Capítulo 4

August, otro dolor de cabeza

La mañana se había presentado bastante ajetreada, y aunque en realidad no habían pegado un ojo en toda la santa noche, después de una ducha renovadora, Emma logró ponerse en movimiento.

Había dejado a Graham al cuidado de Archie, después de asegurarse que sus ataques asesinos habían cesado como por arte de magia.

Con Mary Margaret lo custodiaron la noche entera y cuando su conciencia volvió, alrededor de las cuatro de la madrugada, confirmaron agradecidas que su brote de furia se había disipado. O había sido una gran casualidad y su compañero sufría de algún tipo de alucinaciones a causa de estrés acumulado por el trabajo o efectivamente, Regina estaba involucrada y su amenaza había resultado asombrosamente efectiva. El caso era que su condición había mejorado notablemente y para alivio de ambas, Graham parecía no recordar del todo lo que había ocurrido la noche anterior. Y eso era lo que importaba, estaba bien y no había sido necesario llevarlo con Whale.

El teléfono sonó a las ocho y media y para su desgracia, Emma no pudo negarse, como las tres veces anteriores.

Henry aun se encontraba al cuidado de Ruby, y se le hizo más fácil poder salir con August sabiendo que su hijo estaba en buenas manos y que Mary Margaret iba a descansar un poco después de una agotadora noche en vela.

Sería un día sin pausas, no había dudas.


El reloj sonó y la aguja, lentamente se deslizó marcando las ocho y cuarto de la tarde.

—No podrás creer la travesía que acabo de vivir—dijo Emma, entrando y quitándose su chaqueta para dejarse caer en el sillón, agotada.

—Estaba preocupada, no pensé que fueras a demorar tanto—dijo Margaret, aliviada de verla cruzar la puerta.

—Yo tampoco—aseguró—. ¿Hablaste con Ruby?

—Sí, en una hora lo trae aquí—confirmó terminando de sacar del horno unos pimiento rellenos

—Que bien huele…

—Ni se te ocurra, no comerás ahora—descartó, quitándose el delantal—. Cuéntamelo todo.

—De acuerdo—aceptó—. Salimos en su motocicleta, hasta ahí todo fenómeno,—empezó a relatar—¿sabes a donde me llevó?

—Dime, soy pésima adivinando—apuró, agitando la mano.

—A donde me encontraron cuando era un bebé—sopló aturdida—. ¡Ven, siéntate conmigo!—dijo estirando su brazo para que se acercara a ella—. ¡Déjame abrazarte!—pidió, arrastrándola a su lado, en el sillón.

—Pero…¿cómo sabía de ti?—inquirió, acomodándose en sus brazos y arrollando sus piernas.

—No lo sé, de seguro me estuvo investigando—se encogió de hombros.

—¿Y con qué motivo te llevó hasta allí?

—No espera, porque me ha contado la historia más fantasiosa de todos los tiempos—negó, dejando que su cuerpo se relajara para relatar cada detalle—. Tendrían que darle el óscar por mejor guión y actuación.

Después de media hora, Emma finalizó el utópico relato. No se le había escapado ni un detalle. El viaje, su supuesta infancia, su viaje por mundos imaginarios…nada había pasado por alto.

—No lo entiendo—concluyó Margaret, haciendo un gesto de incredulidad—. ¿Por qué diría algo así?

—Me mostraba la pierna, convencido de que era de madera—contó—. Está para internar, te lo aseguro. No sé, tal vez se escapó de un manicomio, en realidad no sabemos nada acerca de él.

—Puede ser, quizás lo estén buscando. Esto es preocupante—asintió de acuerdo—. Pinocho, tú mi hija, un bosque encantado y Regina manipulando la vida de todos…bueno, lo último es lo único creíble—habló, sin saber si debía reírse o preocuparse por la locura colectiva que estaba invadiendo Storybrooke.

Capaz era alguna extraña epidemia o esas gripes que mutaban, se animó a pensar, pero sin encontrarle la lógica.

—Te juro que ya estoy saturada—confesó, sacudiendo la cabeza—. Henry, taladrándome las neuronas con ese libro, ahora August, gritándome en la cara que yo tengo la obligación de salvarlos a todos y recuperar sus finales felices, porque soy la supuesta elegida…Te aseguro que un día me van a terminar de desquiciar y voy a tomar a Henry y volveré a Boston.

—¿Y qué pasaría conmigo, entonces?—preguntó girándose para mirarla a los ojos.

—Usted…belleza mía, iría con nosotros—dijo sin dudar, apretando el abrazo y depositando un dulce beso en su frente.

—Debes tomarlo con calma, Emma—aconsejó, después de unos minutos en silencio.

—Lo sé, sólo que de vez en cuando me olvido de repetírmelo—aceptó—. ¿Y qué tal tu día?

Mary Margaret no dijo nada, solo se limitó a respirar.

—¿Estás bien?—quiso saber, al no tener respuesta.

—Hoy cuando fui a llevar el certificado de ausencia al colegio, me crucé con David, bueno… mejor dicho chocamos—habló un poco insegura de contárselo.

—Te sigue gustando, ¿no es así?—preguntó, apretando fuertemente la mandíbula.

Mary Margaret se tomó un momento para pensar la respuesta.

—No es así del todo, yo no lo sé—negó, sin saber cómo explicarlo—siento que tengo una conexión con él, pero a su vez sé con certeza que eres tú con quien quiero estar—aclaró, acariciando su mano.

—¿Y si él se separa y te dice para estar contigo?, ¿en donde quedaría yo?—interrogó, temiendo la respuesta.

—Quedarías en el mismo sitio que ahora…aquí y conmigo—afirmó, con mirada sincera.

Emma sonrió a penas y entrelazó sus dedos con los de ella.

No le gustaba nada que ese hombre anduviera rondándola. Era la primera vez en su vida que sentía la sangre arder de solo imaginarla besándose con él o cualquier otra persona. Y eso solo podía significar una cosa…estaba hasta la medula por ella y estaba aterrorizada, no quería perderla.

—¿Me crees?

—Tengo que hacerlo, si no me volveré loca—suspiró, cerrándolos ojos un momento para tranquilizarse.

—No dejaré que eso pase—dijo, tomando su rostro para llenarlo de besos.

Tres golpes en la puerta hicieron que se separaran de golpe.

—Aquí traigo al demonio—dijo Ruby, entrando al apartamento—. ¿Y vieron que buena que soy? ¡Hasta aviso y todo!—dijo esto último observando a sus amigas para hacerles una giñada.

—No te pases, Ruby—señaló Emma, acercándose a ellos.

—Sí, sí, sí…besito para ti también—dijo, haciendo sonar sus labios—. Bueno, se los entrego como me lo dieron…insoportable y demandante.

—¡Ey, que me porté de diez!—se quejó Henry, mirándola con ojos acusadores—. ¡Mamá, no la escuches!

—Sí, mamá, no me escuches—remedó, descolgándose del hombro la mochila para entregársela a Emma.

—Tú no dejaste que comiera ni un solo helado—la acusó—. La abuelita quiso darme uno y tú no se lo permitiste.

—Después de que te comieras una pizza familiar tú solo, por supuesto que no iba a dejar que te engulleras un helado. Hubieras explotado y a mí me hubieran matado por dejarte morir explotado—enredó concentradísima en lo que estaba diciendo.

—¡Estás exagerando!—replicó.

—¡Sí, ya, cómo no!—ignoró la pataleta.

Emma y Mary Margaret se mordieron para no estallar en carcajadas. Era como tener dos niños peleando en la sala, solo que uno de ellos tenía más de veintiocho años, seguro.

—Quédate a comer—invitó Margaret, interviniendo tentada y dirigiéndose a la cocina para traer otro plato.

—No puedo, pero gracias—dijo agradecida—. Quedé para encontrarme con…bueno, no importa—se frenó.

—¿Ruby?—interrogó su amiga.

—No diré una sola palabra—negó, abriendo la puerta—. ¡Chau, me fui!—se despidió, antes de que la acosaran a preguntas.

—¿Quién será?—preguntó Margaret, en voz alta.

—Tengo alguien en mente—confirmó Emma, con una sonrisa de lado, sabiendo perfectamente quién era el misterioso pretendiente.

—Yo también, para mí es el doctor Whale—se metió Henry, dispuesto a seguir trasnochando.

—¡Henry!—exclamó Emma.

—¿Qué?, siempre está en lo de la abuelita y la mira como..

—¡HENRY!—pero esta vez la exclamación fue a dúo.

—Ya es hora de que te acuestes—decretó Emma, sin opción a replica.

—Está bien—asintió sin protestar—. ¿Por qué ustedes dormirán juntas?—quiso saber antes de irse a dormir, cambiando completamente de tema y con una habilidad asombrosa.

Margaret agachó la cabeza y fijó sus ojos en la comida para concentrarse sólo en masticar.

—Porque solo hay dos camas y nos pareció bien que tú tuvieras la habitación de arriba—contestó Emma, con toda normalidad. Su hijo era inteligente, pero le faltaban años para entender la verdadera causa, así que no había motivos para ponerse nerviosa—. Podrás tener tu intimidad y hacer los deberes del colegio en el escritorio que Ruby ha traído para ti.

—Me gusta la idea—aceptó con una sonrisa—. Además, es común que los hijos duerman con los padres.

—¿Lo dices por…?—exclamó Margaret, atragantándose con el último trozo de pimiento.

—Claro, por ustedes—dijo con gesto de obviedad—. ¡Buenas noches, mamá! ¡Buenas noches, señorita Blanchard!—se despidió.

—Dime Margaret o Mary, como prefieras—pidió, dándole un beso en la frente, después que Emma lo abrazara.

Henry asintió, feliz.

—¡Buenas noches, Henry!—dijeron al mismo tiempo.

Las diez de la noche, se dijo Emma observando el reloj. Con razón todo su cuerpo clamaba por una cama, suave y mullida. Había sido un día muy largo.

—Está completamente convencido, ¿no?—suspiró Margaret, esperando un tiempo prudencial para volver hablar nuevamente y recogiendo los platos.

—No sé qué pensar—confesó cansada—. Tal vez es un brote de esquizofrenia, si no, ¿cómo explicas lo de August?—se encogió de hombros—Estuvo deliciosa la cena, gracias.

—De nada—sonrió, dejando todo en el fregadero para acomodarlo en la mañana—. Ese hombre no está bien,—retomó el tema— y no fue buena idea dejarlo conversar con Henry el otro día en la cafetería.

—Lo sé, pero te aseguro que no volverá a suceder—dijo con determinación—. Algo te preocupa—aventuró, fijándose que su ceño estaba a apenas fruncido.

—Regina...ahora Henry está aquí y no creo que lo deje tan fácil—se animó a suponer.

—Mi hijo no volverá a esa casa. De ninguna manera—negó—. Sé que no estará tranquila hasta tenerlo de nuevo, pero estaré preparada.

—Cuenta conmigo para lo que sea—dijo, con una sonrisa sincera.

—Ahora no soy solo yo, también es mi hijo. ¿Estás segura que no quieres que me alquile una habitación en el hostal?—propuso con seriedad.

—Pero, ¿qué dices?—inquirió acercándose para sentarse en su falda—. Estoy más que feliz de tenerlos conmigo—aseguró, sonriéndole con ternura.

—¿Dónde estabas todo este tiempo?—quiso saber, abrazando su cintura y depositando pequeños besos en su cuello.

—Aquí, esperándote—dijo, acurrucándose más en sus brazos—. Ya no podremos tener más relaciones—le susurró en el oído.

—¿Quién lo dice?—preguntó, alzándola inesperadamente para llevarla a la cama. Estaba cansada, pero no tanto como para perderse el postre.

—Pero…está tu hijo arriba, ¿y si se despierta?—quiso protestar, viéndose depositada en el colchón.

—Mientras que tú no grites, como sueles hacerlo, no lo hará—aseguró, trepando sobre ella.

—¡Oye, yo no grito!—protestó escandalizada.

—Sí, lo haces—afirmó, desprendiendo lentamente los botones de su camisa—. ¡Oh… Emma, Emma, Emma...!—imitó, doblando los ojos—. Todos los vecinos saben cómo me llamo—rió bajito.

—Si serás…—masculló, roja como un tomate.

La ropa comenzó a desaparecer. Se sentía tan bien, sus besos recorriendo su cuello, sus manos explorando cada centímetro de su piel expuesta…pero Mary Margaret quería y necesitaba confirmar, y antes de que no pudiera frenarla, soltó lo que tanto ansiaba saber.

—Me debes una respuesta—detuvo con suavidad—. Ayer dijiste algo y no pudimos terminar de hablarlo.

—¿Así qué quieres una respuesta?—asintió, deteniendo sus movimientos para mirar esos hermosos ojos verdes que la traían loca, sabiendo perfectamente a que se refería—. De acuerdo…la respuesta es sí, estoy enamorada de ti.


De regreso con otro capítulo! Estamos a un paso de que se rompa la maldición y todo sea un caos. Unas últimas 24 horas de armonía y luego comenzará la acción jaja.

A pesar de que la historia va floja de seguidores y favoritos, seguiré actualizándola. No se olviden de comentar, maldiciones jaja, halagos, sugerencias, todo es bienvenido.

Abrazos y buen fin de semana.


LuLairs: Para Regina le tengo un camino fundamental para que la historia avance, descuida, será bueno. Henry demorará un poquito más en enterarse, y veremos cómo se lo toma y cómo se entera. Abrazos.

Ragamuffin47:Muchas gracias. Falta nada para que entren en el mayor de los dilemas. Ahí veremos claramente quienes serán aliados y quienes estarán en la vereda de enfrente. Abrazos.