Capítulo 4: Lis

Se despertó enseguida. O al menos eso es lo que pensó ella cuando abrió los ojos. Hasta que se dio cuenta que el sol se abría paso entre las montañas y su luz entraba en la habitación. Supo enseguida que habría dormido unas cinco horas, y estaba perfectamente. Con esas horas y las de la noche pasada, hoy podría estar todo el día con energías.

Se frotó los ojos y se levantó de la cama. Anoche ni siquiera había podido ponerse otra ropa más cómoda para dormir, ya que no había tenido tiempo de coger nada de su casa. Su padre le habría podido decir que le iba a mandar a un lugar desconocido.

De repente vio un guante en el suelo. Lo recogió enseguida y se lo volvió a poner en la mano. No podía quitarse en ningún momento o sería su perdición. Fue entonces cuando se dio cuenta de algo que reposaba en la silla de escritorio.

Se trataba de una túnica blanca. La miró con más interés, pero en ningún momento consiguió recordar que estuviera anoche, cuando se acostó en esa cama. Y lo extraño es que no se hubiera dado cuenta de que alguien la había dejado allí.

De todas formas, no se lo iba a poner. A ella ese color no le gustaba para nada. Era lo contrario a lo negro o los colores oscuros. Con una sonrisa traviesa, movió los dedos y con poder hico que túnica se volviera morada. Esperaba que la persona que lo había traído no le molestara.

Vio entonces un libro que había en la mesa. La portada se trataba de un árbol. Lo abrió y frunció el ceño. No entendía nada de lo que había en ese libro escrito. No se parecía a nada a lo que ella leía.

Su vista se movió hacia la puerta antes de que alguien llamara con fuerza, como si tuviera ganas de despertarle a mala leche. No le costó mucho deducir que seguramente sería Max.

Abrió la puerta y vio al muchacho. Pero este puso cara de miedo enseguida.

—¡Aaaaa! —Se tapó la cara—. ¿Qué monstruo eres tú? Úrsula no es que fuera una bonita princesa, pero ahora eres peor que los gusanos.

Le cerró la puerta en las narices y trató de buscar un peine para cepillar el pelo revuelto. Buscó por todos los cajones, y finalmente encontró uno. Se arregló rápidamente y abrió la puerta de nuevo. Como esperaba, Max seguía allí.

—Tampoco has mejorado mucho —comentó—. Estás igual que ayer.

—¿Qué esperabas, que me convirtiera en otra mujer de repente?

—¡Eso es lo que había pedido antes de dormir! —río.

—Imbécil —siseó.

Se dio cuenta entonces de que Max sí se había puesto la túnica blanca. Y también que su espada de oro reposaba en la espalda como si no quisiera dejarla en la habitación. No le iba a decir nada, ya que ella también tenía los guantes en las manos y no pensaba dejarlos.

Max notó la mirada de ella.

—No tenía otra cosa que ponerme —explicó—. Y como esto estaba limpio…

—Una cosa —dijo ella, seria—. Que tengamos que convivir en la misma Torre y ser hermanos, no significa que vayamos a todas las partes juntos, ¿me entiendes?

—Creo que te equivocas —repuso él—. Debería ser todo lo contrario. Este lugar es nuevo para nosotros, y si se supone que somos hermanos, tenemos que ir juntos a todas partes. Al menos hasta que pase un tiempo y nos acostumbremos a esta Torre y todos sus lugares.

Úrsula no admitió que Max tenía razón en eso.

—¿A ti no te han dejado una túnica en la habitación? —preguntó.

—Sí.

—¿Y no te la piensas poner? —inquirió.

—Enseguida salgo —contestó, antes de volver a cerrar la puerta.

Max se quedó esperando fuera, mirando la túnica con más atención. La verdad es que no le gustaba mucho, pero no quería ponerse la misma ropa que el día anterior. Todavía pensaba en ese extraño libro que había encontrado en su habitación. ¿Para qué sería? Si al intentar leerlo se había mareado.

La chica salió con una túnica morada. Max frunció el ceño.

—Vaya, la tuya es diferente. Yo prefiero este color —se señaló el blanco.

—No, cuando me desperté también estaba una túnica blanca, pero la he cambio de color —se encogió de hombros—. El blanco no me va.

—Pues como se enfaden los dueños de la Torre…

—¿Y por qué tenemos que llevar obligatoriamente una túnica blanca? —replicó ella—. Vamos a buscar a alguien de aquí y preguntarle algo de la Torre.

Empezaron a caminar hacia abajo. La habitación que le había tocado a cada uno estaba arriba del todo, así que tenían una buena caminata de escaleras hasta abajo del todo.

Cuando pasaron por una de las puertas, esta se abrió dejando pasar a una chica joven de pelo pelirrojo. Tenía un claro parecido a la misma mujer que les había abierto la puerta e invitado a entrar de anoche.

—¡Buenos días! —Saludó con efusividad—. Vosotros seréis los nuevos. Me lo comunicó mi madre hace unos minutos. Encantada, yo soy Lis.

La chica les apretó las manos a los dos con una sonrisa. Entonces se fijó en la extraña túnica que portaba la nueva.

—¿Qué has hecho con la túnica que te representa como alumna de primer grado? —preguntó.

—¿Alumna de qué? —Úrsula abrió los ojos—. ¿Nos lo puedes explicar?

—Claro, os lo contaré todo mientras bajamos en la escalera —le echó una larga mirada a la túnica morada de Úrsula—. Por cierto… sería mejor que la volvieras a dejar la túnica blanca.

Úrsula no quería hacer enfadar el primer día a los dueños de esa Torre, así que moviendo los dedos hico que la túnica volviera a su color real.

—¡Vaya! ¿Ya sabes utilizar magia? —Lis estaba sorprendida.

—No —murmuró Úrsula, sin saber cómo explicárselo—. No tengo ni idea de cómo ha cambiado de color—mintió.

Lis frunció el ceño, pero entre la mezcla que estaba medio dormida, y que cualquiera podría hacer hechizos desde lejos, no se lo pensó mucho.

Empezaron a bajar las escaleras mientras Lis les contaba todo lo que contenía la Torre. La magia, sus pasos.

—Yo tengo quince años —comenzó a hablar—. Y ya estoy en segundo grado, aprendiendo la magia del aire. Como veis tengo la túnica, que es representativa. Vosotros tendréis que aprender primero a leer arcano, el lenguaje de la magia, pero seguro que no os cuesta nada. Luego, estudiareis la magia de la Tierra, y cuando hagáis un examen para valorar si habéis aprendido, pues os darán el libro de Aire y portaréis la túnica que yo llevo.

Después de estudiar el libro de Aire, hacéis el examen y os darán un tercer el libro, el del agua, y vuestra túnica pasará a ser azul. Luego, cuando estudiéis lo suficiente, pues se cambia la túnica por la violeta y tendrás que estudiarte el libro del fuego. Hacéis la prueba, que es la más difícil y tendréis la túnica roja. Lo que os representará como Mago Consagrado.

Los dos muchachos atendían a Lis con mucha atención. No querían perderse ninguna explicación de esa chica tan simpática. Ahora mismo era su guía en todo lo de la magia. Aunque Úrsula ya la usaba, pero era muy distinta que la que Lis describía.

—Pero por ahora es mejor que os centréis en lo básico —finalizó ella, sonriendo.

Max asintió enseguida. No quería decirlo en voz alta, pero temía de verdad estar en esa Torre con tantas personas aprendiendo magia. Él no debería estar en ese lugar, él no poseía la magia y sin embargo, al escuchar todas las palabras de esa chica, se sentía pleno.

Úrsula se dio cuenta de la confusión de Max, pero no hico ningún comentario.

—Os presentaría a todos los alumnos de la torre, pero eso sería un buen trabajo —comentó Lis—. Así que es mejor, que según os lo vayáis cruzando, os presentéis y hagáis amistades. Yo os puedo presentar a mis amigos.

—¿Y cómo se llaman tus amigos? —preguntó Max.

—Gabriel, Irina, Eva, Carlos y Mark —los contaba con la mano, como si le faltara alguno—. ¡Ah! Me olvidé de Raquel… Somos un pequeño grupo. Ya lo veréis. Por cierto, Gabriel y Eva son hermanos.

Max seguía en la cabeza con todos sus principios. Desde pequeño le habían enseñado a no relacionarse con la gente que practicaba la magia. Y ahora su padre le mandaba a este lugar, junto a una persona de sus enemigos. A una Torre que estaba llena de… ¡magos!

Cuando se dio cuenta, Lis y Úrsula ya estaban abajo del todo. Él se había parado en mitad de las escaleras, con la mirada ida sin saber qué hacer. Pensó, por un momento, en salir corriendo y huir de la torre, ¿pero dónde iría? No conocía nada de ese mundo.

Mientras, Lis y Úrsula hablaban de cosas triviales.

—¿Por qué tu hermano lleva una espada? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Es que antes de venir aquí nuestro padre le hico ese regalo —mintió Úrsula, aunque en realidad no tenía muy claro si las cosas habían sucedido así—. A mí me dio estos guantes —se los enseño—, y por eso no los quitamos en ningún momento. Son nuestros valores más preciados.

—Oye… ¿tus padres…? —Lis no supo cómo continuar.

Úrsula meditó un momento la pregunta de Lis.

—Sí —asintió—. Están muertos —intentó que la voz le sonara triste.

—Ah, lo siento mucho —se disculpó Lis—. Yo…

—Tranquila, tú no lo sabías —sonrió ella.

Miró un momento hacia atrás y abrió la comunicación mental que tenía con Max. Le daba igual que el chico siguiera pensando en sus cosas, pero quería contarle lo que acababa de inventar.

Max, escúchame. Somos huérfanos. Nuestros padres están muertos.

¿Y por qué te inventas esa tontería? ¡Mi padre está muy vivo!

Ya lo sé. Pero algo tendremos que decir. ¿Sino porque hemos venido hasta aquí? Y también es la mejor excusa para explicar que lleves una espada en la espalda. Es un regalo que te dio tu padre antes de que muriera. ¿Está claro?

Sí, sí, vale. Pero la próxima vez dime que vas a decir antes de contarlo. Ya que no podemos volver atrás. Y que sepas que la idea no me gusta mucho, pero no me queda otra que aguantarme.

Los dos siguieron a Lis hasta abajo del todo. Los alumnos les miraban con cara extrañada, como si quisieran acordarse de quienes eran. Más tarde, supuso Max, se darían cuenta que eran totalmente nuevos. Además, seguramente no habría mucha gente con la túnica blanca.

Llegaron hasta la entrada de la cocina, Lis señaló a una mesa.

—¡Mirad! —sonrió—. Allí están. Seguidme, os los presentaré.