Capítulo 3º.- El más amargo de los recuerdos
Atardecía cuando Emma llegó al poblado del clan que la había acogido tantos años atrás. La nieve, que había vuelto a caer durante la semana que había durado su viaje, cubría los tejados bajos e inclinados de las cabañas y el suelo en un manto que día tras día se volvía más espeso. Dada la hora y la época del año, en el exterior solo se encontraban un puñado de hombres y mujeres, los guerreros del clan, que montaban guardia en torno a una gran hoguera, envueltos en gruesas pieles para protegerse del frío. Se volvieron hacia ella cuando penetró el perímetro del poblado y cuando la reconocieron, la saludaron e invitaron a unirse a ellos en torno al fuego, pero Emma declinó la oferta después de desmontar.
—Gracias, pero creo que me sacaré el frío en la casa de Redra —comentó tras devolverles el saludo.
—El sur te ha ablandado, Cidre —dijo uno de los hombres, la cabeza cubierta por una piel de oso.
Cidre, hacia tiempo que nadie la llamaba así, ni siquiera Drij, que se había acostumbrado a llamarla por su nombre. La palabra significaba «cisne» en la lengua del norte y se lo habían puesto en referencia al cisne negro que llevaba tatuado alrededor del hombro derecho, el brazo de la espada.
—Difícilmente, Brej —rió Emma—. Las Tierras del Invierno no están mucho más al sur que esto.
—Pero allí tenéis grandes chimeneas y gruesos muros. Suficiente para hacerte olvidar el verdadero frío —insistió Brej y el resto de sus compañeros asintieron.
—Creo que habéis olvidado quién reina en ese palacio. —Emma sonrió de medio lado.
—No lo han olvidado, Cidre —dijo una voz familiar a su espalda—, pero saben también que tienes quien caliente tu cama por las noches.
—Redra… —Emma sacudió la cabeza y se volvió hacia el hombre entrado ya en años que era el jefe de aquel clan y también el padre de Drij, quien la había acogido en su familia hacía diez años—. Tan chismosos como siempre, entonces. —Rió y tras pasar las riendas de su caballo a unos de los guerreros, se acercó a Redra, que la aguardaba a unos pasos de su cabaña.
—Ya nos conoces, hay poco que hacer durante las largas horas de las noches invernales, salvo hablar y contarnos los último cotilleos. —Redra sonreía y abrió los brazos para recibirla en un estrecho y cálido abrazo, un abrazo como el que un padre le daría a su propia hija. Emma lo devolvió con la misma fuerza.
—Al menos espero que el nombre de la persona que «calienta» mi cama por las noches no sea de dominio público —comentó la rubia al deshacer el abrazo y echar a andar hacia la cabaña.
—Tu secreto está a salvo con tu familia, Cidre. —Le aseguró Redra entrando en la cabaña circular.
Emma asintió complacida; no era un secreto para los miembros del clan que tenía a alguien especial en el Palacio de Invierno, pero las únicas personas que sabían realmente quién era eran Redra y su familia y era así como ella quería que siguieran las cosas.
Una agradable oleada de calor le golpeó en la cara al cruzar la puerta de madera y la piel que colgaba tras ella para ayudar a mantener mejor el frío a raya. En el centro de la única habitación de la que se componía la cabaña ardía un buen fuego, sobre el que pendía un caldero en el que se estaba cocinando la cena, atendida por una mujer de edad similar a la Redra y que compartía con Drij muchas de sus facciones y el color azul de sus ojos.
—Ídrij —Emma saludó a la mujer con una sonrisa cálida y sincera en sus labios.
—Cidre, te hemos echado de menos, a ti y a Drij —dijo la mujer abandonado su puesto junto al fuego y yendo a abrazar a Emma.
—Os traigo sus recuerdos y sus mejores deseos —contestó Emma, devolviendo el abrazo—. Lamento que no esté aquí con nosotros, pero la necesito allí, es la única persona a la que puedo confiarle la seguridad de la reina. —Se disculpó y acompañó a la pareja de vuelta al centro de la cabaña y el fuego, donde tomaron asiento en unos grandes cojines forrados de piel de oso y reno.
—Lo entendemos —Redra asintió.
—Ya, pero…
—No más disculpas, niña —la cortó Ídrij con una sonrisa bailando en sus labios.
Emma asintió. Aquellas personas eran de las pocas en la vida de la general que la hacían sentir la necesidad de pedir perdón por no poder dar cumplimiento a uno de sus deseos, ver a su hija de nuevo. Dejó escapar un quedo suspiro y tomó el cuenco de barro que Redra le tendía, en su interior humeaba sidra caliente, un pequeño lujo en aquellas latitudes solo reservado para ocasiones especiales.
—¿Está preparado el Cónclave para oírme? —preguntó tras dar un sorbo que le calentó todo el cuerpo.
El Cónclave era el nombre que recibía la reunión de jefes de todos los clanes de las Tierras del Norte. Normalmente se celebraba dos veces al año: en el solsticio de verano y el solsticio de invierno, pero también se podía convocar de manera extraordinaria, si se necesitaba tomar alguna decisión que atañese a todos los clanes.
—Lo está. Mañana Redrud y Ádrad vendrán a primera hora y nos acompañarán hasta las Piedras Azules para reunirnos con el Cónclave —contestó Redra.
—Perfecto. Tengo ganas de verlos a ellos también.
Redrud y Ádrad eran los hermanos mayores de Drij; casados y con sus propios hijos, vivían entre los clanes de sus esposas, como era tradición para los hijos de los jefes de clanes; solo regresarían si el clan votaba por ello a la muerte de su padre, eligiendo a uno de los dos como nuevo jefe, ya que el puesto no era hereditario, sino que exigía que los cazadores y guerreros del clan eligiesen y votasen por un nuevo líder. Emma había compartido cacerías, malos y buenos momentos con ellos también, y como Drij, los consideraba como hermanos.
—Ellos sienten lo mismo —sonrió Redra—. En cuento al Cónclave, será un mero trámite, más que nada para mantener la tradición, porque la decisión ya está tomada. Los clanes se unirán al ejército de tu reina. Sus guerreros y guerreras.
Emma asintió y sonrió, eso eran más que buenas noticias. Sabía que tras su última visita las cosas habían quedado casi decididas a su favor y el de la reina, pero uno nunca podía estar seguro de que todo fuese a seguir el curso establecido. En cualquier caso, parecía que esta vez los espíritus estaban de su parte. El discurso que ella y Regina habían preparado para convencer a los jefes de los clanes parecía haber calado hondo en estos.
—Bien, suficiente ya de hablar de esto —Ídrij sacudió la cabeza—. La cena ya está casi lista. Cuéntanos cómo van las cosas para ti y Drij en ese lugar, hm, y háblanos de nuevo de esa reina tuya, ¿mantiene tus noches calientes, Cidre?
Emma sonrió divertida esta vez, uno podía entender mal aquel tipo de pregunta e interpretarla de la forma errónea, pero para la gente de las Tierras del Norte tenía un significado mucho más inocente, metafórico e importante. Lo que Ídrij le estaba preguntando era que si Regina calentaba su corazón y la hacía feliz incluso en el más frío de los inviernos.
—Sí, con ella a mi lado las noches son cálidas como el verano del sur —contestó y tras la aprobadora sonrisa de la mujer, pasó a hablarles de sus días y los de Drij en el palacio.
Parecía que el invierno se había adelantado ese año, eso era lo que Regina pensaba, mientras veía caer la nieve a través de los ventanales de la sala donde el consejo de guerra se reunía. El sol no ya no tardaría en ponerse y la oscuridad de la noche sin luna reinaría de nuevo sobre el mundo. Era el decimoquinto día desde la partida de Emma hacia las tierras de los clanes y era en momentos como aquel, cuando tenía que soportar las interminables discusiones sobre táctica, estrategia, tropas y provisiones, que la reina echaba en falta a su general. Emma tenía la paciencia necesaria para lidiar con sus subordinados, paciencia de la que Regina carecía. No es que no entendiera de las cosas que sus capitanes discutían, simplemente era que la aburrían sobremanera. Normalmente era su general quien hablaba por ella en aquellas reuniones, pues Regina confiaba plenamente en la capacidad, habilidad y astucia que Emma tenía para los asuntos relacionados con la guerra y las batallas que estaban por venir. Era algo de lo que sus antiguos generales habían carecido, un talento que la rubia había cultivado en tiempos de paz leyendo una gran cantidad de libros sobre el tema y confiando en un instinto que siempre le había servido bien.
Emma se había convertido en su principal estratega para la guerra que la próxima primavera comenzarían, suyos eran la mayoría de los planes que habían desarrollado en anteriores reuniones como aquella y en su ausencia, lo más que hacían sus capitanes era discutir sobre lo ya tratado, afinar ciertos aspectos y apuntar posibles asuntos que tratar en futuros encuentros.
Regina dejó escapar un quedo suspiro y vio por el rabillo del ojo la media sonrisa de Drij. La hermana de caza de Emma estaba disfrutando un poco más de lo que gustaba su aburrimiento. Le dirigió una dura mirada que borró la sonrisa de su rostro y la devolvió al de Regina. La cazadora no era tan atrevida con ella cuando Emma no estaba en el palacio, consciente de que su hermana era la única capaz de frenar la mano de la reina.
Lo cierto era que Regina echaba en falta a Emma por más motivos que el hecho de tener que asistir a estas reuniones, pero jamás los admitiría en voz alta, salvo quizás a la propia interesada en la privacidad de sus habitaciones. La mujer había conseguido algo casi imposible, traspasar todas y cada una de las murallas que Regina había erigido en torno a su corazón. Tras la muerte de Daniel y su camino hacia el poder y la venganza, jamás pensó que volvería a enamorarse o a permitirse enamorarse de alguien, las palabras de su propia madre y su pasado eran algo difícil de dejar atrás, pero Emma se había hecho un sitio en su corazón lenta y sutilmente. Quizás era el odio que compartían hacia Snow White o el pasado igualmente trágico de la rubia lo que las había inclinado a acercarse cada vez más y más. Pero lo que había empezado como simple deseo y lujuria, había ido evolucionando hacia algo mucho más profundo. Si Regina volviese a creer en el Amor Verdadero alguna vez, admitiría que Emma bien podría ser el suyo. Y su final feliz estaba cada vez más cerca.
Sacudió la cabeza, volviendo al presente, la luz de la tarde moría tras los ventanales y ella había alcanzado su límite por aquel día. Carraspeó atrayendo la atención de los hombres y mujeres alrededor de la mesa redonda a la que estaban sentados y silenciando a la persona que estaba hablando en ese momento.
—¿Majestad? —inquirió Lancelot.
Cómo había conseguido Emma convencer al mejor caballero de Camelot de unirse a su causa, era una pregunta que casi todo el palacio se seguía haciendo. Regina también se lo había preguntado el día en que ambos entraron a palacio juntos. Como respuesta, Emma le dijo que Lancelot deseaba regresar a su propio mundo y que para ello necesitaría magia, así que le había ofrecido un trato: si se unía al ejército de Regina en aquella guerra, cuando todo terminara, buscarían la forma de enviarlo de vuelta a casa con el poder de la reina y el suyo propio. Parecía un trato justo, pero Regina estaba segura de que tenía que haber algo más, porque Lancelot había sido uno de los más leales aliados de Snow White y James en el pasado. Sin embargo, ni Emma ni el caballero dijeron más, fuera lo que fuese, era algo que quedaría entre ambos.
—Creo que hoy por es suficiente. En cualquier caso, hasta que la general Swan no regrese con noticias de los clanes de las Tierras del Norte, no hay mucho más que añadir a nuestros planes. ¿No creéis?
Una sucesión de «sí» y asentimientos dieron por zanjada la cuestión y la reunión, tampoco es que ninguno de los presentes fuese a desafiarla abiertamente oponiéndose a sus deseos, solo había una persona en todo el Reino del Invierno que podía hacer algo así y no morir fulminada en el intento, pero no se encontraba en palacio.
Regina, seguida de Drij, fue la primera en abandonar la sala. Dirigió sus pasos hacia sus habitaciones, no tenía ganas de cenar en compañía en el comedor real, así que cuando se encontró en sus aposentos, ordenó a una de sus doncellas que les llevaran la cena allí.
—No necesito una sombra, pequeña cazadora —comentó con desdén. Aunque de pequeña Drij no tenía nada, media dos cabezas más que Regina y era notablemente más corpulenta.
—Y aún así has pedido que me traigan la cena aquí. —Drij sacudió la cabeza.
—Porque sé que gracias a tu cabezonería y a la de tu hermana, nada de lo que te diga hará que te marches. —Regina suspiró y tomó asiento a la mesa que se encontraba bajo una de las ventanas. La noche ya cubría el palacio y fanales y velas iluminaban su interior.
—Nos conoces bien —asintió Drij, sentándose frente a ella.
—Si no fuera por Emma… —masculló entre dientes.
—Sí, lo sé, ya no estaría aquí —lo dijo sin que su voz vacilara lo más mínimo, pero Regina supo ver el ligero temor en el fondo de sus ojos azules.
—Todavía piensas que cometió un error al liberarme del hielo —dijo Regina.
Pero antes de que Drij pudiera añadir nada, varias doncellas entraron para servirles la cena. Durante un rato comieron en silencio, hasta que la cazadora decidió retomar la palabra.
—No un error, pero el Hombre Sabio…
—Sí, ya me conozco esa historia. —Regina hizo un ademán con la mano, desestimando el asunto.
—No se equivocaba. Liberamos un gran mal —musitó Drij.
—Es cierto. —Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro de la reina—. Pero no será un mal que vaya contra tu gente.
—Mientras te sigamos y no nos opongamos a tus deseos.
—Eso también es cierto —asintió—. Pero no son solo mis deseos. Esta guerra es algo que tu propia hermana quiere, la razón por la que me liberó de mi prisión.
—Lo sé y es por eso por lo que yo sigo aquí, a su lado y haciendo lo que me pide. Y para asegurarme que el deseo de venganza no la consume por completo.
Regina asintió en silencio, conocía perfectamente cuáles eran las razones que mantenían a Drij en el palacio. Y era su sincera preocupación por Emma lo que le granjeaba cierto reconocimiento por parte de Regina. Eso, y que sabía que nadie más entre todos sus súbditos estaría dispuesto a sacrificar lo que hiciese falta por el bienestar de su general. Drij daría su vida por salvar la de Emma. Y viceversa. Eso Regina tampoco lo olvidaba. Emma amaba y odiaba con la misma intensidad. Era algo que había aprendido sobre su amante durante los dos años que hacían que se conocían. Si Snow White y James no la hubiesen empujado lejos de su lado, el Reino Blanco contaría ahora con una heredera al trono perfecta, dispuesta a darlo todo por su gente. Pero aquel par de idiotas habían perdido a su hija total e irrevocablemente.
—¿Y cómo la hija de Snow White puede odiar tanto a sus padres? —inquirió Regina unas horas después de haber sido liberada de su prisión de hielo.
Las tres mujeres estaban sentadas en torno a una hoguera que ardía con fuerza, la misma Emma Swan la había encendido mediante la magia que poseía, algo que Regina había anotado mentalmente sobre lo que volver más tarde; evidentemente, alguien que era considerado el fruto del Amor Verdadero estaba destinado a poseer magia, pues el Amor Verdadero era el tipo de magia más fuerte.
—Es una larga historia —masculló la rubia, arrebujándose en su capa. El fuego ardía alto y ahuyentaba bastante el frío del norte, pero era invierno, el sol se ocultaba ya tras el horizonte y las ruinas del palacio no ofrecían un gran refugio.
—La noche es larga, querida. Y si pretendes ser la primera de mis caballeros, necesito saber la verdad.
—¿Y cómo sabréis que no os estoy mintiendo? —Emma enarcó una ceja—. Todo esto bien puede ser una elaborada treta para mataros.
—Después de las molestias que te has tomado para encontrarme y liberarme, no creo que me fueras a mentir o matarme. Así que habla, no soy precisamente conocida por mi infinita paciencia, Sir Swan. —Que la joven había sido armada caballero era de lo poco que le había contado hasta el momento.
La rubia exhaló un largo suspiro que bien podría ser de resignación o para templar sus ánimos antes de enfrentarse a sus recuerdos, Regina no estaba segura. Y la otra mujer, la que se había presentado como Drij y hermana de caza de la caballero emitió un quedo gruñido, poco complacida con la demanda hecha.
—Lo siento, pero esa es una historia por la que deberéis esperar. —Fue la sorprendente respuesta de Emma Swan. Drij sonrió.
—¿A caso te has olvidado de con quién estás hablando? —espetó Regina en tono amenazador.
—No, no lo he olvidado, majestad. Pero no lo olvidéis vos tampoco. —Algo duro, frío y peligroso brilló en los ojos verde azulados de la caballero—. Las razones que me han traído hasta aquí, son mías, así como el cuándo y el con quién decida compartirlas. Podéis aceptarlo o no, pero vuestras amenazas no me asustan, así que ahorrároslas.
»No os pediré que confiéis en mí, pero podéis confiar en que no hay nada que desee más que la caída del Reino Blanco y mis padres, así que tened por seguro que haré todo lo posible por dar cumplimiento a ese deseo. Igual que vos queréis vengaros de Snow White. No encontraréis a nadie más dispuesto que yo a hacerlo realidad. Y estoy segura de que la ironía de todo esto no se os escapa, ¿verdad? El fruto del Amor Verdadero volviéndose en su contra… Bueno, os asombraría ver la hipocresía que… —Emma se cortó entonces y no añadió más.
Regina observó a la caballero en silencio un momento, hacía tiempo que nadie la desafiaba de aquella manera, que no sentía temor en su presencia y hacía caso omiso de sus amenazas. Era algo… refrescante. Y por alguna extraña razón que no atinaba a explicarse, aquella actitud desafiante de la rubia le gustaba.
—Muy bien, por el momento respetaré vuestro silencio —aceptó finalmente—. Pero más tarde o más temprano acabarás contándome esa historia.
—Ya veremos…
No fue hasta meses después, con el Palacio de Invierno reconstruido por completo gracias a la magia combinada de ambas, que Regina conoció parte de aquella historia.
Ocurrió un día de principios de verano, el nuevo Reino del Invierno aumentaba día tras día su número de súbditos y tropas, en parte gracias a los antiguos súbditos de la Reina Malvada, que todavía le eran leales después de tantos años, ya fuera por miedo o respeto, y en parte gracias al absorber y reclamar muchas de las aldeas y poblados sin señor, que habían aparecido en la zona durante aquellos veintiocho años. Era un día tranquilo, demasiado tranquilo en opinión de Regina, pues Emma no estaba ejerciendo su papel habitual de su sombra y discutiendo con ella por cualquier motivo.
La rubia se había tomado muy en serio su papel de caballero de la reina y por norma general, jamás abandonaba su lado durante el día, no importaba las veces que Regina le asegurase que era muy capaz de defenderse sola y que no necesitaba un protector continuamente. Emma siempre estaba a su lado. Por eso, aquel día la sorprendió no encontrarla a la puerta de sus aposentos con el despuntar del amanecer, como era habitual. No, a quién se encontró fue a Drij.
Cuándo le preguntó a la cazadora por el paradero de su hermana, esta se encogió de hombros y dijo no tener ni idea de a dónde habría ido Emma, aunque Regina podía ver claramente que le estaba mintiendo. Drij sabía dónde estaba la caballero y Regina no tardó mucho en sonsacarle la información, cuando no pudo aguantar más su curiosidad, aunque el motivo de su ausencia no fue revelado.
Al parecer, Emma había partido hacia algún lugar del bosque que circundaba los terrenos del palacio aquella mañana, dónde exactamente era un misterio, pero con la reluctante ayuda de Drij, finalmente dieron con ella en un promontorio de roca que se alzaba por encima de la línea de árboles y que era el primer indicio de las grandes montañas que se alzaban al norte, no muy lejos de allí.
Emma estaba sentada en el suelo tapizado de verde hierba, las piernas cruzadas y la vista perdida en el sur, una suave brisa veraniega — o lo que en el norte se entendía por veraniega — mecía sus cabellos dorados, su expresión parecía relajada, pero algo le decía a Regina que el interior de la joven era un hervidero de emociones, ninguna de ellas especialmente agradables.
—Drij… —Fue lo único que dijo al verlas coronar la cima.
—Lo siento, hermana, pero…
—Está bien. —Emma suspiró—. ¿Qué haces aquí, majestad? —inquirió sin apartar su mirada de la nada que parecía estar contemplando. Con el paso de aquellos meses, Emma había dejado a un lado el trato formal solo para cuando estaban en público.
—Dar un paseo. —Regina se encogió de hombros, no muy dispuesta a desvelar el motivo real de su presencia allí en voz alta. De todas formas, Emma debía saberlo ya.
—Sí, claro. —Una seca carcajada escapó de los labios de la caballero—. Pues pasea por otro lado. Hoy me gustaría estar sola.
—Ah —Regina cruzó los brazos sobre el pecho—, así que si tú quieres estar sola no hay problema, sin embargo yo tengo que aguantar tu presencia día sí y día también. No muy justo, querida.
—La vida raramente lo es —dijo Emma y media sonrisa asomó a sus labios.
Regina tuvo que reprimir su propia sonrisa, últimamente se encontraba en más de una ocasión queriendo responder a las de Emma con las suyas y eso no podía ser. La joven no era más que un instrumento necesario para la consecución de su venganza. O eso se repetía a sí misma.
—Bueno, mala suerte, Sir Swan, este lugar parece tranquilo y agradable. Creo que me quedaré un rato aquí. —Y dicho aquello se sentó a unos pocos centímetros de la rubia, sobre una roca plana. Afortunadamente, aquel día había optado por llevar pantalones en vez de uno de sus vestidos.
Oyó resoplar a Emma, pero la joven no se movió de donde estaba. Drij, por su parte, se quedó al borde de la cima, alerta y vigilante por si recibían alguna visita no deseada.
—A veces eres imposible —gruñó Emma.
—No más que tú, querida. Y bien, ¿por qué el deseo de soledad, princesa?
—No me llaméis así. —La vehemencia con que dijo aquello dejó claro que Regina había tocado una fibra sensible.
—Pero es lo que eres —comentó divertida e intrigada por la reacción de Emma.
—No, ya no. —Y no era resignación lo que Regina detectó en su voz, sino frialdad e indiferencia—. Soy una caballero del Reino del Invierno.
—Dudo que tus padres te hayan desheredado, querida. Probablemente todavía confían en que volverás o que alguno de ellos te encontrará. —Regina rodó los ojos recordando la frase que los idiotas tanto gustaban de repetir.
—¿Por qué insistes en ello? —Emma la miró un momento y Regina vio de nuevo aquel brillo duro y peligroso en sus ojos, pero esta vez lo ignoró, bastante segura de que no estaba dirigido contra ella.
—Porque te guste o no, es la verdad. Y porque disfruto picándote, querida, creía que de eso ya te habrías dado cuenta.
Emma sonrió, sacudió la cabeza y devolvió su mirada al horizonte. No volvió a hablar hasta pasados unos minutos.
—Mis padres nunca me armaron caballero, ¿sabes? —comenzó, la sonrisa previa desapareciendo de sus labios—, lo hizo un caballero errante poco antes de cumplir los veinte años. Para entonces ya había abandonado el palacio.
—¿Por qué un caballero errante? —Eso era nuevo y Regina mentiría si no reconociese que sentía curiosidad por el pasado de la rubia, por saber qué la había alejado de sus padres.
—Porque nadie más lo habría hecho. Mis padres me permitieron aprender esgrima y las artes de caballería, hasta que cumplí los quince años, a partir de entonces, decidieron que tales actividades no eran propias de una princesa y me prohibieron seguir con mi formación.
—¿Es por eso que…?
—¿Qué me fui y por lo que les odio tanto? —Terminó Emma por ella—. No. Eso solo fue el principio. Su primera muestra de que a pesar de su propio pasado, de sus propias luchas para tener todo lo que tenían en ese momento, yo no iba a poder disfrutar de esas libertades. El peso de la corona les ha cambiado, más de lo que imaginas. —Emma volvió a mirarla, el color de sus ojos más verde que azul, oscurecidos por el peso de amargos recuerdos, sin duda alguna.
—Quisieron marcar el camino que habrías de seguir, te quitaron la libertad para elegir tu futuro —comentó Regina, dándose cuenta de que tal vez Emma y ella tenían más en común de lo que pensaba.
—Sí, pero eso no fue lo peor. ¿Quieres saber por qué necesitaba estar sola hoy? —Regina asintió, aunque la preocupación por su caballero empezaba a ganar la batalla a su curiosidad—. Podría haber vivido con ese tipo de restricciones, haberme resignado a ello, como hice durante unos años, pero entonces me enamoré de quien no debía y me quedé embarazada…
»Hoy es su decimoprimer cumpleaños. Hoy hace once años que mis padres me arrebataron a mi hijo… El mismo día de su nacimiento. Ni siquiera pude sostenerlo en mis brazos un minuto.
Lágrimas no derramadas brillaban en los ojos de Emma, su voz aunque dura, se había entrecortado un par de veces. Y Regina, por primera vez en muchos años, se encontró sin saber qué decir. Desde luego, esa no era la Snow que recordaba de su pasado, aquella joven jamás habría apartado a un niño de su madre. Pero sabía que Emma no mentía, que su historia era real, pues podía sentir el dolor y la rabia radiar de la joven, verlo en la tensión de su cuerpo.
—¿El niño…? —No se atrevía a completar la pregunta, algo dentro de ella se había removido y empezaba a entender demasiado bien dónde provenía el profundo odio de Emma hacia sus padres.
—Sigue vivo. —Regina dejó escapar un quedo suspiro que no sabía que había retenido—. Se lo llevaron. Más tarde descubrí que se lo habían entregado a una familia humilde de una aldea a varios días a caballo de palacio.
—¿Lo has vuelto a ver?
—No. Era demasiado arriesgado. Y cuando me fui del palacio, ¿qué se supone que le iba a ofrecer a un niño de un año? ¿Una vida vagabunda en los caminos? No, al menos con esa familia tendría un tejado sobre la cabeza y comida en la mesa. Pero no hay día que no piense en él, en cómo será, si estará bien o no, si su familia le querrá tanto como yo le quiero. Cuando derrotemos a mis padres, iré por él y le contaré toda la verdad.
—¿Y el padre?
—Probablemente muerto. No lo sé. Cuando mis padres lo descubrieron, lo enviaron lejos, a luchar en una guerra distante, era soldado en palacio. Nunca más he vuelto a saber de él. Por eso creo que está muerto. Y de todas formas, no pude decirle que esperaba un hijo suyo, mis padres no lo permitieron.
Separada del hombre que amaba y del hijo que había concebido con él. Regina podía entender muy bien a Emma, los sentimientos que albergaba hacia sus padres y el deseo de verlos sufrir como ella había sufrido, como lo seguía haciendo.
—¿Sabes lo que no deja de ser irónico? Que mis padres son el mayor ejemplo de Amor Verdadero, se tienen el uno al otro y lucharon para poder estar juntos. Pero poco les importó arrebatarme a las dos personas que yo más quería… No puedo dejar de pensar en que son unos egoístas a los que la felicidad de los demás les importa poco o nada.
—Incluso cuando hubo un tiempo en que no fueron así, lo cierto es que tu madre siempre tendió a mirar más por su propia felicidad, que por la de nadie más —dijo Regina, recordando cómo Cora había descubierto el plan de huída de Daniel y ella—. Siento que tuvieras que pasar por algo así, Emma, de verdad. —Y era cierto, Regina estaba siendo completamente sincera, porque la entendía y porque Emma le había dado una nueva oportunidad de ver cumplida su venganza al liberarla del hielo.
—¿Me dejarás a solas ahora? —inquirió Emma.
—Si es lo que quieres…
—Por favor. Puede que llegue el día en que no me importe tenerte a mi lado en un día como hoy, pero todavía no ha llegado.
—Muy bien. —Regina se levantó, pero antes de marchar hacia donde Drij ya la esperaba, le hizo una última pregunta a Emma—. ¿Sabes cómo se llama tu hijo?
—Sí, aunque yo no elegí su nombre. Se llama Henry.
—Oh.
Emma enarcó una ceja interrogante al ver su expresión.
—Mi padre también se llamaba Henry. —Emma sonrió y Regina le sonrió también, por primera vez no queriendo ocultar el gesto. Por primera vez sintiéndose más cerca de su caballero.
N. d. A.: Siento que por ahora no tengáis muchos momentos SwanQueen, pero todo tiene un ritmo y ya llegaremos a ello. Al menos, ya conocéis el primer motivo del odio de Emma hacia sus padres (sip, Henry existe en esta historia, pero no será tan cansino como en la serie).
