Sra. THOMAS
De nuevo me despertó el olor a café recién hecho y el sonido de agua corriente en el baño. Scorpius se había levantado antes que yo otra vez y había hecho el desayuno.
Cuando nos sentamos en la mesa para desayunar me tragué la vergüenza y el orgullo y le dije.
—Ignotus, no hace falta que te levante tan temprano. Es decir, no es que no me guste encontrarme el desayuno hecho cada maña, o la cena, o la comida. Me encanta. Pero no quiero que pienses que quiero que te quedes solo por esto.
No sufras, me gusta cocinar. Me recuerda las clases de pociones.
Si no fuera porque eran solo unas letras en una libreta, habría jurado que le había visto sonreír levemente mientras respondía.
—¿Te gusta hacer pociones?
De repente había tenido una idea.
"Sí"
—¿Y eres bueno? —le pregunté, consciente que sí que lo era, o por lo menos lo había sido hacía unos años, ni yo había sacado mejores notas que él en pociones en Hogwarts.
"Sí" Respondió con lo que en cualquier otra circunstancia o momento habría considerado una buena dosis de arrogancia.
—Se me acaba de ocurrir que podrías bajar a la tienda conmigo hoy. Así pasarás menos horas solo y tendrás menos tiempo para pensar. No te puedo dejar hacer pociones para comercializar, porque me podrían retirar la licencia, pero podrías prepararte alguna poción para el cuello más potente que la que te día anteayer.
¿De verdad me dejaría entrar en la trastienda y hacer una poción?
—No veo por qué no. Si me dices que eres bueno te creo, y además si no es cierto peor para ti, al fin y al cabo la poción será para ti —le pinché un poco.
¿Pero que no está tu prima ayudándote? ¿Y si me ve? Bueno ya me entiendes.
—Roxane solo viene por la tarde. Pero, eh, si no te apetece no pasa nada, solo era una idea para que no te aburrieras.
Era mucho más que eso. Era el modo de no perderle de vista. Dejarle solo en el piso sabiendo quien era su familia ya no me parecía una buena idea.
Una parte de mí quería darle la oportunidad de hacer magia de nuevo, aunque solo fuera preparar una poción. La otra simplemente no quería perderle de vista un minuto más de lo necesario. En esos momentos aún no me había empezado a preguntar porqué parecía necesitar tenerle controlado. Al fin y al cabo ser el hijo del jefe de Aurores tenía que servir como mínimo para pensar en términos de seguridad y prevención antes de nada; En mi mente intentaba preveer problemas y cubrirme la espalda no dejándole solo en el piso.
Me encantará poder hacer ago de magia, aunque solo sea una poción para la garganta. Hace tantos días que no hago magia que… pero no quiero molestarte. Sé que estos días tienes mucho trabajo con la pasa de gripe que hay.
—Precisamente, necesitas la poción y yo tengo tanto trabajo que no tengo tiempo, no será ninguna molestia que bajes a hacerla tú, al contrario, todo esto que me ahorras. Solo intenta que los clientes no te vean. Quiero decir, bueno ya me entiendes —aquello de la invisibilidad era confuso.
Así esa misma mañana tras desayunar los dos bajamos a la tienda juntos. Por suerte, como nos habíamos levantado temprano y no nos habíamos entretenido, dispuse de unos minutos antes de que las primeras clientas empezaran a impacientarse ante la puerta, para poder enseñarle los alrededores de la trastienda a Scorpius.
Una vez encendido un fuego tras una de las calderas más alejadas de la puerta la mano de Scorpius se puso sobre mi pecho y me empujó hacia el mostrador para que saliera a atender a la clientela.
—A trabajar —dijo la voz siempre rugosa de Scoprius. Esta vez pero había un matiz diferente, nuevo. Me costó de identificar pero cuando observé sus manos blancas empezar a manipular los ingredientes que usaría lo vi claro: Scorpius estaba emocionado por poder volver a hacer magia.
Con una sonrisa en los labios salí a abrir.
La mañana pasó más deprisa que otros días. Cada vez que tenía que entrar a la trastienda a buscar alguna botella no podía evitar observa como las manos expertas de Scorpius trabajaban en la caldera que le había preparado. Quizá era porqué ya sabía quien era, pero habría jurado que sin saberlo, al verle trabajar, lo habría adivinado. Sus movimientos seguían pareciéndome los más elegantes y eficientes que había visto nunca.
Antes de cerrar, al mediodía, estaba atendiendo a una de las últimas clientas cuando de repente tuve la sensación de tener a alguien detrás. Pero antes de que pudiera girarme Bert se puso sobre mi hombro y me entregó una nota escrita con la vuela-pluma de Scorpius.
Necesito una botella.
—Que cuervo tan simpático —dijo el último cliente que quedaba en la tienda observándome.
—Sí —dije sin saber muy bien qué hacer—. Ahora salgo a atenderle. Un momento por favor —y me metí a la trastienda con Bert en el hombro.
Sin decir nada me dirigí al armario donde guardaba las botellas nuevas y lo abrí, contrariado por tener que mostrarle a Scorpius de nuevo donde podía encontrar las botellas, porque estaba seguro que ya se lo había enseñado a primera hora de la mañana. Entonces vi el problema de Scorpius. Había usado hasta la última botella que me quedaba de mono dosis.
—¿Las has usado todas?
"Sí"
—¿Y tenías que usar las mono dosis?
"Sí"
—Sí, ya sé que se conserva mejor, pero… bien es igual, pon lo que te quede aquí y luego enviaré una comanda urgente al soplador de vidrio. Merlín, con el descalabro de ayer se me olvidó hacer la comanda para hoy. Esta tarde tendré que hacer malabares. Por cierto, me has asustado —añadí en tono de desaprobación.
Cuando salí al mostrador el hombre ya estaba impaciente. Me disculpé y le atendí tan rápido como pude. Cuando cerraba la puerta de la tienda tuve de nuevo la sensación de tener a alguien detrás de mí. Esta vez, pero, no era Bert.
—Siento haber gastado todas las botellas de mono dosis. Sé que son caras.
La voz rugosa de Scorpius me hizo dar un bote. Era la primera vez que le oía decir tantas palabras seguidas.
—Has... —balbuceé girándome instintivamente para verle, el espacio vacío delante de mí me desconcertó un momento y solo atiné a decir—. ¡Funciona!
—Sí. Si la poción es lo bastante potente, puedo hablar más rato sin dolor.
Seguía siendo un sonido entre un ronquido y un gruñido más que una voz propiamente dicha, con un tono oscuro y rugoso, pero ya no parecía un gemido de dolor.
—¡Es genial! Quiero decir que… En serio me alegro que funcione. Aunque me hayas dejado sin botellas de mono dosis —dije riendo contento.
—Lo siento —dijo un poco más flojo.
—Yo no —dije sonriendo para que entendiera que lo decía en serio—. Subamos a preparar la comida.
Mientras me movía por la cocina, empecé a decir en voz alta la lista de cosas que debíamos hacer esa tarde para intentar no olvidarme nada.
—Esta tarde mientras Roxie atiende a la clientela nosotros haremos inventario. Es una tarea un poco pesada, pero si me ayudas acabaremos rápido. Y aprovechando que mañana no trabajo, esta noche escribiré al hospital para saber la previsión de nuevos casos de gripe para la semana que viene y entonces mañana haremos más o menos pociones según nos indiquen.
—¿Haremos? —me cortó la voz de Scorpius.
Era agradable poder conversar así con él. Aunque solo hablara con frases cortas y su voz siguiera sonando como un horrible ronquido medio ahogado. Era mucho mejor que tener que ir leyendo las notitas de la vuela-pluma.
—Bueno si quieres ayudarme —dije percatándome de que había estado usando el plural son siquiera consultarle si quería ayudarme. No es que pensara permitirle no bajar conmigo a la tienda pero si no quería hacer pociones tampoco iba a obligarle.
—Pensaba que no te podía ayudar, por el tema de los papeles…
—Sí, bien, si no lo dices nadie sabrá que me has ayudado, ¿no? Siempre va bien poder contar con un par de manos hábiles como las tuyas. Además no está prohibido contratar a un ayudante. Tú necesitas un trabajo, no te puedes pasar los días solo en el piso dándole vueltas a lo que te ha pasado. Y está claro que yo necesito ayuda en la tienda y mi prima me puede ayudar de vez en cuando pero es mi tío quien le paga un sueldo.
—¿Me estás ofreciendo un trabajo? —me cortó de nuevo con voz de sorprendido.
Y entonces me di cuenta de que sí, que de hecho es lo que acababa de hacer.
—Sí supongo que sí —admití sorprendido, pero nada arrepentido por lo que acababa de decir—. Si te interesa, claro. Mientras no arreglemos tu situación será un acuerdo verbal, sin papeles que puedan incriminarte y cuando finalmente seas libre ya decidirás qué quieres hacer.
—Eres increíble Severus —dijo en un murmullo tan suave que casi sonó como si volviera a tener una voz normal.
Aquellas palabras me hicieron enrojecer endiabladamente. Intentando esconder la turbación que sentía me giré de cara a los fogones consciente que mis orejas estaban rojas como tomates delatándome de todos modos e intenté distraer su atención de mi.
—¿Por qué me llamas Severus? —pregunté.
—Es un poco largo de contar —murmuró y acto seguido oí el sonido suave de la vuela-pluma empezando a escribir.
Siempre he supuesto que te llamas Albus Severus por los dos directores de Hogwarts de la época del tu padre, Albus Dumbledore y Severus Snape.
Severus Snape era… fue para muchos estudiantes de Slytherin como un padre, para mi padre lo fue más que mi abuelo en muchos aspectos. Supongo que no te sorprenderá saber que papá era un Slytherin y que el profesor Snape fue una gran influencia para él... Papá le respetaba mucho, aunque alguno de sus actos no lo demostraran. Igual que los actos del profesor Snape no demostraron nunca la gran estimación que sentía por tu padre.
Papá me contó siempre muchas cosas buenas de Severus Snape. Todo lo que el profesor le enseñó sobre pociones papá me lo enseñó a mo. Y…
Por otro lado, a pesar de las grandes gestas del profesor Dumbledore, por la manera en como papá habla de él siempre he tenido la sensación que era un manipulador, igual que todos lo que están en posiciones de poder.
No lo sé. Pienso que la historia del trágico amor del profesor Snape hizo que durante mis años en Hogwarts él fuera mucho más real para mí que no el siempre perfecto profesor Dumbledore que a pesar de todos los libros que tuvimos que leer sobre él siempre ha sido una figura muy lejana para mí, como una leyenda.
Además todos te llaman siempre Albus. Nadie parece recordar que tu segundo nombre es Severus. Y a mí me gusta ser diferente. Así que siempre que pensaba en ti te llamaba Severus y no Albus.
No es que pensara en ti muy a menudo, evidentemente. Sólo quería decir que si nunca me refería a ti lo hacía por tu segundo nombre ya que, como he dicho, me gusta más y me hace pensar en alguien que considero mejor persona que tu primer nombre.
Por otro lado me hace el único que te llama así.
¿Por qué lo preguntas? ¿Te molesta que te diga Severus?
—No, pero como muy bien has dicho nadie me llama nunca por mi segundo nombre. A mí también me gusta el nombre de Severus. Papá me ha contado muchas cosas también de los profesores Snape y Dumbledore. Aunque no todas buenas. Snape era un hombre solitario, pero fue fiel y valiente hasta el último instante. Dumbledore sí que era un poco manipulador, porqué era muy poderoso, pero papá cree que también sufrió mucho por culpa de ello. A su manera también era un hombre solitario. Siempre he pensado ambos eran como eran porque la tragedia marcó sus vidas amorosas de forma muy injusta. Ambos aguantaron cosas que nadie debería tener que sufrir.
—Mi padre no mencionó nunca nada de la vida de Dumbledore —dijo Scorpius casi perdiendo la voz.
Entonces volvió a usar la vuela-pluma.
Y menos de su vida amorosa. Lo tenía por un ermitaño dedicado enteramente al aprendizaje y el enseñamiento de la magia.
—El viejo director era exactamente así. Pero Albus Dumbledore también fue joven. Y también se enamoró.
Con la ayuda de Scorpius pusimos la mesa y mientras comíamos le conté la historia de Albus Dumbledore y Gellert Grindelwald. La que me había contado papá, de cómo se conocieron de jóvenes; De cómo Gellert había llenado la cabeza del joven Albus de ideas nuevas, de ansias de poder, de planes de futuro; de cómo el joven Albus se había enamorado y como por ello había desatendido a su familia. Hasta que la desgracia se sucedió en casa de los Dumbledore, y el corazón de Albus Dumbledore se rompió para siempre jamás. Era una historia que me gustaba mucho.
—No le debía amar tanto —murmuró Scorpius, pensando seguramente en como había acabado la historia de esos dos grandes magos.
—Sí que lo amaba, y ahí reside la verdadera tragedia de su vida —dije yo recordando la voz de tía Hermione una tarde de lluvia que habíamos obligado a papá a contárnosla por enésima vez, ella la contaba mil veces más que papá—. Porque la muerte de su hermana fue un malogrado accidente. Pero la muerte de Gellert no lo fue. Grindelwald se corrompió, el poder lo consumió. Dumbledore pero, tocado por la duda de quien había acabado con la vida de su hermana, el miedo y los remordimientos, no intentó todo lo que debería para enderezarle, o para intentar detenerle. ¿Por qué crees que tardó tanto en ocurrir el encuentro entre los dos magos? Además Albus creía que Gellert no le quería, no lo suficiente como para volver a su lado como mínimo, y que de jóvenes solo le había usado porque era un mago poderoso y el poder atraía a Gellert como las moscas a la miel. Y quizá tenía un poco de razón.
—¿Le confrontó por venganza? —dijo con dificultades antes de ponerse a toser.
—No. Le confrontó porque era lo que debía hacer, había llegado un momento en el que ya no podía esconder más la cabeza bajo tierra y tuvo que escoger el menor de dos males. A veces la vida te deja sin opciones. Y Albus tenía que escoger entre ver a la persona que amaba convertirse en un asesino de masas o luchar contra él, contra los planes de futuro que ambos habían soñado juntos y arriesgarse a convertirse él mismo en asesino, el asesino de aquél a quien amaba. ¿Imaginas lo que tiene que ser tener que afrontar esta decisión? Yo creo que por eso tardó en encararle, aun a pesar de las repetidas suplicas de todo el mundo. Papá dice que el amor de Dumbledore era tanto que decidió que sacrificaría su alma si era necesario para salvar la de Gridewald, o lo que quedara de ella. Finalmente prefirió luchar, y en última instancia acabar siendo un asesino, a dejar que Gellert se convirtiera en alguien tan atroz como años más tarde lo fue Tom Riddle al convertirse en Lord Voldemort. Por suerte el combate, como sabes, no acabó con la muerte de Gellert. Y papá siempre ha creído que fue porque Gellert se rindió para evitar que Albus tuviera que matar para detenerle. Pero rendirse le llevó a vivir encarcelado por el resto de su vida, siendo un blanco fácil para cuando Voldemort le fue a buscar. Papá piensa que Dumbledore se culpaba de la muerte de Grindewald, porque él lo encarceló donde Voldemort le mató. Es parte de la historia conocida que Gellert se negó a decirle nada de la Varita del Destino, pero papá cree que lo hizo no sólo para truncar los planes de Voldemort sino para proteger a Dumbledore, dueño de dicha varita. Porque en el fondo Gellert Gindewld también amaba a Albus. Pero Albus no lo supo a tiempo. Y ambos murieron solos.
Que presagio más negro para tu vida amorosa llamarte Albus Severus
Juro que aún sin haberlas pronunciado pude oír el tono de mofa al que me tenía acostumbrado cuando íbamos a Hogwarts.
—¿Eso crees?
Bien que estás solo. ¿O es que tienes una novia escondida en el estudio y por eso no me dejas entrar en él?
—No seas burro. Tú eres el primero que me dijo que debía ser cauto ¿no? Y si estoy es porque no he encontrado aún la persona adecuada. Es más, haciendo honor a los hombres que me dan nombre amaré como nadie a mi persona especial, el día que la encuentre. Yo no pienso que sea un mal presagio. Solo espero que cuando esta persona entre en mi vida no me abandone, porque no creo que con estos antecedentes sea capaz de superarlo.
¿No has estado nunca enamorado?
—He salido con algunas chicas —respondí sorprendido por aquella pegunta tan personal —, pero no, no creo que me haya enamorado aún. ¿Y tú, Ignotus?
—Hace años —dijo con un gruñido ronco, que me hizo pensar en un animal herido.
—Es por eso que te desheredó tu padre, ¿verdad?
Un suave golpe en la mesa fue toda la respuesta que obtuve y decidí no insistir. Si no quería hablar no pensaba forzarle, por mucho que los nervios y me estuvieran comiendo por dentro.
—Se nos hace tarde, Roxie debe estar a punto de llegar.
Un golpe de varita, los platos a la cocina y dos minutos más tarde salíamos del piso de nuevo hacia la tienda.
—Sé que ahora que puedes hablar lo de la pluma es más incomodo, pero si no quieres que tenga que darle explicaciones a mi prima deberás quedarte en un rincón con la vuela-pluma.
—Tranquilízate, sé como pasar inadvertido —murmuró casi sin voz.
—Muy bien, pues vamos allá.
Roxie no había llegado.
—Deberías tomarte otra dosis de poción para el cuello —dije como si hablara solo mientras me ataba el delantal y abría la tienda.
Entonces me puse, como por la mañana, tras el mostrador para atender los primeros clientes de la tarde.
La primera vez que noté que Ignotus rondaba detrás de mí casi me da un cubrimiento, como si su presencia, tan evidente para mí, fuera igual de obvia para mis clientes. Nadie, pero, pareció darse cuenta de que no estaba solo al otro lado del mostrador.
Con la excusa de ir a buscar la poción que me pedían entré a la trastienda murmurando:
—¿Se puede saber qué intentas? —La incredulidad y el enfado mezclándose dentro de mí.
La mujer que estás atendiendo quiere tres botes de poción para la tos, uno de gel para la fiebre y tres infusiones para los nervios. Yo además le aconsejaría una tisana para dormir, porque tiene unas ojeras terribles.
—Pero si solo me ha pedido el gel para la fiebre.
Creo que quiere perder un poco el tiempo. Cuanto más tarde en volver a casa más rato tiene para estar lejos de los hijos que están todos enfermos. Si no le dices que se cuide ella acabará enferma también.
—De acuerdo, gracias, pero haz el favor de dejar de pasearte por el mostrador, me pones nervioso. ¿Y si alguien te ve? —musité mientras cogía de la estantería las pociones que Scorpius me había dicho.
El hombre alto quiere poción vigorizadora. Estoy seguro que tiene una amante y no quiere quedar mal con ella.
—¡Ignotus! —murmuré poniéndome rojo por lo que acababa de decir, como si estuviera habando de mi vida sexual y no de la de un cliente que ni siquiera era un habitual.
—Ya lo verás —murmuró él.
Nervioso salí al mostrador de nuevo y serví a la mujer de los hijos enfermos. Sorprendida porque sabía lo que me quería pedir antes que lo hiciera aceptó mi consejo y compró la tisana para dormir.
—Yo, verá, he oído decir que… para hombres de mi edad —murmuró intentando que el resto de clientes no le oyeran.
De la nada apareció en la estantería de debajo el mostrador un pote de la poción vigorizante que Scorpius había mencionado instantes antes.
—Disculpe que le interrumpa, pero… ¿Es esto lo que quiere? —pregunté enseñándole la botellita disimuladamente.
Los ojos se le iluminaron de golpe.
—Oh, muchas gracias joven, no sabía como pedirla. Yo… es que verá, es la primera vez que… y yo…
—No se preocupe, es mi trabajo. Serán 7 sickles y 13 knuts —le corté yo mientras envolvía el pote con papel marrón para que nadie viera lo que había comprado.
El siguiente cliente quería poción para la tos, que de nuevo apareció en la estantería de debajo el mostrador antes de que me moviera para ir a buscarla. Sin saber qué cara poner la vendí y miré a la siguiente clienta.
—Buenos días señora Thomas, ahora mismo le busco lo suyo —dije antes de que la mujer pudiera ni decir hola y pasando olímpicamente de la poción para el dolor que había aparecido en la estantería, me giré y entré en la trastienda.
—¿Me equivocado de poción? —hizo la voz ronca de Scorpius muy cerca de mi oreja izquierda, aún rugosa pero ciertamente mejor que al bajar, se debía haber tomado otra dosis como le había sugerido.
—No. Pero hay clientes y clientes, Ignotus.
Mientras rebuscaba por la trastienda en busca del pequeño paquete que tenía preparado para la señora Thomas cogí la vuela-pluma de Scorpius y ella escribió la explicación.
La señora Thomas es una clienta especial. Si hijo iba a clase con mi padre. Ella y su marido son muggles, y él sufrió torturas durante la guerra y tiene dolores crónicos. Pero como los dos son muggles y el médico muggle no les ha podido ayudar, el medimago le ha recetado pociones para el dolor. Pero hace demasiado años que toma todo tipo de fármacos y ya no le hace efecto nada. Con su permiso creé una poción de una receta especial para él. Es una poción en pruebas y no debería venderla aún, pero quisieron probarla y le funciona. El medimago que les lleva es amigo de mi madre, cuando le conté lo que había hecho se dio cuenta enseguida que para el señor Thomas seguramente es la única manera de morir sin dolor, así que él le hace la receta para una poción del dolor normal y yo le doy la medicina nueva en vez de la vieja. No es estrictamente legal, pero el pobre hombre no merece morir sufriendo.
—Impresionante —murmuró la voz rota y rugosa de Scorpius en mi oído antes de que saliera de nuevo al mostrador.
Por más de media hora estuvimos trabajando del mismo modo, yo atendía a los clientes y él me llevaba las pociones a escondidas. Con cada nuevo cliente yo era cada vez más capaz de percibir sus movimientos, saber si se acercaba por la derecha o por la izquierda, esquivar sus brazos, incluso notar cuando se quedaba de pie a mi lado observando la clientela.
