Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.
AIR
Capitulo cuatro – Militar
Frené hasta detenerme y me bajé de la bici, apoyándola contra la pared mientras abría la puerta que llevaba a nuestro jardín. Una vez abierta, metí la bici y cerré la puerta de nuevo -el cerrojo automático sonó con un fuerte chasquido.
Catorce apartamentos, dos pisos. Cada uno tenía su propia gente, su propio olor.
El olor a curry se filtraba divinamente desde el piso de arriba -la casa de la Sra. Rachel, sin duda. Detergente, albahaca, cigarros, algo floral... como he dicho, cada casa tenía su rollo.
Tenía cosas que hacer: lectura para una clase, investigación para una tesis, mandar un correo a mi madre.
Depilarme las piernas.
Él había dicho que no era puntual. Yo sí. Vivía la vida con precisión casi militar; mi habitación estaba arreglada, mis hábitos de estudio eran impecables y siempre fichaba en mi trabajo en el Whole Foods local a tiempo. Siempre había sido así.
Entré en mi habitación, solté mi mochila y me quité los zapatos. Miré los póster y las fotos que había estado mirando Edward, intentando verlas a través de sus ojos.
¿Qué había pensado de ellas? ¿De mí?
Obviamente debía de haber sido algo bueno si me había pedido el número.
* . *
A quince minutos de las diez sonó mi teléfono.
Rose puso una cara y miró por la ventana, haciendo las cortinas a un lado.
―¿Hola?
―Bella, hola. Estoy fuera.
―Saldré en un momento.
Corté la llamada y eché mi teléfono en mi bolso.
―¿No se suponía que iba a venir a las nueve? ―dijo Rose, resoplando y mirándome ponerme los zapatos.
―Me dijo que llegaría tarde. No te pongas así.
―Como sea, ―dijo con un suspiro, y volvió a la cocina.
Rodé los ojos. Esa era Rose -leal, protectora y un crítico dolor en el trasero.
―Diviértete, nena. ―Alice me guiñó el ojo, sujetándome la puerta mientras salía.
―Lo haré, Al. Gracias.
Hacía un poco de frío aquella noche, algo típico en Oakland. Me encantaba. El verano significaba días más cálidos, raramente muy calientes, y noches cómodamente frescas.
La camioneta de Edward estaba al ralentí en la acera. Era grande, amarilla y herrumbrosa. Horrible, un tanque -robusta, tanto que parecía que ganaría en un accidente.
Él no tenía aspecto de conducir un vehículo como ese. Aunque, pensándolo bien, tal vez era así.
Vaqueros, un poco desgastados al final. Camiseta vieja. Una cazadora. Una gorra en la cabeza, el pelo normal.
Maldición. Sí que era algo a lo que mirar.
Mi corazón cayó en picado; estaba muy fuera de mi liga. Y, aun así, ahí estaba -esperándome.
Sonrió cuando me subí. ―Hola.
―Hola.
―Siento llegar tarde. ―Me repasó con la mirada, deteniéndola en el borde de mi falda. Era de Alice, y quedaba a unos cinco centímetros por encima de la rodilla.
―Lo dudo, dijiste que llegarías tarde... ―Me pongo el cinturón de seguridad, intentando no moverme nerviosamente de forma innecesaria.
Él sonrió un poco. ―¿Lista?
―Sip.
Metió primera en la ancestral bestia y la introdujo en la corriente de tráfico.
* . *
Charlamos un poco sobre nuestro día. Yo había trabajado en el turno de mañana y luego había tenido una clase. Él había estado todo el día en las Colinas de Berkeley, trabajando en una casa multimillonaria para un programador.
Condujimos un rato. Las luces de la ciudad empezaron a desvanecerse y hacerse distantes mientras subíamos las colinas.
―¿Dónde vamos? ―pregunté. Llevaba falda. Y tacones. Aunque no eran altos, sino más bien como sandalias con tacón. Había creído que iríamos a cenar o al cine o algo.
―Grizzly Peak. Quiero enseñarte un lugar.
―Vale, ―dije, sintiéndome un poco insegura. Esperaba que no hubiera actividades en la oscuridad; me habría puesto zapatillas y vaqueros si ese hubiera sido el plan.
Cuando llegamos a Grizzly Peak, en lo alto de las colinas, Edward aparcó y paró el coche. Me abrió la puerta y luego cogió un pack de seis Sierra Nevada del asiento trasero.
―Vamos.
Me agarré a su brazo como si mi vida dependiese de ello, esperando no caerme en la oscuridad casi total.
Pronto llegamos a una roca. No, una roca no... un peñasco.
―Sube tú primero y luego te daré la cerveza.
Le miré fijamente. ―¿Quieres que trepe? ¿Con falda?
―No sabía que ibas a llevar falda.
―Yo no sabía que iba a escalar montañas. ―Pero me quité los zapatos y empecé a trepar, buscando a tientas huecos donde apoyar los pies. Edward me ayudó, estabilizando mis piernas e incluso mis muslos.
Ya me había visto desnuda, así que supongo que no era para tanto.
Aun así, me pregunté si me estaría mirando las bragas. O si podría verlas siquiera en la oscuridad.
Llegué arriba sin incidentes y estiré el brazo para coger la cerveza. Luego Edward escaló la roca y se dejó caer a mi lado. La parte superior de la piedra estaba algo ahuecada, lo que daba la sensación de estar en una cueva; frente a nosotros, sin embargo, había una caída libre. Me estremecí, no queriendo imaginar a ninguno de los dos dando un paso en falso.
Pero tenía que admitir que la vista era impresionante. Podíamos ver la Bahía y los puentes, y el skyline de San Francisco. La visibilidad era perfecta gracias al limpio y fresco aire.
―Wow. ―Susurré con admiración.
―Lo sé. Solíamos subir aquí todo el tiempo; a veces yo todavía lo hago. No creo que haya mucha gente que conozca esto, ―dijo Edward, abriendo la primera cerveza con su mechero y dándomela.
―Gracias por enseñármelo, ―dije.
―De nada. ―Abrió una cerveza para él y dio un trago―. Así que, Bella. ¿Cómo te apellidas?
Hablamos durante horas.
La bajada fue más sencilla que la subida, por suerte. Aquella vez Edward dirigió la marcha, ofreciéndose a ir delante para poder ayudarme otra vez. Nos habíamos conocido bastante en las últimas tres horas y ya no me sentía tímida con sus manos en mí. Y él simplemente no parecía ser así.
Me refiero a que sabía que me deseaba, pero no era un pervertido o impaciente. Daba la vibra de que estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, pero que no le importaba esperar por ello.
Me gustaba eso. Sí, me gustaba él.
Podía sentir cómo empezaba, el comienzo de un enamoramiento. Tal vez algo más.
―¿Quieres venir a mi casa? ―preguntó cuando estuvimos de nuevo en la camioneta.
Me mordí el labio, mirando por la ventana. Sí quería. Quería que me besara. Tal vez más. Pero no estaba segura de si ir a su casa le enviaría el mensaje correcto.
―No espero que... hagas nada, ―dijo, leyendo correctamente mi vacilación―. Podemos simplemente pasar el rato. Te llevaré a casa cuando quieras.
―Vale, ―acepté. No sabía si sería cierto o no. No por él -confiaba en que se comportase.
Era yo misma quien me preocupaba.
Su casa estaba en un vecindario que quedaba a unos tres kilómetros del mío, y era de tamaño medio y desordenada. Parecía tener miles de proyectos en marcha -había herramientas, tuercas, destornilladores y planos por todas partes.
―Me disculparía por el desorden, pero... así es como es. Siempre estoy trabajando.
―Está bien, ―dije honestamente. Personalmente, no soportaba que el lugar en que vivía estuviera desordenado, pero no me importaba lo que hiciera otra gente. Aquello era obviamente una pasión para él y su medio de vida; me gustaba que hubiera cosas de las que se sentía tan seguro.
―Siéntate, ―dijo, ofreciéndome un sitio en el sofá. Él continuó hasta el equipo de música, y puso algo realmente bajo y suave―. ¿Quieres otra cerveza? ¿O agua o algo?
―Un poco de agua estaría bien.
Volvió con una botella para mí y otra para él.
Empezamos a hablar de nuevo; esa vez fui yo la que hizo mil y una preguntas sobre Oakland y Berkeley, el sistema escolar, cómo había sido crecer allí... Él tenía montones de historias que contar y a mí me encantaba oírle hablar.
Me encantaba su sonrisa y la forma en que formaba sus palabras.
* . *
Mi teléfono decía que eran las 4:06.
Vaya. Era tarde. No tenía que trabajar o que ir a clase al día siguiente, por suerte, pero aun así.
Me lavé las manos y dejé el baño.
Nuestra conversación se había ido calmando de forma natural y finalmente me sentía un poco adormilada.
Edward estaba en el umbral de la puerta de la sala de estar. ―¿Cansada?
―Sí...
―¿Quieres quedarte?
Me sonrojé, bajando la mirada. ―No sé.
Y entonces estaba delante de mí, levantándome la barbilla. ―No me provoques.
Me besó profundamente, su lengua encontró la mía al instante. Habíamos sido tan castos toda la noche... nada más que miradas y risas y, a veces, el roce de las manos... Aquello era inesperado y, aun así, muy anticipado.
―¿Te quedarás? ―preguntó de nuevo y, aunque no dijo las palabras, había proposiciones en su tono.
―Sí, ―susurré.
Deslizó las manos bajo mi falda y apretó. ―Vamos.
Fuimos a su habitación y caímos en la cama, besándonos como habíamos hecho en mi casa. Aquella vez, empujó su rodilla entre mis piernas -la aspereza del vaquero contra el interior desnudo de mis muslos se sintió bien. Jugueteó por mi cintura y mis caderas, y luego me bajó las bragas por las piernas.
De repente se tumbó, llevándome con él. Me colocó de tal forma que quedara arrodillada sobre su cara, con una pierna a cada lado. Solté un grito ahogado -nadie me había hecho eso nunca. No de aquella manera.
Pero entonces sentí su boca en mí, y su lengua era húmeda y cálida. Sus manos estaban por todas partes también, apretando y masajeando.
Me eché un poco hacia delante, intentando encontrar algo a lo que agarrarme, y apoyé las palmas de las manos contra la pared.
Él succionó, lamió y utilizó sus dedos hasta que me corrí.
―¿Vas a dejarme hacerlo? ―preguntó. Su voz tenía un tono soñador y lejano.
―Sí, ―susurré, sin aire y un poco soñadora yo también, y me quité la camisa.
Hola!
El sábado no pude actualizar y ayer FanFiction me daba error, así que he tenido que esperar hasta hoy.
¿Qué os ha parecido el capítulo? Estoy deseando leer vuestras opiniones.
Nos vemos el próximo finde.
-Bells :)
