Disclaimer: Glee no me pertenece de lo contrario ¡Mercedes cantaría todos los solos en los Sectionals, Regionals y Nacionals!
Capítulo 4: Una mala noche
Sam entró en la cafetería, como un huracán,en busca de Artie.
Allí estaba, solo en una mesa, comiéndose un bocadillo.
—¡Hey tío! —lo saludó Sam.
—Hola —intentó responderle Artie masticando un trozo de su bocadillo—. ¿Quieres un poco? Es de atún.
—Emm... No, no debería. Si me como eso, tendré que hacer como quinientas flexiones —negó con la cabeza Sam.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Artie convencido de que Sam tenía alguna buena razón para estar hablando con él.
—Necesito un favor.
—¿De que tipo?
—Es personal...
—¿No será nada raro, no? —Dijo Artie, arqueando una ceja.
—No tío, en serio, no es nada malo.
—Dispara, entonces —dijo el chico, indicándole con la mano que hablase.
—Necesito que hagas el dueto con Quinn —soltó Sam, decidido.
Artie dejó escapar una risa escandalosa que hizo que todos los allí presentes se girasen para verlo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Sam.
—¿Con Quinn? ¡Estás de coña! No pienso hacer el dueto con ella —le respondió negando con la cabeza.
—¿Por qué?
—Pues... ¡porque no! ¿Por qué no lo quieres hacer tú? —dijo Artie pasándole la pelota a su tejado.
—No la quiero cerca de mí, así de simple. Me hizo mucho daño y aunque los perdoné, no quiero hacer nada que vuelva a ponerme en la misma situación.
—Comprendo —dijo Artie, asintiendo con la cabeza. Quién fuese la chica de Sam, sin duda alguna, no era Quinn.
—¿Entonces, que? ¿Lo harás? —preguntó Sam esperanzado.
—Lo intentaré, algo haré... —se quedó pensativo por un momento.
—¿Qué pasa ahora?
—Tendrás que hacerlo con Mercedes...
—¿Cómo? —preguntó Sam, pálido. ¿A que se estaba refiriendo?
—Si yo hago el dueto con Quinn, a ti te toca con Mercedes.
—Ahh sí. Bueno, creo que será algo nuevo —dijo el chico, restándole importancia.
—De algo estoy seguro, nuestras voces no sonarán bien.
—¿Qué quieres decir? ¿Que cantas mejor que yo? —le preguntó enfadado Sam.
—No, quiero decir que Mercedes canta mejor que Quinn.
—Soy disléxico, no tonto. Sé lo que has querido decir. Crees que mi voz no es lo suficientemente buena para Mercedes.
—Lo siento tío, no quería decir eso —se excusó Artie—. Quería ganar para demostrarle a Brit que podía hacerlo. Mercedes era mi oportunidad para conseguirlo. ¡Me debes una enorme!
—¡Lo sé! Y te la pagaré, te lo prometo.
—Cuidado, Jacob Ben Israel viene hacía aquí.
—¡Mierda! Me lleva persiguiendo todo el día, incluso ha intentando meterse en el baño. Me voy antes de que me pille. ¡Gracias otra vez, Artie!
Sam salió corriendo con Jacob Ben Israel detrás de él. Tarde o temprano, acabaría encontrándolo. Era bastante difícil despistar a Jacob.
Bien, Artie.
Pensó.
¿Cómo harás para que la "Reina de Hielo" haga el dueto contigo? ... Sam Evans, si salgo vivo de ésta, ¡te mato!
—¡Samuel Evans! ¡Samuel Evans! —gritaba Jacob Ben Israel corriendo por los pasillos.
—¿Que quieres tío? ¡Me tienes harto ya! —Sam seguía corriendo sin detenerse.
—Me ha dicho un pajarito que te has comprado un Mercedes.
Sam se detuvó en seco.
—¿Cómo?
Y Jacob aprovechó para seguir hablando.
—Por lo que he estado investigando. Y solo existe una manera de que puedas permitirte comprar un Mercedes.
—¿Qué? ¡No! —Sam siguió su camino dándole la espalda.
—Admítelo Sam, trabajas por las noches, ganas dinero, te compras un Mercedes, ¡eres prostituto!
—¿Que qué? ¡Oh, piensa lo que quieras!
—Por favor —gritó Jacob Ben Israel corriendo detrás de Sam—. Por favor, consígueme las bragas de Rachel Berry y no se lo contaré a nadie.
—Déjame en paz, Jacob —dijo el chico, saliendo por la puerta.
Buscando su grabadora y con su micrófono en la mano, apretó el botón de grabación.
—Aquí Jacob Ben Israel, retransmitiendo para el William McKinley High School, nuestro quarterback suplente, Samuel Evans, ha admitido dedicarse al negocio del placer. Esto va para todas las chicas interesadas en pagar por tener sexo con él. ¡Sam Evans está a su servicio señoritas! ¡Hava hava!
Artie rodaba con prisa la silla hacia el lugar en el que Quinn había estacionado su coche en el parking.
La chica dejaba los libros en el asiento trasero, inclinándose para buscar su bolso, cuando oyó como alguien la saludaba. Dándose la vuelta rápidamente para ver quien era.
—¿Qué quieres?
Artie respiró hondo. Aquello iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.
—Quiero que hagamos el dueto juntos —Quinn se quedó con la boca abierta al oírle. Definitivamente, eso no se lo esperaba para nada.
—Voy a cantar con Sam —le respondió la chica una vez saliendo del trance.
—No—le respondió Artie.
—¿No? ¿Por qué no?
—Porque no te mereces cantar con él.
Oh oh. Creo que esto no va por buen camino.
Pensó Artie. A la vez que suspiraba profundamente.
—Después de todo lo que le hiciste, pretendes volver a cometer el mismo error.
—¿Y qué estoy haciendo según tú? —le preguntó Quinn, a la vez que se preguntaba también quién era él para soltarle aquel rollo.
—Lo engañaste Quinn, la gente sigue recordándolo. Y lo seguirá haciendo mientras te empeñes en regresar al pasado. Sam se merece ganar y no lo hará cantando contigo.
—¿Te lo ha pedido él? ¿Te ha dicho él que me lo pidieses?
—No —mintió Artie—. Me he dado cuenta yo solo. No le hace bien tenerte cerca, ¿no crees que si hacéis el dueto juntos, la gente pensará que volvió a caer?
—Se merece ganar —admitió Quinn después de unos segundos.
—Pero no ganará contigo, ambos sabemos que su mejor baza para ganar es cantar con Mercedes.
—Sí – le respondió Quinn.
Quizás en el fondo no fuese tan malo cantar con Artie, su voz era especial y aunque la sacaba un poco de quicio, su sinceridad le hacía confiar en él.
—Bien, cantaremos juntos entonces... —dijo él rodando la silla hacia el fondo del parking. Quizás la "Reina de Hielo" no fuese tan fría como él pensaba.
Quinn lo vio alejarse de su coche. Artie tenía razón, Sam merecía ganar, por todo lo que ella le había hecho, por todo por lo que estaba pasando él y su familia, con ella no podría conseguirlo. Debía cantar con Mercedes.
Mientras los habitantes de Lima, Ohio, pasaban la noche con sus familias cenando y charlando, Sam trabajaba en la pizzería.
Mercedes solía pasarse durante su momento de descanso, para saludarlo y saber como le había ido el día. Esos pequeños momentos eran los que hacían que Sam aguantase la jornada de trabajo. Saber que la vería aunque fuese solo por unos minutos, hacía que las horas pasasen más deprisa.
En cuánto terminase el turno, se iría al motel directo a la cama. Tenía demasiado sueño, últimamente se encontraba demasiado cansado, lo que repercutía en sus estudios. Nunca habían sido buenos, debido a su dislexia, pero ahora apenas disponía de tiempo para estudiar, pues el poco tiempo que tenía libre lo utilizaba en evitar quedarse dormido encima de los apuntes.
Miró el reloj por enésima vez. Solo le quedaban cinco minutos para que empezase el descanso. Probablemente Mercedes ya hubiese llegado.
Rápidamente, se metió en el baño y se peinó un poco el pelo. Definitivamente, tenía que cortárselo. Se limpió la cara llena de harina, se lavó las manos y salió corriendo hacia la parte trasera de la pizzería.
—¿Adonde vas? —le preguntó Max, agarrándolo del brazo.
—Es mi descanso. ¿Quince minutos recuerdas? —le respondió Sam, soltándole con una mano el brazo que lo agarraba.
—Eso es dentro de tres minutos —respondió Max, señalándole su reloj.
Sam lo miró fijamente durante un instante y sin responderle, siguió su camino. Poco le importaba lo que pensase o dijese Max, vería a Mercedes, aunque fuesen solo cinco minutos.
Abrió la puerta trasera de la pizzería. Ahí estaba ella esperándolo, apoyada en su coche.
Mercedes le sonrió, con una sonrisa que podría iluminar todo el pequeño aparcamiento, aún siendo de noche.
Sam se acercó lentamente a ella, deteniéndose a un metro del coche.
—Sam... —preguntó la chica—. ¿Qué haces?
—Estoy esperando que me permitas besarte —dijo, cruzándose de brazos.
—¿Todavía estás enfadado por lo de antes?
—No sé... ¿Qué pasó antes? —preguntó mientras la chica se le acercaba y lo agarraba de la mano, atrayéndolo hacia el coche.
—Ven —dijo Mercedes apoyándose en el coche, pegándolo a ella.
—Esto es lo que "no" pasó antes —la chica se puso de puntillas, buscando sus labios. Sam, agarrándola por la cintura, la pegó más a él.
Mercedes detuvo el beso segundos después, separándose.
—¿Contento? —le preguntó riéndose la chica.
—Para nada —le respondió su novio, colocándole el pelo detrás de la oreja para poder depositar suaves besos en su cuello—. Odio tener solo quince minutos para verte.
Mercedes lo abrazó, poniéndose de puntillas. Ella también lo odiaba.
Desde que se levantaba hasta que se dormía, todo el día pensaba en él, en sus besos. En qué estaría haciendo en cada momento, si estaría pensando en ella, cuánto faltaría para volverlo a ver.
Disimular enfrente de todo el mundo era una tortura, sobretodo, porque lo que más deseaba era poder agarrarlo de la mano en los ensayos del Club Glee, aunque fuese durante una sola vez. Pero sabía que era imposible. Necesitaban seguir manteniéndolo en secreto y le dolía, le dolía saber que Sam quería estar con ella y no poder hacerlo.
Le dolía responderle con esas frases que él tanto odiaba, pero más le dolía sentir todo eso por él. Porque ella lo quería y se moría de miedo a la vez.
Sus inseguridades habían quedado ya atrás, aunque todavía sentía a veces, cierta vergüenza. No podía evitarlo. Pero el sentimiento que llevaba dentro era el miedo al dolor. Dolor, por amarle tanto, por sentirle lejos, por pensar en perderle, por llegar a olvidarle.
Ese dolor la quemaba por dentro. Quizás por eso, decir esas dos palabras era tan difícil, pero todavía más, era demostrar cuánto lo amaba cantándole.
Recordó aquella tarde en la que le había cantado "As long as you're there". El miedo a amarle seguía ahí, pero se iba yendo con la letra de la canción, como si verdaderamente le estuviese abriendo el corazón para que él entrase.
El miedo se iba yendo lentamente, dándole paso al dolor.
Porque sabía que no podía tener todo lo que deseaba, porque no se lo merecía. Nunca lo había tenido y nunca lo había merecido.
Tenerlo a él, era tenerlo todo de golpe. Era incapaz de confesarle su miedo a sufrir, era algo que ella llevaba dentro, algo suyo, que no compartiría con nadie.
Porque había aprendido a vivir con el corazón roto y Sam se lo había reparado, pieza a pieza, suavemente.
Ambos rompieron el abrazo, mirándose a los ojos. La felicidad estaba ahí, en ese momento, al alcance de sus manos.
Sam se inclinó nuevamente para besarla, sabiendo que ya quedaba poco para que acabase su descanso.
Mercedes lo pegó a ella, rodeándole por la cintura. No quería dejarlo ir. Él tampoco se hubiese ido.
Un ruído les sorprendió.
Sobresaltados, giraron sus cabezas, viendo a Max aparecer en escena aplaudiéndoles, rompiendo así, el bonito momento que estaban viviendo.
—El tiempo se te acaba Evans —Max se acercó un poco más, para observar a la chica que acompañaba a su compañero de trabajo.
—¿Y esta negra, quién es? ¿Una de tus clientas? —preguntó Max señalando a Mercedes—. ¿Te paga para que te la folles? ¡Con lo fea que es, dudo que alguien se lo haga gratis!
Todo sucedió demasiado deprisa. Mercedes trató de agarrar a Sam sin conseguirlo.
En cuestión de segundos el puño de Sam se estrelló contra la cara de Max, tirándolo al suelo.
—¡Hijo de la gran puta! —gritó, abalanzándose sobre él. Max intentó zafarse pero Sam lo aprisionaba con su cuerpo, impidiendo que el chico se levantase.
Mercedes se inclinó sobre ellos, tratando de separarlos, agarrando a Sam por uno de sus brazos.
—¡Sam, por favor!
El chico se revolvió impidiendo que lo detuviese, dándole sin querer un empujón a su chica.
Al ver lo que había hecho, Sam se giró, para ver si ella se encontraba bien. Ocasión que utilizó Max para levantarse y pegarle un puñetazo en la cara, derribando a Sam.
El moreno, viéndolo indefenso, comenzó a propinarle patadas en su estómago, mientras Mercedes, intentaba detenerlo sin dejar de llorar.
—¡Aparta negra! —la empujó Max—. ¡Espera tu turno!
Mercedes cayó de espaldas al suelo. Levantándose rápidamente, salió a buscar ayuda. Ella sola nunca podría detener a Max.
Max se giró viendo como Mercedes entraba en el local. Sam, desde el suelo, lo agarró del pie, haciendo que cayese mientras gritaba.
—¡No! ¡Ella no! —Abalanzándose nuevamente sobre Max—. ¡A ella no la tocas!
Su cuerpo le dolía, pero saber que Max podría herirla, hacía que no sintiese nada.
Mercedes y su jefe los encontraron en el suelo cuando llegaron a separarlos.
Sam lo agarraba por el cuello de su camisa, manteniendo su puño derecho en el aire, dispuesto a descargarlo sobre Max con toda la fuerza de la que fuese capaz.
—¡Evans! —gritó el señor Murphy—. ¡Apártate de él! ¡Ya!
Sam se detuvo, viendo como Mercedes lo miraba fijamente.
—¡Estás despedido Evans! ¡Te quiero a ti y a tus cosas fuera de aquí, en este mismo momento! ¡Largo! —le gritó su jefe.
Agachando la cabeza, se levantó del suelo, caminando decidido hacia la puerta. Sería la última vez que pisase esa pizzería. Sam había perdido su trabajo.
Mercedes lo vio entrar en el local, mientras que el Señor Murphy ayudaba a Max a levantarse del suelo.
Ninguno dijo nada, al menos no en el exterior de la tienda. Ambos entraron en la pizzería, detrás de Sam.
Todo había sido culpa suya. Todo.
Si ella no hubiese ido a verlo, Max y él no se hubiesen peleado y Sam todavía conservaría su trabajo.
Si ella no estuviese con él...
Su cabeza no paraba de reprochárselo. Todo era culpa suya.
Sam salió minutos después, trayendo solamente su chaqueta con él. Ninguna palabra salió de su boca. Su mano izquierda agarró la mano de Mercedes, apretándola fuertemente, tranquilizándose una vez que volvió a sentirla junto a él.
Esta vez Sam no le abrió la puerta para dejarla entrar, ella fue quién se la abrió, mientras le ayudaba a sentarse, con cuidado.
Mercedes se subió al coche mientras Sam se ponía el cinturón de seguridad.
—No me lleves al motel —fue lo único que dijo.
—Te llevo a un hospital, Sam —le respondió Mercedes.
—No —dijo secamente.
—Sam...
—Estoy bien, Mercedes. Solo... ¿salgamos de aquí, vale?
Mercedes asintió.
Tiempo después el coche dejaba atrás el aparcamiento.
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