Estaba fresco. Agradecí el suéter de mi anfitrión.

Apenas amanecía, y las sombras de los edificios aún llegaban a media altura de las construcciones adyacentes.

Y el cielo... No pude evitar quedándome mirándolo unos segundos, con ese azul tan especial, tan perfecto. No había podido apreciar los colores siendo araña, y ahora sabía cual iba a ser mi color favorito. El azul celeste.

Respiré profundamente, llenando mis pulmones de ese aire fresco. Como araña tampoco había sido muy sensible a la temperatura, pero aún menos sentirla desde dentro.

¿Y ahora qué? Todo un mundo nuevo por explorar. Un viejo mundo para mi anfitrión, pero... ¿cuantos cambios habría entre mi memoria heredada y lo que ahora estaba a mi alcance?

Lo primero es lo primero. Pensé que lo apropiado era visitar la casa de mi anfitrión, mi nuevo hogar. Así que debía buscar el metro.

Por primera vez, iba a echar de menos algo de mi antigua especie. ¡Que desorientador es ser humano en un laberinto de edificios! Y aún más en este anfitrión, que como sus recuerdos me mostraron, tenía la mala costumbre de ir pensando en sus cosas y no memorizar nada sobre su entorno. Como araña eso era muy fácil. Además de tener una visión directa de múltiples direcciones y una visión periférica total de 360º, nuestras mentes tenían una habilidad innata para reconstruir mentalmente el entorno con todo lo que percibían, juntando la vista con el sonido que podíamos percibir con nuestras patas y recordarlo durante todo nuestro ciclo vital.

Por primera vez en mi experiencia como alma, no sabía reconocer el lugar donde me encontraba. Aunque hay que reconocer que el hecho de que mi anfitrión hubiera llegado inconsciente no ayudaba.

Confié en la experiencia de mi anfitrión y escogí una calle al azar caminando en una misma dirección, esperando que una entrada de metro aparecería pronto. Tras más de quince minutos caminando perdido comencé a perder la paciencia. ¿Porque no preguntar? La reacción aprendida de mi anfitrión era desconfiar de los demás, además de tener naturaleza ligeramente antisocial que le hacía sentirse incómodo con el contacto con desconocidos, pero eso carecía de sentido aquí y para mí.

Paré a la primera persona que encontré.

- Perdone, ¿sabe donde queda la parada de metro más cercana?

- Hay una en la primera calle paralela a esta, por ahí.

- ¡Gracias!

Estúpido de mí, debí haber estado caminando en paralelo a una línea de metro. Es posible que ya hubiera pasado otra estación de largo.

Por fín me sumergí en aquel subterráneo. Sabía que los recuerdos de mi anfitrión respecto a este sistema de transporte no eran agradables, pero también eran antiguos. Solo recordaba un uso en esta ciudad, cuando llegó.

Tras bajar las escaleras, una cortina de aire me separó del frío del exterior. Allí el aire estaba acondicionado. Y no era el aire húmedo y rancio que mi anfitrión recordaba. Era templado, equilibrado y ligeramente perfumado. Sorprendentemente floral.

Seguí entrando por un corredor de escaleras con iluminación tenue, sumergiéndose hasta llegar a un nuevo lugar, la estación, mucho más amplia y mejor iluminada.

Un montón de gente iba de allí para allá, pero de forma mucho más calmada de lo que mi anfitrión recordaba. También resultaban extrañas, pero hermosas, las paredes que brillaban como pantallas en blanco, y estaban llenas de plantas trepadoras que subían por unos cordeles que unian el suelo con el techo. De allí procedía el olor.

Era extraño ver plantas en aquel subterráneo, pese a la iluminación. Un acto parcialmente instintivo me llevó a tocar las hojas, frotarlas con mis dedos, para despues percibir su olor en ellos. Algunas daban un curioso olor a limón. Otras a césped recien regado. Y otras... eran de plástico. Entonces caí en la cuenta que buena parte de aquellas plantas eran solo decorativas. Habían mezclado algunas plantas reales capaces de generar gran cantidad de perfume y resistir con poca luz con otras muchas falsas para dar aspecto de un gigantesco jardín.

Unas fuentes de pared con varias escalas aportaban un relajante sonido. Aquella agua se filtraba hacia unos tubos transparentes como cristal que se repartian por el suelo hacia la zona desde donde partían las plantas.

Me dirigí a una de las máquinas que, imaginé, serían para sacar un billete, según sugerían mis recuerdos.

Cuando escogí el idioma me dí cuenta de una cosa... ¡No sabía donde ir! Mi memoria recordaba donde quedaba su casa, y el nombre de su calle, pero no su estación de metro dado que no lo usaba. Afortunadamente aquella máquina contaba con una opción de mapa donde seleccioné de la forma más precisa posible donde quedaba mi nuevo hogar.

Me indicó varias estaciones, todas ligeramente alejadas. Escogí una al azar.

"Siga la flecha para llegar a su destino", acabó la máquina. ¿Flecha? ¿Qué flecha? ¿Y donde está en billete?

El programa de la máquina se había reiniciado... Entonces me fijé que en el suelo había pequeñas lucecitas que ahora estaban encencidas parpadeando dibujando una flecha.

Me sentí avergonzado de mi ignorancia. ¿Para que iba a usar un billete? Por supuesto, aquellas antiguas costumbres humanas pertenecían a un modelo obsoleto donde usaban dinero como mecanismo de gestión de recursos. O al menos esa era la versión oficial, que mi propio anfitrión, como muchos otros, había cuestionado.

Aquella flecha se movía mientras la seguía. Todo el suelo desde las cabinas hasta las líneas de metro tenían estas luces. Desde luego, eran estupendas como sistema de guía, aunque no eran precísamente discretas. Aunque no había motivo alguno, me sentia algo avergonzado siendo el único usando dicho sistema de orientación entre tanta gente.

Por fín llegué a las vías. Ahora entendí lo que me dijo la recepcionista del hospital. Una mampara similar a un cristal gigante nos separaba de las vías. Símplemente era imposible caerse como podía ocurrir en el pasado. Por fín llegó uno de los trenes. La mampara aislaba todo, evitando aquel golpe de aire que mi anfitrión recordaba del metro de su país de origen, cuando de joven aún lo usaba con frecuencia.

Con sincronía perfecta, las puertas de los vagones quedaron alineadas con las puertas de la mampara. Unas ventosas se movían desde las puertas de la mampara hacia el tren sellando el espacio y no dejando hueco alguno. Todas las puertas se abrieron a la vez.

Esperé mientras la gente salía por la puerta. Las personas que salían me dirigieron algunas miradas extrañas. No diría que agresivas, pero sí de rechazo. El último en salir me señaló discretamente un cartel en la mampara. "Salida".

¡Oh!. Habíamos establecido en cada vagón dos puertas. Una para entrar y otra para salir.

Entré por la puerta que me correspondía, tratando de pensar en el motivo de tan insignificante cambio. Recordé un metro antiguo, en hora punta, con un montón de gente empujándose como loca, unos entrando y otros saliendo. Me imaginé ese mismo vagón, funcionando por el nuevo sistema. Ciertamente parecía más fácil si todos se mueven en la misma dirección, aunque no estaba totalmente seguro de ello.

Tenía bastante tiempo por delante, así que aproveché para sacar la guía que me habían dado. Ojeé el índice.

"La Tierra y los humanos. Un lugar especial y una experiencia única. - Tu nuevo cuerpo. Emociones, sensaciones y sentidos humanos - Como lidiar con los recuerdos de nuestro anfitrión - Que hemos cambiado - Cuidando de nuestro cuerpo - Como librarse de malos hábitos - La tercera edad - La familia y las relaciones humanas - El hogar y su valor para la psicología humana - Maternidad y paternidad - Hijos, ¿cuando realizar la inserción? - Un modelo económico humano para almas. La economía del don - Culturas de la Tierra - Tecnología humana - Actividades de ocio. Como realizar deportes de riesgo sin riesgo real - Como ser útil en la nueva sociedad - Mundo en transición permanente - Cambios por venir - Planeta océano. Cetáceos, futuros candidatos para inserción - Coordinación regional y planetaria - Como planificar tu siguiente inserción. Asentándose en la Tierra. - Nuestro brillante futuro"

Era conveniente leerlo todo, pero la mayoría sonaba aburrido y predecible. Las estaciones seguían anunciándose.

Eché una ojeada al capítulo de la economía para confirmar lo que sospechaba. Obviamente habíamos dejado de usar el dinero. No lo habíamos usado en ningún otro mundo y parecía más un estorbo que una ayuda. Me sorprendió más el hecho que el concepto de esta "economía del don" ya existía entre los humanos. ¿Por qué mi anfitrión no tenía conocimiento de ello? Estuve algunos minutos reflexionando sobre ello. Probablemente era porque los humanos eran egoistas y recelosos entre ellos y no confiaban en que la sociedad podía apoyarse sobre el trabajo desinteresado y la cooperación voluntaria de todos sus miembros.

Por fin llegó mi parada. Bajé y confirmé que ya no reaparecía mi flecha personalizada pero había suficientes indicaciones en las paredes para localizar la salida.

Al salir de la zona de trenes me topé con una nueva estación, aún más espaciosa, y en este caso iluminada en su mayor parte por un techo acristalado que debía corresponder con el nivel del suelo en la ciudad. En el centro había unos puestos temporales donde al parecer estaban exponiendo algunos cuadros y esculturas que no despertaron mi atención.

Por fín salí y nuevamente me encontré perdido. Afortunadamente muy cerca de la salida ví un cartel que indicaba el camino a un parque que me resultaba conocido. Mi anfitrión lo visitaba domingos como este en los que descansaba. Desde allí debería poder recordar el camino a mi nueva casa.

En pocos minutos estaba allí. Ahora el sol ya estaba más alto. No había prestado demasiada atención en su momento a la información sobre la configuración de este sistema solar. Y menos teniendo en cuenta que mi cerebro de araña lo recordaba todo a la perfección. Pero claro, si no lo repasaba mentalmente aquello no se quedaba guardado en mí, así que ya no recordaba nada sin mis otros cerebros. En mi antiguo planeta, no había día y noche. El planeta miraba siempre en la misma orientación hacia su estrella. Casi todos vivíamos en la zona terminal, allí donde era como un amanecer permanente. Era un mundo frío, salvo en la zona donde la estrella se veía en la parte más alta del cielo. La estrella calentaba mucho menos, porque debía ser mucho más pequeña y fría que esta. Aún así, como estabamos mucho más cerca, se veía mucho más grande en el cielo.

Sin embargo, ahora intentaba mirar a esta estrella y no podía mirarla fíjamente. Era demasiado brillante. Es extraño tener unos ojos que no pueden mirar a la estrella que les da la vida.

La temperatura ya era más alta y ahora el aire comenzaba a resultar agradable. Me quité el suéter y lo enrollé en el brazo. Recordé a mi anfitrión paseando por allí. Ciertamente era muy agradable el viento en la piel. Los sonidos de los pájaros también eran hermosos. Ellos mismos eran muy bonitos. Me acerqué a un claro donde había un banco y me senté un poco a descansar. El sol me daba de cara, así que cerré los ojos. Pude sentir como aquella luz hacía calentar un poco mi piel.

No pude evitar sonreir. Había escuchado sobre los placeres de la vida apacible de las flores y la maravillosa sensación de sentir como la luz solar te nutría. Cuando decidí ir a la Tierra para aprender cosas sobre su tecnología, estuve tentado a irme al planeta de las flores. También quería experimentar otras sensaciones y las limitaciones de las arañas comenzaban a pesarme. Finalmente me decanté por la Tierra, porque decían que con sus amplios sentidos había un montón de experiencias posibles. No necesitaba escoger entre las sensaciones y mi pasión por la ingeniería. En la Tierra tendría ambos. Pero lo último que me había imaginado es que un humano también puede soñar por unos minutos que la luz de su estrella lo alimenta como una planta y disfrutar brevemente de una sensación similar.

En medio del descanso, intentando vaciar mi mente, el camino a mi casa se aclaró. Que curiosa es la mente humana que a veces recuerda con mayor facilidad cuanto menos concentrada está.

Pero ahora que ya sabía como dirigirme, estaba tan cómodo allí, decidí que ya no tenía prisa por llegar. Tenía todo el día.

Retomé mi paseo con paso lento. El parque se iba llenando de gente. Muchos eran padres con sus hijos que parecían especialmente exaltados por correr de un lado para otro detrás de un balón sin más propósito aparente que el de entretenerse. Y a la vista de sus risas y entusiasmo, tenían éxito. Me llamó la atención ver que muchos iban con perros y que esta especie parecía disfrutar incluso más con esas carreras y persecuciones alocadas.

Aquello era una locura. Todo aquello carecía de lógica ninguna. Pero lo veía y me contagiaba de emoción y felicidad. Entendí que aquello no podía verse desde la razón sino solo sentirse.

Todo era extraño para mí. Pero era hermoso y me alegraba poder formar parte de ello.

Caminando me topé con un pequeño kiosko en el que muchos niños y algunos adultos formaban cola impacientemente.

Eché un vistazo. Aquel puesto, salvo por el hecho de no pedir a cambio dinero, era idéntico a como podía recordarlo. De hecho lo regentaba la misma joven de cara dulce que recordaba.

Viendo los helados me percaté que comenzaba a tener hambre. Recordé como a mi anfitrión le gustaban así que me agregué a la cola de espera.

Mientras hacía la espera, repasaba en la mente los sabores. Entonces algo curioso me ocurrió. Pude recordar cual eran los gustos preferidos de mi anfitrión. Y también como eran cada uno de los sabores. Y me percaté que mi elección, basándome en su memoria, era diferente a la suya. Por lo visto, los gustos no son solo un fruto de la experiencia, dado que los recuerdos eran los mismos.

- ¡Hola! - dijo alegre la dependienta.
Creo que me había reconocido
- Un helado, por favor.
- ¿Que sabor?
Ahora tenía delante de mí más sabores de los que había recordado, así que me tomé unos segundos para dudar, tal y como hacía siempre mi anfitrión aunque él acababa casi siempre decidiendo lo mismo
- ¿Mandarina y frutas del bosque? - Sin duda me había reconocido. Aquella era una de sus elecciones preferidas. A mi anfitrión le encantaban los sabores con toque ácido.
- ¡No! Chocolate y galleta, por favor.
- Nueva mente, nuevas elecciones, ¿eh? - me dijo mientras me guiñaba el ojo
- Sí. Recién llegado. Me llamo Fast Hands, por cierto.
- Yo soy "Brighter with Clouds". Aunque aquí me llaman Klaudia. - aprecié el curioso juego de sonidos de su nombre humanizado.
Me apetecía iniciar una conversación con aquella agradable chica, pero eso habría sido entorpecer su labor. La cola tras de mí seguía creciendo.
- Aquí tienes.
- Gracias... Hasta otra.

Había recordado los sabores, pero percibirlos directamente era mucho más intenso. También el sentir la temperatura desde la lengua hasta que se perdía mi estómago. Agradecí aquel frescor ya que la temperatura subía con rapidez.

Cuando acabé aquel helado aprecié entonces la sed. Es raro que, como araña, las sensaciones de necesidades vitales eran mucho más pausadas. Supongo que nuestras reservas biológicas eran superiores y nos alimentábamos mientras descansábamos. Aplacar el cansancio corporal, que no mental, era la necesidad vital más frecuente como araña, y no la sed, el hambre o el sueño. Aquella sensación era casi nueva para mí.

Afortunadamente eran numerosas las fuentes en el parque así que pude beber hasta llenar mi estómago.

Pero al poco rato entendí que aquella ingestión excesiva tenía nuevos inconvenientes. Ese tipo de necesidad fisiológica también era nueva y la molestia comenzaba a ser creciente.

Recordé que adyacente al parque, con una entrada desde este, había un auditorio al cual nunca me había molestado en entrar. Solía ser de pago y no había resultado de suficiente interés para mi anfitrión. Aquello carecía de importancia en este momento y necesitaba un retrete urgentemente, así que llegué en pocos minutos al lugar y localicé un servicio.

Mi anfitrión recordaba lo sucios que solían estar los servicios en lugares públicos y masificados, así que intentaba evitarlos siempre que le fuera posible. Sin embargo aquel lugar era higiénico con olor a lejía perfumada. Incluso contaba con un tenue hilo musical.

Tras salir de allí y pasar al recibidor, me topé con gran cantidad de gente que entraba entusiasmada. Eso despertó mi curiosidad así que decidí entrar junto a los últimos, quedándome lo más cerca posible de la salida para molestar lo mínimo posible si finalmente decidía que aquello no merecía mi tiempo.

Aquel lugar me sorprendió. Por dentro daba la sensación de ser mucho más grande de lo que aparentaba desde el exterior. Quizás porque jugaba con la percepción. El auditorio se hundía hacia el subsuelo, quizás ganando una planta o dos. Era semicircular y con un techo abovedado, pero con superficies irregulares incrustadas con formas que parecía caprichosas pero que sospechaba estaban perfectamente calculadas para reflejar el sonido y mejorar su audición.

En el último segundo, cuando ya había cerrado las puertas, una persona más entró con evidente agitación y se sentó a mi lado.

Por fin estaban todos en su sitio. Una pequeña orquesta se preparaba para comenzar. Redujeron la luz del ambiente salvo la dirigida a los intérpretes.

No estaba preparado para aquello. Había recordado la música en sus recuerdos. Pero si había sido diferente recordar un sabor y realmente percibirlo, con la música la diferencia era asombrosa. Su cerebro podía recordar melodías, pero la interpretación tenía tal intensidad que era imposible retenerla tal cual.
De hecho, aquella melodía me resultaba imposible de recordar. Lo único que pude obtener de mi memoria era "música clásica". Aunque la verdad, tampoco me importaba demasiado.

Llegué a perder la noción del tiempo. Me sorprendí a mí mismo tan emocionado como para derramar una lágrima. Instintívamente me sentí algo ridículo, pero miré a los ojos de los demás y ví que no era algo que solo me pasara a mí.

Me descubrí a mí mismo sujetando férreamente los brazos de mi asiento. Las arañas podemos oir del aire de forma muy limitada, pero nuestros dedos tienen una sensibilidad sublime. Podemos percibir el sonido de los sólidos como caricias en ellos.

Intenté sin éxito sentir los sonidos con aquellos gruesos dedos humanos. Pero no importaba. Mis oidos eran maravillosos.

Cuando por fín acabó, los espectadores estallaron al unísono con un estruendoso aplauso.

- ¿Su primera vez? - preguntó mi acompañante, el hombre que había entrado tarde.
Asentí.
- Ha sido maravilloso
- Songs of the Caves - me tendió la mano
- Fast Hands - dije mientras se la estreché
- ¿Araña?
- Sí
- Ahhh... Muchos aquí somos murciélagos. La música era una constante en nuestra vida y la echamos de menos. Ha sido todo un descubrimiento la forma en que los humanos la usan.
- Oh, sí. Es maravilloso. Lo más parecido para nosotros eran los Edificios Aullantes.
- ¿El qué?
- ¿No conoce los Edificios Aullantes de las arañas?
- No. Suena interesante.
- Normalmente la gente cree que las arañas no tenemos emociones. Bueno... las arañas casi no tienen emociones, pero las almas sí. Y las arañas insertadas necesitamos emociones de vez en cuando para sentirnos plenas.
- Ajá - dijo mi acompañante para demostrarme que seguía atento.
- Los que vivíamos allí varias vidas inventamos una forma para sentir la música. Son edificios con galerías construidas para vibrar con el viento que se movía al calentarse el aire en las paredes exteriores. Movíamos puertas al unísono, para cambiar los sonidos que producía el aire a circular por el edificio, como una orquesta usando un órgano gigante.
- Vaya. ¿Como es que nunca había oido nada sobre ello?
- Bueno... No son muy conocidos. Fue un invento reciente y muy pocos mostraron curiosidad sobre ellos. No me extrañaría que muchas arañas tampoco hayan oido sobre ellos. Con más razón los que no lo han sido nunca. Los sonidos generaban vibraciones en las paredes con patrones matemáticos que sentíamos como bellos. Lo percibíamos por los dedos, así que la gente nunca lo consideró música, pero lo era para nosotros. Aunque reconozco que esto es muy diferente. Mucho más intenso.
- Sí. Es curioso. Como murciélagos, nuestra música era más compleja. Pero ahora, con este cuerpo humano, hasta sus canciones más repetitivas logran emocionarnos.
- No me han parecido repetitivas.
- Sí. La música clásica es más rica y compleja en mi opinión. Ahora comienzan con las canciones contemporáneas. No se por qué, pero a los jóvenes les entusiasma más estas otras.

Justo en ese momento, habían hecho algunos cambios y comenzaban a tocar de nuevo.

En efecto, estas nuevas canciones eran conocidas, al menos en su melodía, para mi anfitrión. Aunque recordaba que las canciones eran interpretadas con otros estilos. Ahora lo tocaban igualmente casi con los mismos instrumentos que antes, haciendo melodías bastante bellas, aunque como Songs of the Caves dijo, bastante repetitivas en esencia.

A diferencia de antes, estas canciones eran cortas y cubrían apenas unos minutos cada una. Las primeras solo se interpretaron con la misma orquesta de antes, seguidas de aplausos aunque no tan entusiastas como la primera vez. Finalmente hicieron una pausa mientras retiraban los instrumentos.

- Ahora lo harán en coro.
- ¿Solo voces?
- Sí. A veces agregan algo de percusión o algún instrumento, pero principalmente solo con voz.
- ¿Y qué tal?
- Pronto me dirás tu opinión.
- Desde tu experiencia de murciélago...
- Hombre... Lo nuestro era diferente. Instintivo. Lo más parecido con los humanos son los musicales. Hablábamos y cantábamos a la vez. Pero claro, ellos no tienen la fluidez necesaria para vivir en un musical constante e improvisado.
- Vaya... Suena... muy... - no encontraba las palabras adecuadas - ¿musical?
Ambos nos reimos contenidamente de mi torpe y evidente apreciación.

Los coros comenzaron a cantar. Al igual que antes, las canciones me resultaron conocidas y de estilo moderno, aunque de diferente estilo cantadas en coro.
La mayoría de canciones tenía un transfondo emocional, muchas veces relacionado con alguna pareja. Una canción me llamó la atención porque su letra, que hablaba de fuego y de una montaña. Era curioso ver como algunas letras confusas llevaban a la mente humana a imaginar cosas diferentes. Aunque estaba seguro que esa letra no hablaba de ello, recreaba el Mundo del Fuego con su letra.

En algunas canciones, uno o dos intérpretes se adelantaban para ser los cantantes principales, mientras el resto se dedicaban a hacer los coros de acompañamiento. Muchas canciones trataban sobre un romanticismo que me era ajeno. Yo no sabía nada sobre ello, y si trataba de usar los recuerdos de mi anfitrión me retraía a su juventud, sobre experiencias que acabaron mal. Aún así, por la cantidad de canciones que relataban, era claro que eran muy importante para los humanos.

En una canción, mucho menos seria, la pareja principal desarrollaban una canción simulando una conversación y luego iban entrelazándose hasta acabar cantando maravillosamente a coro. Me fijé en mi acompañante, y confirmé que estaba especialmente emocionado. Era lo más parecido a un musical que habíamos podido disfrutar hasta ahora.

La pareja repitió con otra canción. En esta ocasión algunos miembros del coro cambiaron por unos violinistas. Esta canción era muy repetitiva, pero aún así hermosa, donde una pareja declaraban un amor de mil años. Algo que, pensado racionalmente no tiene ningún sentido dado el limitado ciclo vital humano. Con ellos, por lo visto, todo es así. Exageradamente emocional.

En la última canción en coro, agregaron algunos instrumentos de percusión. Los cantantes se intercambiaban el turno. Todos iban cantando un trozo como cantantes principales en una lengua que me resultaba desconocida, con unos acordes que me recordaron tonos africanos, mientras el resto hacían el coro con una letra que se repetía constantemente.

Al acabar, retornaron los aplausos, más fuertes y constantes, como despedida, mientras las luces recuperaron la intensidad previa al comienzo. Todos los participantes, tanto músicos de orquesta como los coristas se agruparon y saludaron, aumentando el ruido de los aplausos, que se apagaron poco a poco a lo largo de un minuto.

- ¿Y bien? ¿Te ha gustado?
- Creo que me voy a aficionar a esto - repliqué como afirmación
- Entonces supongo que volveremos a coincidir. Yo no me voy a quedar al debate.
- ¿Debate?
- Sí. Es lo que suelen hacer ahora. Debaten sobre algún tema y luego votan sobre él.
- ¿Hemos adoptado la democracia?
- No, claro. Seguimos usando expertos en los temas importantes, como en los demás mundos. Sin embargo, dado que como humanos nos tomamos todas las cosas demasiado a pecho es muy importante para ellos saber cual es la opinión. Rara vez realizan una decisión en contra de la mayoría, y si disienten prefieren antes convencernos con sus argumentos que forzar el cambio sin apoyo.

Pensé un momento en ello. Normalmente no es necesario tomar decisiones colectivas, porque la mayor parte de decisiones es una cosa individual, y las actividades se realizan voluntariamente buscando colaboradores. Sin embargo, de vez en cuando, hay que tomar decisiones que afectan a todos inevitablemente. En esas ocasiones, solíamos recurrir a gente con amplia experiencia en estos temas y delegábamos en ellos con la confianza de que su decisión sería la mejor que podríamos obtener. Cuando el tema era complejo, se formaba un conjunto de expertos. A veces, la decisión, por la cuestión que sea, era opinable así que esos expertos recurrían a la opinión de la gente para zanjar la cuestión.

Pero mi acompañante podía tener razón. Aquí las emociones pueden sobrepasar la lógica, así que es normal que se buscara conocer la opinión en tantos temas como fuera posible.

- En fin. Ya nos veremos. Ha sido un placer.
- Igualmente.

Un montón de gente se arremolinaba en la zona central del auditorio montando unas mesas portátiles. En un par de minutos estaba todo montado. Mucha gente entraba y salía. Noté como cambiaba el patrón de la gente. Más jóvenes salían y gente con más edad tomaba el lugar. Fuera lo que fuera, parece que el tema resultaba más interesente para la gente con más años.

- Señores. Es para mí un placer moderar este debate. Hoy el tema será la tecnología humana. Tenemos con nosotros con tres personas que nos mostrarán diferentes puntos de vista...

Despues de haber estado disfrutando de la música, realmente esto me pareció muy aburrido. Perdí rápidamente el interés, a pesar de interesarme tanto la tecnología humana. Aproveché el ambiente relajado y la mejor iluminación para retomar mi guía mientras que de vez en cuando escuchaba un poco.

- En todos los mundos hemos adoptado la tecnología de nuestros anfitriones. Introducir nuestra tecnología más allá de lo imprescindible arruinaría la experiencia de ser humano.
- Ninguna civilización antes había sido colonizada en medio de un progreso tecnológico exponencial. La experiencia humana era de progreso. Al bloquear su nivel tecnológico estamos arruinando su experiencia.
- Pero no podemos negar el hecho de que su tecnología estaba destruyendo el planeta.
- Nadie dice que debamos usar la tecnología como ellos hacían sino como deberían haber hecho si hubieran sido responsables.
...

El debate se eternizaba alrededor de las tres posiciones prefijadas. Uno de los participantes abogaba por congelar la tecnología humana al nivel actual. Otro apoyaba un lento progreso en consonancia a lo que podría haber sido una tecnología humana responsable evitando en lo posible usar nuestra tecnología. El último opinaba que debía usarse tanto sus conocimientos como los nuestros para hacer realidad tantos sueños humanos como fueran posibles, incluyendo viajes espaciales como humanos, ciudades submarinas, usar robots masivamente y cosas así.

El trato entre los participantes era exquisito. Podía recordar los debates humanos antes de nosotros cuando los oradores recurrían fácilmente al ataque personal muchas veces disimulado de broma y chascarrillo fácil. Sin embargo la pasión no era diferente. Pero los argumentos se volvían muy repetitivos y era fácil perder el interés.

Me dí cuenta que llevaba allí bastante tiempo y el hambre volvía a hacer acto de presencia. A fin de cuentas, un helado no era una gran comida, así que opté por no esperar más y salí silenciosamente antes de acabar.

Ahora el sol estaba en un punto bastante alto. Sabía que me quedaba algo de distancia hasta casa y decidí comer fuera. Recordé un restaurante que usaba muy de vez en cuando. Tenía un cocinero excepcional conocido por su reputación. Era un sitio muy caro, pero exquisito. Y gracias a mi trabajo podía permitirme ese lujo de vez en cuando. De hecho, mi limitante para no ir más a menudo solía ser el tiempo y mi obsesión por mi trabajo que hasta completaba en casa por mi cuenta, razón por la cual demasiadas veces malcomía en casa haciendo un sandwich rápido o alguna otra cosa fácil de cocinar y limpiar.

Pero ahora yo no tenía prisa alguna. Tampoco tenía que pensar en el dinero. Esperaba que con un poco de suerte el sitio no hubiera cerrado y conservara a ese magnífico cocinero aunque ahora no fuera la misma persona que solía ser.

Cuando llegué, noté que el sitio tenía muchas más mesas de las que solía y todas estaban llenas. Una amable chica que no recordaba, vestida de traje se acercó.

- Buenos días. ¿Puedo ayudarle?
- ¿Hay sitio libre para comer?
- ¿Tenía cita reservada?
- No.
La chica no puede evitar una pequeña risa contenida.
- Tenemos reservas para más de una semana.
- ¡Oh! - ciertamente no me lo esperaba. No había caido en la cuenta que en su día, yo era un privilegiado que tenía acceso a algo que quedaba fuera del alcance de la mayoría. Ahora ya no era especial.
- ¿Desea apuntarse?
- No, no importa. Gracias.
- No hay de qué - dijo mientras volvía al lugar inicial.

Busqué en otros restaurantes, con idéntico resultado. En el último no pude evitar preguntar.
- Disculpe. En todos los sitios he obtenido una respuesta parecida. ¿Hay algún sitio que normalmente tenga sitio libre por aquí?
- Los autoservicios son grandes. Normalmente allí siempre hay sitio libre.
Amablemente me acompañó a la puerta.
- Mire... Allí, al final de la calle, al otro lado de la carretera hay uno.
- ¡Muchas gracias!

Nunca había pensado demasiado en ello. Había pensado que la mayoría no iba de restaurante porque le gustaba estar en casa. No había caído en la cuenta que mucha gente no iba con la frecuencia que le gustaría símplemente porque no tenía suficiente dinero. Ahora, sin tener en cuenta el poder adquisitivo, la gente hacía uso de estos en base a su disponibilidad. Imagino que, por el sentido de la responsabilidad, no lo demandarían ilimitadamente pues eso supondría que las listas crecerían sin límite bloqueándose los unos a los otros. Seguramente en la guía había algún punto donde lo explicaría. Definitivamente necesitaba leerla con calma.

Cuando llegué aprecié porqué sitios como este no se llenaban. Era tan grande como una planta entera, con mesas largas compartidas. Tal y como recordaba mi anfitrión era un comedor igual que los que hacía uso de estudiante, muchos años atrás.

Como los demás, cogí una bandeja del montón limpio, cubiernos y en fila esperé mi turno para llegar a la zona de comida. Era muy variada. Escogí una comida ligera de ensalada y pasta. Y ¡helado!. En un congelador con tapa transparente pude ver los sabores. Chocolate y vainilla.

Había mucho sitio libre para sentarse. Sentí nuevamente el instinto de mi anfitrión para evitar a los demás y me senté en una mesa que estaba casi libre, sentándome al lado apuesto de donde había un poco de gente. La mayoría conversaba animadamente en pequeños grupos de dos a cuatro personas.

- ¡Hola! - llegó un hombre de una edad similar a la mía, que se sentó enfrente.
- Eh. Hola - seguí comiendo concentrado en mi plato.
- ¿Eres de por aquí? Yo me acabo de trasladar y no conozco a nadie. - continuó intentando iniciar una conversación.
- Yo estoy recién insertado. Es mi primer día.
- ¿Aún hay salvajes por ahí? ¡Vaya! - dijo claramente sorprendido
- Sí. Estaba escondido en su casa. De hecho está a poca distancia de aquí.
Noté que se asustó y se estremeció. Descubrir que hay salvajes escondidos en tu propio barrio debía ser chocante.
- Por lo que me dijeron en el hospital, hacía meses que no descubrían a un salvaje en toda la ciudad - agregué intentando tranquilizarle - Estaba solo.
- Vaya. Eso es toda una historia.
- Sí. Mi anfitrión estaba un poco loco. Se quedó sabiendo que le estábamos rodeando, solo para saber más de nosotros.
Me miró con los ojos muy abiertos con gesto de incredulidad.
- Cuando se le acabó la comida se entregó sin resistencia.
- Eso es... muy raro.
- Así es él. Espero que no se me pegue su forma de ser.
Carcajeó.
- ¡Hola Sunday! - interrumpió saludando a una de las trabajadoras del comedor que llevaba un carrito cerca de nosotros. Le devolvió un saludo discreto y una sonrisa.
- ¿No decías que no conocías a nadie?
- Al menos así era esta mañana - volvió a reir solo. No pude evitar sonreir.
- Por cierto, soy Fast Hands. - dije levantando un momento la mano, a modo de saludo indio y retomé mis cubiertos para seguir comiendo.
- Aquí me llaman Mike.
-¡Hola Mike! - dijo otro trabajador que pasaba con nuevos recipientes de comida para rellenar el autoservicio.
- Yo diría que te conoce todo el mundo.
- Ellos no cuentan. Me he presentado esta mañana. Es que voy a trabajar aquí una temporada. Soy un "rotador".
- ¿Rotador? - dije extrañado. Juraría que esa palabra ni siquiera existe en este idioma.
- Sí... Los que cambiamos de oficio con frecuencia.
Le devolví una mirada de extrañeza. Nunca había oído hablar de algo así.
- Los trabajos repetitivos y manuales son tediosos para la mayoría. Si los haces mucho tiempo suelen ser aburridos así que cambiamos mucho para que sean más interesantes hasta que encontramos uno que sea necesario y nos guste de verdad y nos especializamos.
- ¡Ah! Como los nómadas de mundos.
- Sí, bueno... algo así. Pero espero que no necesite más de una vida humana para encontrar un oficio que me guste - rió una vez más.
- Por cierto... he oido un rumor de que va a llegar a este mundo un nómada que ha estado en Origen y que lleva vagando por seis... otros dicen que en siete mundos.
- ¡Vaya! Eso sí que son experiencias. - dije con sorpresa, mientras devoraba mi lechuga.
- Sí. Creo que es la misma que ví una vez en el Planeta de las Nieblas. Era famosa por una anécdota...

Era claro que este hombre disfrutaba contando anécdotas. Me contó una historia poco creible sobre esta alma cabalgando una de las bestias con garras del Planeta de las Nieblas.

- ¿Has sido un alga?
- ... La verdad es que sí. Después de ser oso. ¿Porque lo dices?
- Por tu forma de contar historias.
Esta vez le arranqué una carcajada sonora.
- Sí. De los osos acabé hasta las narices del frio. Y en el de las algas me morí de aburrimiento. Tuve un ciclo vital larguíiiiisimo. Mucho más de lo habitual. Espero que a la tercera acierte de una vez.
- O puedes seguir intentándolo y hacer tu propia leyenda como nómada.
- ¡Oye!... Pues no es mala idea. Pero este planeta ofrece muchas oportunidades. Creo que me voy a quedar aquí unos cuantos ciclos vitales, hasta que le saque todo el jugo. Pero cuando llegue el invierno me voy a trasladar más al sur. ¡Demasiado frío!

Una furgoneta paró a la entrada y tocó el claxon. La mitad de los trabajadores salieron caminando rápido a descargarlo.
- Voy a echarles una mano.
Se levantó con el plato acabado y el postre sin empezar. Otra gente de las mesas se levantó igualmente para ayudar y descargaron el camión en menos de dos minutos. Recordé lo que me dijo el sanador sobre los humanos trabajando juntos al unísono y me trajo recuerdos de las arañas sincronizadas construyendo estructuras.

Mi acompañante regresó y continuó con su comida.
- Entre todos es más fácil y rápido. - dijo en relación a la descarga.
Comencé mi postre
- ¡Helado! Brrr... - Mike hizo un gracioso y fingido escalofrío.
- Me encanta.
- Me quedo con la fruta. ¡Que gama de sabores! No sabes lo que lo agradezco despues de las insulsas aguas de las algas.
- Me habían contado que eran aromáticas.
- ¿Con sabor? ... Sí. Pero nada comparable a esto. - dijo mientras le dió un mordisco a su manzana. - Mmmm... Que le den al agua con sabor. Esto es vida.
No pude evitar sonreir a su simpática actitud.
- ¿Y tú, qué? ¿De donde vienes?
- El Planeta de las Arañas
- Ah. Los comentarios que he oido no son muy positivos.
- Ya. A muchas almas no les gusta demasiado. Pero a mí me agradó.
- Entonces, ¿por qué cambiaste?
- Bueno... Varias cosas. Podía aprender cosas nuevas... y sí, creo que echaba en falta algo más de emoción.
Con labios prietos hizo una extraña mueca de aprobación y agitó la cabeza dándome la razón.
- Y su comida, ¿que tal? - dijo mientras seguía con entusiasmo mordiendo su manzana.
- No sabes mucho sobre la nutrición de las arañas, ¿verdad? - me arrepentí de decir eso... podía haber sonado ofensivo.
- Por eso pregunto - dijo sin molestarse
- Las arañas normalmente nos nutrimos mediante sacos que construimos. Los sacos están conectados al sistema de nutrición colectivo. Así nos alimentamos, bebemos, comemos, expulsamos residuos, todo a la vez, mientras descansamos nuestros cuerpos. Es muy productivo.
- Eso cuadra con lo que dicen de la efectividad de las arañas - dijo mirando hacia arriba, como fingiendo una gran concentración mental. - Pero suena muy monótono.
Encogí los hombros.
Llenó su vaso y lo levantó.
- Un brindis entonces- le seguí el juego
- Por una interesante y fructífera vida como humanos.
- Larga y próspera vida - contesté yo.
Y chocamos los vasos.

- Bueno... Va siendo hora que llegue a casa... ¡Por primera vez! - dije mientras me levanté.
- Pues que sea todo bien. Hasta la próxima. - dijo levantando de nuevo el vaso de agua.

Llevé mi bandeja a los puestos de limpieza y salí. Ahora me orientaba mejor, y sabía por donde debía ir perfectamente para llegar a mi casa.

Por fín llegué. Tal y como recordaba. Una casa media que no destacaba especialmente. Quizás demasiado grande para mí, ya que era una casa familiar. Dos pisos, de madera.

Una sensación de confort me invadió. Debía ser esa sensación que dicen de sentirse en el hogar. Visité una por una las habitaciones. Mi anfitrión hacía mucho que no las veía con la luz del día. Estaban llenas de polvo, de la falta de limpieza. El aire estaba cargado. Abrí las ventanas para ventilar por fín en lugar.

Subí a la planta de arriba, donde ví el salón donde fue localizado. Aún estaban encima de la mesa el vaso y la botella vacía y el armario del mueble bar abierto. Los recuerdos regresaron sorprendiéndome una vez más su actitud.

Visité mi antigua habitación. Hacía tiempo que había echado de menos aquella cama, al cambiarla por el cuchitril del refugio escondido. Dediqué buena parte del tiempo limpiando la casa, lavando la ropa, haciendo tareas varias y refrescando mi memoria rememorando experiencias pasadas. Finalmente el cansancio se apoderó de mí. Caí en la cuenta que había despertado fuera del horario normal y que me costaría retomar el horario que debería adoptar con mi labor en el laboratorio. Intenté estirar la jornada y finalmente, al límite de mis fuerzas, preparé la ropa del día siguiente y me preparé para una larga noche.

Había sido un primer día fantástico. Había visto bebés como quizás nunca más haría. Había visto los colores, probado sabores, percibido los cambios de temperatura, sentido como una planta, oido música casi tan hermosa como los murciélagos, conocido gente interesante...
Y ahora iba a soñar... Este era un buen lugar para vivir.


Nota del autor:

Para la música, me inspiré en el canal de Youtube de Peter Hollens.
El "amor de mil años" es obviamente "Thousand Years" que es un giño a la banda sonora de Crepúsculo de Stephanie Meyer...Como curiosidad, la del mundo del fuego es "I see Fire" y la de ritmos africanos "Baba yetu".