujo, él tiene mucho estilo.

—¿Cómo me has dicho que se llamaba la chica?

—No te lo he dicho porque no lo recuerdo —mordió el labio inferior e hizo un esfuerzo por recordar— Creo que era algo con B...

Lauren inspiró profundamente e intentó controlar ese ataque de ira que la estaba carcomiendo desde hacía más de dos horas. No solo estaba vestida cual zorra, sino que encima saldría con una tal "x". Al menos esperaba que realmente se tratase de una mujer y no un transformista de los barrios bajos de Boston.

Viniendo de Veronica cualquier cosa se podía esperar, por lo que inmediatamente giró la vista hacia ella.

—No me mires a mí —atacó antes de que pudiese abrir la boca— Cuando iba a decirme su nombre casi la mato creyendo que se trataba de la acosadora de Lucy.

—No es una acosadora, ya te he explicado que solo es una alumna atenta —acotó con el ceño fruncido— Además, ¿qué más da su nombre? ¡Es hermosa!

—¿Segura? Porque la última vez que me organizasteis una cita, con esa compañera tuya… —miró de reojo a Veronica— Medía un metro noventa y podía levantarme como si fuese un muñeco de peluche.

—Claro, es lógico, hacía halterofilia —elevó los hombros.

Lauren la miró fulminantemente.

—Si te decimos cómo es físicamente, dejaría de ser una cita a ciegas —sonrió Lucy.

—¿No te intriga saber como será? —preguntó Harry, moviéndose con nerviosismo por la habitación—

—Será como todas las bostonianas con las que me he acostado. Una relación rápida y efímera. Nada serio. Diversión, poco tiempo y sin compromiso —sentenció, ultimando su maquillaje— No te entusiasmes demasiado.

—Eres tan aguafiestas mujer —frunció el ceño y meció el rostro— Quizás no, quizás sea tu princesa rosa llegada en caballo blanco. No puedes ser tan negada, tienes que dejar que el amor fluya.

—Estoy algo nerviosa —giró hacia él con la mirada desencajada— ¿Vale?

—¿Estás nerviosa? —preguntó con ternura Lucy.

—Claro que lo estoy —respiró profundamente, aún mirando su reflejo— Tengo una cita a ciegas con una chica de la que no sé siquiera el nombre. No sé dónde voy, no sé si puede ser una delincuente o una boxeadora, quién sabe. ¡No sé nada! —estalló alzando los brazos— No soy de piedra, también tengo sentimientos.

Veronica se acercó y colocó su mano en uno de sus hombros.

— Si quieres, si lo necesitas, podemos reservar una mesa a tu lado. Así podría guiarte y decirte como debes actuar. ¿Qué opinas? —ninguna respuesta provino de su parte, nada más que una mirada dura llena de odio y un fruncido de labios de forma amenazante— Bien, como sabía que pondrías esa cara, he hecho una lista de las cosas que debes hacer y las que no —desplegó el papel ante sus ojos— Sin duda la necesitas.

—Harry… ¿Qué es eso? —preguntó Camila, arrugando el ceño con confusión.

Su amigo carraspeó, se aclaró la garganta y comenzó a leer algo en una servilleta de papel arrugada, manchada y maltrecha que, de repente, había sacado prácticamente de la nada.

—Como sabía que estarías nerviosa y yo soy el mejor amigo del mundo… he escrito una lista —sonrió satisfecho consigo mismo— Lo primero que debes tener en cuenta: Si te habla de trabajo, muestra interés. No es el mejor tema del mundo pero hay personas que viven para él. No le demuestres que te aburre. Y, por supuesto, no pongas esa cara —indicó, extendiendo el dedo.

—Punto 1 —comenzó Veronica— Nada de hablar de trabajo. No acusados, no juicios, no juez, no casos de divorcios que espanten a la pobre chica o la hagan roncar antes del segundo plato.

—Segundo. Jamás menciones a Donna como si fuese el amor de tu vida. Creerá que estás loca —Camila intentó irrumpirlo pero fue en vano— No he terminado.

— Punto 2. Si te habla de animales, no pongas esa cara de asco tuya —frunció los labios alzando la vista— Sonríe e interésate por ello. Hay personas que viven para sus animales, no todas son entes inertes y sin vida como tú.

—Tercero. No la agobies con tanta charla, no hables todo el tiempo porque estás nerviosa, no empieces a hacerle preguntas personales simplemente para tapar el silencio —tragó saliva ante la mirada expectante de su amiga— Déjala hablar, escúchala y muéstrate comprensiva. Si hay un silencio incómodo, simplemente espera pacientemente y cuenta hasta diez.

—Punto 3. No te quedes callada, nunca. No la mires altivamente. No suspires o gires los ojos si dice algo con lo que no estás de acuerdo —Lauren intentó evitar esto último que era precisamente lo que estaba haciendo ante esa absurda lista— Muéstrate activa, vivaz, efusiva. Ya sabes... todo eso que no eres.

—Cuarto. Ni se te ocurra contarle sobre tu idea de ponerle nombre a los objetos.

—Punto 4. Si parece desquiciada o un tanto desequilibrada, no la juzgues. Es la primera cita —hizo una efímera pausa— Además, las locas después son las más calientes.

—Quinto. No le propongas tener una sesión de besos calientes en el baño —notó el ceño fruncido de Camila— Nos conocemos...

—Punto 5 y último. Si quiere que lo hagáis en la primera cita, no lo dudes ni un solo segundo, hazlo —exigió absolutamente convencida— Así sea en el baño, ¡da lo mismo!

Nuestras dos protagonistas, al mismo tiempo pero desde sitios completamente diferentes y sin ninguna conexión aparente entre sí, se tomaron los minutos necesarios para analizar las pautas mencionadas por sus respectivos amigos. Moviendo la cabeza lentamente, ambas asintieron con cierto temor.

—¡Ah! Me olvidaba… —exclamó Harry.

—Y por sí se te olvida… —agregó Veronica.

—Por favor… —indicaron al unísono— No digas ni una sola palabra sobre tu no-creencia en el amor.

Camila y Lauren. Lauren y Camila.

Una cita a ciegas. Dos desconocidas. Dos no-creyentes del amor y negadas por completo a la posibilidad de encontrarlo. Dos mujeres que poco sabían la una de la otra pero que, sin duda, mucho estaban por aprender. Dos personas diferentes y casi antagónicas. Pero, como bien afirman algunos, los polos opuestos siempre se atraen.

Y, si no se atraen por sí mismos, para eso están los personajes secundarios.

—¿Todo claro? —preguntó Harry.

—¿Entendido? —indagó Veronica.

—Sí, perfectamente –respondieron a la par, a punto de adentrarse en una aventura sin fecha de caducidad.

O sí, pero ellas aún no lo sabían.

Fechas que para Camila carecían de importancia hasta hacia tan solo un día. Fechas que habían regido la vida de Lauren desde que tenía consciencia.

Fechas.

Números correlativos formando un mes. Meses adornando un año. Años haciéndonos más y más viejos. Eso era lo peor de todo, el no poder detener el tiempo, no poder controlar el correr de los días.

O al menos así lo era para Camila.

Los días pasaban, y cada vez más rápido, año nuevo se acercaba y su lista permanecía prácticamente intacta. No estaba ansiosa porque tuviese prisa, simplemente deseaba poder terminar por primera vez algo de lo que se había propuesto en su alocada vida.

Llegar puntual no era una de sus virtudes pero sorprendentemente, o mejor dicho debido a la insistencia de Harry, estaba frente al lugar indicado a la hora establecida. No, aún más insólito, estaba diez minutos antes.

Jamás en veintiséis años había llegado temprano a ninguna cita, evento o encuentro. Jamás. Excepto aquel día. Una extrañeza más que añadir a esta sucesión de acontecimientos extraños. Como el hecho de que, también por primera vez, Camila Cabello estuviese vestida elegantemente correcta y formal.

Mientras esperaba a su cita, se observaba en el enorme cristal de la puerta del restaurante, intentando contener las ganas de quitarse los tacones y correr calle abajo para así huir de toda esa locura.

Se observaba sin verse realmente, no había nada de ella en esa chica de cola alta recogiendo su pelo por completo, sin rastro de esos mechones desordenados a los que ella estaba acostumbrada. Tampoco tenía mucho parecido aquel abrigo negro con sus habituales de colorines. Y mucho menos el vestido que escondía bajo él, también de color negro impoluto, era para nada habitual en su guardarropa.

Se sentía ajena en su propio cuerpo. Se sentía incómoda con aquellos tacones un número más grande que el suyo. Se sentía una completa desconocida en esa cita, la cual estaba comenzando a detestar sin aún haberla empezado. Esas cosas nunca salían bien. Las citas forzadas a ser estaban destinadas al fracaso.

¿Cuánto podía tener en común con una chica de quien nada sabía? ¿Cuánto podía congeniar con alguien capaz de ser amiga de una loca y una psicópata?

Mucho más de lo que crees, mi querida Camila Cabello.

Dentro del taxi, Lauren Jauregui se preguntaba exactamente lo mismo. Mismas cuestiones, mismos miedos, misma incertidumbre. Mismo destino.

Miraba distraída por la ventana mientras respondía con monosílabos al monólogo del conductor, quien parecía no comprender que nada le importaba a ella si tenía tres hijos, dos perros y un hámster o si pasaba los veranos con sus padres en Miami. Suspiró una vez más y pensó seriamente en la posibilidad de tirarse del coche, pero por la velocidad a la que iban y por lo estrecho de su vestido comprendió que no era lo más aconsejable.

Por lo tanto simplemente optó por inspirar profundamente y apreciar el paisaje.

Conocía esa ciudad de sobra, conocía cada rincón, cada parque, cada edificio emblemático o lugar de interés. Había llegado hacía ocho años a Boston, con una maleta plagada de ilusiones y con el convencimiento de que finalmente había encontrado su lugar en el mundo.

Pero, para su desgracia, esa sensación de desarraigo y de no pertenencia seguía golpeándola constantemente.

¿Alguna vez viviría verdaderamente? ¿Por qué le costaba tanto ser feliz? ¿Qué necesitaba para sentirse completa? Tenía éxito, un trabajo que adoraba, buenos amigos, una casa llena de comodidades, una vida tranquila y responsable. ¿Por qué seguía sintiendo ese vacío en su pecho? ¿Acaso jamás podría estar satisfecha?

—Señorita… —dijo el chofer, sacándola de su ensimismamiento– Hemos llegado.

Lauren sacudió el rostro ante la interrupción y buscó su bolso con nerviosismo.

—¿Cuánto le debo?

—Son treinta dólares.

Rápidamente hizo entrega de ellos y abrió la puerta con cierto temor. Inspiró profundo, elevó la vista y se tomó unos segundos para pensar en lo que estaba a punto de hacer.

Debía vivir. Debía dejar de ser tan estructurada y simplemente dejarse llevar. Debía... debía muchas cosas que en realidad jamás llegaba a hacer. Pero aquella vez estaba decidida, tenía que disfrutar de la cita y no pensar en nada más.

Bajó lentamente del taxi. Sin embargo, su primer paso no fue muy afortunado.

El tacón se quedó clavado en una de las baldosas y su tobillo casi padece las consecuencias. Intentó, sin mucho éxito, alargar el corto vestido mientras alzó la vista. Un imponente restaurante le daba la bienvenida y una mujer de espaldas la esperaba expectante.

Era su cita.

La chica se giró, lentamente poco a poco, haciendo que el rostro de Lauren palideciera de inmediato.

Y, queridos lectores míos, a partir de este momento os dejo en manos de las protagonistas. No quiero estorbar, al fin y al cabo ya lo sabéis, solo soy el simple narrador omnisciente.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó intentando no perder de nuevo el equilibrio.

Camila abrió la boca sorprendida.

—¡No me lo puedo creer! ¿Otra vez tú? ¿Otra vez me estás persiguiendo? ¿Otra vez... —se interrumpió a sí misma y la observó de arriba abajo—¿Qué llevas puesto? ¿Y por qué vas pintada como una puerta?

—No te estoy persiguiendo —giró los ojos— Boston, al parecer, no es tan grande como yo creía. Y estoy vestida y pintada así porque... porque... —mordió su labio inferior y frunció el ceño— ¿Qué te importa? No tengo que darte explicaciones, no te conozco.

—Bien. Ignórame si no me conoces —giró la cabeza y se cruzó de brazos.

Camila miró la hora. 15 minutos tarde.

Al parecer su cita era aún más impuntual que ella. O tal vez la había visto y había salido corriendo. O, quién sabe, quizás al ver a la desconocida que la perseguía a todos lados se había asustado. No es que la chica tuviese una imagen de asesina en serie, pero su ceño fruncido y su cara compungida eran un tanto espeluznantes.

Perfecto, tendría que vivir un abandono delante de la persona que posiblemente tendría en su casa una pared llena de imágenes de ella paseando a Donna o en la cafetería, como esos psicópatas de las películas. ¿Cómo haría para escaparse?

—Maldito Harry... —susurró para sí misma.

Lauren alzó la vista del punto perdido que estaba mirando en el suelo.

—¿Cómo has dicho?

Sin embargo, Camila no le respondió.

—¿Ahora no me hablas? —inquirió, frunciendo el ceño.

Y de nuevo no hubo respuesta.

—Dios... —suspiró frustrada— No puedo creer que tenga que esperar vestida así, con este frío y encima contigo —guardó sus manos en los bolsillos y enterró la cabeza en el corto abrigo que poco le tapaba. Si tardaba mucho más la encontraría congelada cual muñeco de nieve.

Finalmente, Camila decidió romper su voto de silencio, quizás porque tres minutos era su máximo record sin decir nada.

—Creía que no me conocías... —murmuró mirándola de reojo— No entiendo porque esperarías conmigo, no entiendo porque tendría que contestarte, no entiendo porque debería hablarte.

Lauren suspiró de nuevo pesadamente, tragó saliva y finalmente decidió enterrar el hacha de guerra. No entendía cuando esa guerra había comenzado, en realidad no entendía absolutamente nada.

—Estoy vestida así porque tengo una cita. Ahí tienes tu respuesta. ¿Contenta?

Camila la observó en silencio, intentando descifrar si aquello era una excusa para convertirse en su amiga y luego secuestrarla. No parecía estar mintiendo, y Camila Cabello tenía un sexto sentido para las mentiras.

—Yo también tengo una —decidió responder sin mucho interés— Supongo que por eso parezco una abogada frígida —dicho esto la miró, sabiendo que había metido la pata— Perdón... no quise... yo...

—Te he entendido —la interrumpió intentando evitarle el mal trago— Yo sin embargo voy más como... ¿Una puta? —soltó una pequeña carcajada— Voy a matar a Veronica.

—¿Quién es Veronica? Su nombre me resulta familiar...

—No, no es mi mascota. —giró los ojos por la mala memoria o el poco interés en las cosas que ella le había contado tan solo la noche anterior— Veronica es mi amiga. Ella... —titubeó y mordió su labio inferior— Me da un poco de vergüenza contarte esto.

—¿Vergüenza? ¿Por qué? Yo no te juzgaría.

No sabía porqué pero Lauren sintió que aquella declaración era cierta. Quizás fue porqué tenía frío, quizás fue porqué necesitaba hablar con alguien, quizás fue porqué estaba vestida como una puta del barrio rojo de Ámsterdam pero aún así Camila no la había mirado mal. Al contrario, podría pensar que la había mirado... con cierto deseo, ¿quizás?

—Es... mi amiga Veronica y su novia, Lucy, me han organizado una cita a ciegas porque piensan que no tengo vida además de mis clientes y el juez del tribunal —giró los ojos— Sí, patético. Puedes reírte.

Pero, para sorpresa de Lauren, no se rió. Simplemente sonrió de medio lado y miró hacia el frente.

—Harry ha hecho lo mismo. Sí, puedes reírte tú si lo deseas —la miró con una sonrisa divertida— Supongo que somos igual de patéticas. ¡Aún peor! —exclamó soltando una carcajada nerviosa— Al parecer mi cita me dejó plan...

Pero no terminó su frase, una certeza absoluta llegó a ella como caída del cielo. Certeza de la que ya había sido consciente Lauren al, esta vez sí, escuchar claramente el nombre de Harry en sus labios.

¡Eureka! Blanco y en botella no podía ser Coca-Cola.

—¡Oh dios mío! —exclamó Camila sin poder salir de su sorpresa.

Lauren entrecerró los ojos.

—Tú...

—Eres mi cita —dijeron ambas al unísono.

¡Por fin!

Después de quince minutos habían atado unos cabos que no eran tan complicados de hilar. Esperaban a una cita que no llegaba, cita organizada por sus amigos, citas que sí, eran una la de la otra.

Un silencio lleno de confusión e incredulidad las rodeó aquella fría noche de diciembre. La calle cada vez estaba más concurrida; viandantes que nada sabían de aquel encuentro fortuito, cuarto en dos días, caminaban entre ellas disfrutando del principio de un fin de semana que no había hecho nada más que empezar. El mundo seguía girando mientras ambas se miraban ruborizadas sin saber muy bien que decir.

Esta vez, y sin que sirva de precedente, fue Lauren Jauregui quien rompió el silencio.

—¡No me lo puedo creer! ¿Lo sabías? ¿Esto es una especie de broma? —entrecerró los ojos para luego negar con la cabeza— Seguro que Veronica y Lucy lo tenían todo planeado las voy a...

—No lo sabía —la interrumpió tomándola del brazo para intentar tranquilizarla— No tenía la más mínima idea, créeme. Estoy tan sorprendida como tú.

—Lo que no entiendo es... —recapacitó en voz alta, intentando encontrarle un significado a toda esa locura— Supongo que Lucy te diría mi nombre o te explicaría como era o... ¡No sé! ¡Algo! —exclamó alzando los brazos— ¿No pensaste que podía ser yo? ¿Cuántas Lauren abogadas conoces?

Camila agachó la cabeza, un tanto avergonzada.

—Siempre te llamaron L y... y... yo realmente no escuché como te llamabas en la cafetería —tragó saliva con fuerza— Pero Lauren es un nombre muy bonito.

Es extraño pero Camila Cabello jamás sentía vergüenza, nunca en sus veintiséis años se había ruborizado. Esa noche fue su primera vez, al igual que la primera vez que llegó antes a una cita, al igual que era su primera cita a ciegas.

Tantas primeras veces en una sola noche, otro punto más de su lista que sería tachado con la misma persona. ¿Qué tenía esa desconocida? ¿Acaso estarían destinadas a encontrarse constantemente?

Camila no creía en el destino, mucho menos lo hacía Lauren, pero tantas casualidades no podían ser tan casuales. En eso, también por primera vez, estaban de acuerdo.

—Tú... realmente estás muy... linda —dijo Lauren de la nada.

Lo estaba.

Su imagen ruborizada mirando al suelo mientras movía el pie con nerviosismo le parecía lo más adorable que había visto en años.

—¿Me estás seduciendo? —la miró sin poder evitar la sonrisa.

—Yo... —carraspeó con torpeza— Solo... ¡No! —exclamó rápidamente atropellándose a sí misma con las palabras.

Porque, si algo caracterizaba a Lauren Jauregui, precisamente no era su gran talento para la seducción.

Rápidamente se irguió en sí misma y miró al frente.

—¿Qué vamos a hacer? Entiendo que el hecho de que yo sea tu cita cambie un poco los planes. No me molesta, lo veo lógico.

—No los cambia —respondió de inmediato, observándola fijamente— De hecho... me encanta.

Porque, si algo había caracterizado a la vida de Camila Cabello, justamente no fue recibir demasiados elogios. Y Lauren parecía ser la primera persona, además de Harry, en apreciar su belleza exótica.

—¿Estás segura? —preguntó confusa. Camila asintió convencida— ¿Y si todo esto no ha sido nada más que un plan para obtener más información de ti en mi tarea de perseguirte?

—Vestida así, y con esos tacones... —la miró entrecerrando los ojos— Dudo que puedas perseguirme por más de dos metros.

Lauren rió, con esa facilidad con la que solo lo hacía siempre que Camila estaba alrededor.

Cuando salió de casa lo que menos pensaba era en volver a encontrarse con ella, de hecho después del encuentro desafortunado y un tanto agresivo de aquella mañana esperaba no volver a hacerlo nunca. Pero no podía negarlo, una parte de sí misma estaba feliz de que así hubiese sido.

Una parte recóndita sí, pero una parte al fin y al cabo.

—¿Entramos? —preguntó Camila.

Lauren asintió y se dirigió, intentando no caerse, hasta la puerta del restaurante. Una mano en su brazo impidió que siguiese con su difícil tarea.

—¿A dónde vas?

—Al restaurante —respondió Lauren, sonriendo ante lo obvio— Lucy me dio la dirección. Es éste.

Una risa estrepitosa resonó en toda la calle.

—Mira bien tu papel —le indicó señalando al local de al lado— Es aquí.

Lauren cambió su punto de visión y un lugar, del que no se había percatado hasta ese mismo instante con un cartel luminoso hecho de neones rojos, alumbró su rostro casi cegándola.

"I will kill you Ramirez"

¿Quién era Ramírez y porque querían matarlo? Nada más y nada menos que el presunto dueño de un club de streaptease.

No, por supuesto Lauren no tenía ni idea de este hecho.

Casi arrastrada por Camila entraron en el local. Oscuridad alumbrada por luces de colores y ruido estruendoso de risas y gritos festejando en aquel lugar de pecado y perdición, fue su bienvenida.

Camila bailaba "sensualmente" al ritmo de Fever entonada por Peggy Lee, sin poder borrar la sonrisa de emoción en su rostro. Lauren observaba estupefacta todo cuanto le rodeaba sin comprender como una tranquila cita en un restaurante elegante había pasado a ser algo que más podía parecerse a una despedida de soltera.

¿Aquello era real? ¿No estaba siendo víctima de una broma pesada? ¿Quién en su sano juicio pensaba que un lugar como aquel podía ser idóneo para una primera cita?

Frunció el ceño en la desaprobación, y una camarera le guiñó el ojo mientras paseaba con extraños canapés con forma de sujetador. Todo aquello se volvía más loco por momentos.

—¿Qué? ¿Por qué me miras así? —preguntó Camila ante su rostro perplejo— ¡Este lugar es increíble!

—Creo que deberías revisar tu definición de increíble... —murmuró entre dientes mientras se despojaba de su abrigo— ¿En serio piensas que podremos tener una cita aquí?

Camila se acercó hasta ella.

—¿Qué? ¡No te oigo!

—¡Qué si crees que podemos tener una cita en un lugar como este! —gritó en su oído.

Una mano proveniente de un calvo desconocido, con una chaqueta de cuero y un lunar en la mejilla, la separó de Camila y la miró enfadado.

—Te estaba buscando —le dijo con voz severa llevándola hasta Dios sabe dónde.

Lauren se apartó de su agarre.

—¿Quién es usted?

—Eres la nueva del escenario cinco, llegas tarde —le inquirió volviendo a tomarla del brazo.

—¿Qué?

Por suerte, cuál caballero andante, Camila salió en su defensa.

—No, ella viene conmigo —le dijo tomándola de la mano y separándola de aquel desconocido que bien había podido salir de una película de narcotraficantes rusos.

—¡Ah, perfecto! —asintió con una espeluznante sonrisa, mirándolas de arriba abajo— Veo que ya has conseguido un cliente que pague por tus servicios —susurró en su oído— Así me gusta, chica rápida. Llegarás lejos en el negocio.

Lauren vio como el hombre se alejaba lentamente de ellas y de nuevo intentó bajar el dobladillo de su vestido rojo que ya, oficialmente, le hacía parecer como una puta o, al menos, una bailarina de burdel.

—Voy a matar a Veronica... —susurró, nuevamente, para sí misma.

Camila, lejos de compartir su trauma por lo que acababa de pasar, parecía estar sumamente feliz por pasear entre chicas con poca ropa y ricos economistas que posiblemente engañasen a sus mujeres diciéndole que estaban en una reunión de trabajo.

Y así, entre miradas de estupor de Lauren y gritos entusiasmados de Camila por todo lo que las rodeaban, llegaron a la zona de restaurante.

He de decir que, en cierto sentido, se podría decir que era una lugar elegante; sillas último modelo, cortinas de seda roja, mesas perfectamente decoradas para la ocasión y camareras con ropa interior de encaje de alta costura. Sí, no era el típico restaurante al que Lauren solía ir cuando trataba con sus clientes, pero tampoco era un sucio burdel de mala muerte.

—¿Has leído el menú? —preguntó Camila ya sentada— ¡Tiene postres con posturas sexuales!

—Podríamos haber ido al restaurante de al lado... —sugirió mientras leía aquellos nombres extraños que, aunque sin duda originales, no le eran muy apetecibles— Parecía bueno.

—No, no podíamos.

—¿Por qué? —frunció el ceño— Soy una abogada reconocida, estoy segura que con solo decir mi nombre y el de alguno de mis clientes nos habrían dado mesa. Aún estamos a tiempo, podemos...

—No. Está en mi lista —la interrumpió sin levantar la vista de su menú— Tenemos que tener la cita aquí.

—¿Qué lista?

—Una lista, en un papel... es una larga historia —hizo un aspaviento con la mano para luego alzar la vista— ¿Qué pedimos de postre? "Hasta gritar de placer y dolor" parece bueno —pensó durante un segundo volviendo de nuevo la mirada a la carta— Aunque "Recostada de espaldas se tomaba los tobillos" es bastante tentador.

Lauren no podía creer lo que oía, aquello parecía sacado de una escena de película porno. Quizás porque no estaba muy lejos de la realidad, aquella bailarina exótica moviéndose sugerentemente en una esquina de la barra al lado de los postres no hacía de toda aquella situación una cita "común" o "normal".

—¿Te gustan las fresas? —preguntó de nuevo— Porque también está "Enardecida ruego te derrames en todo mi cuerpo" —le guiñó un ojo con burla— Delicioso.

Tragó saliva. Tragó saliva con fuerza y se irguió en su asiento intentando recobrar la compostura.

No todos los días tenía frente a ella a una mujer sexy con un vestido negro escotado diciéndole nombres de postres con posturas sexuales. Ella no era de pensamientos impuros pero, por muy razonable y esquemática que fuese, aquella situación comenzaba a escapársele de las manos.

Y, para su desgracia, Camila estaba más y más sensual por minuto que pasaba. Al menos ante sus ojos.

—No sé... yo... —carraspeó, incómoda— Creo que necesito una copa.

—¿Quieres que lea las bebidas?

—No, no importa —la interrumpió rápidamente— Mira la que más te guste y me lo pides. Lo mismo con la comida. ¿De acuerdo?

—Genial —sonrió volviendo de nuevo la vista al menú, al parecer una de sus lecturas preferidas— De postre entonces pediré... "Amantes que se comparten." ¿Compartimos?

—¿No deberías elegir primero el plato principal?

—Yo empiezo por el postre —se encogió de hombros.

—¿Por qué?

—Porque es lo que más me gusta de las comidas. ¿Por qué debo dejarlo para el final? Podría atragantarme comiendo el plato principal y morir. ¿Y qué? —alzó las palmas de las manos— Moriría sin comer el postre.

—Eres algo... peculiar —susurró.

Camila dejó el menú a un lado de la mesa y se acercó hasta ella, poniendo su rostro a escasos centímetros.

—¿Puedes asegurar que no voy a morirme antes del postre?

—Eh... supongo que no.

Claro que no podía. Es más, ni siquiera podía asegurarse a sí misma seguir con vida al tenerla tan cerca, prácticamente susurrando sobre sus labios.

—Bien. Entonces hecho —sonrió satisfecha, volviendo de nuevo a su postura inicial en la silla. Llamó a la camarera, usualmente desnuda, y la miró como si aquella situación fuese la más normal del mundo— Pónganos un "Amantes que se comparten", señorita.

La cena transcurrió con normalidad, todo lo normal que puede ser una cena en un restaurante de un club de striptease con versiones porno de Jennifer Beals en Flashdance paseándose por su lado y preguntándoles cada dos segundos si la comida era de su agrado.

Camila pensaba que se debía a que eran muy atentas con su público, Lauren sabía perfectamente que aquello no se debía precisamente a simple buena educación y atención por los clientes.

Y así tomaron el postre antes que el primer plato, y terminado este llegó el otro con un nombre del cuál no puedo acordarme pero que posiblemente se tratase de alguna postura extraña que ninguna de las dos habrían practicado en su vida, al menos hasta entonces.

—Bien Lauren, ¿qué tal por el bufete de una gran abogada de divorcios? —resolvió, metiendo un trozo en su boca de aquel plato cuyo nombre desconocemos.

—Eh... —titubeó, recordando la lista de Veronica— No me gusta hablar de trabajo, mucho menos cuando como. El trabajo es... es aburrido. —dijo no muy convencida, quizás porque para ella no lo era— No debería existir, ¿para qué trabajamos? Es decir, pasamos toda la vida metidos en algo que la mayoría de las veces detestamos, perdiendo el tiempo que podríamos pasar... no sé... —pensó intentando parecer despreocupada— ¿Jugando al golf?

—¿Te gusta el golf? ¿Lo practicas habitualmente?

Lauren tragó saliva con fuerza y jugó con la comida en su plato.

—No, pero... ¡era un ejemplo! Lo que te quiero decir es que... —titubeó de nuevo— Trabajar es una pérdida de tiempo. ¿No piensas así?

—Creo que si trabajas en algo que te apasiona, te llena de vida —respondió con sinceridad— ¿Por qué el derecho? Quiero decir... si te parece tan pesado, ¿por qué trabajar en algo que no te gusta?

—Yo... —mordió su labio inferior, sin saber bien que responder— No sé porque soy abogada, supongo que porqué de algo hay que vivir, ¿no?

Camila frunció el ceño y se metió otro trozo de comida en la boca, intentando contener un inminente monólogo sobre como la vida no podía desperdiciarse haciendo algo que no le gustaba mientras el tiempo corría sin poder evitarlo.

—Supongo —se encogió de hombros con desgana— ¿Hay algo que te guste hacer?

Trabajar, pensó Lauren.

Pero luego recordó de nuevo que no podía hablar de trabajo.

—¡Sí, claro! —exclamó rápidamente, pero luego guardó silencio. ¿Qué le gustaba además de trabajar?— Yo... veo la televisión. Y como nachos con queso cheddar. ¿Te gusta el queso cheddar?

—No como queso, no como lácteos en general —respondió algo distraída, midiendo cada palabra y contando cada sílaba— Soy vegana.

Lauren se insultó a sí misma en reiteradas ocasiones. Maldita Veronica y su jodida lista de cosas que no debía hacer, estaba quedando como una completa imbécil.

Nada podía ir peor.

—Y... ¿tienes animales? —preguntó intentando romper el, de nuevo, incómodo silencio.

Sí, podía ir peor.

¿Animales? ¿Qué tipo de preguntas era esa? La estaba asustando, por su rostro podía ver que aquello había sido una completa metedura de pata. Con su suerte posiblemente tendría un gato y había muerto aquella misma mañana.

Por su parte Camila tragó con fuerza el bocado, esa pregunta era la menos indicada para su propósito de cumplir la lista de Harry. No podía hablar de Donna, si la nombraba los ojos le hacían chiribitas y no paraba hasta casi provocar sueño inminente.

—Ehm... sí. Pero es una simple mascota para mí. Le doy de comer cuando puedo... ya sabes —mintió descabelladamente— Ella se busca la vida por las casas de los vecinos. Como una mascota. Simple, sin privilegios de humanos —miró de nuevo el menú— Creo que como segundo pediré "Húmeda y entregada, huele a gloria".

Genial Camila, lo estás mejorando por momentos, pensó para sí misma. No sabía estar callada, era peor que hablando todo el tiempo. Y la estaba aterrando, podía comprobarlo en su rostro perplejo.

—¿Estás bien? Pareces algo tensa... —le preguntó Lauren, rompiendo de nuevo el silencio— ¿Te hice sentir incómoda?

—¿Qué? ¡No! —exclamó rápidamente mojando sus labios con el agua de su vaso— Solo... sí, me pediré "Húmeda y entregada, huele a gloria".

—Genial... —respondió automáticamente, jugando con sus dedos sobre la mesa.

Camila cerró los ojos y maldijo para sí misma — Esto no está saliendo como Harry me dijo que saldría...

—¿Decías algo?

Alzó la vista y se levantó rápidamente de la silla.

—Necesito ir al baño.

Lauren abrió ampliamente los ojos y se levantó, titubeante, hasta llegar a ella y tomarla por la cintura.

—¿Es una indirecta? ¿Quieres que te acompañe? —preguntó en un intento torpe de seducción que quedó en una simple mueca espeluznante.

Camila frunció el ceño, abrió la boca varias veces sin poder decir ni una sola palabra y, después de un minuto que pareció un año, salió corriendo hasta el baño.

Tan rápida fue su huída que se confundió de dirección y tuvo que volver otra vez hacia donde Lauren estaba, aún de pie, murmurando improperios de nuevo hacia Veronica, para así poder dirigirse finalmente hacia ese ansiado lugar donde pudiese recuperar un poco la compostura.

Cerró de un portazo y esperó a que dos chicas saliesen para coger el teléfono y llamar a su "Ángel salvador".

Ha-Hazza al habla.

C-¡Harry sácame de aquí! —susurró con nerviosismo— Tu lista no está funcionando.

H-¿Camila? ¿Dónde estás? Te escucho como con eco.

C-¡Estoy en la cita! Estoy con... con...

V-¿Cómo que con la loca de la cafetería?

L-Sí, la loca que me besó, la desconocida —respondió mirando a cada lado por si llegaba de imprevisto.

V-¡Esto es alucinante! ¡No era un sueño! —Lauren frunció el ceño— No habrás hablado todo el tiempo de tu apestoso juicio del próximo lunes, ¿verdad?

C-No le importa nada, no le importa su trabajo, no tiene interés absolutamente en nada, Harry —suspiró apoyándose en el lavabo— Y yo estoy... estoy tan incómoda.

H-¿Por qué? ¿No te gusta el local? Espero que no le hayas hablado demasiado de Donna.

L-Tendrías que haber visto como hablaba de su mascota, ¡ni yo le tengo tanto asco al perro de la señora Anderson!

V-Eso es lo de menos... vayamos a lo importante. ¿Te gusta?

C-¡Claro que me gusta! Y estoy actuando como una desquiciada. Salí corriendo al baño.

L-Por tu estúpida lista le dije que si quería que la acompañase... no sabes la cara de horror que puso, ¡creía que iba a vomitarme el postre encima!

V-¿Dónde está ahora? ¿Sigue en el baño?

L-Sí.

V-¿Por qué no la has acompañado? ¡Corre a buscarla!

L-Pero...

V-¡Corre a buscarla!

Y así, sin más, le colgó.

C-La he cagado Harry... —se lamentó negando con la cabeza— Solo he titubeado y he hablado de nombres de platos que parecían declaraciones sucias de intenciones que, si bien puede que tenga con ella, no quiero hacer en la primera cita. ¿Entiendes?

H-¡Vaya! Eso es un paso importante —exclamó emocionado— ¿Por qué dices que la has cagado? Le has dicho lo de los nombres de los objetos, ¿verdad? ¡Lo sabía!

C-No, no le he dicho nada de eso. En realidad creo que se lo había comentado en uno de nuestros encuentros —frunció el ceño— ¡Pero ese no es el punto! Solo... no estoy siendo yo misma.

H-Bueno, hagamos una cosa. Olvídate de la lista, olvida todo lo que te dije. Al parecer es mejor que seas tú a que seas otra persona. Al menos eres menos desastre.

C-De acuerdo. Te llamaré cuando...

No terminó su frase, la persona que menos quería ver en un baño público acababa de entrar por la puerta. ¿Iría a terminar lo que había empezado en la mesa?

—¡Lauren! Me has asustado. ¿Que haces aquí?

La chica caminó lentamente hacia ella mientras que Camila cada vez estaba más empotrada en la porcelana de aquel lavabo, aferrando sus manos al borde con miedo a que definitivamente fuese una acosadora y aquel su minuto de gloria.

—Yo... yo quería... —suspiró frenándose frente a ella— Siento mucho lo que te he dicho antes. Siento... siento haber dicho estupideces, solo... no estaba siendo yo misma.

—Yo tampoco —tragó saliva, sintiéndose un poco más tranquila— Amo a Donna. Es el amor de mi vida, vive mejor que nadie y jamás guardo silencio. Me dejé llevar por una estúpida lista de mi amigo Harry que se suponía iba a hacer que te gustase.

Lauren alzó las cejas y soltó una carcajada.

—¿En serio? ¡Parece que nuestros amigos son igual de imbéciles! —exclamó negando con la cabeza— Veronica me hizo una lista también. No suelo hablar todo el tiempo y amo mi trabajo, ¡más que a nada!

—Parece que tenemos más cosas en común de las que aparentamos a simple vista... —sonrió tontamente.

—Eso parece —le devolvió la sonrisa.

—Podemos volver y terminar la cena —sugirió después de un breve silencio.

—Ya he pagado la cuenta. Pensaba que... —titubeó mordiendo su labio inferior— Bueno, creo que podríamos ir a otro sitio para así conocernos mejor sin tanto ruido. ¿Qué te parece?

Y así fue, tras salir del local y después de "espantar" a algunas bailarinas exóticas que querían deleitarles en privado con sus dotes para la danza, caminaron y caminaron por aquellas frías calles de Boston. Frío que al parecer para ellas se convirtió en inexistente, o al menos no parecía importarles mucho mientras disfrutaban de tan amena charla.

Tan amena resultó que ambas se quitaron sus zapatos para distenderse de lo complejo que resultaba caminar con esos tacones. Camila finalmente fue ella misma, soltando su despeinada cabellera y hablando sin parar sobre Donna. Sobre como era su vida diaria, sobre lo genial que era Boston pero como echaba de menos su amada Nueva York. Lauren también fue Lauren por primera vez, y asintió y escuchó a todo lo que decía Camila casi sin pestañear.

También habló, por supuesto. Habló de su trabajo y de su juicio del próximo lunes, de lo mucho que amaba lo que hacía y como algún día quería montar su propio bufete. Le contó sobre su familia, le habló de Miami, y quizás Camila en dos horas supo más de la vida de Lauren Jauregui de lo que nadie había sabido nunca.

Pero nada es para siempre, eso ambas lo sabían, ni siquiera una hermosa cita culminada en un pequeño café de Broad Street.

—Ha sido un placer encontrarme contigo, esta vez de verdad —musitó Lauren, con una vergüenza inusual.

—El placer fue mío... —sonrió Camila, apoyada en la puerta del taxi que la esperaba pacientemente— Quitando el desastre del principio ha sido una noche increíble. Hacía mucho que no me reía tanto.

—Yo tampoco... —mordió su labio inferior.

Sin saber muy bien que hacer, y como de costumbre sin pensarlo demasiado, Camila posó un corto beso en la comisura de los labios de su inesperada cita a ciegas.

Ambos pares de pupilas se observaron por un instante y una encantadora sonrisa escapó de los labios de Lauren. Sonrisa que se sumó a sus ya rozagantes mejillas.

Con timidez, Camila se montó en el taxi sin decir absolutamente nada pero devolviéndole el gesto. De sobra sabía su significado pero, esa noche, estaba dispuesta a ignorarlo.

Ésta vez, y sin que tampoco sirva de precedente, Lauren Jauregui sí reaccionó a tiempo.

—Empiezas por el postre por miedo a morirte antes de haberlo comido, ¿pero no te atreves a robarme otro beso? —le preguntó acercándose hasta la ventanilla y aterciopelando el tono de voz.

—Creía que no te gustaba que lo hiciese... —respondió con una sonrisa burlona, bajando la vista hacia sus manos temblorosas.

—¿Y desde cuándo tú haces caso a lo que los demás creen que es correcto? –dejó que sus codos se apoyasen sobre la ventanilla, ahora, abierta por completo.

Camila, lentamente, estiró su cuerpo y llegó hasta sus labios.

Un suspiro las separaba pero, para sorpresa de Lauren, optó por tocarlos con delicadeza con dos de sus dedos.

Sin prisas, sin apartar sus ojos de esos verdes en los que comenzaba a ver cierta esperanza hasta antes desconocida en ella.

Lauren cerró los párpados ante el contacto, se sentía verdaderamente perfecto, se sentía... se sentía casi como algo mágico, celestial. Abrió los ojos y ver esa mirada intensa, llenando cada poro de su piel, casi le hizo estremecerse. Suspiró obnubilada, a diferencia de las otras veces.

—No te he besado hoy porque sé que habrá un mañana —le susurró, apartándose de ella— Y, ésta vez, la cita corre por mi cuenta.

Tocó el hombro del conductor y el taxi finalmente hizo su salida, dejando de nuevo a una petrificada Lauren Jauregui que observaba como se marchaba lentamente calle abajo pero esta noche con una tímida sonrisa en su rostro.

Camila Cabello, en el interior de ese coche blanco, rió débilmente para sí misma y besó sus dedos inconscientemente mientras miraba por la ventanilla. Un nuevo punto de su lista había sido tachado, aunque para su sorpresa eso no había sido lo mejor de aquella maravillosa y, sin duda, inolvidable noche.

9. Ir a un bar donde hagan streaptease. Hecho