Disclaimer: Los personajes de The Hunger Games no me pertenecen. Éste fic participa del reto: "Una pareja para...", del foro El diente de león.

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Capítulo Cuatro

El Héroe

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Despierto varios días después en el hospital del Distrito 13, sobresaltado y sudado, buscando desesperadamente a Madge y a mi familia mientras todavía atrapado entre la bruma de la morflina. Me siento mareado y algo confundido, pero no hay suficiente droga restante en mis venas como para que pueda ignorar el dolor en la parte superior de mi cuerpo. Allí fue donde las balas me golpearon. Mis manos se encierran sobre el grueso vendaje que envuelve mis costillas y me pregunto qué estoy haciendo aquí todavía.

Recuerdo vagamente lo sucedido en plaza, pero si recuerdo bien que me interpuse entre tres balas y Katniss; que como reacción primaria intenté salvarle la vida.

Eso me desconcierta por lo estúpido que suena en mi cabeza, pero sin embargo es lo que ha pasado.

Por suerte para mí no fue el hombre arrodillado frente a Katniss quien le disparó. Él no jaló el gatillo, fue alguien más lejano en la muchedumbre. No tuve sensación de penetración, sino más bien el sentimiento de que había sido golpeado con un martillo en tres lados distintos de mi pecho. Todo después del momento del impacto es confusión ligada con tiros.

Al menos no trataron de matarme a mí, lo que podría significar que la gente de mi distrito no me odia, o al menos no tanto como al Sinsajo.

Trato de sentarme, pero duele como el demonio, así que me quedo recostado, y al girar la cabeza veo como alguien corre la cortina blanca que me da privacidad. Es Katniss, que viene con un té en la mano y el cabello completamente despeinado, como si no hubiera dormido nada en días. Al verme despierto se queda un momento quieta, como dudando si debe avanzar o no. Me incomoda verla, pero más que se quedé así, mirándome tan fijamente.

—Vaya... Pero si es la Chica en Llamas. Qué honor— digo, burlándome porque estoy demasiado adolorido y no puedo hacer mucho más.

Ella entrecierra los ojos, como si por unos segundos creyera que la estoy atacando, pero finalmente suspira y se sienta en una silla a mi lado.

Se forma un silencio incómodo, hasta que decido volver hablar:

— ¿Trajiste comida?

Katniss me mira, e inesperadamente una pequeña sonrisa escapa de sus labios. No la había visto sonreír nunca.

— ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubieran disparado— me quejo, y entonces me doy cuenta de que ella no es mi amiga como para que la trate así, ni como para haber arriesgado mi vida por ella.

—Gracias por...

—Ni lo menciones— la interrumpo— En serio. Solo me tropecé.

Katniss parpadea.

—Entonces gracias por "tropezarte"— dice, bajito— Pero no era necesario. Mi uniforme era a prueba de balas, ¿no lo sabías?— comenta, y percibo una muy molesta nota de diversión en su voz.

Y me siento muy estúpido.

—Tenía puesto mi chaleco, no te creas tan especial.

— ¿Especial yo? ¿Por qué?

—Cierra la boca— le digo, tratando de levantarme, pero el dolor agudo en mis costillas otra vez me detiene.

—No debes levantarte. Te fracturaste dos costillas. Deberías descansar.

—Eso no es nada— suspiro, sentándome de todas formas a pesar del dolor— Estoy acostumbrado al dolor. Me he quebrado muchas veces durante los entrenamientos. Mis huesos son fuertes. El Capitolio nos daba píldoras e inyecciones para eso.

— ¿De verdad?— se sorprende, yo suspiro por lo floja que tengo la lengua, de seguro a causa de la morflina.

—Sí. No quiero hablar de eso. ¿Cómo está Finnick? ¿Vio el emotivo discurso antes de que me dispararan?

Katniss aprieta los labios un momento, incómoda.

—Está mejor. Vino a visitarte mientras dormías.

— ¿Y Cashmere?

—Está bien, pero se niega a hablar con nosotros. Vino a verte con Finnick y Johanna, pero tuvieron que irse cuando ésta última se volvió loca porque no la dejaron conectarse a la morflina.

— ¿Quién habla de mí a mis espaldas?

La cortina se corre nuevamente, y Johanna Mason me mira. Al principio, me siento amenazado, porque en realidad nunca nos hemos llevado bien, pero por Finnick, cuando fue a verme a mi cuarto/celda hace unos días, supe que también ella había estado involucrada en todo el asunto de la conspiración de los rebeldes, y por detenerse a recogerme no pudieron ir por ella, y el Capitolio la atrapó junto con Finnick y Enobaria.

No la conozco mucho. Siempre fue extraña, demasiado atrevida con todo el mundo, y no solía tener contacto amigable con nadie aparte de Cashmere y Finnick, pero tengo la leve impresión de que me odia, aunque eso es normal; las gente de los distritos exteriores tiene cierto resentimiento hacia los más "beneficiados" de Panem.

Johanna se cruza los hombros y nos mira, burlona.

—De verdad los dos hacen una pareja adorable— dice, imitando ése molesto tono de la gente del Capitolio— Hasta podrían revivir eso de los amantes trágicos. ¿Qué dicen?— se deja caer pesadamente sobre mi cama, enviando punzadas de dolor a través de mi pecho. Cuando sonríe ante mi mueca de dolor, sé que de verdad me odia— Hola, guapo. ¿Todavía adolorido?— me guiña el ojos, y con una mano experta, rápidamente desconecta la morflina pegada a mi brazo y la conecta a su propio tubo.

La miro con enojo. Katniss se encoge de hombros.

— ¿Qué demonios haces?— digo. Johanna me mira y se recarga sobre mi pecho, haciéndome sentir otra fuerte punzada de dolor que casi me hace soltar unas lágrimas.

—Empezaron a cortar mi suministro hace unos días. Tienen miedo de que me convierta en alguno de esos adictos del 6, así que tuve que tomarla prestada de ti cuando no había moros en la costa. No pensé que te importara— explica, sonriéndome mientras me mira— Eres en verdad lindo.

Intento moverme para alejarla de mi rostro, pero ella no se mueve. En realidad no me importaría arrojarla al suelo con todo y morflina, pero ¿cómo hacerlo cuando ella tomó mi lugar, siendo torturada casi hasta la muerte por Snow después del Vasallaje? Mal que me pese respeto eso, y ella lo sabe.

Johanna suspira mientras la morflina entra a su corriente sanguínea.

La miro un momento, porque ya no queda nada de la hermosa y seductora chica que era tan solicitada en el Capitolio. Está un poco más delgada de cómo la recuerdo, y su cabeza está rapada, y aunque el cabello ha empezado a crecerle aún pueden verse algunas cicatrices.

— ¿Y cómo se siente nuestro nuevo héroe?— pregunta, moviéndose un poco para quitarme algo de presión de encima— Mejor, supongo— se contesta ella sola— Te has vuelto muy popular en estos días. Hasta consiguieron a ese doctor tan importante que viene todos los días. Se supone que tiene que estar ayudando a recuperarme. Como si un tipo que ha pasado su vida metido en el hoyo de un conejo fuese a arreglarme. Un completo idiota. Al menos veinte veces por sesión me recuerda que estoy totalmente a salvo—. Veo que Katniss sonríe, pero francamente yo no le veo la gracia— ¿Y qué tal esas costillas? ¿Qué se siente pasar de ser odiado al chico que le "salvó" la vida al Sinsajo?

—Aterradoramente doloroso— digo, moviéndome un poco para que se aparte. Johanna bufa.

—Por favor, esas balas nunca te tocaron. Pero tuviste suerte— dice ella, pasando un dedo por mi mejilla— Un disparo a la cabeza y otra hubiera sido la historia.

Frunzo el ceño, porque sé que tiene razón, pero odiaría admitirlo en voz alta.

—Solo sé que duele como el demonio— me quejo, y Johanna ríe.

—Eso no es nada. Tienes suerte de ser tan grandote y fuerte— dice, haciendo un gesto de desdén con la mano— Un solo disparo, aunque no la hiriera, podría haber lastimado seriamente a nuestro precioso Sinsajo. Aunque sigo creyendo que no debiste tomarte tantas molestias por ésta— dice, apuntando a Katniss, que la mira, ofendida— No te preocupes, Katniss. Pasara lo que pasara todos aquí hubieran corrido a salvarte. Eres nuestra única esperanza, ¿no?

—Que suerte para ti que sigo viva— responde ésta.

Johanna la mira, se desengancha limpiamente la vía del morflina y me la reconecta.

—Deberías cuidar a éste como no cuidaste al otro— le dice, riendo— Los chicos guapos no te seguirán por siempre, Sinsajo. Como tu apuesto primo— le guiña un ojo y sale de la habitación.

Podemos escuchar su risa mientras desaparece por el pasillo.

—Parece que sigue igual de loca—mascullo, pero no digo nada más, porque empiezo a pensar en que yo podría estar aún peor en su lugar.

Entonces me río, pero esa risa rápidamente se convierte en una mueca de dolor.

—Tranquilo— dice Katniss— ¿Quieres algo de beber?

Niego con la cabeza, entonces todo el asunto de la montaña regresa a mi cabeza, y la preocupación me ataca nuevamente.

— ¿Y qué pasó con el Distrito 2? ¿Ya se rindieron?

—Eso parece— suspira.

—¿En serio?— una extraña sensación de sentimientos contradictorios se esparce dentro de mí. Por un lado es bueno que la gente se haya rendido, pero por otro, mi entrenamiento grita que eso está mal. En ése momento pienso en la gente en la plaza— ¿Qué pasó después de que me dispararon?

—Los trabajadores del Hueso se llevaron por delante a los soldados del Capitolio. Los rebeldes sólo se sentaron y observaron— dice— En realidad, todo el país se sentó y observó. Supongo que eso es lo que hacen mejor— se encoge de hombros y suspira.

Cierro los ojos, tratando de dejar de sentirme mareado por todas las cosas que sucedieron; todo lo que esa gente, mi propia gente, tuvo que pasar, y no puedo evitar sentir rabia, dolor y angustia por no saber qué fue de mi familia, pero sé que no puedo perder la calma, y que si quiero saber, entonces debo preguntar.

—Katniss— la llamo; he dicho su nombre tan pocas veces que escucharlo con mi voz suena extraño. Katniss me mira una vez más, esperando a que pasen todas mis dudas y al fin me decida a hablar— Mi familia. Necesito saber si ellos...

Katniss niega antes de que termine mi pregunta.

—Lo siento. Todavía no sabemos nada.

Intento mostrarme indiferente, pero creo que no me sale bien porque, aunque de forma bastante forzada, siento la pequeña y cálida mano de Katniss sobre las mías. Y espero que ella diga algo, pero no lo hace, y pasados unos minutos se va, solo diciéndome que tengo que descansar.

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Uno pensaría que con dos costillas rotas debería estar varias semanas recostado, pero, seguramente por orden de Coin, los doctores me querían levantado y moviéndome casi inmediatamente.

Aún con la morflina, el dolor interno se redujo los primeros días, pero luego volvía considerablemente. Sin embargo, el dolor en mis costilla prometía quedarse por un tiempo, así que comencé a pelear con Johanna cada vez que se metía con mi dosis de morflina, pero todavía la dejaba tomar lo que quisiera.

No sé si todo éste asunto de la guerra y los rebeldes me está volviendo blando, pero no puedo evitarlo, mucho menos cuando pienso en que ella tomó el lugar en la sala de torturas del Capitolio que debía ser para mí.

Rumores de la muerte del "fiel" aliado del Sinsajo se habían esparcido por todo el país, así que enviaron al equipo a grabarme en mi cama de hospital, junto a Katniss, por supuesto, porque nada de esto valdría sin ella. Mostré mis impresionantes moretones y, a mi manera, felicité a los distritos, especialmente a la gente del 2, por su exitosa batalla para unirse. Luego Katniss le advirtió al Capitolio que nos esperaran pronto. Juntos.

Como parte de mi rehabilitación, tomé caminatas cortas a nivel del suelo cada día. Katniss me acompañaba a veces, como si necesitara cuidar de mí. Su hermana pequeña también venía con ella, y aunque al principio parecía tenerme miedo, rápidamente se habituó a mi presencia, y empezó a ser más habladora y simpática. Hablábamos un poco de todo; mayormente de cómo era la vida en nuestros distritos, y de lo horrenda que es la comida del 13. Katniss solamente escuchaba, pero me di cuenta de lo feliz que la hacía ver sonreír a su hermana.

Cuando no estoy con ellas porque deben atender a sus propios deberes me dejan circular libremente por ahí.

Me soprende que ya nadie me espose y que me dejen andar suelto por el 13, con dos guardias siguiéndome todo el tiempo, claro, pero aun así es mejor que seguir encerrado en esa celda que cada vez se parecía más a un manicomio.

Una tarde, Plutarch Havensbee viene a verme a una de mis caminatas matutinas y me da una actualización de nuestra situación. Ahora que el Distrito 2 se había aliado a nosotros, los rebeldes se estaban tomando un respiro para reagruparse, fortificando las líneas de soporte, viendo a los heridos, reorganizando sus tropas. El Capitolio, como el 13 durante los Días Oscuros, se siente cortado de ayuda exterior mientras sostiene la amenaza de un ataque nuclear sobre sus enemigos, pero, según Plutarch, a diferencia del 13, el Capitolio no está en posición de reinventarse y volverse autosuficiente.

Supongo que eso es bueno.

También dice que me necesitan en óptimas condiciones cuanto antes, así que mis costillas no tardan en sanar; Coin ordena a los médicos que me sometan a un doloroso pero eficaz tratamiento para terminar de soldar mis huesos mucho más rápido de lo normal. Es un procedimiento extremadamente doloroso y molesto, pero ya estoy tan acostumbrado a ése tipo de dolor que apenas me hace cosquillas. En casa no podían interrumpirse los entrenamientos en víspera de los Juegos, así que si te rompías un hueso éste debía sanar cuanto antes.

La primera vez que me sometí a los veinticuatro pinchazos tenía doce años, y el dolor fue tanto que terminé desmayado. Por supuesto eso me molestó, porque resistir el tratamiento era una especie de triunfo personal entre los chicos del Distrito 2, así que las otras veces procuré siempre soportarlo. Ahora, media hora después de que me inyectan estoy haciendo flexiones. Los médicos se sorprenden, y Plutarch parece simplemente encantado.

—Eres en verdad muy fuerte... Sabía que eras el indicado— dice mientras se arrodilla a mi lado; yo lo ignoro y sigo, porque ya estoy demasiado molesto y cansado de que los médicos me miren, anonadados y murmuren entre ellos. Es lógico que se impresionen con cualquier cosa habiendo nacido y crecido en una madriguera de conejos, como dice Johanna.

— ¿El indicado para qué?— pregunto con un resoplido, flexionando mis brazos una vez más.

—Para guiar a los soldados— Me detengo un momento y lo miro, pero finalmente me sigo ejercitando, sin hacerle caso, así que sigue:— ¿Estás listo para volverá salir del 13?

— ¿Así que ya no soy una amenaza?— digo, haciendo una última flexión antes de levantarme de un salto y secarme el sudor con una toalla que una enfermera, maravillada, me pasa. No voy a negar que el movimiento en sí es bastante doloroso, pero me obligo a soportarlo.

Plutarch sonríe de lado y me alcanza mi camisa.

—Oh, sí lo eres. Pero ya no para nosotros. Por eso te necesitamos, y te quitaremos a tus guardias.

— ¿Ustedes me necesitan?— pregunto, irónico—Vaya. Deben estar muy necesitados de "héroes".

—Algo así— acepta, con una sonrisa— Todos en el 13 te vieron arriesgar la vida por el Sinsajo. Eres la cara visible de la revolución en el Distrito 2, de que el cambio puede existir en todos nosotros. Ahí afuera te temen y odian, pero también te respetan.

Lo miro, alzando una ceja.

—Creo que voy a llorar. Mejor ve por tu Sinsajo.

—Oh, Katniss ya cumplió con su trabajo. Ahora solo debe permanecer a salvo.

—Y porque ella debe estar a salvo seré yo quien arriesgará su vida. Suena lógico.

Plutarch se ríe de mi sarcasmo.

—Más bien podrás salvar la vida de miles. Eres fuerte, tienes un entrenamiento de élite y muchos de esos chicos te admiran. Sin duda te seguirían a donde vayas.

— ¿Eso dice Coin?

—Eso digo yo—refuta— Pero has ganado la simpatía de la presidenta. Eso debe significar algo.

—Que quizá debería subir sus pretensiones— contesto, colgándome la camisa al hombro en vez de ponérmela, para inspeccionar los músculos de mis pectorales marcados por los moratones, mirando a Plutarch a través de mi reflejo— Dile que "gracias", pero que ya me cansé de jugar a los rebeldes. Y salúdala de mi parte.

Voy a irme, pero entonces Plutarch me detiene:

—Hay algo más que deberías saber— dice, acercándose a mí para tocar mi hombro desnudo, causándome un estremecimiento por lo frío de su piel— Tenemos noticias de tu hermano— suelta, mirándome fijamente y obligándome a girarme para escucharlo; no quiero hacerlo, pero prácticamente le ruego con la mirada que continúe— No estaba en el Hueso el día del ataque, no te preocupes por eso— dice, haciendo que el aire vuelva a llenarme los pulmones— Beetee descubrió en los registros del 2 que fue enviado al Capitolio dos semanas antes del ataque, en un escuadrón de soldados. Creemos que él está bien. Pero tu madre... Lo siento, pero no sabemos nada de ella todavía.

Trato de procesar esa nueva información, pero como primera reacción asiento. No sé si eso es bueno o malo, pero al menos mi hermano sigue con vida, muy lejos de mí, pero a salvo. Pero entonces me ataca el pensamiento de que Snow pudo haber enviado por él para castigarme, y que podría querer usarlo en mi contra, aunque intento no pensar en eso, porque lo volvería todo mucho más difícil.

En algún punto de su conversación mis puños se cierran con fuerza.

—Entonces, ¿Snow los está torturando por haberme rebelado?

—No hasta donde sabemos. Tu hermano fue enlistado y asignado a proteger el corazón del Capitolio, como primera línea de defensa. Nuestras tropas todavía no llegan hasta allí, así que lo más probable es que siga a salvo. Al menos mientras Snow lo deje en paz.

Lo escucho y siento cómo el mundo vuelve a estar en paz mientras mis puños se abren, liberando toda la tensión que me había atacado en solo unos segundos.

Mi hermano, aunque muy lejos, tal vez siga con vida.

Pero, ¿por cuánto tiempo, siendo mi familia? Además, si Snow lo puso en la primera línea de defensa eso quiere decir que espera que lo ataquemos, y que cuando lo hagamos se encargará de que mi hermano sea de los primeros en caer, no por su mano, sino por la de las personas a las que yo he decidido ayudar. Porque sabe que ellos no lo distinguirán de un soldado cualquiera, y lo asesinarán sin pensarlo dos veces. No puedo permitirlo.

—Tengo que ir a buscarlo— digo en voz baja, pero Plutarch me escucha y asiente.

—Lo sé. Por eso he venido a verte. Coin le dará inmunidad a tu hermano, así como se la dio a todos los vencedores por pedido de Katniss, pero a cambio debes hacer ésta última cosa para ella.

"No me digas", pienso, irónico, pero no digo nada, así que se da por satisfecho.

—Bien. Descansa hoy. Mañana vendré a buscarte para que te integres a la junta.

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— ¿Qué quiere decir con que no voy a ir al Capitolio? ¡Tengo que ir! ¡Soy el Sinsajo!

Me sorprende escuchar la voz de Katniss tan demandante y molesta, y cuando Plutarch abre la puerta lo primero que veo es a Coin, que apenas levanta la mirada de su pantalla para mirarla.

—Y, como Sinsajo, has alcanzado tu objetivo de unir a los distritos contra el Capitolio. No te preocupes, si todo va bien, te llevaremos allí para la rendición— en ése momento dirige la vista hacia nosotros, y su expresión cambia por una mucho más expresiva— Cato. Me alegra ver que aceptaste nuestra propuesta de unírtenos; sobre todo que te hayas recuperado tan pronto— dice, en un tono que casi hace que me crea que se preocupa por mí. Es muy buena actuando— Espero que puedas integrarte a los demás hoy mismo.

—Esperen— dice Katniss, aún más molesta— ¿Cato también va? ¡¿Por qué?! ¡Yo soy su mejor tiradora!— grita. Me agrada mucho más ésta Katniss grosera.

—Cato es un luchador experto y un soldado entrenado por los mejores elementos del Distrito 2. Estamos seguros de que puede manejarse en el campo de batalla— responde Coin— ¿A cuántas sesiones de entrenamiento has asistido tú?

Katniss parpadea.

—Bueno, a veces iba a cazar. Y... Entrené con Beetee en Armamento Especial.

—No es lo mismo, Katniss— interviene Boggs— Todos sabemos que eres lista y tienes buena puntería, pero necesitamos soldados en el campo. No tienes idea de cómo seguir órdenes y no estás precisamente en un estado físico aceptable.

— ¿Y Cato sí? ¡Tampoco es un soldado! ¡Y tiene facturadas dos costillas!

—Ya no— intervengo, tirándome sobre una silla a la diestra de Coin, mirándola con superioridad, como hice hace años en mis entrevistas con Caesar Flickerman— Y fue entrenado por los mejores agentes de Panem desde los doce años. Por supuesto que tengo disciplina, estado físico y sé cómo seguir órdenes. Durante mi tiempo en esa habitación no dejé de ejercitarme, y apostaría que estoy mejor entrenado que todos en éste distrito— Nadie me corrige, lo que solo alimenta mi ego— Estoy listo para pelear en cualquier momento.

Katniss abre los ojos; por su expresión sé que quiere replicar, pero no dice nada.

—Pero tengo que ir— se queja finalmente, como última instancia.

— ¿Por qué?— pregunta Coin.

Todos la miran, interesados en su respuesta. Incluso yo.

—Por el Distrito 12. Porque destruyeron mi hogar.

Bueno, si algo era sabido es que motivos no le faltan; sin embargo, Coin tiene que pensarlo un momento, examinando a Katniss con la mirada.

—Bueno, tienes tres semanas. No es mucho, pero puedes empezar el entrenamiento. Si la Junta de Asignaciones te considera apta, quizá podamos revisar tu caso.

Me giro hacia la mujer y mi ceja se levanta sola. Katniss parece conforme, pero creo que es bastante obvio que Coin sólo quiere quitársela de encima.

Me pregunto cuáles son sus verdaderas intenciones con ella.

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Por las siguientes semanas me dedico pura y exclusivamente al entrenamiento.

Coin me hace participar con los demás como si fuera otro simple soldado, pero destaco rápidamente. Soy el más fuerte, el más ágil, el más rápido y el más letal a la hora del combate cuerpo a cuerpo, lo que me da una gran ventaja sobre el idiota que se llama Gale, pero en cuanto armas y puntería soy poco más que un desastre. En casa nos entrenaban para matar sólo con nuestras manos, u ocasionalmente armas blancas, pero no con armas de fuego, así que soy bastante nuevo en esa área.

Tampoco es que sea un novato. Mi padre era diseñador de armamento militar, así que sé cómo ensamblar cualquier tipo de arma o rifle con los ojos cerrados, pero la puntería es otra cosa. No tengo la motricidad fina ni la paciencia para aprender a hacerlo como Katniss en tan poco tiempo, pero al menos puedo divertirme viéndola fallar junto a Johanna Mason en todos sus entrenamientos.

Resulta gracioso que el Sinsajo no pueda correr ni dos metros sin agitarse, o hacer más de veinte flexiones sin temblar como una hoja.

Mi nueva posición de soldado ha hecho que la gente del 13 se acostumbre y acepte mi presencia, pero trato de evitar a las personas la mayor parte del tiempo. Ahora me permiten visitar a Cashmere y Enobaria, y aunque la primera se resiste, mi compañera de distrito está ansiosa por comenzar a entrenar y salir de su jaula, por más que odie tener que jurar lealtad a los rebeldes.

Ella se nos une a Finnick (que, ya más recuperado por el asunto de haber perdido a su novia, está ansioso por buscar venganza en el Capitolio) y a mí en los entrenamientos vespertinos. Es un momento agradable en el día; me recuerda a cuando nada había cambiado.

Cressida y los suyos se la pasan siguiéndonos para grabarnos, igual que al tal Gale que casi siempre nos sigue de cerca. Es parte de una nueva serie de propos que muestra cómo se preparan los rebeldes para invadir el Capitolio. También graban a Katniss, Johanna, que han avanzado mucho con sus entrenamientos.

Éstos últimos días ya no he visto ni hablado con Katniss, porque me han entregado un compartimento frente al que Finnick comparte con Cashmere (según un acuerdo al que llegaron para que él la vigile y ella pudiera salir de su celda), que está al lado opuesto del de ella, y como durante el almuerzo Finnick debe regresar a traerle la comida a su compañera y asegurarse de que no hubiera hecho nada estúpido, vengo con ellos y junto a Enobaria comemos allí los cuatro, así que tampoco puedo ver a Katniss a la hora del almuerzo.

Pero unos días antes de que nuestra tropa asignada tenga que salir hacia el Capitolio, voy con Finnick a ver el examen de admisión a las tropas que darán ella y Johanna.

Katniss y Enobaria lo logran, y cuando la primera sale de su última prueba la asignan al pelotón 451, conmigo, Finnick, su amigo Gale y cinco más de los que nunca recuerdo sus nombres. Johanna, en cambio, parece haberse vuelta loca de nuevo, según dicen, porque en el Capitolio la habían tortura empapándola de pies a cabeza para después electrocutarla, y en su examen había calles inundadas, lo que finalmente no terminó nada bien.

Después de la exposición de Plutarch sobre lo que nos encontraremos cuando estemos en el Capitolio (que es aterradoramente parecido a una Arena de los Juegos), nos separamos y ya no vuelvo a verla a Katniss ni a Finnick por el resto de la tarde; sin embargo, antes de la cena decido pasar por el hospital a ver a Johanna luego de su último ataque de histeria. No somos amigos ni nada, es más, hasta creo que nos detestamos mutuamente, pero es ésta maldita sensación de que yo debería estar en su lugar la que me obliga a ir verla.

Al entrar a su habitación la veo hablando con Katniss, muy cerca la una de la otra, así que espero un rato junto a la puerta, mirándolas sin verlas realmente, hasta que mi visión se fija en Katniss, preguntándome cómo alguien tan bajita y menuda puede ser un soldado.

— ¡Hey, niño guapo! ¡Ven, acércate! Ahora no puedo morderte— dice Johanna tras unos momentos, y entonces me decido a entrar. Ella tiene un saquito lleno de lo que parecen agujas pino muy cerca de la nariz, eso es extraño, pero no digo nada al respecto.

—Escuché que de nuevo te volviste loca— comento. Katniss frunce el ceño, pero Johanna solo ríe.

—Sí. Escuché que sigues siendo un idiota.

—Sí— contesto, parándome a los pies de la cama con las manos en los bolsillos— Katniss está en mi mismo pelotón, ¿ya te lo dijo?— comento, pues en realidad no tengo otro tema de conversación.

—Sí, lo hice— dice ésta, parándose para irse— Bueno, ahora que Cato está aquí aprovecharé para ir por algo de comer.

—Y trae algo para mí, por favor— pide Johanna, riendo mientras Katniss sale.

Yo me quedo en mi lugar, y de nuevo sin darme cuenta mis ojos siguen a Katniss hasta que se pierde por la salida; después se quedan en la puerta, como esperando a que ella regrese. Pero no lo hace, y es la voz ligeramente burlona de Johanna la que me regresa al presente.

— ¿Qué ha cambiado contigo?— pregunta, tomándome por sorpresa. La miro y ella ríe mientras se lleva su bolsita a la nariz y cierra los ojos un momento.

— ¿Qué?— cuestiono tras darle su espacio. Ella deja de olfatear y vuelve a mirarme, divertida.

—No creas que no me di cuenta...

— ¿De qué?

—De cómo la miras— responde, con una sonrisa pícara— A Katniss. En los últimos meses... Primero era como si quisieras arrancarle el pellejo, lo que ya has intentado más de una vez, pero ahora...parece que quieres arrancarle otra cosa, ¿o me equivoco?

Sus palabras me sorprenden y desconciertan, y no intento ocultarlo.

— ¿A qué te refieres? Yo no la miro de ninguna forma ni quiero arrancarle nada—digo, porque es cierto. Si bien ya superé mi odio hacia ella, Katniss Everdeen no juega ningún papel en mi vida como para que quiera arrancarle lo que sea que Johanna piense.

Sin embargo, ella se ríe.

— ¡Oh, claro! ¡Pero si ni te has dado cuenta!— dice, moviendo las manos de forma exagerada— Pobrecito. No sabes dónde te estás metiendo— anuncia, y se inclina hacia su saquito una vez más, diciendo algo así como que no es justo que tantos hombres sigan a la "sosa de Katniss".

Yo la miro una última vez y me voy sin decir nada más; aunque sigo preguntándome qué demonios quiso decir, realmente intento ignorarla como ignoraba sus intentos de seducción en el Capitolio.

¿Que yo miraba a Katniss? ¿Cómo no hacerlo si no es invisible?

Esa noche, en mi cama, decido que Johanna está irremediablemente loca.

A la mañana siguiente Finnick no me abre la puerta cuando paso por él, así que decido ir a desayunar al comedor.

Como todavía es temprano para las tareas del día muchos siguen en la cama, pero ya hay algunos soldados comiendo, entre ellos, Katniss, que come sola, así que me acerco a ella.

—Hola, Sinsajo— la saludo por su apodo, porque desde hace unos días me incomoda decir su nombre en voz alta.

Ella levanta la vista de su desayuno y me mira.

— ¿Te caíste de la cama?

—Igual que tú— responde; eso me hace sonreír. Es raro hacerlo sin que alguien me lo ordene.

Empezamos una pequeña y civilizada conversación, acerca de los entrenamientos y nuestra próxima ida al Capitolio. Ella se ve mucho más ansiosa que yo por la idea de matar a Snow, pero eso es porque todavía me cuesta rebelarme del todo contra su figura.

—Por un momento creí que de verdad la presidenta me dejaría aquí— suspira mientras se termina su cuenco de cereales.

—Ésta es tu revolución— le digo, trozando mi pan con aburrimiento— No tendría sentido hacerla sin ti. Además, Coin no sería nada sin su Sinsajo. Ni sin mí, por supuesto.

Katniss me mira fijamente y levanta las cejas, curiosa.

—Podrías meterte en problemas por decir eso— murmura, con su expresión oscilando entre el reproche y la diversión.

Yo la miro, y entonces recuerdo lo que Plutarch me dijo hace días, y contengo una pequeña risa.

—Lo dudo. Como vencedor, alguien me consiguió inmunidad— refuto, y sin proponérmelo le guiño el ojo. Y Katniss sonríe.

Es raro que pase, pero me gusta que lo haga.

¿Qué tiene de malo que mire eso?

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Continuará...

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N del A:

Hey!

Solo faltan 2 capítulos.

Gracias por leer!

Saludos,

H.S.