Lo prometido es deuda asi que aqui esta el capitulo prometido
gracias por leer esta adaptacion espero que les guste este capitulo
Nessa
Capítulo 4
BELLA esperó a que Edward añadiera algo a su último comentario, hecho con un ligero tono de acusación. Pero no dijo nada más. -He estado pensando, y... -Bella se interrumpió y respiró profundamente. La perspectiva de irse de allí pendía sobre ella como un agujero negro, pero sabía que no podía evadir el asunto-. Y ahora que tu madre está aquí... y, bueno... ya que parece haber sacado una impresión equivocada sobre nosotros... no estaría bien que yo siguiera en tu casa -sintió que se ruborizaba bajo la atenta mirada de Edward, pero siguió adelante-. Ya he terminado mi curso y ha llegado la hora de que me traslade y busque un trabajo apropiado. No es que no haya sido fantástico estar aquí, pero... el caso es que Alice ha encontrado un apartamento libre para mí en el mismo bloque en que ella vive.
Edward se encogió de hombros.
-Es lógico que quieras trasladarte. Pero todavía no.
Por unos segundos, el corazón de Bella se desbocó mientras convertía aquellas tres últimas palabras en las que quería escuchar. Necesidad, amor, deseo. Pero entonces la realidad se impuso y miró a Edward con expresión perpleja.
-Permite que te aclare por qué -dijo Edward, que a continuación terminó su vaso de vino antes de servirse otro-. Como ya te he dicho, mi madre tiene un problema de corazón. Según ella- no supone una amenaza para su vida, pero pienso hablar con su especialista para cerciorarme. En cualquier caso, es imprescindible evitarle cualquier tensión.
-Naturalmente -dijo Bella.
-Lo que me lleva de nuevo a ti -Edward la miró pensativamente-. Como ya sabes, mi madre cree que mantenemos una relación sentimental, que por fin he encontrado una mujer con la que sentar la cabeza. Cree que vivimos juntos y que por tanto la cosa va en serio...
-¿No le has dicho la verdad? -preguntó Bella, boquiabierta.
-Ha sido imposible. Su estado de salud es muy delicado. No se cómo la afectaría enterarse de la verdad.
-¡Pero tienes que decírsela!
-No necesariamente.
-¿No necesariamente? ¡Voy a trasladarme, Edward! ¿No crees que sospechará algo cuando sepa que me voy a mudar al otro extremo de la ciudad? Además, no estaría bien engañarla...
-Tampoco estaría bien provocarle una tensión que no le conviene en lo más mínimo en estos momentos.
-¿Cómo puedes saber que no va a ser capaz de asumir la verdad? -Bella se inclinó hacia delante en su asiento-. Creo que no estás pensando con claridad.
-Sé que no lo estoy haciendo. Pero me asusta correr el riesgo.
Aquello bastó para aplacar las protestas de Bella, que, a pesar de la sinceridad que vio en los ojos de Edward, no pudo evitar preguntarse si habría dicho aquello porque la conocía lo suficientemente bien como para saber que sus emociones eran su perdición.
-No será por mucho tiempo -dijo Edward con evidente alivio al ver la repentina indecisión que reflejó la mirada de Bella-. Un par de semanas, no más. Sólo hasta que mi madre esté lo suficientemente fuerte como para volver a Grecia.
-¿Y se lo dirás entonces?
-Sé lo diré con delicadeza, con el tiempo. Cuando todo acabe, podrás alquilar un apartamento apropiado y empezar una vida apropiada -Edward no entendía por qué, pero la idea de que Bella fuera a irse lo irritaba. Pero dejó pasar la emoción sin analizarla. Tenía cosas más importantes en qué pensar.
Qué fácil era para él decir aquello, pensó Bella con tristeza.
-Creo que voy a subir a mi dormitorio -dijo mientras se ponía en pie-. Bajaré dentro de un rato para preparar algo de comer, pero yo no tengo mucha hambre.
-¿Estás siguiendo otra de tus locas dietas? -preguntó Edward, y ella respondió con una sonrisa ni amistosa ni hostil. Se sentía como una muñeca de trapo a la que le hubieran quitado el relleno. Pero Edward volvió a hablar antes de que le diera tiempo a salir de la cocina y le dijo como si fuera la cosa más normal del mundo que su madre esperaba que compartieran el dormitorio.
Bella giró sobre sus talones con expresión horrorizada.
-¿Compartir el dormitorio? ¿Contigo?
-Es un dormitorio muy grande y tiene un sofá.
-¡Ni hablar!
-¿Por qué? -preguntó Edward, divertido-. ¿Qué crees que voy a hacer?
-¡No creo nada!
-Entonces, ¿por qué te pones así? A menos que pienses que voy a sentir la tentación de tocarte... -en la mente de Edward surgió de pronto la imagen de Bella tumbada en el sofá del apartamento que solía compartir, dormida con un brazo sobre la cabeza mientras sus pechos, tentadoramente firmes y grandes, subían y bajaban al ritmo de su relajada respiración.
-Simplemente no me parece bien -murmuró Bella, intensamente ruborizada.
-Sé que no es lo ideal, pero no será por mucho tiempo -dijo Edward con más dureza de la que pretendía-. Tendrás que llevar tus cosas a mi cuarto... o al menos parte de ellas. Lo suficiente como para...
-¿Hacer creíble la farsa? -concluyó Bella por él-. ¿Y por qué no le pides a Venetia que venga? Así al menos no estarás mintiendo.
-Venetia no es la clase de mujer que le gustaría a mi madre para mí -replicó Edward-. Además, no me gustaría que Venetia sacara la conclusión de que esa estancia en mi casa podría llevar a algo más concreto entre nosotros. Contigo las cosas serían muy distintas. Estás al tanto de los límites de nuestra relación y no serías tan tonta como para saltártelos -se encogió de hombros al añadir-: Además, a mi madre le has caído muy bien. Piensa que eres una mujer dulce y alegre.
Bella no podría haber pensado en dos adjetivos más insultantes, aunque sabía que Edward no pretendía insultarla. Sólo estaba poniendo de manifiesto un hecho.
-Por supuesto, te compensaré financieramente por hacer esto -continuó él-. Incluso yo comprendo que es un favor que supera con creces tu deber.
Una hora más tarde Bella aún se sentía aturdida por la progresión de los acontecimientos. Había trasladado algunas de sus cosas al dormitorio de Edward y había ocultado cuidadosamente el resto en los cajones de su anterior dormitorio.
El mero hecho de estar allí le hacía sentirse ligeramente mareada. Siempre había encontrado demasiado grande la habitación de Edward, que contaba con una zona de estar y un baño en el que habría podido vivir una familia. Pero, ante la idea de compartirlo con él, de pronto le pareció muy pequeño.
Pero no iba a pensar en ello. En cierto modo, los insultos inconscientes de Edward, su oferta de dinero, su asunción de que sabría estar en su lugar porque a fin de cuentas no era más que una valiosa asistenta que había resultado estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, habían servido para fortalecerla en su decisión de marcharse en cuanto aquello acabara.
Pero no ayudó descubrir durante la ligera cena que compartieron aquella noche que la madre de Edward era una mujer encantadora.
-Estaba preocupada por él –dijo Esme en un conspirativo susurro, pero con la evidente intención de que fuera escuchado por su hijo-. ¡No es siempre bueno para un hombre tener éxito con las mujeres desde muy joven! Podría acabar convirtiéndose en un playboy.
Ante la oportunidad de desquitarse, Bella sonrió y miró a Edward, que parecía incómodo y acorralado.
-¿Edward? Oh, no, Edward nunca vería a las mujeres como meros objetos de juego... ¿verdad?
Tras dedicarle una furibunda mirada, Edward se levantó con un gruñido y se puso a recoger la mesa.
-Es importante que un hombre siente la cabeza como es debido –dijo Esme, mirando a su hijo con aprobación mientras éste daba la errónea impresión de ser alguien que compartía habitualmente las tareas de la cocina-. ¡Es necesaria una buena esposa para civilizarlo adecuadamente! -añadió riendo a la vez que dedicaba una afectuosa mirada a Edward.
-Tengo la impresión de que empiezas a estar cansada -dijo Edward tras dedicar a Bella una mirada de advertencia que fue totalmente ignorada-. Tal vez sería mejor que te retiraras. Mañana te acompañaré al especialista, así que no tienes de qué preocuparte.
Había conseguido cambiar de tema de conversación, pero el respiro sólo fue transitorio, pues Esme pasó otros cuarenta y cinco minutos compartiendo sus pasadas preocupaciones respecto a su hijo con alguien que la comprendía, y Bella le siguió gustosa la corriente mientras Edward se esforzaba por no mostrar su irritación.
Pero cuando madre e hijo se alejaron hacia el dormitorio, el peso de la realidad cayó de lleno sobre Bella. La realidad era el rechazo mostrado por Edward hacia ella, un rechazo aún más cruel por ser inconsciente. La realidad era que había caído tan bajo en su autoestima que había estado dispuesta a aceptar las migajas que pudiera ofrecerle. Y la realidad era también el dormitorio que la aguardaba. Aquel pensamiento le hizo entrar en acción. No sabía cuánto tiempo tardaría Edward en dejar instalada a su madre, pero esperaba que fuera el suficiente como para que a ella le diera tiempo de ponerse el pijama, meterse en la cama y apagar la luz.
Consiguió hacerlo todo en menos de cinco minutos, pero, tras una hora de tensión contenida, el sueño empezó a adueñarse de ella, y para cuando Edward regresó al dormitorio la encontró profundamente dormida.
Tras dejar a su madre acostada, Edward había hecho una incómoda llamada a Venetia para cancelar los planes que tenían para aquella semana. Después, el trabajo había sido lo único en que había podido refugiarse, de manera que había permanecido más de una hora en su despacho, respondiendo a unos correos electrónicos de los que podría haberse ocupado perfectamente en un horario más civilizado.
La visión de Bella en su cama lo dejó momentáneamente desconcertado. Estaba tumbada como la había visto hacía unos meses, con un brazo sobre la cabeza. Dudaba mucho que se hubiera tumbado originalmente en aquella postura de abandono.
Haciendo tan poco ruido como le fue posible; avanzó hacia la cama mientras se quitaba la camisa.
Cuando había mencionado el sofá se había referido a que «ella» podía dormir en él. Una ligera sonrisa curvó sus labios mientras la veía dormir. Lo justo era lo justo, pensó irónicamente. Había presionado a Bella para que lo ayudara. Por lo que a ella se refería, y dado lo reacia que se había mostrado originalmente hacia su plan, él podía dormir en el sofá, o en el suelo.
Cuando salió completamente desnudo del baño tras tomar una rápida ducha, Bella se movió en la cama. Edward se fijó en su pierna doblada bajo las sábanas y, por lo que vio, dedujo que no debía estar demasiado vestida. ¿Sería una de esas mujeres que se ocultaba tras la ropa como una monja durante el día, pero que apenas se acostaba con nada encima de noche? Aquel pensamiento provocó en él una reacción que parecía haber estado aguardando todo aquel tiempo para producirse. Apartó la mirada, consciente de la reacción de su cuerpo, tan poderosa como inesperada.
El sofá serviría para aplacar cualquier acción inadecuada, desde luego, pero lo descartó en cuanto lo miró.
Bella estaba profundamente dormida y su cama era infinitamente más cómoda que cualquier sofá, sobre todo teniendo en cuenta que éste no tenía sábanas y que él no tenía idea de dónde buscarlas.
Se metió sigilosamente bajo las sábanas y permaneció muy quieto, esperando a que su excitación remitiera.
Cuando Bella giró sobre sí misma en su dirección, estuvo a punto de gemir. La pequeña camiseta sin mangas que llevaba dejaba muy poco a la imaginación y dejaba expuesto un generoso escote que Edward jamás había podido ver de día. Su respiración se agitó mientras contemplaba el rostro de Bella, sus labios ligeramente entreabiertos y su pelo rubio y revuelto enmarcándole el pelo.
Sólo el cielo sabía cuánto tiempo habría permanecido allí quieto si Bella no se hubiera movido de nuevo y hubiera dejado una mano apoyada sobre su pecho.
Edward se quedó paralizado al ver que abría los ojos. A continuación, Bella dio un grito y se apartó de él, horrorizada.
-¿Qué haces aquí?
-Este es mi dormitorio, ¿recuerdas? El que has aceptado compartir.
-¡Pero no acepté compartir la cama! -Bella estaba asimilando la información de que Edward no llevaba nada puesto por encima de la cintura. ¿Llevaría algo puesto debajo? Todo su cuerpo comenzó a arder mientras su imaginación se liberaba y tomaba el vuelo.
-El sofá no está hecho -le informó Edward, cuya erección, lejos de aplacarse, pareció animarse ante la visión del ruborizado y aún adormecido rostro de Bella.
-¡Pues ve a hacerlo! ¡No puedes quedarte en esta cama conmigo! Prometiste...
-No te prometí nada. Y no te alteres tanto. Es una cama grande -dijo Edward... lo que no explicaba porque estaban tan cerca el uno del otro.
-¿Llevas algo puesto? -se oyó preguntar Bella. El silencio de Edward fue revelador-. No llevas nada, ¿verdad?
-No tengo pijamas. Siempre me han parecido una prenda inútil.
-¿Cómo puedes ser tan... tan irrespetuoso? -susurró Bella mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
-¿Irrespetuoso? -repitió Edward, atónito-. No sé de qué estás hablando.
-¡Claro que lo sabes! ¡Me desprecias hasta tal punto que te da igual que esté o no esté en la cama! ¡Ni siquiera te has molestado en ponerte algo! ¡Por lo que a ti se refiere, lo mismo podría ser un... un... saco de patatas !
En el silencio que acogió las palabras de Bella, Edward la tomó de la mano.
-¡Creo que un saco de patatas no tendría este efecto sobre mí!
Bella sintió la palpitación de su poderosa erección y, durante unos instantes, el tiempo pareció detenerse. La conciencia sexual que se había mantenido oculta durante tanto tiempo rompió sus barreras y afloró como un maremoto.
Su respiración se agitó de pronto como la de alguien que acabara de correr un maratón. La mano de Edward permanecía sobre la de ella, obligándole a sentir el efecto que le producía su proximidad.
-¿Y bien? No creo que lo que estás sintiendo bajo tu mano sea precisamente el resultado de mi menosprecio.
-Tienes... tienes que irte a dormir a otro sitio...
-¿Y simular por la mañana que nada de esto ha pasado? -Edward soltó la mano de Bella, pero sólo para deslizar la suya bajo su camiseta hasta la pródiga curva de sus pechos.
Gimió. Sin su informe ropa, Bella era todo mujer, todo voluptuosidad, curvas...
Se irguió sobre un codo para poder mirarla.
Bella pensó que en la penumbra reinante resultaba diabólicamente sexy. Sus brazos eran equilibradamente musculosos y su preciosa boca... su preciosa boca se estaba acercando a ella.
Con un gritito, Bella cerró los ojos y se perdió en el beso urgente y devorador de Edward. Como con voluntad propia, sus brazos lo rodearon por el cuello para atraerlo hacia sí.
Al cabo de un momento Edward interrumpió el beso... pero sólo para transferir su atención al cuello de Bella.
¿Había deseado aquello desde el principio?¿Había creado inconscientemente fantasías con ella? No creía, pero, si no era así, ¿por qué estaba reaccionando su cuerpo como si estuviera alcanzando algo que llevaba tiempo anhelando?
Alzó la camiseta de Bella y se arrodilló en la cama para verla mejor. Su cuerpo no era como el de los palillos con los que solía salir. Como conocedor de los cuerpos de las mujeres, podía decir con toda sinceridad que nunca había visto unos pechos tan magníficamente abundantes. Los tomó en las manos para sentir su peso en ellas y luego, lentamente, acarició delicadamente sus pezones con los pulgares. Observó fascinado y terriblemente excitado cómo se retorcía Bella bajo sus atenciones, con los ojos firmemente cerrados y los puños apretados.
-Tienes unos pechos maravillosos -dijo con voz temblorosa.
Bella abrió los ojos.
-Supongo que te refieres a que son grandes -Bella nunca había asociado la palabra grande con ningún cumplido, pero el modo en que la estaba mirando Edward hizo que empezara a sentirse muy sexy y orgullosa de sus pechos.
-Maravillosos -repitió él, y a continuación se inclinó para succionar uno de los pezones hasta que Bella empezó a gemir de placer.
Mientras Edward continuaba con el asalto a sus pechos, ella se quitó la camiseta por encima de la cabeza, temiendo que si seguía prestándoles aquella deliciosa atención iba a desmayarse de placer.
Cuando alargó una mano hacia él para acariciarlo, para sentirlo, experimentó una vertiginosa sensación de poder al escuchar que Edward gemía en respuesta.
¡De manera que aquello era lo que se sentía al tener rendido entre sus brazos a aquel hombre maravilloso, al verlo perder su formidable control! Cuando se arqueó hacia él, Edward le quitó con urgencia los pantalones cortos de algodón que utilizaba a modo de pijama.
Un instante después sintió que deslizaba una mano entre sus piernas para explorar con los dedos su reveladora humedad y el palpitante centro de su deseo, lo que hizo que una serie de oleadas de incontrolable placer recorrieran su cuerpo.
Con un sentimiento casi doloroso de anticipación notó que Edward deslizaba los labios desde sus pechos hacia su estómago, un estómago que siempre había resultado desfavorablemente comparado con el de su hermana, algo que a él no pareció importarle, hasta que los detuvo en el vello que ocultaba su feminidad.
-¡No puedes! -exclamó, y el alzó el rostro para mirarla con expresión divertida.
-¿Nunca te han acariciado ahí?
-¡No de ese modo!
-¿De qué modo? -la expresión mezcla de excitación e inocencia de Bella alcanzó de lleno a Edward, cuya sangre ardió de deseo. Para ser un hombre que se preciaba de experto amante, un amante que se tomaba su tiempo y que era un maestro de la delicadeza, parecía haberse visto reducido a un animal salvaje con un solo pensamiento en la cabeza: la posesión.
Sometido a un impulso sexual primario que creía tener dominado hacía tiempo, aspiró el erótico y almizclado aroma del sexo de Bella antes de introducir con ternura su lengua en él.
Necesitó hacer un esfuerzo sobrehumano para no alzarse y penetrarla. Su humedad lo estaba volviendo loco, así como el cimbreo de sus caderas mientras la exploraba con sus labios. Su delicada feminidad era lo más dulce que había saboreado en su vida.
Cuanto notó que estaba a punto de alcanzar el orgasmo, se apartó un instante para tomar las precauciones necesarias.
Para cuando la penetró, Bella ya iba camino de la cima, y sólo necesitó unos profundos empujones para lanzarla a una experiencia sensorial única para ella. Todo su cuerpo se estremeció violentamente mientras se rendía a las oleadas de intenso placer que lo recorrieron, hasta remitir en un cálido resplandor de pura satisfacción.
Pensar que aquel hombre maravilloso la había elevado a aquellas alturas, que se había saciado de ella, le produjo una intensa sensación de gozo.
-Ha sido maravilloso -murmuró, y frunció ligeramente el ceño-. ¿También lo ha sido para ti? Lo cierto es que no tengo demasiada experiencia...
-Me excitas simplemente tal como eres -murmuró él a la vez que la tomaba posesivamente entre sus brazos.
-¿Pretendías que pasara esto? No, por supuesto que no. Entonces, ¿por qué me has hecho el amor? ¿Simplemente porque estaba en tu cama? Sé que probablemente pensarás que estoy loca -continuó Bella, repentinamente consciente de que aquélla no podía considerarse precisamente una conversación típica para después de hacer el amor-, pero necesito saberlo.
-¿Por qué? ¿No has disfrutado? -Edward le apartó el pelo del rostro, conmovido por su ansiedad.
-Ha sido la experiencia más maravillosa que he tenido en mi vida -contestó Bella con sinceridad, algo que bastó para que Edward sintiera un intenso orgullo masculino.
-¿La más maravillosa? -bromeó-. Eso supone una gran presión para mí.
En un instante, Bella se hizo consciente de su erróneo comportamiento. Había sucumbido a Edward sin luchar en lo más mínimo. Tan sólo había protestado un poco al principio, pero luego se había entregado sin reparos... y supuso que Edward estaría pensando con creciente preocupación en la situación creada.
A Edward no le gustaban las mujeres pegadizas, y supuso que tampoco le gustarían las que se comportaban como adolescentes sin experiencia y encaprichadas. Se preguntó cómo podía dar marcha atrás y, sobre todo, cómo mostrarse tranquila y controlada cuando nunca había sido así.
-Lo siento -murmuró.
-¿Por qué lo sientes? Acabamos de compartir una experiencia alucinante -dijo Edward. ¿Quién habría podido pensar que la mujer cuya compañía había encontrado tan relajarte y poco amenazadora ocultaba tal fuego en su interior?-. Y por eso me siento presionado. ¿Cómo voy a ser capaz ahora de superar mi primera actuación?
Bella experimentó un intenso alivio. ¿Por qué iba a haber dicho aquello Edward si su intención fuera criticarse por su debilidad y echarla de su lado?
La idea de seguir adelante en busca de una vida independiente abandonó al instante su mente. Amaba a aquel hombre. Habían hecho el amor y, según sus propias palabras, había sido una experiencia alucinante. Se sentía como si de pronto estuviera caminando sobre las nubes. Ebria de alegría, se acurrucó junto a él.
-Tienes un cuerpo muy sexy -murmuró Edward a la vez que le acariciaba el pecho-. ¿Por qué pasas tanto tiempo ocultándolo?
-Tú deberías saberlo, Edward -dijo Bella tímidamente-. ¿No se supone que eres un experto en mujeres? No tengo precisamente el cuerpo de una modelo, ¿no?
Edward no contestó. Cada vez le costaba más recordar por qué se había sentido atraído por sus pasadas modelos.
-No sabes lo que supone para una chica pasar por la adolescencia sin las ventajas de ser delgada. Los chicos hacían comentarios desagradables y mis amigas sentían lástima por mí. No interesaba tener una figura como la mía, así que aprendí a ocultarla.
Por primera vez en su vida, Bella se sentía realmente orgullosa de sus curvas, especialmente porque era obvio que le gustaban a Edward. Cuando éste le hizo tumbarse de espaldas para volver a disfrutar de sus pechos, Bella suspiró lánguidamente de placer. El calor que había remitido volvió a aumentar y, con un suave gemido de anticipación, separó las piernas para que Edward pudiera acariciarla.
El deseo, la necesidad y el amor la colmaron de una cálida alegría y, mientras acariciaba la cabeza de Edward se entregó de lleno a la experiencia.
