Capítulo 4

Ya no tenía miedo. Desde que Inuyasha había entrado en el plano más personal de su vida convirtiéndose en una persona esencial para ella, no tenía miedo. El pánico inicial cuando se encontró su casa desordenada por el allanamiento de un acosador, el terror y las dudas ante el hecho de que esa situación se repitiera, se habían disipado. Inuyasha le ayudó a dejar de tener miedo con su consuelo y su ternura, y le dio fuerzas para seguir adelante con su amor. Estaba a salvo y ya no estaba sola.

Tan rápido como la sensación de seguridad y la confianza en sí misma regresaron, se percató de que había dejado de estar sola. Inuyasha se había convertido en su compañero, en su pareja. Aunque en el trabajo se movieran por caminos separados para evitar habladurías y problemas en el Departamento de Recursos Humanos, fuera de la empresa estaban siempre juntos. Algunos días dormían en casa de él; otros dormían en casa de ella. Hacían la compra juntos, su colada se había mezclado, incluso compartían la ducha. Por la fuerza de la costumbre, Buyo había empezado a ronronear y restregarse en torno a las piernas de Inuyasha para pedir su comida.

Nunca imaginó que encontraría a su otra mitad precisamente en uno de los momentos más difíciles de su vida. Dentro de aquella vorágine de soledad, miedo y autocompasión, parecía imposible que nada como el amor pudiera brotar. Sin embargo, allí estaba tumbada junto a Inuyasha, observándole mientras él aún dormía profundamente. A veces lo observaba durante largo tiempo, intentando convencerse a sí misma de que le había sucedido algo tan maravilloso. Entonces, cuando menos lo esperaba, Inuyasha abría los ojos y la miraba con tanto amor que no le cabía ni la menor duda de lo afortunada que era, de que aquello era real.

Se reclinó sobre él para darle un beso en la mejilla y se levantó intentando no despertarlo. Inuyasha se movió al sentir que su calor se despegaba de él, pero no se despertó. Sonrió y cogió su camisa del suelo para cubrirse. Le gustaba usar las camisas de Inuyasha sobre la piel desnuda. Olían a él. El día anterior hicieron el amor nada más entrar en la casa y no se movieron de la cama excepto para coger el pedido de comida china que hicieron o ir al servicio. Sin duda alguna, fue una tarde muy provechosa.

Nada más abrir la puerta del dormitorio, se encontró con Buyo. La esperaba sacudiendo el rabo de un lado a otro, expectante.

— ¿Tienes hambre?

El maullido en respuesta se lo dijo todo. Cerró la puerta a su espalda para evitar que Buyo se subiera sobre Inuyasha y caminó descalza hacia la cocina con el gato a la zaga. Lo primero que hizo fue cambiarle el agua del cuenco y ponerle un sobre de comida.

— ¿Salmón o atún?

Buyo corrió hacia el sobre de salmón. Antes de que terminara de echar el contenido en su recipiente, Buyo ya lo estaba devorando. Sonrió al gato y se dispuso a preparar el desayuno. A Inuyasha le gustaban mucho las tortitas con nata y con sirope, así que eso mismo le prepararía. Puso la cafetera en marcha, sacó de la nevera el zumo de naranja que exprimió el día anterior y recolectó todo lo necesario para preparar las tortitas. Mientras se calentaba la plancha, preparó la masa de las tortitas. Apenas había volcado el primer círculo cuando unos brazos la rodearon desde atrás.

— ¡Buenos días, dormilón!

Inuyasha le dio un beso en la nuca en respuesta y la estrechó entre sus brazos mientras suspiraba de placer. Tiempo atrás, esa clase de intimidad le habría provocado un ataque de pánico. De repente, aquello se había convertido en su día a día.

— ¿Eso son tortitas?

Tendría que vivir en otro mundo para no haber notado el tono infantil en la voz del hombre.

— Tus favoritas.

— ¡Qué afortunado soy!

Mientras preparaba las tortitas, Inuyasha sirvió el zumo, le preparó la taza de café a su gusto y colocó la mesa. Buyo intentó encandilarlo para que le diera otro sobre de comida, pero Inuyasha no se dejó engañar por él. Los primeros días de convivencia, el gato había hecho con Inuyasha lo que había querido. Inuyasha estaba tan deseoso de caerle bien al animal por ella que lo había complacido cada vez que pedía comida hasta que ella les riñó a ambos. Desde entonces, Inuyasha nunca le daba de comer sin su permiso, y Buyo malgastaba muchos maullidos y ronroneos.

Sirvió las tortitas en un par de platos y preparó el condimento. Inuyasha ya se relamía los labios cuando se volvió. Al verlo tan entusiasmado se dio cuenta de que nunca se cansaría de verlo así, de prepararle su desayuno favorito, de dormir juntos, de amarlo. Estaba total y completamente enamorada de ese hombre. Lo que al principio había sido una simple atracción terminó por convertirse en algo mucho más profundo. No podría vivir con él de esa forma si fuera de otra manera, aunque le había costado entenderlo. Había sido necesario un mes entero desde que hicieron el amor por primera vez para que lo comprendiera.

— ¡Estas son las mejores tortitas del mundo! — exclamó el hombre con la boca llena y una sonrisa de satisfacción.

— Lo dices para que te las siga preparando… — le chinchó.

— ¡No es verdad! — tomó su mano sobre la mesa — Si las preparas tú, son las mejores.

Siempre le hacía lo mismo. La dejaba sin palabras y con cara de tonta con esa clase de comentarios.

— Había pensado que este fin de semana podríamos hacer algo especial.

— ¿A qué te refieres con especial? — dio un sorbo a su café.

— ¿Qué tal si nos vamos a un SPA? — sugirió — Sé que te encantaría.

— ¡Cómo me conoces! — exclamó — Hace mucho que no voy al SPA, sería estupendo… — admitió — Pero, ¿por qué este fin de semana tan de repente?

— Porque hoy hace un mes que estamos juntos y quiero que lo celebremos.

Su respuesta la dejó anonadada.

— ¿Quieres celebrarlo? — repitió — ¿Cómo si fuera un aniversario?

— ¡Es nuestro aniversario! — exclamó con el pecho henchido por el orgullo.

— No pensé que eso se celebrara… — musitó.

— ¿No quieres? — la alegría inicial de Inuyasha se vio sustituida por la duda — Creí que te gustaría…

¡Y le encantaba! Simplemente, no esperaba que él fuera tan atento y, al mismo tiempo, se sentía tonta por no haberse dado cuenta de que él era exactamente así. ¿Cuándo la había decepcionado Inuyasha?

— Me encantaría. — confirmó.

Por si a Inuyasha le quedaba alguna duda sobre lo feliz que le hacía su propuesta, se sentó sobre su regazo y lo besó hasta que le desapareció el ceño fruncido. Cuando intentó levantarse, Inuyasha no se lo permitió o, al menos, no hasta que consideró que estaba satisfecho. Ese día, los dos llegaron tarde al trabajo.

Más tarde en la mañana, mientras estaba reorganizando la agenda de contactos de la empresa, recibió un paquete. Aunque su primer impulso fue el de tirar el paquete bomba a la basura, eso no era algo que ella pudiera hacer. En su puesto, recibía con frecuencia paquetes de otras empresas y no podía desdeñarlos tan fácilmente. Fuera lo que fuese, tenía que abrirlo. Además, nada de lo que hubiera ahí adentro podría hacerle daño, ¿verdad? Bien, estaba decidida a abrirlo.

Tiró de la cinta adhesiva, apartó los cierres y se encontró con un estuche de joyería cuadrado. Tenía una nota. Al desplegarla, una sonrisa surcó sus labios. Esa era la letra de Inuyasha y aquella una dedicatoria para ella. Abrió la caja y suspiró por la impresión al ver el colgante en forma de corazón de oro blanco con rubíes. Era precioso y debía ser carísimo. ¡Sería pillo! Por eso había estado sonriendo tanto esa mañana, como si esperara que sucediera algo. La había despistado por completo con lo del SPA.

Estaba a punto de coger el colgante para colocárselo cuando una sombra se cernió sobre ella.

— ¡Menudo colgante!

El trío inseparable siempre se estaba metiendo en los asuntos de los demás, especialmente en los suyos. No es que no agradeciera su atención teniendo en cuenta las circunstancias, pero nunca le gustaron los marujeos.

— ¿No será de…?

Al ver que Yuka señalaba la tarjeta que ella sostenía, la ocultó para enviarle un mensaje conciso: no le iba a enseñar la dedicatoria. Nadie podía enterarse de que se lo regaló Inuyasha aunque eso hiciera que se le removieran las entrañas. No tenían por qué esconderse de nadie, mas la situación era tan delicada y el puesto de Inuyasha tan precario en esos momentos que no le quedaba otra que guardarse su orgullo. Ya le había informado de cuáles eran las intenciones de Houjo respecto a su contrato e Inuyasha estaba buscando ofertas de trabajo. Sin embargo, hasta que consiguiera otro puesto, tenía que mantener el actual.

— Es personal. — confesó a regañadientes para que no le estropearan el regalo con comentarios sobre el dichoso acosador.

— ¿Tienes novio? — exclamó Eri.

¿Por qué era tan sorprendente? Nunca se había considerado fea y había tenido muchas ofertas que había rechazado por falta de interés.

— Algo así…

— ¿Algo así? — continuó Yuka — Un hombre no regala un colgante como ese si no es algo serio.

¿De verdad? Estaba un poco verde en eso de las relaciones, sobre todo porque nunca había conseguido que una le durara. Los hombres con los que había salido antes habían terminado percatándose de que no estaba más interesada en ellos que en su trabajo. Era la primera vez que no le sucedía eso. En cualquier caso, era lo bastante inteligente como para notar que ese colgante no era un regalo corriente. Aquel era un regalo muy especial que simbolizaba su amor. Estaba segura de que Inuyasha también la amaba.

— ¿Y estás segura de que este es el mejor momento para tener novio? — prosiguió Eri.

— ¿Por qué no iba a serlo? — contestó desconcertada.

— Ya sabes… con todo lo que te está pasando… — le recordó — No parece que ahora puedas estar al 100% en una relación.

— ¿Ah, no?

— ¡Claro que no! — exclamó Yuka — ¿Qué pensara tu nuevo novio si se entera de todo esto? Cualquiera huiría de una mujer tan problemática…

¿Ella era una mujer problemática? De todas formas, Inuyasha ya lo sabía todo, no iba a sorprenderle nada. Estaba a punto de decirlo cuando Ayumi salió en su ayuda.

— ¡No digáis tonterías! — desdeñó sus palabras con un ademán — Kagome es una mujer adulta que puede escoger cuándo y con quién tener un relación sin tener que sentirse avergonzada de nada.

— Ayumi… — musitó con las mejillas sonrojadas por la confianza que depositaba en ella.

— Además, esto es justamente lo que necesita para olvidarse de ese sujeto inmundo que intenta gobernar su vida. Lo mejor que puede hacer es demostrarle que no puede vencerla, que seguirá adelante haga lo que haga.

Yuka y Eri se encogieron ante las palabras y el tono autoritario de Ayumi. Siempre le pareció que era la más razonable de las tres, pero nunca le había visto tomar las riendas de esa forma. Tenía autoridad, sabía lo que se hacía y era muy sabia. Había logrado un imposible: acallar a las demás.

— Gracias Ayumi.

Ayumi le sonrió de forma amistosa en respuesta y se llevó a Yuka y a Eri prácticamente de las orejas a tomar un café de media mañana. Cuando se marcharon, al fin se atrevió a sacar el colgante del estuche y se lo puso. Como no tenía un espejo decente en el que mirarse, fue al cuarto de baño. Allí se abrió los dos primeros botones de la camisa para que se viera mejor y sonrió. ¡Le encantaba! Como no podía esperar para agradecérselo a Inuyasha hasta la tarde, lo llamó usando su teléfono móvil desde el cuarto de baño. No quería arriesgarse a que Houjo escuchara algo.

Se sentó en uno de los sillones junto a las ventanas y esperó. Inuyasha lo cogió al quinto tono, cuando creía que ya no iba a coger.

— ¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?

— ¡No te hagas el tonto! — lo acusó — ¡Sabes perfectamente lo que ha pasado, truhan! Acaba de llegar el colgante…

Inuyasha se calló durante unos segundos que se le hicieron un infierno. La idea de que el colgante no fuera de él se le cruzó por la mente a pesar de que eso era lo que ponía en la tarjeta. ¿Y si el acosador…?

— Quería darte una sorpresa.

Soltó el aire con tanta fuerza que estaba segura de que él la escuchó desde el otro lado del teléfono. ¡Diablos, se suponía que había perdido el miedo! ¿Y era miedo del acosador lo que había sentido o miedo de haberse equivocado con Inuyasha? Después de haber sentido la emoción de aquel regalo, descubrir que no era de él la habría decepcionado mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir. Quería ese colgante solo si era un regalo de Inuyasha, un símbolo de su amor.

— Lamento si te he asustado… — musitó, notando su incomodidad.

— En absoluto. — agarró el aparato con fuerza — ¡Me encanta, Inuyasha! — exclamó con lágrimas en los ojos — Es el mejor regalo que me han hecho nunca.

— Me alegra oír eso. — comentó desde el otro lado.

— Pero… yo no te he comprado nada…

— Me has preparado tortitas, mi desayuno favorito.

Y, por supuesto, se había ganado todas las tortitas que él quisiera.

— Quería esperar al fin de semana para pedírtelo, pero creo que no puedo esperar ni un instante más… — su voz se tornó más ronca, presa de una emoción que pudo sentir a través de la línea — Me gustaría que vivamos juntos…

— ¿No vivimos ya juntos?

La risa de Inuyasha al otro lado del teléfono le hizo sonreír a ella también. Entonces, como si acabara de caerle un rayo, entendió lo que Inuyasha acababa de decirle.

— Me refería a que dejemos nuestras casas de alquiler y busquemos una casa para los dos.

Solo había una respuesta posible para esa pregunta.

— Sí.

Una hora después, en un hueco libre entre sus tareas, se puso a buscar pisos por internet. Los pisos en el centro eran muy caros; las mejores ofertas estaban en las afueras. Además, los pisos de las afueras tenían un encanto diferente, más hogareño y familiar. Allí, los niños se lo pasarían en una casa con jardín o en los parques. La sola idea de tener hijos con Inuyasha le provocó un respingo en el asiento. Ni siquiera cuando era una niña con muñecas había fantaseado con la idea de ser madre. Aunque, claro, nunca había tenido al lado a un hombre con el que congeniara tan bien la palabra "padre".

Estaba así de concentrada en su posible futuro familiar cuando llegó otro paquete. Lo abrió sin miramientos, abstraída en sus pensamientos. Dentro había un sobre repleto de material. ¿Algún informe? Detrás, escrito a ordenador, ponía "feliz aniversario". ¿Otro regalo de Inuyasha? ¡No podía ser! Quizás, era la documentación del SPA. ¿Había hecho tan rápido la reserva? Si era así, quería un masaje, una mascarilla bien fresca para el cutis, baño turco y relajarse en el jacuzzi. ¡Era un encanto!

Al sacar el contenido, se percató de que no se trataba de algo tan agradable. Eran fotografías de ella desnuda en su dormitorio, de ella e Inuyasha haciendo el amor sobre la cama, la alfombra e incluso contra la pared. La bilis le subió por el esófago, peligrosamente cerca de expulsarla. Antes de que el trío inseparable comenzara a hacer preguntas sobre su probablemente pálido rostro, las volvió a guardar dentro del sobre y este lo guardó bajo llave en el cajón de su escritorio. ¡Había puesto una cámara en su dormitorio!


No veía el momento de volver a estar a solas con Kagome fuera de esa maldita empresa. El día había comenzado maravillosamente bien con las tortitas y su ritual amoroso en la mesa de la cocina para culminar con la decisión de que iban a vivir juntos a media mañana. Aunque el plan era pedírselo en el SPA de forma más elegante y romántica que por teléfono, le pareció que Kagome estaba receptiva y él ya no podía esperar más. Había sido todo tan perfecto y tan idílico que cuando la vio tan pálida, frágil y desdichada en la cafetería a la hora de comer, notó como si un puño le estuviera estrujando el corazón.

¿Qué demonios había sucedido? Algo tenía que haber pasado en el interludio entre su última conversación y la hora de comer. Se negaba a pensar que ella no quisiera vivir con él, que hubiera aceptado por compromiso, porque había notado la emoción en su voz. Estaba seguro de que su actitud tenía algo que ver con el dichoso acosador. Seguro que había vuelto a hacer de las suyas, logrando estropearles el momento de dicha. ¡Pues no lo consentiría! Ya les había robado demasiado a los dos; ese momento era para ellos.

Consultó por vigésima vez la hora en los últimos quince minutos. Todavía quedaban dos horas para que culminara su jornada laboral. Entonces, sostendría a Kagome entre sus brazos y le recordaría que estaba a salvo y que eran inseparables. Estaba deseando encontrar otro trabajo para no tener que seguir disimulando. Le importaba un pepino que Houjo lo despidiera por incumplir sus mandatos, pero sí le importaba que eso afectase al trabajo de Kagome, a su comodidad y a sus relaciones laborales. Se había ganado a pulso en estupendo puesto de trabajo del que merecía disfrutar. Ojalá él pudiera seguir disfrutando de la docencia, su auténtica vocación.

Abrió el último informe contable que había redactado para repasarlo antes de enviarlo a la dirección de la empresa. Le gustaba repasar más de una vez su trabajo para evitar erratas, aunque ese día no lograba concentrarse igual de bien. La preocupación por Kagome lo atenazaba. Siempre lamentaría haber perdido la oportunidad de atrapar a ese tipo en las escaleras. Colocó acertadamente la seguridad de Kagome por delante, pero eso provocó que alargara aquel suplicio mucho más de lo necesario. A él lo acusaron sin posibilidad de redención inmediatamente, ¿por qué todavía no atrapaban al otro?

Estaba pensando en llamar a comisaría para preguntar por los avances de la investigación cuando Houjo Akitoki junto con Kagome, el equipo de seguridad y un hombre que no conocía se bajaron del ascensor en su piso. Antes de que emprendieran el camino ya sabía que se dirigían hacia él. ¿Habrían descubierto que estaban juntos? ¿Por eso Kagome estaba tan desolada? ¡Diablos, no tenía que preocuparse por él! No había buscado otro empleo con el suficiente ahínco porque aún tenía un empleo al que aferrarse, pero encontraría trabajo en seguida si lo echaban a la calle.

— Kagome…

— ¡Cogedlo!

La seguridad del edificio lo agarró por segunda vez en una escena tan vergonzosa como lo fue la primera. Le parecía un poco exagerado para el delito del que lo acusaban. ¡Kagome podía salir con quien ella quisiera!

— Muéstramelo.

Ni siquiera habló con él; Houjo hablaba con el otro tipo. Al ver cómo se sentaba en su silla y empezaba a teclear en su ordenador, se percató de que era del servicio informático de la empresa. ¿Qué significaba todo aquello? Abrió carpetas, rastreó directorios y se movió hasta que dio con una carpeta escondida en alguna parte del disco duro que él ni siquiera conocía. Al entrar, empezaron a pasar ante su atónita mirada imágenes que el acosador le había enviado a Kagome.

— ¡Qué demonios!

¿Por qué estaba todo eso en su ordenador? Entró en el sistema, hizo unas búsquedas con códigos que no lograba entender, y aparecieron unos números. Parecían IPs.

— Concuerda con mis datos. Los correos electrónicos recibidos en la cuenta de la señorita Higurashi proceden de este ordenador.

— ¿Y las llamadas? — preguntó Houjo.

— También. Se realizaron con un número secreto, pero proceden de esta línea de teléfono.

— ¿Algo que decir, Taisho?

Se quedó mudo por la sorpresa. Aquello era imposible; no era real. ¡Era una auténtica pesadilla! Miró a Kagome, situada tras Houjo, más pequeña y asustada que nunca.

— Hay algo más.

Entonces, el informático abrió lo que parecía una aplicación oculta en la carpeta que había encontrado. Se inició lo que parecía un sistema de grabaciones. Mientras pulsaba una de ellas para ponerla en marcha, entendió de lo que se trataba. Gritó como un animal mal herido, se liberó de los sorprendidos agentes de seguridad mientras aparecían en la pantalla él y Kagome besándose en el dormitorio de ella y tiró del monitor. Los cables que lo unían al PC saltaron al agarrarlo y lo tiró con todas sus fuerzas contra el suelo. ¡Eso era personal! Nadie tenía derecho a verlos de esa forma. ¡No podían humillar a Kagome así!

— ¡Está loco! — gritó Houjo — ¡Es culpable de todo! ¡Llevadlo ante la ley!

De nuevo lo agarraron; en esa ocasión, con mucha más fuerza que la anterior.

— No te creas que vas a librarte por haber tirado el monitor. Tenemos todas las pruebas de lo que has hecho. — le recordó Houjo — Te llevaremos a juicio y, con un poco de suerte, esta vez no saldrás de prisión.

Él no había hecho nada de eso. ¡Estúpidos! El maldito acosador debió colocarlo todo ahí para separarlo de Kagome, para dejarla sin su única protección. Tiraron de él hacia atrás, arrastrándolo para sacarlo del edificio. En cuanto él desapareciera del tablero de juego, Kagome sería una presa fácil de nuevo. ¡No podía permitirlo!

— ¡Kagome! — gritó mientras luchaba contra sus captores — ¡Tienes que escucharme, Kagome! — si no podía defender su inocencia, tenía que asegurarse al menos de que ella sobreviviera — ¡No te quedes sola! ¡Aún estás en peligro! ¡No creas a nadie, no confíes en nadie!

Las palabras de Inuyasha la dejaron impactada. Se llevó una mano al colgante que él mismo le había regalado esa mañana y lo acarició con anhelo. Inuyasha no trataba de defender su inocencia, no se resistía a ser arrestado. En su lugar, intentaba transmitirle un mensaje para mantenerla a salvo. Sabía que Inuyasha no era el culpable. Aun habiendo visto los documentos y direcciones que lo incriminaban en su ordenador, no se creía nada de lo que el informático había encontrado. Solo necesitaba que Inuyasha se lo dijera. El siguiente paso, entonces, era sacar a Inuyasha de la cárcel.

Continuará…