Me desbordó la noticia en sí y la crudeza de Brian pero, sobre todo, me conmovió el desconsolado llanto de John y George. No se podía decir que yo estuviera especialmente afectado por la noticia, que nos pareciéramos físicamente no era un agravante. Mis contactos con Paul habían sido mínimos, por lo que juzgué más urgente ayudar a John y a George a sobreponerse que mis propios lamentos. Tras unos instantes realmente dramáticos, la situación se calmó y relajó un poco. Tuve entonces tiempo para pensar y preguntarme por qué habían venido a contármelo, pero no fui capaz de plantear mis dudas. El tenso silencio que se había creado lo rompió Brian, que volvió a tomar la responsabilidad. Relató de manera detallada cómo había sucedido todo. Nos contó, a Londa y a mí, que dos días antes Paul había sufrido un accidente de tránsito y había fallecido en el acto. Iba acompañado de una chica llamada Rita, por lo que Jane Asher (su novia), aun no había sido informada del fatal percance. Brian continuó dándonos datos del accidente, sobre quién estaba al tanto y quién no, sobre por qué tanto secretismo. Tanta información privada no hacía sino que me sintiera más lejano al problema, no conseguía entender por qué era yo uno de los elegidos. Finalmente, John se armó de valor, respiró profundamente y, mirándome a los ojos me dijo: "Queremos que seas Paul". Mi primera reacción fue la de no sentirme ni tan siquiera aludido, mi asombro me impidió recordar que Paul y yo éramos dos gotas de agua. Sin darme tiempo a articular palabra, George siguió con la propuesta. No creían que aquélla fuera la manera idónea de que un Beatle muriese, querían que Paul tuviera otro final. Mi papel consistiría en fingir un fallecimiento más digno para Paul y participar en la sesión fotográfica de Rubber Soul, que sería publicado como homenaje póstumo. Me dieron un par de días para reflexionar y nos despedimos.

A mí todo aquello me pareció de lo más descabellado que había escuchado en mi vida, pero Linda me hizo ver lo afectados que estaban y que no me habrían pedido semejante favor si realmente lo necesitasen. Me convenció que de alguna manera tenían razón en que un Beatle no merecía dejar este mundo por la puerta de atrás. Me hizo pensar también en Jane Asher. Así, tras dos días meditando decidí embarcarme en aquel proyecto, con la única condición de que Linda dirigiera la sesión fotográfica de Rubber Soul. Me disponía a localizar a Brian Epstein para comunicarle mi decisión cuando recibí una llamada telefónica de John Lennon. Fue casi tan intrigante como breve: "Hay cambio de planes". Le dije que estaba dispuesto a suplantar a Paul pero no pareció importarle demasiado y se limitó a citarme esa misma noche en el despacho de Brian. Eran casi las diez cuando George Harrison me recogió en su auto. Apenas cruzamos un par de palabras, se limitó a conducir a gran velocidad hasta el punto de encuentro. Al entrar, vi de frente a Brian sentado tras su mesa. A su izquierda había un sofá en el que se encontraban John Lennon y George Martin. Me presentaron a éste último, ya que no nos habíamos visto hasta entonces. Al advertir mi presencia, Ringo salió de una habitación contigua y me saludó de manera más efusiva que el resto. Se sentó en una silla junto al escritorio de Brian y me invitó a tomar asiento en un sillón frente al sofá. George se quedó de pie. Se volvió a crear entonces el tenso clima de indecisión que tanto me incomodó en la anterior reunión. Nuevamente fue Brian el que tomó la palabra. Me agradeció enormemente mi ofrecimiento y que fuese tan receptivo, pero me confirmó el anuncio de John. Habían cambiado de idea. Di por hecho que dirían públicamente la verdad y se olvidarían de mí, lo cual me alegró por un lado pero por otro me dejaba sin mis quince minutos de gloria. Antes de que Brian me sacara de mi error, llegó el último invitado a la reunión. Sólo George Martin lo 

conocía y tras presentarlo a los demás dijo: "Éste es". El tipo en cuestión se llamaba Lewis Kite y se sentó junto a mí, daba la impresión de estar aun más despistado que yo. Una vez sentados los dos, Brian Epstein comenzó la exposición del nuevo plan:

"Nunca antes ha habido un grupo como los Beatles, lo sabéis. No te rías, Billy. Sé que prefieres a Mick y a Keith, aunque ellos no hayan tenido tantos números uno como nosotros. En un futuro próximo, si no hoy día, tendréis conciencia del punto de inflexión que suponen los Beatles para la historia del rock. Habrá un antes y un después, abundarán los imitadores que buscarán el oasis en el desierto, que buscarán ser como John o como George. Pero desgraciadamente, Paul ha muerto. ¿Se acabó? Os supongo al tanto de la discografía que hasta el momento ha publicado el grupo. Bueno, os aseguro que no conocéis ni el diez por ciento del talento de estos chicos. Yo sí he escuchado Rubber Soul, el nuevo disco. También os quiero hablar de las giras pendientes, de la gente que está deseando ver de cerca a los Beatles. Tenemos muchos contratos firmados por cumplir. Esos contratos no son dinero, sino gente a la que le gusta la música, a la que les gustan los Beatles… pero esa gente está en vuestras manos, en tu voz, Lewis, y en tu cara, William. Vosotros podéis ser Paul. Él lo habría querido así. Por la gente, por la música. Estos chicos tocaron en todos los antros de Hamburgo para llegar hasta aquí, durmieron hacinados para llegar hasta aquí. Ahora pueden llegar mucho más allá y vosotros podéis ir con ellos."

Me quedé un poco confuso. La poca claridad de Brian y lo inverosímil de mi sospecha me dejaron sin palabra. George recriminó a Brian que fuera tan poco concreto y solicitó menos rodeos. A tal petición, respondió diligentemente el otro George. Su discurso fácil y directo confirmó mi intuición. Querían que entre Lewis y yo resucitáramos a Paul para que los Beatles pudieran seguir adelante. Lewis suplantaría la voz de Paul en el estudio y yo daría la cara en ruedas de prensa, conciertos y demás actos públicos. Ante nuestra manifiesta incapacidad para articular palabra, fuimos acribillados a base de argumentos, explicaciones y detalles que no consiguieron sino que nos sintiéramos aun más confundidos. Lewis fue el primero que supo zafarse del acoso y solicitó tiempo de reflexión. Uno a uno fueron abandonando el despacho hasta que quedamos solos los dos. Casi no había salido Ringo de la sala cuando Lewis se puso de pie ante mí y me espetó: "Yo me monto en el barco, ¿y tú?". "Si lo tienes tan claro, ¿por qué pides tiempo?", respondí. "Porque a ti te quiero convencer yo", replicó. Me hizo ver que, a diferencia de mí, él sí tenía aspiraciones musicales. Llevaba varios años cantando en garitos de media Inglaterra y ésta era la oportunidad para dedicarse en serio a la música. Además, subrayó razones que nos dieron los demás pero que expuestas por él parecían más convincentes. Así, entre la desesperación de unos y las aspiraciones de otro, me vi obligado a aceptar. De inmediato, Lewis convocó en el despacho al resto y anunció nuestra decisión. Percibí en los ojos de John y George una mirada melancólica pero al mismo tiempo ilusionada, que daba paso al resurgir de los Beatles.