La habitación de Rukia ya no era una habitación, era una acumulación de ropa por todas partes. No sabía qué ponerse para la fiesta de Kaien y menos después de lo que había pasado esa mañana: el beso en la clase y los que siguieron después en la azotea. Rukia sonreía solo de recordarlo, por fin el sueño de que Kaien la correspondiera se hacía realidad.

Ahora estaba más que decidida a escaparse pero tendría que arreglarse después de haber cenado con sus padres. Era una suerte que cenaran tan pronto en casa, sino no le daría tiempo. Aún así debía apurarse y decidir que ropa se pondría antes de que alguien entrara en su cuarto y viera todo ese desorden.

- ¿Una falda? No, demasiado provocativo. ¿Vaqueros? Demasiado clásico –Rukia resopló-. Que dilema.

Poco después guardó la ropa y colocó todo tal y como estaba. Ahora solo quedaba disimular durante la cena.


La mente de Byakuya daba vueltas sin parar, pensando una y otra vez en ese maldito ejercicio que se le resistía.

- Vamos a ver Byakuya –se decía a si mismo mientras volvía a escribir-, si el resultado es elevado a infinito tengo que sumar a la función anterior para que me salga pero… -volvía a intentarlo-, ¡cómo es posible que no me salga esto!

-¡Byakuya! –Gritó su madre aporreando la puerta-. ¡Te he dicho que bajes a cenar!

La mirada que Byakuya le echó a la puerta fue de un odio profundo. Si alguien le hubiera visto así en ese momento se habría alejado inmediatamente de él pero claro, su madre no podía ver a través de las puertas.

- Te he dicho –dijo con su voz grave, tranquilo pero malhumorado-, que iré cuando termine, y si tanta prisa tenéis cenar sin mí.

- ¡A mí ni se te ocurra responderme así!

Byakuya ignoró los gritos volviendo a concentrarse en ese ejercicio cuando una bombilla se iluminó en su cabeza.

- Como he podido equivocarme en algo tan estúpido –dijo escribiendo.

- ¡¿Qué dices de estúpida?

Al segundo Byakuya abrió la puerta haciendo que su madre perdiera el equilibrio ya que se había apoyado en la puerta para oír mejor lo que decía su hijo mayor. Tuvo que agarrarse al brazo de él para no caerse y quedar en ridículo.

- Vamos a cenar, madre –dijo él serio y tranquilo, como si nada hubiera pasado.

- Casi me caigo por tu culpa –dijo su madre con furia.

- No es mi culpa que seas una cotilla y estés escuchando tras la puerta –se soltó de ella y caminó hacia el comedor.

Allí ya estaban Rukia y su padre, los cuales esperaban en silencio. Rukia estaba demasiado seria pero a Byakuya aquello no le extrañó, siempre que la castigaban se ponía así. Se sentó al lado de ella y en frente de su padre.

- ¿A qué se debe el retraso? –Preguntó su padre.

- Estaba inmerso en los números, lo siento –se disculpó.

Poco después se sentó su madre algo cabreada.

- ¿Pasa algo? –Preguntó su marido.

- No, nada –dijo con ese tono tan característico de madre enfadada.

- ¿Por qué tanta prisa en cenar hoy? –Preguntó Byakuya dirigiéndose a su padre-. Siempre cenamos media hora más tarde y si alguna vez me he quedado estudiando no me habéis llamado, suele ser Rukia la que me lleva la cena.

- Tenemos que hablar contigo –dijo muy serio su padre.

- Ya, lo he imaginado –comentó irónicamente.

- Byakuya, no seas borde –dijo su madre de nuevo con un tono de voz algo más alto de lo normal.

- ¿De qué se trata? –Preguntó ya dándose por vencido.

- Se trata de tu futuro.

Byakuya siguió mirando a su padre mientras que Rukia se sorprendió. Ella creía saber de que se trataba y eso no le iba a gustar nada a su hermano.

- ¿Mi futuro?

- Así es.

- ¿Qué pasa con mi futuro?

- Como bien sabes eres mi primogénito, y por tanto mi sucesor directo. Heredarás prácticamente todo lo que pertenece a la familia Kuchiki y para ello se necesita responsabilidad y sangre fría.

- ¿Acaso no lo soy?

- Sí, y me alegra saber que toda mi franquicia estará en buenas manos contigo. Si fuera tu hermana sería un desastre, seguramente lo arruinaría todo.

- Como no… -pensó Rukia ignorando ya todo lo que dijeran sobre ella.

- Pero aún falta algo –añadió su padre.

- ¿Algo? –Preguntó Byakuya extrañado.

- Dentro de poco cumplirás los veinte años y aún no te has comprometido con nadie.

- ¿Comprometerme? –A Byakuya empezaban a cuadrarle las cosas y no le gustaba nada por donde iba esa conversación.

- Exacto. Si sigues así veo que te quedarás soltero y sin hijos, por lo que todo volvería a pasar a tu hermana y me niego a aceptarlo.

- Como bien has dicho, aún no he cumplido los veinte. Creo que tengo suficiente vida por delante como para poder casarme y tener hijos con quien yo quiera.

- No te veo por la labor, no has estado con ninguna mujer.

- No las he visto lo suficientemente capacitadas como para ser tratadas por el nombre Kuchiki.

- Más bien diría que ninguna te interesa. Hemos realizado varias reuniones en esta casa y has conocido a muchas de las hijas de mis mejores aliados. La mayoría de ellas eran educadas e inteligentes, dignas de ser la esposa de un gran hombre.

- Ya… al grano, queréis casarme con quien vosotros digáis, ¿no?

- Sí, ya que tú no haces nada por ello. Además, quiero saber con que tipo de mujer te casarás y la educación que le impartirás a tus hijos. Bien es cierto que tú has sido un hijo ejemplar, pero ello no me asegura si lo seguirás siendo.

- Me niego a aceptar esto.

- ¿Cómo has dicho?

- No voy a casarme con quien vosotros queráis. Es mi vida.

- Es el negocio familiar el que está en juego.

- Veo que valoras más tu dinero que la felicidad de tu hijo –Byakuya se levantó sin haber probado la cena-. Busca a todas las chicas que quieras, no me casaré con ninguna de ellas.

- Siéntate.

- No.

- Byakuya –dijo mirándole enfadado-. Siéntate.

- No –dijo desafiando la mirada de su padre y marchándose del comedor.

El señor Kuchiki se levantó enfurecido y siguió a su hijo. Rukia podía escuchar como ambos seguían discutiendo por el pasillo. Ella por su parte terminó de cenar en silencio y seguidamente le preguntó a su madre.

- ¿Puedo subir a mi cuarto?

- Sí –dijo su madre algo cabreada por lo que acababa de pasar.

Rukia fue a su cuarto tranquila. Lo que acababa de pasar con su hermano le daba cierta ventaja para que no la notaran nerviosa. Tenía tiempo de sobra, por lo que se preparó sin ninguna prisa, incluso dejó algunos peluches bajo las sábanas de su cama para simular que era ella la que estaba ahí. Así si alguien abría la puerta no sospecharía, lo malo sería si alguno se acercara y viera todo aquello.

Cuando dejó de oír la voz de su padre y la de su hermano, salió de su cuarto con cuidado. Pudo ver que no había nadie y todo estaba a oscuras, pero aún así decidió que sería mejor ir descalza para no hacer ruido con los tacones. Seguramente sus padres ya se habrían ido a dormir mientras que Byakuya se habría encerrado en su cuarto, algo normal después de la discusión. Rukia sabía que su hermano no se encontraría muy bien en esos momentos, pero ahora no podía hacer nada y a él le gustaba estar solo en situaciones así. Suspiró al salir de casa, no había hecho ruido y todo parecía tranquilo. Esperaba que al volver todo saliera igual de bien. Se calzó las botas y caminó hacia donde Kaien la estaba esperando, el cual al verla sonrió.

- Hola preciosa –dijo mientras rodeaba la cintura de ella con un brazo para después besarla con pasión.

Ella sonreía mientras correspondía a ese beso, ya era la novia de Shiba Kaien aunque su familia no podría enterarse.

- ¿Nos vamos? –Preguntó Kaien sin soltarla de la cintura.

- Claro –le dijo ella sonriendo.