Dislaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimo de lucro.


4

Peleas y lecciones

Albus dio un nuevo giro en la cama e intentó acomodarse lo mejor que pudo, sin embargo, no terminaba de estar a gusto. Llevaba horas dando vueltas en la cama, pensando. La situación era de locos y seguía esperando despertar en cualquier momento. Sencillamente, eso no podía estar pasando.

La luz de la luna entraba por la ventana a raudales y bañaba su colcha. El color rojo no terminaba de conjuntar con la luz plateada, pero Albus supo que esa idea era producto de lo mucho que echaba de menos sus mazmorras. Cerró los ojos con fuerza, imaginando que quien roncaba suavemente a un metro de él era Scorpius y no Harry Potter, su padre. Fue inútil, por supuesto, pero Albus siguió intentándolo. Se giró de nuevo, quedando de cara a la habitación. Era tan parecida a la que había habitado durante cuatro años que casi daba miedo. Sin embargo, seguía estando mejor iluminada y gritaba Gryffindor sin importar hacia donde mirara.

Con la mirada perdida en la cama de al lado, Albus se preguntó qué estaría pasando en su casa. ¿Se habrían dado cuenta ya de que había desaparecido? ¿Qué haría su familia al respecto? ¿Cómo iban a enterarse de la suerte que había corrido? Albus era consciente de que su padre movería cielo y tierra hasta encontrarle, sin importar los pequeños encontronazos que habían tenido a lo largo de los años, pero ni siquiera el omnipotente Harry Potter podría hacer algo para ayudarle.

Aparentemente, estaba solo, y solo tendría que escapar de ese tiempo.

-25 años en el futuro-

Harry escuchó el portazo de su hijo y suspiró. Estaba cansado de discutir con él, siempre era lo mismo. Harry se preguntaba dónde se habían quedado los años en los que jugaban juntos y compartían momentos de completa complicidad. Ahora todo eran gritos. Él lo achacaba a la edad, al fin y al cabo Albus era un adolescente, pero nunca había tenido estos problemas con James. Desde luego, su primogénito era igual o más revoltoso que Albus. También hubo gritos, peleas y castigos, pero con Albus había un trasfondo que Harry no era capaz de dilucidar y cada vez que intentaba hablar con su hijo él sólo se cerraba en banda.

Suspiró de nuevo y se dejó caer en el sofá, no había nada que odiase más que discutir con sus hijos, le hacía sentir como un mal padre.

Cerró los ojos, dejó caer su cabeza contra el respaldo y se quedó completamente inmóvil, ni siquiera se movió cuando escuchó la puerta de la calle. Intuyó a Ginny antes de sentir sus manos en su pelo. Su cuerpo se relajó visiblemente y soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—¿Qué ha pasado? —susurró la mujer en su oído, viendo su preocupación sin que él tuviese que decir nada.

—Albus sigue luchando con uñas y dientes para que le levante el castigo. Empieza a ser agotador —contestó, relajándose bajo el toque de su esposa.

Ginny suspiró mientras se apartaba ligeramente. Era muy consciente de la tensión que había entre Albus y Harry, que se remontaba al comienzo de su adolescencia. Ginny intuía que tenía que ver con el hecho de que Albus era un Slytherin y no se sentía cómodo entre ellos, esperando, incluso después de tantos años, un reproche por su parte. Decir que no había sido decepcionante romper la tradición de su familia cuando su hijo entró en Slytherin habría sido rozar la línea entre la verdad y la mentira, pero Ginny jamás dejaría de querer a sus hijos, sin importar lo que hicieran, y mucho menos por estar en una Casa u otra, y sabía que Harry compartía su opinión. Sin embargo, no podía evitar preguntarse si alguna vez le habían tratado de forma diferente, si, subconscientemente, no le habrían dejado a un lado.

Harry abrió los ojos lentamente, encontrándose con los marrones de Ginny, perdiéndose en su mirada cuyo brillo, incluso después de tantos años, todavía le sorprendía. Vio en ellos las dudas que carcomían a la mujer, pero no dijo nada, guardándose sus propios miedos para sí.

—Quizás deberías hablar con él. Y me refiero a una conversación de verdad, Harry, no sólo "No irás porque así lo he decidido" —opinó Ginny segundos después, a pesar de saber de antemano lo que su marido iba a decir.

—No serviría de nada —replicó Harry predeciblemente—. No atiende a razones. Cree que estoy siendo injusto e hipócrita, y ya conoces a tu hijo: cuando se le mete algo en la cabeza es imposible sacárselo.

Ginny sonrió un poco.

—Vaya, ¿a quién me recuerda eso?

—Muy graciosa.

La mujer le revolvió el pelo juguetonamente y depositó un suave beso sobre sus labios. Fue un toque fugaz, casi inexistente, pero cálido. Harry esbozó una sonrisa feliz, pero era plenamente consciente de que debía hacer caso a Ginny e intentar hablar con su hijo. Supuso que eso era lo que los buenos padres hacían. Muchas veces a lo largo de su vida había echado de menos una figura paterna, pero nunca tanto como cuando fue padre y se encontró sin un ejemplo a seguir. Cuando James nació, Harry no pudo evitar sentirse perdido y frustrado, además de un poco deprimido por tener que usar a los señores Weasley como ejemplos, y no a sus propios padres. Sin embargo, toda la felicidad que le habían traído sus hijos era algo incomparable a nada de lo que había sentido antes, y se llevaba los malos recuerdos y los pensamientos tristes con una eficacia pasmosa.

No pudo evitar bufar con algo de molestia cuando vio la sonrisa triunfal de Ginny al levantarse del sofá. La mujer le apretó el hombro para darle ánimos y se retiró a su habitación mientras se soltaba el pelo. Su melena roja cayendo en cascada por su espalda distrajo a Harry brevemente, pero sólo un segundo después Ginny había desaparecido. Suspirando, el hombre se dirigió a las escaleras. El silencio fue todo lo que le recibió en el piso de arriba. James estaba en la Madriguera pasando el día con sus primos y Lily había salido con sus amigas aunque, según su reloj, llegaba quince minutos tarde.

Harry recorrió el pasillo hasta la habitación de Albus. Una insignia de Slytherin colgaba de un gancho de la puerta y se movía al ritmo de la brisa que entraba por la ventana entreabierta al fondo del pasillo. El hombre llamó suavemente en vez de entrar sin más, intentando crear un buen precedente. Nada. Nadie contestó al otro lado ni hizo ningún ruido. Lo normal es que Albus le hubiera dejado entrar, siempre lo hacía. Harry imaginó que esta vez debía estar realmente enfadado para ignorarle de esa forma y no deleitarse con desesperarle a base de largos silencios. Sintiéndose un poco culpable (no podía evitar sentirse así cuando sus hijos se enfadaban con él), cerró la mano alrededor del pomo de la puerta y giró, sorprendiéndose cuando le resultó imposible. ¿Albus había echado el cerrojo? Eso sí era preocupante.

—¡Albus! ¡Albus ábreme! —gritó, aporreando la puerta—. ¡Vamos, hijo!

Harry intentó no ponerse nervioso cuando nadie contestó. Apoyó la oreja contra la madera intentando escuchar algo, cualquier cosa. Sólo había silencio. El corazón comenzó a latirle muy rápido a medida que los pelos de su nuca se iban encrespando, una horrible intuición atenazándole el estómago. Los años y la experiencia le habían enseñado a confiar en su instinto, ese que ahora le gritaba que algo no iba bien. Su mente racional estaba segura de que no era nada, sólo Albus comportándose de manera infantil, pero sus tripas decían algo muy distinto.

Sin poder soportarlo más, Harry realizó un alohomora y entró en la habitación, horrorizado al comprobar que Albus no estaba.

-1995-

Albus se despertó cuando el sol ya entraba a raudales por la ventana. Apretó los ojos con fuerza, notando su tibieza en los párpados. Escuchaba ruidos a su alrededor, conversaciones y alguna risa apagada. Al segundo llegó a la conclusión de que James y Lily estaban cobrándose su venganza por el chivatazo del día anterior, y su cuerpo se tensó alerta. Cuando una mano le zarandeó insistentemente, Albus dio un bote y saltó de la cama como si le hubieran electrocutado. Por un segundo, observó la habitación con confusión. ¿Estaba en Hogwarts? Sin embargo, todo volvió a él cuando su padre se colocó delante de él con una mano cerrada alrededor de su hombro.

—Perdón…

Harry asintió sin más, aparentemente comprendiendo, sin embargo, una sonrisa burlona tiraba de sus comisuras. Eso molestó a Albus. ¿Quién se creía que era? Le gustaría verle si la situación fuera al revés, probablemente no conseguiría mantener la sangre fría ni dos minutos. Su mirada de desprecio le borró la sonrisa y consiguió que se apartara con cierto enfado brillando en sus ojos.

Empezamos bien, fue el pensamiento sarcástico de Albus.

—¿Qué hora es? —preguntó a nadie en particular. Fue el mismo Harry quien contestó:

—Las ocho y cuarto. Date prisa o llegaremos tarde —Una vez que se hubo colocado la túnica, le extendió a Albus un papel—: Este es el horario.

La hoja estaba emborronada, pero era legible. El joven le echó un rápido vistazo intentando memorizar al menos las clases que tendrían ese día. Historia de la Magia, Pociones, Adivinación y Defensa. El hecho de tener Adivinación le deprimía un poco, pero se lo planteo como una hora libre en la que podría dejar volar su imaginación. Al fin y al cabo no hacía falta mucho más para aprobar ese chiste de asignatura.

Harry y Ron ya habían bajado, así que cogió los libros que iba a necesitar y los metió en la mochila. Todas las cosas que iba a necesitar habían aparecido esa mañana al lado de su cama, lo cual fue un gran alivio. Se echó la mochila al hombro y bajó las escaleras de dos en dos. Los dos chicos junto con Hermione estaban esperándole abajo. Cualquier rastro de enfado había desaparecido de la expresión de su padre, que le recibió con una sonrisa tímida. Pero no hubo tiempo de más antes de que Hermione les recordara que a ese paso llegarían tarde a clase.

La hora de Historia pasó sin pena ni gloria mientras Albus se dedicaba a dibujar el paisaje que podía ver al otro lado de la ventana. Con sólo una pluma como herramienta no le quedó muy allá, pero cualquiera que hubiera estudiado en Hogwarts reconocería los jardines y el bosque en su dibujo. Tras esa clase se dirigieron al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras. Se sentó junto a Hermione, con Ron y Harry en la mesa de al lado. La profesora llegó cuando sólo llevaban dos minutos esperando.

La primera impresión que le dio a Albus fue terrible. Algo en su cara de sapo, probablemente esos ojos maliciosos, le dijo que no iban a llevarse bien. Además, sólo había que ver la cara de Harry, Ron y Hermione para saber que no era una clase que disfrutasen.

—Buenos días —saludó la mujer. El muchacho no pudo evitar emitir un ruidito disgustado al escuchar su voz aguda y empalagosa, pero nadie más que Hermione le escuchó.

—Buenos días, profesora Umbridge —respondieron todos a coro.

La mujer venía revisando unos pergaminos, pero levantó la vista al llegar a su escritorio. Inmediatamente se percató de la presencia de Albus. Un sentimiento de rechazo reptó por su piel, pero mantuvo su expresión estratégicamente en blanco.

—¿Y usted es…?

—Alexander Jones, profesora. Me he trasladado a este colegio desde Estados Unidos.

Su voz no tembló ni un ápice y la mentira sonó tan convincente que Hermione alzó una ceja mientras intentaba ocultar una sonrisa. Albus sonrió quedamente a la profesora intentando poner su mejor cara de niño bueno. La mujer le analizó por unos segundos, al parecer memorizando cada rasgo de su cara, su pelo castaño y el escudo de Gryffindor bordado en la túnica negra reglamentaria.

—¿Puede, por favor, presentarse ante sus compañeros?

Albus se encogió de hombros y se levantó con seguridad. Este era su elemento. Le gustaba la atención, no podía negarlo, aunque sólo en ocasiones concretas. Se colocó al frente de la clase y sonrió con falsa timidez mientras se pasaba una mano por el pelo. Una chica suspiró.

—Como ya he dicho, mi nombre es Alexander Jones, pero mis amigos me llaman Alex. Me han trasladado del Instituto de Magia de Salem, por eso me he incorporado tan tarde a las clases —Las palabras salían de su boca con fluidez aunque estaba improvisando sobre la marcha. Esperaba que no le diera muchos problemas al profesor Dumbledore crear una buena base para su historia por si a alguien le daba por investigar—. El Sombrero Seleccionador me ha puesto en Gryffindor —continuó, haciendo un gesto vago con la mano hacia el escudo—, pero me gusta tener amigos en todas las Casas —Le guiñó un ojo a una chica de Ravenclaw, la Casa con la que compartían Defensa, que le regaló una sonrisa coqueta—. Encantado de conoceros.

Se dirigió a su pupitre con una sonrisa enorme, muy pagado de sí mismo, pero se obligó a controlarse cuando captó la mirada que le estaba echando la profesora. Se sentó de nuevo y esperó.

—Muy bien, señor Jones. ¿Tiene el libro Teoría de Defensa Mágica de Wilbert Slinkhard? —preguntó con fingida voz maternal.

—Sí, profesora —contestó educadamente, señalando el libro que reposaba sobre la mesa.

—Perfecto. En tal caso, comiencen la lectura. En silencio.

Albus abrió el libro y leyó. No pasó de la introducción. El texto era espeso, enrevesado y, a su parecer, completamente inútil. ¿Cómo iban a aprender un hechizo sin practicarlo? ¿Pretendía esa mujer que aprobasen los TIMOS estudiando sólo la teoría? ¡Estaba loca!

—Disculpe, profesora, pero…

—Levante la mano cuando tenga alguna duda, señor Jones.

Sintiéndose totalmente idiota, Albus obedeció. La mujer se tomó dos segundos antes de darle el permiso para hablar.

—¿Vamos a tener clases prácticas? —preguntó, aunque intuía la respuesta.

—No, señor Jones. En el Ministerio creemos que unos conocimientos teóricos son lo único que necesitan para pasar los exámenes y poder desenvolverse en la vida diaria —respondió la mujer con una sonrisa amable y su característica voz chillona.

Albus frunció el ceño con cierta confusión e incredulidad. Estaba hablando en serio.

—Pero si no practicamos, ¿cómo vamos a saber qué podemos hacer correctamente los hechizos? —cuestionó, intentando verle la lógica a la tremenda tontería que proponía la profesora.

—Si asimilan bien los conceptos teóricos no tendrán dificultad en efectuar la práctica.

Albus entrevió la irritación en su voz pero no le importó.

—No creo que eso sea suficiente.

—Pero usted es sólo un alumno y su opinión, además de ser carecer de cualquier base real, es completamente irrelevante. Ahora, si no quiere un castigo, será mejor que se ponga a leer y deje de interrumpir la clase.

Su tono no dejaba lugar a réplicas, pero Albus no era de los que se amilanaban fácilmente. Cierto que evitaba meterse en líos, pero no podía quedarse de brazos cruzados cuando se le presentaba ese plan de estudios tan inútil. Abrió la boca dispuesto a replicar, pero la negativa susurrada desde su derecha le detuvo. Miró a Harry con un signo de interrogación pintado en la cara. El chico le devolvió la mirada con una expresión casi suplicante. Aunque no estaba nada conforme, Albus cerró la boca y dejó que el resto de la clase transcurriera sin más interrupciones.

Cuando salieron de clase Albus tomó el brazo de Harry y les hizo un gesto a Ron y Hermione para que se adelantaran. Su padre le miró con algo de molestia, pero era la incomodidad lo que prevalecía en sus ojos.

—¿Por qué no me has dejado replicar? —inquirió, directo al grano. Le desconcertaba esa actitud en su padre. El Harry Potter que él conocía, y aquel del que tanto había oído hablar, no se amilanaba ante una profesora.

—No debes meterte en líos.

Albus iba a decir algo, pero luego recordó las palabras de Harry la noche anterior "¿recordáis mi castigo con Umbridge?" ¡Él había estado castigado la noche anterior con la misma profesora! ¿Cómo podía ser tan hipócrita? Eran este tipo de cosas las que no dejaban a Albus llevarse bien con su padre. Cada vez que alguien le miraba y le soltaba todo el discurso de "eres afortunado de llevar el apellido Potter", le entraban ganas de gritar a los cuatro vientos la clase de persona que era Harry, el Salvador, el Elegido.

Albus se consideraba una persona paciente y de sangre fría, pero su padre siempre conseguía irritarle hasta más allá de sus límites, y su versión adolescente era incluso peor.

—Tú estuviste castigado con ella ayer mismo —señaló con algo de dificultad.

—Eso es diferente.

—¿En qué? —Harry no hizo siquiera el amago de responder sino que apartó la mirada, incómodo. Hubo algo en sus ojos por un segundo que Albus no llegó a entender, pero pronto desapareció para ser reemplazado por puro desafío—. ¿No vas a responder?

—No tengo nada que decirte.

Albus bufó antes de poder controlarse. Estaba a punto de insistir cuando la profesora McGonagall dobló la esquina encontrándose inmediatamente con ellos.

—¿Ocurre algo?

—Nada, profesora —respondieron al unísono.

—Eso espero. Ahora despejen el pasillo, vamos.

Los dos chicos se miraron una vez más con la ira brillando en sus ojos. No volvieron a hablarse en lo que restaba de día.


Pasaron dos semanas durante las cuales Harry y Albus no se dirigieron la palabra. El muchacho había intentado hablar con él, pero Albus no quiso atender a razones. La hipocresía era algo que difícilmente podría aguantar y se encargó de dejárselo bien claro a Harry. Después de eso, el joven no volvió a intentarlo. A parte de eso, las dos semanas le habían ayudado a ir haciéndose a la idea de que compartía clase, cuarto y edad con gente que en su tiempo estaba quedándose calva o que tenía hijos que eran amigos suyos. También había hecho varios amigos, pero no quería apegarse a nadie demasiado. Al fin y al cabo, su tiempo allí era limitado, o al menos eso esperaba. El director Dumbledore no había vuelto a ponerse en contacto con él.

Esa mañana de domingo Albus se dirigió a la lechucería. No es que tuviese que enviar una carta (¿a quién iba a enviársela?), pero le apetecía estar solo y pensar. Era temprano, así que imaginó que no habría nadie. Podría haber subido a la Torre de Astronomía, pero Dean ya había dicho que pasaría la noche "en un sitio romántico con una Ravenclaw", y todos sabían perfectamente lo que eso significaba.

Albus se apoyó en el muro. El Bosque Prohibido se extendía hasta donde alcanzaba la vista y las copas de los árboles se mecían al son de una ligera brisa. La cabaña de Hagrid era sólo una silueta oscura y pequeña desde esa altura. Al otro lado, el lago permanecía tranquilo. El paisaje era idéntico al que él tanto conocía y le hizo olvidar que no estaba en donde debería estar. Cerró los ojos, sumergiéndose en la fantasía de que había subido a enviarle una carta a sus padres, les contaba todo lo que le había pasado ese mes, lo pesados que eran los profesores y el poco caso que le hacía Lily aunque intentase por todos los medios que no siguiera la estela de James. Finalizaría mandándoles recuerdos de Neville y Hagrid, que les invitaba a tomar una taza de té cuando quisieran. Entonces, escuchó unos pasos subiendo por la escalera y se dejó llevar por la esperanza de que fuera alguno de sus hermanos, o Rose, o Scorpius… Cualquiera.

—Oh, hola —La voz de Hermione le hizo reaccionar. Abrió los ojos algo sorprendido al percatarse de que se le habían humedecido.

—Hola —contestó con desgana.

Hermione no dijo nada, sino que llamó a una lechuza parda y de aspecto orgulloso, y le ató una carta a la pata. El ave salió volando y la muchacha se colocó a su lado, observando el paisaje en silencio. Albus la imitó, un poco desconcertado.

—Extrañas tu hogar —murmuró la muchacha al rato. No había sido una pregunta, sino una afirmación en toda regla.

—Sí —confirmó, aunque no era necesario.

Hermione se giró hacia él mirándole directamente a los ojos.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Albus asintió. Esperaba poder responderla—. ¿Somos felices? Harry, Ron, Sirius, los Weasley, el profesor Lupin, yo…

El muchacho apartó la mirada dirigiéndola hacia el horizonte. ¿Cómo decirle que Sirius, Remus, Fred, y tantas otras personas habían muerto? ¿Cómo decirle que en Hogwarts había un monumento donde se recogía el nombre de decenas de personas que habían perdido la vida en sus muros? No podía decírselo, no quería.

—Sí, todos sois muy felices —Era una media verdad, pero no podía darle más—. Somos una familia muy unida.

—¿Y tú? ¿Eres feliz?

La pregunta le descolocó por un segundo. No recordaba que alguna vez alguien le hubiera preguntado tan directamente si era feliz, ni siquiera él mismo. Pensó en ello durante un tiempo. ¿Era feliz? Ciertamente había vivido momentos malos, como aquel primer año en el que James no le hablaba por ser un Slytherin, pero no podía decir que fuera infeliz. Se quejaba mucho, pero tenía una familia que le quería y unos amigos que, aunque pocos, eran verdaderos. El bajón en sus notas había sido un golpe, pero en realidad era un buen estudiante y se consideraba una persona capaz tanto mágica como mental y físicamente. Sí, se podía decir que era feliz.

—Sí —respondió finalmente—. He pasado por momentos en los que me sentía realmente desgraciado, pero soy feliz. En realidad he tenido mucha suerte.

Hermione le sonrió, pareciendo sinceramente feliz por él. Aparentemente había superado su recelo hacia él y ya le trataba como a una persona normal y no como a un mortífago en potencia. A Albus ese hecho le aliviaba enormemente. Era bueno tener a alguien con quien hablar y que supiera quién era y de dónde venía. No le gustaba demasiado tener que mentir constantemente, en especial a gente que le había acogido como a uno más entre los suyos, y hablar con Hermione siempre era liberador además de entretenido. Sin embargo, no podía deshacerse de un enorme sentimiento de angustia y añoranza.

—¿Crees que volveré? —preguntó en un quedo susurro.

—Estoy segura de ello —contestó Hermione, sin un atisbo de duda en su voz. Albus le regaló una sonrisa en respuesta.

Se quedaron en silencio una vez más. Albus sentía como si le hubiesen quitado un peso de los hombros, por muy ilógico que fuera (al fin y al cabo, Hermione no podía saberlo con total seguridad). Tomó un respiro profundo, disfrutando del aire limpio y fresco. Estaba realmente agradecido y así se lo hizo saber a la chica.

—Se me ocurre una cosa que podrías hacer para agradecerme —dejó caer Hermione, como quien no quiere la cosa. Albus se olió la encerrona y dejó que continuara sin hacer ningún comentario—: Podrías hacer las paces con Harry.

Albus soltó un resoplido burlón. No se había esperado eso y casi le hizo gracia.

—No —dijo llanamente.

—Mira, no sé qué es lo que ha pasado entre vosotros, pero Harry se disculpó contigo y lo rechazaste. ¿Crees que esa es forma de hacer las cosas? —Si Albus no hubiese estado tan molesto, se habría reído. Era muy curioso que Hermione fuera tan maternal incluso a esa edad—. Creo que ya es hora de que le perdones.

—Tienes razón en una cosa: no sabes qué es lo que pasa entre nosotros. Por eso no puedes opinar —replicó, enfadado porque toda la conversación anterior se le presentaba como una táctica.

Hermione frunció el ceño.

—¿Y qué pasa, si se puede saber?

Albus se pasó la mano por el pelo, frustrado. Le molestaba mucho esa actitud metomentodo de su tía y desde luego no le había pillado en su mejor momento. Se sentía agotado, irritado y tremendamente asustado. No tenía ni idea de si podría volver a su tiempo ni de qué consecuencias traería su presencia en el pasado, y la incertidumbre le carcomía. Lo último que necesitaba era a su tía sermoneándole. Así pues, decidió cortar por lo sano.

—Lo que pasa, Hermione, es que Harry es un maldito hipócrita. Me detuvo cuando quise replicar a la profesora Umbridge alegando que no debía meterme en líos cuando él había estado castigado la noche anterior, ¡y con la misma profesora! —escupió con enfado—. Pero no es sólo por eso. Esto viene de atrás, de mi padre y yo.

Hermione le miró furibunda. Era imponente, no podía negarlo, pero Albus no se retractaba de sus palabras con frecuencia y sabía que lo que había dicho era cierto.

—Tú eres el que no sabe nada, Albus —Sus mejillas se habían coloreado levemente, pero el chico no habría sabido decir si era por el frío o por la ira—. Harry es muchas cosas, pero no un hipócrita ni un cobarde. Intentaba protegerte. Tiene un complejo de héroe que no puede controlar. Además, eres su hijo.

—Él no cree que yo sea su hijo.

—¿Estás seguro de eso?

Albus gruñó, pero no dijo nada. Lo cierto era que no tenía ni idea de qué pensaba Harry al respecto después de esas dos semanas. Quizás ya había dejado atrás su desconfianza, como Hermione… Sacudió la cabeza, sacando esa idea de su mente. ¿Qué más daba? Que Harry ya no pensara en él como en un espía de los mortífagos no quitaba que fuera un hipócrita, le pesara a quien le pesara.

—Nos estamos desviando del tema —señaló, desordenándose el pelo sin darse cuenta—. Mira, Hermione, si yo hubiera hecho la mitad de cosas que vosotros me habrían expulsado ya cincuenta veces. Pero claro, es del niño que vivió de quien estamos hablando.

Una ráfaga de aire agitó el cabello de Hermione, que le miraba con dagas en los ojos. Con los rizos castaños alborotados, los ojos brillando con ira y las manos apretadas en puños, tenía toda la pinta de estar a punto de sacar la varita para maldecirle. Era algo aterrador, y Albus no pudo evitar apartarse un par de pasos, muy consciente de lo que era capaz su tía incluso a esa edad.

—¡Y me acusas a mí de no saber de lo que estoy hablando! —chilló, espantando a varias lechuzas que salieron volando y ululando airadas—. No tienes ni idea de lo que es pasar días rezando porque tu mejor amigo se despierte, del terror que se siente cuando te enfrentas a magias que apenas puedes entender cuando eres tan pequeño que parece que el mundo va a aplastarte. No puedes comprender lo que es que todos te den lado, te teman y te desprecien. No sabes lo que es estar cara a cara con la muerte, literalmente. No te haces una idea de lo que es ver morir a un compañero tuyo ante tus ojos. Y estas son sólo algunas cosas por las que Harry ha tenido que pasar. ¿Sabes qué es lo que oye cuando los dementores están cerca de él? —Albus negó—: Oye a su madre chillar la noche que la mataron. ¿Entiendes lo que eso significa? Y aún así es capaz de conjurar un patronus corpóreo. Eres tú el que no sabe nada, Albus. Harry tuvo que ver cómo Voldemort mataba a Cedric Diggory en junio y ahora todo el mundo le da la espalda porque cree que se lo ha inventado para llamar la atención. Y aún después de todo eso está dispuesto a dar su vida por nosotros, por todos nosotros. No digo que sea perfecto, pero desde luego es una de las mejores personas que puedas llegar a conocer, y no puedo creer que te atrevas a reprocharnos que no nos hayan castigado más. Eso es sencillamente inmaduro, espero que te des cuenta de ello.

Hermione jadeaba después de tanto tiempo sin siquiera tomarse un pequeño respiro. Le miró esperando a que Albus hiciera algo, disculparse, quizás, pero el chico no sabía muy bien qué decir o hacer. El torrente de palabras de su tía le rondaba en la cabeza y necesitaba un poco de tiempo para analizar bien cada palabra, relacionarla con la historia que conocía y actuar en consecuencia. Sin embargo, un sentimiento incómodo, parecido a la vergüenza, le reptaba en el pecho y le encogía el estómago. Sabía que Hermione tenía razón en muchas cosas, pero no estaba preparado para reconocer que quizás se había equivocado. Al ver que Albus no iba a decir nada, la muchacha se dio media vuelta y se marchó de allí pisando fuerte mientras murmuraba palabras ininteligibles. Él volvió a contemplar el paisaje.


Albus no era capaz de dormir. Dio mil vueltas en la cama e intentó cada técnica relajante que conocía, pero no conseguía pegar ojo. El silencio era sólo roto por los ronquidos de Ron y Neville, sincronizados de tal forma que creaban algo parecido a un dúo. Los primeros días le había molestado, luego pasó a ser una divertida curiosidad, y actualmente se trataba de un ruido blanco casi reconfortante.

Albus se removió una vez más, quedando de costado en la cama. A poco más de un metro de él estaba Harry, durmiendo. Sólo era una silueta en la oscuridad, pero el joven Slytherin podía ver claramente que no estaba teniendo un sueño pacífico. Un poco preocupado, se deshizo de las mantas y se levantó para acercarse. No había decidido qué hacer a continuación cuando le escuchó murmurar:

—No… Ce-Cedric… No, no, ¡no! — "Harry tuvo que ver cómo Voldemort mataba a Cedric Diggory en junio" Las palabras de Hermione vinieron a su mente sin esfuerzo. Su padre estaba soñando con esa noche.

—¿Papá? —susurró tentativamente. Ni siquiera se percató de que no le había llamado Harry—. Papá, despierta. Vamos, despierta.

Un ligero zarandeo fue todo lo que necesitó para despertarse sobresaltado. Por un segundo, pareció que iba a lanzarse a por su varita, pero sólo fue un momento antes de que le reconociera. Albus intentó enmascarar su preocupación volviendo a su cama con semblante inexpresivo, pero no pudo evitar preguntar:

—¿Estás bien?

Harry sonrió un poco y Albus supo que se había percatado de que sólo fingía indiferencia.

—Sí, tranquilo —Su sonrisa se enfrió un poco, pero no abandonó sus labios mientras continuaba—: Suele pasarme.

—¿Sueles tener pesadillas?

Harry cabeceó. El Slytherin quiso preguntarle sobre ellas, pero no se atrevió. Era consciente de que no estaban en los mejores términos y dudaba de que su padre quisiera hablar del tema. Sin saber qué hacer, volvió a arroparse y se tumbó de costado de nuevo, pero esta vez dándole la espalda a Harry.

—¿Harry? —El chico hizo un sonido interrogativo invitando a Albus a continuar—. Siento… todo esto. No debería haberme comportado así. Tampoco es que esté de acuerdo contigo respecto a Umbridge, pero creo que entiendo por qué lo hiciste —Toda la cara le ardía cuando terminó de disculparse y se alegró inmensamente de que estuvieran a oscuras y Harry no pudiera verle.

—Está bien. No pasa nada. Yo también me sobrepasé, últimamente tengo problemas con mi genio.

Cuando Albus le miró se encontró con una sonrisa sincera que no pudo evitar devolver. Se sentía un poco más ligero ahora que se había disculpado y esperaba dejar ese incidente atrás muy pronto. En ese momento se sentía un poco como cuando era niño y tenía toda esa complicidad con su padre que había ido perdiéndose a medida que crecía.

—¿Sabes? Creo que deberíamos hacer algo contra la profesora Umbridge —murmuró, un tiempo después—. Algo grande.

Hubo un silencio antes de que Harry hablara dubitativamente:

—Hermione tiene una idea… pero es una tontería.

Sus palabras inflamaron la curiosidad de Albus.

—Quiere que enseñe Defensa. Hacer algo así como un Club de Duelo clandestino.

A pesar de la oscuridad, Albus pudo ver que Harry se ruborizaba y no pudo evitar esbozar una sonrisa burlona. Pensó en ello durante un segundo, concluyendo que era una buena idea. El método de enseñanza de la profesora Umbridge no le había permitido ver a su padre en acción, pero si eran ciertas todas las cosas que había escuchado sobre él, no podía pensar en alguien mejor para ser su profesor.

—Creo que es una gran idea, la verdad —exteriorizó finalmente. Una sonrisa ladina se pintó en su rostro—. Además, no hay nada que pueda molestar más a esa mujer. Te odia.

Harry rió por lo bajo, totalmente de acuerdo.

—Intentaremos que no se entere.

—¿Entonces lo vas a hacer?

—Ya veremos… —Albus supo que eso era un sí—. Ahora deberíamos dormir.

El joven asintió y le deseó buenas noches mientras se acomodaba mejor bajo las sábanas. Con un suspiro y una sensación cálida en el pecho, el sueño fue invadiéndolo hasta que, finalmente, se quedó dormido.


¡Hola! Otro capítulo más :) Siento que este tiene demasiado, demasiado, demasiado diálogo, pero es como me ha salido y también como se va a quedar. Ya sabéis que para cualquier duda, sugerencia o crítica podéis escribirme un review o un PM.

¡Hasta la próxima!

Luna Sodapop a 02/10/2015